20 julio 2022

UNA CINCUENTENARIA INDUSTRIA DE IMAGENES

Texto leído en la presentación de la la reedición de Colección Cuncuna, hecha por la Editorial de la USACH, en el Centro Cultural Palacio de La Moneda, en presencia del Presidente Gabriel Boric.

Pool fotográfico de Quimantú


Voy a comenzar por una afirmación fuerte: Quimantú fue una industria de imágenes. Sí, a pesar que su principal rubro fue la impresión de libros, es posible afirmar que fue una adelantada, para su tiempo, en el trabajo de la imagen. De hecho su recuerdo está principalmente asociado a ilustraciones: su logo; portadas señaladas; historietas; coloridos Cuncunas...


Me atrevería a sostener que la primera idea de su impulsor, el Presidente Salvador Allende fue una imagen mixta: una botella de medio litro de leche y un ejemplar de texto de estudios. Porque esa fue, según su biógrafo, el historiador español Mario Amorós la gran obsesión de Allende: alimento físico y espiritual para los chilenos. Incluso, agrego que mi experiencia personal con esta lectura es la de un niño desnutrido, con piernas flacas, barriga abultada y mocos colgando. Un mocoso.


Para enfrentar y superar esa realidad, la compra de Zig Zag vino “de perillas”, como suele decir Condorito (revista impresa en Zig Zag y luego Quimantú): 

- una imprenta enorme, con tecnología de vanguardia, a nivel latinoamericano, en la impresión a color -en prensas planas y sobretodo, rotativas- de úlima generación: offset y rotograbado

- un formidable equipo de historietistas -único en Chile-, capaz de producir grandes tiradas de lo que muchos hoy llaman con el anglicismo comic pero que los trabajadores Q llamaban simplemente “los patos”, aludiendo a la serie de revistas Disney que imprimían

- además de guionistas -en orden de aparición- trazadores, aplicadores de tinta china, letristas, aplicadores de colores (en varias camisas, de papel mantequilla, cada una con un color primario), supervisores y… sociólogos (que aparecieron con Q) la empresa contaba con

- obreros de las secciones de fototono, prensas planas y rotativas , corrección de pruebas, que eran verdaderos controles de calidad y sabían distinguir perfectamente una buena de una mala aplicación de colores y una buena de una deficiente impresión

- un departamento de publicidad que se encargaba de la elaboración de spot para televisión y avisos gráficos para difundir sus publicaciones en aquellas que le pertenecían

- expertos diagramadores y diseñadores de portadas (para los libros) que trabajaban intensamente pues había colecciones de aparición semanal, que circulaban en quioscos y por lo tanto, debían resaltar en medio de centenares de revistas y diarios que colgaban habitualmente, que se refrescaban cada día, tanto en su portada (caso de los diarios) como en su ubicación en el quiosco pues eran sacados al final de cada día y muchas veces modificada su ubicación durante la misma jornada, por los propios quiosqueros, según “el movimiento” que tenían

- varias decenas de fotógrafos, agrupados en un Pool, que reportaban a una jefatura única y entregaban su trabajo a un completo Archivo central, administrado por una completa sección de Documentación

- un conjunto amplio de ilustradores que colaboraban con los textos para los diversos niveles de escolaridad, que eran editados por Zigzag

- un jefe/maestro como Joaquín Gutiérrez, para mi fortuna, autor de un clásico de la literatura infantil costarricence: Cocorí que me acogió como aprendiz


En esa pléyade de profesionales que trabajaban habitualmente con las imágenes, se me encargó crear una colección de libros infantiles.


La sabiduría estaba al alcance de la mano, en los propios talleres y oficinas de Q. Solo debí agregarla -gracias a la generosidad de compañeros y compañeras- a la vasta experiencia lectora que, afortunadamente, me fue tempranamente estimulada por mi abuelo Arturo, mis padres, profesores y más de alguna academia literaria y revistas escolares.

Entonces, me dediqué a preguntar. Formato, tipos de papel, tamaño de letras, número de páginas para no perder papel en los cortes, cantidad y tipo de impresión a color… Incluso el logo y nombre de la hoy cincuentenaria Cuncuna, surgió de una conversación con el equipo de diseño de la División Editorial, por cierto mientras ellos dibujaban, casi distraídamente, y yo absorvía hasta sus miradas

Mi papel fue seleccionar -con la indispensable ayuda de ese gigantesco lector Alfonso Calderón- cuentos para proponer y, una vez aprobados, encontrar el ilustrador más indicado.


Así llegaron hasta mi oficina del tercer piso en Avenida Santa María -la oficina de Cuncunita- quienes hoy siguen deleitando a niños y adultos con sus pinceladas: NATO, que me embelesaba desde su travieso Cachupín en la última página de revista Estadio; Guidú y Jalid Daccaret que bajaban desde el séptimo piso donde vivía Cabrochico, y Tex que, después, desde su exilio me siguió acompañando en APSI.


Nada de esto estaría sucediendo hoy acá si no hubiese aparecido, un día, muchos años después, Galo (parece seudónimo de ilustrador francés) y en otra apasionada conversación surgió la idea de la reedición. 


Lo sorprendente es que esa nueva versión se presenta en la residencia de la Cineteca Nacional, el repositorio de nuestra imagen en movimiento.


Las imágenes siguen acompañando a Cuncuna y, termino, me han regalado otro texto, de cine reciente, que explica el fenómeno que presenciamos.


La maravillosa película mexicana COCO, a la que nos invitó mi nieto Rafael, deja la lección -cual Cuncuna- que la personas viven mientras los demás las recuerdan.


Muchas gracias, Galo, Catalina, Consuelo, Maria Isabel, Claudio, Guillermo, Nicolás a la Editorial de la Usach y a ustedes, por permitir que este trabajo siga existiendo.

05 julio 2022

CUNCUNA EN EL MOSTRADOR




"Fuimos pioneros en paridad de relevancia entre autores del texto y de ilustraciones, así como en la selección de autoras y autores, ilustradores e ilustradoras. Hace solo 50 años. Por ello la editorial de la USACH la califica hoy como “La revolución del libro infantil chileno”, así celebra la cuenta de tuiter @quimantúvive la publicación del 4 de julio de 2022 en El Mostrador titulada "Reeditan cuentos infantiles e ilustrados de Quimantú, la mítica editorial de la Unidad Popular".


En ella, dos especialistas en literatura infantil, autores del ensayo que acompaña a las reediciones ya mencionado, exponen: “Para el gobierno de Allende niños y niñas eran una de las máximas prioridades. Cuncuna es reflejo de eso. Escritores, editores, ilustradores y trabajadores estaban comprometidos para realizar los mejores libros posibles para aquellos que históricamente excluidos” señala Isabel Molina Valenzuela. 

 Por su parte, Claudio Aguilera dice: "Cuncuna es una colección pionera de lo que sucede a nivel editorial en la literatura infantil chilena. Fueron precursores de lo que hoy llamamos libro-álbum, en el cual interactúan texto e ilustración con la misma importancia en el rol de las ilustradoras”.

Muy recomendable la lectura del señalado artículo.

25 junio 2022

CARLOS IGNACIO JULLIAN Y SUS LIBROS




 

Fue de esas personas que deja huella. Daba la impresión que todo lo hacía bien, un destacado atleta y futbolista, a pesar de su esmirriado físico escolar. No extrañó cuando supimos que estudiaría arquitectura como tampoco que enfilaría sus pasos hacia Francia, donde un hermano, mayor, hacía su propia carrera. Lo que sí me extrañó fue cuando llegó a regalarme su primer libro. Carlos Ignacio es poeta.


Sospecho que a él también le extrañaba esta condición literaria pues usó seudónimo: Camilo Saint Claire, dejando a Carlos Ignacio como encargado de los "dessins" de "A-lizes et autres vents". Tuve el privilegio de recibir de sus manos el número 73 de la edición numerada, tuvo la generosidad de destacar que la impresión había sido gentileza de nuestros compañeros de estudios, Chicho Middleton y Ramiro Urenda. 

Más allá de la dedicatoria- exploratoria del libro de 2013, (la del segundo libro ya afirmaba "por que sé que tu te interesas por este tipo de cosas"), conversamos mucho de sus poemas que reflejan su condición bilingüe y su pasión por ilustrar.

"MI QUERIDA A.MIGA qu'est-ce que je peux te raconter?, publicado en septiembre de 2019, poco antes que todo se desbaratara por la pandemia, tiene a Carlos Ignacio solo como intermediario del encuentro de los dos autores, amigos comunes: el vulcanólogo chileno de origen haitiano, Camilo Saint Claire y la paisajista francesa Aleth de Crécy-Koch.

Postulo que sus libros son una manera de relacionarse, una forma de desarrollar la "amities" palabra presente en ambas dedicatorias. Una vez exhibido el libro, la conversación es su reflejo: palabras en castellano, otras en francés; ideas expresadas en esas palabras y otras en imágenes. 

Siempre con la confianza que volveríamos a vernos, como las amities. De pronto un correo, una invitación a una muestra en París, agregando la certeza que allí me esperaba.

Los libros me hacían tenerlo cerca, por su autor (enmascarado en seudónimos sugerentes) por su belleza física, su colorido. De aquellos libros pequeños, delgados, como él, que siempre sabemos dónde están. En aquella repisa de poesías y en el corazón.

Allí seguirán, Carlos Ignacio.

Au revoir.





16 junio 2022

EL SISTEMA DE PRENSA EN CHILE (1973-1984)


Corría 1985 cuando dos ONG's opositoras a la dictadura organizaron un Seminario para debatir temas de prensa y cultura: CENECA y CED. En esa ocasión, me encomendaron un estudio sobre la situación de la prensa durante los primeros años  del régimen militar. En él, a partir de la presencia de la prensa en la Constitución de 1925, aún vigente, se analizó cómo el sistema completa había sido desbaratado, tanto por la clausura de medios escritos y radiales como por la intervención de los medios televisivos, a través de los rectores delegados de las universidades, propietarias de los canales existentes. El texto completo fue digitalizado gracias al trabajo del profesor chileno Tomás Peters y puede encontrarse en el siguiente vínculo:

http://www.archivoceneca.cl/2018/08/08/el-sistema-de-prensa-en-chile-bajo-el-gobierno-militar/


El año siguiente, 1986, junto a la investigadora María Elena Hermosilla, el presidente del Colegio de Periodistas de Concepción, Mario Aravena y cuatro colegas de la ciudad, realizamos una investigación sobre la situación de la Prensa y la Radio en la región del Bío Bío. Gracias al mismo esfuerzo de Peters, ese estudio puede encontrarse en:

http://www.archivoceneca.cl/2018/08/08/prensa-radio-y-television-region-del-bio-bio/


Parece relevante destacarlos hoy, que entramos en una nueva fase constitucional como país y, por tanto, en una nueva etapa del sistema de prensa nacional.

10 junio 2022

PINOCHET V/S GARCÍA MÁRQUEZ



Corría el mes de noviembre de 1986, la dictadura había comenzado su declive, el país se preparaba para recibir al Papa Juan Pablo II, sin embargo reinaba el Estado de Sitio que permitía a la autoridad intervenir la correspondencia. Fue lo que ocurrió con cargas a mi nombre, como representante en Chile de la Editorial colombiana Oveja Negra, que navegaban hacia Valparaíso con destino la feria del libro de ese año. Esos 15 mil ejemplares de un libro del Premio Nobel Gabriel García Márquez, serían el último episodio de una disputa que había comenzado poco después del golpe militar de 1973, cuando "Gabo" anuncio al mundo que dejaría de escribir mientras Pinochet estuviera en el poder.



Waldo Carrasco decidió revisar el capítulo de los libros quemados en Valparaíso, por orden del dictador, en una interesante conversación que sostuvimos, a inicios de junio de 2022 y que permanece registrada en la página de youtube de Libros y Bibliotecas. 


02 junio 2022

EL DULCE ENCANTO DE DONAR

Fotografía de Luis Navarro Vega, generosamente donada al autor.

 

El sabio consejo de amigos de mayor experiencia, el apoyo de colegas documentalistas y la generosa acogida del Archivo Nacional, conspiraron para que, luego de recibir una veintena de cajas con los documentos de treinta años de trabajo en gestión cultural, participación en dos períodos en el Directorio del CNCA, apuntes de clases, registros de viajes al exterior, seminarios, conferencias y asesorías varias me sumergiera -literalmente- en papeles, documentos, escritos, actas y grabaciones para preparar, razonablemente clasificados, una donación.



Es difícil explicar la doble satisfacción de revisar tantos momentos que resultaron de utilidad para diferentes trabajos en el ámbito de las políticas culturales y la gestión y a la vez sentir que podrán ser de utilidad para otros -estudiantes, colegas, curiosos- desde los pulcros archivos de un servicio público de excepción.

El primer inspirador fue el poeta Pedro Lastra que donó  parte de su rica biblioteca con originales, muchas veces dedicados por sus autores, a la Universidad Católica. Luego vinieron las visitas -pandemia mediante- de colegas estudiosos que valoraron el material y sugirieron acciones concretas para "ponerlos en valor". Así fueron dándose pequeñas donaciones a docentes del magíster y postítulo de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, dónde doy clases desde comienzos de siglo; a ganosos profesionales jóvenes que asumen, responsabilidades en el gobierno de la nueva generación; a la organización gremial en que participo, y al Museo Histórico Nacional, en algunos aspectos específicos (desde un antiguo teléfono a documentación familiar).

Reconozco que tengo prontuario: había donado antes, al Museo de la Memoria, los antecedentes de dos episodios en los que me toco participar durante la dictadura: la incineración, en noviembre de 1986, de 15 mil ejemplares de un libro de García Márquez editado por Oveja Negra, editorial que representaba en Chile, y la grabación de la dolorosa entrevista a Joan Manuel Serrat, realizada en vuelo, cuando intentó -sin éxito- ingresar a Chile para participar en la última concentración de los partidarios del NO, un par de días antes del 5 de octubre de 1988.

Comprobé que dicho Museo, conservaba con diligencia los materiales, los tenía a disposición de los miles de visitantes e incluso los utilizó, en parte, en algunas muestras temática fuera del recinto.

Además, me cacé en mi propia trampa. En este mismo blog y el libro sobre financiamiento cultural que publicó Ril editores en 2006, me he manifestado como un fuerte partidario de la filantropía. Pasión recientemente recordada por la hermosa restauración del edificio de la Bolsa de Comercio de Valparaíso acometida por la Universidad Federico Santa María en homenaje a su fundador, el filántropo que dio su nombre a la universidad porteña.

Vistas así las cosas, me resultó imperioso donar aquello que "puede servir algún día como apuntes al verdadero historiador", en palabras del bisabuelo cronista Leandro Navarro o, simplemente, para que otros no cometan los mismos errores.

De ahí esta incitación a donar. No se arrepentirán.


01 junio 2022

LA CULTURA EN EL PRIMER MENSAJE DE BORIC


1º de junio 2022, primera cuenta pública del Presidente Gabriel Boric. No había grandes trascendidos en material cultural, sus agentes y autoridades disfrutaban aún de una exitosa jornada del Día de los Patrimonios, acontecida el fin de semana anterior. Se vivía el ajuste de las nuevas designaciones de la Ministra Julieta Brodsky en las diversas corporaciones y fundaciones culturales que integra. Cuándo, ¡oh sorpresa!, llegó un contundente discurso presidencial con excelentes anuncios para el sector. Veamos.


Los párrafos correspondientes de la maciza Cuenta, comenzaron así: 

“La cultura es ese espacio donde se encuentra la creación de las y los grandes artistas, con el patrimonio y las prácticas cotidianas de los pueblos de Chile. La cultura es el trasfondo que da sentido a nuestra mirada y pone textura y color en los lazos que unen a nuestra patria. La cultura es en definitiva el espíritu de un pueblo, y como tal debemos tratarla".

Una definición correcta y un llamado a asumirla y bien tratarla.

Continúa:

"Y sabemos que lo han pasado mal. Por ello, a partir de julio, entregaremos un apoyo de 450 mil pesos a 30 mil trabajadores y trabajadoras del sector cultural, y además, desarrollaremos estrategias regionales que tengan como objetivo la reactivación económica del sector, con un tratamiento diferenciado en el plan paso a paso que se haga cargo de la realidad particular de la industria."

El tanto tiempo esperado reconocimiento a las enormes dificultades que trabajadoras y trabajadores de la cultura sufrieron por el estallido social, la pandemia y la desidia del gobierno anterior. Con una precisión justa: el objetivo -obvio pero invisibilizado hasta ahora- la reactivación económica del sector con particularidades, caso a caso y énfasis regional.

Lo que sigue es la mirada de futuro: "Pero debemos pensar también mas allá de la emergencia". La misión del estadista.

"Necesitamos revisar la forma en cómo nuestra sociedad concibe el trabajo cultural. Junto a sindicatos, gremios y trabajadores, elaboraremos un proyecto de ley que cree un Sistema Nacional de Financiamiento Cultural que junto con un futuro Estatuto del Trabajador Cultural, nos permitan transitar de la precarización de las y los trabajadores de la cultura a condiciones dignas que valoren como corresponde su esencial labor. Le he encargado esta tarea con mucho énfasis a nuestra Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio".

Hace quince años escribí un libro  -"Cultura ¿quién paga?"  de Ril editores- cuya tesis central es que el desarrollo cultural de un país depende de quién o quienes lo financian. Hasta ahora marchábamos, desde el regreso a la Democracia, con dignidad por el camino de aportes fundamentalmente públicos, con asignación a través de consejos participativos y vinculantes integrados por pares de los beneficiados. Ese camino sufrió un retroceso con la creación, en 2018, de un ministerio que amputó las facultades vinculantes y reforzó la burocracia creando dos subsecretarías con duplicidades hasta ahora no resueltas. 

Por ello, la creación de un Sistema de Financiamiento augura ser una buena noticia en el que convivan y se coordinen los recursos públicos, privados y de las industrias culturales y puedan superarse las injusticias de centros culturales adscritos a millonarias glosas presupuestarias  anuales mientras otros agentes culturales son dejados a la suerte del autofinanciamiento y la concursabilidad, evidentemente creada para otros justos fines.

También constituye un gran avance el Estatuto del trabajador cultural, para prever futuras crisis que, como la pandemia, sorprendió al sector sin datos sobre sus integrantes y un ministerio sin capacidad de respuesta al respecto.

Termina, Boric con la reiteración de una promesa de campaña:

"Además reitero nuestro compromiso que durante nuestro período de gobierno llegaremos, al menos, al 1% del presupuesto destinado a cultura. Esto lo afirmo porque tengo la más profunda convicción de que el desarrollo de un país no puede medirse sólo en función de su acceso a bienes, servicios y consumos, sino también en cómo trata, respeta y apoya la cultura en sus más diversas expresiones”.

Es verdad, el desarrollo de un país debe medirse en el trato, respeto y apoyo público a la cultura. 

Un camino a recorrer.

26 mayo 2022

EL PATRIMONIO DESDE LA ALTURA

Subsecretaria Paulina Soto Labbé y Directora del Museo Histórico Nacional en la presentación de los Días de los Patrimonios 2022


No hay caso, nuestro querido Museo Histórico Nacional es un símbolo ineludible, ubicado en el kilómetro 0 de Santiago, la Plaza de Armas; enfrentado al Conquistador Pedro de Valdivia; vecino de la alcaldía de la ciudad capital y cercano, muy cercano, a la catedral de los católicos, el museo sigue siendo el depositario de nuestra historia y vocero de nuestro futuro.


Así como simbolizó el derrumbe del atrabiliario proyecto de un museo de la Democracia que vociferó un gobernante anterior, expresado en un ridículo traslado hacia la vecina plaza de la "locomotora" que presidía su patio principal, empujada, como esclavos egipcios de una idea desorbitada, por las avergonzadas autoridades patrimoniales del momento, hoy, la nueva autoridad patrimonial, eleva la mirada, reinaugura su torre y mira la ciudad y la historia desde la altura que merece.

En efecto, nuestro patrimonio permanece en buenas manos, sobre todo en buenos ojos. Las autoridades del gobierno anterior solo miraron, sin altura, iglesias y vergonzantes "palacios" para demostrar su amor a lo antiguo y a su personal confort. Solo pueden mostrar un fracasado proyecto de ley de participación simulada pero propaganda pertinaz y la restauración de un discreto palacio de la capital, para ... sus oficinas.

Se justificaron en que estaban recuperando un espacio para acompañar y acoger a los convencionales de la futura constitución, sabiendo que sus discretos espacios solo podrían recibir fragmentos de los 154 constituyentes y su cafetería solo podría mal alimentar a un puñado de ellos.

No obstante, no hay mal que dure cien años y bastó un cambio de gobierno y de ministra, para que la nueva autoridad, Julieta Brodsky, descartara la restaurada oficina de Consuelo Valdés y regresara al lugar que la Ley le asignó: la sede principal en el edificio del ex Correo de Valparaíso y las modestas oficinas de calle Ahumada.

Paralelamente, la subsecretaria Paulina Soto Labbé, recoge y amplifica la tradición nacida de La Moneda del Presidente Ricardo Lagos y la Biblioteca Nacional de Marta Cruz Coke, para convocar a un par de días del Patrimonio, logrando una entusiasta adhesión post pandémica animada por la visión ampliada y contemporánea del patrimonio vivo, material e inmaterial, agregando los merecidos y valiosos testimonios de los pueblos originales de este territorio llamado Chile.

Mientras la mas impactante noticia patrimonial del período anterior fue el descubrimiento del robo de 20 piezas de colección histórica por parte de un empresario ladrón, más tarde apresado, liberado por la justicia y robado por quienes optaban a cien años de perdón. Ello dejó en evidencia el descuido con que se (mal) vigila el patrimonio estatuario en cementerios, plazas y otros lugares públicos, que terminan. alimentando la arcas de anticuarios inescrupulosos.

La mirada de la subsecretaria, el éxito de su convocatoria y la insistencia en que el patrimonio es tarea de todos y todas augura que, al menos desde el gobierno que se inicia, tendremos buenas noticias para vigilar y bien usar aquello que el tiempo, la tradición y el propio presente nos lega.

En ello, el Museo Histórico seguirá contribuyendo, acogiendo nuevas piezas, como aquel vestido que lució doña Leonor Oyarzún la noche en que, aferrada de la mano de su esposo, el Presidente Patricio Aylwin, cruzó en medio de un escrupuloso silencio de la multitud, por una alfombra roja que quedó horadada por sus tacos, en un estadio Nacional repleto de chilenos y chilenas que saludaban el retorno a la Democracia, a la espera de una inconmensurable bandera chilena que cubriría todo el césped del coliseo deportivo, mientras se escuchaba, la canción nacional.

Ese vestido, donado recientemente por la familia Aylwin, que hoy reposa en el museo, habla mucho más de Democracia que esa frustrada idea de un museo, luego sala, hoy solo un penoso y deshilachado recuerdo.

Así se escribe la Historia y así la acoge nuestro Museo Nacional.

23 mayo 2022

BABIECA, TIZONA y CUNCUNA

 


Prólogo al texto "La revolución del libro infantil chileno", de Claudio Aguilera y María Isabel Molina, que forma parte de la caja que editó le Editorial USACH, en mayo 2022, con la reedición de cinco ejemplares de Cuncuna de Quimantú.

Una de las lecturas favoritas de mi infancia fue ‘El cantar de mio Cid’, más por su persistencia y actos heroicos aún después de muerto, que por el contenido de su gesta. La imagen de don Rodrigo, su espada Tizona y su caballo Babieca, me impresionaron por esa dosis de inmortalidad que, aún, los acompaña.

Fue uno de los tantos personajes que se me cruzaron por la mente -junto con Papelucho y Naricita, de Monteiro Lobato; don Quijote y Sancho; Papelucho y tantos más- cuando, repentinamente, Tomás Moulian, en 1971, me espetó que deseaba que me encargara de los libros infantiles. 

Habría sido solo un buen consejo de un amigo y maestro, si está breve escena no hubiese acontecido en la oficina del director del Departamento de Libros de la Editora Nacional Quimantú.

Acepté de inmediato, casi sin apreciar la frase que seguía “y los textos escolares”. Tenía 20 años y me consideraba un conocedor reciente de aquellos pedagógicos libros, de dudosa utilidad, en algunos casos. Solo que la frase implicó que en tres años debí encargarme de la producción de varios millones de ejemplares. Pero ese es otro cuento.

Los cuentos que hoy nos ocupan, en estricto orden de publicación, son:

La flor del cobre

El gigante egoísta

La guerra de los yacarés

El tigre, el brahmán y el chacal

Los geniecillos laboriosos

Emergidos de las entonces clásicas plumas de Marta Brunet; Oscar Wilde; Horacio Quiroga; la sabiduría hindú, versionada por Linda Volosky, y los hermano Grimm. Todos encarnaban perfectamente los valores de Democratizar (así, con mayúscula, como le gusta a Gabriela Mistral) la cultura, que buscábamos en Quimantú.

Solo me correspondió editar los maravillosos textos y escogerl el pincel del ilustrador que los pondría en cariñoso vinculo con niñas y niños: Guillermo Durán, GUIDÚ, en dos casos; Guillermo Tejeda; Renato Andrade, NATO, y Jalid Daccarett. 

Tres de ellos eran de la casa, tal como los compañeros del taller que me aconsejaron sobre el tamaño y tipo de letra; el grosor y brillo del papel; el formado apaisado de los libros, y la forma de ahorrar tintas usando el color aplicado, en cuatro y dos colores por  lado.

También encontré en Quimantú, en manos de la diseñadora María Angélica Pizarro y su grácil manejo del Letraset, el logo y luego el inolvidable nombre de Cuncuna. Apelativo que muy pronto formó parte de las publicaciones favoritas de los trabajadores de la empresa, e incluso, me alcanzó como sobrenombre. 

Si, Cuncuna fue una gesta colectiva, en la que participamos muchos compañeras y compañeros de la editora estatal. Como toda gesta, como la de don Rodrigo Díaz de Vivar, permanece en el tiempo, reaparece -y reaparecerá- con la misma vitalidad de su nacimiento, recordándonos que había una vez en Chile, por allá por los años 1970, un Presidente que declaró que en su gobierno “los únicos privilegiados serán los niños”.

Hoy, Babieca vuelve a galopar, con Tizona convertida en una pluma generadora de cuentos y su jinete, inmortal, lleva ahora en su escudo, una Cuncuna.


06 mayo 2022

¿CUÁNDO NOS DIVORCIAMOS DE LA EDUCACIÓN?


 

Históricamente, los legisladores de nuestro país, concibieron a la cultura hermanada con la educación. Así, las dos instancias que se ocupaban de ella en el Estado, se relacionaban con el Presidente de la República a través del Ministerio de Educación: la Universidad de Chile (desde su instalación en 1843) y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (desde su creación en 1929). Con el paso del tiempo, hoy tenemos dos ministerios que poco dialogan y las consecuencias están a la vista. ¿Qué nos pasó?


Se puede afirmar que este proceso de distanciamiento comenzó con la dictadura que asoló Chile entre 1973 y 1990. 

Al momento del golpe militar se seguía viendo a la cultura estrechamente relacionada con el Ministerio de Educación. De hecho, el Presidente Allende traspasó el edificio construido para acoger la UNCTAD III, a Educación, para establecer allí el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral; también dejó en manos del Instituto de Arte Latinoamericano de la Universidad de Chile, las valiosas obras de arte donadas para el Museo de la Solidaridad.

Con el golpe militar comenzó una persecución despiadada al mundo de la cultura, desmontando lo que se había construido: la Universidad de Chile se fraccionó dramáticamente, la DIBAM redujo sus presupuestos y el modesto departamento de Extensión Cultural del MINEDUC se limitó a administrar elencos estables que ornamentaban actos oficiales. 

Por otra parte, la educación básica comenzó a ser municipalizada y se estimuló la creación de universidades privadas.

Todo lo cual fue fomentando un distanciamiento del mundo cultural del Ministerio de Educación.

En ese marco, surge la necesidad de crear una nueva institucionalidad cultural. 

El destacado rol que jugaron creadores e intérpretes en la Campaña del NO, en 1988, hizo que éstos tuvieran una voz inédita en nuestra sociedad. De este modo, desde ese mismo momento comenzaron a discutirse -en dilatadas y concurridas sesiones en La Casa Larga- los términos que debería tener tal institucionalidad. Muy pocos hablaban de ministerio. Se aspiraba a una entidad participativa que resolviera, colectivamente, las políticas culturales y la asignación de los recursos que el Estado Democrático pondría a disposición de la cultura y las artes.

Se fue avanzando, paulatinamente, en esa dirección con un Fondo del Libro y la Lectura; una ley de estímulos tributarios; infraestructuras culturales gobernadas por corporaciones presididas por el Ministro de Educación, y un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, con presencia de dicho ministerio y personas representativas del patrimonio.

Hasta que, en un paso atrás que estamos pagando, se creó un Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio -iniciativa en la que participaron dos gobiernos de distinto signo.

El hecho es que hoy tenemos un ministerio débil, con autoridades que no le han dado -quizás no pueden- la dignidad que merece y que incluso se fragmenta en su interior y duplica funciones que deberían potenciarse. Por ejemplo, las bibliotecas dependen de una subsecretaría y el Consejo del Libro, de otra. Los Premios Nacionales se dividieron entre unos que sigue entregando Educación y otros que asigna Culturas.

Mas allá de estas formalidades, se ha trazado una línea divisoria entre dos valores que se hermanan: la educación formal y la educación informal, la cultura. Y se sugiere un divorcio imposible entre lo que constituye la base de ambas: el libro.

Como señala la profesora de Harvard, Doris Sommer, recordando al mexicano José Vasconcelos "educación y cultura son mente y corazón", se necesitan y complementan. Recuerda que, como secretario de educación, Vasconcelos estimuló el movimiento muralista (que tanto hemos disfrutado en Chile) y la construcción de edificios públicos para la difusión de la cultura, como escuelas, museos y bibliotecas.

En 1922, siendo Secretario de Educación de México, Vasconcelos, invitó a Gabriela Mistral a colaborar en las reformas educativas de su país; el presidente chileno Arturo Alessandri dijo que “había otras chilenas más inteligentes y dignas de ser invitadas a semejante labor”. Vasconcelos, en un telegrama, respondió: “Más convencido que nunca de que lo mejor de Chile está en México”.

Qué mejor demostración de la mutua necesidad del matrimonio entre cultura y educación, amalgamadas por el libro y la literatura, encarnado en nuestra Premio Nobel.

Hace falta recuperarla. 

03 mayo 2022

GOBERNANZA PARTICIPATIVA: BISAGRA NECESARIA


Tradicionalmente, en Chile, la cultura navegaba en aguas tranquilas, recibiendo recursos desde el gobierno, aferrada a dos sólidas instituciones: la Universidad de Chile y la DIBAM. La relación de los artistas con la sociedad era mediada por los partidos políticos y aquellos brindaban, con generosidad, su arte en las campañas electorales. 


Nunca faltaron aportes e incluso éstos se fueron reforzando a contar del gobierno de Frei Montalva que no sólo creó una Televisión Nacional, de gobierno, sino que también estimuló la alfabetización y la difusión artística hacia los campesinos (vía INDAP, SAG, CORA) y los pobladores (Promoción Popular). Reforzado por la llegada de la televisión que quedó en manos de las universidades: U de Chile, U Católica, UCV, U del Norte.

La coronación de esta tendencia se logró durante el gobierno del Presidente Allende que creó ChileFilms, Quimantú y el Museo de la Solidaridad. Con una diferencia, no tenían asegurado el financiamiento público, Quimantú debió autofinanciarse y el Museo recibía donaciones desde la solidaridad internacional.

De este modo, el mundo de la cultura llegó a tener una gran influencia en el acontecer político. Era frecuente ver a dirigentes de partidos que visitaban a Quimantú y solicitaban que publicara sus libros.

No fue extraño entonces, que, muy tempranamente, la dictadura las emprendiera contra los libros (quemando miles de ellos, en cámara) y contra artistas emblemáticos como Víctor Jara, Pablo Neruda, Ángel Parra (e indirectamente a su familia). A lo que se sumaron exilios masivos de grupos musicales (Inti Illimani, Quilapayún), escritores, actores y artistas visuales.

La cultura volvió a ser acorralada, con el agravante que la Universidad de Chile fue fragmentada en una decena de pequeñas universidades regionales y la DIBAM dejó de comprar para sus bibliotecas y museos.

Lo natural es entonces que, una vez recuperada la Democracia, la cultura quiera salir del ahogo y organizarse en relación con otros actores sociales. Por ello fue muy fácil descartar la figura de un ministerio, una subsecretaría o una dirección nacional, tres opciones de diferente rango con una característica común: una dirección unipersonal, finalmente, presidencial.

Así, las primeras señales fueron transversales: un comité de donaciones integrado por artistas, empresarios y parlamentarios para aprobar -o no- los proyectos de la flamante política de estímulos tributarios a los privados que el Senador Gabriel Valdés introdujo en una ley de presupuesto. La Ley del Libro y la Lectura, comienza en su primer artículo con la creación de un Consejo Nacional plural (escritores, editores, profesores, bibliotecarios, distribuidores, libreros) que asignará los recursos que el Estado pone a su disposición. El primer centro cultural, establecido en la antigua estación Mapocho también es gobernado por un Directorio integrado por representantes de organizaciones permanentes de la República en materia cultural, esquema que se repite en los centros culturales creados a continuación. 

Subyace allí la necesidad de que la cultura conviva con otros sectores de la sociedad y así también quedó plasmado en dos comisiones asesoras creadas por los Presidentes Frei y Lagos, en las que artistas y gestores convivieron con parlamentarios y empresarios. Lo que también quedó establecido en la institucionalidad nacional post dictadura aprobada por el Parlamento: el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Sin embargo, la primera prueba de esta dirección colegiada, no dependiente de la DIBAM ni de la Universidad de Chile, fue la Corporación Cultural de la Estación Mapocho, donde se incorporó en su Directorio a autoridades públicas electas, como el Alcalde Jaime Ravinet, con personas representativas de la sociedad civil como la historiadora Lucía Santa Cruz; la intérprete musical Cecilia Echenique; el escritor Antonio Skármeta; el abogado de derechos humanos y coleccionista José Zalaquett; el arquitecto de la UC, uno de los autores del proyecto de remodelación ganador, Ramón López (en la foto). Todo, presidido por la máxima autoridad cultural del Estado, el Ministro de Educación.

A este directorio se le encomendó como misión preservar el edificio, monumento nacional, y divulgar la cultura junto con la necesidad de autofinanciarse. Tomando así el bastón que ya se había ensayado, con éxito, en Quimantú. 

Este colectivo debió tomar decisiones que habrían sido escandalosas en un período de una cultura dependiente de la política y los gobiernos: prohibir las actividades partidistas, religiosas y matrimonios, es decir aquellas que no eran abiertas a todo público. Un centro cultural es para todos, o no es. 

El imperativo del autofinanciamiento llevó además buscar alianzas con medios de comunicación (La Tercera); empresas donantes (BHP Billiton) otros espacios culturales (Teatro Municipal), con diferentes resultados, manteniendo también una relación privilegiada con aquellas actividades artísticas aprobadas por otros colectivos participativos asociados al gobierno: Fondart, Fondo del Libro, Comité de Donaciones Culturales, y actividades internacionales de gran impacto (Letras de España; Expo Cumbre de las Américas, o la reunión Anual de las Asambleas de Gobernadores del BID).

Así, a partir de la experiencia del CCEM se va constituyendo esa nueva forma de la cultura post dictadura, para enfrentar su inserción social: ser una bisagra que conecta diversos mundos desde una nueva forma de liderazgo. Los resultados fueron tan favorables que el centro cultural recibió el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural, por su gestión y fue sede oficial de la Sexta Cumbre Mundial de las Artes y la Cultura, en 2014, la primera en América Latina y en un país de habla hispana.


25 abril 2022

ZIG ZAG, QUIMANTÚ Y LOS TRES SERGIOS


Mujica, San Martín y Maurín, son tres de los personajes relevantes de esta historia llamados Sergio: Mujica era el propietario de la editorial Zig Zag; Sergio San Martín (en la foto) era Presidente del sindicato de la misma, al momento de asumir el gobierno del Presidente Allende, y Sergio Maurín, fue el único gerente general de la Editora Nacional Quimantú. 


En los años 60 Zig-Zag estaba convertida en la editorial más importante del país y de los países de habla española del Pacífico. Sus revistas cubrían ampliamente las áreas informativas y de entretenimiento y, entre sus autores de libros, incluía a los mejores escritores chilenos y a varios premios Nobel. Muerto Gustavo Helfmann, su descendencia vendió la Empresa en 1968 al grupo Sergio Mujica Lois (editorialzigzagblogspot.com).


Zig Zag enfrentaba una grave crisis económica que derivó en un conflicto con sus trabajadores, quienes, hacia noviembre de 1970, acordaron un paro de actividades con el objetivo de que la editorial fuera integrada al área social de empresas del Estado (María Isabel Molina "Las prácticas editoriales en Quimantú" Grafito Ediciones, 2018).


La empresa estaba en situación de quiebra y acumulaba deudas generadas en los últimos años. Enfrentó huelga de casi 2 meses que exigía reajuste y pago de deudas previsionales. El gobierno de Allende, decretó reanudación de faenas el 1° de diciembre del 70 y el fallo arbitral se dictó el 9 de diciembre. A los pocos días, Zig-Zag ofreció en venta al Estado sus activos y se firmó acuerdo el 12 de febrero de 1971. (Sergio Maurín, Le Monde Diplomatique 13 de septiembre de 2013).


Sigamos a Maurín: el Gobierno compró oficinas y talleres de Zig-Zag en pleno funcionamiento, donde laboraban 780 trabajadores que conservaron sus cargos. Además se transfirió la propiedad de 14 revistas con bajo tiraje y algunos contratos de impresión que incluían las revistas norteamericanas Visión y Reader’s Digest.


El valor de la compraventa lo fijó la consultora estadounidense Price Waterhouse. Las fuertes deudas con Banco del Estado, SII, Cajas de Previsión y proveedores, se descontaron del precio de compra y se transfirieron a la Editora. CORFO depositaría los fondos para que Quimantú las pagara. Se firmó contrato de impresión por 2 años de las 16 revistas que Zig-Zag conservó. Es decir, se continuó imprimiendo lo de siempre.


Quimantú nació con las arcas vacías. Debía pagar sueldos y enfrentar gastos para cumplir con los clientes y sacar sus propias ediciones. Los ingresos llegaban con mas de 1 mes de atraso. La CMPC vendía el papel con pago al contado. Al poco andar exigió pagos anticipados y retrasaba los despachos. Incluso suspendió un mes la venta de papel para revistas. La vía ineludible fue el endeudamiento.


El fuerte déficit operativo, la falta de capital de trabajo, el endeudamiento necesario, la impresión de textos escolares a bajo precio, la inversión requerida para el inicio de masiva edición de libros con retornos tardíos, la escuálida y elitista red de librería y distribuidoras existentes, prefiguraban un complicado marco operativo inicial. No se podía abordar todos los objetivos, lo que significó atrasar el lanzamiento masivo de libros. Las fortalezas eran: el complejo industrial impresor con aproximadamente un 65% de capacidad ociosa; los activos fijos que respaldaban préstamos; la plena autonomía operativa otorgada, y la alta capacidad de sus 800 trabajadores, todos afiliados a un Sindicato único, destacado impulsor de cambios. A ello, se sumaba el interés del conjunto de quienes provenían de Zig-Zag, por mantener su fuente de ingresos.


A los trabajadores heredados, se sumaron 6 funcionarios directivos en representación del Estado dueño de la empresa, quienes constituyeron el primer Consejo Administrativo.


La gestión de la Editorial Quimantú, es recordada por su espectacular éxito en la edición de libros: 317 títulos y 11.7 millones de ejemplares en 2 años de los cuales se habían vendido cerca de 10 millones, además de imprimir textos de estudio para el Ministerio de Educación.


Una condicionante esencial poco conocida, fue que la Editora debía autofinanciar su operación y su desarrollo debido a carencias fiscales. Jamás recibió aportes financieros ni franquicia alguna. Se le dio trato similar al de una empresa privada, con la diferencia que su misión era maximizar su aporte al desarrollo cultural y no de maximizar ganancias.


Por ello, no extrañará que el aniversario de los treinta años del Quimantú, se celebrara en otra institución con el mismo imperativo de autofinanciamiento cuya misión es aportar al desarrollo cultural por la vía de conservar el edificio patrimonial y difundir la cultura: el Centro Cultural Estación Mapocho.


A esa celebración, conmemorada con una pequeña cajita de cartón que contenía las portadas de todos los títulos de Cuncuna -elaborada por ediciones Ekaré- asistió Sergio San Martín, con un notorio portadocumentos. En el momento adecuado, pidió la palabra -ese don que lo caracterizaba desde sus años de sindicalista- y emocionó a los presentes extrayendo del maletín diferentes publicaciones de Quimantú, refiriéndose con conocimiento y cariño a cada una de ellas. También a algunas de las presentes que aparecen en la fotografía: Iris Largo Farías, sonriendo, e Hilda López Aguilar, aplaudiendo.


Sergio San Martín, luego de el golpe militar se radicó en Gorbea, provincia de Cautín, donde trabajó como artesano, investigador e historiador autodidacta dedicado a la defensa de la etnia mapuche. Incursionó también la literatura infantil, escribiendo "Cuentos del abuelo". Falleció en 2018, fecha desde la que el Centro Cultural de Gorbea, lleva su nombre.


Esa tarde, en la ribera sur del mismo río Mapocho que, unas millas arriba, y en su ribera opuesta sorteaba el edificio de Quimantú, se brindó por aquella empresa que, según Maurín, alcanzó la madre de todos los logros: la participación plena de los trabajadores en la gestión: el derecho a participar en las decisiones a todo nivel.

23 abril 2022

METAMORFOSIS: DE CUNCUNA A MARIPOSA




Metamorfosis, es el proceso biológico que experimentan las crías de ciertos animales antes de llegar a la edad adulta. Se me ocurrió ocuparlo a propósito de una gentil invitación de la directora del Museo Violeta Parra, Cecilia García Huidobro, a exponer desde las redes de ese museo, sobre la Empresa Editora Nacional Quimantú.


Extraño, porque es un fenómeno de hace cincuenta años (1970/1973) que se ha resistido a pasar al olvido. Por el contrario, aparece cada vez con mas fuerza entre lectores nostálgicos, tuiteros de buena memoria, programas de gobierno y hasta en el debate de la Nueva Constitución. 

Siempre enfrentado a una especie de plebiscito entre el SI debe recuperarse y el NO es factible en estos tiempos.

Ambas opciones tienen buenas razones. 

Por el SI se argumenta que nunca antes, ni después, se leyó tanto en Chile. Que jamás se han repetido las tiradas semanales de colecciones como Minilibros (80.000 al inicio); Quimantú para todos (30.000) o Nosotros los chilenos (20.000). Que no es posible hoy encontrar ejemplares a precios tan alcanzables. Que hace falta aumentar los niveles de lectura que se habrían visto dañados por el IVA, la pandemia, el desuso lector, la adicción a las diversas pantallas, la falta de tiempo...

Por el NO, se argumenta que pasaron los tiempos del Estado empresario e impresor; que los lectores actuales no alcanzarían a consumir tales niveles de tiradas; que el gobierno de la UP controlaba precios de importaciones por lo que podía obtener materias primas y papel barato, a pesar del boicot de la CMPC; que el nivel de lucha ideológica de los 70 obligaba a estar muy alertas y por tanto leer mucho y rápido para no quedar "fuera de la historia"; que sería imposible imaginar hoy una empresa con el nivel de participación de sus trabajadores en la administración: cinco de once miembros del comité ejecutivos provenían de los talleres.

El resultado de este referendo parece estar en la mas pequeña de sus colecciones: Cuncuna. Reconocida por la "Antología visual del libro chileno", de Claudio Aguilera (Quilombo ediciones, 2013) como una serie cuya "riqueza se encuentra en la variedad de textos e imágenes que incorporó, además de un diseño pulcro y sobrio con tirajes de 20 mil ejemplares, impensables hoy, constituyéndose así como un primer antecedente del libro álbum moderno chileno".

Este antecedente podría metamorfosear a mariposa, es decir llegar a volar cincuenta años después, considerando sus principales características: además de que hay muchos lectores, que se formaron como tales leyendo Cuncunas, su formato y colorido duotono no requieren de grandes rotativas y puede resistir pequeñas prensas planas y tiradas más modestas.

De hecho, la editorial de la Universidad de Santiago está por publicar una caja conteniendo cinco títulos reeditados de Cuncuna, tarea que ya emprendió Amanuta con sendos libros ilustrados por Marta Carrasco, y Planeta, con los poemas de Floridor Pérez titulado Cielografía de Chile. Ekaré había editado hace unos años, La doña Piñones, de María de la Luz Uribe y Fernando Krahn.

Se podría afirmar entonces, como el tuitero aquel, que Quimantú vive, pero solo en sus publicaciones infantiles emprende vuelo.

Lo que se pretende, detrás del SI, es reeditar libros con tiradas tan altas, precios tan bajos y circuitos de distribución tan cercanos como los de la Quimantú de los 70. Y allí está la complejidad. 

De ese desafío se trata la conversación del martes 26 de abril solicitada por el Museo Violeta Parra, que, por lo demás, vive su propia metamorfosis.







21 abril 2022

CHILE, LA CONSTITUCIÓN Y LA LECTURA


Artículo 17.- Sobre el libro y la lectura. El Estado fomenta el acceso y goce de la lectura a través de planes, políticas públicas y programas. Asimismo, incentivará la creación y fortalecimiento de bibliotecas públicas y comunitarias.

Este artículo fue aprobado por el Pleno de la Convención Constituyente chilena, el 20 de abril de 2022. Tres días antes de que se celebre, en el mundo, el Día Internacional del Libro y dos días antes de que estalle, por décima vez, la lectura maratónica continuada y a viva voz del "Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha", en el Centro Cultural de España de Santiago.

En otra fecha histórica, el 4 de septiembre, día en que Chile elegía a sus Presidentes hasta 1970, la ciudadanía deberá pronunciarse si Aprueba o Rechaza este proyecto de carta fundamental.

Es un comentario entre los constituyentes, que cada artículo que pasa al texto final -faltando aún la Comisión de Armonización que haga coherente este conjunto- agrega opositores al texto, debido a que afecta privilegios, como aconteció, por ejemplo, con los Senadores, los propietarios de derechos de agua o los dueños de las AFP.

Sin embargo, hay otros artículos, que agregan simpatizantes (ojalá votantes) al apruebo de septiembre próximo.

Sin duda, el fomento "al acceso y goce de la lectura" es uno de ellos. Y es un aspecto que tiene terreno bien abonado: cuando retornó la democracia, en 1990, el primer proyecto de ley del ámbito cultural fue aquel que creaba, en su primer artículo, el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura y, en su segundo acápite, al Consejo Nacional del Libro y la Lectura (términos posteriormente invertidos en Lectura y el Libro) que lo administraría y distribuiría los recursos de dicho Fondo. Tales recursos inicialmente serían equivalentes al monto que el Estado recaudaba por concepto de IVA al libro.

Además de poner al libro en primer lugar de la legislación cultural, esta ley firmada por el Presidente Patricio Aylwin y el Ministro de Educación, Jorge Arrate, sentaba precedentes para la creación de futuros consejos sectoriales de las demás industrias culturales como la música o el audiovisual. Y finalmente, fue modelo y modular a la vez del Proyecto que creó diez años después el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Lo más relevante que dejó esta primigenia ley fue la consagración del principio de participación de todos los actores del sector en su Consejo Nacional. Autores, editores, bibliotecarios, profesores, distribuidores, libreros se unieron a autoridades de gobierno -en minoría- para formular las políticas del libro y la lectura y, lo más significativo, recursos que contemplaba el Presupuesto Nacional pero eran asignados por el Consejo, de manera vinculante.

Así es como el país ya desde finales del siglo XX se ha poblado de iniciativas de fomento lector sustentados por creadores, bilbliotecas, centros culturales, planes de alfabetización, ferias del libro, editoriales, investigaciones y muchas otras, con incrementos significativos, año a año, superando con largueza el rasero inicial de la recaudación del impuesto al valor agregado al libro.

Cabe destacar que tanto la ley como sus incrementos presupuestarios, han sido apoyados unánimemente por todas las fuerzas políticas y los gobiernos de diferentes signos.

También han seguido operando las políticas del libro nacionales y regionales que se elaboran periódicamente, así como diversas mesas del libro que indagan sobre posibles iniciativas para mejorar lo existente.

En definitiva, esta "constitucionalización" de la lectura y el libro no hace más que recoger un sentimiento valorado y querido por la ciudadanía.

Como deben reflejarlo las buenas Cartas Fundamentales.








23 marzo 2022

EL DÍA QUE PINOCHET CENSURÓ A GARCÍA MÁRQUEZ

Reportaje de Francisco Siredey en La Tercera del 12 de abril de 2017. Se reproduce, al acercarse el octavo aniversario de la muerte del Premio Nobel y en vísperas de tener, en Chile, una Constitución que prohibe toda forma de censura, considerando por cierto la más atroz que es la quema de libros. Confiamos que esta quema, en la agonía de la dictadura, y probablemente la mayor de un solo título en la historia de Chile, nunca se vuelva a repetir. En ninguna parte del mundo.



A fines de 1986, 15 mil ejemplares de su libro La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile fueron quemados en Valparaíso. Arturo Navarro, representante de la editorial en el país, investigó el insólito suceso y lo recuerda como si fuera la trama de un cuento pensado por el propio escritor. 


La noticia llegó en un mensaje de texto de su hija Catalina. Gabriel García Márquez había muerto el 17 de abril, a los 87 años, un poco antes de lo que Arturo Navarro esperaba; creía que el Nobel aguantaría hasta el 23, el Día Internacional del Libro. Luego de leer esas líneas, lo primero que se le vino a la cabeza fueron los libros. No los más importantes, como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera, sino que pensó en un título menor, olvidado en todo el mundo, menos aquí: La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile.


Navarro tiene sentimientos encontrados. Cree que se trata de "un libro malito" dentro del catálogo del colombiano, pero también sabe que su valor radica en la pasión con que fue escrito. La historia del exiliado cineasta, infiltrado en su propio país para grabar un documental (Acta general de Chile), después de burlar todos los mecanismos de seguridad, resumía el rechazo de García Márquez por el régimen de Augusto Pinochet.

Thank you for watching

El libro tiene además un significado personal para Navarro. Su distribución en Chile le significó pasar por uno de los episodios más complejos de su vida. A su modo de ver, fue protagonista de una insólita historia que bien pudo ser creación de "Gabo". "Voy a parecer muy auto referente, pero siento que este es un cuento que me regaló García Márquez, una historia que no tiene otro testigo en su totalidad, sino algunos testigos parciales", asegura.

Con todo eso en mente, se metió al computador y publicó en su cuenta de Twitter: "No es realismo mágico: en noviembre de 1986 la dictadura chilena ordenó quemar 15 mil libros de GGM, en Valparaíso".

Su amigo Libardo Buitrago, uno de los personajes importantes, le respondió de inmediato:

"Arturo, cuenta la historia completa".

Navarro recién había regresado a Chile luego de visitar a su esposa, la periodista Patricia Politzer, y sus cuatro hijos, que vivían en Estados Unidos. Era noviembre de 1986. Al llegar a su casa, vio una luz roja titilando en la máquina contestadora del teléfono, un artefacto que pocos tenían en esos años. Eran dos mensajes urgentes de su agente de aduanas, Iván Labrín, pidiéndole comunicarse con él lo antes posible.

La relación laboral entre ambos llevaba poco más de un año. Hasta 1985, Navarro trabajaba en Editorial Andina, como encargado de distribución de best sellers del sello independiente colombiano Oveja Negra, cofundado por el escritor Gabriel García Márquez y el empresario José Vicente Kataraín. A este último le gustaba el trabajo de Navarro y le hizo una propuesta para que fuera su representante en Chile, a tiempo completo. Tendría todo el catálogo del Nobel a su disposición. Como para su nueva labor necesitaría trasladar miles de ejemplares al puerto de Valparaíso, Navarro contactó a Labrín para que fuera su agente de aduanas. No habían tenido problemas hasta aquellos mensajes en la máquina contestadora.

-Don Arturo, la cuestión está bien complicada. Me dicen que los libros fueron quemados -le avisó Labrín- cuando finalmente le devolvió el llamado. La información no le hizo ningún sentido a Navarro. La censura se había flexibilizado y el único título controvertido que venía en el cargamento, La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, ya había circulado varios meses antes en una edición especial de la revista Análisis. No había motivo para incautarlo.

-¿Cómo se te ocurre? Debe haber algún error. Estamos en el 86 -respondió Navarro. Entonces decidió viajar al puerto, para averiguar qué había pasado realmente.

Como no le gustaba manejar, tomó un bus hacia Valparaíso, su ciudad natal, la mañana del 19 de noviembre. Aunque la prensa local indicaba que el operativo de incautación se había debido a que los contenedores venían en mal estado, Navarro ya iba algo preocupado. El cargamento era indispensable para montar el stand de Oveja Negra en la Feria del Libro de Santiago, que comenzaba al día siguiente. Los libros habían salido de Buenaventura, Colombia, a bordo del vapor panameño Peban, que había arribado el 28 de octubre al puerto chileno. El tamaño del envío no era despreciable: 24,3 toneladas en libros y algunas revistas.

Un trolebús lo dejó en un extremo de la Plaza Sotomayor, en el edificio de la Comandancia en Jefe (ex intendencia). Le llamó la atención que la puerta principal estuviera cerrada. Después de golpear por algunos minutos, un transeúnte le aconsejó que probara por el acceso del costado, en la calle José Tomás Ramos. Al llegar a la esquina, Navarro se sorprendió al ver pilas de sacos de arena en la entrada, que formaban una trinchera. Varios guardias armados con uniforme de batalla custodiaban la entrada. Las Fuerzas Armadas llevaban ya un par de meses en alerta, después del atentado del 7 de septiembre del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) contra Pinochet.

Navarro planteó su situación a los marinos de la entrada. Uno de ellos se quedó con su carné de identidad y, posteriormente, otro lo llevó a la oficina de un oficial de apellido Vega. Le repitió su problema una vez más: era el representante de una editorial colombiana cuyos libros habían sido requisados y quería pedirles si podían redestinar la carga a Lima para no causar problemas. Vega levantó el teléfono, discó un anexo de tres números y comenzó a hablar. Tras unos instantes, colgó y tranquilamente le dio un consejo.

-Señor Navarro, no se preocupe. Ya los quemamos.

No se trataba de todo el cargamento, sino de las 14.846 copias del libro de García Márquez sobre Littin y 29 unidades de Proceso a la izquierda, del ex candidato presidencial venezolano Teodoro Petkoff. La pérdida ascendía a US$ 10.000. Le explicaron que intervenir la correspondencia era derecho constitucional del jefe de Zona en Estado de Emergencia, que en este caso era el vicealmirante Hernán Rivera Calderón, antiguo ministro de Salud de Pinochet.

Navarro se retiró sin palabras y tan abatido que olvidó su carné en la entrada. Caminó un par de cuadras hasta La Rotonda, el restorán de un amigo en calle Prat. Como lo vio entrar pálido, éste le preguntó qué pasaba.

-No me digas nada y dame un whisky doble -replicó Navarro.

El telegrama que Navarro envió a Bogotá para avisar lo que había pasado está fechado un par de horas después, a las 19.52 horas del 19 de noviembre: "De acuerdo facultades estado de sitio libros fueron incautados e incinerados según acaban de informarme en jefatura de zona Valparaíso (...). Resto embarque espero ingresarlo a tiempo para la feria del libro que comienza mañana tarde. Saludos".

Kataraín no se sorprendió demasiado. En vez de molestarse, se sintió responsable por la situación a la que había expuesto a su representante chileno. Algunas semanas después, en señal de gratitud, mandó 10 mil ejemplares de una edición exclusiva de El amor en los tiempos del cólera, que todavía no estaba disponible en las librerías de Latinoamérica.

Navarro no se conformó. Estaba decidido a revelar públicamente lo que había pasado con la obra del Premio Nobel de Literatura de 1982. Como socio de la Cámara Chilena del Libro puso un reclamo formal. El encargado de contactar a las autoridades fue el periodista Héctor Velis Meza, gerente de la entidad. -Los escritores estaban en el limbo, porque no existía una oficina formal de censura y cuando preguntabas siempre te chuteaban para otro lado. Era como El Castillo, de Kafka, nadie entendía nada. Nosotros sólo buscábamos que se reconociera la censura -cuenta Velis Meza, quien envió una carta al Ministerio del Interior el 10 de diciembre.

Navarro también recurrió al Consulado de Colombia en Chile. Fue allí donde conoció a Libardo Buitrago, quien ocupaba ese cargo desde 1983, representando al gobierno de Belisario Betancur. Gracias a la gestión de Buitrago, Navarro pudo rastrear el recorrido de sus libros. Así se enteró que el cargamento todavía no había sido quemado cuando él visitó Valparaíso el 19 de noviembre, sino que estaba todavía en la bodega Simón Bolívar. La incineración real se llevó a cabo recién el 28 de noviembre. Los únicos testigos de la pira de papeles fueron un par de efectivos de Investigaciones y uno de Aduanas.

El reconocimiento de la quema de libros llegó al Consulado colombiano el 9 de enero de 1987, en forma de una carta acompañada de un timbre con la palabra "confidencial". El remitente era el vicealmirante John Howard Balaresque, quien reemplazó a Hernán Rivera como jefe de Zona apenas unas semanas después de los hechos.

"Se impuso la medida de censura previa a la correspondencia del señor Arturo Navarro, decretándose la incautación de un cargamento de libros enviados del extranjero. Se dispuso que Investigaciones revisara el texto de tales libros, ordenando la incineración de aquellos cuyo contenido infringiera (...) la Ley de Seguridad Interior del Estado. Como consecuencia, fueron incinerados La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile y Proceso a la izquierda por haberse constatado que su contenido transgredía disposiciones constitucionales".

-Este reconocimiento requirió de mucho ingenio y destreza diplomática. Logramos algo casi imposible. Sirvió para que la aseguradora pudiera devolverle parte de las pérdidas a Oveja Negra -recuerda Buitrago, quien conoció a García Márquez cuando era subdirector del Servicio Postal en Colombia y se estrenó una estampilla en su honor, tras ganar el Nobel.

Todo se hizo público recién el 24 de enero de 1987, a través de la agencia AP. Los medios chilenos replicaron tímidamente la noticia, pese a la conferencia de prensa dada por la Cámara del Libro. El episodio fue olvidado rápidamente y ocupó solamente una línea en la biografía de García Márquez escrita por el inglés Gerald Martin.

El cineasta Miguel Littin le comentó a su amigo "Gabo" lo que había ocurrido con los libros en Chile pocos días después de que la información de AP se esparciera por el mundo. Según recuerda, lo comentaron sólo esa vez y su reacción fue tibia.

-"Gabo" era imperturbable. Aunque no recordaba que eso le hubiera pasado en otra parte del mundo, lo leyó como parte del contexto de lo que ocurría en Chile. Pero eso también le dio la seguridad de que lo que había hecho era importante. Muchos dirigentes políticos regresaron a Chile clandestinamente después de la publicación del libro -revela Littin, quien se pregunta por qué no han salido nuevas ediciones de la obra. De las antiguas, guarda decenas de copias en su casa.

El vicealmirante (R) Rivera Calderón, hoy de 85 años, declinó hablar con Culto, pero su hijo Hernán cree que la orden de incineración no fue idea suya, sino una instrucción de arriba.

Para Navarro, esta explicación tiene sentido, pues imagina que la verdadera batalla se daba en esferas más altas, entre el escritor y el general. Después de estos sucesos, se alejó del negocio de los libros para dedicarse a la gestión cultural, pero mantuvo una pequeña editorial independiente a la que bautizó como Humo Blanco, en homenaje a las letras quemadas hace casi 30 años, en un rincón de Valparaíso.