28 agosto 2014

LA MINISTRA, EL MINISTERIO Y LOS PUEBLOS INDIGENAS


La institucionalidad cultural chilena sufrió, en días recientes, un cambio telúrico. Su eje se trasladó drásticamente desde Valparaíso a Temuco. No sólo porque la Convención Nacional del Consejo Nacional de la Cultura se desarrolló en el tradicional Hotel Frontera, sino porque tal entorno permitió que se dieran a conocer las dos claves de la administración Barattini: la Consulta Indígena y el proyecto de Ministerio, que a estas alturas no tiene garantizado ni siquiera su nombre.

En efecto, el debate en curso del posible cambio de institucionalidad sufrió dos episodios que lo condicionarán. Uno, la simple observación del sociólogo Manuel Antonio Garretón que consultó a la Convención porqué el Consejo Nacional de la Cultura  no tiene, legalmente, nada qué decir, por ejemplo, sobre derechos humanos, urbanismo o televisión cultural. Remató describiendo que tenemos una institucionalidad de aparatos y no de sustratos. Nadie lo contradijo porque, efectivamente, el Consejo Nacional de la Cultura fue construido para organizar, de un modo participativo y transparente, la distribución de los recursos (pocos) de que el Estado comenzó a disponer para la cultura, luego del apagón de la dictadura.

Es decir, a diferencia de las reformas que se persiguen en educación, tributos o el sistema electoral, la institución que en cultura se busca razonablemente perfeccionar no es una construcción autoritaria sino democrática en origen y desempeño.

De ello se desprende que no debiera tener las mismas prisas ni plazos. Al contrario, como señala Pedro Cayuqueo, "lo que Chile más necesita -y urgente- es un cambio cultural profundo, un mirarse al espejo, un reencontrarse con sus raíces, un reconciliarse con su historia".

Ningún cambio cultural profundo se consigue de un día para otro y lo que ha ocurrido en la XI Convención Nacional de la Cultura 2014 es sólo el comienzo. Lo sugerían la presencia de expositores como Eliucura Chihuailaf, José Ancán, José Aylwin, Claudia Zapata, Rosamel Millaman y el propio Cayuqueo, que salió en defensa de las críticas a la Ministra Barattini: "se cuestiona el atraso extremo de la agenda legislativa por causa de la consulta y el cumplimiento del Convenio 169 de la OIT. Y el poco avance en otras áreas supuestamente claves para los destinos culturales del país y el bendito ego de un selecto grupo de artistas y gestores culturales criollos. ¿Y cuánto han esperado los pueblos indígenas para ser escuchados y tomados en cuenta en esta fértil provincia llamada Chile? ¿Dos siglos desde la Independencia?, ¿130 años desde el despojo chileno del territorio mapuche?".

Luego de advertir esta nueva mirada de los tiempos, la Convención escuchó también a la asesora legislativa de Barattini, Vitalia Puga, exponiendo latamente los contenidos de la indicación sustitutiva del proyecto de ley que crea el Ministerio de Cultura, treinta y tres sustanciosas láminas que aparentan contener la totalidad de las aspiraciones que han ido apareciendo en los disimiles procesos de participación que han estado o están en curso.

En esencia, se busca crear un Ministerio manteniendo las instancias participativas del Consejo Nacional de la Cultura e incluso reforzando algunas con más integrantes "para lo cual también será relevante considerar los aportes provenientes del Plan de Participación, en particular de la Consulta Indígena que actualmente se está implementando".

El Ministerio tendría una subsecretaría, dos consejos nacionales -uno de las artes y otro de patrimonio- que dependerían del ministro/a al igual que los seremis en todas la regiones con sus respectivos consejos regionales. Este cuerpo tendría la misión de formular las políticas culturales.
Los consejos, el de las artes y el del patrimonio, serán una conexión directa con los intereses ciudadanos y con el mundo del arte y la cultura, cumplirán un rol relevante en la elaboración de políticas de todo el sector y propondrán las declaratorias de patrimonio en las categorías legales pertinentes. Ambos incluirán a representantes de los pueblos indígenas y de la sociedad civil.

Aparte, y en la línea ejecutiva existirían dos servicios públicos que se relacionaran con el/la Presidente de la República a través del Ministro de Cultura. El servicio de Patrimonio que asume las actuales funciones de la Dibam y parte de las funciones del CMN (las restantes recaerán sobre el Consejo del Patrimonio) y se le dotará de organización interna idónea para asumir las tareas relativas al patrimonio cultural del país; su sede estará en Santiago.

Por su parte, el Servicio de las Artes e Industrias Creativas asume las tareas relativas al fomento del libro, la música, las artes audiovisuales, las artes escénicas, la artesanía, la arquitectura y las artes de la visualidad (diseño, fotografía, artes visuales y nuevos medios) y se hará cargo de las bibliotecas públicas del país. Su sede estará en Valparaíso. De este servicio dependerán los tres consejos sectoriales existentes: libro y lectura, audiovisual y música.

Sin duda, este somero relato deja muchos cabos sueltos y abrirá un debate sobre una proposición concreta, lo que es un avance, pero que requiere de tiempo, en especial para hacer coincidir en algún momento esta eventual futura institucionalidad ¿de la cultura o las culturas? con el llamado cambio cultural profundo: "por mucho tiempo se ha llamado artesania a nuestro arte -agrega Cayuqueo-, dialecto a nuestras lenguas y supersticiones a nuestra cosmovisión. Chile requiere transitar hacia un cambio cultural profundo y aquel es el desafio que se ha propuesto la ministra. Los pueblos indígenas, no sin dificultad, han debido lidiar con dos códigos culturales diferentes. El propio, fértil cantera de realismo mágico y universos azules; y el occidental, que hunde sus raíces en el racionalismo filosófico de los griegos. La mayoría de los mapuches transitamos ambos códigos culturales y de manera casi cotidiana. ¿Cuántos chilenos pueden recorrer hoy el camino inverso?".

Más allá de lo principal, hay cuestiones que siguen preocupando al mundo de la cultura. Se ha propuesto en repetidas ocasiones modificar la Ley de Premios Nacionales, ojalá acompañada de una política nacional de premios y reconocimientos, que resuelva también la crisis de los Altazor. Hay una preocupación por el papel de las artes en la educación formal. El mundo de la lectura y el libro ha iniciado con mucha fuerza un proceso de actualización de su institucionalidad y bien pudiera llagar a las escuálidas carpetas de los diputados de la Comisión de Cultura una propuesta de este sector antes de la indicación sustitutiva ministerial.

En definitiva, lo que viene será una etapa en la que con talento y claridad de objetivos coexistan una institucionalidad perfectible que, finalmente, es la que ha permitido llegar a develar todos los pendientes que hemos señalado, con un proyecto de nueva estructura más de sustrato que de aparatos, como los fondos concursables, y que sea muy relevante, a largo plazo, para los pueblos indígenas del país.

No estamos ante un desafío simple, que puede dejarnos, si lo hacemos bien, así como fue el Consejo Nacional de la Cultura  en su momento, en un lugar de avanzada entre los organismos culturales de nuestro continente.

14 agosto 2014

DON EMILIO Y SU ÉPOCA

Cuando nació el primer hijo de Ascanio Cavallo, entonces sub director del diario La Época, que dirigía Emilio Filippi, le pregunté: ¿Supongo que le pondrás Emilio? No, me dijo, "don Emilio". La respuesta revelaba la relación de cariño y admiración que un alto porcentaje de periodistas del diario tenían por su Director, varias generaciones mayor que ellos. 

Me encuentro en el medio de ambas generaciones y, por tanto, tengo hacia don Emilio, un sentimiento más complejo. Lo conocí como profesor de la Escuela de Periodismo de la UC y hasta entonces sólo tenía una vaga idea de sus correrías infantiles por cerros de Valparaíso, su lugar de nacimiento, y como visitante, más de una vez, en la casa de mis abuelos paternos de la calle Francia, según se recordaba en la mesa familiar. También de su desempeño en los diarios de Concepción, dónde "me tocó negociar con esos muchachos del MIR" en los inicios de los sesenta, como confesaba privadamente.
Más tarde, en la polarización inevitable de la UP, quedó en el bando de los opositores a Allende, cuando un grupo de sus colaboradores se marginaron de Ercilla para fundar, en Quimantú, la poco duradera revista Ahora, que dirigió Fernando Barraza. 
Luego del golpe militar, Filippi publicó, con Hernán Millas, el libro: Anatomía de un fracaso, la experiencia socialista chilena, y su fecha de aparición, a fines de 1973, dejó un amargo sabor de "hacer leña del árbol caído" a muchos allendistas.
Sin embargo, su tenaz defensa de la libertad de expresión lo llevó muy tempranamente a tener dificultades con la dictadura, desde la dirección de la revista Ercilla, dónde permaneció hasta 1976, cuando las condiciones se le hicieron irrespirables, debido a la venta de la revista a un grupo económico afín a la dictadura. Después de significativas comidas de solidaridad y apoyo en el restaurante El Parrón, fundó la revista Hoy, con la mejor parte del antiguo equipo de Ercilla y un decidido tono opositor. Se sumó así a las existentes APSI y Análisis.

En esa condición de colegas directores de medios fuimos labrando una amistad más allá del periodismo, que cubría otra de sus pasiones: la política. No intentábamos convencernos mutuamente sino aclararnos aspectos relevantes -"todos los demócrata-cristianos somos progresistas" solía decir- e ir construyendo caminos de unidad entre su partido y las fuerzas de izquierda. En esa condición me correspondió solicitarle que escribiera con seudónimo -Emile de la Paix, escogió- en la revista Umbral, editada clandestinamente por intelectuales de la antigua UP y la DC.

El 18 de marzo de 1987, apareció bajo su dirección el diario La Época, en plena visita papal a Chile y  en un país con serias perspectivas de final de la dictadura.
Ambicionaba, con un equipo de jóvenes recién egresados de la Universidad de Chile -una de las primeras generaciones formada íntegramente en tiempos de dictadura- constituir un periódico semejante a El País de España, es decir con mucho contenido, poca foto y color sólo en su revista semanal, que aparecía los domingo.
Me encomendó editar esa revista, con el privilegio de contar, más que con un equipo estable de periodistas, un buen presupuesto para comprar reportajes selectos y un modelo inequívoco: El País Semanal.

La publicidad le fue ajena al diario -"los clientes no nos dejan avisar en un diario demócrata-cristiano", confesó un publicista anónimo- y sobretodo a la revista de color, más costosa. Rápidamente se cerró y Filippi me destinó, sin anestesia, a la gerencia comercial, la que debí entregar muy pronto con lamentables resultados. Perseveró don Emilio encomendándome crear el suplemento Literatura y libros que -modesto pero sustancioso, gracias a la sabia asesoría de Mariano Aguirre- no sólo se mantuvo sino que motivó a El Mercurio a crear su revista Libros (hoy fusionada con Artes y Letras).
Ese suplemento valió el único reproche que recibí del Director Filippi: había cometido el despropósito de publicar -en la edición número 13- un capítulo de Oh capitán, mi capitán, novela de Luis Domínguez en el que se afirmaba que "los radicales no tienen mujeres de cóctel, sino de picnic". La ira del habitualmente pacífico don Enrique Silva Cimma no se hizo esperar y recayó en Filippi. Me la trasladó, exigiéndome una reparación en el próximo número, la que obviamente existió. Solo que sin el título que propuse: Oh radical, mi radical. Esa vez sólo se publicó una respetuosa pero firme carta de don Enrique.
Hay muchas razones por las que el proyecto La Época no dio los resultados esperados, ninguna puede atribuirse a su fundador, ni a quienes le siguieron. Pero una de ellas recae en la tan cuestionada clase política: a pesar de ser un diario opositor, los dirigentes de partidos de tal signo preferían otorgar entrevistas exclusivas a El Mercurio, lo que limitaba las posibilidades de La Época. Escapan a esa mala práctica, lo que las honra, dos mujeres que privilegiaron al diario de Filippi: Hortensia Bussi e Isabel Allende Llona, que dieron sendas exclusivas en momentos que toda la prensa las buscaba.

Si tengo tanto que agradecer a don Emilio, hay un gesto que, en mi recuerdo, supera a los anteriores. El cinco de octubre de 1988, cuando ya se descorchaba champaña en su oficina, me indicó el computador de su antesala, pidiéndome escribir el titular de portada del día siguiente: "Ganó el NO" luego, digité dos porcentajes: 53 y 44%. Después, hicimos salud.

Salud, don Emilio, muchas gracias, que descanse en paz.

12 agosto 2014

UN NUEVO DIECIOCHO PARA EL MUNDO CULTURAL


En un ambiente enrarecido por publicaciones cruzadas respecto a la gestión de la Ministra de Cultura -se ha exagerado hasta hablar de "guerra"- , una antigua y obvia idea de programar, en el Teatro Municipal, música chilena para celebrar ¡...la Independencia de Chile! podría dar luces respecto a cómo enfrentar el tema de la cultura en tiempos de búsqueda y por ende, de discrepancias.

El Directorio del Teatro, renovado con la llegada de la Alcaldesa Carolina Tohá, está discutiendo presentar, para la Gala del 18 de septiembre, entre otras opciones, al exitoso ballet Treinta y tres horas bar, estrenado en 2008 con notable resultado y novedosa gráfica: "la estética, en la literatura, de Bolaño más que Isabel Allende; de Bruna Truffa y Soledad Espinosa, en la plástica, más que Bravo; más de amanecerse que de after office. Es la estética desde los cerros más que de los subterráneos. Más “bombardero de La Reina” que “chino” Ríos. Más Kramer que Ché Copete, más Buenos Aires que Miami. En definitiva, una identidad que se ha ido apoderando de nuestras miradas a partir de ese arco iris que amaneció un 5 de octubre y que ha debido imponerse pausadamente, generación tras generación, con avances y retrocesos pero que tiene una solidez tal que, cuando se presenta en el Teatro Municipal cambia todo. Si hasta las frágiles piernas de las bailarinas del Ballet de Santiago parecen asemejarse a las sólidas y breves extremidades de las bataclanas de un fallecido American Bar".

La idea de incorporar a creadores nacionales a la tradicional Gala patriótica en la que se invoca a los dioses de las artes después de aquellos del cielo -en el Tedeum de la Catedral- y de la guerra -en la elipse del Parque O'Higgins- , no debiera llamar a escándalo. Se celebra a Chile y son pastores ecuménicos chilenos quienes presiden la ceremonia de acción de gracias en la que se ruega por habitantes de este territorio y son glorias del ejército chileno las que provocan desfiles y parrilladas en el parque. ¿Porqué entonces cuando se invoca a las artes no se debe recurrir a admirables creadores nacidos en Chile?
Sin embargo, esta renovación no debiera considerar un cambio de formato, ni de fecha ni de simbolismo. Hay una historia que lo avala.

Lo mismo debiera aplicarse en la situación a afecta al mundo cultural. La Ministra, con mayor o menor destreza dialogante o dotes comunicativas que sus antecesores y antecesora, está empeñada en introducir otros actores en el debate. Pueblos indígenas, regiones antes no suficientemente consideradas, audiencias no beneficiadas y nuevos actores sociales en general. Está muy bien, pero ello debe considerar también a los actores tradicionales e indispensables del desarrollo cultural. El viejo dicho de no desvestir a un santo para vestir otro, aparece como pertinente.
El preocuparse de una Consulta Indígena debe considerar también escuchar a los artistas o a los gestores que sostienen cotidianamente la flota cultural chilena.
La necesidad de incorporar nuevas miradas, generaciones y personas, no puede impedir que permanezcan las visiones, miradas y experiencias de quienes han desarrollado una institucionalidad que, mal que mal, ha funcionado y tiene aspectos pendientes de los cuales obviamente quienes los conocen pueden hacer un aporte.
Lo programático, las metas y los aterradores cien días no pueden evitar que cuestiones tan relevantes como la crisis del Consejo de Monumentos o la segunda etapa del GAM ocupen lugares menores en la agenda ministerial.
Se ha destacado poco, por las páginas del propio CNCA, que el mundo del libro ha emprendido un camino abarcador de nuevas miradas y antiguas experiencias sin tropiezos y con promisorios pronósticos. No en vano es el sector más antiguo en cuanto a legislación cultural y más reciente en tanto conflictos internos. Pero, una milimétrica y certera intervención del Consejo del Libro y la Lectura  ha logrado ordenar tanto su principal feria como el camino para actualizar su ley de 1993 y sus políticas para el sector.
Lo que demuestra que la poco original combinación de continuidad y cambio rinde frutos cuando lo importante es avanzar con todos. 
Es lo que debiera ocurrir cuando, ojalá, creaciones chilenas estremezcan a quienes celebraran un nuevo aniversario de nuestra independencia, la hermosa lámpara del Municipal permanezca en su digno lugar y nuestras autoridades democráticas, en el palco de honor.

04 agosto 2014

LIBROS Y LITERATURA: UNA POLÍTICA Y UN PREMIO



Agosto podría convertirse en el mes del libro. Sin connivencia con los publicistas ni obligatoriedad de regalar algo, el mes que se inicia será testigo tanto de los debates para actualizar una política nacional, que languidece desde 2006, como del anuncio de un nuevo Premio Nacional de Literatura. Lo primero, se dio a conocer el último día de julio, en la Biblioteca de Santiago, a instancias del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y continuará hasta octubre en salas del Centro Cultural Estación Mapocho y la Biblioteca Nacional. Lo segundo se proclamará desde las oficina del Ministro Nicolás Eyzaguirre antes que finalice el mes, anunciado para el día 22.

Más de un centenar de convocados, pertenecientes a las instituciones que promueven el libro y la lectura de diversas formas, llegaron hasta la emblemática biblioteca capitalina -nacida precisamente al calor de la Política 2006/2010 que a su vez derivó de la Ley de Fomento del Libro y la Lectura de 1993- para despertar a ese gigante no egoísta pero sí dormido que son las políticas del libro en Chile.

La ocasión permitió apreciar tanto la actitud pro activa de la nueva secretaría del Consejo del Libro, Regina Rodríguez, como el compromiso con el tema de la Sub Directora del Consejo Nacional de la Cultura, Lilia Concha, quién no vaciló en calificar a los asistentes como privilegiados que deberían ser conscientes de que todo privilegio se convierte en responsabilidad con la sociedad.

En ese clima de adelante sin llantos y con propuestas, sobre la base de lo ya construido, se convocó a un ciclo de reuniones basadas en el mismo espíritu sistémico que inspiró la primera versión de tal política y la ley que la sustenta y sirvió de módulo de la que creó el Consejo Nacional de la Cultura. Es posible que para la próxima FILSA de fines de octubre ya haya algunos resultados.

No podía faltar en una reunión de esta especie, la llama antaño encendida por la SECH de formar parte del jurado de los Premios Nacionales, lo que terminó motivando a los asistentes a charlar, ya café en mano, de esta bienal contienda literaria que se acerca. Y de los varios intentos de modificar la añosa  ley que los rige.

Por ejemplo aquella discutida en el primer Directorio del Consejo Nacional de la Cultura (2004/2008) en la que se incorporaba al Ministro de Cultura o su representante al Jurado y consideraba la participación de voceros de los lectores. Si dicha modificación estuviera vigente, quizás las deliberaciones del jurado serían diferentes.

Hagamos ficción, que es, finalmente, la que ha llevado a diez narradores a esta expectante posición, revisemos sus antecedentes desde lo que ocupa a los parroquianos del libro antes descritos: su aporte al fomento de la lectura y por ende, del esquivo amor por la literatura. Simulemos que somos un país en el que la política de premios y estímulos no está desvinculada de la política de formación de hábitos de lectura, lo que no parece extravagante ni imposible en el futuro cercano.

Antonio Skármeta es el símbolo de la divulgación masiva -en TV- con su recordado Show de los libros. Afincado además en reconocimientos a su pluma desde las juveniles academias del Instituto Nacional a la cubana Casa de América, en los sesentas. Representó una generación de ciclistas menos audaces que los actuales, que estiraban sus músculos, con Entusiasmo, en el San Cristóbal. Vivió activamente la Unidad Popular, el exilio y recogió señas de Neruda en su novela Ardiente paciencia. Con ella ha llegado a los formatos mas diversos incluyendo la ópera y el cine.

Lo contrario a Skármeta representa un autor que no sólo no divulgó la literatura sino que hay sospechas de que la censuró. Cuesta hablar en este plano de Fernando Emmerich, cuyo nombre convive, además de su obra, con su trabajo como asesor de la dictadura.

Francisco Casas comenzó como poeta, siguió como artista visual y novelista. Formó parte de la delegación chilena en la FIL de Guadalaja, en 1999, con una muestra visual. Su obra de divulgación es más conocida por su dúo performático llamado las Yeguas del Apocalipsis, que por su literatura.

Francisco Rivas, médico, ex embajador y novelista contribuyó a la lectura precisamente cuando se trataba de impedir su divulgación. Tanto con su nombre real como con su seudónimo, Francisco Simón, entregó aportes en el terreno de la ciencia ficción y situaciones escabrosas que podrían a más de alguien alertar respecto de atrocidades nada literarias que acontecían, casi simultáneamente con su publicación, durante la dictadura.

Poco antes de que ésta iniciara sus años de represión, Germán Marín publicó su primera novela, Fuegos artificiales, en editorial Quimantú. Será recordada como el décimo título de la Colección Cordillera y una opera prima editada en poco frecuentes cinco mil ejemplares, en febrero de 1973. A no dudarlo, uno de las obras de Marín con mayor divulgación. Posteriormente, tuvo una buena acogida entre los escritores más jóvenes y algunos cenáculos académicos y de la critica.

Jorge Guzmán aparece como uno de los candidatos más longevos (nacido en 1930) y sorprendente por su labor como ensayista (Una constante didáctico-moral del Libro del Buen Amor,1963; Diferencias latinoamericanas, 1984, y Contra el secreto profesional: lectura mestiza de César Vallejo, 1991), no obstante, su aporte a la divulgación literaria pasa por una dilatada docencia y títulos de biografías noveladas de personajes entrañables de nuestra historia como Ay mama Inés (de Suárez), La ley del gallinero (sobre Diego Portales), o Cuando florece la higuera.

Patricio Manns es conocido como cantautor y novelista, Arriba en la cordillera es su obra musical cumbre (literalmente) y Buenas noches los pastores, su novela más recordada, con prólogo de Carlos Droguett y una cuidada edición de Ediciones Universitarias de Valparaíso, en 1972. Un duro exilio le permitió seguir incursionando en ambos géneros y recibir variados reconocimientos, no obstante su gran aporte a la difusión literaria pasa más por el trovador que escribe que a la inversa.

José Luis Rosasco podría ser calificado como un autor de tiempos oscuros, pero no es tan simple; efectivamente su obra floreció en tales años, con el mérito de estar dirigida a jóvenes que difícilmente leerían otras obras, sea por censura o por estrecheces económicas. Su labor de divulgación no fue sólo acogida por Editorial Andrés Bello y sus clubes de lectores que insistió con 17 ediciones de Dónde estás Constanza entre 1980 y 1997, más de una por año. Además madrugó consistentemente los días miércoles, para comentar libros en radio Cooperativa contribuyendo así a mantener vivos los decaídos indices de lectura de aquellos tiempos.

Pedro Lemebel, cronista de la marginalidad, integró -para su sorpresa- la delegación oficial de Chile a la FIL de Guadalajara en 1999, dónde su obra fue divulgada y él, elogiado. Su novela Tengo miedo torero, es una de las narraciones más notables sobre el atentado a Pinochet. Sin dudas es uno de los creadores que más ha contribuido a que la sociedad chilena descubra realidades más allá de los estrechos márgenes tradicionales, para lo cuál Lemebel se vale de sus irreverentes crónicas que le han entregado merecidamente bastante más que una decena de publicaciones de libros propios y antologías. Podría calificarse como un autor que ha atraído audiencias nuevas y marginales a la literatura.

Enrique o Poli Délano, se alimentó con leche de literatura, hijo de Luis Enrique y bautizado Poli por Neruda, tenía pocas opciones diferentes en la vida y se puso a escribir y publicar desde 1960. Uno de lo más prolíficos de los candidatos, la novela En este lugar sagrado, editada varias veces en México y Chile, y su selección de Cuentos mexicanos, amenazan con ser sus principales aportes a la divulgación literaria. Una vasta cantidad de ediciones en más de cincuenta años permiten estimar que su aporte a ella no ha sido menor.

Ninguno de los mencionados sorprendería si es ganador del Premio Nacional de este 2014. Pero, como estamos de ficciones, también podríamos tener una sorpresa: alguien que no figura en la nómina. No es frecuente que haya dos poetas en el jurado -Oscar Hahn y Pedro Lastra- , y de ellos se puede recibir las mejores emociones inesperadas.
Se espera prime la literatura -no las campañas- para elegir a un ganador, que el galardonado premie a la sociedad con una lluvia de nuevos lectores y todos nos regalemos una remozada política del libro y la lectura.
Hace mucha falta.

28 julio 2014

CONTRIBUCIONES DE UN POETA DE UTILIDAD PÚBLICA


Foto El Mercurio de Valparaíso

Pablo Neruda se declaró poeta de utilidad pública en el salón de Honor de la Municipalidad de Valparaíso, cuando era declarado su Hijo Ilustre, el 31 de octubre de 1970. Desde entonces, su ejemplo y afán ha sido seguido por otros grandes de nuestra poesía. Por ejemplo, Gonzalo Rojas manifestó que bajo ninguna circunstancia quería que su casa se transformara en un museo; fue él mismo quien planteó la idea de un centro cultural “vivo, abierto al diálogo y al encuentro multidisciplinario”. Un concepto de trascendencia de su obra y residencia, de gran utilidad pública.

Asistimos a una época en la que los museos son cada vez más envasados. Es posible una visita guiada a través de internet o aún en el mismo sitio dónde se emplaza el museo, conducido por una audio guía que se hace cargo de toda nuestra capacidad auditiva y limita la visual a lo que ella determine. De interactividad, poco, a menos que se trate de museos científicos o tecnológicos orientados a niños que se fascinan con principios elementales de la física.

Ampliando la mirada a las industrias culturales, la música, el cine, las ediciones llegan cada vez más vía pantallas y nubes todo contenido. Dentro de muy poco, con una módica suma mensual podremos tener al alcance de nuestra capacidad de wifi la casi totalidad de las creaciones de la humanidad en formato libro, filmes o fonogramas. Quizás por ello, las grandes batallas de los creadores se darán crecientemente en el campo de una improbable defensa de sus derechos de autor, cada vez más vulnerables.

Por ello, lo que va quedando protegible o de beneficio al creador, son sus comparecencias en vivo y directo. Así acontece con la música donde el mercado del cassette, el disco o el CD fue absolutamente reemplazado por el concierto. Sólo allí es posible cobrar por el ingreso y por otro bien escaso: la cercanía con el artista de sus sueños.

Este fenómeno se acerca cada vez más al mundo literario. Ya no se aspira a ferias en las que el protagonista es el libro, sino a verdaderos festivales dónde el rol estelar lo tiene el autor, son la única oportunidad de permanecer cara a cara con el escritor de los sueños más acariciados. Se nos aproxima una mayor valoración del autor carismático versus aquel encerrado en su torre con poco contacto humano.

¿Y dónde pueden acontecer estos encuentros cercanos entre lector y autor, entre cantante y audiencia? Pues precisamente en centros culturales como los que dibujó Gonzalo Rojas. No museos ni ferias donde los objetos inanimados pueden ser admirados o incluso adquiridos pero no compartidos en ese momento mágicos en que se encuentran respirando el mismo aire -e incluso conversando- el creador de una obra de arte y el público que la disfruta.

Centros vivos, que hoy reciben a artistas plásticos, mañana a audivisualistas y pasado a una mezcla de ambos con literatos y músicos. Todo bajo la presencia activa y dialogante de las audiencias. Ello inspiró -premonitoriamente- a las autoridades que a los albores de la democracia de 1990, que soñaron con el Centro Cultural Estación Mapocho. Lo mismo inspiró, diez años después, a la Comisión Presidencial de Ricardo Lagos, institucionalizada luego en el Consejo Nacional de la Cultura, que comenzó a esparcir incesantemente, hasta la fecha, centros culturales por el territorio nacional.

Allí está el futuro de la cultura y quizás de muchas otras actividades que asisten implacables a la realidad de que es posible desarrollarse a distancia, desde cada casa de los involucrados, sin la riqueza y creatividad del intercambio presencial.

Las ciudades crecen en interconectividad y en dificultades para movilizarse, por tanto la tendencia a no moverse del entorno inmediato debiera reforzar la existencia de centros culturales en cada comuna y en cada barrio, por que allí y sólo allí se dará el intercambio que anunció un poeta de utilidad pública.

Por que no sólo de poesía vive el ser humano, también de las certeras inspiraciones de los poetas, que deben contar con la complicidad de autoridades como Sergio Zarzar Andonie, Alcalde de Chillán y Presidente de la Corporación Cultural Casa Gonzalo Rojas, quién reiteró la intención de respetar la voluntad del poeta.

Así sea.

22 julio 2014

VALPARAÍSO Y SUS CIEN EMBAJADORES


Fotos www.nuestro.cl


Discurso con motivo de la Investidura de cien Embajadores de Valparaíso en Chile, en el Teatro Municipal, el 2 de julio de 2005. La ceremonia culminó con un animado pié de cueca de Cecilia García Huidobro y el entonces Juez Sergio Muñoz, hoy Presidente de la Corte Suprema.


Señor Alcalde de la ciudad, Aldo Cornejo
Señoras y señores Concejales,
Autoridades civiles, militares y eclesiásticas,
Colegas Embajadores y Embajadoras,
Ciudadanas y ciudadanos de Valparaíso, Patrimonio Cultural de la Humanidad:



Hace ya unos años, en 1998, probablemente cuando el Intendente de la región que luce el nombre de esta notable ciudad, me espetó sin mayor preámbulo que los porteños requerían urgentemente reafirmar su auto estima, sentí algo así como un llamado telúrico, que coincidió cabalmente con un sentimiento que alojaba antaño en mí, que había sido impulsado y cultivado, en estricto orden cronológico: por mis abuelos –uno ingeniero municipal que dejó sus huellas en el camino de Cintura, otro habitante permanente de uno de los mausoleos más distinguidos del cementerio número 2- ; por mi nana que dejaba sus cansados pies entre la parroquia y su honorable casa erigida alrededor de un sólido níspero y un bullicioso y generoso gallinero del cerro Los Placeres; por mis maestros de humanidades y universidad, dos de los cuales tengo el privilegio de acompañar en esta improbable condición diplomática que celebramos hoy, y por mis propios efluvios que aún hoy emergen incontenibles al divisar el originario hospital Alemán o la ventana de guillotina sobre la plaza Aníbal Pinto desde la que presencié sistemáticamente los desfiles de cada 21 de mayo infantil, minutos antes de embarcarme en la mejor lancha para iniciar la más maravillosa vuelta por la bahía que solía culminar ascendiendo trémulo en plañideros ascensores que conducían sólo hacia una posterior bajada devorando un pan batido que acogía las más deliciosas tajadas de jamón con poca miga y ausente de mantequilla.

Fue entonces, y gracias al Intendente Gabriel Aldoney, que asumí de hecho la condición que este 2 de julio de 2005 nos inviste oficialmente el Alcalde Cornejo.

Descubrir que ese sentimiento ya lo había descrito magistralmente Joaquín Edwards Bello aspirando al modesto título de Cónsul, fue tan posterior como significativo. Encontrarme en este mismo puerto con las palabras de Neruda en Estocolmo que estampillan que todo poeta tiene dos deberes en la vida: partir ... y regresar, fue el envión final: iniciaría el camino predestinado a todo cautivado por Valparaíso: ser –quiéralo o no- su emisario.

Heme aquí entonces intentando la inalcanzable misión de explicar qué se requiere para ser un buen porteño.

Un antiguo Senador de la República señalaba que para ello era necesario:

1. no haber nacido en Valparaíso;

2. haber vivido en Valparaíso, y

3. no estar viviendo en Valparaíso.

Probablemente hacía alusión a la imperiosa necesidad, aún vigente, de enseñar, de impulsar a quienes hoy viven en Valparaíso a mirarlo, a degustarlo. ¿Cuánto porteños conocen el muelle Barón? ¿Cuántos han padecido a lo menos cinco ascensores? ¿Cuántos pueden ser guías de caminantes por sus cerros? Porque para querer a Valparaíso no es necesario ser poeta, ni pintor, ni arquitecto, ni fotógrafo. Prueba de ello son los presentes, atraídos simplemente por un acto de amor. Un amor que surge de los entresijos de un bibliotecario, un estratega, un locutor, un maestro, un ingeniero, un periodista, un guachaca, un juez o un futbolista.

Me congratulo que este acto de amor se consagre en un gran momento de Valparaíso, en el que todo se está dando como en la tejedura de un gran manto de progreso. En el momento en que se busca y comienza a encontrarse una nueva identidad. En el tiempo de la transfiguración de la ciudad en un centro vital de servicios: servicios portuarios; servicios de educación superior; servicios de innovación tecnológica, servicios para el turista: hoteles, restaurantes, diversión; servicios culturales...

Pocas veces, la historia de nuestro Valparaíso ha presenciado tantas obras en marcha:

· El acceso sur al puerto y su complementación en el paseo Altamirano;

· La construcción del Metro regional, que hace pocas horas despidió al último tren tradicional;

· El aprovechamiento del borde costero con el renovado muelle Barón y el impactante terminal de cruceros;

· El centro comercial, hotelero y de negocios de la Estación Puerto;

· El paseo del mar;

· El despegue de las construcciones habitacionales y comerciales;

· La ciudad se ve limpia, menos perros muertos permaneciendo algunos gatos tuertos;

· La reparación y pintura de fachadas;

· La rehabilitación de ascensores;

· Los nuevos edificios educacionales como el DUOC, INACAP o la UCV;

· Los cerros se pueblan de apetitosos restaurantes y sugerentes hoteles de gran diseño;

· El asentamiento de la ciudad como el centro cultural de Chile...

De este nuevo y del viejo Valparaíso somos dignatarios. Asumimos con entusiasmo las responsabilidades que a ello corresponden.


Nos comprometemos a un cariño pro activo por la ciudad y ello significa visitarla regularmente varias veces en al año (tres nos dice la norma, que esperamos superar con creces);

Nos comprometemos a anotarnos en el registro correspondiente cada vez que ello ocurra.


Nos comprometemos a brindar ostensiblemente por Valparaíso cada vez que sea dable, en diligencias públicas o privadas, de preferencia con los mostos del valle de Casablanca y en caso de emergencia con agua Porvenir del mismo cañón.

Nos comprometemos a establecer conversación sobre Valparaíso y sus virtudes en toda situación de diálogo con ciudadanos de los más diversos orígenes.

Nos comprometemos a visitar a lo menos los titulares de El Mercurio de Valparaíso, periódica y virtualmente enviados a nuestros correos electrónicos.

Nos comprometemos a hacer llegar banderas, banderines u otros emblemas del Santiago Wanderers a las instituciones gastronómicas, deportivas, culturales o de otra índole que exhiban públicamente enseñas de otras instituciones sin duda de menor trascendencia histórica y futbolística.

Nos comprometemos a complementar esta inicial lista con acciones que irán surgiendo naturalmente del desempeño de nuestro honroso quehacer, consagrado en este instante.

Será responsabilidad nuestra el que nadie a nuestro alcance –cabal o virtual- pueda ignorar lo que es Valparaíso y lo que significa.

Finalmente y como primeros encargos, propongo que despleguemos nuestras velas y pongamos nuestras lanzas en ristre para lograr el justo subsidio de rehabilitación patrimonial para los habitantes de Valparaíso; para terminar con la insensatez de que nuestra ciudad carezca de un teatro municipal propio, edificación de la que dispone hasta la más modesta de las ciudades chilenas; para conseguir que el Estado ante el cuál representamos a Valparaíso considere definitivamente el carácter excepcional de nuestra ciudad y lo refleje en sus políticas.


Sepa usted, señor Alcalde, que no seríamos dignos del alto honor que hoy nos infiere si no fuésemos capaces de poner todas nuestras energías para que los porteños puedan contar con recursos para rehabilitar sus hogares; para que esta sala que hoy nos cobija sea más temprano que tarde un teatro que sea municipal y que sea de Valparaíso; para que Chile reconozca que tiene en esta ciudad una riqueza que es símbolo mundial.

Muchas gracias por esta misión que hoy la ciudad nos encomienda al momento de tañer de las campanas y que aceptamos gustosos porque Valparaíso merece lo mejor de nuestros esfuerzos.

15 julio 2014

CUANDO NADINE GORDIMER ESTUVO ENTRE NOSOTROS


    
No sólo es la única Premio Nobel que ha pisado nuestra Feria del Libro en sus treinta y tres años de vida. Nadine Gordimer aceptó gustosa venir a Chile y al Centro Cultural Estación Mapocho en noviembre de 1998, junto a escritoras y escritores de Australia y Sudáfrica, para participar en un coloquio que dejó huella y una publicación, que ella misma sugirió: "Hay tantas conferencias -le dijo al Embajador Jorge Heine cuando la invitaba- y de tan pocas queda un legado permanente. Tratemos de hacer algo distinto esta vez. Y que no sea algo que se publique después, sino que antes del encuentro, a objeto que el público tenga algo en la mano mientras asiste a las deliberaciones". 

La idea original de Escribiendo el sur profundo surgió durante una visita de Ariel Dorfman a Sudáfrica en junio de 1997, donde lo comentó con Heine. En Chile, Nadine Gordimer participó -en medio de la Feria del Libro- en un encuentro de dos días en el Centro Cultural Estación Mapocho, donde, además, firmó el libro de oro de la corporación y departió con invitados, como doña Hortensia Bussi de Allende, Isabel Margarita Morel o el Alcalde Jaime Ravinet, y luego se trasladó a sendos diálogos organizados en las universidades Católica de Valparaíso y Austral de Valdivia.

El tema convocante de todos ellos fue el surgimiento de un nuevo sur, muy distinto del antiguo, mendicante, viejo sur/tercer mundo, que constituyó un proceso fascinante de los años noventa. Una parte significativa de este nuevo ámbito es el sur profundo, integrado por los países ubicados bajo el trópico de Capricornio. Y dentro de esta configuración, Chile, Australia y Sudáfrica comparten no sólo una determinada ubicación geográfica, sino que también características históricas y socioeconómicas, incluyendo un pasado colonial y un presente con economías abiertas, agro-exportadoras y mineras. Hasta entonces había existido muy poca conciencia de estos elementos comunes, tanto debido a la fijación tradicional con el norte, como por las diferencias de lengua.

Los países del sur profundo también comparten una sensibilidad artística como quedó en evidencia en el coloquio que reunió a más de una decena de escritores: Peter Carey, Helen Garner y Roberta Sykes de Australia; André Brink, Nadine Gordimer, Zakes Mda y Mongane Wally Serote de Sudáfrica, y Dorfman, Antonio Skármeta, Ana María del Río, Andrea Maturana, Jaime Collyer y Arturo Fontaine, de Chile.
Una antología, editada en cinco mil ejemplares de distribución gratuita, permitió al público chileno conocer cuentos y fragmentos de novelas de todos los invitados, los extranjeros casi todos por vez primera traducidos al castellano. De Gordimer, se publicó el cuento Lo último en safaris, de la colección Jump and Other Stories, 1991, con traducción de Javier Escobar.
Cathy Maree, académica de la Universidad de Sudáfrica y prologadora del libro, señala que el relato de Gordimer fue escrito durante el período de transición del régimen de apartheid a la democracia no racial de Sudáfrica y en el mismo año en que ganó el Premio Nobel de Literatura. En Lo último en safaris, los aspectos positivos y prometedores de ese momento histórico contrastan con los recuerdos de los tiempos que fueron. Localizado en el Parque Kruger - la famosa reserva de animales sudafricana - y en un campamento de refugiados situado cerca de la frontera del Parque, la historia es contada por una joven de once años cuya voz narrativa descubre a la mujer adulta del futuro. El título es irónico: lejos de ser una excursión turística, el viaje de la joven es uno de escape de Mozambique, su país natal que está destruido por una incesante guerra civil. También fue el ‘último’ viaje para la mitad de su familia y casi lo fue para ella también. Otra ironía implícita en el viaje de escape radica en que el gobierno sudafricano había perpetuado la guerra en Mozambique, lo que resultó en la llegada en Sudáfrica de miles de refugiados desesperados. Los temas del exilio y del retorno, de la pérdida y de la recuperación y las transformaciones infelices que producen en sus víctimas aparecen inscritos en las modalidades narrativas del cuento, en sus cambiantes voces, espacios y tiempos. De allí, el siguiente fragmento:

¿Tiene esperanzas de regresar a Mozambique, a su propio país?

No regresaré.

Pero cuando termine la guerra y no le permitan quedarse aquí, ¿no quiere volver a casa?

No creí que la abuela quisiera seguir hablando. No creí que fuera a responderle a la blanca, que volvió entonces la cabeza hacia un lado y se sonrió con nosotros.

La abuela apartó de ella la mirada y habló: No hay nada. No hay casa.

¿Por qué dice eso la abuela? ¿Por qué? Yo sí voy a volver. Voy a volver, atravesando el Parque Kruger. Después de la guerra, si ya no hay más bandidos, tal vez nuestra madre nos esté esperando. Y tal vez el abuelo, cuando lo abandonamos, sólo se quedó atrás de algún modo encontró el camino, lentamente, a través del Parque Kruger, y esté allí. Estarán en casa y yo los recordaré aún. 



La feliz coincidencia de Escribiendo el sur profundo con la Feria del Libro permitió que la principal fiesta literaria acogiera los escritores sureños y los lectores chilenos no sólo pudieran participar de los diálogos, sino llevarse un ejemplar antológico con sus creaciones, que hoy es una rareza bibliográfica.

Memoria de cuando Nadine Gordimer estuvo entre nosotros.


11 julio 2014

CASAS Y COSAS DE COOPERATIVA

APSI, 10 de abril de 1984
- Comunistas tales por cuales, ¿por qué atacan tanto a mi general..?
- No se altere, señora, le va a hacer mal, escuche la Agricultura mejor.
- Es que también quiero saber lo que pasa...

Este diálogo telefónico con una airada auditora del Diario de Cooperativa, una madrugada de 1978, refleja bien el rol que jugó ese programa y esa radio en los albores de la dictadura. Un reciente cambio de casa es motivo suficiente para recordar aquello y otros aspectos de un trabajo señero de un puñado de periodistas, locutores, controladores y ejecutivos.

La tarea comenzaba con un solitario taxi que se desplazaba de un extremo a otro de la ciudad de Santiago, a contar de las cuatro de la mañana, recogiendo al control (el entrañable "hombre de las perillas") a los dos locutores y al conductor del programa para llevarlos hasta los estudios de un séptimo piso en calle Bandera bastante antes de las seis y media, hora de comienzo de las transmisiones, lapso en que debían abrir la radio, encender los equipos e iniciar los treinta minutos de música ecléctica que antecedía a los acordes del Diario.

En ese lapso, los locutores revisaban sus libretos redactados en sonoras máquinas de escribir Underwood sobre papel amarillo, tamaño oficio, que solía presentar resistencia a los gastados calcos que se insertaban en número de cuatro para generar las cinco copias de cada hoja: una para el conductor -el impecable original- dos para locutores, la cuarta para el control y la improbable quinta para un menos probable archivo. El conductor revisaba los diarios y marcaba con lápiz azul las informaciones a destacar durante la "revisión de prensa" que salía al aire poco antes de las ocho de la mañana, después de las notas libreteadas y antes de la conversación en vivo con los comentaristas de cine, Mariano Silva, lunes y viernes, o libros, José Luis Rosasco, los martes.

Todo ello ocurría bajo la suprema orientación de Delia Vergara, quien armaba este programa la tarde anterior en base a las informaciones que traían sus reporteras y reporteros de las áreas sensibles: nacional, Manola Robles; relaciones exteriores, Carmen Castro; trabajo, Marianela Ventura; economía, Patricia Politzer, más Patricio Vargas, Armando Castro y Guillermo Muñoz, gobierno (política no existía) ...

Lo de Delia no tomaba más de diez minutos al aire, pero apuntaba a lo esencial del día informativo. El resto de la hora y media incorporaba deportes, internacionales, comentarios -Alejandro Magnet, Raúl Hasbún- policiales, poco, y cultura de la mano de las conversaciones del conductor con los señalados comentaristas más algunas entrevistas a gente de teatro, los jueves.

Más entusiasmo que remuneraciones importantes motivaban a todo el equipo. Los salarios eran leves, normalmente acompañados de promesas -"ya va a llegar la plata"- y una dosis de humor. Llegará el día de san Blando, se rumoreaba. ¿En la mañana o en la tarde? preguntó una acuciosa reportera. Lo cierto es que de reajustes nada y parte de los sueldos comenzó a pagarse en canjes. Tostadoras, radios a pila, jugueras y otros electro domésticos comenzaron a poblar primero las casas de los trabajadores de la radio y luego de sus relaciones más cercanas, víctimas de originales regalos de Navidad.

Decidí matar dos pájaros de un tiro y regalar una radio de velador a mi querida Nana, quién se jactaba de escuchar cotidianamente el Diario. Le advertí que existían encuestas en que preguntaban sobre qué emisora escuchaba para que estuviera atenta y colaborara así a morigerar la baja sintonía que nos entregaban esas mediciones. Me llamó un día muy exitada: vinieron de la encuesta, me dijo. Qué bien y qué radio dijo que escuchaba. "La Portales". ¿Por qué? Es que pensé que me iban a hacer un regalo...

Efectivamente, algunas radios imitaban las visitas de los encuestadores y habían generosos presentes a quienes respondían que escuchaban sus emisiones. De este modo, tampoco era posible demostrar, en especial a los publicistas, que Cooperativa tenía una buena audiencia. Otros estudios demostraron que el temor jugaba también su papel en que la gente no se atreviera a confesar que escuchaba Cooperativa.

Sin el estímulo de los avisos era más difícil aún pensar en mejorar remuneraciones ni la situación general de la empresa que perdía filiales en la misma medida en que se cumplían plazos de concesiones que el gobierno no renovaba. Así, la antes cadena de cobertura nacional se redujo a Santiago y Valparaíso.

Y los amplios estudios, archivos de miles de vinilos y cintas magnéticas más un considerable auditorio de calle Bandera se redujeron a una casa en Providencia: Antonio Bellet 223.

Los intrincados pasajes del centro, los cercanos cafés tan apropiados para la cita con el entrevistado, los abogados abiertos a entregar el dato judicial preciso para develar los misterios que el gobierno quería ocultar fueron reemplazados por sustanciosos desayunos en las cocinerias del mercado de Providencia.

Muchas pailas de huevos fritos acompañaron largas disquisiciones literarias con Rosasco que se trasladaban desde los micrófonos hasta los manteles de hule, sin transición. Más de una vez debimos confesarnos que tan madrugadores desayunos nos sorprendían con precarias ropas sobre el pijama.

No obstante, esa casa fue testigo de los mejores momentos -de los buenos y los otros- del Diario. Allí se verificaba con el I Ching si la directora Delia Vergara debía o no asistir a la citación del Ministro del Interior, Sergio Fernández, motivada por algunas de las frases emitidas en programas recientes como por ejemplo aquella de un comentario de Politzer tan simple como "los muertos se entierran en el cementerio", a poco de que se descubrieran restos de detenidos desaparecidos en insólitos lugares.

Allí se consolido la carrera de un joven profesor de voz característica que amenazaba con destacar más allá de las aulas: Sergio Campos y se hicieron conocidos los tambores con que se acompañaba la frase de alerta durante la dictadura: "el diario de Cooperativa esta llamando".

Allí comenzaron los primeros éxitos económicos, con la certera conducción comercial de Gabriela Riutort y se rompió el cerco tendido por las agencias publicitarias a un medio opositor.

Al inicio de los ochenta, Guillermo Muñoz reemplazó a Delia Vergara y la radio se preparó, morigerando su tono, para enfrentar el largo desierto de la década que aún faltaba para superar la dictadura. Lo logró y sus índices de sintonía, publicidad, recordación, prestigio, así lo reconocen.

Ya no es sólo el Diario, están el Primer café y la Mañana de Cecilia Rovaretti; Lo que queda del día de Paula Molina y un sólido (como diría Pedro Carcuro) equipo de deportes.

Signo de los tiempos, quizás, Cooperativa se trasladó al barrio Yungay, un sector de museos y parques. Es vecina del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos con quién tiene en común no sólo sus archivos.

Es que radio Cooperativa forma parte de nuestro patrimonio nacional.

07 julio 2014

POLÍTICAS CULTURALES, TIEMPO DE REFLEXIÓN


Foto Daniel Alvarez

Hay tiempos de búsqueda y otros de encuentro. Pareciera que las políticas culturales en Chile han ingresado a una etapa de las primeras. Afortunadamente. Una activa Ministra, con equipo renovado, se pregunta cómo poner el sector a tono con tiempos de igualdad, participación y reforma educativa; una entusiasta comisión de diputados se encuentra con agenda leve ante la postergación con tiempos inciertos de una nueva ley de institucionalidad, debido a la irrupción de los pueblos originarios en el horizonte legislativo; la inminencia de la TV digital renueva esperanzas de presencia cultural en su programación; gestores preguntan colectivamente sobre la "empleabilidad" del sector; diversos ámbitos de las industrias creativas -la música, el libro y el audiovisual- están dando luchas sectoriales por banderas que ignoran el componente integrador que inspiró la creación del CNCA. Por decir lo menos, hay dispersión si no desconcierto. 

Terreno más que favorable para detenerse, reagruparse y pensar lo que viene. Como ocurrió en los noventa, con buenos resultados.

La diferencia con tiempos de búsqueda anteriores -los cabildos, el encuentro legislativo de 1996, la Comisión Garretón en 1990, la Ivelic en 1997- es que la institucionalidad vigente contempla estos momentos y considera en su interior -los diferentes Consejos y la Convención Nacional- a destacados pensadores y variados ejecutores de las políticas culturales, hoy en ebullición.

Un notable ejemplo lo dio el Director Nacional Carlos Aldunate en sendos escritos -una columna en El Mercurio y una entrevista en Qué Pasa- respecto de la responsabilidad del Estado chileno en el conflicto mapuche; un tema cultural de la mayor relevancia abordado con altura y profundidad por uno de los nuestros. Otro caso reciente es el aporte de Agustín Squella -ex Director Nacional e inspirador de la actual institucionalidad- en una columna de opinión respecto del daño, finalmente cultural, que está generando la obesidad en nuestra sociedad. Algunos meses atrás, el Director Nacional Lautaro Nuñez difundió una sustanciosa carta respecto de los severos daños patrimoniales de la competición motorizada conocida como Dakar, en el desierto de Atacama.
Lo primero que sugiere esta capacidad de aportar al país es fortalecer las instancias de participación del CNCA, partiendo por su Directorio Nacional, en tres sentidos: primero completar la totalidad de sus integrantes -Juan Gabriel Valdés fue designado Embajador en Estados Unidos, renunciaron Pablo Dittborn y el representante de las universidades privadas- con personalidades de la envergadura de los mencionados y en la capacidad de proyección nacional de su pensamiento, con el apoyo del servicio público Consejo Nacional de la Cultura.
El tercer aspecto es que el Directorio Nacional retome su capacidad de encabezar, formular y coordinar las políticas nacionales y también las sectoriales. Este rol se extraña cuando vemos en el debate público que la SCD y sociedades similares de derechos de los autores comparecen huérfanas en una larga travesía parlamentaria que oscila entre un logro impactante -el 20% de música nacional en las radios- y la formulación de políticas interesantes que surgen de senadores -Alejandro Guillier, Jaime Quintana- sin presencia activa de quienes son también responsables, por ley, de formularlas. 
Parece contradictorio que la autoridad estimula, en el cine, iniciativas de co regulación, a diferencia de cuotas de pantalla, o porcentaje de producción nacional, que se piden en la música. Mientras el público -un 85% según datos recientes- opta por un cine de entretención producido mayoritariamente en Estados Unidos, consolidando la brecha que lo separa del cine nacional.
En el sector del libro tampoco reina la calma, subsisten duplicidades entre DIBAM y el CNCA; en la industria han existido conflictos al interior de la Cámara del Libro y entre ésta y editores independientes, mientras el mundo presencia niveles preocupantes de concentración de la propiedad en la industria editorial, incluyendo a los agentes literarios, lo que podría detonar propuestas de cuotas, regulación o mayores estímulos a la producción nacional.
Cómo hacerlo, ojalá de manera coherente con otros sectores, es algo que debe reflexionarse con calma y sabiduría, como aconteció en los noventa.
Una de las lecciones de esa década tan provechosa estuvo en lo colectivo del debate, lo generoso de las propuestas, la distancia de intereses corporativos y la activa presencia de un grupo transversal de diputados.
Todos esos factores contribuyeron a alcanzar esa fase de encuentro nacional alrededor de políticas tan elocuentes como fue la creación del CNCA, período que parece estar buscando una natural revisión.
No nos equivoquemos, la autoridad cultural unipersonal tiene demasiadas obligaciones programáticas y del día a día como para además encabezar un proceso de esta riqueza. Es entonces el Directorio Nacional, del cual la Ministra forma parte, el llamado a liderarlo.
Mientras otros servicios públicos y la sociedad civil incumbente -universidades, artistas, gestores, centros culturales, corporaciones, fundaciones, patrimonialistas- en todo el país, debemos poner al servicio de este momento reflexivo lo que de pensamiento e infraestructura sea posible, en beneficio, una vez más, de esta noble causa de alcanzar para Chile las políticas culturales que el país requiere.


27 junio 2014

MINISTRA BARATTINI: LAS PRIMERAS CRÍTICAS

Ya era hora. Después de los cien días de tolerancia, auto asignados por los últimos gobiernos, ha comenzado la temporada de críticas. Y cultura no podía ser la excepción. Lo novedoso es que ésta vez los fuegos no los abrieron artistas, ni gestores, ni siquiera patrimonialistas, sino aquella difusa categoría, sin limites claros, a la que muchos aspiran: intelectuales.

El talento de Barattini ha sido mantener controladas las expectativas de sus interlocutores más habituales. A los artistas les ofreció subvenciones para salas independientes, apoyar la subsistencia de los premios Altazor y esbozó apoyo a la demanda musical del 20% de interpretaciones chilenas en las radios; como retribución a su labor de agregada cultural en Italia, cosechó los honores que significó el León de Plata de la Bienal de Venecia, celebrado incluso en La Moneda. 
Se ha reunido con defensores del patrimonio de diverso origen y escuchado demandas de barrios, regiones y gremios. Su mayor avance ha sido someter el proyecto de Ley de Ministerio a una consulta a los pueblos indígenas, dejando "con los crespos hechos" a los diputados de la Comisión de Cultura.
En este plano se ha reservado una opinión necesaria sobre lo acontecido en la reunión de la UNESCO en Qatar con el proyecto de mall Barón, que su condición de vecina de Valparaíso -por nacimiento y residencia de su institución- le demanda.
Los profesionales de la gestión cultural están a la expectativa de que se normalice el funcionamiento del Comité de Donaciones Culturales y de lo que se determine en corporaciones sin fines de lucro donde el Consejo Nacional de la Cultura actúa como principal financista y ella integra sus directorios. También de que su comprometido apoyo al Teatro Municipal de Viña, se vincule a la creación de una corporación cultural que lo administre, superando la figura de la gestión dependiente del municipio, tal como parece que acontecerá con el Teatro Oriente y Providencia. En este campo, algo escapa a su ámbito, al menos mientras no modifique su institucionalidad: el Teatro Municipal de Santiago. Ha observado en silencio -entretanto El Mercurio busca pautar a sus futuras autoridades-, dejando la cancha libre para que la Alcaldesa Tohá continúe su plan modernizador. 
Las críticas públicas, hasta ahora de voces sindicadas como intelectuales por la prensa, son de dos tipos: la primera se refiere a por qué el Consejo Nacional de Cultura no está presidido por un intelectual, como el Ministerio de Cultura en Francia. El tema data desde la creación del Consejo, en 2003, cuando Agustín Squella declinó asumirlo.
El problema es como el del cine chileno. Neruda dijo que "habrá buen cine chileno, cuando haya mal cine chileno" es decir, cuando exista mucho cine nacional. Cabría parodiar al vate esgrimiendo que habrá intelectuales en la cultura cuando intelectuales se ocupen de las políticas culturales. Si se hubieren ocupado de ello, no estaríamos con una Ley de Premios Nacionales añosa y criticada; tampoco han desarrollado un debate al respecto cuando se convoca a todos los ganadores de premios nacionales a elegir su representante en el Directorio del Consejo Nacional de la Cultura, un colectivo tan estimulante como inédito.
La otra línea crítica consiste en advertir cierta ausencia de cultura, de relatos, de recuerdos, de canciones, de imágenes que acompañen al gobierno. Los artistas no han estado presentes en esta historia, se dice, y afirma que "han sido aplastados por los funcionarios".
Cultura no son sólo los artistas ni los artistas se expresan sólo por canciones o imágenes de "acompañamiento". La valerosa participación de los integrantes del mundo de la cultura en el plebiscito de 1988, dio inicio al período en que dejaron de ser el "arroz del plato". Afortunadamente, el tiempo de los creadores participando sólo en los escenarios de las campañas está atrás y bien que así sea porque lo que seguía a ese libreto eran las prebendas a los cantantes en el gobierno de quién habían apoyado cuando candidato. Tampoco es bueno que los artistas aparezcan vinculados al ejercicio del poder político, sino que se los reciba sólo para ser reconocidos en su aporte histórico y social como aconteció con el reciente homenaje de la Presidenta Bachelet a Jorge Peña Hen y las orquestas juveniles.
No se trata de que los trabajadores de la cultura hayan opacado a los artistas, sino que éstos, desde los inicios de los noventa y de los fondos concursables, están dedicados a lo suyo que es crear mientras gestores presentan proyectos a los fondos respectivos, y otros se hacen cargo de cumplir con los requerimientos de una asignación de recursos de manera transparente, participativa y justa, en una eficaz división de tareas.
La opción de separar a quién dispone los recursos -el Estado- de quién los asigna -Consejos representativos- ha demostrado ser infinitamente superior al camino que entrega a quién gobierna la facultad discrecional de, a la vez, disponer y asignar los recursos, con el consiguiente cambio de criterio tras cada elección.
Este modelo, participativo y estable, fue escogido unánimemente por Chile al crear, por ley, el Consejo Nacional de la Cultura y no se ha conocido proyecto alguno que busque revertirlo. Al contrario, las iniciativas más recientes buscan ampliarlo hacia nuevos sectores, como el patrimonio, agregando nuevas formas de participación y consulta, por ejemplo, a los pueblos indígenas.

Por tanto, la temporada de críticas ha sido, en sus inicios, leve.
Lo que no asegura, necesariamente, un futuro similar.