21 agosto 2012

EN BUSCA DEL CINE PERDIDO

Nací en un entorno en el que el cine era algo natural, mi primer pediatra fue el doctor Aldo Francia (Valparaíso, mi amor), en el colegio se ofrecían talleres extra programáticos de Luisa Ferrari, una de las creadoras del Cine Arte de Viña. Mis padres me invitaron a la primera película para adultos, cuando aún faltaba mucho para alcanzar lo que la censura requería y tomara autónomamente la iniciativa de infiltrarme en filmes para mayores. Profesores de secundaria destinaban parte de su tiempo a acompañarnos y más tarde analizar en clases, películas del neo realismo italiano. Uno de ellos llegó a aventurar (con más entusiasmo que realidad) que la dirección cinematográfica era mi vocación. Para completar el cuadro, muchos fines de semana se deslizaron, placenteros, en los rotativos de la plaza de Viña. Entrar a inicios de la tarde y salir con la noche ya avanzada se convirtió en una práctica habitual, sólo repetida años más tarde en intensas jornadas cinematográficas en Buenos Aires.


Vi, en palabras de Neruda, "mucho buen cine y mucho mal cine", emblemática respuesta cuándo algún impaciente le consultó cuando iba a existir buen cine chileno. "Cuando haya mal cine chileno", espetó. Obvio, requisito para la calidad, en este caso, es la abundancia. La misma que comenzó a languidecer con la  llegada de la televisión primero y las multisalas, después. Un público estancado en cifras muy menores a la totalidad de los habitantes: diez millones de espectadores al año en un Chile de 16 millones de habitantes, a fines de los años ochenta. 
Le siguió una epidemia de cierre de salas, esas gigantescas salas, como el cine Gran Palace, que anunciaba el inicio de las cintas con conmovedores juegos de luces en sus multicolores paredes  impecablemente encortinadas. El fantasma alcanzó hasta el proyecto, de inicios de los noventa, de renovación del Centro Cultural Estación Mapocho, que contemplaba originalmente dos salas subterráneas de cine en la que hoy es la popular Sala de las Artes, dónde una curva pared con sendos agujeros rectangulares para proyectoras, constituye un mudo testigo de la abortada idea inicial. 
Entonces aterrizaron en el país, más en Santiago que regiones, las multisalas, esos conjuntos de abigarrados espacios no siempre bien aislados acusticamente que suelen compartir explosiones y encerrar olores de cada vez más diversas comidas ruidosas. Pero tuvieron el mérito de hacer regresar el público al cine y comenzar a elevar la curva de asistentes por año, aunque, como en los libros, las carteleras se fueron concentrando peligrosamente en los títulos más taquilleros.
La diferencia con la industria editorial es que ésta tolera las pequeñas tiradas, los editores boutique y las librerías especializadas que conviven con los fenómenos transnacionales. No así en el cine. Para éste se requiere una poderosa cadena de distribución y de exhibición, cada vez más concentrada en salas crecientemente tecnologizadas con la más reciente moda internacional.
Los diarios aceptaron esta imposición exiliando el cine, sus comentarios y críticas, a las páginas de pasatiempos, tiempo libre, espectáculos o directamente entertainment, dejando una pantalla vacía en las secciones de cultura.
Algo aconteció con la feliz coincidencia del estreno de NO con un festival de cine. Recuerdo el día, el 16 de agosto, en el mismo lugar dónde comenzamos a congregar vecinos para que se inscribieran en los registros electorales hace ya 24 años, el Unimarc de La Reina, me encontré con un cine portable instalado en sendos camiones rojo anaranjados que inauguraban el Sanfic 8, devolviendo el cine a los vecinos. Bien escogido el lugar pues por allí deambulaban los restos náufragos de quienes enviudábamos cada fin de semana del multicine de La Reina que había nacido -antes de Batman y tantos otros personajes leves- como una posibilidad de que en a lo menos una de sus 16 salas permaneciera el cine arte o nacional o de autor. Me interesé en la oferta y pude disfrutar, como en la Plaza de Viña de los sesentas, de un fin de semana de película(s) en el Hoyts del barrio. Las filas del festival se entrecruzaban con las de NO y daba la idea de que lo que crecimos entendiendo por cine volvía por sus fueros.

La pregunta es cómo perseverar en este intento. Sin duda los festivales hacen lo suyo, están el Fidocs, el de Lebu, el de la cueva del Milodón, el de Valdivia, que complementan Sanfic. Está la Comisión Fílmica promovida por el CNCA, que apunta a la pantalla -desarrollar filmaciones con locación, profesionales y tecnología local, la industria- pero no las audiencias. Falta desarrollar una política de creación de público cinéfilo, como lo hicimos con éxito en el teatro estival o con las ferias de libros que se expanden por el país.

Para ello, es preciso enfrentar el tema de las salas de exhibición, más allá de la mala experiencia del cine Huérfanos que no pudo sostener una  exclusiva para cine chileno.Y si las multisalas de multinacionales no brindan acogida al buen cine, tendrá que hacerse cargo de ello la Política Cultural pública. Como lo dijo Claudio Gay: "no hay Estado sin estantería". Es decir, no hay memoria del arte sin edificación de un dispositivo de recolección, conservación y exhibición de las fuentes, lo que implica que además de Cinemateca Nacional, debe existir una red de las salas de exhibición y eso se llama infraestructura cultural. Programa para ello existe desde 2000 -de construcción de centros culturales- a los que se han adosado recientemente de teatros regionales y reconstrucción patrimonial. 
Tal vez un programa estatal de habilitación de salas de cine, itinerantes y permanentes, dentro y fuera de los centros culturales existentes, ayude a reencontrarnos con ese arte perdido. 
Tarea para la próxima Convención del Consejo de la Cultura.

13 agosto 2012

LA LIBERTAD, EL NO Y DOS LIBROS



VUELTA A LA DEMOCRACIA PARA QUE
¿para que se repita la película?
NO!
para ver si podemos salvar el planeta:

sin democracia no se salva nada.
(Nicanor Parra, POR QUE NO, septiembre 1988)



El estreno de NO, dirigido por Pablo Larraín, ha traído recuerdos y discusiones. Inevitablemente, una obra de arte puede ser acusada de "reduccionismo" como lo hace Héctor Soto en Reportajes de La Tercera o de "simplificar y omitir" como lo hace Ernesto Ayala en Artes y Letras de El Mercurio. Ambas apreciaciones aciertan, en la medida en que lo acontecido el 5 de octubre de 1988 tiene muchas facetas que lo acercan más a la epopeya de un pueblo, como hay pocas en la historia de Chile, que a una simple campaña televisiva, aunque, sin duda, ésta formó parte relevante de aquella.


Lo primero que cabe destacar es el aporte a nuestro periodismo que hacen ambos comentaristas al regresar el cine a espacios que alguna vez ocupó, en páginas de cultura y de política. Esta expresión artística ha sido reiteradamente trasladada por la mayoría de los medios a livianas secciones de entretención y espectáculo. Quiera el destino (y los editores) que las profundas reflexiones sociales y políticas que suelen motivar películas notables regresen, para quedarse, en tales secciones. Lo que debiera traer aparejado el regreso a las salas de cine de un público que, acosado por el entertainment, huye de ellas, pletóricas de Batman, Kramer y sagas orientadas a un público infantil, que dejan poco lugar al cine que tiene algo que entregar, más allá de un buen par de horas y muchas crujideras de pop corn.

Lo segundo es que la película NO pertenece a un Director que -no podía ser de otra manera- muestra haber sido criado en un entorno cultural que entiende y conoce bien la obra de la dictadura y que asume la derrota de la misma más por una extraordinaria campaña televisiva impuesta por la presión internacional y no como una gesta que tomó muchos años, que implicó un gigantesco trabajo, enormes riesgos y una mística que se extraña.

Lo más evidente de los alcances ignorados en el filme es la labor que dirigentes políticos, sociólogos y psicólogos, hombre y mujeres, realizaron en términos de conocer científicamente el estado de ánimo de los chilenos luego de 16 año de dictadura y que nutrían cada minuto de la expectante franja.

El resumen de dicho trabajo está en el libro La campaña del NO vista por sus creadores (Editorial Melquíades, agosto 1989) en el que profesionales como Juan Gabriel Valdés, Mariano Fernández, Carlos Vergara, Eugenia Weinstein, Javier Martínez, Guillermo Campero, entre otros, entregan sus reflexiones sobre dichos estudios y dirigentes políticos como Carlos Montes, Isidro Solís, Ricardo Solari, Ignacio Walker o Rafael Almarza hacen lo suyo sobre la campaña territorial mientras Alberto Urquizar, Francisco Estévez y Gonzalo Martner reflexionan sobre el  control democrático de la votación misma. Están también los testimonios de quienes elaboraron la franja televisiva, que sin duda son muchos más que aquellos que puede sostener un guión cinematográfico como el que nos ocupa.

Allí se comprueba cómo miles de chilenos salieron, meses antes de la franja, a la calle, exhibiendo una modesta chapita, luego un tímido cartel, más tarde acompañados por un conjunto de vecinos contactados en las puertas de supermercados, plazas y ferias, para primero llamar a inscribirse en los registros electorales, estimulados por un valeroso llamado de Hortensia Bussi de Allende, y luego, una vez inscritos, convocar para votar que NO y, sobretodo, controlar minuciosamente que se respetara el resultado en cada una de las mesas de votación. También, cómo se celebró hasta el delirio una vez conocidos los resultados.

En el caso de los artistas, su generoso aporte quedó plasmado en otro libro: Por que NO. El NO de los escritores y artistas plásticos chilenos, (Comando Nacional por el NO, septiembre 1988), dónde 64 literatos -Miguel Arteche, Carlos Cerda, José Donoso, Ariel Dorfman, Jorge Edwards, Sonia Montecino, Nicanor Parra entre ellos- expresaban con sus propias palabras y en una página cada uno, las razones que los impulsaban a votar por esa opción. Los acompañaron trece artistas visuales -Nemesio Antúnez, José Balmes, Gracia Barrios, Samy Benmayor, Sergio Castillo, Patricia Israel, Roberto Matta, entre ellos- que ilustraron el sentimiento que devino mayoría la noche del 5 de octubre. Un documento histórico.

Sin dudas,el trabajo territorial o la convocatoria de artistas son menos visibles que 15 minutos diarios de televisión. Pero son ellos, público y creadores, quienes deciden los cambios históricos en las sociedades y no los programas de TV, así como fueron ellos los que, en octubre de 1988, demostraron que era posible terminar con una dictadura actuando coordinadamente quienes expresan el alma popular y quienes la constituyen.

Así como vimos, al inaugurar y clausurar la Olimpíada de Londres 2012, que los países recurren a sus músicos, cineastas, actores y escritores para expresar ante el mundo su identidad, fueron los artistas chilenos, unánimemente ("están todos con ellos" reconoce el publicista del SI en la película de Pablo Larraín) los que se llenaron de coraje para salir a defender el único derecho imposible de transar, el de la libertad de creación. Podrán mantenerlo por un tiempo en la oscuridad, sacarlo forzadamente al exilio o desarrollarlo en cenáculos solidarios limitados, pero esa ansia incontenible de crear es la que se expresó también en la franja, así como en los libros reseñados o en las conversaciones de toque de queda. Las luchas contra la censura editorial, de libros y revistas, durante más de una década, que utilizaron el humor y la metáfora para informar a los chilenos, formaron parte también de una sola gran demanda final: libertad. Sin ella no hay creación, sin ella, la creatividad inevitablemente desborda hacia la lucha por recuperarla.

Es lo que aconteció en octubre de 1988, que pudimos reírnos, bailar, manifestarnos masivamente y tararear viejos valses con contenido renovado, a pesar de todo lo que acontecía en el país. Gracias a la energía que salía de ello, derrotamos al poder, al apagón, a la oscuridad, a la violencia y el miedo, encarnados en un hombre atado a una perla, que "corrió solo y llegó segundo".

Sin los artistas y los sentimientos de su pueblo, que ellos encarnaron, no habría habido presión internacional ni campaña televisiva que valieran para encarar a una dictadura. Es lo que se extraña en la película recién estrenada, que constituye a la vez un aporte y un llamado a complementarla con nuevas producciones.

06 agosto 2012

LAS REVISTAS EN MI VIDA


Nacen por capacidad de reacción y sobreviven por capacidad de redacción, son las revistas; publicaciones que han acompañado las vidas de millones de personas, de manera silenciosa y a la vez imprescindible. Hace unos pocos días, la UDP acogió una singular congregación de esos seres extraños que somos los creadores, redactores, ilustradores o editores de revistas, con motivo de la presentación de un libro que pretende nada más que narrar "Una historia de las revistas chilenas", escrito por Cecilia García Huidobro y Paula Escobar.


Paula reconoció que su afición nació de su abuelo que la acribillaba semanalmente con Pequeñas Lulú y Archies mientras él también devoraba las propias y ... las coleccionaba. Cecilia nos desafió a tomar el testimonio y escribir nuestra propia historia de las revistas. Es lo que intento a continuación.

Cronológicamente, aparecen por primera vez en las vacaciones infantiles de verano en el campo, en casa de unos primos que atesoraban colecciones de OKey, Mr. Kirby y otras decenas de empastados que circulaban noche a noche en las cercanías de las palmatorias que nos entregaban mortecinas luces de velas. Las complementábamos con pequeñas historietas creadas por nosotros mismos en cuadriculadas hojas de cuadernos Colón. Más tarde, las colaboraciones en La Revista Escolar, antecedidas por sesudas crónicas en diarios murales, uno de los cuales llegué a dirigir: El Independiente.

Ya en la universidad, creamos, con Sergio Marras, una innovadora publicación llamada La Sexta Experiencia que se caracterizaba -impresa a mimeógrafo- por no tener corchetes ni una numeración  preestablecida: sus creativos textos estaban desperdigados a interior de un sobre y podían ser leídos en cualquier orden. Embebidos en las luchas universitarias, participé en una revista de nombre impresentable pero correcta en su misión, corría el año 1968 y ya habíamos dicho ¡Basta! sólo quedaba pendiente la segunda parte: "El Echado a andar" se llamó el pasquín.

La fortuna o la adicción de respirar revistas, me llevó a trabajan en las dos empresa que más títulos de este tipo han editado en Chile: Quimantú y Editorial Andina. La primera me acercó a la audaz experiencia de Cabrochico; al inverosímil proyecto de Juan, la revista juvenil obrera, totalmente manuscrita (sí, las letras de molde eran burguesas);  el resonante éxito de Paloma y La Firme; el paso sin mayor huella por el periodismo nacional de Ahora y de Mayoría; la juvenil Onda de la inolvidable Diana Aarón; la seriedad de Hechos Mundiales y La Quinta Rueda, y la desbordante variedad de las historietas Q como El Manque, el Intocable o el Dr. Mortis.
Andina, en los años de dictadura, me enseño a vender Vanidades, Buenhogar, Ideas, Tú, Harper's Bazaar, The Ring, Hombre y Mecánica Popular. Conocí así cómo Ricardo Larraín "desabollaba" spot realizados en Miami para dejarlos aptos para la TV local y Jaime de Aguirre componía en un dos por tres jingles idénticos pero absolutamente diferentes para tres revistas femeninas distintas.

No obstante, mis verdaderas creaturas son cuatro: Apsi, La Época semanal, Literatura y libros y Solidaridad. Dos de ellas, de aquellos engendros llamados suplementos, ese tónico con que el revistismo fortalece a los diarios, en especial los fines de semana. La Época necesitaba -a juicio de Emilio Filippi, su Director y fundador- una revista a colores a la usanza de El País semanal, capaz de soportar esa marejada de avisos a colores que, en formato revista, nos aguardaban ansiosos en las agencia publicitarias para financiar el naciente diario.Lo que ignorábamos ambos era que esas mismas agencias vivían de comisiones que cobraban a empresarios que no estaban dispuestos a que nuestros sanos propósitos se realizaran. Ganaron ellos -una vez más- y terminé imaginando un suplemento mucho más modesto, en blanco y negro, formato y papel diario, sin ninguna ambición publicitaria: Literatura y Libros. La principal huella que dejó fue impulsar a El Mercurio a fundar su Revista de Libros que aún hoy subsiste, acogido en las páginas de Artes y Letras.

Solidaridad era el Bole, el Bole era el boletín de la Vica, la Vica era la Vicaría de la Solidaridad, fundada por el señor Cárdenas, que a su vez era EL Cardenal. Su enorme protección eclesiástica, la de don Raúl Silva Henríquez, respaldaba los devastadores reportajes sobre la situación de los derechos humanos en nuestro país que debían, eso sí, culminar con esperanza: "No sólo denuncia, también anuncio". Muchas veces esa segunda parte era más costosa de descubrir en medio de la negra noche que nos asolaba como país.

Apsi, muy bien reseñada por Cecilia y Paula en su libro, fue la primera revista creada post golpe militar, siguiendo las reglas de la censura previa que regían en 1976, padeciendo luego el vértigo de la autocensura y culminando, al menos en mi caso, con las constantes citaciones de los censores de carne y hueso. La dirigí durante 105 ediciones, hasta que DINACOS me dijo basta, en vivo y directo.

Como estos recuerdos, las revistas tienen esa maravillosa condición de ser coleccionables. De hecho, sus empastados ocupan importantes extensiones de la biblioteca familiar, dónde conviven con tomos de Hoy, Clan, Chile Hoy o La Época Dominical. Cada ejemplar de esas coleccione es un ente acabado, a diferencia de otros medios como los diarios, las radios, o los sitios web que son abiertos y "en desarrollo", cambian con los goles o las segundas ediciones. Una revista es un producto tan acabado como bien concebido. Sus editores son por ende autores de mundos que consideran múltiples variables como el texto, su ilustración, su diseño, los titulares, la portada, incluso los "ganchos" que la sostendrán en los quioscos.
Quizás por eso esa reunión de pares que recibió la obra de Cecilia y Paula valoró como pocos lo complejo que resulta, además, intentar una historia de esa pasión que se requiere para hacer una revista. Y que se plasmó en un  libro notable, en forma y fondo. Que también es de colección.

30 julio 2012

LUCRO, FILANTROPIA Y LEY DE DONACIONES


Intervención en la Comisión de Hacienda del Senado el lunes 30 de julio 2012.

Valoro especialmente esta iniciativa de modificar la Ley de Donaciones Culturales porque se trata de un significativo estímulo a un hábito tan poco desarrollado en Chile como necesario: la filantropía. Habiéndose creado una institucionalidad cultural hace menos de diez años, ésta se ha posesionado en nuestra sociedad de tal forma que nadie duda de que hemos resuelto un camino que ha llegado, como en la mayoría de naciones del mundo, para quedarse: los consejos de la cultura y las artes, en desmedro de alternativas más autoritarias como los ministerios o más blandas como aquellas que dejan al mercado la resolución de gran parte de los asuntos culturales.

Sin embargo, esta manera de resolver la relación entre el Estado y el desarrollo cultural a través de la presencia de la sociedad civil en la asignación fondos públicos transparentes y concursables, tiene un complemento indispensable que son los mecanismos para complementar el aporte público mediante recursos privados: los estímulos tributarios.
Este complemento, como su calificativo lo indica, debe supeditarse a lo central de nuestra política cultural, que es su dependencia de órganos colegiados y participativos que determinan y evalúan las políticas que se aplican en este campo.
Es lo que se encuentra y aprecia en este proyecto, cuando nos topamos con un mecanismo de estímulo de la filantropía subordinado al Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, administrado por un Comité de Donaciones igualmente participativo y con beneficiarios, hasta ahora casi exclusivamente entidades sin fines de lucro, que poseen normalmente directorios representativos de la sociedad civil. Prima en todos ellos un criterio, comúnmente aceptado, que hermana los conceptos de filantropía con el de ausencia de fines de lucro.

La definición de uso común señala que la etimología de la palabra filantropía deriva sus raíces del griego φίλος  philos (o filos), y άνθρωπος,  anthropos, que se traducen respectivamente como 'amor' (o 'amante de', 'amigo de'), y 'antropos' (o 'ser humano'), por lo que filantropía significa 'amor a la humanidad'. En general, la filantropía significa el amor al género humano y todo lo que a la humanidad respecta, particularmente, en su forma positiva y constructiva, expresado en la ayuda a los demás sin que necesariamente se requiera de un intercambio o interés alguno en una respuesta.
Llama la atención en el Proyecto en estudio que, por primera vez se introduce como beneficiarias en su artículo, 1° 1), a “las empresas de menor tamaño”.
La Ley 20.416 entiende como empresas de menor tamaño a aquellas cuyos ingresos anuales por ventas, servicios y otras actividades del giro no excedan las 100.000 unidades de fomento en el último año calendario. Por ende, son entidades cuya esencia es –legítimamente- incrementar sus ingresos a través de las ventas.  
Introducir, como lo hace este proyecto, en una ley de estímulos a la filantropía, estas entidades con fines de lucro lleva a tener que tomar muchos resguardos tal como lo sugieren varios señores Senadores y Senadora y el Informe del Servicio de Impuestos Internos en el Boletín 7.761-24. Tales como que se incluya en la Ley los requerimientos para que un proyecto sea cultural, y que estas empresas sean evaluadas y registradas por el Comité de Donaciones, como organismo experto en la materia.
Es complejo intentar evitar que se lucre con las donaciones si son empresas con fines de lucro. Se corre entonces el riesgo de que sea tal la complejidad necesaria para fiscalizar esta medida que se termine por volverla infecunda.
El proyecto de ley en su Artículo 9° 2) pide a las empresas de menor tamaño un objeto social exclusivo “de carácter artístico o cultural”. Para aprobarles un proyecto pide además un informe previo al Secretario Ejecutivo del Fondo de Fomento Audiovisual si es de esa área. En rigor, dicho informe debiera ser del Consejo del Audiovisual, no de su secretario si somos coherentes con el espíritu participativo de nuestra institucionalidad cultural, ya comentado. No lo señala el actual Proyecto, pero de mantenerse este aspecto, debieran agregarse los informes respectivos del Consejo de Fomento del Libro y la Lectura y de Fomento de la Música en los casos que corresponda por tratarse de empresas editoriales o musicales.
Agrega el Proyecto en su Artículo 8° 3) que donante y beneficiarios “no se encuentren relacionados entre ellos conforme al artículo 100 de la ley 18.045 de Mercado de Valores”.
Surge una pregunta: ¿Qué hace una empresa de menor tamaño, de carácter exclusivo artístico o cultural, si se le ofrece un negocio de otro rubro? Crea otra empresa o amplia su objeto social y deriva sus energías hacia allí. A diferencia de las entidades sin fines de lucro que estamos obligados a perseverar en ello, por nuestro origen y misión fundacional. Podríamos por tanto estar fomentando la creación de empresas más que la divulgación de la cultura y mucho menos de la filantropía. Y al mismo tiempo, estableceríamos una discriminación hacia entidades sin fines de lucro que no podrían, con esa expedición, incursionar en   áreas diferentes a la cultura.

Queda en evidencia que la tarea de estimular a las empresas escapa con mucho a las políticas culturales y que aquellas industrias que se relacionan con la cultura deben tener el trato especial que el Estado determine para ese ámbito, a través de CORFO y del Ministerio de Economía, para asegurarse que puedan desarrollarse para llegar a competir con las grandes industrias culturales. En el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires existe una subsecretaría de Industrias Culturales, dependiente del Ministerio de Economía.

En un Informe anterior a la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, incorporé una advertencia respecto a evitar en esta legislación la existencia de “fundaciones espejo” es decir, entidades culturales sin fines de lucro que son fundadas por la misma empresa que le dona, práctica que causó mucho daño a la Ley de Donaciones Universitarias y motivó un momento muy regresivo a la ley que nos ocupa, pagando justos por pecadores. Temo que la incorporación de empresas de menor tamaño como beneficiarias podría estimular nuevamente la creación de empresas “espejo” de los donantes, que sean cautivas de éstos y presten servicios comerciales a través de la contratación de servicios que están dentro del giro cultural.

En esa misma oportunidad planteé la necesidad de ampliar el Comité de Donaciones, considerando para ello el modelo que tiene el Directorio Nacional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, del cuál depende el Comité, en el que se encuentran representantes de la sociedad civil, rectores de las universidades, premios nacionales y, por cierto del sector público, los que deben agregarse a la natural representación de los donantes.
En el proyecto se aumenta según su Artículo 1° 3) a siete sus cinco integrantes. Se elimina al representante del Consejo de Rectores. Se agregan un Premio Nacional de Artes o Literatura y un representante de las “organizaciones culturales, artísticas y patrimoniales” En este aspecto, junto con advertir una redundancia (culturales y artísticas) falta agregar las organizaciones dedicadas gestión, para ser coherente con la legislación que crea el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Sugiero que el texto quede así: “organizaciones artísticas, patrimoniales y de gestión cultural”.
Se agrega un representante del Ministerio de Hacienda y se fortalece el quórum para elegir a los representantes del Parlamento (2/3). Se determina la forma de elección de los dos representantes del parlamento pero no lo hace del representante de organizaciones culturales ni su calificación. Este representante debiera tener “experiencia previa en la presentación o administración de proyectos de la ley 18.895”.
En síntesis, quedan dos representantes del gobierno, dos del Parlamento, uno de los empresarios (de la CPC) y sólo dos de la sociedad civil vinculados al mundo de la cultura. Se invierte la proporción de la presencia de la sociedad civil que hay en el Directorio y en toda la estructura participativa del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y los consejos sectoriales, que también asignan fondos públicos. Estimo que debiera considerarse la presencia en el Comité, de tres personalidades representativas de gestores, creadores y patrimonialistas, nombrados por el directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, sin poder ser removidos, por un plazo de cuatro años, los mismos que los parlamentarios y los propios directores nacionales del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Reforzando la presencia de la sociedad civil y la necesaria vinculación de esta ley con la institucionalidad cultural que nos rige, estaremos contribuyendo no sólo a aumentar los recursos que se alleguen a la cultura por esta vía sino también estimulando la filantropía, fundamento imprescindible de nuestro desarrollo cultural.

19 julio 2012

CCEM: CRISIS, GESTIÓN Y SUSTENTABILIDAD

Reparación cúpula post terremoto 27F

Cuando, como en Europa, la cultura sufre los avatares de una crisis económica, surge la pregunta, en este extremo del mundo, de cuál es la mejor manera de sobrellevar estas situaciones que, aunque ajenas, nunca dejan de afectarnos. Luego de más de veinte años de gestión sustentable en el Centro Cultural Estación Mapocho, es posible barruntar una respuesta, a partir de más de dos décadas de supervivencia y de haber experimentado a lo menos dos crisis, una externa y otra por causas internas.

El primer aprendizaje es que la superación de las crisis es algo cotidiano, no sólo cuando el desastre ha sobrevenido. Una enfermedad, dice la sabiduría china, comienza mucho antes de que aparezcan sus síntomas, por tanto, la superación de la misma dura más tiempo que el que duran los dolores o la fiebre. En consecuencia, debemos prevenir, a través de la gestión diaria, que la crisis -que inevitablemente vendrá- no nos sorprenda y sea demasiado tarde para superarla.

Nuestra primera crisis provino de la recesión que azotó la economía chilena en 1998. Se tradujo en que ferias comerciales que deberían acontecer en 1999 y contribuir al financiamiento del centro, sencillamente no se realizaron. Frente a un escenario de reducción drástica de ingresos nos encontramos con la buena noticia de que había una disponibilidad proporcional de espacios que antes ocupaban dichas actividades. Acudimos entonces al concepto cooperativo de compartir gastos y utilidades en igual proporción con producciones que podían realizarse en dicho esquema y que a la vez eran generosas en público, como conciertos del popular cantante Joe Vasconcellos o la actividad familiar Dinosaurios Animatronics, que terminaron aumentando los asistentes al Centro hasta un millón doscientas mil personas, un tercio más que el año anterior y un 72% más que en 1997, con el consiguiente aumento de taquilla, establecida en porcentajes crecientes según cifras de público, sin afectar los costos básicos. La ecuación de reemplazar ingresos feriales por aquellos de porcentaje de boleterías no fue más que alterar las proporciones de la política permanente de depender de ingresos mixtos y no de una fuente exclusiva. Agregamos una política fuerte en alianzas con universidades, empresas y espacios culturales, así como de dar visibilidad académica e internacional al Centro Cultural Estación Mapocho, tanto a través de muestras artísticas (Expo Cumbre de las Américas) como de integración a redes internacionales y participación activa en cursos y seminarios, lo que culminó con el reconocimiento como Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural.

La segunda crisis, en 2007, derivada de una baja en planificación en 2006, nos llevó a responder con una re ingeniería del personal (una decena y media de funcionarios), abandonando una actitud pasiva centrada en la demanda por el uso del centro cultural para reemplazarla por una actitud pro activa de salir a ofrecerlo a actividades, como la feria de la música Pulsar, la Bienal de Diseño, la feria de arte contemporáneo Ch.ACO, que perfectamente calzaban con la misión del espacio; como no fue suficiente, se agregó la negociación con proveedores (por ejemplo, el pago diferido a tres años de la energía, un 10% del gasto operacional) y el financiamiento bancario con aval de los ejecutivos (no somos sujetos de crédito ni se puede hipotecar un edificio público) y el respaldo de contratos firmados a futuro con actividades, como la Feria del Libro, de ocurrencia habitual. Se agregaron la rentabilización del espacio como locación de cine y spot publicitarios, la acogida del Sistema de Despliegue de Cómputos Electorales, pendones publicitarios en nuestra fachada y convenios con proveedores de manutención del inmueble a través de la ley de exenciones tributarias o de Donaciones Culturales. Si el edificio es nuestra principal fuente de ingresos, dimos prioridad a su conservación. Política que tuvo una derivada positiva para el terremoto del 27/F de 2010 pues el daño sufrido fue mínimo.

Ni las crisis ni el terremoto provocaron la paralización de actividades. Por el contrario -y aquí parece estar la clave- nuestra misión de difundir la cultura se cumplió sí o sí. En el ADN institucional está que, al no depender de fondos públicos, el centro cultural no se ve afectado si éstos de pronto se reducen o desaparecen. A diferencia de instituciones que parecen cumplir su misión cultural "sí y sólo sí hay dineros públicos" en las que su reducción acarrea de inmediato cierre de salas, postergación de exhibiciones y descortesías hacia ese proveedor único que es el gobierno.

Cuando las cosas están claras desde el inicio, en nuestro caso: debemos auto sustentar el 100% de nuestra operación, en otros, que el auto financiamiento debe alcanzar un determinado porcentaje, la gestión se hace a partir de ese supuesto y es  estructuralmente basada en alianzas, redes y colaboración con quienes nos relacionamos: creadores, productores, proveedores, medios de comunicación asociados y el propio público.

Quienes asisten a las actividades de gran público o a las de artes escénicas o visuales de nuestro centro, aunque lo hagan sin pagar, saben que la cultura cuesta, que existen compañías y una gestión cultural que están permitiendo tal gratuidad y a la vez son considerados en sus inquietudes a través de encuestas, libros de opiniones y redes sociales.
En definitiva, se realiza una gestión sustentable, que no dilapida para las "vacas gordas" y tampoco se retrae para las "vacas flacas", caracterizada por una buena programación permanente; un espacio patrimonial al servicio de las audiencias; una resuelta presencia académica e internacional, y una inquebrantable austeridad en los gastos.

Porque el arte y la cultura son cuestión de hábitos y tales costumbres no deben estar expuestas a las voluntades de los gobiernos, ni a las demasías de las crisis pues, ante ellas, no somos parte del problema, sino de la solución.

10 julio 2012

DON PLÁCIDO Y LAS MISMAS PIEDRAS


Aunque pareciera que somos tozudos para sacar lecciones del pasado y de lo entonces acumulado, una mirada a lo que está ocurriendo en torno a las políticas culturales y la institucionalidad que las rige, permite apreciar que, como en todo, hay lecciones aprendidas, tropiezos con la misma piedra y amenazantes nuevas piedras que podrían trabar el debate.  

Entre lo aprendido, es destacable lo que ocurre alrededor de la venida de Plácido Domingo. Lo primero, la presentación en Chile de una ópera, Il Postino, que no tiene sólo cantantes nacionales sino que refleja un tema criollo, un autor nuestro -Antonio Skármeta- y una acogida del público chileno que en su estreno no dejó asientos libres en el Teatro Municipal. Es decir, podemos llegar a imaginar que en algún plazo no lejano se celebre la tradicional Gala de Fiestas Patrias con obras bastante más vinculadas al país que cumple años que las que suelen programarse para el festejo más relevante de Chile. Pero, sin duda lo más llamativo es que ¡por fin! se ha aprendido la lección de entregar invitaciones para una función gratuita, de Domingo en el Movistar Arena, cumpliendo con los requisitos de respeto a las audiencias: aviso y entrega con la debida antelación, mínimo de entradas por persona, nitidez de quién o qué empresa es la que está pagando por esta aparente gratuidad, que no lo es. Sólo que alguien paga por el asistente al concierto exigiéndole al beneficiado que haga un gesto de manifestación de su interés por la función ofrecida, asistiendo de madrugada a retirar entradas. Se reafirma así que la cultura cuesta y el público que disfrutó de la gratuidad estará más dispuesto a pagar directamente por ello en otra oportunidad.

Lo que no es una lección aprendida todavía es la campaña por la eliminación del IVA a los libros. Esfuerzo inútil desde comienzos de los noventa cuando se creó -con el espíritu de invertir en los futuros lectores- el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, que daría origen al Consejo Nacional del Libro, en la Ley 19.227Entonces, el país, con su gobierno y parlamentarios, determinó que más que beneficiar a quienes ya compran libros (que, sin IVA éstos, comprarían un quinto más de textos) era más equitativo destinar recursos a crear bibliotecas, planes de lectura, premios a escritores y demás iniciativas que transparente y concursablemente se financiaran con aquellos recursos que el fisco recauda a través del cuestionado IVA al libro.
Un dato a los entusiastas de hoy -tan amigos del esfuerzo audiovisual para tratar de rebajar el impuesto a los libros-, esta campaña debe ir dirigida, si quieren tener algún éxito (como el IVA diferenciado o el precio fijo) a los ministros de Hacienda y sus asesores, que son los responsables de la política impositiva del país. El IVA no es una política cultural, es una política -exitosa por lo demás- de hacienda y más que majaderear a los parlamentarios (que no tiene iniciativa en el tema recursos o a las autoridades culturales, que no fijan los impuestos) deben orientarse a los MBA y seminarios de economistas dónde estos temas se cocinan. Pesa, en todo caso, que tantos ministros de Hacienda y tan dispares, sean tan homogéneos en este asunto. Es que se sienten, como en pocas ocasiones, defendiendo a quienes no tienen acceso al libro, en desmedro de quienes tienen hábitos de compra y recursos para hacerlo y desean adquirir más por el mismo dinero. Sin embargo, los tropiezos en las mismas piedras parecen enseñar, dado que las más recientes versiones de los organizadores de la campaña hablan de la eliminación del IVA sólo como "punto de partida" para anhelos mayores. Así comenzó el debate por la Ley del Libro y por tanto no habría razones para pensar que esta campaña, y la discusión que ha provocado, evolucione desde las actrices talentosas hacia los diseñadores de políticas públicas de calidad.

Piedras conocidas parecen estar haciendo tropezar a quienes ahora se encargan de la presencia chilena en la FIL de Guadalajara. Cometen el error, básico, de dar a conocer prematuramente  listas de invitados, los que son inevitablemente menos que quienes se sienten con derecho a integrarlas; no resuelven internamente las atribuciones de las diversas reparticiones públicas involucradas, dejando en un extraño limbo a nuestra Cancillería y a su representante en México, el Embajador que asistirá "pero no en la delegación chilena". ¿A qué país representa en México Roberto Ampuero? ¿Qué oficio desempeña?
Preocupante es la lista de ausencias que señalan algunos integrantes del mundo del libro, como la falta de diversidad regional; discriminación de los editores independientes; representación baja de poetas; escasa presencia de ensayistas y críticos literarios nacionales, y una homogeneidad excesiva de los temas abordados en las mesas de discusión. 
Estas piedras, de no mediar rectificaciones, se irán haciendo rocas en la medida que se acerque la fecha de inicio de la FIL y sólo cabe desear que no se transformen en una escarpada montaña difícil de ascender.

Entre los temas que emergen en el debate, está el esbozo de lo que será la propuesta de modificación gubernamental a la institucionalidad cultural, expuesta en dos presentaciones en un seminario reciente. Según ellas, los conceptos claves de la nueva institucionalidad serán la creación de un ministerio de Cultura y Patrimonio con participación de la sociedad civil a través de diversos mecanismos que integrará a tres servicios dependientes (Artes e Industrias Creativas; DIBAM; CMN) con descentralización a órganos regionales. 

En ella se conservan todos los organismos de participación actuales como el Directorio Nacional (a nivel ministerial) los consejos sectoriales, los consejos regionales y un sucesor del Consejo de Monumentos Nacionales. La novedad es que se agrega a lo actual un Ministro, un subsecretario y seremis que tendrán como servicios subordinados a la DIBAM junto, y a un mismo nivel, que el Consejo de Monumentos y el  Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en su dimensión administrativa. Es decir, parece haberse diseñado la fórmula para finalmente incorporar a la DIBAM al alero de instancias participativas como las del Directorio del Consejo Nacional de la Cultura. Sería una relevante novedad que éste servicio, tan díscolo anteriormente a subordinarse a órganos que sentía equivalentes, reconozca una autoridad con participación de la sociedad civil y facultades resolutivas y vinculantes  en la aprobación de la política cultural de la nación.

Es de esperar que la DIBAM, que se ha soñado históricamente a si misma  como ministerio o subsecretaría  no se convierta en la piedra en la que choquen las intenciones de la Secretaría General de la Presidencia.

25 junio 2012

MUSEO DE LA MEMORIA: OJALÁ NO HUBIESE SIDO NECESARIO



Mientras el Museo se construía, bajo la atenta vigilancia de la Presidenta Michelle Bachelet, muchos comenzamos a preparar lo que habríamos de contribuir como parte de sus contenidos. Así como los chilenos contribuyeron con generosas donaciones para crear, en las cercanías del Centenario, lo que vendría a constituir el Museo Histórico Nacional, deberíamos ser quienes padecimos los años de dictadura quienes alimentáramos este indispensable tributo a las víctimas de crímenes que nunca más deberán acontecer en Chile, ni en parte alguna. Ese es el sentido de museos como el del Apartheid en Sudáfrica,del Holocausto, en Israel; de la Tolerancia, en Los Ángeles, y Ciudad de México o el Museo Judío de Berlín.

Así como el Museo Histórico chileno se construyó en parte sobre los dolores de un siglo XIX plagado de guerras, desde la Independencia hasta la Guerra Civil de 1891, pasando por la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, la Guerra de Arauco, y la del Pacífico y los chilenos donaron principalmente atuendos y recuerdos militares, exhibidos en la Exposición Histórica del Centenario (1910), un período en el que la cultura y, con ella, muchas vidas se apagaron por acción de agentes del Estado, merecía que el país invirtiera una mínima parte de lo que se gastó para reprimir a connacionales en iniciar una cruzada que impidiera que aquellos crímenes se repitieran.

Ojalá no hubiese sido necesario. Ojalá no hubiese tenido que concurrir -como editor e importador de libros- en 1986 a la entonces Intendencia de Valparaíso a comprobar con espanto que un Almirante de apellidos Rivera Calderón, había ordenado incinerar 15 mil ejemplares de un libro de Gabriel García Márquez, tan Premio Nobel como nuestros Mistral y Neruda. Ojalá no hubiese destinado parte de mi tiempo a recopilar documentos que probaban fehacientemente la realidad de ese acto que horrorizó a lectores de todo el mundo. Ojalá los diarios de  idiomas ignotos no hubiesen publicado esas imágenes de piras de libros para ilustrar, una vez más, una información fechada en Chile, como aconteció en 1973.

Pero fue así y el mejor destino de aquellos luctuosos papeles es el Museo de la Memoria. Tal como los testimonios de tantos familiares de compatriotas que padecieron acciones deplorables de parte de agentes pagados con sus propios impuestos.

No sólo existe la obligación de un país de reparar en parte el daño causado sino también el derecho de las víctimas a exhibir ante las nuevas generaciones y ante los visitantes de todo el mundo los pacíficos documentos que demuestran que no se responderá incineraciones de libros con nuevas incineraciones, ni torturas con nuevas torturas, ni aniquilamientos con nuevos aniquilamientos. Sólo se demanda el derecho a relatar, sin odio, fundadamente, en un entorno que llame a la reflexión aquello que ojalá no hubiese acontecido. 

Sorprende por tanto que profesionales que han dedicado a la historia su pasión, cuestionen este espacio de acumulación de testimonios y otros insumos básicos para construir o seguir construyendo nuestra historia, tal como lo hacen los archivos nacionales, las bibliotecas y los museos que el país se ha dado en diversas circunstancias y que desde 1929 dependen de la DIBAM, un servicio público creado para tal efecto.

Preocupa que profesionales que tienen o tuvieron responsabilidades en ese servicio no entiendan el sentido profundo de un Museo como el de la Memoria y los Derechos Humanos.

La democracia que afortunadamente vivimos nos enseña que tienen todo el derecho a tomar otras iniciativas que perfeccionen la memoria nacional. Y que respecto de instituciones que existen, reconozcan su aporte o guarden un respetuoso silencio.

Es demasiado grave lo que acoje ese museo como para festinarlo en una polémica más.

No en este caso.


08 junio 2012

PARRA DEBE SER PREMIO, NO SÓLO PREMIADO

Gabriela Mistral llega a la Estación Mapocho, después del Nobel 
Querellarse en contra de quienes le infligieron el Premio Pablo Neruda es poco castigo de parte de Nicanor Parra, sólo que adolece de poca originalidad. No hay político y ciudadano común que se sienta tocado injustamente a través de la prensa que no profiera la misma -ya inocua- amenaza. Siendo comprensivo con el Jurado ofensor, cabe atenuar su actitud con la existencia de un escenario imposible: hay un poeta mayor que no ha recibido el premio identificado con otro poeta mayor del mismo país que lo otorga, en vísperas de que el impremiado posiblemente reciba el Premio Nobel que otra poeta mayor recibió antes que el Premio Nacional del país -"de poetas"- que tuvo a bien engendrar estos tres colosos. Es decir, el reciente, es un premio más diplomático que literario, más culposo que espontáneo.


Pero, como en toda circunstancia, poética o no, es posible "convertir el revés en victoria".
Lo ocurrido deja en evidencia que a pesar de llevar 70 años dando premios nacionales y completando este 2012 los trescientos galardonados, Chile no se ha dotado de una política de premios, aunque sí de estímulos tributarios. Signo de los tiempos.

El Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda es uno de los galardones más recientes y quizás de los mejor concebidos, dado que es decidido por poetas y la autoridad política sólo actúa como vocero del mismo. Rol que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, su creador, ha pedido insistentemente que se traslade a los premios nacionales en los cuales el Ministro de Educación tiene voto en todas sus disímiles categorías, al igual que el Rector de la Universidad de Chile, estableciéndose de entrada un dúo -de cinco- que bien podría cambiarse por un conjunto de expertos en cada una de sus áreas, que le darían más aire al galardón.

Adicionalmente, el CNCA ha solicitado estar representado en aquellos premios nacionales vinculados a las artes, reforma de toda lógica que debiera considerar una próxima administración, junto al hecho de que la autoridad ministerial que presida el jurado sólo actúe como vocero y dirimidor de eventuales empates.

También sería aconsejable que esta política de premios considere la creación de algunos nuevos galardones, como los de arquitectura o medicina que intentan posesionar las respectivas agrupaciones gremiales, y retorne al premio de literatura a la anualidad original, tan merecida por la generosa producción de poetas y narradores, que debiéramos seguir estimulando.

En esa misma línea, cabe reforzar los galardones a figuras nacionales y extranjeras que contemplan las dos órdenes al mérito del sector educativo y cultural: la tradicional Orden Gabriela Mistral y la más reciente Orden Pablo Neruda, instituida por el Consejo Nacional de la Cultura, a poco de su creación.
Si queremos roncar en grande en el terreno internacional e incursionar en serio (o casi) en la diplomacia cultural deberíamos crear el Premio Internacional Nicanor Parra a la Anti-Poesía, reconociendo a notables seguidores de nuestro vate en esa especialidad original, que se asocia necesariamente a Chile. Para el Jurado, disponemos de literatos nacionales en muchísimas universidades del mundo y para estimular a los postulantes, debiéramos contar con nuestras representaciones diplomáticas y la creciente presencia nacional en ferias de arte y literatura del mundo.

Así como nuestra original figura de Consejo de la Cultura ha permitido descollar en el continente, incluso sosteniendo a nivel local la popularidad de un Ministro que, por la vía de políticas de continuidad y no enfrentamiento de las políticas de sus antecesores, aparece con una popularidad tal que lo catapulta como candidato en posibles lides parlamentarias.

Especulaciones. Tal como aquella que sostiene que Parra ganaría el Nobel. A pesar de algunos sacristanes que piensan que el máximo galardón de la literatura universal se obtiene sumando tardíamente presidentes, rectores y seminarios.

Lo que allí se valora prioritariamente es la calidad creativa. Más que las horas/discurso.
Como aquello no depende de nosotros, avancemos en lo que podemos: la creación del premio de Anti Poesía.

Antes de se que sepa lo del Nobel. 
Para no llegar atrasados, una vez más.
Para que no aparezca como revancha del picado, premio de consuelo o dieciocho chico.
De esa manera, sí o sí, Nicanor será premio.
Y muy merecido.

05 junio 2012

DE MUNICIPAL A REGIONAL ¿EL DESTINO DE LOS TEATROS?

Teatro Regional del Maule
Desde aquella tensa reunión en el gobierno regional del Maule, a comienzos del siglo XXI, en que la Directora Nacional de Arquitectura -Ivannia Goles- planteó que la solución al abandono del proyecto soñado por los talquinos por más de 40 años era un simple cambio de palabras: de municipal a regional, se han anunciado muchos teatros y, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes mediante, esta idea inicial se ha convertido en política. Tanto, que el Ministro Cruz Coke aventura que con la continuidad de esa iniciativa de dos gobiernos atrás, se están construyendo "teatros regionales para cien años".
En efecto, esta medida de innegable avance, tiene su origen el 5 de abril de 2000, en el Palacio de La Moneda cuando Ricardo Lagos creó la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural y la mandató con una frase esencial: "no pondremos un peso allí donde no exista un plan de gestión".
Aplicándola, se constató que las iniciativas del municipio talquino, entre otros gobiernos locales, eran insuficientes para sostener en el tiempo los espacios culturales que se construyeran a través de la mencionado comisión. Desde entonces, el Teatro Regional del Maule, conducido por el fagotista y gestor Pedro Sierra, se ha convertido en modelo para el resto de las regiones del país. Ello porque los recursos necesarios para su gestión no descansan sólo en los aportes privados -que los hay- ni en la taquilla -que existen- sino también en compromisos estables del Gobierno Regional, que dispone de un 2% de ingresos públicos que debe destinar a cultura. Y qué mejor destino que una sólida infraestructura sobre la que se sustente el desarrollo artístico que, por ejemplo, la región del Bío Bío anhela pero no tiene, a juzgar por reciente encuesta del Diario de Concepción del domingo 3 de junio, respecto de la cuál editorializa señalando la posible ausencia de la tríada virtuosa de la gestión cultural: infraestructura, gestión y audiencias.
Precisamente esa carencia es la que debiera comenzar a solucionarse con la incorporación de la capital penquista al programa de Teatros Regionales, junto con proyectos antiguos como los teatros patrimoniales de Iquique o Magallanes y los nuevos diseños arquitectónicos de Coquimbo y O'Higgins.
En efecto, prácticamente oculto en la parafernalia de un discutiblemente apetitoso choripan con leche y plátano que ganó una votación virtual, quedó el hecho de que el Teatro José Bohr de Punta Arenas pasó a compartir padres entre el municipio y el gobierno regional, bajo la mirada complaciente del gobierno central que aplica una política de Estado en lo que a infraestructura se refiere.
Pocos días antes se había anunciado en Iquique un proceso similar que espera finalmente recuperar un hermoso teatro municipal, todo fabricado en pino oregón, que diferentes gobiernos locales habían ignorado.
Sacando cuentas, ya tienen su teatro las regiones del Maule y la Araucanía -el de Temuco funciona bastante bien- vendrán pronto Magallanes, Iquique, Bío Bío, Coquimbo y O'Higgins. Siete otra regiones - la mitad de ellas- quedan esperando. Un bocado ineludible para próximos candidatos a presidente y senadores.
Y una enseñanza para nuestra clase política: no siempre los períodos que desean partir de cero y hacerlo todo de nuevo, tienen buenos resultados. A la inversa, de pronto indagando en políticas establecidas por predecesores es posible encontrar caminos win win, en los que todos ganan: el público, las autoridades y la cultura.
Es lo que se ha hecho con la política de infraestructura cultural que, nacida bajo Lagos, profundizada por Bachelet y continuada por Piñera parece haber llegado para quedarse. 
Por ello, es incomprensible lo que acontece con la segunda etapa del GAM, un proyecto nacional.
¿O habrá que recurrir al gobierno regional metropolitano para terminarlo?

21 mayo 2012

MENSAJE PRESIDENCIAL CON SABOR A MERKÉN




Se habían creado expectativas. Un par de seminarios recientes, uno organizado por Libertad y Desarrollo y otro por Chile 21 y los adelantos del Ministro Cruz Coke en el primero, habían puesto el debate sobre la institucionalidad cultural en el tapete político y se presumía que el discurso presidencial del 21 de mayo daría luces sobre el camino que seguiría el proyecto de Ley del Ministerio de Cultura y Patrimonio anunciado con similares términos hace un año, en la misma cuenta ritual. Pero la sorpresa vino por otro sector: el multiculturalismo.

Veamos el texto del Mensaje: "Estamos dando un nuevo trato a nuestros pueblos originarios para integrarlos a nuestro desarrollo económico y social, y respetando al mismo tiempo su identidad, cultura, lengua y tradiciones. Para ellos, estamos impulsando una reforma constitucional que reconoce a Chile como un país multicultural... Hoy quiero proponer a nuestros pueblos originarios la creación de dos áreas de desarrollo indígena adicionales. Una, en parte de las comunas de Ercilla y Collipulli, y la otra, en la provincia de Arauco. Su objetivo es que los distintos territorios puedan participar activamente en las decisiones que los afectan. Asimismo, estamos creando centros de etnoturismo, administrados por las propias comunidades indígenas, tal como ocurre en países como Canadá o Nueva Zelanda. Y este año lanzamos un programa para rescatar sus lenguas originarias. Si no hacemos nada, en las próximas dos décadas el mapudungun o el aymara se habrán perdido, y con ellas, una parte muy importante de nuestra historia, identidad y riqueza cultural. Este programa permitirá que diez mil jóvenes de distintos pueblos originarios puedan aprender su lengua materna, enseñada por sus propios sabios a través de métodos ancestrales”.

De este modo, la noticia cultural este 21 de mayo vino más desde el Ministerio de Desarrollo Social, ex Mideplan, que desde el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Cuestión de geografía: su titular, Joaquín Lavín, reside desde hace algún tiempo en La Moneda y Luciano Cruz Coke sólo llegó hasta Ahumada 11 luego de su emigración desde la lejana sede de Fray Camilo Henríquez, en esa loca carrera que parece existir por estar en el Palacio de Toesca.

Lo que se logró desde el Consejo, en el Mensaje, fue sólo un conjunto de reiteraciones: “Una sociedad de valores supone también una cultura libre, diversa y accesible a todos los chilenos. Para ello estamos invirtiendo más de $ 75 mil M$, el mayor esfuerzo de nuestra historia, en la construcción de cinco grandes teatros regionales en Iquique, La Serena, Rancagua, Concepción y Punta Arenas, además de 51 nuevos centros culturales a lo largo y ancho de Chile. Además, estamos recuperando 62 edificios patrimoniales, incluidos la Casa de Violeta Parra y de Vicente Huidobro, el Santuario Santa Rosa de Pelequén, el Museo de Arte Contemporáneo, el Museo Nacional de Historia Natural y la Biblioteca Severín. Para adecuar nuestra institucionalidad cultural a las necesidades del Chile actual, pronto enviaremos el proyecto de ley que crea el Ministerio de Cultura y Patrimonio, que estará integrado por el Consejo de la Cultura y las Artes, el Consejo de Monumentos Nacionales y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. Compatriotas: el desarrollo cultural no puede ni debe venir solo del Estado. En una sociedad fundada en la libertad se requiere también la participación y el compromiso activo del sector privado y la sociedad civil. Por ello, valoramos la aprobación en la Cámara de Diputados del proyecto que perfecciona y fortalece la Ley de Donaciones Culturales y esperamos su pronta aprobación por el Senado.¡Este sería el mejor homenaje que podemos rendir a don Gabriel Valdés, no solo un gran hombre de Estado, sino también, un gran promotor de la cultura y las artes! Quiero también rendir hoy un homenaje a Nicanor Parra, nuestro Premio Cervantes de Literatura, y manifestar a nombre de todo el pueblo chileno nuestro apoyo a su candidatura al Premio Nobel de Literatura para que se sume así a Gabriela y Pablo, dos gigantes de las letras chilenas, y cumplir así su vaticinio de que la derecha e izquierda unida jamás serán vencidas".

El reconocimiento de la feliz continuidad del programa de centros culturales e infraestructura cultural, que nació el 5 de abril de 2000 en el mismo Palacio, inspirado por otro presidente, Ricardo Lagos, continuado por la Presidenta Michelle Bachelet e incrementado por el actual gobierno, que le adicionó el capítulo de Teatros Regionales –inspirado en el Regional del Maule, inaugurado en 2005- y un capítulo de restauración patrimonial –datado el 2007, post terremoto y post Informe de la Comisión Parlamentaria presidida por el Diputado Felipe Harboe - que considera el parcialmente reinaugurado Museo de Historia Natural, entre otros edificios dañados. Pero que no deja de ser un tema de gobiernos anteriores, que bien valdría hidalgamente reconocer como tal.

La noticia desperdiciada en el discurso anual fue la modificación, recientemente aprobada casi por unanimidad en la Cámara de Diputados, de la modificación a la Ley de Donaciones Culturales, que se desdibujo entre una apelación al sector privado a apoyar la cultura y un merecido homenaje al ex Senador Gabriel Valdés. La incontenible tendencia a felicitar al poeta Nicanor Parra – y una vez más proclamarlo candidato al Premio Nobel- puede convertirse en un verdadero salvavidas de plomo para el anti poeta, si consideramos la distancia que la Academia Sueca tiene a candidaturas oficiales y tan publicitadas.

Los dos párrafos citados constituyeron la totalidad de las alusiones culturales del Mensaje y por tanto se podría afirmar que son las aspiraciones del gobierno del Presidente Sebastián Piñera en esta materia, en el año y algo que le queda. No es un misterio que en 20 meses no se aprueba una ley hasta la fecha desconocida, quizás tampoco sea tiempo factible para una reforma constitucional tan ambiciosa como la descrita. Por lo tanto, tal vez valdría la pena reunir ambas iniciativas – la del Ministerio y la del multiculturalismo- y dejar propuesto como tema de campaña y programa del siguiente mandato la creación de un Ministerio de las Culturas que integre todas las iniciativas culturales de los pueblos indígenas junto con las entidades hoy responsables del patrimonio “hispánico” y las sume al exitoso Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que -¿coincidencia?- también está mirando en muchas de sus iniciativas de gestión hacia países como Nueva Zelanda y Canadá y trabajando seriamente con lenguas y planes de lectura.

En el aire permanecen algunas dudas que no fueron resueltas en esta jornada como, por ejemplo, la fecha de inicio de la segunda etapa del proyecto GAM, cuyo enorme excavación, en plena Alameda, sigue esperando por la gran sala que debiera llegar a ser el centro nacional de las artes musicales y de la representación.

Por ahora, deberemos resignarnos a que, como se esperaba, la cultura no es la prioridad de este gobierno, aunque una pizca de merkén podría animar el debate.