30 mayo 2019

REPENSANDO "CULTURA ¿QUIÉN PAGA?", EN 2019


Foto Camila Aliaga

Exposición en el seminario "Gobernar la cultura: debates sobre los desafíos de la política cultural en el contexto actual y sus posibles modelos de financiamiento", realizado en el Salón de honor de la USACH, el 29 de mayo de 2019.

Hace 13 años, el panorama de la gobernabilidad y el financiamiento de la cultura era promisorio. Acababa de instalarse el CNCA y había salvado airoso de su primera prueba: el cambio de gobierno y su consiguiente cambio de presidente del Directorio nacional, su máxima autoridad. La presidenta Bachelet había optado por alguien “de adentro” la actriz y sindicalista Paulina Urrutia, que había sido gran conductora del mundo cultural durante la tramitación del proyecto de ley en 2003 e integrante del primer directorio nacional; donde se desempeñó con eficiencia y mucho trabajo, en especial preocupándose de los fondos concursables y sus diferentes estamentos: participantes, especialistas, jurados, y, por cierto, su tribunal supremo, el directorio. 



Era, pues, conocedora en detalle del mundo de las artes. De hecho, en su primera entrevista anunció que ahora venía la segunda fase, es decir, la preocupación por las audiencias.

Su mandato será recordado por ese sello; su conducción del proyecto de Centro Cultural Gabriela Mistral; la enorme simpatía que despertaba entre la gente en sus salidas a terreno -asignable a sus personajes televisivos, de hecho, mucha gente la llamaba por su nombre de la ficción.

Tuvo buen criterio de destinar, ya al final de su mandato y conocido su sucesor, varias horas en introducir a Luciano Cruz Coke -colega actor y amigo personal- en el mundo en el que se incorporaría.

Así fue como el nuevo presidente del directorio, pudo tomar varias decisiones que Urrutia le había dejado macerándose, como la postulación chilena para ser sede, en 2014, de la Cumbre mundial de las culturas y las artes, de Ifacca, y la inauguración y designación de la directora ejecutiva del Centro Gabriela Mistral.

Hasta ahí, todo bien… con las artes. Pero no se sabía con claridad lo que se estaba incubando desde el sector del patrimonio.
Y esto era un malestar con la situación de los museos, y en general de los funcionarios, con la constitución del consejo y lo que consideraban una situación desmedrada de la DIBAM con respecto a este.

La inquietud llegó a La Moneda y se resolvió anunciando -fuera de programa, literalmente- que se crearía un ministerio de cultura.

Cruz Coke acató, jugándose por la opción de que sus entidades participativas se mantendrían, con carácter vinculante. Esta elección, obvia, luego de lo ya avanzado se fue
enfrentando a las dificultades del proceso legislativo, hasta que vino el cambio de gobierno y Bachelet dos no pudo -o no quiso- revertir la disyuntiva ministerial.

Por el contrario, se convirtió en una bandera de sus dos presidentes del consejo: Claudia Barattini, quién, además, en su año de mandato, logró desarrollar una consulta indígena, necesaria para los cambios institucionales.

 El debate sobre cómo preservar las atribuciones participativas y vinculantes del Consejo se fue enredando en la discusión legislativa y ese zapato chino no tuvo -según los asesores- otra salida que un ministerio con dos subsecretarías y un nuevo servicio público para reemplazar a la DIBAM. El destino del CMN todavía es incierto pues se ha hablado de un proyecto de, ley recién conocido, muy anunciado.

Así las cosas, Ernesto Ottone, alcanzó a ver promulgada la ley del ministerio de las culturas, las artes y el patrimonio y pudo ostentar el rango de ministro durante 10 días y medio.

 El nuevo gobierno, Piñera dos, y la ministra Alejandra Pérez se encontraron con una ley fresquita, recién aprobada y nada de implementada. De hecho, el 28 de febrero de 2018, a la medianoche, cesaron en sus funciones los directores nacionales, todos los órganos participativos, los funcionarios del Consejo y los de la Dibam.

Comenzó una frenética carrera -asumida casi en su totalidad por el subsecretario Juan Carlos Silva y sus asesores- por edificar este ministerio tan farragoso cuyas señales externas comenzaron a venir más bien desde el sector del patrimonio donde se despidió a dos directores de museos nacionales (Histórico y Bellas Artes); se intentó hacerlo, sin éxito, con un regional (Puerto Williams); se debió aceptar la renuncia a personas recién designadas y repetir concursos para la designación de autoridades del SNP y el CMN; se hizo cierre virtual del Museo Histórico, finalmente no concretado. Así, este mundo antes languideciendo bajo autoridades y funcionarios de carrera, se llenó de un perfil novedoso en el área: arquitectos, en su gran mayoría de la PUC.


Con todo, la llegada, después de algunos meses, de la ministra Consuelo Valdés fue un bálsamo. Es una persona largamente vinculada al mundo de la cultura, desde la añorada Fundación Andes, pasando por cargos directivos en el MIM y otras instituciones, que ostenta una sólida imagen de vinculación con el patrimonio, sin hacer asco a tocar – y bien- la batería.

 Hasta entonces poco espacio había para preocuparse del financiamiento. Solo se esperaba que el ex Consejo, hoy subsecretaría, lo conservara y el patrimonio, también subsecretaría, lo incrementase.

Contra todo pronóstico, el presupuesto 2019 venía con un relevante recorte a seis instituciones culturales emblemáticas, de un 30% de su habitual asignación anual. Correspondía a una glosa presupuestario de organizaciones varias. Seis de ellas sin fines de lucro y dos asociaciones gremiales.

Se encendieron todas las alarmas.

La intuición, sino la inercia, hizo que el tema se enfrentara como acostumbraba el mundo cultural: colectivamente. Se comenzó a hablar del grupo de los seis (Precolombino; Balmaceda arte joven; museo Violeta Parra; Matucana 100; teatro regional del BíoBío, y Fundación teatro a mil) quienes recibieron inmediata solidaridad de colegas e instituciones de su mismo carácter: privadas sin fines de lucro, gestores culturales y el mundo de la cultura en general.

Aunque llegada hace poco, Consuelo Valdés puso lo suyo, participando activamente en la discusión presupuestaria y acogiendo iniciativas, como este seminario, que le fuimos a plantear con Norma Muñoz. Su agenda le impidió participar activamente, pero se ocupó de delegar en Juan Carlos, siempre sonriente y bien dispuesto.

Más allá de la precaria solución que salvó, por esta vez del recorte del 30% a los afectados, quedó sobre la mesa la reflexión sobre cómo debiera ser el financiamiento cultural a la luz del reciente ministerio y de la cambiada y cambiante realidad nacional e internacional.

Sin duda entramos en una nueva etapa.

¿Cuáles serán sus semejanzas y diferencias con la anterior?
Podríamos definir la etapa previa como la del inicio en Chile del financiamiento mixto o compartido de la cultura. Tiempo que va desde la recuperación de la democracia, en 1990, a la creación del ministerio, o sea marzo 2018.

En ella asistimos a un debilitamiento -con respecto a lo acontecido hasta septiembre de 1973- de la participación pública en el financiamiento cultural.

Sus símbolos son cuatro: los fondos concursables; las donaciones privadas a cambio de la estímulos tributarios; los consejos sectoriales que asignan recursos en diálogo con la industria y trabajadores de cada uno de los sectores (libro, audiovisual y música), y el modelo de autofinanciamiento de espacios culturales, probado con éxito en el CCEM.

Dichos símbolos agregan participación privada (jurados, evaluadores, consejos sectoriales, directorio del CCEM, comité de donaciones) coronada por la máxima instancia participativa, el directorio nacional.

Deben distinguirse dos formas de participación privada: una, la asignación de recursos públicos y otra, directamente financiando actividades que aprueba la llamada ley de donaciones. En los últimos años se ha agregado una tercera forma, como es la creación de espacios y fundaciones culturales por parte de empresas, que solo recurren puntualmente a fondos públicos.

Con la creación del ministerio se produce una rigidización en los aportes públicos, junto con un aumento de la posibilidad -o tentación- de resolver financiamientos sin considerar otras formas de aportes. Esta tendencia se ha demostrado en medidas, aunque no con tanta fuerza en el financiamiento, como la tardanza en constituir en Consejo nacional que reemplaza al anterior directorio nacional; no cumplir con la ley de premios nacionales de las artes, con todos los jurados que corresponde según la ley, debiendo ser dos de ellos nombrados por dicho consejo; los incesantes anuncios de una ley del patrimonio cuyo proyecto se acaba de firmar el 26 de mayo y se debe mandar al Parlamento, pero tampoco se ha conocido antes de hacerlo su contenido, para discutirlo, como ocurría con los proyectos anteriormente; los despidos ya comentados en el sector patrimonio, y otras medidas que reflejan que, finalmente, la decisiones culturales, vía ministerio (no olvidemos que es una secretaría de Estado) tienden a tomarse en La Moneda.

En dicho lugar esperan definiciones de algunas leyes; el museo (sala o galería) de la democracia; la segunda etapa del GAM; allí se resolvieron los nombramientos del Consejo nacional, y quienes finalmente deberán ser sometidos a la aprobación del Senado, citados para el próximo lunes 3 de junio.

 El dato cierto es que, un actor central del financiamiento cultural, como es el gobierno, ha cambiado. No tanto como para regresar al modelo arquitecto pre dictadura, pero si revela una reversión de la tendencia de ir cada vez profundizando más la participación de la sociedad civil en el tema.

Ello implica que los otros dos sectores -privados y públicos o audiencias- deben tomar nota y medidas.

Desde el punto de vista de los públicos o audiencias, se hace imprescindible que el apoyo a determinados espacios y actividades, se concrete en aportes en dinero. Progresivamente, la gratuidad en el acceso se convertirá en un recuerdo y cada museo, centro cultural o cualquier espacio que acoge actividades artísticas debe cobrar por sus presentaciones o espectáculos para asegurar así independencia respecto de los fondos públicos que, además, pudieran allegarse.

En la retirada de recursos gubernamentales, un aspecto que sufrirá mucho será la infraestructura. Diversas autoridades del actual gobierno han insistido -no sin razón- que ya se han edificado muchos espacios culturales, que requieren completar sus programaciones más que pensar en nuevos emprendimientos. Casi 20 años de prioridad en la infraestructura (no olvidemos que fue el presidente Lagos quien dio inicio a una verdadera carrera por cubrir el país de este tipo de espacios, con la inédita Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural) puede ser aconsejable dar un respiro y ocuparse más de su gestión. La pregunta es si el ente más adecuado para promover una gestión dinámica y proactiva es un ministerio, justamente lo opuesto desde su propia administración, a la gestión liviana del sector privado sin fines de lucro.

 Aparece entonces una primera contradicción, resumida en que en los tiempos de la participación y del consejo se hizo tanta infraestructura que durante el tiempo del ministerio no será necesario continuarla sino más bien darle conducción y apoyo a su gestión, para lo cual un consejo está mucho más preparado debido a su capacidad de convocatoria a la sociedad civil.

El hecho es que el ministerio existe, por tanto, mientras así sea, habrá que buscar fórmulas mixtas de financiamiento para emprender nuevos proyectos de infraestructura. ¿Qué ocurre entonces con los que están en marcha? El caso emblemático es la segunda etapa del GAM. Asolado por la quiebra de la empresa constructora, ha debido suspender obras y enfrentar los vertiginosos cambios que el mundo de la tecnología, en permanente renovación, ofrece, con el paso del tiempo. Ello encarece y hace correr el reloj, poniendo en riesgo los tiempos políticos para su inauguración.

¿No sería aconsejable recurrir a fondos privados para culminar el proceso?

Este ejemplo sirve para ilustrar que, en los nuevos tiempos, las grandes inversiones vendrán de la mano de aportes privados en los que el Estado, como en las concesiones de carreteras, tome los resguardos necesarios para acogerlos.

Ya ha ocurrido con los estacionamientos del CCPLM que permitieron la instalación, en un par de niveles, el espacio cultural, mientras en el resto una empresa administra los estacionamientos para recuperar su inversión y obtener las ganancias esperadas.

 Cabe pensar entonces que, en el futuro cercano, tendremos infraestructura con financiamiento mixto y buenos planes de gestión que permitan proyectar los ingresos provenientes de las audiencias y visitantes, para así interesar a privados que complementen los aportes estatales.

Esta revaloración de los aportes privados viene precisamente de la rigidez y arbitrariedades que pudieran surgir de un ministerio que, por una parte, centraliza, con el MOP, la decisión de invertir -o no- y por otra, prioriza -sin participación ciudadana- la programación de los espacios culturales por sobre su edificación.

Se da la contradicción que lo que fuera la principal fuente de participación ciudadana -las programaciones de los espacios- se rigidiza por una excesiva presencia ministerial, mientras la construcción se liberaliza mediante la aparición de dineros no gubernamentales.

Por tanto, la “madre de todas las batallas” se comenzaría a dar, más que en las instancias de participación como consejos o directorios de corporaciones, en la elaboración de sus planes de gestión que, previamente a la edificación, darán forma participativa a las futuras programaciones.

Pareciera un “negocio redondo” para el estado pues con menor cantidad de recursos va a tener mayor intervención programática sin que esta sea elaborada en instancias participativas. Una versión algo sofisticada del adagio “quién pone la plata, pone la música”, basada en el error de que el gobierno o el ministerio quién pone la plata, cuando esta pertenece a todos los chilenos y por tanto debe ser -sobretodo la puesta en la programación de espacios- una decisión colectiva y ciudadana.

Esto se había mantenido hasta ahora, pero la señal del 30% más la demostrada centralización en la autoridad política de las decisiones nos dice que corporaciones y fundaciones privadas sin fines de lucro van perdiendo autonomía de sus gobiernos corporativos. El caso más expresivo es la renuncia del ministro Ottone a presidir directorios a los que el CNCA otorgaba financiamiento, gesto que fue seguido, incluso por miembros del directorio nacional que integraban tales directorios de corporaciones privadas sin fines de lucro.

La señal del 30% indica que, progresivamente, los espacios afectados van a ver sometidos sus ingresos a concursos o aportes especiales que no tienen otra vía que la asignación a través de la burocracia y la autoridad política unipersonal dado que el Consejo nacional no tiene atribuciones para ello y no existe -en la realidad ni en la voluntad- el tan necesario y tantas veces propuesto Consejo nacional de la infraestructura y la gestión, donde pudieran todos los actores de ese ámbito fijar prioridades y asignar fondos con un criterio en el que participan los directamente involucrados.

Un ejemplo de ello es lo que ha acontecido recientemente con Fondart que sin tener la instancia de apelación superior -el ex directorio nacional- las decisiones como apelaciones y reclamos han sido resueltas burocráticamente, con participación de evaluadores y jurados que, obviamente carecen de la visión general que tendría el directorio –que determinabas los criterios de asignación de recursos-, por tanto, deben confiarse en las apreciaciones de funcionarios ministeriales.

 En síntesis, los cambios que ha traído la nueva institucionalidad, más la comodidad que ellos implican para la autoridad unipersonal, debiera llevar a que la sociedad civil tenga que constituir nuevos contrapesos a ésta en el terreno del financiamiento.

Lo que antes estaba al interior de la institucionalidad -consejos, convenciones, directorios de corporaciones- deberá establecerse al exterior de los mismos y la sociedad civil deberá hacerse escuchar a través de organizaciones profesionales, sindicales y la academia, más financiamientos empresariales, para poder acceder al necesario equilibrio derivado de un modelo mixto de financiamiento cultural que (me) sigue pareciendo el más adecuado para Chile.

 La formidable participación de la ciudadanía cultural ante el frustrado intento de designar un ministro que negaba violaciones a los derechos humanos, demuestra que ella sigue siendo una herramienta poderosa, que puede ser esgrimida nuevamente, dado que el mundo de la cultura no está dispuesto a deponerla.

En definitiva, pienso que estamos en el inicio de una nueva fase en la cual este mundo debiera reconquistar las instancias de participación que -inexplicablemente- se perdieron a través de la curiosa continuidad de pensamiento de dos gobiernos de derecha y uno de izquierda, por uno de los dos caminos:

1.     Reponer en las instancias existentes como directorios, convenciones, consejos… el carácter vinculante que se concibió en el origen del CNCA y duró hasta el mandato de Luciano Cruz Coke.

2.     Desandar el camino del ministerio y reponer el Consejo Nacional, eso si, con la incorporación esta vez del sector patrimonial.

Aún es tiempo de detener la tendencia de que las decisiones en cultura dejen de tomarse, colectivamente, en la mesa del directorio o consejo nacional, en la plaza Sotomayor de Valparaíso y se trasladen a la soledad de las oficinas de Santiago.

22 mayo 2019

¿QUÉ NOS DICE EL MODELO CULTURAL CHINO?




Describiendo -otra vez- a los más recientes alumnos, los cuatro modelos de desarrollo cultural, que reconoce la literatura especializada, nos surgió la inevitable pregunta en el mundo en que vivimos: ¿a cuál modelo obedece China? La primera reacción habría sido: -Obvio, al Ingeniero que surgió en la Rusia zarista, continuó en el comunismo y se perpetúa con Vladimir Putin. Sin embargo, a todos nos quedó la duda y devolví la pregunta a la sala. La respuesta, en sendos trabajos de grupo, es lo que motiva este comentario.



A diferencia de los modelos de mayor iniciativa gubernamental o estatal, -el Arquitecto y el Ingeniero- en China existe una gran apertura a iniciativas colectivas semi privadas. En efecto, existen muchas empresas de propiedad mixta que desarrollan sus negocios y "descubren" nichos que desarrollar. Es decir, productos que se venden bien. Si se trata de bienes culturales, tambien se reproducen en grandes cantidades y se comercializan. Para ellos, la copia no es penada sino estimulada, despreciando completamente el valor de la propiedad intelectual, los derechos de autor, con lo que se diferencia de los modelos Facilitador y Patrocinador, que estimulan la creatividad individual.


No obstante, cabe la duda si esta actitud obedece a una profunda reverencia al cambio -en cuyo caso, copiar es, de alguna manera, cambiar un original- o simplemente a un desprecio por la leyes de occidente.

Lo que parece estar cambiando, pues el 13 de mayo, según agencia Xinhua, se realizó una sesión de asesores políticos chinos para discutir la revisión de la ley de derechos de autor del país. Fue presidida por Wang Yang,miembro del Comité Permanente del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China y presidente del Comité Nacional de la CCPPCh.

Wang destacó que la ley de derechos de autor es el pilar de las legislaciones sobre la propiedad intelectual, y que es importante para la creación y distribución de los productos culturales e intelectuales, mejorando la alfabetización del pueblo chino en ciencia y cultura y convirtiendo al país en un líder global en innovación. También pidió la adhesión a una filosofía de desarrollo orientada a la gente para abordar apropiadamente la relación entre la creación, la protección y la utilización de derechos de autor, y establecer un sistema de derechos de autor con características chinas en la nueva era. Agrega la agencia que 12 miembros de la CCPPCh y académicos presentaron sus sugerencias sobre la revisión, mientras que 160 asesores políticos compartieron sus ideas a través de la plataforma móvil del máximo órgano asesor.

Con el rápido desarrollo de la economía, la sociedad y la ciencia y tecnología, en especial con la popularidad de internet, el actual sistema de derechos de autor enfrenta muchas circunstancias y problemas nuevos, lo que vuelve urgente la revisión de la ley, de acuerdo con los asesores políticos. Algunos enfatizaron la importancia para la revisión tanto de tomar en consideración las condiciones nacionales de China como de aprender de la práctica común en el extranjero, y pidieron el equilibrio de la velocidad y la calidad en la legislación, así como el manejo apropiado de la relación entre los creadores, distribuidores y usuarios de derechos de autor en términos de intereses. Otros sugirieron un castigo más duro contra la infracción a los derechos de autor, el establecimiento de un sistema de compensación punitivo, para solucionar problemas como los costos bajos de las infracciones a la ley, y los costos elevados de la protección de los derechos de autor.



El tema es profundo y antiguo, desde el libro de sabiduría I Ching, que algunos atribuyen a Confucio, demuestra que los principios inmutables del universo están en correspondencia con los asuntos cotidianos. Trata del comportamiento del hombre justo y recto en una serie de situaciones o sucesos que denomina “cambios”. En ese sentido, es el cambio lo que mueve al mundo y ... a la cultura. Los únicos que no cambian son los sabios de primer orden y los completamente idiotas, dice Confucio.

Pero, no cualquier cambio, pues "aprender sin reflexionar es malgastar la energía" o "aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso". Frases no lejanas al pensamiento del filósofo chieleno, Jorge Millas, quién gustaba recordar que es efectivo que hay hombres de pensamiento y hombres de acción, «pero de lo que se trata más bien no es de elegir entre una y otra categoría, sino de conseguir que los hombres de pensamiento se comporten como hombres de acción y que los hombres de acción se comporten como hombres de pensamiento» como señala Agustín Squella, en su ensayo «Universidades: en búsqueda del escepticismo vital» de junio 2003.

Squella, inspirador de la institucionalidad cultural chilena, instalada en 2003, gustaba recordar esas frases al dirigirse a los gestores culturales, de hecho las ocupó el 18 de julio de 2001, durante la fundación de la asociación gremial que los reúne, Ad cultura en el Centro de Extensión de la PUC.



Por otra parte, China abusa de la represión hacia naciones o pueblos minoritarios de su país; artistas destacados como Ai Weiwei; activistas de los derechos humanos, y bloquea wikipedia, google, facebook, tuiter, instagram y youtube, especialmente en las cercanías del 30 aniversario de la represión de Tiananmen.

Esta actitud represiva de las culturas la acerca más a desarrollos culturales de dictaduras como la chilena (1973/1988) que escapan de las clasificaciones clásicas de desarrollo cultural. Tal es así, que Chile debió reconstruir completamente su modelo, que hasta el gobierno de Salvador Allende fue Arquitecto, reemplazandolo, con el retorno a la democracia, por un modelo mixto más cercano al Patrocinador de los arts council británicos.

Es más probable que el mundo cambie sus modelos a que lo haga la milenaria China. Pero, no todo está perdido. China, tuvo influencia de la comunidad británica. De hecho, solo el 1 de julio de 1997 Hong Kong pasó a China como Región Administrativa Especial, régimen que finalizará en 2047 con la plena integración en China. Por otra parte, India, la potencia mundial ascendente, sigue el modelo Patrocinador, junto con los otros 52 países, de todos los continentes, que la conforman.

Si a esto agregamos la declinación del modelo Arquitecto y los acercamientos que países de América Latina -como Colombia y Chile- al modelo británico, podemos esperar con optimismo que el futuro, China, evolucione también a formas mixtas del desarrollo y financiamiento cultural, que contemple una férrea mano estatal -como el estado Ingeniero- y una tambien fuerte participación del mercado -como el estado Facilitador- derivada de aquellos productos, copia o no, que efectivamente se venden bien.

Por ahora, remito a las conclusiones de uno de los grupos de estudiantes: "El Modelo de Gestión Cultural es único en su especie, ya que financia todo aquello que sea “vendible” y que posea la capacidad de generar consumo. Todo bajo la regulación de un sistema capitalista regulado por el Estado, siendo esto último el único aspecto que mantiene de la economía centralmente planificada. El modelo económico en sí está inserto en el modelo capitalista real, pero el Estado determina donde y quienes pueden hacer arte, siempre cuando cumplan con que el producto cultural sea masivamente consumido por otros".

El debate está abierto.

15 mayo 2019

LOS INCENDIOS Y (LO QUE REVELAN DE) LA CULTURA

El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994. 

Aunque parezca paradójico, la destrucción provocada por un incendio en un espacio cultural, puede hablarnos de los diferentes modos de desarrollo cultural de la sociedad afectada, en los tiempos en que el siniestro ocurre. El edificio del Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, a inicios de 2006 en Santiago; el Museo Nacional de Brasil, en septiembre de 2018, y el reciente de la catedral de Notre Dame, en París, pueden servir para ilustrar cómo cada sociedad enfrenta la tragedia y sus derivaciones para su modelo de desarrollo cultural.


Desde la Biblioteca de Alejandría, quemada por las tropas de Julio César, donde había 40.000 libros; pasando por el Incendio de Roma, el 64 a.C. que ardió durante seis días; el incendio de la catedral de San Pablo de Londres, en 1666; el Liceo de Barcelona, en 1994, hasta la Fenice de Venecia, en 1996, grandes siniestros han acongojado al mundo.

Los más recientes, el Museo Nacional de Brasil, en septiembre de 2018 -incendio cuya causa todavía se está investigando- redujo a cenizas el edificio de 200 años de antigüedad del principal museo de la  potencia latinoamericana. Albergaba, entre sus más de 20 millones de piezas, a Luisa, el esqueleto más antiguo de América, con una edad aproximada de doce mil años. Y el incendio puede haber callado para siempre palabras y cantos indígenas ancestrales. Todavía, en mayo de 2019, no hay claridad sobre cómo se financiará su reconstrucción. Al parecer se están responsabilizando mutuamente el Ministerio de Educación -que asumió las tareas del de Cultura luego del triunfo de Jair Bolsonaro- y la UFRI, Universidad Federal de Río de Janeiro, cuyo rector acudió a pedir auxilio al mismo ministerio, a fines de abril.

Por su parte, el gobierno de Francia, ante la gran cantidad de ofrecimientos de donaciones de empresas privadas para reconstruir la catedral de Notre Dame, ha establecido una consulta popular respecto de cuál será el diseño económico de la reconstrucción. Lo cierto es que esta sorpresiva actitud filantrópica complica de alguna manera la tradición francesa en la que el solo estado se hace responsable de las infraestructuras culturales.

Lo mismo aconteció en Chile, cuando el incendio del edificio de la ex UNCTAD. Fue el estado, a través de la Presidenta Michelle Bachelet, quién asumió la responsabilidad de su reconstrucción y conversión en el Centro Cultural Gabriela Mistral, con recursos públicos y encabezada por un comité interministerial que involucró a las carteras de Cultura, Bienes Nacionales, Vivienda y Urbanismo y Defensa (que ocupaba las dependencias). No se pensó en la posibilidad de aportes privados en la etapa constructiva, aunque sí en su posterior gestión. De hecho, su primer plan negocios contemplaba un fuerte nivel de autofinanciamiento a través de unidades tales como estacionamientos, publicidad estática, locales comerciales, gran sala y rentas de los 23 pisos de la torre que forma parte del conjunto arquitectónico.

Paralelamente, se le asignó una misión de alcance nacional, que había sido aprobada como política pública en la Convención Nacional de la Cultura: constituirse en Centro nacional de artes escénicas y musicales; creándose, para administrarlo, una corporación plural compuesta abrumadoramente por fundaciones y otras corporaciones privadas sin fines de lucro, representativas de la sociedad civil en ambos campos.



Como se ve, lo de Brasil ha dejado en evidencia la equivocación de un estado que se niega a invertir en cultura y elimina el correspondiente ministerio; en Francia se trasluce cómo hace agua el antiguo modelo que llevó a los franceses a autocalificarse "la excepción cultural", ante, por una parte, las limitaciones de los fondos públicos que hoy caracterizan a los llamados estados de bienestar, y, por otra, lucha por no sucumbir ante los cantos de sirena de las grandes compañías privadas que sueñan con asociar sus marcas a la grandiosidad de Notre Dame. El presidente Macron ha reaccionado anunciando una consulta popular para, en definitiva, poder compartir con los franceses la responsabilidad de modificar su tradicional modelo de desarrollo cultural en el que solo el estado era arquitecto de sus infraestructuras.


En Chile, aún esperamos fondos públicos para avanzar a la segunda etapa del Centro Cultural Gabriela Mistral -la primera fue inaugurada en 2010-, que fue afectada por el descalabro de la empresa constructora que ganó la licitación- y tampoco ha logrado los niveles de aportes privados para su gestión, que en un inicio se esperaban.

Por ahora, seguirá primando el modelo francés de solo aportes públicos para construir un espacio cultural, lo que inevitablemente lo someten a plazos políticos que surgen de los inicios y finales de gobiernos.

¿No habrá llegado la hora de que se pueda edificar infraestructura cultural con aportes privados? Francia ya inició el camino.

En Chile, al menos ya se ha hecho en casos como los estacionamientos del Centro Cultural de La Moneda, la sala Corpartes y el Teatro de Frutillar.

Como para pensarlo.


02 mayo 2019

MUSEO HISTÓRICO: ¿REGRESA EL LOCOMÓVIL?




El anunciado y hasta ahora no concretado cierre, por algunos años, del Museo Histórico Nacional, para su remodelación y cambio de guión, es propicio para recordar otro momento relevante: su creación el 2 de mayo de 1911. Se trataba de instalar un museo que si bien tenía muchas piezas valiosas, venidas en su mayoría del Museo Histórico Militar, carecía de un edificio donde establecerse. Entonces el flamante Museo de Bellas Artes, dio facilidades para que el Museo Histórico Nacional instalara sus colecciones y oficinas en el primer piso al costado derecho del edificio principal y vista al frente norte del Bellas Artes.


En dicha instalación participó mi bisabuelo, don Leandro Navarro Rojas. Intentando recopilar su vida, pude reconstruir también, en parte, los inicios del Museo Histórico Nacional.

La relación de don Leandro con el sector del patrimonio venía desde la década de 1890, cuando, impulsado por Jorge Huneeus, se creó en el edificio de los Arsenales de Guerra en Av. Blanco, el Museo Militar. Se ubicó en el primer piso del “castillo” de los arsenales y se le hizo entrada individual, en la torre esquinera del extremo izquierdo u oriente de la fachada principal. Sobre la puerta en curva se colocó un letrero que decía Museo Militar. Adentro se juntaron todo tipo de cosas que surgieron de las propias bodegas de los arsenales y otras que se pidieron al Museo Nacional de la Quinta Normal, que a su vez habían sido herencia o saldo del antiguo Museo Histórico Indígena que creó Vicuña Mackenna en el Castillo de Hidalgo, en el cerro Santa Lucía.

Sin embargo, ese museo perdió la novedad, el entusiasmo o el presupuesto al cabo de unos años, porque, hacia 1909 comenzó a rondar  en la élite la idea de crear un Museo Histórico y se reunieron varias voluntades tras ese ideal, que no era satisfecho por el museo militar existente.

El hermano del presidente Pedro Montt, Luis, era el más entusiasta. A él se unió el grupo que había colaborado para la Exposición Histórica del Centenario que se presentó en el Palacio Urmeneta en la calle Monjitas, entre San Antonio y Mac Iver, que perseguía crear un nuevo museo, para lo cual impulsó una campaña de prensa para crear conciencia de esta necesidad y estimular donaciones de objetos para ello, por parte de la población. La iniciativa resultó, porque al concluirse el Palacio de Bellas Artes y terminar con éxito la gran exposición del centenario, el gobierno le cedió las mencionadas salas de primer piso del palacio al nuevo museo.

Hernán Rodríguez, ex Director del Museo Histórico Nacional, en los años 90, señaló que las colecciones que ocuparon el palacio de Bellas Artes, fueron en parte de las donaciones reunidas para la exposición del palacio Urmeneta y en parte los objetos que tenía el museo militar, posiblemente cerrado a esa fecha. Junto con las piezas del museo militar llegó don Leandro, a secundar al director del museo, Fernando, hermano del Presidente Emiliano Figueroa.

Según el libro Manejo integral de colecciones, Museo Histórico Nacional, 2005 “la abundancia del tema militar en las colecciones con armas, uniformes, banderas y otros objetos, se debe a la incorporación del Museo Militar y de su director, el Coronel Leandro Navarro, quien quedó a cargo de la Sección Militar del Museo. Las otras dos secciones corresponden a la Prehistórica e Histórica”.

La Circular de la Exposición Histórica del Centenario a sus Delegados, Imprenta Camilo Henríquez, 1910, señala que Navarro también formó parte de la sección militar de dicha Exposición, en su décima sección, que consideraba armas e insignias militares, presidida por Domingo Toro Herrera.

Según el libro Museo Histórico Nacional, de Enrique Campos y Hernán Rodríguez el director del Museo, don Joaquín Figueroa Larraín -hermano del Presidente Emiliano Figueroa- “fue secundado por el Coronel Navarro hasta su fallecimiento en 1918”. Su muerte, a los 68 años, fue recogida por El Diario Ilustrado del 25 de abril, reseñando su historia militar como coronel balmacedista, posteriormente reincorporado al ejército, destacando que los honores militares del sepelio incluyeron retreta en su casa de calle Carmen.



Un día cualquiera, llevado por la curiosidad de conocer más de este militar que había terminado su vida como directivo de un museo, me acerqué al Museo Histórico, donde encontré su fotografía y copias de recibos que, con su firma, afirmaba haber recibido piezas donadas para la exposición que luego irían al museo, las que de seguro reposan en alguna de las cajas en las que se ha empacado el contenido del museo a la espera de la remodelación de su clásico edificio.

Un par de meses atrás, el 5 de marzo, me acerqué nuevamente al museo, por la curiosidad del anuncio de una inédita ceremonia: su cierre temporal. A pesar del motivo, había cierto ambiente festivo que me costó compartir. Mucho menos entendí cuando un conjunto de altos funcionarios comenzaron a empujar, no sin dificultad, un antiguo locomóvil -motor para maquinaria agrícola del 1900-, sito en el patio del museo, hacia la Plaza de Armas, dejando en descampado una maquinaria que se había llegado a convertirse en su símbolo. No dejé de pensar que esa máquina era una buena metáfora de lo que estaba ocurriendo con el museo y sus contenidos.

Sin embargo, el tres de abril -un mes después del supuesto cierre- asistí al mismo museo, a la presentación del libro del Fondo de Cultura Económica, Homo Dolens, cuyos editores, un par de historiadores de la PUC, fueron acompañados por decenas de colegas y el propio rector, Ignacio Sánchez. Nada hacía presagiar que el museo estaba cerrado, ni que lo sería pronto. De hecho, su patio, sin el locomóvil, sirvió de escenario para un vino de honor.

El domingo 28 de abril, El Mercurio agregó que el 2 de mayo, día en que celebra sus 109 años, el museo y su directora recibirán al Presidente de la República, quien resolverá "las directrices de cómo se va a desarrollar el proyecto a futuro". Proyecto que debería considerar la inclusión de la ahora llamada Galería de la Democracia y que antes fuera Museo y luego Sala de la misma.

Según esa resolución, sabremos si la antigua maquinaria agrícola, arrastrada por funcionarios un cinco de marzo, regresará o no a su ubicación tradicional.

16 abril 2019

SOCIÓLOGOS: GENERACIONES EN DIÁLOGO


Bajo la significativa mirada de los tres estudiantes de sociología que permanecen desaparecidos desde inicios de la dictadura -Alicia Ríos, Patricio Biedma y Enrique López- que son homenajeados en el mural de una sala del Campus San Joaquín, que lleva a sus nombres, se realizó, el 16 de abril de 2019, una singular "cumbre presidencial" de autoridades máximas de los estudiantes del Instituto de Sociología de la PUC, en diversas épocas: la reforma; la recuperación de la democracia; la rebelión estudiantil del 2011, y la actualidad.


Fue así como tuve la extraordinaria oportunidad de dialogar, ante un grupo de estudiantes, con Simón Ramírez (2010); Clara Acuña (1991) y Loreto Neira (2019),-en el mismo orden en la fotografía-, intentando aportar la experiencia de mi ya lejana presidencia (1969).


Notables las coincidencias, como la percepción común respecto del rol anti reformista que ha jugado hasta ahora y desde el mismo 1967, el Movimiento Gremial y sus diversas variantes. O la adhesión a la definición que el ex Vice Rector Académico de Fernando Castillo, Ernani María Fiori, quién declaraba que la universidad se había transformado en un bello caos, definición que calzaba con otros momentos del movimiento estudiantil, o la reapertura de la carrera en 1994.

Lo cierto es que algo había en común con otros momentos del movimiento estudiantil de los estudiantes de sociología, a pesar de la impresionante presencia de marcas en el campus... Itaú, Starbucks, Luksic... que no dejan de perturbar. La cercanía fue advertida de inmediato por Loreto Neira y lo hizo sentir tanto en su discurso como en sus redes sociales.

Quizás el aspecto más de fondo fueron los llamados a revalorizar la militancia política, como una manera de establecer lazos con otras generaciones, otras instituciones sociales y la propia historia. Tarea nada fácil pues ese tipo de compromiso partidista no vive sus mejores tiempos.

Sin embargo, en todos permanece esa especie de orgullo de haber dirigido uno de los espacios de organización estudiantil que habitualmente ocupaba la vanguardia del mismo y porfiadamente intenta recuperar esa posición.

Lo que no permanece es el rol de los estudiantes en el trabajo académico del Instituto y quizás sea una de las aspiraciones más queridas de las actuales generaciones.

Ya no corren los tiempos en los que los estudiantes tenían una voz, muchas veces determinante, en la asignaciòn de materias, corrientes de pensamiento sociológico y hasta académicos.

Por ahí podrían ir las nuevas demandas. Por que las quejas respecto de la sociología cuantitativa y sus apóstoles estadounidenses, se escucharon muy parecidas a aquellas de fines de los sesenta.... sociólogos al fin y al cabo.


CHINA O EE.UU. ¿ÚNICAS OPCIONES EN CULTURA?





Con Notre Dame de París, se quemó algo de nuestra cultura. Sobretodo ese Chile del centenario, muy afrancesado, que construía un museo de bellas artes y una estación de ferrocarril, inspirados en la arquitectura francesa. Pero, la verdad, es que ese tipo de desarrollo cultural, basado en el casi exclusivo financiamiento estatal de las artes -a través de la Universidad de Chile- y del patrimonio, a través de la DIBAM, había caducado junto con el bombardeo al Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973.


Con la dictadura, que pisoteó la manguera del financiamiento cultural a las dos entidades mencionadas, más las universidades y, subsecuentemente, a los canales de TV gestionados por éstas, que comenzaron tambien un lento proceso de privatización, hoy ya semi culminado.

Sin embargo, la cultura de un pueblo no se acaba, aunque lo pretenda el que interrumpe maliciosamente su financiamiento público. El mundo de la cultura reaccionó ante las pretensiones de la dictadura y logró no solo influir determinantemente en la campaña del NO, que prometía algo tan intangible como la alegría. También se empoderó y obtuvo, en los primeros gobiernos de la Concertación de partidos por la Democracia, la constitución de un Consejo nacional de la cultura y las artes, que intentaba escapar de las visiones extremadamente privadas de financiamiento, como el modelo de los Estados Unidos, o fuertemente estatistas, como había sido hasta 1973.

La razón era simple: no se quería depender totalmente de un improbable financiamiento empresarial, ni arriesgar, con un fuerte financiamiento gubernamental, otro traspié como el de 1973.

Se logró así un modelo mixto que sumó recursos desde el Estado -especialmente a través de fondos concursables- y desde las empresas, a través de mecanismos de estímulos tributarios. Además, los gobiernos siguieron invirtiendo en infraestructura cultural, como una manera de actualizar al país que poco o nada había invertido en ese campo, desde el Centenario.

Sin embargo, algunas críticas al modelo de concursabilidad sumadas a la incomprensible independencia de la institucionalidad patrimonial respecto de la de las artes y la cultura, llevó a que gobiernos de diferente signo terminaran consensuando un ministerio, que no termina de cuajar, en especial en sus instancias participativas, que se comprometió conservar.

En el nuevo escenario internacional, en el que paulatinamente se refleja la sombra de la guerra fría, esta institucionalidad deberá tomar opciones.

Las recientes admoniciones del Secretario de Estado Mike Pompeo, dictadas en Chile, respecto de cómo debemos comportarnos los latinoamericanos en la economía y la política internacional, deja abierta la reflexión sobre qué debe ocurrir en el campo de la cultura.

Luego de la segunda guerra mundial, el Reino Unido, encasillado entre el modelo soviético de Estado Ingeniero y del de Estado Facilitador, que promovía Estados Unidos, optó por un camino intermedio, el estado Patrocinador, basado en participativos Consejos de las Artes, situados a "distancia de brazo" de los gobiernos, que muy pronto impregnaron a todos los países de la comunidad británica, pasando a ser el modelo más seguido en Asia, África, Oceanía y Canadá.

América Latina continuó en la tradicional disyuntiva, con modelos estatistas -Cuba, Venezuela chavista- o de  fuertes compromisos privados -Brasil, hasta la llegada de Bolsonaro- siendo Chile la excepción que, desde inicios de la década de los 90, comenzó a transitar por la senda de los consejos británicos.

Desafortunadamente, el ministerio de las culturas constituye un retroceso en esa línea, que nos deja desprotegidos antes la muy probable radicalización entre el modelo chino, que tiene, en cultura, muchas características del soviético (si no piense en Ai Weiwei que el 3 de abril de 2011 fue detenido en el aeropuerto internacional de Pekín y estuvo bajo arresto durante 81 días sin cargos oficiales, y funcionarios aludieron todo a "delitos económicos") y el modelo estadounidense, que depende mucho de los privados y se basa en un espíritu filantrópico del que estamos demasiado lejos.

Sin lugar a dudas, estaríamos muchos más preparados para  enfrentar esta disyuntiva, si contáramos con un consejo participativo que reúna a todas las fuerzas que integran los mundos de la cultura y el patrimonio, junto a las culturas indígenas que debieran integrarse, al menos por lo que reza el nombre del nuevo ministerio.

Para que -como lo hizo UK- nuestra cultura no sucumba a las ya fuerte penetración del mundo estadounidense y a la esperable creciente presencia china, es preciso reforzar nuestra institucionalidad con instancias participativas del más alto nivel, que incluso debieran superar el débil Consejo nacional de las artes que contempla la nueva ley y que, hasta ahora no se designa.

06 abril 2019

EL EMBAJADOR, LETRAS DE ESPAÑA Y LA REINA




Las primeras reuniones de directorio de la flamante Corporación Cultural de la Estación Mapocho, a inicios de los años 90, tenían, además del impulso de autoridades nacionales y municipales, un empuje de fuerte acento extremeño. Se trataba del Embajador de España, Pedro Bermejo, que ocupaba allí un curul, debido a que inicialmente el proyecto de remodelación implicaba un aporte español. Luego de aclarar -siempre- que no sabía porqué permanecía allí si ese aporte no fue posible, se integraba a los debates y las iniciativas que llegarían al naciente Centro Cultural Estación Mapocho. La mas relevante de ellas, en la que tuvo una decisiva participación, fue Letras de España.


Se trató de una muestra literaria de 15 años de producción editorial en la España que salía del régimen franquista -entre 1978 y 1993- y deseaba, homenajear a Chile, que emprendía el mismo camino de dejar atrás la dictadura. 

El único problema fue que el espacio más indicado para acoger la muestra, estaba en remodelación. Para Pedro y los demás integrantes del directorio, no lo fue. En coordinación con el director del Libro del Ministerio de Cultura de España, Federico Ibáñez, se resolvió utilizar aquello que ya estaba restaurado, es decir, el hall y la plaza anterior de la vieja estación. En el primero, se instalaron cinco generosas mesas redondas circundadas por estantes pletóricos de libros, de modo que cada una de ellas coincidiera con los vitrales el techo y, el sexto, fuera un mullido espacio acojinado, para los lectores infantiles.

En la plaza de la Cultura, se construyó un espacio de apariencia sólida, basado en andamios forrados de madera, que contuvo dos salas, una de cine, otra de conferencias; una tasca en el nivel superior y espacios para exposiciones de artes visuales.

Para acompañar la obra, vinieron grandes figuras como el Ministro Jordi Solé Tura; la bailarina Cristina Hoyos, que dió una inolvidable función en el Teatro Municipal, y dos decenas de escritores que además de sus charlas in situ, recorrieron universidades de regiones. Junto a muestras de artes visuales, cine y libros.

Demás está decir que los volúmenes luego de su exhibición masiva, fueron donados a una biblioteca juvenil chilena y aún ilustran a nuestra ciudadanía. Sin ir más lejos, hace unos meses exhibimos, en coordinación con Balmaceda Arte joven, una muestra de dibujos de Picasso preparatoria del Guernica.

Fue precisamente esa muestra que motivó, junto con el Embajador Enrique Ojeda, este recuerdo a Pedro Bermejo pues es un buen ejemplo de la permanencia de su obra en beneficio de este centro cultural y - a través de él- de la cultura en Chile.

Por ello, quisimos, al conmemorarse el primer año de su fallecimiento, develar una placa que lo recuerde, en este mismo salón que fuera testigo de sus enseñanzas y aportes.

Sin embargo, hay otro aspecto de su respaldo, que no puedo dejar de mencionar. El escenario era completamente diferente: el Palacio de Viana, de Madrid y la fecha, más cercana: el 24 de abril de 2009.

Entonces, me correspondió recibir de manos de su majestad la Reina Sofía, el premio internacional de conservación y restauración del patrimonio cultural que lleva su nombre. 

Ante tan ilustre concurrencia, que incluía además de dos ministras españolas, a la ministra chilena Paulina Urrutia, debí pronunciar un discurso de agradecimiento. Quienes han estado en situaciones similares saben que una de las tareas más complejas es fijar la vista en algún punto que dé seguridad. En mi caso, aquel elemento salvador fue, advertir en la sala, la presencia de Pedro y su esposa.

Esa gentileza de Pedro y Jennifer me quedó grabada. Y, para que el tiempo no la borre, la declaro como una de las poderosas razones para celebrar hoy su memoria en tan honrosa compañía.

18 marzo 2019

El ESTADO, EL MERCADO Y LOS PÚBLICOS


En columna de opinión publicada el 17 de marzo, en El Mercurio, el economista Sergio Urzúa cita "El tercer pilar", el más reciente libro de Raghuram Rajan, profesor de Chicago y ex gobernador del Banco Central de la India, que, en esencia, plantea que "los problemas actuales de las democracias liberales nacen del desbalance de los tres pilares que las sustentan: mercado, Estado y comunidad. Mientras los dos primeros ampliaron sus ámbitos de acción, reduciendo la pobreza, generando empleos, promoviendo movilidad social, el tercero, ese grupo social que reside físicamente en un sitio específico, que comparte una cultura y define nuestra identidad, la comunidad, se quedó atrás".


Las consecuencias del desacople -para Rajan- son múltiples. Por de pronto, la evidencia indica que la felicidad depende de cuán sólido sea nuestro círculo más cercano. Las redes sociales nos conectan, pero no generan humanidad ni amistad. Así, el paradójico malestar frente al progreso podría anclarse en la disfuncionalidad de nuestro entorno.

La situación, agrega Rajan, es caldo de cultivo para el populismo, que brota con fuerza tanto en la izquierda como en la derecha radicales. La primera culpa al mercado y propone erradicarlo. La segunda, al Estado e impulsa el nacionalismo. Ambos extremos se equivocan. Las personas desean mercados que operen con reglas claras y competencia justa, que activen la economía local. Demandan, además, un Estado moderno y responsable, que cubra riesgos y extienda nuevos puentes para progresar.


Si aplicamos este concepto a la cultura -que tambien debe temer de los populismos y autoritarismos de uno u otro sector- podríamos encontrar que ésta ha quedado recientemente, en nuestro país, a merced del Estado y, en menor grado, del mercado. La creación de un Ministerio -deseado por muchos como respuesta a los problemas de financiamiento- hasta ahora, no ha resultado tal. Por el contrario, desde el poder central han aparecido preocupantes señales que intentan reducir los aportes públicos a instituciones colaboradoras, evitados en un primer momento pero no aplacados del todo. De hecho, al eliminar el recorte de un 30% del aporte fiscal, se ha conservado la obligación de que algunas de esas entidades contribuyan a su financiamiento al menos con un 10% de su presupuesto; junto a un peligroso retraso en la firma de los respectivos convenios anuales que obliga a adquirir préstamos para cubrir los inevitables gastos del primer trimestre del año.

En la práctica se está modificando, por secretaría, mecanismos habituales de financiamiento de instituciones. Abriendo una puerta para que -eso dice la señal- el mercado haga su parte.

Se desatiende así el concepto de comunidad, que en estos términos, podría asimilarse al de públicos o audiencias.

Es decir, se está desaprovechando la oportunidad histórica, que la existencia del Ministerio obliga, de dar un vuelco al sistema de financiamiento público de la cultura. 

Recordemos que éste se construyó paso a paso y según las condiciones históricas. Primero - en 1929- se decidió que el Estado y solo el estado financia la custodia y defensa del patrimonio, con resultados lamentables que -dictadura y pobreza mediantes-  tienen a ese sector muy desmejorado.

Las artes se financiaban a través de la Universidad de Chile, tambien con dinero público, hasta que en los 90 se establecieron financiamientos mixtos, vía fondos concursables y ley de donaciones.

Como es obvio que las instituciones no pueden ser financiadas por concursos anuales, se fueron creando diferentes glosas presupuestarias para organizaciones culturales, en la medida de lo posible. Así se creó primero el CCEM completamente autofinanciado, a inicios de la democracia recuperada; luego, cada mandatario fue incorporando a glosas sus respectivas creaciones como el MIM, en el caso de Frei Ruiz Tagle; la FOJI, Artesanías de Chile, CCPLM, BAJ, Matucana 100, en el caso de Lagos; GAM, Museo Violeta Parra, en el caso de Bachelet.

A estos se agregaron algunas instituciones, según su capacidad de influencia, tan disímiles como el Museo Pre Colombino o Teatro a mil. Que se sumaron a financiamientos históricos como el Teatro Municipal de Santiago, la SECH y la APECH.

Como resultado de esto, y de cara a la creación del Ministerio, tenemos la oportunidad -y la obligación- de ordenar los diferentes tipos de financiamiento público, preservando espacios para las fuentes mixtas, indispensables para no tener una cultura vulnerable Estado-dependiente.

Desde luego, deben ser  muy diferentes los financiamientos públicos a las personas -creadores, gestores, artesanos, becas- que a las instituciones sin fines de lucro.

Para las personas, el mejor sistema ha sido y seguirá siendo, con perfeccionamientos menores, los fondos concursables anuales.

Para las instituciones, debe crearse un fondo plurianual, que financie a los museos, los centros culturales, los espacios culturales en general, sometidos a una evaluación basada en la calidad de su gestión y su capacidad de obtener recursos complementarios, vinculada a las condiciones objetivas de su misión. Y con la posibilidad que las personas hagan aportes directos a la institución de sus amores.

El financiamiento destinados a elencos estables debe tener tambien sus propias reglas, considerando la estabilidad laboral que merecen sus integrantes. Ello implica que, en el caso de instituciones que administren espacios y elencos, a la vez, debe crearse un sistema de evaluación particular que evite que se obtenga recursos para un aspecto y no el otro. En todo caso, la tendencia debe ser a que todo elenco debiera tener itinerancias en infraestructuras que reciben financiamiento público.

El único elemento que no se puede desatender es que en todo financiamiento público -salvo justificadas excepciones- debe dejarse espacios para la intervención de financiamientos privados y de lo que Rajan llama la comunidad.

Solo este tipo de aportes mixtos de Estado, mercado y audiencias, asegura lo más relevante para la cultura: la libertad para crear y divulgar las artes, sin tener una dependencia exclusiva de un sector.

La forma de asegurarlo es la existencia de instancias colectivas, de participación ciudadana, tanto en más alto nivel del Ministerio como en cada una de las instituciones sin fines de lucro que recibirán los aportes.

Es el momento de avanzar hacia ello. 

04 marzo 2019

EL LARGO PROCESO DE INSTALACIÓN DEL MINISTERIO



El primero de marzo de 2019 se cumplió un año desde la creación legal del Ministerio de las Culturas. Parece no existir dos opiniones respecto de que su instalación ha sido larga y no se ha completado y que, en adelante, le corresponde recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales y desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. El diario El Mercurio se ocupó de recordar la fecha y consultar opiniones al respecto. A continuación, sus preguntas y mis respuestas, publicadas ese mismo 1 de marzo.


¿Cómo cree usted que ha sido el proceso de instalación del Ministerio?

Como resultado de un proceso de largos años y varios mandatos, la instalación ha sido compleja. Primero, porque coincidió con un cambio de gobierno; segundo porque no fueron previstos todos los detalles, y tercero porque, entre los aspectos hasta ahora no considerados, está mantener la participación de la sociedad civil. Elemento clave en el futuro pues fue la gran fortaleza y rasgo diferenciador del CNCA. 
 

¿Como evalúa este primer año de Ministerio?

Fue un primer año tormentoso, con tres ministros y la necesidad de instalar, con gran rapidez, nuevas instituciones que sucedieran a las que, hace exactamente un año, dejaron de existir. Ello implicó creación de nuevos cargos, los concursos correspondientes y el cumplimiento de normas administrativas que no siempre pudieron aplicarse a cabalidad. En ese sentido, hay que reconocer un gran trabajo de las subsecretarías y el logro de algunas metas como la nueva forma de asignar los premios nacionales o la normativa para eliminación del IVA a espectáculos, que pasó de Educación a Culturas. 

No fue positiva la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertirla.

Como es predecible, los programas ofrecidos son básicamente los mismos, y se fueron profundizando a partir de la asunción de la ministra Consuelo Valdés, que ha despertado mucha confianza en el mundo cultural. 


¿Cuál debe ser el foco del Ministerio este 2019? ¿En qué cosas se debe poner énfasis?

El foco debe estar puesto en dos temas: primero, recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales. Y segundo, desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. Hay una gran oportunidad para dejar establecidos -con participación de todos los involucrados- mecanismos permanentes, plurianuales y generosos en materia de financiamiento, junto con definiciones respecto de los necesarios aportes de la sociedad civil en este campo y el acotamiento del peligroso concepto de la gratuidad.

Los énfasis, están dados, ya que provienen de administraciones anteriores: la terminación de la gran sala del centro cultural Gabriela Mistral y el nuevo guión del Museo Histórico Nacional, que deberá ocupar a plenitud su nuevo espacio, resolviendo el riesgoso tema de un museo de la democracia.

11 enero 2019

DUDAS Y OPTIMISMOS PARA UN NUEVO AÑO




Adriana Valdés asume Presidencia del Instituto de Chile


Concierto por la Hermandad reunió a más de 5 mil personas


Es compartido que el año 2018 no fue bueno para la cultura. Sin embargo, hay indicios de que el 2019 podría ser mejor. Lo acontecido al despuntar el nuevo año en el CCEM y en el Instituto de Chile, son síntomas de aquello. Veamos.


El año pasado, el mundo de la cultura sufrió tres impactos negativos fuertes.


El primero fue la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertir tal amenaza. Desde luego, ellas contaron con la solidaridad activa, del resto de las instituciones que tienen, en sus directorios, presencia de la sociedad civil.


El segundo fue la rotativa ministerial, que impidió apreciar con claridad avances en el sector, más si uno de ellos significó una amenaza cierta a la cultura del país, debido a declaraciones negacionistas de aspectos tan cruciales como las violaciones a los derechos humanos.


El tercero es la tardanza en la instalación del nuevo ministerio y sus entidades participativas. Ello ha llevado a advertir un retroceso en la participación que ya era una conquista del sector y denuncias públicas de decisiones arbitrarias, especialmente en el sector patrimonial. Sin descartar la inexistencia del Consejo Nacional que dejó sin instancias de reclamación superior a los fondos concursables y sin poder designar jurados en los Premios Nacionales.


Estas tres situaciones demostraron, felizmente, la musculatura que ostenta el mundo cultural, gracias a la participación y el lugar que ha adquirido en forma sostenida desde el regreso a la democracia y que hoy está al tanto a lo que sucede en su sector y reacciona con unidad, prontitud y con una opinión clara y fundada.


En el Centro Cultural Estación Mapocho, su comienzo de año no pudo ser más auspicioso. Una convocatoria inicial de Alejandra Urrutia, la primera mujer chilena directora de orquesta, fue sumando apoyos desde la sociedad civil para desarrollar un gran concierto por la Hermandad, centrado en la participación -en escena y en el público- de centenares de inmigrantes. Más de cinco mil asistentes, ciento veinte músicos, cuatro solistas, un coro de 203 voces provenientes de Alemania, Argentina, Colombia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Escocia, España y Venezuela, dieron fe de la relevancia de ese tema. La Novena Sinfonía de Beethoven, en ese contexto, se escuchó particularmente bien.


Al día siguiente, en "una pequeña calle del centro de Santiago" en "estos tiempos de asombro", como se señaló en los sólidos discursos de la ocasión, por primera vez en 133 años de existencia una académica mujer asumió la dirección de la Academia Chilena de la Lengua. Coincidentemente, a Adriana Valdés le correspondió iniciar un trienio de presidencia del Instituto de Chile, que es encabezada rotatoriamente por cada una de las seis academias, tres de las cuales son actualmente dirigidas por mujeres, entre ellas, la de Bellas Artes, que encabeza Silvia Westermann.


Detalle no menor si se considera que el Instituto tiene un puesto fijo en cada uno de los jurados de los Premios Nacionales, que debieran fallarse el próximo mes de agosto, es de esperar con la dotación completa de sus jurados en las disciplinas artísticas, lo que lamentablemente en 2018 no aconteció, a pesar que la ley del nuevo ministerio así lo señala.


Estimula el optimismo ante el próximo año, la creciente confianza del mundo cultural en la actual ministra, Consuelo Valdés, y una tendencia a ir superando los atrasos en la conformación de la institucionalidad, en especial con la lenta constitución de los Consejos regionales que la misma ley considera.


Debiera esperarse que, el 2019, se realice un amplio debate sobre las formas y compromisos de financiamiento cultural por parte del sector público, que quedó pendiente el año que termina y que reviste la mayor importancia pues quedaron en el aire ciertos conceptos del sector hacienda, más que discutibles.

Así también deberíamos esperar la profundización de la participación en la institucionalidad en todo el país, junto con ejemplarizadoras sanciones a los traficantes de bienes patrimoniales que en 2018 comenzaron a ser denunciados y juzgados.

Y la extensión del "tupido velo" que parece estar descendiendo sobre la poco feliz iniciativa de un museo de la democracia.