09 agosto 2013

EL MUSEO HISTÓRICO NACIONAL Y LOS GUIONES


La determinación del Director del Museo Histórico Nacional, elegido por concurso de Alta Dirección Pública, de llamar a la participación ciudadana -tan de acuerdo con la historia que vivimos hoy como sociedad- para elaborar un nuevo guion para el museo ha despertado aplausos, curiosidad y fuertes reacciones en contra. Se ha llegado a plantear que el relato en proceso, atentaría contra la presencia en nuestra historia de la "monarquía hispánica", en beneficio de los pueblos originarios.


De ser así, no se cumpliría más que con un acto de justicia: cuando los conquistadores llegaron a este territorio que se llamaría Chile, ellos ya estaban. Cuando sus tercios fueron expulsados, con la heroica colaboración del general José de San Martín, los indígenas permanecieron. Por simple magnitud temporal, los pueblos pre hispánicos merecen más espacio en nuestra historia, en especial aquellos que sobreviven y buscan integrarse al Chile del siglo XXI, esta vez con creciente simpatía ciudadana.

Tampoco es novedosa la forma de elaborar el guión. Hace pocos años, el Museo de Historia Natural de Concepción, sometió al escrutinio popular tres opciones diferentes de museología, que habían sido elaboradas por especialistas con el apoyo de la recordada Fundación Andes. El Estado de Chile, a través de la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural, no hizo más que apoyar con recursos la instalación de la museología preferida por los futuros usuarios del museo.

El propio Museo Histórico Nacional nació de las donaciones que la población hizo, en 1910, ante la convocatoria oficial de la comisión que celebraba los primeros cien años de la Independencia de la República, para la Exposición Histórica del Centenario. Es decir, su guión estuvo fuertemente influenciado por lo que los habitantes estimaron digno de ser exhibido. Sin duda, muchas de las piezas donadas -armas, condecoraciones, estandartes, insignias- provenían de familias de soldados chilenos que combatieron a esa misma monarquía hoy supuestamente amenazada.

Por tanto, no cabe llamar a rebato por este gesto modernizador del Museo, que debiera ponerlo a la altura de otros como el Nacional de Historia Natural, recientemente reinaugurado luego de sufrir los avatares del sismo del 27/F, o del Museo Pre Colombino, que renueva y amplia afanosamente su local. Dimensionando voces como la del historiador Sergio Villalobos que cree "de temer que se exagere la importancia de las culturas autóctonas, cuya presencia ha sido muy débil en el trayecto del país, en que la cultura dominante ha conformado de manera unitaria el ser nacional".

Peligrosa afirmación que da por sentado que aquello que hemos conocido como cultura dominante, lo es por aceptación de la ciudadanía y no por imposición de las élites; situación que es afortunadamente desmentida por muchos, entre otros, el reciente debate en la Cámara de Diputados, a propósito del eventual Ministerio de la Cultura, en el que crece la convicción de que deberíamos avanzar a reconocernos como una sociedad multicultural y por ende, con un Estado que trate con los diferentes pueblos que nos conforman -por origen, inmigración o conquista- con una institucionalidad de las Culturas.

Lo lógico sería que nuestro Museo Nacional llegue a ser un reflejo de lo mismo, sobre todo si se ha planteado incorporar a la DIBAM, actual responsable de dicho Museo, a ese Ministerio.

El debate recién comienza y el guión redacta su primer borrador.

02 agosto 2013

MINISTERIO DE CULTURA: EL PROYECTO EN SU LABERINTO

El lunes 29 de julio de 2013, la historia del posible Ministerio de Cultura de Chile pudo haber sufrido un vuelco, que lo catapulte a concretarse durante la próxima administración o que lo descarte por muchos años. Ocurrió en la  sala de sesiones de la antigua Cámara de Diputados y fueron protagonistas media docena de diputados, un nuevo Presidente del CNCA y un centenar de personas representativas del complejo mundo de la cultura, incluyendo a creadores, funcionarios, gestores y patrimonialistas, muchos de ellos venidos desde regiones. El tono lo puso un entorno tan solemne como incitante al diálogo.

El Ministro Roberto Ampuero, dio el vamos señalando "concibo mi gestión escuchando, en diálogo permanente con órganos colegiados y los diputados de la comisión de cultura". El desafío, agregó, es dar un segundo salto institucional, garantizando el libre desarrollo de todas las disciplinas artísticas, aceptando la multiculturalidad que nos une transversalmente. Valoró que el CNCA sea capaz de fijar políticas públicas con horizonte de cinco años, pero que, sin embargo, tiene carencias estructurales que se trata de perfeccionar pues sus políticas no son vinculantes para la DIBAM ni CMN. Señaló que el objetivo del Proyecto es construir una institucionalidad más sólida con participación de la sociedad civil en la formulación de políticas culturales. Comprometió que se les dará garantía a los trabajadores: "No podrá haber supresión de cargos, ni cese de servicios ni perdida de empleo ni pérdida derechos profesionales, ni cambiará lugar de residencia". Anunció que en todas la direcciones regionales se realizarán reuniones participativas, "hoy es el momento de la participación".

Raúl Allard, cabeza de la comisión que elaboró el Proyecto de Instituto del Patrimonio en el gobierno Bachelet, se manifestó de acuerdo con la idea central de la creación del Ministerio de Cultura, señalando sus complejidades: "Esta es un área que en su dimensión de creatividad y de las artes y del folclore y múltiples manifestaciones florece y se desarrolla por sí misma, es un área que requiere de fuerte apoyo y no de dirigismos, este es un valor que hay que preservar, al tiempo que hay que ampliar y profundizar la atención pública a la cultura. Paralelamente, en su dimensión del patrimonio cultural, material e inmaterial, la situación es diferente y sí requiere de una fuerte presencia e intencionalidad del Estado, junto a comunidades, regiones, sociedad civil para realizar acciones efectivas de intervención y protección, conservación y difusión". Premonitoriamente, agregó: "hay un patrimonio que está en peligro y periódicamente se producen destrucciones que lamentar. El Proyecto dispone que el Director del Patrimonio Cultural deberá “denunciar el daño, destrucción y tráfico ilícito de los bienes de valor cultural protegido”. Está muy bien pero no es suficiente. Para esta situación debería haber recursos no concursables, alrededor del 15 al 20% de los recursos en el Fondo del Patrimonio Cultural que puedan destinarse en caso de urgencias comprobadas". El nuevo incendio de la Iglesia de San Francisco, en Valparaíso, refuerza su siguiente propuesta: "incluir dentro del marco de las responsabilidades de la institucionalidad patrimonial una preocupación especial por los sitios declarados como Patrimonios de la Humanidad como es el caso de Valparaíso que por su topografía y escasez de recursos no tiene, por ejemplo, el tipo de atención que reciben la Habana Vieja y la ciudad amurallada de Cartagena de Indias".

El ex Senador José Antonio Viera Gallo -"me alegra la creación de un ministerio"- planteó que se debe mejorar el proyecto, definir mejor ámbito de influencia, formuló dudas de su constitucionalidad y pidió explicitar más claramente la independencia con que hoy son administrados los fondos. Aclaró que en la legislación chilena, el concepto de sistema no existe, hay servicios, no sistemas. También falta, a su juicio, afinar el "pasarán a depender" y ajustar el ministerio a la ley de bases del estado.

Nivia Palma, ex Directora de la DIBAM, apuntó que "además de ser un ministerio pequeñito y sin capacidad y facultades para "ejecutar políticas y programas", el órgano colegiado de participación ciudadana denominado CONSEJO NACIONAL DE LA CULTURA Y EL PATRIMONIO es un espacio peligrosamente restrictivo y no participativo. En efecto, de 11 miembros solo 4 son personas destacadas "de las áreas de la cultura y del patrimonio", debiendo una de ellas estar vinculada al patrimonio cultural y otra a las artes e industrias culturales, nombrados por el (la) Presidente(a) de la República, CON ACUERDO DE LOS 3/5 del SENADO. Obviamente un Senado elegido en un sistema electoral binominal – el cual genera distorsiones tan graves en la efectiva representación de la ciudadanía- y un quorum tal alto como éste obligará a "consensuar" estos 4 nombres asegurando presencia de Gobierno y Oposición en igualdad de proporción, sin considerar la votación mayoritaria del país y llevará al examen de qué personas "son aceptadas" por el Senado para poder nombrarla. De ahí a la obsecuencia de creadores, cultores y especialistas con el poder hay un paso".

Óscar Acuña, ex Secretario Ejecutivo del CMN, agregó que cuando se fusiona DIBAM y CMN se comete una aberración jurídica de fundir un ejecutor con un contralor y advirtió "una asimetría en salarios entre quienes trabajan en DIBAM y CNCA".

José Cortés, de Anfudibam, pidió una larga discusión, sin urgencia, del proyecto denunciando un perfil privatizador en artículo 46 y se pregunta ¿quien fija la política cultural, el donante privado? planteando su rechazo del proyecto por insuficiente. Manon Herrera, de Anfucultura, resumió la postura de los trabajadores con un "sí al ministerio, no al proyecto actual" que no contó con participación activa, sólo informativa. Planteó la necesidad de un Ministerio de las Culturas. No hay efectiva participación ciudadana, ni de pueblos originarios, ni de las regiones. Ve indispensable un proceso de diálogo nacional, propiciado por la comisión, en las 15 regiones del país. Mientras Raúl de la Puente, Presidente de la ANEF, declaró importante tener un ministerio, pero ¿como lo construimos? Con trabajo decente, con remuneración digna y protección social. Mantener los derechos actuales es mantener precariedad. La mayoría son empleos a honorarios, sin derecho a la salud ni la previsión. "¿Porque no lo hacemos bien?".

Claudio Lillo, de Vilcún advierte que la matriz ideológica del proyecto se basa en la industria cultural y consagra una ideología de consumo, pide respetar al país multicultural. Bárbara Negrón, del Observatorio de Políticas Culturales, planteó la necesidad de debatir con calma recordando que existe una deuda con las artes visuales y escénicas.

Ignacio Aliaga, Director de la Cineteca Nacional, habló de un segundo salto en la cultura, preguntándose cómo damos bien ese salto. Sugiere que el par de vectores centrales son el reconocimiento del multiculturalismo y la diversidad cultural desde las regiones. Ve necesario proteger las lenguas originarias del país. Como se relacionan cultura con educación y el rol del arte en la educación. También que el CNTV sea parte de esta estructura, lo que fue reiterado por el productor audiovisual Fernando Acuña y la periodista cultural Vivían Lavín, quién agregó que los derechos de los canales son bienes de toda la sociedad chilena sin embargo, hay carencias importantes en la difusión de la cultura chilena, que debe llegar a todos los ciudadanos.

El abogado Fernando Silva ve un avance en la misión de preservar los derechos de autor pero advierte que el Proyecto no crea un órgano dedicado a ello. Sugiere que el departamento de Derechos Intelectuales del Mineduc se convierta en ese órgano.

Rosario Carvajal, dirigente del Barrio Yungay, manifestó preocupación por la ausencia de participación vinculante y la existencia de una deuda de apoyo a quienes habitan zonas patrimoniales. Mientras Marianela Riquelme, ex dirigente de Anfucultura, reforzó que Valparaíso debe seguir siendo sede de la nueva institución. El actor Jaime Mondría, destacó la necesidad de incentivar la actividad artística en regiones y recordó la falencia existente en la acreditación de carreras artísticas.

El diputado Marcelo Schilling, reconoció que no fue suficiente esta convocatoria, aclarando que muchas de las observaciones deben transformarse en sugerencias escritas, en formato indicación. Su colega Ramón Farías, señaló que es posible darse tiempo e ir a algunas regiones. "No podemos olvidar lo que se ha hecho antes, la historia".

Roberto Ampuero -"he escuchado también como escritor"- manifestó al cierre su satisfacción por todo lo ganado en ideas e inquietudes, "soy de regiones, el primer ministro que ejerce desde Valparaíso, pertenezco a a diáspora de Chile". Me alegra que hemos coincidido en la necesidad del Ministerio, un anhelo que ha venido desde distintas autoridades y diferentes orientaciones políticas. Se debe nutrir de la con una participación importante que garantiza la pluralidad. Los consejos deben ser enriquecidos por la presencia de la sociedad civil. Este es un país multicultural, con fuerte presencia de pueblos originarios y de la presencia de afro-descendientes, somos un país marcado por inmigraciones y porque siguen llegando comunidades de inmigrantes. "Me voy revitalizado con alegría y vitalidad, me llevo sobretodo lo que nos une".

El Presidente de la Comisión, diputado Víctor Torres, destacó el respeto y la tolerancia para cohabitar "quienes construimos esta nueva institucionalidad cultural, señal de perderle el miedo a la democracia".

La pregunta que nos llevamos de esta sesión es cómo se continúa. 

Lo que queda es que nadie -ni siquiera el nuevo Ministro- defendió el Proyecto tal cómo fue presentado, la gran mayoría de asistentes y diputados planteó un tiempo amplio para discutir y grandes acuerdos sobre la necesidad de profundizar la participación e incorporar miradas ausentes como la de las regiones, los pueblos originarios, los inmigrantes y los funcionarios, además de los sectores permanentes del mundo de la cultura como son los creadores, gestores y patrimonialistas, que promovieron la institucionalidad actual de un Consejo Nacional. Éstos, estarán disponibles para avanzar hacia un Ministerio en la medida que se entienda como una entidad superior, que refuerza la presencia del estado en cultura para preocuparse de las más débiles, defender el patrimonio y asegurar los derechos culturales a toda la ciudadanía, pero a la vez garantiza plenamente la libertad de creación, sin dirigismos de naturaleza alguna, reuniendo en instancias participativas y vinculantes a todos los protagonistas de la cultura. 

Existe un compromiso de la comisión parlamentaria de votar el proyecto, en general, el 4 de septiembre. Ello permitiría que se apruebe la idea de legislar. Y quede, para la próxima administración, la presentación de una nuevo proyecto, sustitutivo que refleje lo que se escuchó, por fin, el 29 de julio. Que, después de todo, no fue un mal día.

27 julio 2013

UN MINISTERIO PARTICIPATIVO EN GESTACIÓN Y GESTIÓN

San Jorge y el dragón, Jacopo Tintoretto

Para quienes conocimos, en la década de los noventa, la historia fidedigna de la gestación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, no debiera extrañar que hoy, en la antesala de su revisión, sea el Parlamento quién salga a rescatar, cuál Jorge de Capadocia a la Princesa de la Cultura amenazada por el dragón, de un proyecto de ley apresurado, poco acucioso y sobretodo, ignorante de la realidad del sector que se pretende normar. En definitiva, un texto al que le faltó justamente aquello que los diputados hicieron en 1996 y que comenzarán a ejercitar en 2013: ESCUCHAR.

No es menor el que la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados haya convocado a una sesión ampliada o audiencia pública el 29 de julio y emitido una cantidad de invitaciones a actores relevantes del sector. Fue como el despertador. Equivale a la citación que ocho diputados de todos los partidos con representación parlamentaria hicieron a inicio de 1996 -José Antonio Viera Gallo, Isabel Allende, Maria Antonieta Saa, Mariana Aylwin, Ignacio Walker, Andrés Chadwick, Luis Valentín Ferrada y Alberto Cardemil- a sesiones abiertas, en la sala María Luisa Bombal del Centro Cultural Estación Mapocho, los martes de dicho año, a las ocho y media de la mañana. Pasaron por esa gigantesca mesa redonda decenas de gestores culturales, artistas, invitados extranjeros, más de una sesión por vídeo conferencia, hasta llegar a formular -parlamentarios y "civiles"- una incierta convocatoria para el 16 de noviembre de ese año, a un Encuentro de Políticas Públicas y Legislación Cultural. Llegaron más de 600 delegados, en su mayoría espontáneos, de todo el país que se inscribieron en un puñado de comisiones para expresar sus demandas. Lo interesante fue que los legisladores las escucharon y ese clamor llegó hasta La Moneda, desde dónde el Presidente Frei Ruiz Tagle envió a su  Ministro de Educación, José Pablo Arellano, para comprometer una Comisión Presidencial que recogiera y estudiara las 120 prioridades nacidas en ese particular entorno.

Esa Comisión sesionó durante todo el año 1997, en las oficinas de la División de Cultura, teniendo como anfitrión a Claudio Di Girólamo. Su trabajo -que incorporó además de parlamentarios -Gabriel Valdés, Luis Valentín Ferrada, María Antonieta Saa- a empresarios -David Gallagher, Roberto de Andraca y Mauricio Larraín- y por cierto a gestores y artistas hasta completar 17 personas. El resultado fue un articulado de ley para crear el CNCA y otro para modificar la Ley de Donaciones. Sólo con eso avanzado, el gobierno siguiente, de Ricardo Lagos, se atrevió a mandar un proyecto de ley de institucionalidad cultural al parlamento. El terreno estaba abonado.

Qué diferente a la iniciativa reciente en la que el Gobierno Piñera confundió eficiencia con cumplimiento de plazos y presentación del proyecto con meta. Priorizó la formalidad de su presentación por sobre confeccionar un proyecto adecuado a los tiempos y al desarrollo del sector desde 1990 a la fecha, no entendió ni profundizó el proceso creciente y simultáneo de participación e institucionalización que encabezaron coherente y sucesivamente DiGirolamo, Agustín Squella, José Weinstein y Paulina Urrutia.

Pero el error no está sólo en no advertir la línea de desarrollo en el mundo público, tampoco consideró los consistentes avances del mundo cultural en el ámbito privado: interrumpió la expansión y consolidación de corporaciones culturales privadas sin fines de lucro como el Gam, Balmaceda y Matucana. Curiosamente para un gobierno de derecha, tuvo miedo de la gestión autónoma de esta instituciones e intentó controlarlas desde el gobierno por la vía presupuestaria y restringiendo la diversidad y cantidad de sus directores, lo contrario de lo acontecido recientemente en el Teatro Municipal de Santiago, que amplió el espectro de su máximo órgano directivo, con interesantes resultado ya a la vista.

Cabe entonces, dos cosas: una felicitación a la Comisión de Cultura por iniciar el proceso de participación que no se hizo antes de presentar el proyecto, e iniciar la propuesta de temas que deberían estar presentes en el camino que comienza, para retomar la senda bruscamente interrumpida el 2010. 

Desde luego, mejorar las condiciones de participación de la ciudadanía en el eventual Ministerio, tanto desde las regiones y de los creadores como de los pueblos originarios y las audiencias.

Desarrollar un estatuto funcionario que dignifique a quienes trabajan tanto en la DIBAM como en el CNCA.

Considerar estructuralmente la multiculturalidad de Chile en la nueva entidad.

Avanzar decididamente en la descentralización del desarrollo cultural, tanto en términos de presupuesto como de participación de personalidades regionales en las decisiones de alcance nacional.

Y, para estar a tono con lo que la sociedad está demandando, lo primero será algo tan simple como escaso hasta ahora: un par de buenos oídos para escuchar.

Así se construyó el Consejo Nacional de la Cultura y sólo así se edificará la institución que lo supere y fortalezca en sus rasgos principales, que se resumen en la ya tradicional frase: la cultura es tarea de todos, que debiera derivar en que el  acceso a ella sea un derecho de todos.

Cuando ocurra, el episodio del dragón, será solo un mal recuerdo.

18 julio 2013

CASTILLO, EL RECTOR DE LAS COMUNIDADES

Mis hijos solían decir que, cuando crecieran, iban a vivir también en casas de ladrillo. Se referían a aquel conjunto habitacional donde, desde 1981, vivimos y crecieron compartiendo con decenas de otros niños de su edad, en un amigable entorno que casi hacía olvidar el siniestro panorama que campeaba en el país, azotado por una inclemente dictadura. Digo casi, porque ese ambiente exterior se filtraba cada noche de protesta cuando los residentes y muchos vecinos -"queremos pasar la protesta con ustedes"- nos esmerábamos en abollar cuanta olla estaba a nuestro alcance y hasta retratarnos bajo un simbólico cartel que rezaba el más profundo de nuestros sentimientos: "NO PASARAN".


Quién nos permitió tales dignidades se llama Fernando Castillo, es arquitecto, fue Rector de mi universidad y me honró con su amistad.

Ésta nació al calor de la post reforma universitaria, en 1968. Yo era un aguerrido dirigente estudiantil, desconfiado de quienes, con banderas reformistas y no suficientemente revolucionarias, se establecían en la casa central de la universidad a intentar gobernar la nueva etapa. Hasta que una noche dominical, viendo el obligatorio  "A esta hora se improvisa" en Canal 13, lo escuché hablando de que nuestra casa de estudios era doblemente universal, por lo universitario y por lo católico... Me cautivó su planteamiento, le escribí una carta contándoselo y lo olvidé. Hasta que recibí, un pendejo de primer año de sociología, un llamado del secretario general de la Universidad, Ricardo Jordán, señalándome que había leído la carta, que le había gustado mucho a ambos y que el rector me recibiría en una fecha cercana, en cuando regresara de un viaje a Cuba.

Asistí curioso y conversamos como viejos amigos, don Fernando me contó de sus impresiones de La Habana y yo, simplemente, no recuerdo qué le hablé, pero transcurrieron muchos minutos y salí, considerando a la oficina de la Rectoría y esa escalera redonda que lleva a ella como familiares.

Estudié sociología y periodismo en esa universidad reformada, seguí el sistema de carreras paralelas, tomé cursos facultativos en Filosofía -Pensamiento Político de Fidel Castro y el Ché Guevara-; Estética -Marxista-, y Literatura: Cortazar. Disfruté profundamente esa etapa universitaria hasta su agonía: el 24 de septiembre de 1973, cuando -invitado subrepticiamente por un amigo entrañable- asistí atónito a la última sesión del Consejo Superior presidida por Castillo, antes de ser "honrosamente" sustituido por un Almirante delegado por el debutante gobierno militar. Don Fernando obvió esa dudosa ceremonia sucesoria, enviando al vice Rector Alfredo Etcheverry a reemplazarlo.

Luego, partió al exilio. Argelia, dónde experimentó con las casas de techo plano que innovó en las futuras comunidades, sólo que en clima lluvioso. Esa pugna entre el arquitecto que ama su obra y el usuario que pretende evitar que sus paredes y techos exuden humedad nos unió aún más. Me llevó a su casa, me mostró los tarritos que colgaban de sus techos para recoger las aguas lluvias y me ofreció llevarme su estufa a leña para paliar mis reclamos. Con amor e hidalguía asumí como muchos, por no decir todos los comuneros, que nuestra casas tenían muchas ventajas como para estar reparando en simples goteras, tan poéticas ellas.

Finalmente, los techos se arreglaron, las paredes se impermeabilizaron y hace unos meses celebramos con un baile los 30 años de vida en comunidad. Bailamos con don Fernando y Mónica y nos abrazamos con hijos y hasta nietos amantes de las casas de ladrillo.

Pero, no sólo fue maestro de viviendas, también de periodismo. Celebrábamos -en julio de 1978- los dos años de vida de la revista APSI y por cierto, todos querían ir a la comida conmemorativa, pero nadie hacer uso de la palabra. Excepto Fernando que venía llegando desde Inglaterra y nos deleitó con una lección sobre la libertad, estimulandonos a seguir con la improbable empresa de editar una revista independiente en plena dictadura. Los comedores repletos de la Unión Española en calle Carmen, fueron testigos de una de las primeras cenas masivas de la resistencia, en la que recibimos a decenas de delegaciones de partidos políticos completamente inexistentes y clandestinamente operativos.

Veinticuatro horas antes de fallecer Fernando Castillo Velasco, el poeta Pedro Lastra formalizaba ante el actual Rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, una extraordinaria donación de dos mil quinientos libros, muchos autografiados por notables autores contemporáneos de Lastra, que irían a enriquecer la biblioteca de la facultad de Letras de la UC. La íntima celebración se realizó en los salones de la rectoría. Cuando Pedro me contó, le solicité que se fijara en cada detalle porque quería comparar ese entorno con aquel de la charla con don Fernando cuándo yo no regalé nada, pero recibí uno de los presentes que más he apreciado en la vida: conocer a Fernando Castillo.

Estoy cierto que no lo olvidaré.


08 julio 2013

HABÍA UNA VEZ, HACE 40 AÑOS, UNA CUNCUNA...


Lo mejor de los buenos recuerdos es que no se van fácilmente. Mucho mejor es cuándo otros ayudan a conservarlos. Es lo que acaba de acontecer con una inesperada solicitud de entrevista venido desde la Fundación La Fuente, aquella de las "bibliotecas vivas"... Cumpliendo con su lema, me consultaron sobre la Colección Cuncuna, que formó parte de esa formidable empresa editora que en menos de tres años inundó el país de libros relevantes y económicos, llamada Quimantú o "sol del saber". A continuación, transcribo la conversación que me hizo regresar cuarenta años atrás y homenajear lo mucho que perderíamos, unos meses más tarde.


- ¿Puede describirnos cómo era el ambiente de la editorial Quimantú cuando llegó a trabajar allí? ¿Fue cambiando durante el tiempo que estuvo ahí?

-              Era un ambiente de gran optimismo y alegría, de que “todo era posible”. Para mí fue la principal manera de integrarme a un  proceso revolucionario que encabezaba el compañero Presidente, Salvador Allende. Era llegar a una empresa del área social de la economía, administrada por sus trabajadores, en la cual se combinaban el trabajo profesional con el compromiso político y la participación en la gestión de la empresa. Almorzábamos en el casino, que estaba junto al taller, compartíamos con los obreros tanto al mediodía como en las tardes, en reuniones de sindicato, de comité de producción o de partido. No había día de la semana en que no participara de reuniones de diferentes órganos de participación popular y muchas veces, el fin de semana realizábamos trabajos voluntarios para elevar la producción o simplemente ayudar a descargar alimentos de algún tren que llegaba desde los puertos.
                Dicho ambiente fue cambiando en la misma medida en que fue cambiando el panorama político nacional. La convivencia –fuera de la empresa- se fue crispando y esa realidad de lucha social comenzó a reflejarse en las publicaciones, hasta que llegó el momento en que me di cuenta de que, habiendo dejado suficientes ediciones de Cuncuna listas para su impresión, había poca cabida en las prensas para ellas. Renuncié en junio de 1973. Fueron los años más plenos de mi vida profesional y política. Pude combinar la lectura de cientos de cuentos infantiles, con su análisis valórico, que me sirvió para desarrollar mi memoria de grado como Sociólogo, con una intensa vida vinculada a las políticas culturales y la participación social en un proceso inédito de cambios.

-  Cuando asumió como director de Cuncuna, ¿cuál era el propósito o misión que le transmitieron? (y quién se lo transmitió).  

-              Mi trabajo fue definido, primero, por mi Jefe, Tomás Moulian, como Encargado de Libros Infantiles  y Textos de Estudio. Implicaba crear, desde cero, una colección de cuentos para niños dentro de la misión de la División Editorial de Quimantú, que era “democratizar la cultura”, al igual que las colecciones Quimantú para todos, Nosotros los chilenos o Minilibros.

- ¿Cómo logró internarse en la literatura infantil, viniendo de la sociología?
-              Ya venía “internado” pues había resuelto hacer mi Memoria para obtener el grado de Sociólogo en la Universidad Católica de Chile, sobre “Los valores en los cuentos infantiles chilenos”. Llegué premunido de una Antología de cuentos infantiles que me había regalado mi abuelo, en la que leí cientos de textos. Además, conté con la valiosísima asesoría de profesoras de la Escuela de Educación Parvularia de la Universidad de Chile, en especial su Directora, Linda Volosky y María Angélica Rodríguez. Durante tres años, leí mucho, muchos cuentos, poesías y otras creaciones para niños o aparentemente para ellos. Me di cuenta que prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos. Era el reino del pardiez, el melocotón y otras expresiones tan castizas como desconocidas. Decidí, con la aprobación de mi Jefe de División, Joaquín Gutiérrez, crear la “Primera colección chilena de cuentos infantiles”. Esto significaba que habría autores internacionales y nacionales, pero todos publicados en lenguaje chileno, con ilustradores chilenos e impreso por trabajadores chilenos.
                Tuve la generosa y cariñosa ayuda  de mis compañeros trabajadores de Quimantú, que me asesoraron en la elección del nombre –Cuncuna-, del logotipo de la colección, del papel, del tipo de letra, del formato y del tipo de prensas y aplicaciones de color que emplearíamos. Para los compañeros del taller, yo era “Cuncunita” (tenía poco más de 20 años) y ellos quienes me llamaban para ofrecerme espacio sobrante en los pliegos de otras colecciones para incorporar marcadores, afiches, tarjetones u otros impresos espontáneos para apoyar a Cuncuna, sin mayor costo para nuestra empresa.

- ¿Cómo llegaban a sus manos los proyectos y cómo seleccionaba cuáles se publicaban?


-              Ya he dicho cómo, a través de mis lecturas y la asesoría de Alfonso Calderón y María Angélica Rodríguez, pude acceder a cuentos de la literatura universal que estimulaban los valores que queríamos fomentar, como la solidaridad (El rabanito que volvió), la belleza (El negrito zambo), el trabajo (La flor del cobre) y en general, la buena literatura, que no tiene edad (El gigante egoísta, El príncipe feliz). Lo más dificultoso fue encontrar autores chilenos contemporáneos. Convocamos a los más promisorios autores del momento (Skármeta, Dorfman, Luis Domínguez…) y todos honestamente lo intentaron pero descubrieron que era mucho más difícil escribir para niños…

                Lo más dificultoso era seleccionar a los ilustradores. Llegaban muchos a ofrecer su trabajo y había que hacerlos calzar con alguno de los textos escogidos. Así  aparecieron el trazo delicado de Marta Carrasco, el clásico de NATO o Guidú, el rupturista de Guillermo Tejeda (ilustrando un cuento de su padre, Juan, El huevo vanidoso), los grabados de Irene Domínguez (El medio pollo), hasta las historietas de HERVI (La desaparición del carpincho).

                La responsabilidad de selección de cuentos  e ilustradores era mía, bajo la atenta mirada de Joaquín Gutiérrez.


- ¿Hay algún libro que recuerde con especial cariño?

-              Como el hijo mayor, amo El negrito zambo. Sus ilustraciones nos sirvieron para difundir la colección y uno de mis slogans favoritos del gobierno de la UP: “Los únicos privilegiados serán los niños”. Hicimos, gracias a los compañeros del taller, un tarjetón con el negrito de ombligo parado, recostado en una palmera, luego de devorar cientos de panqueques hechos con la grasa de los tigres que lo acosaron, con la leyenda: “Perdón, pero somos privilegiados”. Más tarde la vi en jardines infantiles, dormitorios de niños y no pocas oficinas o prensas del taller.

- ¿Qué aprendió de ese tiempo en Cuncuna? Trabajando cerca de Tomas Moulián, Alfonso Calderón, Joaquín Gutiérrez...

-              Aprendí de todos ellos, cosas diferentes. De Tomás, su calidad intelectual y la confianza ciega que tuvo en un muchacho veinteañero al que le entregó una enorme responsabilidad sin recelar ni desconfiar un minuto. Mucho menos, pedirme cuentas. Nos distribuimos la pega y cada uno hizo lo suyo.
De Alfonso, su inconmensurable capacidad de haber leído absolutamente todo lo publicado, recordarlo, ser capaz de hacerle un prólogo, sugerir una ilustración de portada y saber exactamente cuantas páginas impresas significaba la obra. Con él hicimos, una tarde, el listado completo de lo que sería la colección, antes de presentarlo a Joaquín Gutiérrez. Además, su picardía: “incluye en la lista Cocorí”, obra de Joaquín, me aconsejó. Sabía que los derechos no estaban disponibles, pero me labró una entrañable amistad con mi jefe.
De Joaquín, el oficio de editor. La preocupación por cada detalle de cada libro, tipo de letra, papel, colores de la portada, distribución, publicidad. Fue mi universidad editorial. Además, recibí y agradezco, su cariño más que paternal, como de abuelo. Tuve el privilegio que me llamara a su oficina para leerme párrafos de sus nuevas obras, recién creados y escuchar mis comentarios. Un maestro.

- Usted recuerda en una columna que los libros de Cuncuna, y la revista Cabrochico, “eran alterados por nuestro Departamento de Evaluación e Investigaciones” (vistiendo a Mizomba o haciendo cantar a Caperucita la canción “Venceremos”) ¿Cómo era su relación con este departamento y cómo reaccionaba en esos tiempos a esas medidas que se tomaban?

-              De amor y de sombras. Allí trabajaba mi polola. Pero las sombras surgían cuando alteraban contenidos de obras clásicas para introducir el mensaje ideológico, burdamente. Mi reacción era muy tranquila, reforzaba mi convicción de que Cuncuna sólo publicaría cuentos tal cual fueron creados por su autor, o sencillamente no los publicaría, pero jamás los alteraría. La segunda reacción era discutir el tema en Comités de Producción o círculos de trabajadores de la empresa. Siempre tuve la satisfacción de que los compañeros obreros compartían mi visión. Lo que en esa época no era menor.

- ¿Podrían la mayoría de los libros que publicó Cuncuna ser reeditados hoy o responden, más bien, a un contexto histórico determinado?

-              Creo, con orgullo, que todos podrían ser reeditados, tal como lo han sido algunos (La doña Piñones, en Ekaré), se trata de clásicos que viven en la memoria de los niños de entonces que hoy, cincuentones o cuarentones, recuerdan con cariño.

- ¿Sería posible hoy un proyecto como lo fue Quimantú? / ¿Cree que sería beneficiosa hoy una editorial estatal?
 -             En términos absolutos, ya no existen empresas editoriales de esa envergadura, es decir que contengan en su seno  talleres de impresión con tres o cuatro tecnologías diferentes, empresas de distribución (Quimantú tenía tres), agencias de publicidad, bodegas, equipos de dibujantes letristas y coloristas para historietas, equipos de creación de contenidos, revistas periodísticas, centro de documentación… 
                El concepto de Quimantú, para recrearse, requiere de un proceso político como el que la creó. Más que una editorial, fue un gigante no egoísta que difundió literatura, de la buena, entre quienes entonces no tenían acceso a la cultura.

                Ese propósito es el que puede y debe recuperarse.

24 junio 2013

DEBATES Y CULTURA: ¿QUÉ DEBATIR?

La realización de diversos foros de candidatos presidenciales en televisión ha revelado una cierta demanda del mundo de la cultura por que ésta aparezca mencionada o, mejor, discutida, en tales cenáculos. No era difícil prever que tales aspiraciones, junto con ser improbables, devolvieran la pregunta. ¿Debatir sobre cultura? ¿Cuáles serían los temas?

De los incumbentes, seis presidenciables, sólo uno ha presentado lo que podría llamarse un Programa cultural, otro ha esbozado ideas en un par de temas -patrimonio y lectura- y los otros cuatro aún no se han pronunciado al respecto.

Es verdad que los grandes temas que concentran a los equipos posiblemente gobernantes son la reforma educacional y su financiamiento -vía reforma tributaria- junto con cambios constitucionales que parecen inevitables.

Frente a encrucijadas tan poderosas, parece ingenuo pensar que resolver las carencias del Fondart o las futuras programaciones de los recientemente construidos centros culturales vayan a ocupar algún segundo de los escasos disponibles en TV. Mucho menos las disquisiciones sobre el proyecto de un eventual Ministerio que parece hacer alcanzado el difícil consenso de que es insuficiente y que, en el mejor de los casos, está impregnado del gobierno saliente, por lo que no debiera ser bandera principal de algún aspirante a reemplazarlo.

Por tanto, la tarea del mundo cultural está en cómo se explicita cuánto de cultural tienen las grandes propuestas para la próxima administración. Es una misión intersectorial. Desde luego, en el terreno educacional, hay muchísimo que hacer. Cómo se refuerzan, en las reformas que vienen, la formación de audiencias desde la mas temprana infancia y cómo jardines de infantes, escuelas, liceos y hasta universidades imparten formación en las artes, la apreciación de las mismas y creación de hábitos de consumo cultural. Sin desconocer el rol indispensable de las universidades públicas en la formación de artistas.

Lo mismo puede decirse de la socialización informal que imparte cotidianamente la TV y cómo el Consejo Nacional que debiera regularla, junto a la oportunidad de la televisión digital, se allanan a ser aliados en esa imprescindible creación de audiencias sensibles a producciones de calidad artística y cultural que llegan a la población por todo tipo de pantallas.

La multiplicación del tiempo al que la ciudadanía está expuesta a pantallas de cine, TV, teléfono o computador y sus variedades cada vez más "inteligentes", debe ampliar la mirada de las políticas culturales hacia una producción audiovisual, en viejos y nuevos formatos, que dispongan de contenidos culturales diversos y atractivos.

Tal diversidad está necesariamente vinculada a la incorporación de los pueblos indígenas, su cultura y sus lenguas al uso corriente del concepto de herencia multicultural que deberá impregnar una nueva fase.

Por tanto, también en el terreno de una eventual reforma constitucional será posible distinguir contenidos culturales no sólo en el ámbito de los pueblos indígenas sino además en el de los derechos culturales de cada ciudadano, que debieran llegar a ser elevados al alto rango de la carta fundamental. Y de paso, una "des-binominalización" del sistema político facilitará la incorporación de una nueva diversidad en instancias rigidizadas por el sistema político binominal vigente, como son el Consejo Nacional de TV o el Directorio de TVN.

Una vez establecido el sueño, es decir, definidos programáticamente los caminos para intentar cambios constitucionales, establecidos los mecanismos de una convivencia provechosa entre cultura y educación formal e informal y entre cultura y pueblos originarios, podrá el mundo de la cultura abordar -en ese marco- lo que desde hace una década tenemos en institucionalidad y práctica cultural, que por cierto tienen mucho por perfeccionar. 

Aunque nunca tanto, como para ser "carne de debates".

19 junio 2013

FUSILEROS, NAZIS, GOLPISTAS Y OTRAS YERBAS




La calma que precede a la generación de programas de gobierno en el sector de la cultura ha dejado terreno libre, en los medios de comunicación, a noticias sobre diferentes truhanerías de algunos que han ocupado -temporalmente- puestos de trabajo en el Consejo Nacional de la Cultura y que han quedado en evidencia, más por la páginas policiales y las redes sociales, que por el esfuerzo de las autoridades del Consejo. 

En efecto, las informaciones nos han revelado que el Director Regional de la Araucanía rasgó sus vestiduras de oficial de reserva de la Fuerza Aérea, defendiendo por escrito a 16 funcionarios en retiro de la FACH, procesados por la desaparición y muerte del doctor Hernán Henríquez en octubre de 1973 y sostuvo que "la violación a los Derechos Humanos ocurrida tras el golpe de estado era inevitable; ya que el país estuvo al borde de la guerra civil". En pocas horas, Benjamín Vogel fue cesado de su cargo.

En el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes se desempeñó, entre 2008 y 2010, el indultado ex frentista Jorge Mateluna, detenido con un fusil M16, por el frustrado asalto a un banco en Pudahuel y a quien se le imputaron cuatro delitos. Según registros del Directorio de Transparencia, prestó servicios a honorarios como "encargado territorial" en el programa Creando Chile en Mi Barrio y "encargado de diseñar una estrategia de coordinación, seguimiento y evaluación" en dicho plan.

Anteriormente, debimos conocer de un guardia de la sede central del Consejo en Valparaíso que pertenecía a grupos neo nazis. El Consejo ordenó que Bernardo Mora fuese apartado de sus funciones dado que los denunciantes, externo al Consejo, el MOVILH y la Comunidad Judía exhibieron fotos de Mora caracterizado como simpatizante de ideologías neo-nazis y  el Frente de Orden Nacional (Fon). Carlos Lobos, subdirector del Consejo, anunció que pedirá a la empresa externa Alfa, la encargada de contratar en Valparaíso a los funcionarios de seguridad, que entregue una lista de todos sus empleados, de manera de determinar si hay más personas pertenecientes a ideologías neo-nazis.

Esas tres perlas de ninguna manera empequeñecen la abnegada labor de los funcionarios del Consejo -que denunciaron 120 despidos injustificados durante los dos primeros años del actual gobierno- pero ponen en alerta, de cara a un nuevo período presidencial, el cuidado que las nuevas autoridades deben tener en el sector cultural y en el reclutamiento de los nuevos directivos que dependen de la autoridad política.

Como una colaboración en esta tarea inminente, es preciso considerar que en nuestro país, específicamente en el Magister de Gestión Cultural de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile se han desarrollado desde su creación en 2007, treinta y una tesis de los estudiantes que tienen como principal área de interés la Gestión Cultural, en la que se aprecia una mayor presencia de temáticas sobre culturas locales, patrimonio, artes, museología y educación. Mientras que en Políticas Culturales –segunda preferencia–, encontramos legislación, política internacional, descentralización y gobiernos municipales. Como tercera alternativa se ubica la Cultura Económica, de la que emergen, en su mayoría, temas relacionados con marketing cultural, industrias creativas y evaluación social de proyectos culturales.


Cada año, este programa suma más egresados, muchos de ellos con grados de Magister, que sin duda pueden elevar el nivel de autoridades intermedias e instancias de estudio y reflexión del CNCA, varias de los cuales han desarrollado sus tesis de grado sobre temas relacionados con el propio Consejo, las políticas culturales, las artes o el teatro, las redes culturales o el diagnóstico de la gestión cultural en los museos de las Fuerzas Armadas y de Carabineros de Chile, que causó revuelo público hace unos meses.


Sin duda, mejorar el capital humano del CNCA, a niveles nacional y regional, no sería posible sin que regrese a sus funcionarios la mística que se deterioró fuertemente en la gestión que terminó, tanto por la ausencia de un sueño orientador como por la desconsideración de sus opiniones en proyectos tan importantes para ellos como serían los eventuales cambios institucionales.


Por ahora, y mientras se diseñan los sueños programáticos de todos los sectores -seguramente vinculados a la necesaria simetría entre cultura, artes y educación y a la reorganización institucional de nuestro patrimonio y herencia-, sólo cabe esperar que la administración que inicia el escritor Roberto Ampuero, pueda devolver la confianza perdida en la figura del Ministro de Cultura y asumir plenamente su liderazgo, sin tener que recurrir a su entrañable personaje, el detective Cayetano Brulé, para desenmascarar otros eventuales forajidos, camuflados en nuestra vigorosa institucionalidad cultural.

06 junio 2013

CRUZ COKE, LA CONTINUIDAD Y LA AUSENCIA

Desde la creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en 2003, los gobiernos hicieron lo posible para instalarlo y luego desarrollarlo conforme a lo dispuesto por la ley. Primero, se encomendó la tarea a un conocedor de "la interna" del aparato público, el ex subsecretario de Educación José Weinstein; luego el bastón lo tomó una luchadora desde la sociedad civil por la creación del Consejo, la actriz y dirigente gremial Paulina Urrutia. Bajo el gobierno Piñera no se optó ni por lo uno ni lo otro, "sino todo lo contrario", un actor sin trayectoria en lo público ni en lo gremial. El resultado está a la vista, Luciano Cruz Coke optó por desarrollar su personal carrera política, sin deberse ni a compromisos gremiales ni a un cariño especial por el servicio público.

No se puede decir, en la hora de los balances, que su labor haya sido agotadora ni desgastante. Al menos en lo que a popularidad se refiere. Sin haber dejado una herencia notable, optó por el seguro camino de continuidad de lo positivo de administraciones anteriores, que no era poco -programa de infraestructura y centros culturales, iniciado el 2000; modificación de ley de donaciones culturales, dictada por primera vez en 1991- junto con agregar los aspectos más obvios de la coyuntura: un programa de reconstrucción patrimonial luego del 27/F y un ordenamiento interno del personal del servicio público que encabezaba.

Quizás lo más complejo de su gestión de tres años y tres meses fue dar la cara frente a determinaciones impresentables que no nacieron en su gabinete: la postergación de la segunda etapa del GAM; el recorte presupuestario del 50% que afecta a Matucana 100 y Balmaceda Artejoven y la pérdida "en la noche de los tiempos" del proyecto de ley del Instituto del Patrimonio. De ellas salió airoso, dejando la puerta abierta para que tales despropósitos puedan ser revertidos por una nueva administración, menos caprichosa. 

Su sello quizás estuvo más bien en la actividad internacional, dónde se esmeró por que el Consejo cumpliera papeles dignos en la FIL de Guadalajara, la Bienal de Venecia y próximamente en la Cumbre Mundial de la Cultura de enero 2014, sin poder hacer lo mismo con la anunciada Comisión Fílmica que se desacreditó "en la puerta del horno" debido a una poco feliz alusión a la escasa sindicalización de los cineastas nacionales en una publicación oficial y la casi desconocida  performance de uno de sus ejecutivos que terminó en manos del Consejo de Defensa del Estado.

La aludida falta de experiencia en el servicio público de él y sus cercanos, llevó a la caída de al menos uno de sus sub Directores por malas prácticas en licitaciones, a pesar de haber logrado un alto nivel de eficiencia en otros sistemas de manejo de los dineros públicos.

Quizás si su mayor cruz estuvo en tener que implementar, a como diera lugar, los reiterados anuncios presidenciales de crear un Ministerio de Cultura. Se negó a escuchar todas las inconveniencias que se le representaron desde diversos actores culturales y gremiales y logró que, a horas del último Mensaje Presidencial, la iniciativa fuera depositada en la Cámara de Diputados, dónde aún espera ser vista por vez primera el próximo 12 de junio, con paternidad nueva y destino más que incierto.

Tal vez el principal recuerdo de su trienal paso por el servicio público sea su ausencia de los grandes temas y debates que sacudieron al mundo de la cultura durante ese tiempo: la quitada de piso gubernamental a la iniciativa de beneficiar a las Pymes culturales con la Ley de Donaciones; la crisis de las salas de teatro independientes; la disolución de la Editorial Jurídica; la invisibilidad de pueblos indígenas y mujeres al constituir el Directorio Nacional; el posible asesinato de Neruda; los cambios en corporaciones culturales del Providencia y el Teatro Municipal de Santiago; las críticas oficialistas al Museo de la Memoria; el debate sobre la gestión de los museos militares; el eventual Museo Matta; las "asimetrías" en las Convenciones Nacionales complementadas por el bajísimo perfil del Directorio Nacional y el aún menor de los comites consultivos. 

Agréguese a ello las quejas provenientes de las regiones, por ejemplo desde Chillán, y su más reciente ausencia en inauguraciones, conciertos, recitales notables, sin que apareciera un reemplazo  ante comprensibles inconvenientes.

Los hechos dejan en evidencia que la preocupación ministerial estaba -legítimamente- en su futuro político, sea como parlamentario y/o como adalid de un nuevo movimiento.

Ante ello, el mundo de la cultura tiene también el legítimo derecho a reclamar una nueva autoridad que recupere los sueños, la capacidad de realizarlos o al menos intentarlo. 

Para un mundo que fue capaz de contribuir decididamente en la Campaña del NO que terminó con una dictadura, no parece como una demanda excesiva, a la que se agrega ahora la de recuperar tres años y tres meses de continuidad y ausencia.

30 mayo 2013

MUJER METRALLETA: "YO, LA PEOR DE TODAS"


Una noticia conmovió a los seguidores del cine chileno: la película "Tráiganme la cabeza de la Mujer Metralleta", de Ernesto Díaz, que recientemente fue exhibida en el prestigioso Festival de Cine de Cannes fue incluida en un recuento de The Guardian sobre lo "peor" del certamen, en un sarcástico recuento donde abundan las comedias y cintas de acción. La película protagonizada por Fernanda Urrejola comparte lugares con una comedia policial, un tornado de tiburones y una sobre un Viejo Pascuero alérgico, entre otras producciones.

Sin dudas es una muy buena noticia, si seguimos a  Neruda cuando le preguntaban cuándo habrá buen cine chileno: "Cuando exista mal cine chileno", respondía inefable. 

Lo que no saben los críticos presentes en Cannes es que la película fue estrenada antes de que la vieran ellos, en un ya tradicional Festival de cine, en la ciudad de Lebu, al sur Chile, el mismísimo día de la mujer: el 8 de marzo de 2013. El público que repletaba el gimnasio del Liceo Técnico Profesional Dagoberto Iglesias de esa ciudad, que no posee salas de cine, disfrutó de la cinta y se rió de buena gana con la fantasía de un personaje que pertenece a la cultura popular.

En efecto, Ernesto Díaz juega en el título de la película con el mito creado por la prensa, de una supuesta "terrorista" que usaba "todas las formas de lucha" para combatir la dictadura de Pinochet. Luego, ese calificativo fue siendo aplicado por la cultura popular a cuanta mujer delincuente aparecía en las páginas policiales y también a no pocas damas de "radiador pequeño" que explotan con facilidad ante situaciones enojosas.

Adicionalmente, la película es protagonizada por una excelente actriz, bastante reconocida en las también populares teleseries.

De modo que, más allá de la calificación británica, el film contribuye a llamar la atención de un público que no va habitualmente al cine y menos a ver cine chileno y eso es una buena noticia.  Sobretodo cuando el país cinematográfico estaba bastante satisfecho con los merecidos recientes logros de películas nacionales como "NO" y "Gloria".

Pero el cine no vive y se desarrolla sólo de premios, sino de públicos. Y los públicos deben habituarse a ver cine chileno. Por ello es relevante la iniciativa parlamentaria de reglar, por ley, cuotas de pantalla para las creaciones nacionales. 

Ya se demostró que las audiencias teatrales se pueden desarrollar mostrando mucho teatro, bueno, regular y malo, aunque para ello no fueron necesarias cuotas de exhibición sino estímulos concursables como el Fondart e infraestructuras edificadas con dineros públicos, como el Centro Cultural Estación Mapocho, el GAM, Matucana 100 o el Municipal de Las Condes, que no persiguen fines de lucro. Es verdad que aún faltan estímulos públicos para compañías independientes, lo que es de toda lógica dado que existen audiencias expectantes.

Sin embargo, el cine está en otra etapa, previa. Apuntando más a la creación y con resultados sobresalientes tanto en cortos, largometrajes y documentales, con crecientes aportes públicos de Fondo del Audiovisual, la CORFO y el CNTV, los que no serán suficientes si no se sustenta dicha creación en audiencias estables.

El problema es que, a diferencia del teatro, mostrar cine pasa por programadores y exhibidores transnacionales que persiguen sólo un beneficio lucrativo que llega con más facilidad proyectando películas fabricadas en Estados Unidos por empresas vinculadas a las mismas cadenas exhibidoras.

Complementariamente, disponemos -sólo en dos o tres ciudades- de muy pocas salas de cine arte, con severas limitaciones de difusión de sus programas.

¿Habrán pensado los grandes distribuidores de cine internacional que, cuando lleguen con sus multisalas a la provincia de Arauco, por ejemplo, ya tendrán un público habituado al cine? Sólo que mayoritariamente cine chileno, gracias al Festival Internacional de Cine de Lebu que lleva  ya trece ediciones desde que comenzara mostrando a los lebulenses películas en la histórica caverna de aquellos forajidos apellidados Benavides, que hicieron mucho daño a las fuerzas patriotas que luchaban por nuestra independencia.

Festivales como FICIL, organizado recientemente por vez primera en Santiago, contribuyen también a fomentar la independencia del cine nacional, no sólo presentando competencias de documentales, cortometrajes incluso regionales, sino además proyectando películas en entornos tan idílicos como el lago Lanalhue o la Estación Mapocho, y convocando a una mesa de discusión y debate sobre las necesarias cuotas de pantalla.

De modo que quienes califican a la "Mujer Metralleta..." como la peor película para el ilustrado público de Cannes, nos hacen un gran favor: permiten reflexionar que el cine es respecto de la vida misma, una vida que, en Chile, se ha nutrido de mujeres de gatillo fácil, de apariciones truchas como la virgen de Villa Alemana, de oficinescos paseos  narrados por el Rumpy y también de gestas notables como la campaña del NO o mujeres señeras como la Gloria de Pali García.

En esas pantallas, deberemos avanzar en la búsqueda del desarrollo del cine nacional, recurriendo a leyes de fomento, aportes públicos, contribuciones empresariales y audacias varias, como, por ejemplo, acoger a la peligrosa Fernanda Urrejola, fuertemente armada, en la popular feria Comic Con.

22 mayo 2013

21 DE MAYO: VALPARAÍSO CULTURAL, NAVAL Y POLÍTICO

Cada año y por unas horas, Valparaíso, ciudad históricamente diversa, agrega a su dificultosa condición de capital cultural de la República un par de condiciones adicionales que la vuelven aún más atractiva y paradojal. Ocurre en las cercanías del 21 de mayo cuando el Poder Ejecutivo en pleno, con Presidente, Ministros, fuerzas especiales de Carabineros y escuadrones de presentación de las fuerzas armadas se trasladan hasta el Congreso Nacional con ocasión de la cuenta del gobernante. Paralelamente y en las mismas horas, nerviosos escalones de marinería, en Plaza Sotomayor, confían en que la autoridad alcance a terminar su discurso antes de la hora señalada por la campana de Prat y la Esmeralda: las doce y diez, para recibir los honores correspondientes junto a la tumba del héroe y sus acompañantes.

Pero esta condición de capital política y naval, adicionada a la cultural, comienza a prepararse con antelación. Uno o dos días antes, esta vez fue el domingo 19, desde los cerros porteños, se escuchan redobles de tambores, y agudas notas de pitos y cornetas de las bandas que encabezan a cada uno de las decenas de establecimientos educacionales que, vistiendo sus mejores galas, se dirigen hasta la Plaza Sotomayor para entregar su propio homenaje a Prat y los suyos, seguidos de ansiosos padres y hermanos que aprovisionan a los marchantes con subrepticias calugas, superochos y bebidas. Será una larga jornada que termina, caída la noche, con los desfilantes exhaustos ingresando a sus respectivas aulas al sonido del tambor. Entre tanto, han recorrido innumerables calles de la ciudad y desplegado su paso más marcial frente al héroe. Es una tradición muy anterior a la del Congreso, con sólo algunas décadas en Valparaíso, que igual se apresta a recibir parlamentarios e invitados especiales de todos los poderes del Estado, para honrar no a un héroe, sino a un ciudadano común que luego de cuatro experiencias como ésta, volverá a serlo. Mientras una decena de otros ciudadanos alistan sus mejores argumentos para sucederlo.

Compartiendo con esta tricapitalía, las artes no cejan. El mismo domingo 19, mientras las calles se llenaban de aires militares, las iglesias Luterana y Saint Paul, ofrecían sus habituales conciertos de órgano, sólo que en el caso de la Anglicana, se recibió una visita excepcional, el compositor y organista alemán Hans -André Stamm, que visitaba Chile y se encantó con el órgano donado por la Reina Victoria, al que hizo sonar como pocas veces escuchado en los habituales conciertos de los mediodías dominicales.

El 21, la música deviene en cañonazos, precisamente 21, que despiertan a una ciudad inquieta, que acoge a miles de otros marchantes, esta vez los de banderas rojas y consignas estudiantiles y obreras salpicadas por enseñas verdes del Santiago Wanderers, un imprescindible en Valparaíso. En el cerro Florida, entretanto, la Octava Comisaría, enfrentada a La Sebastiana de Pablo Neruda, acoge a centenares de carabineros venidos de otras regiones a evitar que la ciudadanía con sus desmesuras interrumpa el ritual político.

En otro cerro cercano, Ministras y Ministros se retratan -siempre como si fuera la última vez- junto al Presidente que luego se erige en un antiguo auto descapotable que avanza al cadencioso ritmo de su escolta de caballería y otros tambores que lo aguardan frente al Parlamento.

De pronto, todo se funde en un único exclusivo propósito: el improbable deseo de que el Mensaje Presidencial considere y plasme en ley, institución o bono sus más queridas aspiraciones. En ese lapso, todos los chilenos somos iguales. Hasta que termina el discurso y explotan los gritos de los manifestantes, los chorros de agua y gases de la policía y las enconadas críticas y exageradas alabanzas a los dichos.

Como si se aguardara un milagro abortado, 185 palabras agrupadas en 4 párrafos vuelven a la realidad a quienes, desde la cultura, asistieron a este rito republicano:

"Una sociedad de valores requiere una cultura libre, diversa y participativa. Por eso estamos desarrollando un ambicioso Plan de Infraestructura, que incluye la rehabilitación de cinco teatros regionales: Iquique, La Serena, Rancagua, Concepción y Punta Arenas. Y hemos pasado de tres centros culturales el año 2009 a 27 en la actualidad, y hay 24 más en etapa de diseño o construcción.
El programa Red Cultura, que ya está en plena acción en 172 municipios a lo largo de Chile, tiene por misión llenar esos nuevos espacios de la cultura con arte, cine, literatura, música, baile y todas las demás expresiones de nuestra cultura.
Hemos aumentado en un 30% los fondos públicos para promover nuestra cultura y este Congreso acaba de aprobar la Ley de Donaciones Culturales, que amplía tanto los receptores como los donantes y fortalece y flexibiliza sus mecanismos para promover y alimentar más y mejor la cultura de nuestro país.
Y hace pocos días enviamos a este Congreso el Proyecto de Ley que crea el Ministerio de Cultura y Patrimonio y una nueva y moderna institucionalidad cultural".

Nada nuevo, todo viene desde hace años y bien que se profundice. Sólo acomete una duda: si se esgrime como balance de  una administración en cultura programas creados, impulsados y evaluados favorablemente por un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que ha sostenido una cultura "libre, diversa y participativa", ¿por qué se pretende modificar esta institucionalidad?

Se dirá que se requiere mejorar la institucionalidad patrimonial. Y esa es una buena razón, sobretodo para Valparaíso, que terminó la intensa jornada del 21 de mayo enterándose, por TVN, que el principal patrimonio histórico naval del país es desguazado sistemáticamente por piratas y ladrones frente a las costas y bajo 45 metros del mar de Iquique. 

Si las entidades patrimoniales del país se comprometen con iniciativas como convertir a la  Esmeralda en un museo como el reflotado Vasa de Estocolmo -que se auto financia y mantiene otros dos museo navales suecos- podríamos estar navegando en aguas menos procelosas para el patrimonio nacional.

Es que hay mucho discurso con poco sentido y mucho sentido dando vuelta que merece ser convertido en relato. 

Finalmente, la cultura y el arte consisten eso: en contar hermosas historias, sea en un libro, un cuadro o un escenario.