22 diciembre 2009

LA TRITURADA VIDA DE LAS REVISTAS CULTURALES






















Los 500 números que cumple la revista ATENEA de la Universidad de Concepción y una incisiva estudiante de periodismo que prepara su tesis en uno de los últimos –fracasados, obvio- suplementos culturales, provocan una reflexión sobre este tipo de publicaciones. Quisiera aventurar la hipótesis que las empresas periodísticas con verdaderas trituradoras de este tipo de publicaciones.

Conste que mi alcance biológico llega hasta La Quinta Rueda, editada por Quimantú en los tempranos setentas y se dilata hasta el presente.

El sólo nombre de la revista quimantusina, revela el escaso interés que tenía el tema para aquella mítica empresa. La rueda número cinco es la de repuesto, la que no se ocupa, la que se llena del polvo de los caminos sin siquiera besarlos. Pero, finalmente, un grupo de entusiastas escritores jóvenes lograron editarla y circular cinco o seis ediciones. No por ello dejó de ser la prioridad que seguía a la educación política, la literatura de no ficción, la revista femenina Paloma, las revistas para niños (Cabrochico y las historietas Q), las revistas enciclopédicas (Hechos Mundiales y Saber para Todos) o los mini libros.

Tuvo momentos notables como cuando Carlos Caszely y Lucho Barrios fueron entrevistados por Antonio Skármeta y Luis Domínguez, dos aguzados escritores emergentes, dando a luz la polémica intrínseca e irresoluta de Quimantú entre cultura popular y cultura ideológica, que vio quebrar tantas lanzas entre el académico Armand Mattelart y los intelectuales que entornaban al PC. ¿Se trataba de hacer cultura como lo hacía el pueblo o de hacer cultura como estimaban las vanguardias políticas –Marx, Engels y Althusser mediante- que era lo revolucionario? La Quinta Rueda sucumbió sin resolver la pregunta, pero dejándola en reveladora evidencia.

Se podría afirmar que dicha revista no habría cantado en vano como tal vez algunas de sus sucesoras. La precariedad de las publicaciones opositoras a la dictadura, que florecieron desde fines de los años 70, no renunciaba a que algunas de ellas mantuvieran, con dignidad, páginas culturales. Notables son los casos de APSI, en manos, la cultura, del tenaz Sergio Marras, y Cauce que nos reconfortaba con los comentarios de Mariano Aguirre.

El diario La Época, tuvo de todo. En sus comienzos, una primorosa revista a color (La Época semanal) que se esforzaba por cumplir con uno de los requisitos básicos de una revista cultural: tener buenas plumas. Fue devorada por la primera de las crisis financieras del periódico, que conservó una sección cultural bien timoneada por Antonio Martínez y algunos de sus seudónimos.

El acierto de dicho diario fue el suplemento Literatura y libros, en modestas ocho páginas dominicales, de diagramación convencional, avisos escasos y plumas notables, así como críticas que sacaban roncha. Tal es así que fue copiado –sí, copiado- por El Mercurio en su colorido suplemento Libros, que ha padecido el vía crucis más lamentable del género que comentamos: cambios de día de aparición, de formato, dadas y quitadas de colores, rotativa de críticos y finalmente, ser devorado por el clásico e imperturbable, decano del género: Artes y Letras.

A propósito del ahora Cuerpo E de los domingos, cabe destacar su permanencia, su notable provisión de avisos debido a que concentra los llamados a concursos para trabajo, lo que lo constituye, más por ausencia de competidores, en el sobreviviente del género: en la excepción que confirma la regla.

Artes y Letras ha visto nacer y morir recientemente intentos como Rocinante –que dio más caballazos que placer a sus lectores- PAUSA, revista del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que falleció más por costos excesivos que por la calidad de sus contenidos. Y Cultura de La Tercera, que dejó muy poca huella en el mundo cultural a pesar de haber circulado con un diario de alta lectura por alrededor de dos años. Quizás si la razón profunda de su cierre estuvo en la pertinaz ausencia de buenas plumas y la escasa cercanía que desarrollo con el llamado mundo de la cultura.

Nos encontramos, dramáticamente, con que a propietarios y editores de medios escritos de todas las tendencias y de los últimos 40 años no les tiembla la mano cuando se trata de ahorrar dinero (o dejar de perderlo) a costa de revistas o suplementos de cultura. Ello, mientras el género florece en España, Colombia o Argentina.

Si en Chile no faltan las plumas disponibles, sobran los creadores y artistas que entregan sistemáticamente temas para publicar y apasionarse con alguna publicación que los reconozca y se reconozcan, pareciera que la razón de la improbabilidad de este tipo de medios está en la baja apreciación por la cultura de los propietarios de medios y la sorprendente falta de creatividad que asola a publicistas y “creativos” de agencias de publicidad cuando de hacer y proponer avisar en revistas culturales se trata.

¿Estará todo perdido? El ejemplo de ATENEA nos sugiere mirar hacia las universidades.

Mientras tanto, sigamos reflexionando por Internet. Lo bueno es que usted puede opinar. Aquí mismo.

Es lo que hay.

25 noviembre 2009

DERECHA ATREVIDA


El 18 de noviembre de 2009 pasará al registro de fechas significativas para la consolidación de la aún joven –tiene 6 años de vida- institucionalidad cultural chilena. El candidato de la derecha, Sebastián Piñera, citando a Neruda, dio a luz la propuesta cultural de los grupos Tantauco que respaldan su candidatura. De este modo, así como el Presidente Ricardo Lagos, el 16 de mayo del 2000, anunció por primera vez una Política Cultural de un gobierno desde la creación de la República, que culminaba el trabajo programático y gubernamental aplicado en esta área por las candidaturas de Aylwin, Frei Ruiz Tagle y el propio Lagos, esta vez, la derecha chilena se aventura por primera vez en proponer un conjunto de medidas culturales plausibles, en medio de la campaña presidencial.

Con este gesto, el sector político que sustentó –bajo la dictadura militar- la más despiadada política cultural, es decir la de la prescindencia total del Estado en el desarrollo de las artes, se suma a la creación más lúcida de nuestra historia en materia de desarrollo cultural, como es la política de Estado formulada por el mundo de la cultura bajo los gobiernos de Concertación, que tiene su expresión institucional en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y sus pilares más sólidos en el triángulo virtuoso de infraestructura, audiencias y gestión cultural, y sus mecanismos financieros en fondos concursables y estímulos tributarios.

Este notable paso tiene dos explicaciones tan lógicas como predecibles.

En primer lugar, que las personas que contribuyen a los planteos de Tantauco han formado parte de la construcción del modelo existente. Un modelo no excluyente, abierto a todos los sectores y, por definición, desarrollado estrictamente por la sociedad civil con estímulos puntuales desde la autoridad. Por ejemplo, el Directorio Nacional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes está formado por personalidades no removibles por el gobierno y representativas del quehacer nacional, dentro de las que se consideran dos con acuerdo del Senado y dos rectores de universidades uno de las públicas, otro de las privadas. Este sólo dato permitía que desde su primer momento, este órgano máximo de fijación de políticas, incluyera a personas de la oposición. Adicionalmente, el sistema de concursos transparentes, con fondos asignados por pares y el sistema de gestión de los espacios culturales, entregados a corporaciones privadas sin fines de lucro, han permitido que creadores y gestores del más amplio espectro formen parte del entramado cultural del país.

En segundo lugar, la institucionalidad creada, está en sintonía con aquello que tienen o desean tener la abrumadora mayoría de los países del mundo. Sin ir más lejos, Cataluña, en España, ha intentado hace pocos meses establecer un Consejo de la Cultura como el que ostentan el Reino Unido y los países de la comunidad británica en Asia, África y Oceanía. En nuestra América se sigue mirando con interés lo realizado en Chile y no son pocas las ocasiones que se nos ofrece para exponer nuestro modelo. De este modo, los integrantes de Tantauco que conocen lo que acontece en el mundo y lo realizado en nuestro país, se inscriben en dicha línea y sólo plantean perfeccionar, completar y continuar la obra fundacional concertacionista.

La buena noticia es que parece haber llegado a su fin la hostigosa y desinformada campaña mediática respecto de la opacidad de las asignaciones de fondos concursables, el propósito electoral de algunas de las acciones que manda la política cultural de Estado y las sospechas de mal uso de recursos públicos basadas en eventuales errores administrativos de bastante menor magnitud que las caracteres de los títulos periodísticos.

Esta discusión, la de las propuestas, es la que merece un mundo de la cultura que, calladamente -más por causas externas que por voluntad propia-, ha desarrollado un horizonte cultural para Chile.

En ese escenario, de respeto por lo obrado y de curiosidad por lo planteado, quisiera analizar las propuestas de Sebastián Piñera publicadas en la página web de su campaña.

La introducción ya renuncia a las agitadas banderas del cambio para inscribirse en el sosegado mar de la “continuidad”. La primera medida, pone el dinero: “aumento sustancial del financiamiento público” junto con denunciar la desequilibrada relación -9 a 1- entre aportes fiscales y privados en el área. Un llamado a los empresarios que ya adelantó en ICARE el escritor Roberto Ampuero, a nombre de la candidatura.

En segundo término, se pierde una excelente oportunidad de incorporar el lúcido y actual concepto de economía creativa para conservar el tradicional de industrias culturales, asegurando una modesta duplicación de su aporte al PIB en 10 años.

En el tercer acápite, presumo una gafe: “el currículo ciego” para postular al Fondart, como si las escuelas artísticas o las exposiciones anteriores de un postulante pudieran disimularse en sobre cerrado.

Concerniente a la lectura, la más atrevida defensa del IVA: eliminarlo, dicen, favorecería al 40% más rico de la población. (¿Duro a los ricos, que duran más?) Creo que hay mejores argumentos para conservar dicho impuesto.

El punto cinco, “Chile, país multicultural”, merece cita completa: “Reconoceremos, fomentaremos y protegeremos la diversidad cultural de nuestro país, potenciando la participación de los distintos grupos que conforman la nación, fomentando la expresión de sus practicas culturales, creando el Centro de Fomento de la Cultura Indígena, entidad que generará documentos escritos y audiovisuales en lenguas indígenas, se preocupará del acceso bilingüe a las tecnologías de información y planificará la destinación de becas y premios al merito académico para este grupo de chilenos”.

Un poema a la multiculturalidad: los pueblos indígenas son “grupos”, su cultura ancestral será “fomentada” (¿con préstamos a bajo interés vía CORFO?) se les entregará “documentos audiovisuales en sus lenguas”, “acceso bilingüe” a la computación y se dará “becas y premios” (¿al buen salvaje?). Definitivamente, no parece haberse entendido que se trata de otras culturas que han habitado el mismo territorio que quienes fomentarán y “protegerán sus culturas”, sólo que por más tiempo. El concepto de diversidad quedó en el tintero. Lo ocultó el paternalismo.

Luego, más continuidad: coordinación de la imagen de Chile en el exterior, potenciación de polos regionales de producción artística, recuperación de lugares de importancia turística (no cultural ni patrimonial), consolidación del Museo Nacional de Bellas Artes (¿cien años no han sido suficientes?), modificación de las leyes de donaciones, de propiedad intelectual y del Consejo de Monumentos Nacionales, red de infraestructura cultural…

De ideas nuevas, llaman la atención la “banda ancha subsidiada en todo el territorio nacional”, una “biblioteca-museo-digital” y el programa “visita tu historia” para encontrarse in situ con las tradiciones.

Infaltable: una ley Bicentenario para realizar “grandes obras de recuperación de espacio público”. Con ello se obligan a mantener el horizonte bicentenario –una de las apuestas más exitosas de Ricardo Lagos- hasta 2018.

En suma, no hay grandes sueños, no hay proyecto fundacional, revela desconocimiento en algunas áreas y un inocultable deseo de continuar lo hecho por la Concertación.

Lo rescatable es que, la derecha, en cultura, se atrevió.

Aunque sea con ropa ajena.

16 noviembre 2009

MUSEOS Y CENTROS CULTURALES




La distinción entre museos y centros culturales parecía estar establecida en nuestro país, así como habíamos avanzado en diferenciar entre éstos últimos y los teatros municipales. No obstante, un reciente reportaje de Artes y Letras -Museos presidenciales versus museos públicos: ¿Desvistiendo santos?- parece retroceder en el tiempo y a la vez, desde la confusión de tales términos, establece aparentes contradicciones entre los que llama “museos presidenciales” y los museos dependientes de la DIBAM.

En primer lugar, la categoría en cuestión no contempla sólo museos. Incluye a centros culturales, como el CCPLM y en Centro Cultural Gabriela Mistral junto con museos como el MIM y el Museo de la Memoria. Ignora al Centro Cultural Estación Mapocho que podría, siendo coherentes con la confusión conceptual, haber sido catalogado como “museo presidencial” del período Aylwin.

En efecto, se busca demostrar que mientras los museos tradicionales están abandonados, los presidentes mencionados favorecen las infraestructuras que impulsaron.

Mientras la obra de Patricio Aylwin se auto financia desde hace casi 20 años, sin recibir aportes del Estado, el MIM, ícono del período de Eduardo Frei, recibe recursos desde el Ministerio de Educación vinculados a la cantidad de estudiantes que lo visitan, es decir uniendo dineros públicos a capacidad de gestión. Si el MIM no recibiera estudiantes, no recibiría aportes, situación muy diferente a la de los museos de la DIBAM que –muchos o pocos- desafortunadamente no tienen todavía presupuestos vinculados a su capacidad de gestión. Es justamente esa capacidad brotada de corporaciones privadas sin fines de lucro la que se pretende agregar a la DIBAM con la nueva Ley de Instituto del Patrimonio enviada al Parlamento por la Presidenta Bachelet. Quién, coherentemente, ha dotado de corporaciones o fundaciones de derecho privado a los principales espacios edificados durante su mandato –Centro Cultural Gabriela Mistral y Museo de la Memoria- para que no constituyan una carga exclusiva para los bolsillos de todos los chilenos y se puedan allegar recursos de auspicios de la empresa privada y de su propia operación.

El CCPLM, gestiona exposiciones como Los guerreros de Terracota, recurriendo para ello al Banco de Santander, la Fuerza Aérea, la Cancillería y otros, mientras el Museo Nacional de Bellas Artes no pudo acoger una muestra de Andy Warhol… “por un tema de carácter político”. Sin embargo, ello no se debe a una preferencia ideológica por la maravilla china sino a una capacidad de gestión que el CCPLM ha demostrado en ésta y otras oportunidades, incluyendo muestras de los propios museos chilenos que permanecian en sus bodegas, como es el caso de exhibiciones de isla de Pascua o arte religioso, acciones que forman parte de la misión de este Centro Cultural desde su concepto.

Es decir, se compara un modelo que data de 1929 con un modelo que desde 2003, con la creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, ha introducido a nuestro desarrollo cultural dos factores de los que carecía: la gestión y la formación de audiencias. De ambos aspectos es factible obtener recursos para optimizar y aumentar los inevitablemente débiles aportes públicos. Con gestión cultural –profesión a nivel de Master en la Universidad de Chile- es posible elaborar proyectos de calidad que atraigan a empresas privadas para que, a cambio de exhibir su marca, facilitan con su aporte la presencia de grandes muestras internacionales; del desarrollo de audiencias estables es posible obtener recursos que estas mismas personas habituadas a determinados espacios están dispuestos a pagar como entradas por las muestras de su interés, a la vez que demostrar cifras sistemáticas de visitantes que no dejan indiferentes a los posibles auspiciadores.

El papel que han jugado los gobiernos recientes es justamente agregar el tercer elemento para un desarrollo cultural equilibrado: la infraestructura. No sólo grandes centros sino pequeñas espacios a lo largo del país, en alianza con municipios y con exigentes metas en cuánto a la capacidad de gestión futura que tendrán. El “no pondremos un peso allí donde no haya un plan de gestión cultural” del Presidente Lagos, el 5 de abril de 2000, más que un estímulo a las grandes obras, es un llamado a pagar la deuda de un Chile que se restó desde el Centenario, cuando se construyó el Bellas Artes y se planeó la Biblioteca Nacional, de construir edificaciones para la cultura. Desde entonces, hasta la década del los 90s, se construyó casi nada de infraestructura cultural.

A contar de esa fecha, tenemos, por nombrar sólo algunos, el Teatro Regional del Maule, Matucana 100, Balmaceda Arte joven en varias localidades del país, Trawü Peyum en Curarrehue, la Biblioteca de Santiago, el Bodegón de Los Vilos, el edificio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Valparaíso, el Centro Cultural Estación Mapocho, y también, por cierto, el primer museo interactivo para formar las audiencias científicas del futuro y una red de bibliotecas altamente tecnologizada.

Se ha invertido mucho, es verdad, que se ha invertido cautelando que los recursos sean bien administrados también es cierto, que se haya “desvestido” a los museos de la DIBAM para ello, no corresponde a la realidad. Sencillamente porque la estructura de ese servicio público aún no está en condiciones de recibir esos recursos, debe ser remozada para acoger tantos recursos públicos como sean capaces de administrar y tantos recursos privados como sean capaces de imaginar y plasmar en proyectos de interés.

Todos los candidatos a la Presidencia parecen coincidir en que se debe crear una nueva institucionalidad patrimonial, más ágil y actualizada, que pueda además proteger nuestras riquezas pretéritas tanto del Rally Dakar como de universidades-negocio que pretenden, una de ellas al menos, desvestir espacios públicos sin consultar más que a la divinidad, como acaba de acontecer con la Plaza Gómez Rojas.

Si la distinción adecuada es entre museos y centros culturales y no entre museos presidenciales y museos públicos, es razonable advertir sobre los riesgos de construir tal categoría analítica. Por ejemplo, el asignar sólo a la voluntad presidencial la construcción de un museo como el de la Memoria podría hacernos ignorar la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan de las atrocidades que motivan a una sociedad a hacer todo lo posible para que nunca más en Chile sea necesario otro museo de esa naturaleza.

10 noviembre 2009

¿LIBROS QUE NO SIRVEN?


Definitivamente, la línea delimitante entre los candidatos presidenciales, tan buscada en la economía, la seguridad o la protección social, estaba en otra parte: la cultura. Por más que Jorge Arrate quisiera estar sólo en el socialismo duro con los otros tres al frente o que Marco Enríquez-Ominami quiera diferenciarse de sus contendores por razones generacionales, Sebastián Piñera ha dado en el clavo. Ser o no ser culto.

Y se distinguió dos veces, primero con el Fondart asignado a través de encuestas y ahora con el IVA a los libros “malos” o aquellos que “no sirven”. Algo así como tratar a algunos libros como se trata al alcohol y los cigarrillos, subir los impuestos para que se consuma menos. O sea, como un vicio.

Con esa lógica se llega in extremis al raciocinio del Almirante Hernán Rivera Calderón, Jefe de Zona en Estado de Sitio en la región de Valparaíso en 1986: “si usted descubre droga, la quema; si usted descubre pornografía, la quema; si usted descubre libros sediciosos –se trataba de 15 mil ejemplares de “Miguel Littin clandestino en Chile” de Gabriel García Márquez- los quema”. Y lo hizo.

Afortunadamente, los libros no son un vicio aunque su lectura podría llegar a considerarse una adicción. No se pueden clasificar ni premiar con más o menos impuestos selectivos. Ahí está la separación entre un candidato inculto y los demás que forman parte del mundo de la cultura, cineasta uno, escritor otro y legislador cultural el tercero.

En esta misma condición, ganada merecidamente con la Comisión Asesora que desplegó, en 1997, el primer proyecto de ley de institucionalidad cultural y las reformas a la Ley de donaciones culturales, el ahora candidato Eduardo Frei ha presentado el 7 de noviembre un Manifiesto Cultural con 37 medidas de diverso calado.

Seis ideas constituyen novedad y podrían marcar la diferencia con lo acontecido hasta ahora, lo que por cierto refuerza como la red de infraestructura cultural, archivos regionales, nueva institucionalidad patrimonial o la profundización de ley de donaciones.

El primero de los aportes es el Servicio País Cultural, planteado para los artistas, pero que debiera considerar sobretodo a gestores culturales que son quienes pueden dejar una huella más profunda en la infraestructura de cada localidad.


La segunda medida es audaz, incorporar “a las comunidades poseedoras de expresiones culturales inmateriales a circuitos de turismo sostenible”. Ya lo hacen algunas comunidades aymaras en Atacama y pudiera extenderse a otras zonas del país con el consiguiente beneficio para quienes visitan (ser más cultos) y quienes son visitados (reciben ingresos).

El tercer aporte está en consonancia con la anterior y abarca dos medidas: la creación de “Centros Interculturales, al menos uno por región” y se “fortalecerá la infraestructura comunitaria de los pueblos indígenas”. Un excelente ejemplo se construyó, con voluntarios del Servicio País en 2003, en Curarrehue: la Aldea Intercultural Trawü Peyum.

Cinco medidas apuntan a un gran objetivo central: la lectura y las bibliotecas, desde la continuidad del programa “Nacidos para leer” a las becas para bibliotecarios jóvenes, pasando por renovar las bibliotecas existentes y dotarlas de un edificio madre en cada región.

Una medida de gran impacto será el “canal público cultural” creado desde TVN, junto con nuevas frecuencias radiales para organizaciones sociales. Ambas iniciativas con recursos asegurados. De cumplirse esta meta, estaríamos comenzando a pagar la deuda histórica –frase tan de moda- con las posibilidades de expresión de sectores hasta ahora marginados del espectro mediático.

Finalmente, y quizás lo de mayor novedad, es la creación de una institucionalidad que coordine los esfuerzos públicos y privados por difundir la cultura chilena en el mundo. Una “agencia independiente de cooperación cultural internacional”. Es decir, ponerse pantalones largos en la línea de los institutos como el Göethe, el Cervantes o el British Council. Una medida indispensable en el momento en que dejamos –como país- de ser receptores de cooperación y debemos –nobleza obliga- comenzar a darla. No cabe duda que nuestro modelo de desarrollo cultural –un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que ningún candidato cuestiona y la administración privada sin fines de lucro de centros culturales de propiedad pública- serán de las primeras “exportaciones culturales no tradicionales” que podremos poner a disposición del mundo.

Si pudiera encontrarse una falencia es estas propuestas quizás sería resaltar el rol que crecientemente juegan en el mundo las ciudades como factores clave del desarrollo cultural. Bilbao, Sydney, más recientemente Medellín, son señeros ejemplos. Pero, es verdad que más que un programa presidencial, esta realidad debieran comenzar a verlas las autoridades locales.

Sin embargo, más allá de las medidas, en la zona de las posibilidades de llevarlas a cabo una declaración tranquiliza: se triplicarán los recursos para la cultura y las artes.

Es lo que se espera de un gobierno. Lo demás, déjenlo, señores candidatos, en manos del mundo de la cultura.

Que de seguro no sabe discriminar entre libros que sirven y libros que no sirven.

20 octubre 2009

LAS COSAS EN SU LUGAR


El 30 de septiembre fue despachado por el Congreso Nacional el Proyecto de ley, iniciado en moción parlamentaria, que cambia la denominación del Edificio Diego Portales por la de Centro Cultural Gabriela Mistral.

Más allá de la modificación de nombre y período histórico que implica la sustitución de un protagonista de nuestra historia por otro, la promulgación de esta de ley constituye un reconocimiento a la memoria y figura de Gabriela Mistral y devuelve a este lugar su denominación original.


El Presidente Allende, en agosto de 1972, llamó al complejo construido para albergar la reunión de la Tercera Conferencia Mundial del Comercio y Desarrollo, UNCTAD III, Casa Nacional de la Cultura Gabriela Mistral, siendo su directora doña Irma Cáceres de Almeyda.

Según la Ley 17.457 que creó la Comisión Chilena para la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo, publicada en el Diario Oficial del 23 de julio de 1971, “La administración de estos bienes será confiada al Ministerio de Educación Pública, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, para que se destinen preferentemente a reuniones y congresos internacionales y nacionales, a salas de conferencias, exposiciones, conciertos, teatro y otras actividades en beneficio de la cultura popular”.

Su Reglamento de funcionamiento, del 11 de enero de 1973, prohibía su uso para “actos o ceremonias de carácter político-partidista o proclamaciones de tal naturaleza; albergue o estadía de personas o grupos, y funcionamiento temporal de servicios administrativos que posean sus propias oficinas”.

Por tanto, son innumerables las expiaciones que deberá admitir este centro cultural para recuperar el espíritu que lo creó. Casi podría decirse que en estos años de denominación portaliana se han incumplido casi todos sus criterios originales.

La presencia en su nombre de una mujer, poeta, profesora, viene a reparar tanto despropósito y pone nuevamente al servicio de Chile lo esencial: un espacio abierto para “exposiciones, conciertos, teatro y otras actividades en beneficio de la cultura popular”.

Quizás esta presencia del sueño de Allende en la principal arteria de nuestra capital le dé aún más sentido a aquello de “las grandes alamedas”.

Pronto, los chilenos y chilenas podremos acceder a este legado, que 37 años después, y bajo la hospitalidad de Gabriela, se abrirá para poner las cosas en su lugar.

15 octubre 2009

SE SIENTE, SE SIENTE…LA CULTURA ESTÁ PRESENTE

En la campaña presidencial, que paulatinamente comienza a ocupar todos los espacios, parece también haber encontrado lo suyo la gran ausente de otras contiendas electorales. Es que la diversidad de candidaturas –tres de ellas con abanderados que tienen el ADN de la Concertación, más o menos diluido, en sus venas- implica que hasta el representante de la derecha, sector sin propuestas culturales hasta la presidencial del 2005, haya tenido que formular algunas ideas al respecto.

Una expresión reciente es un debate de Terra y Cooperativa, al que se puede acceder por este mismo blog, en el que 4 representantes de las candidaturas, la mayoría con experiencia en gestión cultural, se trenzaron en la búsqueda de grandes divergencias sin salir airosos. La causa de ello está en que nadie, repito, nadie de las 4 coaliciones que aspiran a la Presidencia pone en duda la legitimidad del modelo que los chilenos hemos encontrado para nuestro desarrollo cultural. Es decir, los que prefieren la ausencia total de institucionalidad cultural –como Pinochet- como los que desean una organización autoritaria basada en el clásico ministerio, no tienen respaldo político en el área. Lo que es muy saludable.

Una vez despejado el tema del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes como ente que fija y aplica políticas para la cultura y las artes, los 4 panelistas se dieron tiempo –naturalmente escaso en estos debates- para respaldar a la Ministra presidenta de dicho Consejo frente al artero ataque de El Mercurio dominical (11 de octubre) que otorgó tres de las codiciadas páginas de su cuerpo político, portada incluida, para esparcir acusaciones hasta ahora no demostradas, con la ya proverbial ausencia de voces que discutieran la hipótesis mercurial.

Esta unanimidad de los agentes culturales lamentablemente no alcanza –una vez más- a nuestra vilipendiada clase política que no tuvo la grandeza de que algunos de sus integrantes saliera a denunciar un ataque POLÍTICO de un candidato a parlamentario que recoge un diario que ha señalado a Urrutia como una de sus blancos, desde muy poco después que apareciera en expectante lugares en las encuestas de evaluación ministeriales.

En temas de cultura, respaldo unánime a los fondos concursables, incrementos a los programas de construcción de centros culturales, el eterno debate del IVA al libro que adquiere cada vez más valor simbólico que de aporte real al desarrollo del área, aspecto que debió quedar zanjado cuando el propio candidato Jorge Arrate, entonces Ministro de Educación, promulgó en 1993, la Ley de Fomento del Libro y la Lectura.

Como es habitual, especialmente desde las preguntas del público o los periodistas, se intentó recabar opiniones sobre temas muy relevantes pero que exceden del ámbito cultural, como son la educación y la televisión junto a las nuevas tecnologías. Al respecto, Océanos Azules ha planteado con mucha fuerza la relevancia que tendrá la TV digital para incorporar contenidos culturales a ese medio de comunicación. ¡Qué mayor ejemplo de este maridaje entre arte y tecnología que las gigantescas pantallas que el Teatro Nescafé de las Artes ha brindado a los amantes de la ópera actuales y futuros! Una iniciativa privada que –es justo reconocerlo- ha merecido un espacio editorial en El Mercurio (jueves 15 de octubre), notablemente más amplio y vistoso que el espacio destinado a las explicaciones administrativas del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes respecto de la ofuscación del domingo anterior.

Otra expresión de la presencia de la cultura en las campañas fue un desabrido intento de TVN y Alejandro Guillier por poner a 4 actores y actrices a defender a sus candidatos, de hace un par de semanas. Quedó clarísimo que el lugar que la TV ofrece a esos profesionales en las teleseries es mucho más merecido que aquel que les brindó para “actuar” de políticos, llegando, uno de ellos al extremo de decir en pantalla, ante una pregunta de un ¿elector?: - No tengo idea. Es decir, ni siquiera el esfuerzo de improvisar o agradecer la pregunta. Un una falta de respeto ¿o de actores representantes de una candidatura?
Es deseable que el debate de las políticas culturales continúe y que los medios de comunicación hagan un esfuerzo serio por detectar que el arte y la cultura no son un campo de batalla más y que todas las candidaturas tienen especialistas en políticas culturales que podrían brindar excelentes debates con altura y con espíritu compartido de perfeccionar la institucionalidad que tenemos.

No es mucho pedir.

29 septiembre 2009

CON GRAN ÉXITO CULMINÓ LA CUARTA CUMBRE MUNDIAL DE LA CULTURA Y LAS ARTES EN JOHANNESBURGO

En un acontecimiento memorable, con asistencia de 450 delegados de 70 países, de los cuales 250 pertenecían a 31 países africanos se discutió activamente sobre el Diálogo Intercultural.


Chile estuvo presente a través de la Presidenta de la Coalición por la Diversidad Cultural, Mané Nett y el representante del CNCA, Arturo Navarro. Ambos expusieron en sendas mesas redondas dónde se intercambiaron experiencias con delegados de otros continente respecto de la Convención de UNESCO, en el primer caso, y de nuevas vías de financiamiento cultural, en el segundo (ver Texto en en esta misma página).

Pero, una inesperada fotografía de Valparaíso, infiltrada casualmente en la exposición del experto alemán Andres Wiesand y la cálida voz de una intérpreta chilena marcaron también presencia de nuestro país, uno de los pocos países americanos que son miembros de la IFACCA, organizadora de la Cumbre, junto a Canadá, Estados Unidos, Islas Caimán, Jamaica y Cuba. Como observadores asistieron representantes de Uruguay, Colombia, Perú y Brasil.

Adicionalmente, se proclamó la siguiente cumbre, que se realizará en Melbourne, Australia entre el 3 y 6 de octubre de 2011, ocasión en que se celebrarán los diez años de existencia de esta federación internacional.

El Board de IFACCA se reunió en horas previas de la Cumbre, eligiendo a su nuevo Presidente, el británico Alan Davey, CEO del Arts Council England. Además se incorporaon a la Directiva mundial tres nuevos integrantes: Poul Bache (Dinamarca), Guillermo Corral Van Damme (España) y Annabell Lebethe (Sud Africa) que sustituyen a delegados de Colombia, Singapur y Finlandia.

La diversidad de los delegados de los cinco continentes, que siguieron las deliberaciones en los tres idiomas oficiales de la Cumbre - Inglás, Francés y Castellano- se convirtió en una excelente oportunidad de intercambiar experiencias, desarrolar planes de mutua colaboración y de disfrutar del arte africano en el coincidente Festival de las Artes de la ciudad sede.

En una reunión regional de los delegados de América Latina y el Caribe se discutió la necesidad de incrementar la presencia de países de la región en futuras Cumbres y se encomendó al Coordinador Regional de IFACCA, el colombiano Santiago Jara, avanzar en la preparación de una Mini Cumbre Americana, posiblemente centrada en el tema de las Políticas Culturales.

24 septiembre 2009

¿TERCERA VÍA PARA EL FINANCIAMIENTO CULTURAL?


Foto Oliviero Toscan


PONENCIA PRESENTADA EN LA 4ta CUMBRE MUNDIAL DE LAS ARTES Y LA CULTURA, EN JOHANNESBURGO, SUDÁFRICA, EL 24 DE SEPTIEMBRE 2009

La Imagen con que se inicia esta presentación que pertenece a una muestra exhibida en el Centro Cultural Estación Mapocho de Chile mientras era censurada en Alemania y mutilada en otros espacios de mi país, sugiere varios aspectos respecto del financiamiento cultural. En primer lugar, lo más obvio, es la presencia de una marca, Benetton, que mundialmente se ha caracterizado por utilizar obras de arte y un artista como Oliviero Toscani para promover sus productos. En segundo lugar, sugiere que no es posible avanzar en términos del financiamiento cultural si no consideramos las nuevas tecnologías, como la telefonía móvil, que muchas veces constituyen distracciones pero a la vez nuevos formatos para el arte. Pero, en tercer lugar sugiere, por el contenido de la imagen que puede resultar chocante en algunas sociedades, que el arte debe ser libre para expresarse, aún a riego de complicar la obtención de financiamiento.
Es en este contexto que inicio esta reflexión.



El financiamiento cultural ha condicionado históricamente, el desarrollo de las artes. Es así como las preguntas: ¿Quién debe pagar por la cultura? ¿Quién debe decidir a quién se paga? Y ¿Qué diferencias surgen al hacerlo? Cruzan el debate internacional reciente .

Las agencias públicas han promovido un tipo de desarrollo que es más o menos libre conforme a la distancia de brazos o arms length que existe entre quién financia y quién asigna. El sector privado, lo mismo, ha dependido de la cercanía que tiene el ente (corporación, empresa) que financia respecto del proyecto financiado. Existen casos en que los estímulos tributarios al sector privado pasan por consejos de integración pública que los aprueban y que exigen la presencia, como titulares y administradores del proyecto, de asociaciones privadas sin fines de lucro.

Por tanto, la respuesta a esta pregunta que nos ocupa no está necesariamente en el descubrimiento de una “tercera vía” del financiamiento cultural, sino en la enorme cantidad de oportunidades existentes entre el financiamiento puro y directamente estatal y el financiamiento puro y directamente privado.
Si imaginamos un CUADRO de doble entrada con las diferentes posibilidades, tendremos:

1. FONDOS PÚBLICOS CON ASIGNACIÓN PÚBLICA
2. FONDOS PÚBLICOS CON ASIGNACIÓN PRIVADA
3. FONDOS PRIVADOS CON ASIGNACIÓN PÚBLICA
4. FONDOS PRIVADOS CON ASIGNACIÓN PRIVADA


En el primer caso, se encuentran los Estados que resuelven qué cantidad de dinero se destina a las artes y ellos mismos, a través de organismos públicos, los asignan a los creadores.

En el caso 4 tenemos a las empresas que determinan qué se financia a través de organismos de asignación y evaluación de las propias compañías.

Los casos 2 y 3 constituyen oportunidades de incorporación de otros actores al proceso de decisiones y asignaciones en el financiamiento de las artes: los gestores, las audiencias, la sociedad civil.

En el caso 2, Fondos públicos asignados por entes privados, se encuentran los Consejos de las Artes que reciben recursos de los Estados y que poseen mecanismos de asignación de tales recursos en los que participan los pares de quienes postulan a tales recursos (Concursos de proyectos) y por tanto, los criterios de asignación son técnicos, transparentes y conforme a políticas establecidas por organismos de participación. Para ello es requisito previo e indispensable contar con una Política Cultural determinada por mecanismos autónomos con mayoría de integrantes de la sociedad civil y que no varíen conforme a cada cambio de gobierno.

En el caso 3, de Fondos privados con asignación en la que participan entes públicos, se encuentran aquellas legislaciones de estímulos tributarios dónde el Estado reduce sus impuestos a las empresas privadas que deseen donar a las artes, pero en los que tales reducciones son sometidas a comités que califican la pertinencia o no de tales donaciones, conforme a la Política Cultural vigente. Éstos comités deben estar integrados por representantes de organizaciones de la sociedad civil (agrupaciones gremiales de empresarios y de gestores culturales) y eventualmente de organismos del estado ajenos al poder Ejecutivo, como pueden ser el poder Legislativo (parlamentarios), universidades públicas u otros. Adicionalmente, se puede considerar que quienes reciban las donaciones y/o administran dichos proyectos sean también organizaciones culturales sin fines de lucro, de amplia trayectoria y calificadas con certificación periódica, como receptores directos de las donaciones. De este modo se fortalecen las organizaciones de la sociedad civil dado que pueden establecer políticas y programas a mediano y largo plazo y recibir ingresos proporcionales a su capacidad de gestión de los proyectos.

De estos mecanismos mixtos de financiamiento surgen oportunidades de diversificación de los mismos. En efecto, cuando una organización cultural NO tiene un financiamiento total asegurado en las fuentes clásicas (Gobierno o Empresas) debe recurrir a otros tipos complementarios como el autofinanciamiento, las redes, las alianzas y/o la explotación de negocios que contribuyan a sus ingresos.


EL AUTOFINANCIMIENTO (El caso Mapocho)
Este concepto está íntimamente ligado a la aparición de los gestores culturales profesionales –existen programas de Master en diferentes universidades del mundo- con formación en administración y capaces de aplicar conceptos y técnicas empresariales a la gestión cultural (externalizacion de servicios, planes de gestión, estudios de audiencias, planes de negocios). Por lo general esta dimensión tiende a encontrarse en la administración de centros culturales multiusos o diversificados en la utilización de sus espacios. Es decir, con recintos que pueden destinar diversos recintos a actividades artísticas, sociales o comerciales. Este procedimiento de renta de espacios –el Louvre lo hace desde hace más de un quinquenio para cenas de empresas, al igual que los museos de Harvard- puede ser muy rentable y no afectar la condición de espacio dedicado principalmente a las artes. Ello implica también una fina selección de aquellas actividades que serán acogidas, como así mismo un trabajo de comunicaciones e imagen que establezca complicidades con sus audiencias, las que deberán entender clara y explícitamente que determinadas actividades permiten el financiamiento de determinadas otras que constituyen la esencia del centro cultural. El ejemplo más cercano que conozco es el Centro Cultural Estación Mapocho en Santiago de Chile que se autofinancia en un cien por ciento por más ya de 19 años.

Esta complicidad entre “financistas” –el que renta el espacio- “audiencias culturales” –el que entiende que las primeras son un “mal necesario”- debe ser regulada por el administrador cultural del espacio –que asegura que los recursos que provienen de las actividades comerciales se destinan a subsidiar las culturales. Este seguro está respaldado por la condición de ser organizaciones sin fines de lucro, por tanto todos sus excedentes deben ser reasignados a la misión del centro: el desarrollo de la cultura y las artes.

Ello implica un alto grado de legitimidad de los gestores y sus corporaciones y por tanto una necesaria estabilidad de sus políticas institucionales, por ende, no estar sujetos a los vaivenes de los cambios de autoridades políticas. Debe generarse un entendimiento de que buenos administradores generan estabilidad al espacio, ésta genera audiencias fieles y las audiencias fieles aseguran la permanencia de proyectos culturales sólidos que sustenten la imagen del centro cultural.

De este modo, el autofinanciamiento se convierte en un aspecto clave para la autonomía del centro cultural y su programación artística libre de determinaciones gubernamentales o empresariales.

No quiere decir que el autofinanciamiento deba ser absoluto, pero sí es posible afirmar que a mayor grado de autofinanciamiento existirá un mayor grado de autonomía.

La determinación del grado de autofinanciamiento provendrá de estudios de las unidades de negocios posibles, tanto de aquellas que generan sólo costos (salas de exposiciones) como aquellas mixtas (sala de art performing) y aquellas que generan especialmente ingresos (estacionamientos, hotel, oficinas).

Un interesante ejemplo, aún en construcción, es el Centro Cultural Gabriela Mistral , proyecto Bicentenario en Santiago de Chile, que ha determinado con dos años de anticipación a su completa construcción cuáles serán sus ingresos, sus gastos y por tanto los niveles de subsidio (público en este caso por tratarse de un Centro Nacional de la Artes Escénicas exigido por la Política Cultural del Estado de Chile) que requerirá. La diferencia entre subsidio e ingresos propios es su nivel de autofinanciamiento.

Para que sea posible este nivel de predicción en los ingresos ha sido necesario, en primer lugar, tener definido el destino de la obra (fijado por la Política Cultural mencionada), luego, un concurso de arquitectura en cuyas bases se contemplara edificaciones que permitan unidades de negocios autónomas (estacionamientos subterráneos, pantalla gigante), luego un estudio de audiencias que determinara el nivel de intereses culturales de las mismas, para asegurar que el centro tendría público fiel, de lo que se derivan también edificaciones que las atraigan (salas de exposición de fotografías, salas de ensayo, biblioteca pública de las artes) . Finalmente, estudios de las unidades de negocios factibles que determinarán sus características en la arquitectura del centro (tamaño de los restaurantes, salas de conferencias, posibilidades de espacios publicitarios dentro del centro y los estacionamientos, perspectivas de incorporar un edificio vecino como hotel y oficinas que contribuyan al financiamiento del centro, previo estudio de costos de su habilitación).

Todo ello, requiere de una gestión privada sin fines de lucro (non profit) del espacio, dado las restricciones que derivarían de una administración pública (el Estado no puede lucrar con sus espacios) o privada lucrativa (la cultura no es negocio).

Esta gestión se asegura a través de corporaciones de derecho privado sin fines de lucro capacitadas para administrar aquellos negocios que contribuyan a financiar la misión de la corporación, que no es otra que es permitir el acceso a las artes de todos los públicos.

Esta corporación debiera ser fundada por entidades similares que confluyen y a la vez se coordinan con el nuevo centro.

LAS ALIANZAS
Este concepto, ejemplificado en la constitución de la Corporación del Centro Cultural Gabriela Mistral, tiene una vasta trayectoria surgida de la experiencia de realizar proyectos complementarios y conjuntos. Por ejemplo, una Opera House que monta una costosa Ópera, requiere de aliados en otros teatros del país y del exterior para exhibirla y así compartir sus costos. Una exposición itinerante de un pintor como Salvador Dalí, mejora notablemente sus ingresos si se presenta en diferentes centros culturales que están coordinados en redes y programan de un modo conveniente para todos los participantes, la presencia de la muestra. Se reducen costos, se comparte información, catálogos, experiencias.

Volviendo a la gestión rica en alianzas, en la medida en que esta experiencia se expande y se van estableciendo confianzas, es posible formalizar las relaciones en función de la gestión de un nuevo espacio al que confluyan las experiencias acumuladas.

En el caso del Centro Cultural Gabriela Mistral, fue considerada la experiencia del Centro Cultural Estación Mapocho en el sentido de compartir en un mismo lugar (gran Nave) actividades culturales y comerciales, se ha superado por la vía de imaginar espacios desde su proyección arquitectónica, destinados exclusivamente a ser unidades de negocios que no acojan actividades artísticas, sino que sólo contribuyan financieramente al proyecto. Esta realidad no era posible en un espacio centenario, remodelado pero no construido desde cero como la estación Mapocho. Tampoco en 1990 existía la experiencia de autofinanciamiento que hoy tributa al Centro Cultural Gabriela Mistral.

LAS REDES (Networks)
Una red de espacios culturales no sólo comparte experiencias prácticas, sino que se convierte, de hecho, en un espacio de construcción conjunta de pensamiento alrededor de lo vivido en momentos diferentes pero con características similares. Esto sugiere otro elemento central como es la reflexión en torno a la acción de los centros culturales a niveles nacionales e internacionales. Es el caso de la Red de Centros de América y Europa, creada en 2002 y que ha ido realizando anualmente encuentros de compartir experiencias y elaboración de teorías respecto de la gestión de los diferentes centros que la integran.

LOS NEGOCIOS
Una vasta experiencia señala que los negocios que pueden contribuir al financiamiento de un centro cultural, son por definición, variables en el tiempo. En algún momento pudieron ser las ferias comerciales monográficas, en otro, los recitales masivos, luego las muestras grand publique como los Dinosaurios Animatronics.

Actualmente son los congresos y convenciones. Todo ello implica una capacidad de adaptación permanente. Como lo señalaba el ex Ministro de Cultura del Brasil, Francisco Weffort, en gestión cultural debemos estar atentos a la libertad de las personas, los movimientos del mercado y la presencia del Estado.

Una reflexión sobre el mercado: no significa que debamos actuar conforme a lo que la gente consume, sino –lo que es muy diferente- aquello que forma parte de sus intereses culturales. Para ello debemos recurrir a otro instrumental relevante.

LOS OBSERVATORIOS DEL PÚBLICO
Nos permiten conocer cuáles son los intereses del público cruzando información relevante desde diversas fuentes: encuestas periódicas específicas a las actividades habituales (permiten comparación y elaboración de índices de fidelidad de las audiencias); encuestas generales de intereses culturales cada 5 o diez años, con preguntas similares (permiten avaluar grades tendencias y los efectos de la aparición de nuevos espacios culturales) generalmente en alianza con otras instituciones (municipios, canales de TV, otros centros); estudios regulares de los libros de observaciones que están al alcance del público en forma permanente; reportes de quienes están en contacto con el público (guías, guardias, vendedores de boletos; análisis sistemático de prensa a través de los servicios de recortes y alertas de Internet sobre temas específicos (gestión cultural, políticas culturales).

Por tanto, lo movimientos del mercado no se reducen al CONSUMO de arte o cultura, que muchas veces es un indicador equivocado, en especial cuando aparece vinculado a la GRATUIDAD.

Una reflexión final sobre ella. Señala Jorge Orlando Melo que “Si se quiere que el arte llegue gratuitamente al público, esto quiere decir que se afirma la obligación de todos los ciudadanos de pagar impuestos para sostener a los artistas y creadores, sin que se resuelva el problema de la independencia de la cultura, amenazada según distintas perspectivas por el mercado mismo – los artistas y creadores, empeñados en vender su obra (sean cuadros, libros, obras de teatro o películas) se dejan arrastrar por el becerro de oro, se comercializan y venden su alma – o por el Estado, que usa el apoyo a la cultura para legitimarse y para legitimar sus políticas, o por las empresas privadas que a través de sus actos de mecenazgo exhiben su generosidad, orientan el arte para debilitar su espíritu crítico o cubren los rasgos negativos que pueden afectar sus marcas”.


En consecuencia, otra de las ventajas de acercarnos a formas de financiamiento diferentes del estado y las empresas es acercarnos también a expresiones culturales más cercanas a las audiencias en la medida en que aquellos estarían dispuestos (por razones electorales los unos y de “mala conciencia”, los otros) a financiar actividades gratuitas en las que el público no tenga más participación que la pasividad de un espectador no consultado ni involucrado en la actividad y éstos (los que tememos a la gratuidad) implican gestos de las audiencias que las involucran y que van desde el pago –total, parcial o simplemente diferenciado- a la necesidad de asistir previamente al lugar del espectáculo a retirar sus entradas con un número definido (normalmente, dos por persona). Esta ocasión de entregar previamente es también una oportunidad de explicitar quién o quienes están pagando por mi gratuidad.

Cada vez más las empresas están desarrollando políticas llamadas de Responsabilidad Social Corporativa que apuntan a involucrarse con las comunidades más cercanas y la sociedad en su conjunto al apoyar expresiones culturales de gran envergadura.
En sus trabajos culturales han buscado alianzas con fundaciones y corporaciones de modo de incorporar no sólo su criterio en la selección de las actividades por apoyar financieramente, sino dejando gran parte de ello a sus socios culturales.

Por otra parte, un estudio reciente del académico Patricio Meller muestra que en mi país hay un considerable número de grandes empresas, especialmente de capitales nacionales, que gastan más en sus propios directorios que el RSE.

Por tanto, hay todavía un importante margen de incorporación de aportes privados a la cultura, siempre y cuando se vinculen a proyecto que, como veíamos, sean intensivos en gestión y alianzas.

En definitiva, cualquiera sea la modalidad que apliquemos a la búsqueda de nuevos recursos para la cultura, hay dos reglas que aseguran el buen resultado: una, que los planes de gestión sean previos al proyecto arquitectónico -sea éste de construcción, renovación o restauración- ya que la ARQUITECTURA DEBE ESTAR EN FUNCIÓN DE AQUELLO QUE SE TENDRÁ COMO MISIÓN CULTURAL. Porque “No hay arquitecto genial sin un cliente genial”

La otra, que el trabajo individual no es suficiente, la operación en REDES y ALIANZAS es la manera eficiente, económica y solidaria de perfeccionar el financiamiento y la gestión de la cultura.

25 agosto 2009

NOS PREMIAMOS POCO, CELEBRAMOS POCO












Con motivo de la inauguración de la muestra La magia del disfraz, del Museo del Carnaval de Montevideo en el Centro Cultural Estación Mapocho.


Permítanme sólo dos reflexiones en esta feliz ocasión. En Chile nos premiamos poco y fíjense que lo afirmo en medio de este inusual clima de proclamación de Premios Nacionales que nos ha traído a lo menos la alegría de un escultor, como Federico Assler, que nos distingue con su obra junto a nuestro Centro Cultural, allí en el Parque de los Reyes y a la vez aguarda, con una obra previa, y con ardiente paciencia, el nuevo Centro Cultural Gabriela Mistral.


Nos premiamos poco, quiere decir, nos reconocemos poco y nos maltratamos mucho. Somos más penetrantes en la crítica que en el halago.

La segunda reflexión es que “carnavaleamos” poco. Es decir, somos malos para celebrar. Tendemos a imaginar que, por ejemplo, el bicentenario son especialmente metros cuadrados construidos, ojalá puentes, carreteras, bordes marinos y monumentos, o especies para atesorar como estampillas, discos, afiches, medallas, billetes o libros. Nos cuesta más conjeturar la celebración con cánticos, murgas, diabladas, desfiles ciudadanos, pampillas pletóricas de chinganas o bailes hasta el amanecer.

Por ello es que esta oportunidad que hoy nos reúne, junto con ser “chilenamente contraintuitiva”, es maravillosamente especial.

Porque, en primer lugar conmemoramos la Fiesta de la Independencia de un país hermano y en segundo lugar nos alegramos con ellos de un premio que tuvimos el orgullo de recibir en conjunto y, lo que sin duda es menos frecuente, de celebrarlo unidos.

Además, celebramos a un Carnaval que se ha convertido en museo, pero que no por ello ha dejado de carnavalear.

Podríamos decir lo mismo del Centro Cultural Estación Mapocho, que no por ser reconocido por el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural ha dejado de acoger y recibir a miles de visitantes y a la vez es crecientemente solicitado como lugar de actividades populares.

No puedo entonces dejar pasar esta oportunidad, en territorio chileno, en tiempos de premios nacionales, en un lugar premiado y con testigos colegas de galardón, para reconocer, tal como o hiciera en Madrid al recibir el Premio, que: “Quienes henchimos el pecho somos las ochocientas mil personas que anualmente visitan el Centro Cultural Estación Mapocho; los centenares de artistas que se han inmiscuido en nuestros escenarios; los gobernantes que, a inicios de la recuperación democrática, entendieron la importancia de dar espacios a la cultura, y, por cierto, los que trabajamos cotidianamente en ese maravilloso espacio”.

Sin duda es necesario también agradecer muy sinceramente al Embajador del Uruguay Carlos Pita que no trepidara un segundo cuando le sugerimos celebrar esta inauguración en esta fecha y nos brindó todo el cariño y el apoyo de su Embajada.

También aquí y ahora es un deber agradecer el respaldo de la Ministra Presidenta del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Paulina Urrutia, que tampoco vaciló un momento cuando le pedimos que presentara nuestra candidatura al Reina Sofía y que nos acompañó en Madrid para la recepción del Premio.

No es casualidad que Paulina estuviera ayer escoltando a Federico Assler cuando éste concurrió a enterarse de su premio al Ministerio de Educación. Espero que sea una señal de que comenzaremos a premiarnos más y celebrarnos más.

Quiero terminar dándoles a todos la bienvenida a este lugar de hermandad entre Uruguay y Chile, a esta muestra de estímulo a las celebraciones y a este momento en que nos gustaría que fuera el último en que dijéramos que… “en Chile nos premiamos poco y celebramos poco”.

09 agosto 2009

ALFONSO CALDERÓN, MAESTRO TODO TERRENO


















Existen maestros puertas adentro y puertas afuera. Los primeros, se limitan a derivarnos su saber entre las paredes de las salas de clases. Los segundos, enseñan además en los encuentros casuales, en la calle, en un café y en la vida. Alfonso Calderón fue de los segundos.

No recuerdo exactamente cuando comenzó a enseñarme o cuando se convirtió en maestro querido y respetado. Sólo sé que ese proceso me acompañó hasta ayer, cuando en una edición de domingo, los diarios de los que tanto nos hizo aprender, anunciaron su partida.

Tal vez las primeras enseñanzas fueron sus clases de redacción en la Escuela de Periodismo de la UC, en calle San Isidro, en los años sesenta, desde las que nos catapultaba a la Biblioteca Nacional, ubicada a sólo una cuadras, a investigar lo acontecido en algún momento histórico determinado, visto desde los archivos de prensa, sus avisos, sus titulares, las obras de teatro y películas en cartelera y hasta los remates. Entonces nos enseñaba a valorar al diario como testimonio y base de futuros reportajes y, porqué no, materia prima de la historia que estaba por escribirse.

Cercanamente, en el tiempo y la geografía urbana, ya en los setenta, seguí aprendiendo de él en las oficinas y pasillos de la editorial Quimantú, donde oficiaba de asesor literario y nos acribillaba con centenares de propuestas de títulos de libros para ser publicados en las diferentes colecciones. Todos ellos, debidamente leídos y prestos para ser prologados por el propio Alfonso con la extensión y plazo que determináramos. No escatimaba sus lecciones ni siquiera los días feriados en que emprendíamos jornadas de trabajos voluntarios. Amanecía de los primeros en la editorial con una pequeña radio portátil pegada a la oreja en la que escuchaba su programa de tangos favorito en radio Magallanes. Más tarde, acallado ya Gardel, nos hacía descubrir a un grupo de amantes del trabajo intelectual más que del físico cuales eran exactamente las diferencias de edad de cada uno y la cantidad de décadas que nos separaban, modo inequívoco de recordar las edades de cada uno. En mi caso, como me lo recordaba periódicamente, eran justo dos.

Poco después, golpe militar mediante, y hasta los ochentas, seguí aprendiendo al editar, en revista APSI, sus ajustados comentarios de libros: entregados en la extensión justa, sin faltas de ortografía y de contenido perfecto. El ideal de un editor que podía despachar casi sin leer el encargo. ¿Cuánto espacio tienes? Y llegaba en la fecha señalada con la cantidad de golpes de máquina precisos. Tal vez para aprovechar el tiempo no desperdiciado en el trabajo de cortes y corrección, nos enfrascábamos en una sabrosa conversación en la que revisábamos rigurosamente la situación de aquellos amigos de Quimantú para seguir con la ritual y jocosa pregunta: ¿Y como está tu lista de enemigos? Dando cuenta primero de los suyos, convenientemente actualizada, con alguna nueva anécdota. Porque Alfonso es de lo que pensaba que más vale tener enemigos que pasar por la vida inadvertido.

En los noventa, volvimos a encontrarnos en la UC, cuando nos invitaron a ambos desde la Facultad de Letras a exponer sobre Quimantú y nos esperaban con una sorprendente muestra de libros sobrevivientes de dicha editorial, jornada a la que pertenece la fotografía que ilustra esta nota.

Alfonso fue un amigo entrañable y querido, padre y abuelo de poetas, generoso ante cualquier llamado de sus discípulos, como hace 4 años, ya en el siglo XXI cuando lo llamé para proponerle que escribiera el “Memorial de la Estación Mapocho”, tarea que emprendió sin vacilaciones y con entusiasmo pletórico de anécdotas, con la colaboración armónica de Lila hija y Lila nieta.

La última vez que nos encontramos, merodeando ambos la Biblioteca Nacional, hablamos de la Tere, su hija, y por supuesto hicimos planes. Del último de ellos no alcanzó a enterarse: con Ofelia, la viuda de Mariano Aguirre, otro de los memoriosos de la literatura chilena, conversamos hace pocos días sobre la petición que le haría a Alfonso de escribir sobre Mariano en una recopilación que ella prepara. Ambos dimos por indudable que lo haría.

Será probablemente la primera publicación que nos recuerde el enorme vacío que deja Alfonso en las letras chilenas.