“Falta una institucionalidad cultural imparcial que, fomentando la cultura, garantice al mismo tiempo el pluralismo”. Sorprendente conclusión de un editorial de El Mercurio del 28 de julio. Más sorprende cuando erige como legítima la parcialidad que surgiría de una “teleserie truculenta” en la televisión estatal por que ésta se emite “con respaldo de su directorio y con fondos propios, proveídos por sus avisadores”.
Desde 2004, todos los caudales asignados por el Fondart y los demás fondos concursables sectoriales son entregados con respaldo del Directorio Nacional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes además de pasar por estrictas evaluaciones de pares y comités técnicos. Tal directorio posee una diversidad semejante a la del Directorio de TVN, incluso con dos de sus miembros aprobados por el Senado, y una mayoría abrumadora -8 de 11- de personalidades representativas de la sociedad civil. Ergo, para el articulista, lo que le falta a la institucionalidad cultural para ser imparcial -el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes fue creado por ley de la República con los votos de parlamentarios de todos los sectores-, son recursos provistos por los “avisadores”.
Pero, la citada ley señala que los recursos concursables provienen de fondos públicos y no de aquellos. Se propone en el comentario que, para ser imparciales, sólo debieran existir fondos apara apoyar el arte surgidos de los auspiciadores, evitándose así “el sesgo de quién ejerce el poder”.
Gran noticia para los miles de creadores que postulan año a año a los diferentes fondos concursables. Se acaba la pesadilla de escribir proyectos y la angustia de esperar sus resultados. Sólo será necesario poner un simple aviso de fondo rojo y letras blancas: SE ARRIENDA o SE VENDE, en la carátula de un producto cultural.
Ahora, si por alguna misteriosa casualidad, no se arrienda ni se vende, sencillamente deberán hacer un nuevo intento hasta que el mercado los acoja.
Por favor, pongámonos serios. Los lectores lo merecen y la trayectoria de un diario tan antiguo también. No existe en el mundo un país que no asigne recursos públicos para el arte y la cultura, tampoco un sistema de asignación de esos recursos más imparcial y transparente que el chileno, semejante a los Art Council de los países de la comunidad británica.
Que este sistema acepte en ocasiones proyectos que no son del gusto universal o que beneficie a personas con comportamientos privados o clandestinos que no alcanzan a ser evaluados por quienes corresponde, es parte del juego. No se evalúa conforme a prejuicios sino a calidad artística, no se evalúa opciones sexuales o políticas de las personas, sino proyectos. Y esta capacidad de evaluación no es idéntica a la capacidad (financiera) de poner avisos. Aquí participan personas tanto o más conocedoras de las artes que los postulantes, justifican sus determinaciones y, además, se hacen públicas. Es, en definitiva, un sistema más participativo que aquel sugerido de “fondos de particulares que aprecien (las manifestaciones artísticas) y deseen erogar para su producción”. Sistema que por lo demás está disponible en la llamada Ley de Donaciones Culturales y que, a pesar de disponer que el Estado financia el 50% de lo que ponen los particulares por la vía de la rebaja tributaria, no logra satisfacer ni el equivalente a la mitad de lo asignado a los creadores. En un mismo año (2006) los fondos públicos concursables del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes distribuyeron entre los postulantes 9 mil millones de pesos, obviamente sólo una parte de lo solicitado. Los aportes reales de los privados fueron de 4,2 mil millones, a los que se debe sumar igual cantidad de dineros no percibidos por el estado por concepto de impuestos, otro aporte público.
Suponiendo que los “avisadores” hicieran un maratónico esfuerzo por alcanzar las cifras de la “demanda” de los creadores, aún restaría saber cuánto proyectos serían desechados no por su calidad sino por su “sesgo”.
Me temo que tanto los creadores como las audiencias van a preferir la “parcialidad” de una institucionalidad participativa, autónoma y descentralizada, complementada con excepciones tributarias y aportes de las personas, vía taquilla.
Es lo que hay.
28 julio 2008
20 julio 2008
HISTORIA Y GESTIÓN CULTURAL

“El nuevo mapa del mercado laboral chileno”, publicado por Qué Pasa el 18 de julio, destaca aquellas profesiones u oficios que están en vías de extinción –como los zapateros- y los que crecen exponencialmente –como los telefonistas de centros de llamadas- pero no menciona a una profesión en apogeo: los historiadores.
Este auge se debe, en parte, a algo que comenzó como un juego: TVN compró un formato de programa a la BBC para elegir a los Grandes Chilenos de la historia. Al presentar el proyecto en sociedad escogieron un naipe, de 60 cartas con igual número de nombres y breves descripciones al reverso, de los “candidatos” al Gran Chileno. Para entregar el juguete, soltaron las cartas de cartón en una caja redonda de lata, como aquellas de las viejas películas en celuloide. Desde ese momento, el jueguito comenzó a hacer ruido.
Uno de los mensajes habituales de mis clases de Políticas Culturales es incentivar a los estudiantes del magíster en Gestión Cultural a tener en cuenta encuestas, ratings, premios y otros indicadores que podrían estar señalando preferencias del público. Esto, porque un gestor cultural debe tener conciencia a la vez de lo que están sintiendo los creadores y las audiencias: el escenario y la platea.
Por ello, he seguido con atención esta especie de “guerra de los Grandes Chilenos” desatada por la ruidosa caja de celuloide. A estas alturas del juego, los seleccionados son diez y, a pesar de disminuir el número de cartas de naipe, la repercusión crece.
Reportajes de La Tercera de este domingo encargó a cada uno de diez -historiadores, por cierto- su propio listado de 10 nombres, para elaborar el listado correspondiente a los diez más votados de entre las cien preferencias de los historiadores.
Sigamos jugando. Si cruzamos los diez elegidos de TVN, por los que votaron estudiantes y profesores en base a los nombres propuestos en el naipe, con los diez elegidos por los historiadores escogidos por La Tercera -es decir si mezclamos algo así como los Oscares con Cannes- los inobjetables, que aparecen en ambas categorías, son sólo cinco. De los unánimes, tres pertenecen al mundo de la cultura: Violeta Parra, Gabriela Mistral -las únicas mujeres que forman parte de esta mezcla de listados-, Pablo Neruda, Alberto Hurtado y Arturo Prat.
Esta notable presencia artística (60%) entre nuestros cinco sobresalientes en la historia patria no amaina ya que en reciente reportaje de Qué Pasa “Los 50 influyentes del 2008” -más de 400 personalidades, sectorizadas por áreas, que influyen en elegir influyentes- determinaron que 10 de ellos, es decir un 20%, forman parte del mundo de la cultura, experimentándose un alza respecto del mismo ejercicio del 2007 (en que fueron sólo 7).
En la propuesta de los historiadores en La Tercera llama la atención un solitario voto por la contemporánea “señora Juanita”, en la lista de Patricio Bermedo, Director del Instituto de Historia de la UC. Por primera vez se incorpora a un listado de “los Grandes” a “una chilena de a pié”, que simbolizaría a las audiencias o los receptores de las grandezas de estos selectos chilenos.
Esta visión, similar a los intereses de la gestión cultural que mira no sólo a los protagonistas sino también a los observadores o destinatarios, podría encontrar antecedente en 1910, en la Exposición Histórica del Centenario, que se realizó en base a donaciones de objetos históricos que hizo la gente y que derivó en la formación del entonces inexistente Museo Histórico Nacional. Esclarecido gesto de nuestros antepasados que, como dato curioso, no calzó adecuadamente con las previsiones de infraestructura para dicho museo, que debió instalarse originalmente en dependencias del flamante museo de Bellas Artes el que a su vez no disponía de suficientes obras de arte para completar el edificio que se había construido como símbolo del Centenario.
Esta discrepancia entre lo planeado y sus resultados demuestra que para ser un Gran Chileno no sólo hay que tener una notable obra en beneficio del país, sino que, perdónenme la digresión profesional, hay que agregarle un poquito de gestión. Sino, veamos: Neruda tiene una activa fundación que recibe en sus casas al 80% de los turistas extranjeros que visitan nuestro país; Prat, un monumento rigurosamente visitado, desfilado y homenajeado cada 21 de mayo; Gabriela, una reciente reconciliación con su patria y un Centro Cultural que será emblema del Bicentenario; Violeta, una familia de hermanos, hijos y nietos que destilan talento urbe et orbi; el Padre Hurtado, un Santuario y periódicas manifestaciones de jóvenes que cada agosto marchan en multitud hacia él desde el Centro Cultural Estación Mapocho.
Por el contrario, al único que forma parte del naipe de TVN y que no obtuvo votación alguna de los 10 historiadores, José Miguel Carrera, se le recuerda sólo por una Gran Avenida que pierde su nombre en los primeros paraderos.
Otro ejemplo de gestión inadecuada, Bernardo O’Higgins, ubicado por los historiadores entre los diez Grandes, no pasó el escrutinio de estudiantes y profesores en TVN, según entendidos, por la excesiva asociación de su imagen con la dictadura militar. Lo que se corrobora con el hecho que sólo tres preferencias de las posibles entre los historiadores, mencionaron al general Pinochet. Mala junta para el hijo de don Ambrosio.
Como se ve, el juego da para largo. Y los naipecitos van a seguir barajándose y haciendo ruido.
Con ello, los historiadores tendrán ahora más futuro mirando nuestra historia y los gestores culturales podremos contribuir con ellos a instalar esa historia en el presente y el futuro.
Tal vez sólo eso justifique la celebración del Bicentenario.
Todo partió como un juego... es que lo lúdico es parte de la vida.
03 julio 2008
GRAN SEÑOR Y RAJADIABLOS
Las cosas de la vida. O más bien, las cosas de la Tele... Al parecer una inocente teleserie nocturna en horario prime, que reúne a un fogueado elenco y fogosas escenas de sexo de una diversidad social y sexual sobre el promedio, está causando un ajuste de cuentas de los chilenos con uno de los aspectos más traumáticos de la historia reciente: la reforma agraria.
Una discusión no hecha, aplacada en su momento porque quienes encabezaron la revuelta fueron los propios hijos de los latifundistas, camuflados bajo banderas vaticanas, de demócratas cristianos, de estudiantes de la UC, de mapus, está saliendo a la luz.
Mientras el motivo literario del patrón de fundo se mantuvo en la literatura, como la clásica novela de Eduardo Barrios (Nascimento, 1948), o en los tribunales, alcanzando a un senador de la República no conservador, los señores o ex señores de la tierra permanecieron en silencio. Pero, cuando la descripción, en una obra de ficción, de uno de ellos llegó al dormitorio de viejos camastros de bronce y elegantes plasmas televisivos, ardió Troya.
Se denuncian oscuras maniobras para desprestigiar a la antigua oligarquía agraria, contaminando de paso a familias ascendentes por alcande de apellidos (¿sería más verosímil si el protagonista se llamara González?).
Por la otra trinchera surgen notables intelectuales y artistas luciendo orgullosos su condición de hijos de peones agrícolas y ratificando los malos tratos que cualquier estudiante mediocre de literatura escolar bebió desde los primeros años de formación.
Es verdad, en Chile existieron dueños de fundo y peones, como en todas partes. Hoy en día la industrialización del agro y la vocación declarada de convertirnos en potencia alimenticia los ha dejado anclados en la historia, una historia que, como canta Serrat,lo que no tiene es remedio.
Leyendo a los (ex) señores que reclaman por los alcances supuestamente ofensivos no he podido dejar de recordar a uno de mis profesores de tercer año básico, el sacerdote Gregorio Sánchez Ugarte, que rellenaba magistralmente las clases en las que otro profesor faltaba contándonos unas historias que llamaba "Lecciones de cosas". En ellas, el protagonista recorría el mundo realizando hazañas que nos maravillaban. Lo llamó Ugarte, como su apellido materno.
Creanme que todos -infantes de un dígito de edad- entendimos que Ugarte no existía y que sus historias no pretendían beneficiar ni perjudicar al padre Gregorio. Sólo, tal vez, homenajear castamente a su madre.
23 junio 2008
ALLENDE Y LOS PRISIONEROS
El ex músico de Los Prisioneros, Jorge González, en entrevista reciente en revista Qué Pasa, justifica su personalidad diciendo que fue un chico que se formó leyendo libros de Quimantú y no viendo series de TV como Miami Vice. La metáfora del rockero es reveladora de cuánto calaron las obras culturales del Presidente Allende. Cuando se celebra un centenario de su nacimiento, el 26 de junio, es ocasión propicia para reflexionar sobre la política hacia el arte de su gobierno.
Antes, debo confesar que inicié mi vida laboral en 1971, desde entonces permanentemente vinculada a la cultura, casi junto con la asunción de Allende a la Presidencia de la República. Debo reconocer que entonces adhería más al proceso revolucionario que él encabezaba que al mundo del arte y la cultura que hoy me identifica. Debo agregar que no dejé de sentirme incómodo por provenir más de la sociología (era estudiante universitario) que de alguna de las disciplinas artísticas. Recuerdo que existía una extraña mezcla entre los creadores de belleza y los creadores de riqueza, los obreros. Sin pertenecer a ninguno de ambos grupos, admiraba a ambos. Se vivía un tiempo en que muchos de los miembros de estos sectores deseaban sinceramente que las fábricas fueran creadoras de arte y los artistas, fabricantes de productos materiales.
Aunque discutimos hasta el agotamiento quién tenía la razón y dejamos nuestras mejores fuerzas en los trabajos voluntarios y las empresas del área social, no llegamos a alcanzar ese ideal. Los artistas no superaron a los obreros en fuerza física, ni lo obreros lograron capacidades creadoras significativas. Pero, lo intentamos. Lo predicamos y por sobre todo, lo creímos posible.Todo ello, mirando poco para el lado, despreciando a quienes no disponían de alguna de estas vertientes privilegiadas: ser obrero o ser artista. Los primeros tenían prioridad para administrar industrias, dirigir partidos políticos y hasta ser partes del gabinete, tambien para recibir a través de sus sindicatos y federaciones las mejores y más económicas creaciones culturales (algo así como lo que ocurre hoy con la condición de empresario).
Entre los artistas, Neruda escribía inspirado en la clase obrera; Quilapayún y Víctor Jara cantaban en sedes sindicales, creadores de todas las edades desfilaban orgullosos luciendo las camisas de las juventudes comunista o socialista. Los artistas visuales disponían de espacios en los muros emergentes del Edificio de la UNCTAD, los escritores tenían excelente acogida en las prensas de Quimantú, los cantantes llegaban a DICAP como a su casa y los cineastas gobernaban Chilefilms sin contrapeso.
Los lectores no supieron que lo eran hasta que llegaron a sus quioscos favoritos o sindicato correspondiente las ediciones masivas y muy baratas de las series Minilibros, Nosotros los Chilenos o Quimantú para todos. Los niños se sintieron privilegiados no sólo por el medio litro de leche, tambien por la colección de libros infantiles Cuncuna.
Es que en el gobierno de Allende se dignificó hasta el paroxismo el trabajo manual y el trabajo creativo. Sólo que muchos entendieron tarde lo relevante que ello era para ser mejores como personas y mejores como país.
Quizás porque no supimos expresarlo bien, quizás porque algunos no supieron entenderlo bien y creyeron que se trataba de eliminar al otro y no ser mejores junto al otro.
El hecho es que muchos lo sufrimos. Especialmente cuando quienes no creían en el trabajo manual ni el trabajo creativo como motores de una sociedad, dieron muestras de entender cabalmente a quienes había que reprimir: quemaron libros, asesinaron cantantes, encarcelaron actores, destruyeron cuadros, demolieron universidades y exiliaron artistas.
No obstante, la figura de Allende sigue presente, especialmente en aquellos que lo entregaron todo siguiendo a este líder de los anteojos de marcos robustos y que lleva el apellido quizás más homenajeado por los creadores, de Chile y el mundo; a pesar de que su política hacia el arte y la cultura marcó más bien el final de una etapa de nuestra historia. Aquella en la que el Estado era el protagonista del desarrollo de las artes. A través de él se financiaban los creadores, las universidades, los canales de televisión y las industrias culturales. Quimantú fue una empresa gigantesca, con más de dos mil trabajadores, que tenía en su interior varias sub empresas: de publicidad, de distribución, de impresión y de edición de libros y de revistas. Lo que hoy se llamaría un holding, muchas veces beneficiado con precios subvencionados del dólar para adquirir papel, compras formidables del gobierno y ventas masivas hacia socios político-comerciales como Cuba, país al cuál se le imprimían millones de textos escolares.
No obstante eso, Quimantú es recordada, con justicia, como símbolo de una política de difusión de la cultura a través de sus libros, que lograron una efectiva democratización del acceso a la lectura.
Adicionalmente, Allende quiso dejar vinculada las artes a su principal obra arquitectónica, el edificio de la UNCTAD al que llamó Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, logrando en su interior un encuentro y diálogo del gran público con las artes visuales.
La pregunta es si esta intensidad artística del período la de Unidad Popular habría podido sustentarse en el tiempo, especialmente cuando se enfrentara a la actual situación mundial en la que el mercado gana terreno y los aportes gubernamentales retroceden aún en la antes irreductible Francia de Malraux.
Sin embargo, hay situaciones que ni Allende ni los “nuevos tiempos” han cambiado del todo: “El Estado –escribió el crítico cultural allendista Hans Ehrmann en diciembre de 1970-, en forma directa e indirecta, subvenciona dos orquestas sinfónicas, tres ballet y una serie de otras actividades artísticas. Su apoyo surge de través de las universidades, la Municipalidad de Santiago, el Ministerio de Educación. Cada una de esas instituciones mantiene su pequeño feudo cultural, sin que hasta la fecha se haya hecho un intento por racionalizar la inversión estatal en el arte”.
Curiosamente, sobre las cenizas del sueño de Allende, en el futuro Centro Cultural Gabriela Mistral, se están sentando las bases para un gran espacio de difusión masiva de las artes escénicas y musicales.
Allí, los futuros Jorge González podrán disfrutar de obras de danza, teatro y música que hasta ahora les eran vedadas, como si estuvieran prisioneros…
17 junio 2008
EL MINISTRO (A) SOÑADO
Una activa red virtual de agentes culturales iberoamericanos, nacida al alero de un reciente encuentro en Santa Cruz de la Sierra, ha planteado a sus integrantes el desafío de construir el perfil ideal de Ministro de Cultura.
Junto con afirmar que ese personaje utópico no existe, no deja de ser estimulante reflexionar sobre la pregunta que agita a un conjunto de relevantes gestores del continente americano.
En primer lugar, existen ciertos requisitos para definir aquel perfil: es indispensable conocer el presupuesto del que va a disponer. Sin un monto de dinero adecuado y no comprometido con anterioridad, no hay Ministro que valga.
En segundo lugar, debemos preguntarnos por el nivel de permanencia o estabilidad que tendrán las políticas culturales que el elegido tendrá que aplicar. Si debe partir de cero (o cree que debe hacerlo todo desde el inicio), tampoco tendremos un Ministro eficaz dado que los períodos de gobierno en nuestros países no suelen ser prolongados. Es decir, no hay tiempo para políticas fundacionales.
En consecuencia, un buen ministro deberá moverse en la conocida fórmula de continuidad y cambio. Asumir aquellos aspectos de las políticas que vale la pena continuar y profundizar por su calidad y su éxito comprobado y agregar algunos aspectos de novedad que surgen de su período y le darán la impronta que él busca.
De lo dicho se desprende que los países deben tender a tener políticas culturales de Estado más que de gobiernos y éstas deben formularse con una participación abrumadora del mundo de la cultura y las artes.
Existen entonces ministros o ministras que convocan a la formulación de políticas de Estado, en cuyo proceso se llevarán todo o casi todo su mandato, las que probablemente deben ir acompañadas de una institucionalidad que refleje esa condición de política de Estado y que asegure que cuando se vaya, tales políticas no cambiarán.
Por deducción, existirán ministras o ministros que asuman tales políticas de Estado y destinen su mandato a aplicarlas y fortalecer la institucionalidad que las generó, junto con introducir calmadamente los ajustes que la realidad –y los actores relevantes del mundo de la cultura- aconsejen.
Habrá entonces, ministros formuladores y ministros aplicadores de políticas que a su vez generan las condiciones para ir ajustando tales políticas.
Para cumplir ambas características se requieren capacidades de trabajo en equipo y dotes de liderazgo.
Para ambas se requiere una doble capacidad de reflexión sobre la acción y de acción a partir de la reflexión.
Pero, sobretodo, no confundir los tiempos políticos con los tiempos culturales. Preferir el qué por sobre el cuándo. Considerar que más vale que sea otro u otra quién corte la cinta inicial, pero que aquello que se va a inaugurar cumpla con los requisitos que imponen las políticas culturales del país y los intereses de las audiencias que lo van a disfrutar.
Pensar tanto en la platea como en el escenario. Ambos deben estar ocupados, el escenario por los mejores, la platea por todos; pero un(a) ministro(a) se debe principalmente a los públicos. Finalmente, cada artista es tambien audiencia de alguna disciplina diferente a la que ocupa su creatividad.
Quienes profesionalmente suelen ser capaces de combinar el rol creativo con la formación de públicos son los gestores culturales.
Sin desconocer que muchos buenos gestores han surgido desde el mundo de los artistas, la experiencia enseña que ambos roles son imposibles de cumplir a la vez.
¿Por qué entonces no buscar a un Ministro de Cultura entre los profesionales de la materia? ¿Why not the best?
12 junio 2008
LA GESTIÓN COMO EXCUSA
En el Museo Guggenheim de Bilbao llama la atención la exhibición de un documental del recientemente fallecido Sydney Pollack en el que Frank Gehry, arquitecto del recinto, narra el proceso del proyecto. En él, con una modestia que lo exime de la cuestionada categoría de “starquitect”, señala que no existen arquitectos geniales, sino clientes geniales. Esto es, que la claridad debe estar en quién hace el encargo, más que en quién lo recibe. Éste último sólo debe aplicar su talento a satisfacer al mandante, por cierto aplicando la dosis de creatividad que implica su profesión.
Algo similar ocurre con la gestión cultural, y se ha puesto en el tapete a propósito de argumentar “problemas de gestión” tanto en recientes decisiones relativas a la Trienal de Artes Visuales como en otras circunstancias de nuestro desarrollo cultural de los últimos años.
Para analizar si efectivamente existen problemas de gestión, debemos ver primero si el “mandante” ha realmente efectuado el encargo, segundo si lo ha realizado con la “genialidad” o claridad correspondiente y luego, si lo ha hecho a la persona o entidad adecuada.
En el caso que nos ocupa, el concepto aparece en el documento de Definiciones de Política Cultural 2005 - 2010 CHILE QUIERE MÁS CULTURA como un ejemplo del propósito de “Inscripción del país en los circuitos artísticos internacionales, desarrollando iniciativas tales como una Bienal (sic) Internacional de las Artes Visuales”. Se reitera en el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet: “Se propiciará la inserción de la creación y la producción nacional en los CIRCUITOS ARTÍSTICOS INTERNACIONALES, con el establecimiento –entre otras medidas– de una Bienal (sic) de Artes Visuales”.
El encargo está realizado por parte de la política cultural del estado de Chile y reiterado por el gobierno en funciones. Las dudas surgen en si fue hecho a las personas que corresponde -o si éstas se arrogaron el encargo - y con la claridad adecuada respecto de sus atribuciones y limitaciones. Aparentemente, esto no fue así dado que la Fundación creada para el efecto ha debido tomar medidas correctivas luego de que se frustraran determinaciones tomadas por los encargados como, ni más ni menos, la renuncia de la Curadora Internacional y su Asistente Nacional.
Es de esperar que la reformulación de esta Trienal permita cumplir el fondo de la Medida número 6 de la política cultural: “Inscribir a Chile en los circuitos artísticos internacionales y convertirse en un hito que afirme la identidad y proyección internacional del arte chileno”.
Casualmente –o no- esta inscripción y proyección de Chile tan necesarias como urgentes coinciden con los esfuerzos de generar una Imagen país que han motivado una nueva inversión gubernamental al respecto. Seria interesante que los responsables de tal Imagen consideren a las artes visuales en su empeño y, de hacerlo, cumplan con las consideraciones de una buena gestión: encargo claro, y a los gestores adecuados.
De no ser así, podríamos caer en el desaguisado de una propuesta ya publicada: que la imagen de Chile sea la de un científico aficionado… a los cambios de apellido.
Algo similar ocurre con la gestión cultural, y se ha puesto en el tapete a propósito de argumentar “problemas de gestión” tanto en recientes decisiones relativas a la Trienal de Artes Visuales como en otras circunstancias de nuestro desarrollo cultural de los últimos años.
Para analizar si efectivamente existen problemas de gestión, debemos ver primero si el “mandante” ha realmente efectuado el encargo, segundo si lo ha realizado con la “genialidad” o claridad correspondiente y luego, si lo ha hecho a la persona o entidad adecuada.
En el caso que nos ocupa, el concepto aparece en el documento de Definiciones de Política Cultural 2005 - 2010 CHILE QUIERE MÁS CULTURA como un ejemplo del propósito de “Inscripción del país en los circuitos artísticos internacionales, desarrollando iniciativas tales como una Bienal (sic) Internacional de las Artes Visuales”. Se reitera en el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet: “Se propiciará la inserción de la creación y la producción nacional en los CIRCUITOS ARTÍSTICOS INTERNACIONALES, con el establecimiento –entre otras medidas– de una Bienal (sic) de Artes Visuales”.
El encargo está realizado por parte de la política cultural del estado de Chile y reiterado por el gobierno en funciones. Las dudas surgen en si fue hecho a las personas que corresponde -o si éstas se arrogaron el encargo - y con la claridad adecuada respecto de sus atribuciones y limitaciones. Aparentemente, esto no fue así dado que la Fundación creada para el efecto ha debido tomar medidas correctivas luego de que se frustraran determinaciones tomadas por los encargados como, ni más ni menos, la renuncia de la Curadora Internacional y su Asistente Nacional.
Es de esperar que la reformulación de esta Trienal permita cumplir el fondo de la Medida número 6 de la política cultural: “Inscribir a Chile en los circuitos artísticos internacionales y convertirse en un hito que afirme la identidad y proyección internacional del arte chileno”.
Casualmente –o no- esta inscripción y proyección de Chile tan necesarias como urgentes coinciden con los esfuerzos de generar una Imagen país que han motivado una nueva inversión gubernamental al respecto. Seria interesante que los responsables de tal Imagen consideren a las artes visuales en su empeño y, de hacerlo, cumplan con las consideraciones de una buena gestión: encargo claro, y a los gestores adecuados.
De no ser así, podríamos caer en el desaguisado de una propuesta ya publicada: que la imagen de Chile sea la de un científico aficionado… a los cambios de apellido.
02 junio 2008
LOS 3 EN EL TEATRO MUNICIPAL
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Es lo que ocurre con la estética. Que se filtra por cualquier rendija, ropa, cortina en ventana a la calle o pintada mural. Esta vez, la estética de Los 3 llegó al teatro Municipal por el lado menos pensado: son músicos y podrían haber accedido vía Concierto y hasta Ópera… Sin embargo llegaron a través del Ballet de Santiago. ¡Y cómo!
Hubo quienes comparan “30&Tr3s Horas Bar” de Eduardo Yedro y Los Tres, con la Pérgola de la Flores y La negra Ester. Tal vez más en el sentido de la fuerza con que se apodera de la escena y lo entrañable de sus personajes. Pero la verdad es que lo que proponen es una estética que por decir lo menos está presente en gran parte de la vida cotidiana de los chilenos y, por tanto, nos identifica.Es la estética, en la literatura, de Bolaño más que Isabel Allende; de Bruna Truffa y Soledad Espinosa, en la plástica, más que Bravo; más de amanecerse que de “after Office”.
Es la estética desde los cerros más que de los subterráneos. En TV, más de Chile Íntimo que de Enigma… Más “bombardero de La Reina” que “Chino” Ríos. Más Kramer que Ché Copete, más Buenos Aires que Miami. En definitiva, una identidad que se ha ido apoderando de nuestras miradas a partir de ese arco iris que amaneció un 5 de octubre y que ha debido imponerse pausadamente, generación tras generación, con avances y retrocesos pero que tiene una solidez tal que, cuando se presenta en el Teatro Municipal cambia todo. Si hasta las frágiles piernas de las bailarinas del Ballet de Santiago parecen asemejarse a las sólidas y breves extremidades de las bataclanas de un fallecido American Bar.
Es la estética que explica porqué tenemos un Consejo de la Cultura establecido en Valparaíso y porqué los partidos de fútbol comienzan a verse en grupos de amigos y amigas en el Liguria.
Es lo que cambió radicalmente al público que asistió a las reiteradas funciones del Municipal, como dijo alguien, “me parece estar en otra parte”.
Eso es lo que aportan Los Tres, desde la Jane Fonda hasta 30&Tr3s Horas Bar. Es cuestión de talento, de ritmo, de fuerza y de identidad. Que ha venido para quedarse.
Como la democracia.
26 mayo 2008
¿MAGRA POLÍTICA CULTURAL?
Las políticas culturales no son como las carnes, que pueden ser magras o grasas, pero, dado que una editorial de El Mercurio del domingo 25 de mayo utiliza esa metáfora para analizar el estado del arte (literalmente) luego del Mensaje Presidencial del 21 de mayo, sigamos el juego.
La afirmación inicial es que la Presidenta se refirió en forma “breve” y “hacia el final” de su mensaje al tema cultural. Es evidente que el lugar que se ocupa en un texto ni la cantidad de minutos empleados son datos relevantes. Efectivamente, pudo demorarse más y lo habría hecho si el segmento hubiese estado en el cuerpo del mensaje, sólo que estaba atrasada y debió leer más rápido los párrafos finales. El cambio de ubicación en nada se hubiese afectado el interesante contenido del discurso.
La segunda afirmación es que tales referencias a la cultura “pueden estimarse como de mera continuidad y limitada relevancia”. ¡Obvio! Es sabido por los chilenos que la Política Cultural es una Política de Estado, que se ha fijado con un horizonte 2005-2010 y que por tanto, un gobierno NO puede modificarla, sólo el Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene tales atribuciones. Es conocido también que la cultura es cuestión de costumbres y por lo tanto, de continuidades, de reiteraciones. Complejo hubiera sido que la Presidenta modificara la política vigente conforme a la Ley o no abundara en áreas que por definición requieren de varios años para concretarse, como son los proyectos de infraestructura o de formación de hábitos de consumo culturales. Respecto de la relevancia, más allá de reiteraciones, no puede dejar de reconocerse la enorme significación que tiene para la historia del desarrollo cultural chileno la modificación de la Ley de la DIBAM, que data de 1929, para dejar paso al Instituto del Patrimonio. Tampoco es menor la construcción, finalmente, de un teatro para las artes escénicas y musicales con capacidad para 2 mil personas. Lo más cercano, el Teatro Municipal de Santiago, ya celebró 150 años de vida…
Preocupa al editorialista que el Mensaje no mencione “la calidad ni las excelencias”. Éstas forman parte de la Política 2005-2010, sólo que en el Mensaje se da un ejemplo, como es el número de producciones cinematográficas, metáfora de fácil comprensión para el público. Neruda, al ser consultado sobre cuándo habría buen cine chileno, respondió: “Cuando exista mal cine chileno”. Esto es, cuando haya mucho cine chileno. A buen entendedor…
Tampoco puede considerarse ajeno a la calidad y la excelencia el aumento en un 30% de los recursos de los fondos concursables. En la actualidad, el Fondart nacional cubre más de un tercio de la demanda de proyectos de calidad en las áreas de creación; más de la mitad de la demanda de calidad de becas y pasantías, y bastante más de la mitad de la demanda de proyectos regionales de calidad. Es decir, porque ha existido desde hace 8 años una política permanente de incremento de los fondos, que crece ahora en 30%, se está satisfaciendo en un nivel más que aceptable la demanda de excelencia de los creadores. ¿Magro resultado?
El editorialista se contradice afirmando que se omite la política de fomento al libro y la lectura, mientras en otro párrafo señala que se propone un programa especial de mini bibliotecas para jardines infantiles y se reitera la construcción de bibliotecas en todas las comunas. Si esas mini bibliotecas y esas macro bibliotecas no son para fomentar el libro y la lectura… ¿para qué se están haciendo?
Luego, una cuestión de fondo, se pregunta por “la influencia efectiva del Consejo Nacional de la Cultura y su actual presidencia”. Aquí nos topamos con el mito de la mujer de César: el Consejo y su Directorio no sólo deben fijar las políticas sino también debe notarse que lo hacen. En ello, acierta el editorial. Los miembros del Directorio Nacional en su conjunto o cada uno de ellos en particular, deben tener una mayor presencia en el debate público de los temas que les competen.
Dos ejemplos que claman orientación:
¿No debiera pronunciarse el Directorio sobre el caso de la cineasta encausada luego de haber obtenido un proyecto del Fondo Audiovisual? Más allá del resultado del proceso judicial ¿no debe el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes proteger cualquier obra de creación, con más fuerza aquellas que ha financiado? ¿No debiera impedirse que materiales usados para una creación artística sean usados eventualmente para otros juicios que nada tienen que ver con la encausada? Así han actuado, en situaciones similares, órganos de prensa que poseían materiales derivados de la investigación periodística y que la policía requería, entregando sólo aquello publicado. Lo demás, es protegido por el secreto profesional.
¿No se hace necesario que el Directorio aborde un caso tan emblemático de la ciudad que lo aloja como es el proyecto Niemeyer en Valparaíso? Llama poderosamente la atención que sea cuestionado casi unánimemente por connotados arquitectos en Artes y Letras del mismo domingo 25. ¿Es coherente con la política cultural que exige planes de gestión antes de asignar recursos públicos a infraestructuras culturales, que se apruebe antes la carreta (proyecto arquitectónico) que los bueyes (contenido y plan de gestión)?
Finaliza la editorial con una afirmación tan arriesgada como injustificada: “parece desprenderse que es en otros ministerios y centros de poder dónde se estarían adoptando las decisiones que marcan y marcarán en el futuro el perfil cultural de nuestra nación”. Sería recomendable que se aclare a qué centros de poder se refiere, asumiendo que cuando se menciona ministerios, es casi un lugar común pensar en Hacienda. Si así lo cree el editorialista, se explica su temor de que el resultado sea magro.
Respecto de los “centros de poder”, además de insinuar una ilegalidad -las atribuciones de fijar políticas las tiene, por Ley, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes- la forma cómo Chile se ha dado sus políticas culturales es generosa en participación, enjundiosa en diversidad y contundente en autonomía de los agentes culturales. Por ello, la criatura llamada Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que tiene –no olvidemos- menos de cinco años de vida crece, siguiendo la metáfora, con buenos músculos, grasa conforme a la edad y mucha vitalidad creativa.
La afirmación inicial es que la Presidenta se refirió en forma “breve” y “hacia el final” de su mensaje al tema cultural. Es evidente que el lugar que se ocupa en un texto ni la cantidad de minutos empleados son datos relevantes. Efectivamente, pudo demorarse más y lo habría hecho si el segmento hubiese estado en el cuerpo del mensaje, sólo que estaba atrasada y debió leer más rápido los párrafos finales. El cambio de ubicación en nada se hubiese afectado el interesante contenido del discurso.
La segunda afirmación es que tales referencias a la cultura “pueden estimarse como de mera continuidad y limitada relevancia”. ¡Obvio! Es sabido por los chilenos que la Política Cultural es una Política de Estado, que se ha fijado con un horizonte 2005-2010 y que por tanto, un gobierno NO puede modificarla, sólo el Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene tales atribuciones. Es conocido también que la cultura es cuestión de costumbres y por lo tanto, de continuidades, de reiteraciones. Complejo hubiera sido que la Presidenta modificara la política vigente conforme a la Ley o no abundara en áreas que por definición requieren de varios años para concretarse, como son los proyectos de infraestructura o de formación de hábitos de consumo culturales. Respecto de la relevancia, más allá de reiteraciones, no puede dejar de reconocerse la enorme significación que tiene para la historia del desarrollo cultural chileno la modificación de la Ley de la DIBAM, que data de 1929, para dejar paso al Instituto del Patrimonio. Tampoco es menor la construcción, finalmente, de un teatro para las artes escénicas y musicales con capacidad para 2 mil personas. Lo más cercano, el Teatro Municipal de Santiago, ya celebró 150 años de vida…
Preocupa al editorialista que el Mensaje no mencione “la calidad ni las excelencias”. Éstas forman parte de la Política 2005-2010, sólo que en el Mensaje se da un ejemplo, como es el número de producciones cinematográficas, metáfora de fácil comprensión para el público. Neruda, al ser consultado sobre cuándo habría buen cine chileno, respondió: “Cuando exista mal cine chileno”. Esto es, cuando haya mucho cine chileno. A buen entendedor…
Tampoco puede considerarse ajeno a la calidad y la excelencia el aumento en un 30% de los recursos de los fondos concursables. En la actualidad, el Fondart nacional cubre más de un tercio de la demanda de proyectos de calidad en las áreas de creación; más de la mitad de la demanda de calidad de becas y pasantías, y bastante más de la mitad de la demanda de proyectos regionales de calidad. Es decir, porque ha existido desde hace 8 años una política permanente de incremento de los fondos, que crece ahora en 30%, se está satisfaciendo en un nivel más que aceptable la demanda de excelencia de los creadores. ¿Magro resultado?
El editorialista se contradice afirmando que se omite la política de fomento al libro y la lectura, mientras en otro párrafo señala que se propone un programa especial de mini bibliotecas para jardines infantiles y se reitera la construcción de bibliotecas en todas las comunas. Si esas mini bibliotecas y esas macro bibliotecas no son para fomentar el libro y la lectura… ¿para qué se están haciendo?
Luego, una cuestión de fondo, se pregunta por “la influencia efectiva del Consejo Nacional de la Cultura y su actual presidencia”. Aquí nos topamos con el mito de la mujer de César: el Consejo y su Directorio no sólo deben fijar las políticas sino también debe notarse que lo hacen. En ello, acierta el editorial. Los miembros del Directorio Nacional en su conjunto o cada uno de ellos en particular, deben tener una mayor presencia en el debate público de los temas que les competen.
Dos ejemplos que claman orientación:
¿No debiera pronunciarse el Directorio sobre el caso de la cineasta encausada luego de haber obtenido un proyecto del Fondo Audiovisual? Más allá del resultado del proceso judicial ¿no debe el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes proteger cualquier obra de creación, con más fuerza aquellas que ha financiado? ¿No debiera impedirse que materiales usados para una creación artística sean usados eventualmente para otros juicios que nada tienen que ver con la encausada? Así han actuado, en situaciones similares, órganos de prensa que poseían materiales derivados de la investigación periodística y que la policía requería, entregando sólo aquello publicado. Lo demás, es protegido por el secreto profesional.
¿No se hace necesario que el Directorio aborde un caso tan emblemático de la ciudad que lo aloja como es el proyecto Niemeyer en Valparaíso? Llama poderosamente la atención que sea cuestionado casi unánimemente por connotados arquitectos en Artes y Letras del mismo domingo 25. ¿Es coherente con la política cultural que exige planes de gestión antes de asignar recursos públicos a infraestructuras culturales, que se apruebe antes la carreta (proyecto arquitectónico) que los bueyes (contenido y plan de gestión)?
Finaliza la editorial con una afirmación tan arriesgada como injustificada: “parece desprenderse que es en otros ministerios y centros de poder dónde se estarían adoptando las decisiones que marcan y marcarán en el futuro el perfil cultural de nuestra nación”. Sería recomendable que se aclare a qué centros de poder se refiere, asumiendo que cuando se menciona ministerios, es casi un lugar común pensar en Hacienda. Si así lo cree el editorialista, se explica su temor de que el resultado sea magro.
Respecto de los “centros de poder”, además de insinuar una ilegalidad -las atribuciones de fijar políticas las tiene, por Ley, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes- la forma cómo Chile se ha dado sus políticas culturales es generosa en participación, enjundiosa en diversidad y contundente en autonomía de los agentes culturales. Por ello, la criatura llamada Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que tiene –no olvidemos- menos de cinco años de vida crece, siguiendo la metáfora, con buenos músculos, grasa conforme a la edad y mucha vitalidad creativa.
21 mayo 2008
EL MENSAJE PRESIDENCIAL:“Chile tiene voluntad de ser”
El Discurso Presidencial del 21 de mayo 2008, en lo que a cultura respecta, tiene novedades y, sobretodo, profundizaciones. Ya lo había señalado Bachelet en esta misma fecha, el 2007: "Un Chile inclusivo es aquel donde la cultura juega un rol primordial. La cultura es aquello que define nuestra identidad. Una identidad plural, diversa, llena de vida y en continua transformación. Ella es la que nos permite afrontar los desafíos del mundo global sin dejar de ser, por otro lado, lo que somos más íntimamente”
Señaló también entonces: "Hemos llevado adelante una Política Cultural de Estado, con énfasis en el acceso y la participación, la creación de audiencias y la descentralización”. El 2008, la Presidenta le destinó 728 palabras de su Cuenta al país, versus 448 del 2007, un 60% más, con una amplitud mayor también en la temática.
Destacó, en el sector Educación, la formación de los agentes culturales: “Nos preocuparemos de aquellos ámbitos del saber que no siempre reportan beneficios inmediatos ni fáciles de medir, pero que son inmensamente necesarios para el alma de nuestro país y me refiero a las Humanidades a las Artes y las Ciencias Sociales. Es por eso que vamos a impulsar un programa especial de Humanidades en la Universidad de Chile y restantes universidades públicas, para revitalizar la filosofía, las letras, el arte y todas las ciencias sociales”.No olvidemos que la U. ha iniciado recientemente un Magíster en Gestión Cultural luego de más de diez años de un Postítulo en igual materia, situado en la Facultad de Artes, junto a las carreras de pre y post grado en las Artes Musicales, las Bellas Artes y las Artes Escénicas.
Reitera más adelante Bachelet la inevitable relación que la cultura tiene con los pueblos indígenas, que ya había adelantado en 2007: “El tercer eje se refiere a la multiculturalidad, que cambia el enfoque de la relación con los pueblos originarios, para que no sólo sea el Estado sino la sociedad en su conjunto la que asuma como suyos los derechos de representación, participación e inclusión de nuestros hermanos indígenas. Por eso digo: hemos abierto la nueva etapa en la historia cultural y social de Chile, basada en el reconocimiento de la diversidad y de la pluralidad como fuente de nuestra mayor riqueza humana”.
Esta concepción se asemeja a aquella presente en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en cuanto es la sociedad la que formula las Políticas Culturales a través de un Directorio Nacional diverso, plural y representativo de las diferentes áreas de la cultura. Parecemos destinados a reconocer la multiculturalidad de nuestro país.
Más adelante y bajo el revelador subtítulo “La democracia, a esta altura, es parte de nuestra cultura”, refuerza que “nos hemos dado una política cultural de Estado que aspira a garantizar la diversidad y la participación. Hemos puesto énfasis en el acceso, la formación de audiencias, fomentando la descentralización y la gestión local.
Todos conceptos más vinculados a la “platea” que al “escenario” y que confirman el carácter de política de Estado que revisten la formación de audiencias y la gestión, esta vez, a nivel municipal.
Sin descuidar la preocupación por los ocupantes del “escenario” dado que “hemos perfeccionado y hecho crecer los Fondos Concursables en más de un 30 por ciento: Ellos representan un impulso inestimable para miles de creadores en áreas tan diversas como la danza, el documental, el teatro, la creación literaria o el fomento del libro”.
Especial mención le mereció el desarrollo del cine nacional y su relación con los fondos públicos: “Hemos visto florecer en estos años la industria del cine. 30 largometrajes han sido estrenados en lo que va de mi gobierno. Otros 24 están próximos a estrenarse. Ello habla muy bien de la creatividad y del empuje de nuestros realizadores, pero también, de una virtuosa relación con el Estado. De todas estas cintas, 38 han tenido algún tipo de apoyo público”.
Lo mismo –aplicación de fondos gubernamentales- ocurre con dos programas que parecen destinados a quedarse, al menos bajo el mandato Bachelet: “El programa Creando Chile en mi Barrio llega ya a más de 360 mil beneficiarios. Y las fiestas ciudadanas Chile + Cultura que congregaron durante el año 2007 a 144 mil personas en 15 regiones, y este año, esperamos reunir a 200 mil personas en 20 ciudades, con la participación de más de seis mil artistas y cultores locales”. Queda pendiente una evaluación más allá de lo cuantitativo de tales programas.
En el área de formación de audiencias musicales, la Presidenta destacó, un esfuerzo asociado al mandato de Ricardo Lagos: “fortaleceremos la labor de la Fundación de Orquestas Sinfónicas Juveniles e Infantiles, para que apoye a más de 300 orquestas en el año 2009 a lo largo de todo el país”, un programa que, a diferencia de los dos anteriores, ha tenido evaluaciones artísticas y sociales altamente positivas.
En lo institucional, un anuncio muy esperado, “en los próximos meses enviaré al Congreso Nacional el proyecto de ley que crea el Instituto del Patrimonio”, legislación que, de aprobarse, culminaría el esfuerzo iniciado con la creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y que debiera según toda lógica, establecer una nítida relación entre el futuro Instituto y el ya establecido – con casi cinco años de auspiciosa vida- Consejo.
Otro pendiente en esta área, que no puede esperar más es el “llamado al Congreso para que ratifique la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial”.
No escapó al Mensaje la tercera base de nuestro modelo de desarrollo cultural, la infraestructura, que se complementa con los otros dos ya mencionados en el Mensaje, gestión y audiencias: “Chile requiere de infraestructura cultural de calidad y al alcance de todos. Por ello el programa de centros culturales avanza a paso firme, así como el plan de construcción de bibliotecas públicas en todas las comunas del país, y el plan de mejoramiento de museos. Al final de mi mandato contaremos con una red de espacios modernos, diversos y amigables, a la cabeza de la cual hay que situar el nuevo Centro Cultural Gabriela Mistral”.
Recordando a Manuel Rojas “que aprendió a escribir leyendo días enteros, encerrado durante ocho horas en la Biblioteca Nacional” la mandataria introduce el tema de la formación de hábitos de lectura, haciendo un anuncio que parece reconocer las críticas al anuncio 2007 del Maletín Literario: “Vamos a seguir con la promoción de la lectura, y durante el año 2008 llegaremos con un programa especial de mini-bibliotecas a jardines infantiles, para desarrollar el hábito lector desde los más pequeñitos”. Sin duda, una biblioteca bajo la vigilancia de una parvularia –imagino que debidamente capacitada- y con ejemplares especialmente creados para la edad de los educandos, puede tener mayor efectividad que un maletín familiar que queda librado a múltiples factores dentro de un grupo como el familiar que tiene naturales intereses diferentes tanto por edades como por disposición a la lectura. La formación de hábitos de lectura puede encontrar terreno más fértil en un jardín infantil que en un hogar de bajos recursos y escasa motivación.
El duende de los discutidos maletines no está del todo descartado. Volvió a la carga con un anuncio curioso: “cada vez que entregamos una vivienda social, junto a las anheladas llaves irá también un maletín literario de la mano”. No parece que una familia que recibe su anhelada vivienda vaya a destinar parte del gozo de tal logro para leer. Más bien tiendo a creer que los ejemplares serán desplazados durante un buen tiempo en el que muebles, instalaciones y hasta plantas ocuparán las preocupaciones familiares.
Sin embargo, el balance del sector es ampliamente favorable, como lo resume la propia Bachelet: “Creo que todos estos esfuerzos que van a contribuir al desarrollo de una cultura más de todos, una cultura más ciudadana y esa creación y esos bienes culturales reflejarán la pluralidad de la sociedad, será una construcción más colectiva; y responderán a eso que Gabriela Mistral llamó, pensando qué era aquello que el Chile nuestro tenía y que ella dijo "Chile tiene voluntad de ser".
Un toque femenino y poético para cerrar un capítulo que, como es el cultural en el desarrollo nacional, inevitablemente ocupa espacios crecientes, sea en infraestructuras como en el imaginario colectivo.
13 mayo 2008
MUSEOS: CAMBIO DE PARADIGMA + apostilla de Nivia Palma
Una sorprendente y notable noticia nos entrega la Directora de la DIBAM, Nivia Palma. En efecto, a propósito de la incorporación de Chile al programa Ibermuseos -la noticia aparente- declara en El Mercurio del 13 de mayo, que los museos "han avanzado desde el paradigma de los objetos hacia el paradigma del público: Antes, nuestra preocupación eran las colecciones, que tenemos. Hoy, sin descuidarlas, buscamos que aumenten los visitantes y que el museo les proporcione conocimientos, cultura...entretención", -la noticia real.
Este anuncio, en boca de la responsable gubernamental del Patrimonio chileno, marca un punto de quiebre, similar al que en los 90s tuvieron las artes, sintetizado en la pregunta: "¿Escenario o platea?" (buscar en este mismo blog con fecha 14 de abril 2007). Es decir, comienza la preocupación por las audiencias tambien en el plano patrimonial y por tanto, surge un factor común que facilitará la inevitable asociación de artes y patrimonio: el público.
Si todos trabajamos por la formación de espectadores, será obvio el tipo de organización que debemos darnos para hacerlo. Así lo hicieron los mundos de las artes y la gestión cultural a través del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.
Con este planteo de Nivia Palma, espero, se avanza decisivamente en la concreción del esperado Instituto del Patrimonio y la definición de la relación pendiente entre la DIBAM y el CNCA.
Una buena noticia para el desarrollo cultural chileno.
Y es sólo martes 13.
COMENTARIO POSTERIOR DE NIVIA:
Querido Arturo: fue un poquita más compleja la oración. Así como quedó, creo es reducida.
Dije además: “es un imperativo cultural y ético relevar los Museos, comprendidos, por cierto, como instituciones que recogen, valoran y difunden la memoria plural y diversa de nuestro país. Espacios culturales que investigan, conservan y difunden parte significativa de nuestro patrimonio natural y cultural, el cual es diverso y plural. Museos que hablan desde la afirmación de nuestros orígenes precolombinos, que no silencian la complejidad, violencia y discriminaciones que hemos vivido en nuestra corta o larga historia; que tienen como centro establecer la dinámica de comunicación que permita un encuentro íntegro de cada persona con los objetos contextualizados, y no el culto a los objetos de la colección. Museos de arte que, junto con conservar y difundir colecciones, son un actor fundamental en el necesario proceso de reflexión artística y de divulgación de propuestas actuales.”
Este anuncio, en boca de la responsable gubernamental del Patrimonio chileno, marca un punto de quiebre, similar al que en los 90s tuvieron las artes, sintetizado en la pregunta: "¿Escenario o platea?" (buscar en este mismo blog con fecha 14 de abril 2007). Es decir, comienza la preocupación por las audiencias tambien en el plano patrimonial y por tanto, surge un factor común que facilitará la inevitable asociación de artes y patrimonio: el público.
Si todos trabajamos por la formación de espectadores, será obvio el tipo de organización que debemos darnos para hacerlo. Así lo hicieron los mundos de las artes y la gestión cultural a través del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.
Con este planteo de Nivia Palma, espero, se avanza decisivamente en la concreción del esperado Instituto del Patrimonio y la definición de la relación pendiente entre la DIBAM y el CNCA.
Una buena noticia para el desarrollo cultural chileno.
Y es sólo martes 13.
COMENTARIO POSTERIOR DE NIVIA:
Querido Arturo: fue un poquita más compleja la oración. Así como quedó, creo es reducida.
Dije además: “es un imperativo cultural y ético relevar los Museos, comprendidos, por cierto, como instituciones que recogen, valoran y difunden la memoria plural y diversa de nuestro país. Espacios culturales que investigan, conservan y difunden parte significativa de nuestro patrimonio natural y cultural, el cual es diverso y plural. Museos que hablan desde la afirmación de nuestros orígenes precolombinos, que no silencian la complejidad, violencia y discriminaciones que hemos vivido en nuestra corta o larga historia; que tienen como centro establecer la dinámica de comunicación que permita un encuentro íntegro de cada persona con los objetos contextualizados, y no el culto a los objetos de la colección. Museos de arte que, junto con conservar y difundir colecciones, son un actor fundamental en el necesario proceso de reflexión artística y de divulgación de propuestas actuales.”
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