06 mayo 2022

¿CUÁNDO NOS DIVORCIAMOS DE LA EDUCACIÓN?


 

Históricamente, los legisladores de nuestro país, concibieron a la cultura hermanada con la educación. Así, las dos instancias que se ocupaban de ella en el Estado, se relacionaban con el Presidente de la República a través del Ministerio de Educación: la Universidad de Chile (desde su instalación en 1843) y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (desde su creación en 1929). Con el paso del tiempo, hoy tenemos dos ministerios que poco dialogan y las consecuencias están a la vista. ¿Qué nos pasó?


Se puede afirmar que este proceso de distanciamiento comenzó con la dictadura que asoló Chile entre 1973 y 1990. 

Al momento del golpe militar se seguía viendo a la cultura estrechamente relacionada con el Ministerio de Educación. De hecho, el Presidente Allende traspasó el edificio construido para acoger la UNCTAD III, a Educación, para establecer allí el Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral; también dejó en manos del Instituto de Arte Latinoamericano de la Universidad de Chile, las valiosas obras de arte donadas para el Museo de la Solidaridad.

Con el golpe militar comenzó una persecución despiadada al mundo de la cultura, desmontando lo que se había construido: la Universidad de Chile se fraccionó dramáticamente, la DIBAM redujo sus presupuestos y el modesto departamento de Extensión Cultural del MINEDUC se limitó a administrar elencos estables que ornamentaban actos oficiales. 

Por otra parte, la educación básica comenzó a ser municipalizada y se estimuló la creación de universidades privadas.

Todo lo cual fue fomentando un distanciamiento del mundo cultural del Ministerio de Educación.

En ese marco, surge la necesidad de crear una nueva institucionalidad cultural. 

El destacado rol que jugaron creadores e intérpretes en la Campaña del NO, en 1988, hizo que éstos tuvieran una voz inédita en nuestra sociedad. De este modo, desde ese mismo momento comenzaron a discutirse -en dilatadas y concurridas sesiones en La Casa Larga- los términos que debería tener tal institucionalidad. Muy pocos hablaban de ministerio. Se aspiraba a una entidad participativa que resolviera, colectivamente, las políticas culturales y la asignación de los recursos que el Estado Democrático pondría a disposición de la cultura y las artes.

Se fue avanzando, paulatinamente, en esa dirección con un Fondo del Libro y la Lectura; una ley de estímulos tributarios; infraestructuras culturales gobernadas por corporaciones presididas por el Ministro de Educación, y un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, con presencia de dicho ministerio y personas representativas del patrimonio.

Hasta que, en un paso atrás que estamos pagando, se creó un Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio -iniciativa en la que participaron dos gobiernos de distinto signo.

El hecho es que hoy tenemos un ministerio débil, con autoridades que no le han dado -quizás no pueden- la dignidad que merece y que incluso se fragmenta en su interior y duplica funciones que deberían potenciarse. Por ejemplo, las bibliotecas dependen de una subsecretaría y el Consejo del Libro, de otra. Los Premios Nacionales se dividieron entre unos que sigue entregando Educación y otros que asigna Culturas.

Mas allá de estas formalidades, se ha trazado una línea divisoria entre dos valores que se hermanan: la educación formal y la educación informal, la cultura. Y se sugiere un divorcio imposible entre lo que constituye la base de ambas: el libro.

Como señala la profesora de Harvard, Doris Sommer, recordando al mexicano José Vasconcelos "educación y cultura son mente y corazón", se necesitan y complementan. Recuerda que, como secretario de educación, Vasconcelos estimuló el movimiento muralista (que tanto hemos disfrutado en Chile) y la construcción de edificios públicos para la difusión de la cultura, como escuelas, museos y bibliotecas.

En 1922, siendo Secretario de Educación de México, Vasconcelos, invitó a Gabriela Mistral a colaborar en las reformas educativas de su país; el presidente chileno Arturo Alessandri dijo que “había otras chilenas más inteligentes y dignas de ser invitadas a semejante labor”. Vasconcelos, en un telegrama, respondió: “Más convencido que nunca de que lo mejor de Chile está en México”.

Qué mejor demostración de la mutua necesidad del matrimonio entre cultura y educación, amalgamadas por el libro y la literatura, encarnado en nuestra Premio Nobel.

Hace falta recuperarla. 

03 mayo 2022

GOBERNANZA PARTICIPATIVA: BISAGRA NECESARIA


Tradicionalmente, en Chile, la cultura navegaba en aguas tranquilas, recibiendo recursos desde el gobierno, aferrada a dos sólidas instituciones: la Universidad de Chile y la DIBAM. La relación de los artistas con la sociedad era mediada por los partidos políticos y aquellos brindaban, con generosidad, su arte en las campañas electorales. 


Nunca faltaron aportes e incluso éstos se fueron reforzando a contar del gobierno de Frei Montalva que no sólo creó una Televisión Nacional, de gobierno, sino que también estimuló la alfabetización y la difusión artística hacia los campesinos (vía INDAP, SAG, CORA) y los pobladores (Promoción Popular). Reforzado por la llegada de la televisión que quedó en manos de las universidades: U de Chile, U Católica, UCV, U del Norte.

La coronación de esta tendencia se logró durante el gobierno del Presidente Allende que creó ChileFilms, Quimantú y el Museo de la Solidaridad. Con una diferencia, no tenían asegurado el financiamiento público, Quimantú debió autofinanciarse y el Museo recibía donaciones desde la solidaridad internacional.

De este modo, el mundo de la cultura llegó a tener una gran influencia en el acontecer político. Era frecuente ver a dirigentes de partidos que visitaban a Quimantú y solicitaban que publicara sus libros.

No fue extraño entonces, que, muy tempranamente, la dictadura las emprendiera contra los libros (quemando miles de ellos, en cámara) y contra artistas emblemáticos como Víctor Jara, Pablo Neruda, Ángel Parra (e indirectamente a su familia). A lo que se sumaron exilios masivos de grupos musicales (Inti Illimani, Quilapayún), escritores, actores y artistas visuales.

La cultura volvió a ser acorralada, con el agravante que la Universidad de Chile fue fragmentada en una decena de pequeñas universidades regionales y la DIBAM dejó de comprar para sus bibliotecas y museos.

Lo natural es entonces que, una vez recuperada la Democracia, la cultura quiera salir del ahogo y organizarse en relación con otros actores sociales. Por ello fue muy fácil descartar la figura de un ministerio, una subsecretaría o una dirección nacional, tres opciones de diferente rango con una característica común: una dirección unipersonal, finalmente, presidencial.

Así, las primeras señales fueron transversales: un comité de donaciones integrado por artistas, empresarios y parlamentarios para aprobar -o no- los proyectos de la flamante política de estímulos tributarios a los privados que el Senador Gabriel Valdés introdujo en una ley de presupuesto. La Ley del Libro y la Lectura, comienza en su primer artículo con la creación de un Consejo Nacional plural (escritores, editores, profesores, bibliotecarios, distribuidores, libreros) que asignará los recursos que el Estado pone a su disposición. El primer centro cultural, establecido en la antigua estación Mapocho también es gobernado por un Directorio integrado por representantes de organizaciones permanentes de la República en materia cultural, esquema que se repite en los centros culturales creados a continuación. 

Subyace allí la necesidad de que la cultura conviva con otros sectores de la sociedad y así también quedó plasmado en dos comisiones asesoras creadas por los Presidentes Frei y Lagos, en las que artistas y gestores convivieron con parlamentarios y empresarios. Lo que también quedó establecido en la institucionalidad nacional post dictadura aprobada por el Parlamento: el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Sin embargo, la primera prueba de esta dirección colegiada, no dependiente de la DIBAM ni de la Universidad de Chile, fue la Corporación Cultural de la Estación Mapocho, donde se incorporó en su Directorio a autoridades públicas electas, como el Alcalde Jaime Ravinet, con personas representativas de la sociedad civil como la historiadora Lucía Santa Cruz; la intérprete musical Cecilia Echenique; el escritor Antonio Skármeta; el abogado de derechos humanos y coleccionista José Zalaquett; el arquitecto de la UC, uno de los autores del proyecto de remodelación ganador, Ramón López (en la foto). Todo, presidido por la máxima autoridad cultural del Estado, el Ministro de Educación.

A este directorio se le encomendó como misión preservar el edificio, monumento nacional, y divulgar la cultura junto con la necesidad de autofinanciarse. Tomando así el bastón que ya se había ensayado, con éxito, en Quimantú. 

Este colectivo debió tomar decisiones que habrían sido escandalosas en un período de una cultura dependiente de la política y los gobiernos: prohibir las actividades partidistas, religiosas y matrimonios, es decir aquellas que no eran abiertas a todo público. Un centro cultural es para todos, o no es. 

El imperativo del autofinanciamiento llevó además buscar alianzas con medios de comunicación (La Tercera); empresas donantes (BHP Billiton) otros espacios culturales (Teatro Municipal), con diferentes resultados, manteniendo también una relación privilegiada con aquellas actividades artísticas aprobadas por otros colectivos participativos asociados al gobierno: Fondart, Fondo del Libro, Comité de Donaciones Culturales, y actividades internacionales de gran impacto (Letras de España; Expo Cumbre de las Américas, o la reunión Anual de las Asambleas de Gobernadores del BID).

Así, a partir de la experiencia del CCEM se va constituyendo esa nueva forma de la cultura post dictadura, para enfrentar su inserción social: ser una bisagra que conecta diversos mundos desde una nueva forma de liderazgo. Los resultados fueron tan favorables que el centro cultural recibió el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural, por su gestión y fue sede oficial de la Sexta Cumbre Mundial de las Artes y la Cultura, en 2014, la primera en América Latina y en un país de habla hispana.


25 abril 2022

ZIG ZAG, QUIMANTÚ Y LOS TRES SERGIOS


Mujica, San Martín y Maurín, son tres de los personajes relevantes de esta historia llamados Sergio: Mujica era el propietario de la editorial Zig Zag; Sergio San Martín (en la foto) era Presidente del sindicato de la misma, al momento de asumir el gobierno del Presidente Allende, y Sergio Maurín, fue el único gerente general de la Editora Nacional Quimantú. 


En los años 60 Zig-Zag estaba convertida en la editorial más importante del país y de los países de habla española del Pacífico. Sus revistas cubrían ampliamente las áreas informativas y de entretenimiento y, entre sus autores de libros, incluía a los mejores escritores chilenos y a varios premios Nobel. Muerto Gustavo Helfmann, su descendencia vendió la Empresa en 1968 al grupo Sergio Mujica Lois (editorialzigzagblogspot.com).


Zig Zag enfrentaba una grave crisis económica que derivó en un conflicto con sus trabajadores, quienes, hacia noviembre de 1970, acordaron un paro de actividades con el objetivo de que la editorial fuera integrada al área social de empresas del Estado (María Isabel Molina "Las prácticas editoriales en Quimantú" Grafito Ediciones, 2018).


La empresa estaba en situación de quiebra y acumulaba deudas generadas en los últimos años. Enfrentó huelga de casi 2 meses que exigía reajuste y pago de deudas previsionales. El gobierno de Allende, decretó reanudación de faenas el 1° de diciembre del 70 y el fallo arbitral se dictó el 9 de diciembre. A los pocos días, Zig-Zag ofreció en venta al Estado sus activos y se firmó acuerdo el 12 de febrero de 1971. (Sergio Maurín, Le Monde Diplomatique 13 de septiembre de 2013).


Sigamos a Maurín: el Gobierno compró oficinas y talleres de Zig-Zag en pleno funcionamiento, donde laboraban 780 trabajadores que conservaron sus cargos. Además se transfirió la propiedad de 14 revistas con bajo tiraje y algunos contratos de impresión que incluían las revistas norteamericanas Visión y Reader’s Digest.


El valor de la compraventa lo fijó la consultora estadounidense Price Waterhouse. Las fuertes deudas con Banco del Estado, SII, Cajas de Previsión y proveedores, se descontaron del precio de compra y se transfirieron a la Editora. CORFO depositaría los fondos para que Quimantú las pagara. Se firmó contrato de impresión por 2 años de las 16 revistas que Zig-Zag conservó. Es decir, se continuó imprimiendo lo de siempre.


Quimantú nació con las arcas vacías. Debía pagar sueldos y enfrentar gastos para cumplir con los clientes y sacar sus propias ediciones. Los ingresos llegaban con mas de 1 mes de atraso. La CMPC vendía el papel con pago al contado. Al poco andar exigió pagos anticipados y retrasaba los despachos. Incluso suspendió un mes la venta de papel para revistas. La vía ineludible fue el endeudamiento.


El fuerte déficit operativo, la falta de capital de trabajo, el endeudamiento necesario, la impresión de textos escolares a bajo precio, la inversión requerida para el inicio de masiva edición de libros con retornos tardíos, la escuálida y elitista red de librería y distribuidoras existentes, prefiguraban un complicado marco operativo inicial. No se podía abordar todos los objetivos, lo que significó atrasar el lanzamiento masivo de libros. Las fortalezas eran: el complejo industrial impresor con aproximadamente un 65% de capacidad ociosa; los activos fijos que respaldaban préstamos; la plena autonomía operativa otorgada, y la alta capacidad de sus 800 trabajadores, todos afiliados a un Sindicato único, destacado impulsor de cambios. A ello, se sumaba el interés del conjunto de quienes provenían de Zig-Zag, por mantener su fuente de ingresos.


A los trabajadores heredados, se sumaron 6 funcionarios directivos en representación del Estado dueño de la empresa, quienes constituyeron el primer Consejo Administrativo.


La gestión de la Editorial Quimantú, es recordada por su espectacular éxito en la edición de libros: 317 títulos y 11.7 millones de ejemplares en 2 años de los cuales se habían vendido cerca de 10 millones, además de imprimir textos de estudio para el Ministerio de Educación.


Una condicionante esencial poco conocida, fue que la Editora debía autofinanciar su operación y su desarrollo debido a carencias fiscales. Jamás recibió aportes financieros ni franquicia alguna. Se le dio trato similar al de una empresa privada, con la diferencia que su misión era maximizar su aporte al desarrollo cultural y no de maximizar ganancias.


Por ello, no extrañará que el aniversario de los treinta años del Quimantú, se celebrara en otra institución con el mismo imperativo de autofinanciamiento cuya misión es aportar al desarrollo cultural por la vía de conservar el edificio patrimonial y difundir la cultura: el Centro Cultural Estación Mapocho.


A esa celebración, conmemorada con una pequeña cajita de cartón que contenía las portadas de todos los títulos de Cuncuna -elaborada por ediciones Ekaré- asistió Sergio San Martín, con un notorio portadocumentos. En el momento adecuado, pidió la palabra -ese don que lo caracterizaba desde sus años de sindicalista- y emocionó a los presentes extrayendo del maletín diferentes publicaciones de Quimantú, refiriéndose con conocimiento y cariño a cada una de ellas. También a algunas de las presentes que aparecen en la fotografía: Iris Largo Farías, sonriendo, e Hilda López Aguilar, aplaudiendo.


Sergio San Martín, luego de el golpe militar se radicó en Gorbea, provincia de Cautín, donde trabajó como artesano, investigador e historiador autodidacta dedicado a la defensa de la etnia mapuche. Incursionó también la literatura infantil, escribiendo "Cuentos del abuelo". Falleció en 2018, fecha desde la que el Centro Cultural de Gorbea, lleva su nombre.


Esa tarde, en la ribera sur del mismo río Mapocho que, unas millas arriba, y en su ribera opuesta sorteaba el edificio de Quimantú, se brindó por aquella empresa que, según Maurín, alcanzó la madre de todos los logros: la participación plena de los trabajadores en la gestión: el derecho a participar en las decisiones a todo nivel.

23 abril 2022

METAMORFOSIS: DE CUNCUNA A MARIPOSA




Metamorfosis, es el proceso biológico que experimentan las crías de ciertos animales antes de llegar a la edad adulta. Se me ocurrió ocuparlo a propósito de una gentil invitación de la directora del Museo Violeta Parra, Cecilia García Huidobro, a exponer desde las redes de ese museo, sobre la Empresa Editora Nacional Quimantú.


Extraño, porque es un fenómeno de hace cincuenta años (1970/1973) que se ha resistido a pasar al olvido. Por el contrario, aparece cada vez con mas fuerza entre lectores nostálgicos, tuiteros de buena memoria, programas de gobierno y hasta en el debate de la Nueva Constitución. 

Siempre enfrentado a una especie de plebiscito entre el SI debe recuperarse y el NO es factible en estos tiempos.

Ambas opciones tienen buenas razones. 

Por el SI se argumenta que nunca antes, ni después, se leyó tanto en Chile. Que jamás se han repetido las tiradas semanales de colecciones como Minilibros (80.000 al inicio); Quimantú para todos (30.000) o Nosotros los chilenos (20.000). Que no es posible hoy encontrar ejemplares a precios tan alcanzables. Que hace falta aumentar los niveles de lectura que se habrían visto dañados por el IVA, la pandemia, el desuso lector, la adicción a las diversas pantallas, la falta de tiempo...

Por el NO, se argumenta que pasaron los tiempos del Estado empresario e impresor; que los lectores actuales no alcanzarían a consumir tales niveles de tiradas; que el gobierno de la UP controlaba precios de importaciones por lo que podía obtener materias primas y papel barato, a pesar del boicot de la CMPC; que el nivel de lucha ideológica de los 70 obligaba a estar muy alertas y por tanto leer mucho y rápido para no quedar "fuera de la historia"; que sería imposible imaginar hoy una empresa con el nivel de participación de sus trabajadores en la administración: cinco de once miembros del comité ejecutivos provenían de los talleres.

El resultado de este referendo parece estar en la mas pequeña de sus colecciones: Cuncuna. Reconocida por la "Antología visual del libro chileno", de Claudio Aguilera (Quilombo ediciones, 2013) como una serie cuya "riqueza se encuentra en la variedad de textos e imágenes que incorporó, además de un diseño pulcro y sobrio con tirajes de 20 mil ejemplares, impensables hoy, constituyéndose así como un primer antecedente del libro álbum moderno chileno".

Este antecedente podría metamorfosear a mariposa, es decir llegar a volar cincuenta años después, considerando sus principales características: además de que hay muchos lectores, que se formaron como tales leyendo Cuncunas, su formato y colorido duotono no requieren de grandes rotativas y puede resistir pequeñas prensas planas y tiradas más modestas.

De hecho, la editorial de la Universidad de Santiago está por publicar una caja conteniendo cinco títulos reeditados de Cuncuna, tarea que ya emprendió Amanuta con sendos libros ilustrados por Marta Carrasco, y Planeta, con los poemas de Floridor Pérez titulado Cielografía de Chile. Ekaré había editado hace unos años, La doña Piñones, de María de la Luz Uribe y Fernando Krahn.

Se podría afirmar entonces, como el tuitero aquel, que Quimantú vive, pero solo en sus publicaciones infantiles emprende vuelo.

Lo que se pretende, detrás del SI, es reeditar libros con tiradas tan altas, precios tan bajos y circuitos de distribución tan cercanos como los de la Quimantú de los 70. Y allí está la complejidad. 

De ese desafío se trata la conversación del martes 26 de abril solicitada por el Museo Violeta Parra, que, por lo demás, vive su propia metamorfosis.







21 abril 2022

CHILE, LA CONSTITUCIÓN Y LA LECTURA


Artículo 17.- Sobre el libro y la lectura. El Estado fomenta el acceso y goce de la lectura a través de planes, políticas públicas y programas. Asimismo, incentivará la creación y fortalecimiento de bibliotecas públicas y comunitarias.

Este artículo fue aprobado por el Pleno de la Convención Constituyente chilena, el 20 de abril de 2022. Tres días antes de que se celebre, en el mundo, el Día Internacional del Libro y dos días antes de que estalle, por décima vez, la lectura maratónica continuada y a viva voz del "Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha", en el Centro Cultural de España de Santiago.

En otra fecha histórica, el 4 de septiembre, día en que Chile elegía a sus Presidentes hasta 1970, la ciudadanía deberá pronunciarse si Aprueba o Rechaza este proyecto de carta fundamental.

Es un comentario entre los constituyentes, que cada artículo que pasa al texto final -faltando aún la Comisión de Armonización que haga coherente este conjunto- agrega opositores al texto, debido a que afecta privilegios, como aconteció, por ejemplo, con los Senadores, los propietarios de derechos de agua o los dueños de las AFP.

Sin embargo, hay otros artículos, que agregan simpatizantes (ojalá votantes) al apruebo de septiembre próximo.

Sin duda, el fomento "al acceso y goce de la lectura" es uno de ellos. Y es un aspecto que tiene terreno bien abonado: cuando retornó la democracia, en 1990, el primer proyecto de ley del ámbito cultural fue aquel que creaba, en su primer artículo, el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura y, en su segundo acápite, al Consejo Nacional del Libro y la Lectura (términos posteriormente invertidos en Lectura y el Libro) que lo administraría y distribuiría los recursos de dicho Fondo. Tales recursos inicialmente serían equivalentes al monto que el Estado recaudaba por concepto de IVA al libro.

Además de poner al libro en primer lugar de la legislación cultural, esta ley firmada por el Presidente Patricio Aylwin y el Ministro de Educación, Jorge Arrate, sentaba precedentes para la creación de futuros consejos sectoriales de las demás industrias culturales como la música o el audiovisual. Y finalmente, fue modelo y modular a la vez del Proyecto que creó diez años después el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Lo más relevante que dejó esta primigenia ley fue la consagración del principio de participación de todos los actores del sector en su Consejo Nacional. Autores, editores, bibliotecarios, profesores, distribuidores, libreros se unieron a autoridades de gobierno -en minoría- para formular las políticas del libro y la lectura y, lo más significativo, recursos que contemplaba el Presupuesto Nacional pero eran asignados por el Consejo, de manera vinculante.

Así es como el país ya desde finales del siglo XX se ha poblado de iniciativas de fomento lector sustentados por creadores, bilbliotecas, centros culturales, planes de alfabetización, ferias del libro, editoriales, investigaciones y muchas otras, con incrementos significativos, año a año, superando con largueza el rasero inicial de la recaudación del impuesto al valor agregado al libro.

Cabe destacar que tanto la ley como sus incrementos presupuestarios, han sido apoyados unánimemente por todas las fuerzas políticas y los gobiernos de diferentes signos.

También han seguido operando las políticas del libro nacionales y regionales que se elaboran periódicamente, así como diversas mesas del libro que indagan sobre posibles iniciativas para mejorar lo existente.

En definitiva, esta "constitucionalización" de la lectura y el libro no hace más que recoger un sentimiento valorado y querido por la ciudadanía.

Como deben reflejarlo las buenas Cartas Fundamentales.








23 marzo 2022

EL DÍA QUE PINOCHET CENSURÓ A GARCÍA MÁRQUEZ

Reportaje de Francisco Siredey en La Tercera del 12 de abril de 2017. Se reproduce, al acercarse el octavo aniversario de la muerte del Premio Nobel y en vísperas de tener, en Chile, una Constitución que prohibe toda forma de censura, considerando por cierto la más atroz que es la quema de libros. Confiamos que esta quema, en la agonía de la dictadura, y probablemente la mayor de un solo título en la historia de Chile, nunca se vuelva a repetir. En ninguna parte del mundo.



A fines de 1986, 15 mil ejemplares de su libro La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile fueron quemados en Valparaíso. Arturo Navarro, representante de la editorial en el país, investigó el insólito suceso y lo recuerda como si fuera la trama de un cuento pensado por el propio escritor. 


La noticia llegó en un mensaje de texto de su hija Catalina. Gabriel García Márquez había muerto el 17 de abril, a los 87 años, un poco antes de lo que Arturo Navarro esperaba; creía que el Nobel aguantaría hasta el 23, el Día Internacional del Libro. Luego de leer esas líneas, lo primero que se le vino a la cabeza fueron los libros. No los más importantes, como Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera, sino que pensó en un título menor, olvidado en todo el mundo, menos aquí: La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile.


Navarro tiene sentimientos encontrados. Cree que se trata de "un libro malito" dentro del catálogo del colombiano, pero también sabe que su valor radica en la pasión con que fue escrito. La historia del exiliado cineasta, infiltrado en su propio país para grabar un documental (Acta general de Chile), después de burlar todos los mecanismos de seguridad, resumía el rechazo de García Márquez por el régimen de Augusto Pinochet.

Thank you for watching

El libro tiene además un significado personal para Navarro. Su distribución en Chile le significó pasar por uno de los episodios más complejos de su vida. A su modo de ver, fue protagonista de una insólita historia que bien pudo ser creación de "Gabo". "Voy a parecer muy auto referente, pero siento que este es un cuento que me regaló García Márquez, una historia que no tiene otro testigo en su totalidad, sino algunos testigos parciales", asegura.

Con todo eso en mente, se metió al computador y publicó en su cuenta de Twitter: "No es realismo mágico: en noviembre de 1986 la dictadura chilena ordenó quemar 15 mil libros de GGM, en Valparaíso".

Su amigo Libardo Buitrago, uno de los personajes importantes, le respondió de inmediato:

"Arturo, cuenta la historia completa".

Navarro recién había regresado a Chile luego de visitar a su esposa, la periodista Patricia Politzer, y sus cuatro hijos, que vivían en Estados Unidos. Era noviembre de 1986. Al llegar a su casa, vio una luz roja titilando en la máquina contestadora del teléfono, un artefacto que pocos tenían en esos años. Eran dos mensajes urgentes de su agente de aduanas, Iván Labrín, pidiéndole comunicarse con él lo antes posible.

La relación laboral entre ambos llevaba poco más de un año. Hasta 1985, Navarro trabajaba en Editorial Andina, como encargado de distribución de best sellers del sello independiente colombiano Oveja Negra, cofundado por el escritor Gabriel García Márquez y el empresario José Vicente Kataraín. A este último le gustaba el trabajo de Navarro y le hizo una propuesta para que fuera su representante en Chile, a tiempo completo. Tendría todo el catálogo del Nobel a su disposición. Como para su nueva labor necesitaría trasladar miles de ejemplares al puerto de Valparaíso, Navarro contactó a Labrín para que fuera su agente de aduanas. No habían tenido problemas hasta aquellos mensajes en la máquina contestadora.

-Don Arturo, la cuestión está bien complicada. Me dicen que los libros fueron quemados -le avisó Labrín- cuando finalmente le devolvió el llamado. La información no le hizo ningún sentido a Navarro. La censura se había flexibilizado y el único título controvertido que venía en el cargamento, La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, ya había circulado varios meses antes en una edición especial de la revista Análisis. No había motivo para incautarlo.

-¿Cómo se te ocurre? Debe haber algún error. Estamos en el 86 -respondió Navarro. Entonces decidió viajar al puerto, para averiguar qué había pasado realmente.

Como no le gustaba manejar, tomó un bus hacia Valparaíso, su ciudad natal, la mañana del 19 de noviembre. Aunque la prensa local indicaba que el operativo de incautación se había debido a que los contenedores venían en mal estado, Navarro ya iba algo preocupado. El cargamento era indispensable para montar el stand de Oveja Negra en la Feria del Libro de Santiago, que comenzaba al día siguiente. Los libros habían salido de Buenaventura, Colombia, a bordo del vapor panameño Peban, que había arribado el 28 de octubre al puerto chileno. El tamaño del envío no era despreciable: 24,3 toneladas en libros y algunas revistas.

Un trolebús lo dejó en un extremo de la Plaza Sotomayor, en el edificio de la Comandancia en Jefe (ex intendencia). Le llamó la atención que la puerta principal estuviera cerrada. Después de golpear por algunos minutos, un transeúnte le aconsejó que probara por el acceso del costado, en la calle José Tomás Ramos. Al llegar a la esquina, Navarro se sorprendió al ver pilas de sacos de arena en la entrada, que formaban una trinchera. Varios guardias armados con uniforme de batalla custodiaban la entrada. Las Fuerzas Armadas llevaban ya un par de meses en alerta, después del atentado del 7 de septiembre del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) contra Pinochet.

Navarro planteó su situación a los marinos de la entrada. Uno de ellos se quedó con su carné de identidad y, posteriormente, otro lo llevó a la oficina de un oficial de apellido Vega. Le repitió su problema una vez más: era el representante de una editorial colombiana cuyos libros habían sido requisados y quería pedirles si podían redestinar la carga a Lima para no causar problemas. Vega levantó el teléfono, discó un anexo de tres números y comenzó a hablar. Tras unos instantes, colgó y tranquilamente le dio un consejo.

-Señor Navarro, no se preocupe. Ya los quemamos.

No se trataba de todo el cargamento, sino de las 14.846 copias del libro de García Márquez sobre Littin y 29 unidades de Proceso a la izquierda, del ex candidato presidencial venezolano Teodoro Petkoff. La pérdida ascendía a US$ 10.000. Le explicaron que intervenir la correspondencia era derecho constitucional del jefe de Zona en Estado de Emergencia, que en este caso era el vicealmirante Hernán Rivera Calderón, antiguo ministro de Salud de Pinochet.

Navarro se retiró sin palabras y tan abatido que olvidó su carné en la entrada. Caminó un par de cuadras hasta La Rotonda, el restorán de un amigo en calle Prat. Como lo vio entrar pálido, éste le preguntó qué pasaba.

-No me digas nada y dame un whisky doble -replicó Navarro.

El telegrama que Navarro envió a Bogotá para avisar lo que había pasado está fechado un par de horas después, a las 19.52 horas del 19 de noviembre: "De acuerdo facultades estado de sitio libros fueron incautados e incinerados según acaban de informarme en jefatura de zona Valparaíso (...). Resto embarque espero ingresarlo a tiempo para la feria del libro que comienza mañana tarde. Saludos".

Kataraín no se sorprendió demasiado. En vez de molestarse, se sintió responsable por la situación a la que había expuesto a su representante chileno. Algunas semanas después, en señal de gratitud, mandó 10 mil ejemplares de una edición exclusiva de El amor en los tiempos del cólera, que todavía no estaba disponible en las librerías de Latinoamérica.

Navarro no se conformó. Estaba decidido a revelar públicamente lo que había pasado con la obra del Premio Nobel de Literatura de 1982. Como socio de la Cámara Chilena del Libro puso un reclamo formal. El encargado de contactar a las autoridades fue el periodista Héctor Velis Meza, gerente de la entidad. -Los escritores estaban en el limbo, porque no existía una oficina formal de censura y cuando preguntabas siempre te chuteaban para otro lado. Era como El Castillo, de Kafka, nadie entendía nada. Nosotros sólo buscábamos que se reconociera la censura -cuenta Velis Meza, quien envió una carta al Ministerio del Interior el 10 de diciembre.

Navarro también recurrió al Consulado de Colombia en Chile. Fue allí donde conoció a Libardo Buitrago, quien ocupaba ese cargo desde 1983, representando al gobierno de Belisario Betancur. Gracias a la gestión de Buitrago, Navarro pudo rastrear el recorrido de sus libros. Así se enteró que el cargamento todavía no había sido quemado cuando él visitó Valparaíso el 19 de noviembre, sino que estaba todavía en la bodega Simón Bolívar. La incineración real se llevó a cabo recién el 28 de noviembre. Los únicos testigos de la pira de papeles fueron un par de efectivos de Investigaciones y uno de Aduanas.

El reconocimiento de la quema de libros llegó al Consulado colombiano el 9 de enero de 1987, en forma de una carta acompañada de un timbre con la palabra "confidencial". El remitente era el vicealmirante John Howard Balaresque, quien reemplazó a Hernán Rivera como jefe de Zona apenas unas semanas después de los hechos.

"Se impuso la medida de censura previa a la correspondencia del señor Arturo Navarro, decretándose la incautación de un cargamento de libros enviados del extranjero. Se dispuso que Investigaciones revisara el texto de tales libros, ordenando la incineración de aquellos cuyo contenido infringiera (...) la Ley de Seguridad Interior del Estado. Como consecuencia, fueron incinerados La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile y Proceso a la izquierda por haberse constatado que su contenido transgredía disposiciones constitucionales".

-Este reconocimiento requirió de mucho ingenio y destreza diplomática. Logramos algo casi imposible. Sirvió para que la aseguradora pudiera devolverle parte de las pérdidas a Oveja Negra -recuerda Buitrago, quien conoció a García Márquez cuando era subdirector del Servicio Postal en Colombia y se estrenó una estampilla en su honor, tras ganar el Nobel.

Todo se hizo público recién el 24 de enero de 1987, a través de la agencia AP. Los medios chilenos replicaron tímidamente la noticia, pese a la conferencia de prensa dada por la Cámara del Libro. El episodio fue olvidado rápidamente y ocupó solamente una línea en la biografía de García Márquez escrita por el inglés Gerald Martin.

El cineasta Miguel Littin le comentó a su amigo "Gabo" lo que había ocurrido con los libros en Chile pocos días después de que la información de AP se esparciera por el mundo. Según recuerda, lo comentaron sólo esa vez y su reacción fue tibia.

-"Gabo" era imperturbable. Aunque no recordaba que eso le hubiera pasado en otra parte del mundo, lo leyó como parte del contexto de lo que ocurría en Chile. Pero eso también le dio la seguridad de que lo que había hecho era importante. Muchos dirigentes políticos regresaron a Chile clandestinamente después de la publicación del libro -revela Littin, quien se pregunta por qué no han salido nuevas ediciones de la obra. De las antiguas, guarda decenas de copias en su casa.

El vicealmirante (R) Rivera Calderón, hoy de 85 años, declinó hablar con Culto, pero su hijo Hernán cree que la orden de incineración no fue idea suya, sino una instrucción de arriba.

Para Navarro, esta explicación tiene sentido, pues imagina que la verdadera batalla se daba en esferas más altas, entre el escritor y el general. Después de estos sucesos, se alejó del negocio de los libros para dedicarse a la gestión cultural, pero mantuvo una pequeña editorial independiente a la que bautizó como Humo Blanco, en homenaje a las letras quemadas hace casi 30 años, en un rincón de Valparaíso.

¿SON PELIGROSOS LOS BONOS CULTURALES?


 

¿Son peligrosas las platas regaladas para el consumo cultural? Es una pregunta que ha cruzado décadas de discusiones sobre las políticas culturales. El viejo dilema si estimular de la oferta o la demanda. Por cierto, en nuestro país se ha privilegiado ampliamente el apoyo a los creadores y no a los consumidores de cultura. Una información del 23 de marzo, que viene de España, señala que todos los jóvenes que cumplen 18 años en 2022 recibirán un bono de hasta $450.000 para "comprar entradas de conciertos, cines, museos y festivales además de libros, revistas, partituras, videojuegos y también para consumos en línea".


Habitualmente me inscribía entre quienes prefieren el apoyo a la oferta cultural. 

Sin embargo, la destrucción a que sometieron los "jinetes del Apocalipsis" -estallido social, pandemia, indolencia gubernamental- al mundo cultural, hacen reflexionar sobre la pertinencia de tales bonos.

Estamos en período de reconstrucción y así lo reconocen las autoridades que asumieron el 11 de marzo de 2022.

La política anunciada por la ministra portavoz española, Isabel Rodriguez, me parece bien enfocada.

En primer lugar porque va dirigida a jóvenes que se inician en la toma de grandes decisiones, como por ejemplo votar en las elecciones. Y solo a ellos. Tiene entonces cierto contenido formativo.

Luego, tiene un tiempo acotado: un año, lo que les da espacio para reflexionar sobre sus opciones. 

Está abierta a lo que se presume -habrá que hacer estudios al respecto- preferirán los jóvenes: conciertos, festivales, videojuegos y consumos digitales. Lo que reconoce que la digitalización ha llegado para quedarse. Amplía, quizás definitivamente, la lista de bienes culturales, considerando aquellos accesibles por internet y conciertos masivos en la misma condición de libros, partituras o museos. 

Desafía a otras actividades presenciales a mejorar su oferta y, sobretodo, su difusión en el mundo virtual.

Refuerza la necesaria idea que la cultura no es gratis y que debe ser pagada, aunque sea con dinero público. Un golpe necesario a la "gratuidad" que estimulan ciertas empresas, buscando justificaciones a sus prácticas dañinas al medio ambiente. Y una advertencia a algunos alcaldes que invitan a sus espacios culturales como si fueran propios, verbigracia el edil de Rancagua.

Reconoce la perspectiva -surgida del modelo Patrocinador que predomina en la comunidad Británica- que si bien el estado provee recursos, son otros (en este caso, los jóvenes consumidores) quienes deciden dónde se usa dichos aportes. Un paso hacia recuperar institucionalidad participativa vinculante, perdida en Chile con la creación del Ministerio de las Culturas.


Quienes desconfían de los bonos, podrán decir que se arriesga a las bellas artes, tan favorecidas hasta ahora por los dineros públicos. Me parece que más bien las insta a modernizarse y no celebrar con bombos y platillos, acciones tan poco juveniles como el mundialmente usual y antiguo debut de una directora mujer en el Teatro Municipal o la restauración de palacios por decisiones de autoridades "pala ciegas".

En definitiva, serán medio millón de jóvenes españoles quienes, rigurosamente estudiados, dictaminarán si estamos o no en presencia de una buena política cultural.

Estaremos atentos.


 

17 marzo 2022

A PROPÓSITO DE CENSURA: APSI, UNA DE VERDAD


 

Regocijándome íntimamente redactando el comentario anterior, sobre la prohibición de la censura en nuestra futura Constitución, no pude dejar de acordarme de los avatares sufridos (si, sufridos) para poder publicar, en pleno 1976, la revista APSI. He aquí las diferentes fases, debidamente numeradas.


Uno. Solicitud de permiso para crear la revista.

Según bando de la Dirección Nacional de Comunicaciones (DINACOS), para fundar un medio de comunicación, debía solicitarse autorización a esa repartición, ubicada en el Edificio Diego Portales, quienes eran sus propietarios, debidamente identificados; quién su director (chileno/a y periodista); quién su gerente/a; qué temática abordaría; su direccion; nombre de la publicación, y otros detalles menores.
Solicitamos el permiso, sometiéndonos a la restricción de que solo abarcaríamos "temas internacionales y económicos del extranjero". El boletín se llamaría Actualidad Internacional, sus propietarios, APSI limitada, una sociedad que actuaría como Agencia de Servicios Periodísticos Internacionales.


Dos. Autorización para crear la revista.

Luego de unas semanas llegó el documento firmado por el Coronel Gastón Zúñiga Paredes, director de DINACOS, señalando que se autorizaba la existencia del Boletín llamado Actualidad Internacional de APSI limitada, cuyos contenidos se limitarán a información internacional y económica del extranjero. Su director responsable será don Arturo Navarro Ceardi; su Gerente don Eduardo Araya Alemparte. Se indicaba a continuación que los originales del primer números (y luego sabríamos que también los siguientes) deberían ser presentados escritos a máquina (tiempos pre computación) en las oficinas de DINACOS, para obtener el permiso de impresión. Cuando nos dirigimos a inscribir la flamante marca nos enteramos que Actualidad internacional era un genérico que no se podía proteger, de modo que solo pudimos inscribir la curiosa palabreja APSI. Y así se bautizó la publicación hasta nuestros días.


Tres. Autorización de impresión.

Nos abocamos a redactar los artículos del primer número, sin fecha, pues no sabíamos cuándo duraría en llegar el permiso. Una vez entregados los originales muy bien presentados en papel oficio, debíamos esperar que fuesen leídos para emitir el permiso de impresión.


Cuatro. Autorización de circulación.

Una vez leídos y debidamente timbrada cada hoja, podíamos proceder a enviarlos a la imprenta, una antigua prensa plana, que imprimía de a una hoja, ubicada en el garage de la casa de un amigo bajo del llamativo nombre de "D&S impresores". Con las ediciones impresas, debíamos volver con una de ellas y los originales mecanografiados para que los censores verificaran que aquello que estaba impreso era lo mismo que habían autorizado previamente. Una vez verificado se emitía desde DINACOS el permiso de circulación. Ésta era, obviamente, por suscripciones de unos cientos de amigos, conocidos e internacionalistas a quienes distribuíamos nosotros mismos en sus hogares u oficinas. La venta de suscripciones estaba a cargo de dos atractivas amigas, parejas de gente del equipo.


Cinco. Fin de la censura previa.

La primera edición circuló el 29 de junio de 1976, con una validez de quince días, triquiñuela para editar solo dos ediciones al mes y no una cada quincena, lo que nos habría obligado a fijar fechas de aparición que, a juzgar por lo relatado, no dependía precisamente de nosotros los editores. Pasados unos seis meses con el procedimiento relatado, nos llegó desde DINACOS la noticia de que habíamos superado la etapa de la censura previa y éramos elevados a la dudosa condición de auto censura.


Seis. La autocensura.

La autocensura consistía que teníamos, en DINACOS, un fiel lector, un sociólogo llamado José Miguel Garmendia que ejercía la labor de censor. Esto es, leía los ejemplares publicados sin censura previa, los subrayaba con destacador amarillo y habitualmente llamaba a sus oficinas al Director para indicarle aquello que no era bien recibido por las autoridades. Su despacho, en el piso 16 del edificio Diego Portales,  se fue llenando de ediciones de APSI que regularmente le enviábamos, no bien salidas de la imprenta. Que entonces  era AlfaBeta impresores, ex Imprenta de la UC, ubicada en calle Lira, que  pertenecía a sus trabajadores bajo la forma de una cooperativa. Las observaciones del censor se limitaban a destacar situaciones de países extranjeros que podrían asemejarse a Chile, por ejemplo la dictadura brasileña, las que debían evitarse. 


Siete. ¿Actualidad nacional?

En medio de esta incómoda situación de auto censura y ante las naturales dificultades financieras, decidimos comenzar a probar con algunas noticias breves sobre Chile. Garmendia reaccionó de inmediato: "La familia real no se toca" a propósito de una mención de la señora Lucía Hiriart y sus compasivas declaraciones para la familia del menor Rodrigo Anfruns, que había sido asesinado. Decidimos entonces ir de frente y solicitar permiso para incursionar en la actualidad nacional. Escribimos al nuevo Director de DINACOS, esta vez un civil, el periodista Luciano Vásquez Muruaga. No obtuvimos respuesta. Telefónicamente Vásquez me manifestó que pensaba que no deberíamos pedir autorización pues la revista ya existía.   -"Dímelo por escrito". - "Ah, no, eso no". 


Ocho. La edición 105.

Así, corriendo lentamente el cerco de la auto censura con informaciones nacionales, internacionales y culturales, llegamos al 7 de agosto de 1981. Ese día, la voz de Garmendia fue diferente: "Vente de inmediato a mi oficina, mi jefe (el Director de DINACOS, Jorge Fernández Parra) quiere hablar contigo. "Mira, es viernes, son la siete de la tarde, podemos hablar el lunes". -"Vente". Fui. Fernández Parra me esperaba de pié en una sala inmensa en semi penumbra, un par de pisos más arriba de Garmendia, antes que me acercara a su amplio escritorio espetó: "Esto se acabó". Luego, ya sentados cada uno en su lugar, agregó: ustedes no tienen permiso para publicar información nacional, de modo que tendrán, en adelante que ceñirse al permiso otorgado o no podrán circular. Improvisé algunas burdas menciones a nuestro compromiso con los suscriptores y a que la siguiente edición, la número 105, estaba en talleres y debía circular el martes 11 de agosto. -"Bien, pero esa será la última". 


Vi blanco, se me apagó la tele, no recuerdo como salí del Diego Portales y me fui a la oficina de Jorge Molina, nuestro abogado y gran amigo. 

Ese día se acabó la censura, la auto censura y mi trabajo como director de APSI.

DERECHOS CULTURALES EN LA CONSTITUCIÓN


Esta es la redacción oficial según oficio Nº629 de la Presidenta de la Convención



El 16 de marzo de 2022, a altas horas de la noche -las 23:21- el pleno de la Convención Constitucional aprobó con 138 votos a favor y 3 en contra (8 abstenciones) el artículo 9º que encabeza esta nota. Significa que este texto pasa al borrador de la nueva Constitución, para ser revisado por la Comisión de Armonización y luego, sometido, junto a todo el proyecto, a Aprobación o Rechazo en plebiscito con voto obligatorio. Es entonces un buen momento para reflexionar sobre lo aprobado por el pleno de 154 constituyentes.


Una primera novedad, aparte de la obvia de incluir explícitamente a la Cultura -lo que no hacía la Constitucion anterior (C80)- es la incorporación, junto a las personas, de las "comunidades". Reconocimiento explícito de que la cultura expresa convicciones y costumbres de grupos de personas y que muchas veces su celebración y creación es colectiva. Como ocurre en las manifestaciones territoriales, barriales o de pueblos originarios.

El primer derecho explicitado es a "participar libremente" de la vida cultural y artística. Lo que muchos han descrito como libre acceso a la cultura. La palabra participación es más amplia y abarcadora que el solo acceso. Implica involucramiento activo de personas o comunidades.

Luego se agrega el derecho a gozar (disfrutar) de lo que significan las artes y las culturas. En su forma de "expresiones, bienes, servicios e institucionalidad". Se agrega al mero disfrute el derecho a acceder a los bienes de la cultura, como son sus productos materiales (libros, audiovisuales, musicales), los servicios (nótese que el Servicio Nacional del Patrimonio, recientemente creado en reemplazo de la DIBAM, conservó su denominación de Servicio público) e institucionalidad. Hay aquí un guiño al antiguo Consejo Nacional de la Cultura, reemplazado por el Ministerio de las Culturas, que fue mucho más generoso en la participación ciudadana que el nuevo ente, considerando que contemplaba consejos regionales, sectoriales y un consejo nacional con atribuciones vinculantes. Lo que hace pensar que la nueva Constitución, de aprobarse, reabriría las puertas a una institucionalidad más participativa.

En su segundo párrafo se recogen las justas aspiraciones de los pueblos originarios a mantener su identidad, educarse y expresarse en su propia lengua. Un deseo que se reconoce, declarativamente, en el nombre del Ministerio de las culturas, sin que tenga un referente real, como ocurrió en la frustrada Ley del Patrimonio impulsada por el gobierno anterior.

El tercer párrafo se refiere al derecho a crear, difundir y disfrutar de las creaciones de artistas e intérpretes. Relevante es la palabra "difundir" pues, hasta ahora, es muy poco lo que los entes públicos hacen por aquello, como lo testimonian los miles de proyectos apoyados por fondos concursables que permanecen en el anonimato o la obra de los ganadores de Premios Nacionales que nadie difunde más allá del galardón y el emolumento respectivo. Cuanto mejor sería que los premios del estado sean considerados una fuente de divulgación más que solo una pensión.

En este mismo párrafo, mereciendo uno aparte, se reconoce la "prohibición de toda forma de censura previa". Por dónde debimos haber comenzado. ¿Se imaginan qué habría ocurrido con un párrafo así en la C80?

Otro gallo habría cantado a nuestra cultura y no habríamos padecido 17 años de oscurantismo.

El cuarto párrafo garantiza el derecho a usar los espacios públicos para desarrollar actividades artísticas y culturales, cuestión muy anhelada por los artistas callejeros y muchos cultores de actividades teatrales o pictóricas. Por lo demás, es una tendencia universal el llevar las artes a los lugares por donde transita una ciudadanía cada vez más ajetreada.

El párrafo quinto asegura igualdad ante la ley a todas las cosmovisiones existentes en el país, junto con promover la interculturalidad y el respeto a todas las expresiones simbólicas patrimoniales, sean materiales o inmateriales. Este aspecto tendrá mucha relevancia para una nueva legislación sobre el patrimonio y eventuales proyectos inmobiliarios que afecten zonas simbólicas.

Todo lo anterior, cierra el artículo 9º, con el debido respeto a la diversidad, los derechos humanos y de la naturaleza. 

Redondito. 

07 marzo 2022

DOÑA PIÑONES REAPARECE UN 8 DE MARZO






Un extraordinario cuento en verso, escrito por María de la Luz Uribe e ilustrado por Fernando Krahn, sobre una mujer que temía a los vientos... 

Estera y esteritas 

para contar peritas, 

estera y esterones 

para contar perones.

Esta era una vez 

una viejecita llamada 

María del Carmen Piñones. 

Fue publicado por primera, en Chile, en Cuncuna de Quimantú, en mayo de 1973, cerrando la serie de 20 títulos de una colección que aún, casi cincuenta años después, se recuerda. Sus portadas se exhibieron, en gigantografías, el verano de 2022 en los jardines de la Biblioteca Nacional de Chile.

Ediciones Ekaré, bajo la dirección de Verónica Uribe, lo reeditó, en otro formato y tapa dura, anunciándolo así: 

Doña Piñones es una viejita que vive asustada. Tanto miedo le da todo que en la noche duerme detrás de su cama. De día es aterrorizada por los cuatro vientos quienes, uno por uno, hacen que busque un lugar donde esconderse. Pero un día, los vientos le cuentan a un niño sobre Doña Piñones y él decide ayudarla a vivir sin temores.

Muy recomendables para quienes tienen susto ... de vientos y rumores.