09 mayo 2008

HACIENDO TEATRO (para el Bicentenario)


Se ha puesto en el tapete –ya era hora- el tema de las celebraciones del Bicentenario que se acerca a pasos agigantados, el 2010.
Quisiera introducir al debate algunas distinciones.

En primer término, debemos separar obras (cemento, hierros) de celebraciones (eventos, fiestas). Para el Centenario de 1910, las segundas se redujeron a Santiago y se agruparon en el mes de septiembre, se concentraron en el Teatro Municipal y en la Exposición Histórica del Centenario que daría origen al Museo Histórico Nacional. Las obras también fueron capitalinas: Palacio de Bellas Artes; Estación Mapocho; Biblioteca Nacional (en orden de terminación). Para 2010 se espera que las obras sean nacionales –en todo el país- y muchas de ellas ya están en marcha. La más emblemática en el terreno cultural, es el Centro Nacional de Artes Escénicas y Musicales que estará ubicado en el Edificio Gabriela Mistral, actual Diego Portales, ex UNCTAD. Por ello, llama la atención una reciente editorial de El Mercurio que plantea la necesidad de: “por ejemplo, un gran teatro de la representación, complementario del Municipal, acorde con los requerimientos y tecnologías del mundo moderno”. Para tranquilidad del editorialista, ese proyecto está en marcha.
Es en las celebraciones del 2010 donde deberá poner su énfasis la Comisión Bicentenario, con sus flamantes autoridades. Se conoce de un Congreso de la Lengua en alguna universidad de Valparaíso; de la Exposición Histórica del Bicentenario en el Centro Cultural Estación Mapocho; de una especial programación teatral de FITAM; de la Trienal de Artes Visuales, casi todas concentradas en el primer trimestre del año, que deberán compartir, con alta probabilidad, con la segunda vuelta electoral y con certeza, con el cambio de mando presidencial del 11 de marzo. Habrá que preocuparse también de la fiesta del 18 de septiembre y ¿porqué no? de una especial celebración del Año Nuevo.

Otra distinción es la temporal, las celebraciones tienen que ocurrir necesariamente en la fecha que corresponde, es decir en el año 2010. No obstante, las obras deben quedar instaladas en las cercanías de esa fecha emblemática pero no necesariamente en ella. Eso sería poner la carreta (el corte de cinta) delante de los bueyes (la calidad de la obra). Recordemos que para el Centenario sólo el Palacio de Bellas Artes pudo inaugurarse, dificultosamente, el 18 de septiembre de 1910 pero sin capacidad de usarse para su misión, que era acoger obras de artes plásticas. Una parte relevante del flamante museo se destino a acoger el novísimo Museo Histórico Nacional, que sí tenía piezas museográficas pero no tenía alojamiento. La Estación Mapocho se inauguro varios años después y qué decir de la Biblioteca Nacional que debió esperar casi décadas.

Una tercera distinción, que está presente en la mencionada editorial, se refiere a la capacidad que hoy tiene el sector privado, a diferencia del 1910, de aportar de manera importante a estas celebraciones y obras: “un sector privado próspero como el chileno podría contribuir de manera más decidida a la formación de un patrimonio cultural acorde con el nivel que el país ha alcanzado. En naciones del hemisferio norte eso ocurre con normalidad, muchas veces al amparo de beneficios tributarios”.
Tomemos la palabra al decano. Es una excelente idea el que pudiese generarse un período de excepción de por ejemplo dos años (2009-2010) en el que las donaciones privadas a obras y celebraciones bicentenarias sean beneficiadas por un estímulo tributario del 100% y no del 50% como es la norma. De esta manera, tendríamos un aniversario patrio formidable en el que el Estado pone el esperado Teatro Nacional para 2000 personas en el Edificio Gabriela Mistral y los privados aportan recursos para otras obras y celebraciones.

Ojalá que no sea puro teatro.

21 abril 2008

LOS LIBROS Y LA METRALLETA

En noviembre de 1985, atracó en Valparaíso un barco con una carga peligrosísima. Antes, en alta mar, lo habían abordado marinos armados, quienes registraron las bodegas. Se retiraron satisfechos. La denuncia de los organismos de seguridad era efectiva. El Almirante Hernán Rivera Calderón podía dar la orden que le permitía el entonces vigente Estado de Sitio: INCINERARLA.


No estoy hablando de droga dura, de pornografía, ni siquiera de publicaciones piratas decomisadas por orden judicial como está aconteciendo en Chile 2008 con alguna frecuencia. Estoy hablando de 15 mil ejemplares del libro “Miguel Littin clandestino en Chile” del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que llegaron con el sello de la colombiana Editorial Oveja Negra. Los libros fueron interceptados por orden del almirante jefe de la zona en estado de sitio e incinerados en el mismo puerto luego de variados trámites burocráticos que dejaron singular huella documental de esta atrocidad.

Este episodio vuelve a mi mente por la increíble información del Washington Post de que durante 2004 y 2005 en la sede Unesco de París se pagó por destruir unos 100.000 ejemplares de distintas obras, las que fueron convertidas en celulosa. Quiero dejar registro 23 años después porque, cuando aconteció lo de García Márquez, sólo fue publicado en una edición de prueba –el número cero- del que sería el diario La Época.

Llegaba de un viaje al exterior y me encontré con reiterados mensajes del agente de aduanas que actuaba ante dicho servicio, debido a mi condición de representante en Chile de la Editorial Oveja Negra: “llámeme por favor, van a quemar sus libros”. Me pareció tan inverosímil que partí a Valparaíso a golpear la puerta principal de la Intendencia, en Plaza Sotomayor. Por señas, me indicaron desde el interior que la entrada estaba por la Plaza de Justicia, detrás de barricadas de sacos areneros y marinos fuertemente armados con trajes en el tono, arena. Me identifiqué y entregué mi carnet de identidad. Pedí hablar con el responsable de esta supuesta amenaza. Varios hombres armados se movieron hacia el interior hasta que uno de ellos me señaló que me recibiría “mi teniente Vega”. Subí al señorial segundo piso, escoltado por una metralleta tan larga como alto su portador. Debo dejar constancia que tan proporcional pareja se mantuvo a mi lado durante todo el relato que sigue. “Tome asiento. ¿En qué lo puedo servir señor Navarro?” me recibió Vega con el uniforme y la caballerosidad habitual de los miembros de la Armada. Le expliqué el motivo de mi visita tan inesperada. Tomó el teléfono, marco un anexo y repitió mi pregunta. Escuchó a su interlocutor, colgó y con la misma cara impávida: “No se preocupe, ya los quemamos”.

Salí, dejando abandonados tanto mi carnet de identidad como mi capacidad de asombro. Caminé hasta La Rotonda, a una cuadra de allí, y ordené un whisky doble. Luego pedí que me llevaran a una oficina de telex para relatar, por esa vía, a Colombia lo sucedido.

Cuando le conté al agente de aduanas sufrí otro impacto: “Acabo de ver los libros. Están en el Sitio (no recuerdo el número). No los han quemado aún”, me dijo. Partió entonces una carrera frenética por impedir el incendio. Como ninguna autoridad chilena se hacía cargo, me dirigí al consulado de Colombia. Un eficiente cónsul llamado Libardo Buitrago (sí, el mismo) hizo de su tarea rastrear los ejemplares. Poco a poco fueron llegándole pistas: que pasaron por la puerta Simón Bolívar con tal fecha; que están depositados transitoriamente en el sitio tanto, hasta la última comunicación fatal: Acta de Incineración, se llama. Allí aparecen los nombres de los funcionarios de Investigaciones que conforme a la orden del Jefe de Zona en Estado de Sitio procedieron, a la hora informada, a encender los fósforos y dar por eliminada esa peligrosísima carga.

Cuando la destrucción de libros vuelve a planear en el horizonte de la mano de otro poco juicioso funcionario, que debe haber deseado limpiar bodegas para recibir otros ejemplares no distribuidos y que probablemente tampoco serán leídos, vale la pena recordar que otros libros sí están llegando a sus lectores, sea por la vía de una decorosa devolución de nuestra centenaria Biblioteca Nacional a su par peruana, la que retruca replicándolos virtualmente para que podamos compartirlos como hermanos que somos; sea por la vía de los muchos títulos que se presentarán y regalarán con motivo del día internacional del libro.

Y para tener presente que nunca más en Chile podemos llegar a considerar al libro una carga peligrosa.

Aunque quienes lo pensaron, entonces, sigan acusando Ministros, ahora.

Aunque algunos, muy pocos, de quienes no lo pensaban entonces, tengan una muy corta memoria. Más corta que la metralleta del día aquel.

15 abril 2008

EL PLAN DEL MINISTRO PÉREZ Y LA GESTIÓN CULTURAL

¿Cuántos dolores de cabeza se habrían evitado en Chiledeportes si los fondos se asignaran como en el Fondart?¿Cuántas quejas por el bajísimo presupuesto de compras de obras de arte de que dispone en Museo de Bellas Artes se evitarían si detrás de él existiese una corporación mixta que allegara fondos privados al empeño? ¿Cuántos riesgos de la aún deteriorada Basílica del Salvador se habrían evitado a los paseantes si su restauración la hubiese emprendido una corporación privada, como en otros templos?


Estas preguntas tienen relación con la propuesta del Ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, en Icare el 8 de abril, El Estado que Chile necesita, que busca mejorar la gestión pública. Algunos de esos avances programados están ya presentes en el mundo de la gestión cultural. Por tanto, puede generarse un diálogo de mutua colaboración entre el mundo de la gestión pública y la no menos pública gestión cultural sin fines de lucro.

El Ministro, al anunciar medidas de mediano plazo sostuvo: “En el campo de las nuevas alianzas público-privadas para abordar temas país, es indispensable contar con una institucionalidad adecuada que pueda cumplir con tan importante objetivo. En este sentido, me inclino por la idea de más y mejores corporaciones público-privadas, de estructura mixta, funcionamiento transparente, metas claras y flexibilidad administrativa para abordar los desafíos que nuestro futuro exige”.

Estas alianzas son pan de cada día en el terreno de la cultura. Están presentes en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, que es encabezado por un órgano colegiado en el que ocho de once integrantes provienen de la sociedad civil y en cada una de las regiones y los consejos sectoriales. Sus fondos concursables son asignados por estructuras participativas del mismo tenor, una de las cuales, FONDART, acaba de ocupar según estudio de Participa, el primer lugar entre los subsidios públicos más transparentes. Cada vez más corporaciones y fundaciones culturales privadas sin fines de lucro operan con estructuras mixtas, funcionamiento transparente, metas claras y flexibilidad administrativa, lo que les permite actividades de gran alcance cofinanciadas por privados. Este tipo de organizaciones mixtas están detrás del FITAM, Matucana100, Balmaceda 1215, las Orquestas Juveniles, el Teatro Regional del Maule o las Temporadas Beethoven, por mencionar sólo algunas.

Señaló tambien Pérez Yoma que “la puesta en marcha durante este año de la ley de transparencia y acceso a la información pública dejará atrás los vestigios de opacidad permitiendo que la transparencia sea el principio rector de la función pública. Un Estado más transparente es un mejor Estado: más probo, desde luego, pero más eficiente también, porque el control social motiva el esfuerzo por mostrarse a la sociedad de la mejor manera”.
Sin que medie ley alguna, el Centro Cultural Estación Mapocho, administrado por la Corporación Cultural del mismo nombre, publica anualmente, desde 1995, sus “Diez cifras” que resumen, en la misma cantidad de párrafos, los números más relevantes de su gestión (cantidad de público, número de funciones, días de exposiciones, aportes a la cultura, cantidad de dinero administrado por Ley de Donaciones, inversiones en el edificio que la alberga, porcentaje de fidelidad de sus audiencias) y que pueden ser conocidas por la ciudadanía en http://www.estacionmapocho.cl/

Concretando aún más, a Pérez le “parece que ya va siendo hora que impulsemos de manera decidida la tercerización de funciones que puede cumplir en forma mucho más eficiente el sector privado”. El mismo Centro Cultural Estación Mapocho, que recibe a más de 800 mil personas al año, tiene sólo catorce funcionarios de planta y desde sus orígenes, a comienzos de los 90, las funciones de aseo, seguridad, mantención, restoración, y los servicios profesionales como asesorías legales y contables y registro audiovisual, son delegadas en terceros que, en varios casos, son pequeñas empresas que se han desarrollado y crecido al alero de este centro cultural.

Esta tendencia no es ajena a muchos otros espacios culturales que estoy seguro estarán dispuestos a poner a disposición del Ministro la experiencia que han tenido para reforzar la propuesta que se hace a los chilenos de un “Acuerdo nacional para un mejor Estado”.

Una apostilla final, dirigida a los editores de medios de comunicación que buscan a los gestores “non profit” sólo en los sectores sociales y educacionales, como lo indican recientes reportajes: pueden buscar gerentes notables de entidades sin fines de lucro en el mundo cultural.

Y seguro los encontrarán. Así como también el Ministro.

14 abril 2008

GRATUIDAD CULTURAL EN COLOMBIA

Jorge Orlando Melo, un notable pensador colombiano en gestión cultural, ha enviado un comentario al artículo sobre La Misión que nos deja Morricone. Lo transcribo completo, con su autorización, y recomiendo su página web, cuya dirección está al final del texto:

He estado leyendo tus notas, sobre problemas muy similares en Chile y Colombia.
Aquí también hemos discutido mucho el problema de cómo orientar los subsidios a los espectáculos y eventos culturales.
En Colombia no rige la norma de gratuidad, de modo que puede ocurrir que las instituciones públicas de cultura paguen el 50 %-70% de los costos de una exposición de un Museo privado o de un espectáculo teatral.
La entidad privada cobra por la entrada una tarifa igual, y subsidia con el aporte estatal la entrada de todos, tengan o no recursos propios, estén o no dispuestos a pagar. (En algunos casos, como teatros, puede haber boletas de precio diferente, pero es evidente que esta diferenciación corresponde a la percepción del mercado de la calidad de los puestos, no a un criterio de reasignación del subsidio)
La propuesta mía, que tampoco resuelve todos los problemas, es que los subsidios a exposiciones y conciertos se conviertan en boletas reales, que se entreguen a los sistemas educativos o se vendan a ciertas categorías –estudiantes, receptores de subsidios sociales, jubilados, etc..-transfiriéndoles la mayor parte del subsidio. Así, los subsidios se dirigirían fundamentalmente a los niños y jóvenes, y secundariamente a los pobres. La razón de dar el subsidio a jóvenes sería usar los recursos estatales para formar y crear público, que eventualmente se aficione y pague, con base en el supuesto de que el consumo cultural requiere hábito y entrenamiento.

Sobre libros y bibliotecas habría mucho que comentar….

Te mando la dirección de mi página, del formato más tradicional de colección de documentos, donde hay mucha cosa sobre política cultural, bibliotecas, etc.

Jorge Orlando Melo www.jorgeorlandomelo.com

07 abril 2008

El libro en Chile: DIVISIÓN NO ES DIVERSIDAD

Dos crónicas de domingo –en Artes y Letras y Reportajes de La Tercera - ponen el acento en la falta de información para formular políticas del libro y la posible llegada de una cadena de librerías argentina a nuestro país. Amerita reflexionar sobre el tema.


Una estudiante de doctorado francesa que hace su tesis sobre las políticas de fomento del libro y la lectura en Chile me preguntaba, en mi condición de responsable de la tramitación de la Ley del Libro de 1993, las razones de que en nuestro país la aplicación de las políticas al respecto estuvieran separadas en dos instituciones públicas vinculadas al gobierno central: el Consejo Nacional del Libro y la Lectura y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. Para ella, con racionalidad gala, es incomprensible. Menos aún, existiendo desde 2003 una autoridad cultural de rango ministerial como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que surgió usando como modelo la Ley del Libro. Intenté explicarle que era un problema temporal y que pronto sería resuelto, como esa misma racionalidad lo indica, estableciendo una dependencia de la DIBAM del mencionado Consejo Nacional. No me lo creyó, justamente porque había entrevistado a otras personas del mundo del libro que eran más bien escépticas al dictado de la razón.

Es que en el libro y su mundo nacional parecen primar más bien las pasiones. Y de las pasiones nacen las divisiones. Las que afectan no sólo a los entes públicos que determinan políticas. Veamos.

Los editores. Están perfectamente divididos entre una Cámara tradicional con más de 50 años de vida y una asociación de editores independientes que acusan a la primera de entregarse a las grandes empresas extranjeras. Incluso se permitieron protestar cuando la Presidenta de la República designó como miembro del Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a un integrante de la primera. Sus discrepancias se lucen públicamente con ocasión de la Feria Internacional del Libro mediante escarapelas que representan una vistosa D (¿de disidentes?), y una verdadera guerrilla de desgaste (D) por cualquier acción que la Cámara emprenda en ese privilegiado escenario. Bien correspondido por su contraparte que tiende más bien a ignorarlos.

Los escritores. Tienen históricas desavenencias entre la SECH y la mayoría de los autores nacionales que no se afilian a su asociación gremial y no le asignan la más mínima significación. Los gremialistas hacen poco por acercarse a sus pares dando periódicamente espectáculos públicos en los que se enrostran opacidad en los gastos y exhiben escandalosas boletas por compras de mercaderías al por menor. Baste recordar cualquier entrega de Premio Nacional de Literatura para comprobar que no se trata del gremio más solidario entre sus pares.

Las bibliotecas. Habiendo una sólida organización dependiente de la Sub Dirección de Bibliotecas Públicas de la DIBAM, que ha llevado Internet a localidades apartadas y toda su red, existe una no menos sólida red de Bibliotecas Vivas afiliadas a la Fundación La Fuente, cuya directora no desaprovecha ocasión para disparar contra las bibliotecas públicas, desde la cómoda posición del éxito de sus emprendimientos en varios de los más visitados centros comerciales del país. Una división de dos proyectos exitosos, más propia de una competencia entre cadenas de farmacias que entre entidades que supuestamente tienen una misión común, que es el fomento de la lectura.

El IVA. En algún momento, a comienzos de los 90’s, fue la principal bandera de lucha del mundo editorial. Su intento de remoción es uno de los fracasos más grandes de este mundo junto, tal vez, con la lucha contra la piratería. Tanto que ahora ya es casi un lugar común –ratificado en los reportajes mencionados- que el alto precio de los libros tiene mucho más que ver con los editores españoles, los importadores y libreros locales que juegan a los precios grandes para defenderse de un mercado pequeño, que el aludido impuesto. Mientras tanto, los editores locales demuestran, cifras en mano, que los precios de la producción chilena no superan, en promedio, los siete mil pesos de precio de venta de los libros nacionales.

La piratería. Aunque las campañas de creación de conciencia de que constituye un delito son cada vez más frecuentes (¿porqué no aliarse con las potentes imágenes anti-piratería de la industria del cine?), la opinión pública sigue pensando mayoritariamente que ante los altos precios de los libros, es sólo un pecado venial apoyar esta infracción por vía de la compra. La Cámara del Libro sigue acompañando y aplaudiendo a los policías que decomisan las especies que generan una nueva discrepancia: los libros incautados ¿deben destruirse o entregarse a las bibliotecas? Es evidente que el fruto de un delito no debe ser entregado a nuestros niños ni aún si fueran ediciones de cuidada calidad, condición que distan mucho de lograr los libros piratas, cuyos títulos suelen dar la razón a quienes acusan a las grandes editoriales de tener precios elevados. Son inexistentes los piratas que desearían reproducir un libro que cueste en el mercado menos de siete mil pesos.

Lo que nos lleva a observar el tipo de marketing que invade al mercado editorial. En los últimos años parece haberse inclinado la balanza por una ecuación muy simple: pocos títulos/grandes tiradas. Prefiero –dice el gran editor trasnacional- gastar dinero en promover un solo autor y editar muchas copias de él, con un marketing que hace creer que estamos en presencia de un éxito. Las librerías se cubren entonces de afiches, pendones, pancartas con el rostro de un autor que muchas veces no comprende –racionalidad francesa, tal vez- cómo la crítica y los lectores no comparten el entusiasmo por su obra que asegura la publicidad. ¿Merecen estímulos de la legislación sobre el libro y la lectura quienes los han convertido en un producto que se vende igual que un celular? Mejor dicho, ¿no merecerán más estímulos quienes apuestan a la ecuación muchos títulos/bajas tiradas? Porque finalmente la lectura es diversidad y buscar la creación hábitos. Por el camino de la uniformidad pareciera que no se cumplen las políticas públicas al respecto. ¿Qué habito de lectura se crea comprando libros impelidos por marketing sin contenido? ¿Se leerá cuando ese estímulo desaparezca? O aún peor: ¿cuando se oriente hacia otro tipo de productos?

Esta realidad es un desafío a las pequeñas editoriales que apuestan a la diversidad de títulos el que no es diferente al que tienen todas las industrias culturales y la gestión cultural: desarrollar audiencias fieles. En términos de libro, lo llamaría el “combate cuerpo a cuerpo” para diferenciarlo de los “bombardeos masivos” del marketing.

Recuerdo una máxima que dice que no existe persona que no tenga al menos un 5% de buena. Pues bien, no existe libro que no tenga al menos un mínimo porcentaje de lectores potenciales. La tarea es descubrirlos y llegar a ellos. Y esto se hace llevando los ejemplares hasta donde está el público potencial. Es decir, oferta directa y personalizada.

Otra máxima que merece ser respetada en este contexto es la unidad de quienes tienen una misión común. No es edificante el debate que hemos presenciado, por ejemplo, sobre el Maletín literario en el que autoridades que debieran tener algo que decir al respecto (Consejo del Libro) no tengan pito que tocar, o lo ocurrido con el legado de Gabriela Mistral que es disputado, medalla a medalla y poema a poema, por altas autoridades públicas, en público.

Las divisiones no son diversidad. Mientras esta última es recomendable y necesaria, las primeras sólo contribuyen a crear confusión, desconfianza e ineficiencia en las políticas públicas y… desconcierto en la estudiante francesa.

Casi tan grande como el que le provoca el Presidente Sarkozy.

Cosas de los libros.

26 marzo 2008

"LA MISIÓN" QUE NOS DEJA MORRICONE

Silenciados los tiros, los puñados de dólares, los avemarías en la selva paraguaya y el paraíso en cinemascope, el maestro Ennio Morricone ha partido y lo que queda es el público. El gran protagonista de este fenómeno no fueron los misioneros jesuítas ni los malos, buenos y feos del oeste con sabor italiano, fue el público chileno.


Efectivamente, como lo comentamos en este mismo blog hace unos días, a propósito de Viento Blanco en el Teatro Municipal, las audiencias chilenas se hacen notar cada vez más. La metáfora es muy clara, mientras nuestra TV presentaba en sus noticiarios, en audio, la música incidental de Morricone, las imágenes mostraban grupos de personas felices por haber obtenido su entrada gratuíta vía Internet o en el Centro Cultural Estación Mapocho -unas 15 mil personas así lo hicieron- u otros grupos, más pequeños, frustrados por no haber podido acceder a invitaciones.

Los días del concierto, nuevamente las imagenes que acompañaban a la música de tantos filmes inolvidables (¿los filmes o la música?) eran del público que entraba acelerado o que no podía ingresar con la facilidad que hubiese esperado.

La pregunta es ¿cómo se podía prever el interés que despertó la presencia en concierto del músico italiano? ¿Cuál es su público objetivo? ¿Los cien mil contactos que reconoció la intenet de CELFIN Capitales? ¿Los diez mil que fueron a la Estación Mapocho? ¿La suma de ambos? Imposible de prever si los conciertos son gratuítos, porque no podemos distinguir aquellos que intentan asistir por su aprecio al artista de aquellos que desean aprovechar una gratuidad, cualquiera esta sea.

Pero, existe un mecanismo que es capaz de regular esa demanda de las audiencias. Se llama mercado y no podemos asumir que los ajecutivos de CELFIN lo desconocen. ¿Por qué entonces se arriesgan a esta incertidumbre? Sencillamente porque la Ley de Donaciones Culturales se lo exige. Es decir, cuando una empresa desea financiar -para celebrar su vigésimo cumpleaños en este caso- un espectáculo o proyecto cultural, descontando algo más del 50% de sus impuestos, las entradas a tal espectáculo, deben ser gratuítas.

Visto de otra manera, todos los chilenos, incluídos los más pobres, dejan de beneficiarse con los impuestos que la empresa deja de pagar porque hace un espectáculo acogido a la llamada ley de donaciones. Por otro lado, muchos chilenos que estaban dispuestos a pagar una suma de dinero por escuchar en vivo y directo a Morricone, su orquesta y el coro de la U de Chile, no pueden hacerlo. Es decir, gente que puede y QUIERE pagar por un espectáculo no puede hacerlo. En cambio, todos los chilenos estamos pagando -por la vía de no recibir los beneficios que llegarín por los impuestos que el fisco recauda- las entradas de personas que podrían pagar su entrada.

Esta importante ocasión artística que trajo a Morricone nos ha dejado además la lección de que la Ley de Donaciones ha quedado obsoleta. Fue aprobada en junio de 1990 cuando los privados ni soñaban con hacer este tipo de aportes a la cultura y cuando los espectáculos masivios -gratuítos o no- eran escasos.

Hoy, afortunadamente, y merced al éxito de las políticas culturales aplicadas por los sucesivos gobiernos de la Concertación, los espectáculos masivos son frecuentes, los espacios culturales se han multiplicados y los aportes de grandes empresas a la cultura son considerables (pensemos sólo en los más recientes Morricone y CELFIN; Alegría del Cirque du Soleil y el Banco de Chile; BHP Billiton y FITAM).

Fruto de ello es que se han creado audiencias para las artes del espectáculo, conocedoras, con capacidad de pago y ... exigentes. Por tanto, ha llegado el momento de que se aplique también a la Ley de Donaciones el principio del financiamiento cultural mixto. Es decir, fruto de la combinación de aportes públicos, de empresas y del público.

La Ley, a contar de esta experiencia reciente, debiera reconocer la posibilidad de que parte de la invitaciones a eventos que ella aprueba sean financiados por el propio público, conservando desde luego otra parte que sea gratuíta orientada justamente a aquellos que no puedan pagar y que están dispuestos a hacer un gesto como ir a retirar las invitaciones a un espacio cultural reconocido. De este modo, los estímulos tributarios a las empresas, irán a formar nuevas audiencias que más tarde seguirán ocupando pantallas y fotografías de diarios porque la noticia será que nuevos públicos se agregan al disfrute cultural de un país que ha demostrado que se merece tener altos índices de consumo no sólo en los super mercados.

Cualquiera sea la música que esté sonando.

06 marzo 2008

PROFESSOR MARK J. SCHUSTER, UN HOMBRE SABIO Y GENEROSO


He descubierto que los libros tienen padre.
Me lo enseño un gran maestro que conocí en Cambridge, Massachussets, en el primer semestre de 2006.
Revisando material para mi proyecto de publicación en las diferentes bibliotecas de Harvard, en varias de ellas me apareció un autor que desconocía pero que me motivó "a primera vista": Mark J. Schuster, Professor of Urban Cultural Policy en el MIT. En la Widener, biblioteca central, pero tambien en la de Arquitectura y Diseño; en la de Gobierno y por cierto en la de Artes... hasta en la de Negocios estaban diversos textos suyos.
Es que se trataba de un hombre sabio, capaz de sistematizar tanto las 5 herramientas para la intervención del Estado en Patrimonio como los estudios comparativos de los diferentes Modelos de Desarrollo Cultural en el mundo.
Cuando, fascinado por la lectura de sus textos, decidí investigar más sobre él, descubrí que trabajaba en el MIT y vivia en Cambridge.
Sin muchas espectativas le envié un correo electrónico presentándome y manifestando mi admiración por su pensamiento.
Me respondió muy pronto, agregando la dirección de su oficina y de su domicilio, junto con una propuesta de fecha para reunirnos.
Bastante incrédulo, partí a la cita, confundiendo ambas direcciones, llegando a su casa mientras él me esperaba en su oficina. No fue obstáculo para que -a pesar de mi torpeza- me cambiara la cita y ésta fuese directamente en su casa, que me quedaba a pocas cuadras. Más exactamente, nos reunimos en el bar donde solía beber exquisitos cafés y dónde se manifestó como gran conocedor de la cultura cafetera y las especialidades catalanas. Obviamente había trabajado en Barcelona, en proyectos de urbanismo en el Corredor del Llobregat.
Conversamos ese día como si fuese el último de la vida para ambos. De inmediato surgieron los temas en común y mi curiosidad por el financimiento cultural. Me contó de las loterías, de los sistemas de "partnership", de las donaciones privadas... en medio de ese entusiasmo me habló de su cáncer.
La segunda reunión, ya con menor ansiedad y mayor amistad, tenía preparados varios de sus libros para regalarme. Uno de ellos, la compilación editada por él "Who's to pay for the arts" que me había costado conseguir en la Biblioteca de la Escuela Kennedy de Gobierno, por ser muy solicitado. En la dedicatoria había escrito: "To Arturo, a fellow harvester in the vineyard of cultural policy" Mark J. Schuster, 1° june 2006.
Le comenté que ese libro me inspiraba el título de mi propio libro, en pleno proceso de redacción. Se alegró mucho con la noticia, me estimuló a terminarlo pronto y, por cierto, hacerselo llegar. Cuando lo hice, respondió apenas lo recibió:
Arturo,
I have just received my copy of your new book. Thank you very much, especially for the reference to my work in your choice of title. This is the ultimate compliment for an academic.
My warmest regards,
Mark

Antes, me había enviado sus apuntes de clases. Era como si quisiera traspasar el máximo posible de conocimientos en un plazo breve. Su generosidad intelectual no tenía limites.
En la segunda conversación le sugerí que me encantaría invitarlo a Chile, a dictar un Seminario. Me respondió que no creía que su enfermedad se lo permitiera; en todo caso, para que no fuera a pensar que se negaba, me indicó los meses en los que sus terapias contra el cáncer le permitían viajar.
No alcancé a cumplir con la propuesta. La enfermedad sí lo hizo y el 25 de febrero de 2008, lo derrotó el cáncer. Tenía mi misma edad, muchísimos más conocimientos, pero sobre todo una enorme disposición a compartirlos.
Es el auténtico padre de mi libro "Cultura ¿quién paga?"
Muchas gracias, Professor Schuster.

VIENTO BLANCO, AIRE FRESCO

Hace muy bien la periodista Maureen Lenon en El Mercurio del 6 de marzo en ilustrar su Crónica sobre el estreno de la Ópera VIENTO BLANCO en el Teatro Municipal con una foto de la platea. Es adecuado ilustrar este esfuerzo del Teatro con lo que allí ocurre con la audiencia.
Porque hemos podido apreciar público nuevo en la ópera y eso sí que es noticia y grande.
Más allá de la propia obra de Sebastián Errázuriz que va "de menos a más" y que sin duda requiere de ajustes, se estrenó con Viento Blanco una audiencia que debe seguirse trabajando.
Neruda respondió a un diplomático extranjero que le preguntaba sobre cuándo tendríamos buen cine chileno: "Tendremos buen cine chileno cuando tengamos mal cine chileno". Es decir, cuando haya mucho cine chileno.
Es lo mismo que debiera acontecer con la ópera. Tendremos buena ópera chilena cuando tengamos tambien regular ópera, o mala ópera, pero sin duda, mucha ópera.
Y eso se logra cuando se actúa sobre todos los factores que influyen en el desarrollo cultural: los creadores, los gestores y las audiencias.
Es lo ocurre con la obra en comento: el sector privado apoyó a los creadores; el Fondo de la Música aportó al guión; cabezas de entes públicos como el Consejo de la Cultura, el Teatro Municipal y el Municipio de Santiago se confundían en la platea expresando su respaldo a la iniciativa y muchos, muchos jóvenes repletaban, fotografiaban incluso algo desenfadadamente a los cantantes y aplaudieron con expresiones dignas de su generación.
Además, el escenario fundía a cantantes de gran trayectoria como Carmen Luisa Letelier con principiantes de un entusiasmo digno de reclutas voluntarios.
Esta vez hubo de todo: sólidos coros y orquesta; vacilantes diálogos; sorpresivos garabatos en el texto; cariño desbordante del público.
Lo mejor fue que se respiraba un aire fresco de inició de temporada y no sólo porque estabamos en marzo, sino porque se intuía que de esta tragedia que aún está palpitando en la memoria nacional se ha construído arte y con este arte se está construyendo caminos nuevos para la formación de públicos, intérpretes y autores para la ópera nacional.
Si le agregamos que hay en avance la implementación de nuevas salas bien equipadas para esta disciplina, como por ejemplo la del Centro Cultural Gabriela Mistral, podemos estar optimistas, aunque no satisfechos.
La tarea recién comienza, sólo pensemos cuantos años tomó al teatro poder tener en las calles de Santiago a espectáculos masivos como la Muñeca Gigante.

04 marzo 2008

FINANCIAMIENTO CULTURAL, MÁS QUE UN SIMPLE CHEQUE

Cecilia García-Huidobro publicó en REVISTA UNIVERSITARIA 97 de Diciembre 2007- Febrero 2008 la siguiente reseña sobre el libro de Arturo Navarro Ceardi "Cultura: ¿quién paga? Gestión, infraestructura y audiencias en el modelo chileno de desarrollo cultural" Santiago, RIL Editores, 2006:

Arturo Navarro es, sin dudas, una de las voces más autorizadas para internarse en los recovecos de la gestión cultural en Chile. En su larga trayectoria se ha encontrado en una variedad de frentes, que han ido desde la Editorial Quimantú, la fundación de la Revista Apsi, la redacción de la Ley del Libro, la dirección del Centro Cultural Mapocho y el directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, hasta la dirección de la Comisión de Infraestructura Cultural, durante el gobierno de Ricardo Lagos y la docencia universitaria. Hace tiempo que tanta experiencia acumulada estaba en deuda con una publicación que diera cuenta de los procesos que subyacen bajo las acciones culturales. Una beca en la Universidad de Harvard le permitió el ocio creativo para investigar y procesar las fuentes investigativas necesarias para preguntarse por uno de los aspectos más eludidos en los estudios culturales: el financiamiento.

Para contestar ¿Quién debe pagar por la cultura; quién debe decidir a quién pagar y qué diferencias surgen al hacerlo?, Navarro analiza, desde su propia experiencia, el desmoronamiento de las políticas culturales basadas en el exclusivo financiamiento por parte del Estado, hasta llegar a complejos sistemas de redes tanto nacionales como internacionales que se entrecruzan con industrias culturales, audiencias y lógicas privadas.

Es su hoja de vida cultural la que le da el mayor valor al libro, ya que todas las reflexiones y análisis que Arturo Navarro lleva a cabo están basados en su valiosa, y a estas alturas podemos decir privilegiada, experiencia personal. Este es un libro tremendamente íntimo, a pesar de la objetividad ensayística que lo envuelve, y en eso radica su riqueza. Sin embargo, hay una clara contención por parte del autor al no emitir juicios categóricos, desplegando una nutrida información sin conclusiones contundentes. Uno de los momentos más entrañables está en la corta historia de la Editorial Quimantú, donde Arturo Navarro inició su carrera como gestor cultural. En ella relata la energía puesta en lograr la instalación del libro en sectores históricamente olvidados, alcanzando el millón de impresiones, con una mística de trabajo difícil de encontrar hoy.

El rol del Estado es cuidadosamente estudiado, a través de los países más emblemáticos en la conformación de políticas de desarrollo cultural. No se eluden temas como la Universidad de Chile y es interesante constatar, ante el rigor de las cifras, el detrimento presupuestario sistemático del que ha sido objeto, llegando a percibir, en las partidas presupuestarias 2006, menos que el Museo Interactivo Mirador y lo mismo que el Teatro Municipal de Santiago, a pesar de mantener también cuerpos estables y una amplia extensión cultural.

Otro de los aportes del libro, entonces, es la certeza de que detrás de la asignación de recursos hay claras líneas editoriales, que fijan prioridades y desplazan los centros gravitacionales, de acuerdo a los criterios de quienes tienen que llevar a cabo las políticas culturales. La introducción de las audiencias y del sector privado como actores preponderantes marca un nuevo escenario, en permanente evolución.

Con la crisis vivida en el Teatro Municipal de Valparaíso, queda de manifiesto el largo camino de conquistas que el mundo cultural ha conseguido, sin obviar las carencias que aún prevalecen: « ...había un teatro llamado municipal, de propiedad privada, bajo la responsabilidad de un municipio, que no tenía capacidad de pagar la renta, que era sede de grandes reuniones para demandar la creación de una ley, que no existía y que creaba en Valparaíso una institucionalidad cultural, entre otras cosas porque iba a ser reconocida por Unesco Patrimonio de la Humanidad, algo que tampoco había acontecido » . La conformación del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes es el final de un recorrido, pero también un punto de partida.

El acopio de experiencias, vivencias, reflexiones de Arturo Navarro son un aporte excepcional a la crítica de las políticas culturales en Chile. Abre una ventana a la necesidad continua de evaluación e incentiva la discusión para quienes genuinamente se interesan por el desarrollo cultural de Chile.

Cecilia García-Huidobro FzK
Pedagoga y licenciada en Filosofía, de la Universidad de Chile.
Master of Arts, Rice University.

25 febrero 2008

ANITA, LOS HÁBITOS Y LOS CLÁSICOS

Ha llamado poderosamente la atención de quienes estamos vinculados al arte y la cultura, el escaso impacto que ha tenido en los medios y en la población en general, el fallecimiento de la Premio Nacional Ana González. No se condice con la indiscutible condición de Anita de ser "la" mejor actriz chilena de nuestros casi 200 años de historia. De hecho, los funerales de otros artistas de menor calado, han sido más masivos y participados.

Se culpa a febrero, al festival de Viña y a la "farandulización" del país.
Efectivamente este trilogía maligna puede influir, pero no es todo.
Analizando a quienes participaron del funeral y del velorio, destaca inmediatamente la avanzada edad de los asistentes así como su baja condición social.
Lo mismo ocurría, por ejemplo, cuando Anita paseaba por las calles o celebró su cumpleaños en el Centro Cultural Estación Mapocho. Sólo que en esas oportunidades la masividad era diferente. Centenares o miles de personas se acercaban a la actriz y dialogaban con ella, o más bien, eran escuchados por ella. Lacónica en palabras, Ana González daba sus mensajes de profundo contenido a través de sus actuaciones, de sus personajes. Así se convirtió en símbolo de sectores sociales tan significativos como las empleadas domésticas o las floristas. Las identificaba pero además, REITERABA ese mensaje. La Desideria fue la Desideria por muchos años y por diferentes medios: la radio, el teatro, la televisión... Es decir, se fue creando el hábito de ver o escuchar a Ana González como la empleada doméstica irreverente y defensora de sus derechos laborales y sociales, siempre con respeto y buen humor.
Ana González fue por decenas de versiones de la Pérgola de las Flores, doña Rosaura San Martín, llegando a convertirse, con Silvia Piñeiro, en actrices símbolo o requisito para que la Pérgola... fuera la Pérgola... Incluso hay declaraciones de Isidora Aguirre, su autora, que construyó el personaje de la tía de la Carmela, inspirándose en Anita.
Es decir, estamos en presencia nuevamente de la REITERACIÓN de un mensaje cultural, en vistas de la formación de hábitos o creación de audiencias.
Esa presencia reiterada de la Desideria o doña Rosaura no eran ajenas a la devoción y popularidad que Anita tuvo. Ésto porque la cultura está asociada inevitablemente a la formación de hábitos y los hábitos provienen de alguna manera de la reiteración.
Es lo que ocurre con los clásicos, que se leen una y otra vez,sin llegar a cansarnos. Es lo que no ocurre con las banalidades que a diario vemos en televisión que nadie imagina siquiera repetir. Mueren en el mismo momento en que se emiten.
Desafortunadamente, Anita padeció una larga enfermedad que impidió su presencia pública durante más de diez años y por tanto, a su muerte, quienes se inclinan ante su talento son mayoritariamente aquellos que vivieron intensamente esa reiteración de su trabajo actoral. Por ello son personas mayores y personas muy humildes que vieron en ella en forma habitual a una defensora de sus derechos sociales.
Fue curioso observar que, aunque pocos, el fervor y el cariño expresado estaba como en sus mejores tiempos, quizás simbolizado en esa señora que se paró el viernes 22 alrededor de las 4 de la tarde ante el feretro y, solitaria y respetuosa, prorrumpió en un breve aplauso que alteró por breves instantes el silencio de La Merced.
Si Anita hubiese conservado su salud para estar vigente hasta sus 92 años, la multitud que la habría acompañado hacia su morada final sería histórica.
Resta preguntarse qué es preferible, si retirarse a tiempo como ella lo hizo, con gran dignidad, en 1995, ante los primeros síntomas de su mal, o seguir haciendo esfuerzos denodados por aparecer ante al público (hoy las cámaras de TV) aún a costa de aportar nada y mostrarlo todo (especialmente las debilidades).
Me quedo con el ejemplo de Anita que entregó repetidamente su creación hasta hacerse inolvidable y se retiró cuando no fue posible mantener la calidad de su arte.
El costo de que nuevas generaciones no hayan alcanzado a disfrutarla no es más que desafío y deber para las organizaciones del arte, el patrimonio, las universidades y los medios de comunicación que deberán ser capaces de formar los nuevos públicos de Anita.
Como los clásicos.