El 17 de agosto, Reportajes de El Mercurio, se preguntaba si las políticas culturales serían en Talón de Aquiles de la derecha. El mismo diario se responde, en Editorial del 24 de agosto titulada “La derecha política y la cultura”, que tal hipótesis “quizás no es del todo justa”.
El académico Cristián Antoine en el blog del diario explica que “hablar de políticas culturales de derecha es una reducción muy limitante. Necesitamos auténticas políticas culturales, bien hechas, mejor pensadas y eficientemente aplicadas. Todas evaluadas. Ello, independiente de quien se siente en La Moneda”.
Sin considerarlo, el Editorial se apresura a dar tres consejos: “una política cultural con posibilidades de real impacto debería concentrarse en preparar las necesarias modificaciones a la Ley de Donaciones Culturales, que le devuelvan su perdida eficacia y la refuercen; promover urgentes reformas a las leyes de Monumentos Nacionales y General de Urbanismo y Construcción, para crear la institucionalidad y el sistema de incentivos económicos y tributarios indispensables para la conservación, restauración y difusión del patrimonio histórico, tangible e intangible, y una revisión sustancial del sistema de fondos concursables, sobre todo en el área de subsidio a la creación”.
Es decir, se sugiere a la “derecha política” profundizar en dos líneas de políticas creadas, aplicadas y priorizadas por gobiernos de la Concertación –antes de 1990 no existían ni la Ley de Donaciones ni el Fondart- y una legislación que está a punto de enviarse al Parlamento, tal como lo reiteró la Ministra Presidenta del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes el viernes 22 de agosto ante la Quinta Convención Nacional de ese organismo.
Además, la autoridad recordó que “según la Fundación Participa, los fondos del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes se ubican como uno de los más transparentes del Estado. A ello se suma el reciente estudio de la Dirección de Presupuestos que evaluó al Fondart como uno de los 4 programas -de los 16 evaluados- que necesita reformas menores”. No obstante estos resultados, agregó “se hace imprescindible el perfeccionamiento en la entrega de los fondos. Para ello, el Consejo se ha propuesto alargar el ciclo de seguimiento de los proyectos, con el fin de evaluar su incidencia en la formación de audiencias y hábitos y una mayor coordinación con los Gobiernos Regionales”.
Tampoco hay primicia cuando la editorial concibe que “una fuerte inversión en infraestructura cultural (bibliotecas, museos, teatros) sería una contribución con beneficios directos e irrefutables”, ejemplificando con declaraciones del regista Hugo de Ana, instando a construir en Chile “el gran teatro de Sudamérica”.
Es sabido que existe un programa de construcción de centros culturales en comunas de más de 50 mil habitantes y se están instalando bibliotecas en las comunas –pocas- que aún no las tienen. También es público que el Centro Cultural Gabriela Mistral cumple con una de las medidas de la Política Cultural 2005-2010 que considera la construcción de un Centro Nacional de Artes Escénicas y Musicales el que contempla un teatro para más de dos mil personas con las características que sueña de Ana y algunas adicionales.
Por tanto, poco o nada hay de nuevo en las sugerencias a la “derecha política”. Simplemente porque no podría ser de otra forma: hace ya cinco años, el país se ha dado una Política Cultural de Estado, elaborada por todos los sectores involucrados y que considera, entre muchas otras, las inquietudes que refleja la editorial.
Por lo mismo, no parece justo terminar el comentario con una afirmación que más parece de campaña que de conocedores: “Está en manos de los políticos de derecha promover estas iniciativas y avanzar en un área en la cual los sucesivos gobiernos de la Concertación, pese a múltiples declaraciones, han tenido muy escasos logros”.
Una Política Cultural auténtica no es de derecha ni de izquierda, sino que es autónoma, desconcentrada y descentralizada, trasciende los gobiernos y es modificada desde el interior de los órganos de participación a niveles nacional, regionales y sectoriales, a través de convenciones como la que acaba de culminar, por quinta vez, en Valparaíso.
24 agosto 2008
04 agosto 2008
LIBROS, PIRATAS Y POLICÍAS
Que la realidad suele superar a la ficción es un lugar común.
La mirada tradicional asociaba policía y libros a –ahora ingenuas- historias de Cayetano Brulé o Heredia que triunfaban sobre precarios delincuentes que no lograban superar impunes las últimas páginas de los libros que malamente protagonizaban y de cuyos nombres difícilmente podemos acordarnos.
Sin embargo, este 2008 ha marcado un vuelco en la novela. Se ha organizado una Brigada (no la Brigada Escorpión, nacida de la mente de un prolífico escritor de “policiales” y cuyo cuartel general estaba en el Centro Cultural Estación Mapocho, no, todo ello es ficción, y se diluyó: su protagonista oficia hoy como diputado). Se trata de una Brigada tan real que ha incautado 320 mil productos de esta singular industria cultural conocida como Piratas S.A. Y que no está constituida por Garfio, Morgan ni otros recordados filibusteros. Los corsarios reales son libreros, ex empleados de editoriales, impresores profesionales y financistas.
Lo que era un secreto a voces, conversación de pasillos en cada feria del libro, sale a luz gracias a esta Brigada de Propiedad Intelectual de Investigaciones. Sorprende que su Jefe reconozca en Artes y Letras del 3 de agosto que, hasta su creación, sólo se castigaba “la flagrancia” ya que “por tiempo y capacidad operativa” no se abarcaba el círculo completo. ¡Qué ingenuos los legisladores que creyeron que endureciendo las penas a los piratas en la Ley del Libro se acabaría con el mal! Hay que crear leyes, pero también ocuparse de su “gestión”, dar recursos para que se cumplan.
Tal vez debieron leer un poco más de literatura especializada y deducir que para desbaratar una banda hay que investigar y para ello, disponer de investigadores y que éstos se organizan en brigadas…
Es precisamente la creación de esa unidad la que hace visible al delito, algo así como que la sanción transparenta la violación. Es de esperar que como ahora existen policías especializados en perseguir bucaneros hasta sus más recónditos escondrijos y proveedores, la opinión pública llegue a comprender que la reproducción ilegal es un delito y no una forma de comprar lo mismo que el producto legal, pero más barato.
Es deseable que esta iniciativa policial, tempranamente premiada por la Cámara del Libro -directamente afectada-, sea también reconocida por los lectores por la sencilla vía de no hacerse cómplices comprando productos falsos. Ojalá se enfatice la lucha anti piratería desde la demanda, es decir desde el público, y no sólo desde la oferta, desde los creadores, que se agrupan en sociedades de defensa de sus derechos realizando iniciativas que suelen ser incomprendidas.
La lección de este suceso debe llevarse al debate, que recién comienza en público, sobre el cambio de la Ley de Propiedad Intelectual, que data de 1970, cuando se hablaba de la oficina del Pequeño Derecho de Autor, Internet era un sueño, las fotocopiadoras, un lujo y las universidades eras pocas y tenían bibliotecas.
Ojalá se legisle teniendo presente la capacidad de que lo aprobado sea viable de llevar a cabo considerando la globalización y las tecnologías disponibles y por disponer, y de que protección de la propiedad intelectual considere también a quienes está dirigida la creación: los públicos.
La mirada tradicional asociaba policía y libros a –ahora ingenuas- historias de Cayetano Brulé o Heredia que triunfaban sobre precarios delincuentes que no lograban superar impunes las últimas páginas de los libros que malamente protagonizaban y de cuyos nombres difícilmente podemos acordarnos.
Sin embargo, este 2008 ha marcado un vuelco en la novela. Se ha organizado una Brigada (no la Brigada Escorpión, nacida de la mente de un prolífico escritor de “policiales” y cuyo cuartel general estaba en el Centro Cultural Estación Mapocho, no, todo ello es ficción, y se diluyó: su protagonista oficia hoy como diputado). Se trata de una Brigada tan real que ha incautado 320 mil productos de esta singular industria cultural conocida como Piratas S.A. Y que no está constituida por Garfio, Morgan ni otros recordados filibusteros. Los corsarios reales son libreros, ex empleados de editoriales, impresores profesionales y financistas.
Lo que era un secreto a voces, conversación de pasillos en cada feria del libro, sale a luz gracias a esta Brigada de Propiedad Intelectual de Investigaciones. Sorprende que su Jefe reconozca en Artes y Letras del 3 de agosto que, hasta su creación, sólo se castigaba “la flagrancia” ya que “por tiempo y capacidad operativa” no se abarcaba el círculo completo. ¡Qué ingenuos los legisladores que creyeron que endureciendo las penas a los piratas en la Ley del Libro se acabaría con el mal! Hay que crear leyes, pero también ocuparse de su “gestión”, dar recursos para que se cumplan.
Tal vez debieron leer un poco más de literatura especializada y deducir que para desbaratar una banda hay que investigar y para ello, disponer de investigadores y que éstos se organizan en brigadas…
Es precisamente la creación de esa unidad la que hace visible al delito, algo así como que la sanción transparenta la violación. Es de esperar que como ahora existen policías especializados en perseguir bucaneros hasta sus más recónditos escondrijos y proveedores, la opinión pública llegue a comprender que la reproducción ilegal es un delito y no una forma de comprar lo mismo que el producto legal, pero más barato.
Es deseable que esta iniciativa policial, tempranamente premiada por la Cámara del Libro -directamente afectada-, sea también reconocida por los lectores por la sencilla vía de no hacerse cómplices comprando productos falsos. Ojalá se enfatice la lucha anti piratería desde la demanda, es decir desde el público, y no sólo desde la oferta, desde los creadores, que se agrupan en sociedades de defensa de sus derechos realizando iniciativas que suelen ser incomprendidas.
La lección de este suceso debe llevarse al debate, que recién comienza en público, sobre el cambio de la Ley de Propiedad Intelectual, que data de 1970, cuando se hablaba de la oficina del Pequeño Derecho de Autor, Internet era un sueño, las fotocopiadoras, un lujo y las universidades eras pocas y tenían bibliotecas.
Ojalá se legisle teniendo presente la capacidad de que lo aprobado sea viable de llevar a cabo considerando la globalización y las tecnologías disponibles y por disponer, y de que protección de la propiedad intelectual considere también a quienes está dirigida la creación: los públicos.
28 julio 2008
HERMOSO PROYECTO CULTURAL SE ARRIENDA
“Falta una institucionalidad cultural imparcial que, fomentando la cultura, garantice al mismo tiempo el pluralismo”. Sorprendente conclusión de un editorial de El Mercurio del 28 de julio. Más sorprende cuando erige como legítima la parcialidad que surgiría de una “teleserie truculenta” en la televisión estatal por que ésta se emite “con respaldo de su directorio y con fondos propios, proveídos por sus avisadores”.
Desde 2004, todos los caudales asignados por el Fondart y los demás fondos concursables sectoriales son entregados con respaldo del Directorio Nacional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes además de pasar por estrictas evaluaciones de pares y comités técnicos. Tal directorio posee una diversidad semejante a la del Directorio de TVN, incluso con dos de sus miembros aprobados por el Senado, y una mayoría abrumadora -8 de 11- de personalidades representativas de la sociedad civil. Ergo, para el articulista, lo que le falta a la institucionalidad cultural para ser imparcial -el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes fue creado por ley de la República con los votos de parlamentarios de todos los sectores-, son recursos provistos por los “avisadores”.
Pero, la citada ley señala que los recursos concursables provienen de fondos públicos y no de aquellos. Se propone en el comentario que, para ser imparciales, sólo debieran existir fondos apara apoyar el arte surgidos de los auspiciadores, evitándose así “el sesgo de quién ejerce el poder”.
Gran noticia para los miles de creadores que postulan año a año a los diferentes fondos concursables. Se acaba la pesadilla de escribir proyectos y la angustia de esperar sus resultados. Sólo será necesario poner un simple aviso de fondo rojo y letras blancas: SE ARRIENDA o SE VENDE, en la carátula de un producto cultural.
Ahora, si por alguna misteriosa casualidad, no se arrienda ni se vende, sencillamente deberán hacer un nuevo intento hasta que el mercado los acoja.
Por favor, pongámonos serios. Los lectores lo merecen y la trayectoria de un diario tan antiguo también. No existe en el mundo un país que no asigne recursos públicos para el arte y la cultura, tampoco un sistema de asignación de esos recursos más imparcial y transparente que el chileno, semejante a los Art Council de los países de la comunidad británica.
Que este sistema acepte en ocasiones proyectos que no son del gusto universal o que beneficie a personas con comportamientos privados o clandestinos que no alcanzan a ser evaluados por quienes corresponde, es parte del juego. No se evalúa conforme a prejuicios sino a calidad artística, no se evalúa opciones sexuales o políticas de las personas, sino proyectos. Y esta capacidad de evaluación no es idéntica a la capacidad (financiera) de poner avisos. Aquí participan personas tanto o más conocedoras de las artes que los postulantes, justifican sus determinaciones y, además, se hacen públicas. Es, en definitiva, un sistema más participativo que aquel sugerido de “fondos de particulares que aprecien (las manifestaciones artísticas) y deseen erogar para su producción”. Sistema que por lo demás está disponible en la llamada Ley de Donaciones Culturales y que, a pesar de disponer que el Estado financia el 50% de lo que ponen los particulares por la vía de la rebaja tributaria, no logra satisfacer ni el equivalente a la mitad de lo asignado a los creadores. En un mismo año (2006) los fondos públicos concursables del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes distribuyeron entre los postulantes 9 mil millones de pesos, obviamente sólo una parte de lo solicitado. Los aportes reales de los privados fueron de 4,2 mil millones, a los que se debe sumar igual cantidad de dineros no percibidos por el estado por concepto de impuestos, otro aporte público.
Suponiendo que los “avisadores” hicieran un maratónico esfuerzo por alcanzar las cifras de la “demanda” de los creadores, aún restaría saber cuánto proyectos serían desechados no por su calidad sino por su “sesgo”.
Me temo que tanto los creadores como las audiencias van a preferir la “parcialidad” de una institucionalidad participativa, autónoma y descentralizada, complementada con excepciones tributarias y aportes de las personas, vía taquilla.
Es lo que hay.
Desde 2004, todos los caudales asignados por el Fondart y los demás fondos concursables sectoriales son entregados con respaldo del Directorio Nacional del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes además de pasar por estrictas evaluaciones de pares y comités técnicos. Tal directorio posee una diversidad semejante a la del Directorio de TVN, incluso con dos de sus miembros aprobados por el Senado, y una mayoría abrumadora -8 de 11- de personalidades representativas de la sociedad civil. Ergo, para el articulista, lo que le falta a la institucionalidad cultural para ser imparcial -el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes fue creado por ley de la República con los votos de parlamentarios de todos los sectores-, son recursos provistos por los “avisadores”.
Pero, la citada ley señala que los recursos concursables provienen de fondos públicos y no de aquellos. Se propone en el comentario que, para ser imparciales, sólo debieran existir fondos apara apoyar el arte surgidos de los auspiciadores, evitándose así “el sesgo de quién ejerce el poder”.
Gran noticia para los miles de creadores que postulan año a año a los diferentes fondos concursables. Se acaba la pesadilla de escribir proyectos y la angustia de esperar sus resultados. Sólo será necesario poner un simple aviso de fondo rojo y letras blancas: SE ARRIENDA o SE VENDE, en la carátula de un producto cultural.
Ahora, si por alguna misteriosa casualidad, no se arrienda ni se vende, sencillamente deberán hacer un nuevo intento hasta que el mercado los acoja.
Por favor, pongámonos serios. Los lectores lo merecen y la trayectoria de un diario tan antiguo también. No existe en el mundo un país que no asigne recursos públicos para el arte y la cultura, tampoco un sistema de asignación de esos recursos más imparcial y transparente que el chileno, semejante a los Art Council de los países de la comunidad británica.
Que este sistema acepte en ocasiones proyectos que no son del gusto universal o que beneficie a personas con comportamientos privados o clandestinos que no alcanzan a ser evaluados por quienes corresponde, es parte del juego. No se evalúa conforme a prejuicios sino a calidad artística, no se evalúa opciones sexuales o políticas de las personas, sino proyectos. Y esta capacidad de evaluación no es idéntica a la capacidad (financiera) de poner avisos. Aquí participan personas tanto o más conocedoras de las artes que los postulantes, justifican sus determinaciones y, además, se hacen públicas. Es, en definitiva, un sistema más participativo que aquel sugerido de “fondos de particulares que aprecien (las manifestaciones artísticas) y deseen erogar para su producción”. Sistema que por lo demás está disponible en la llamada Ley de Donaciones Culturales y que, a pesar de disponer que el Estado financia el 50% de lo que ponen los particulares por la vía de la rebaja tributaria, no logra satisfacer ni el equivalente a la mitad de lo asignado a los creadores. En un mismo año (2006) los fondos públicos concursables del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes distribuyeron entre los postulantes 9 mil millones de pesos, obviamente sólo una parte de lo solicitado. Los aportes reales de los privados fueron de 4,2 mil millones, a los que se debe sumar igual cantidad de dineros no percibidos por el estado por concepto de impuestos, otro aporte público.
Suponiendo que los “avisadores” hicieran un maratónico esfuerzo por alcanzar las cifras de la “demanda” de los creadores, aún restaría saber cuánto proyectos serían desechados no por su calidad sino por su “sesgo”.
Me temo que tanto los creadores como las audiencias van a preferir la “parcialidad” de una institucionalidad participativa, autónoma y descentralizada, complementada con excepciones tributarias y aportes de las personas, vía taquilla.
Es lo que hay.
20 julio 2008
HISTORIA Y GESTIÓN CULTURAL

“El nuevo mapa del mercado laboral chileno”, publicado por Qué Pasa el 18 de julio, destaca aquellas profesiones u oficios que están en vías de extinción –como los zapateros- y los que crecen exponencialmente –como los telefonistas de centros de llamadas- pero no menciona a una profesión en apogeo: los historiadores.
Este auge se debe, en parte, a algo que comenzó como un juego: TVN compró un formato de programa a la BBC para elegir a los Grandes Chilenos de la historia. Al presentar el proyecto en sociedad escogieron un naipe, de 60 cartas con igual número de nombres y breves descripciones al reverso, de los “candidatos” al Gran Chileno. Para entregar el juguete, soltaron las cartas de cartón en una caja redonda de lata, como aquellas de las viejas películas en celuloide. Desde ese momento, el jueguito comenzó a hacer ruido.
Uno de los mensajes habituales de mis clases de Políticas Culturales es incentivar a los estudiantes del magíster en Gestión Cultural a tener en cuenta encuestas, ratings, premios y otros indicadores que podrían estar señalando preferencias del público. Esto, porque un gestor cultural debe tener conciencia a la vez de lo que están sintiendo los creadores y las audiencias: el escenario y la platea.
Por ello, he seguido con atención esta especie de “guerra de los Grandes Chilenos” desatada por la ruidosa caja de celuloide. A estas alturas del juego, los seleccionados son diez y, a pesar de disminuir el número de cartas de naipe, la repercusión crece.
Reportajes de La Tercera de este domingo encargó a cada uno de diez -historiadores, por cierto- su propio listado de 10 nombres, para elaborar el listado correspondiente a los diez más votados de entre las cien preferencias de los historiadores.
Sigamos jugando. Si cruzamos los diez elegidos de TVN, por los que votaron estudiantes y profesores en base a los nombres propuestos en el naipe, con los diez elegidos por los historiadores escogidos por La Tercera -es decir si mezclamos algo así como los Oscares con Cannes- los inobjetables, que aparecen en ambas categorías, son sólo cinco. De los unánimes, tres pertenecen al mundo de la cultura: Violeta Parra, Gabriela Mistral -las únicas mujeres que forman parte de esta mezcla de listados-, Pablo Neruda, Alberto Hurtado y Arturo Prat.
Esta notable presencia artística (60%) entre nuestros cinco sobresalientes en la historia patria no amaina ya que en reciente reportaje de Qué Pasa “Los 50 influyentes del 2008” -más de 400 personalidades, sectorizadas por áreas, que influyen en elegir influyentes- determinaron que 10 de ellos, es decir un 20%, forman parte del mundo de la cultura, experimentándose un alza respecto del mismo ejercicio del 2007 (en que fueron sólo 7).
En la propuesta de los historiadores en La Tercera llama la atención un solitario voto por la contemporánea “señora Juanita”, en la lista de Patricio Bermedo, Director del Instituto de Historia de la UC. Por primera vez se incorpora a un listado de “los Grandes” a “una chilena de a pié”, que simbolizaría a las audiencias o los receptores de las grandezas de estos selectos chilenos.
Esta visión, similar a los intereses de la gestión cultural que mira no sólo a los protagonistas sino también a los observadores o destinatarios, podría encontrar antecedente en 1910, en la Exposición Histórica del Centenario, que se realizó en base a donaciones de objetos históricos que hizo la gente y que derivó en la formación del entonces inexistente Museo Histórico Nacional. Esclarecido gesto de nuestros antepasados que, como dato curioso, no calzó adecuadamente con las previsiones de infraestructura para dicho museo, que debió instalarse originalmente en dependencias del flamante museo de Bellas Artes el que a su vez no disponía de suficientes obras de arte para completar el edificio que se había construido como símbolo del Centenario.
Esta discrepancia entre lo planeado y sus resultados demuestra que para ser un Gran Chileno no sólo hay que tener una notable obra en beneficio del país, sino que, perdónenme la digresión profesional, hay que agregarle un poquito de gestión. Sino, veamos: Neruda tiene una activa fundación que recibe en sus casas al 80% de los turistas extranjeros que visitan nuestro país; Prat, un monumento rigurosamente visitado, desfilado y homenajeado cada 21 de mayo; Gabriela, una reciente reconciliación con su patria y un Centro Cultural que será emblema del Bicentenario; Violeta, una familia de hermanos, hijos y nietos que destilan talento urbe et orbi; el Padre Hurtado, un Santuario y periódicas manifestaciones de jóvenes que cada agosto marchan en multitud hacia él desde el Centro Cultural Estación Mapocho.
Por el contrario, al único que forma parte del naipe de TVN y que no obtuvo votación alguna de los 10 historiadores, José Miguel Carrera, se le recuerda sólo por una Gran Avenida que pierde su nombre en los primeros paraderos.
Otro ejemplo de gestión inadecuada, Bernardo O’Higgins, ubicado por los historiadores entre los diez Grandes, no pasó el escrutinio de estudiantes y profesores en TVN, según entendidos, por la excesiva asociación de su imagen con la dictadura militar. Lo que se corrobora con el hecho que sólo tres preferencias de las posibles entre los historiadores, mencionaron al general Pinochet. Mala junta para el hijo de don Ambrosio.
Como se ve, el juego da para largo. Y los naipecitos van a seguir barajándose y haciendo ruido.
Con ello, los historiadores tendrán ahora más futuro mirando nuestra historia y los gestores culturales podremos contribuir con ellos a instalar esa historia en el presente y el futuro.
Tal vez sólo eso justifique la celebración del Bicentenario.
Todo partió como un juego... es que lo lúdico es parte de la vida.
03 julio 2008
GRAN SEÑOR Y RAJADIABLOS
Las cosas de la vida. O más bien, las cosas de la Tele... Al parecer una inocente teleserie nocturna en horario prime, que reúne a un fogueado elenco y fogosas escenas de sexo de una diversidad social y sexual sobre el promedio, está causando un ajuste de cuentas de los chilenos con uno de los aspectos más traumáticos de la historia reciente: la reforma agraria.
Una discusión no hecha, aplacada en su momento porque quienes encabezaron la revuelta fueron los propios hijos de los latifundistas, camuflados bajo banderas vaticanas, de demócratas cristianos, de estudiantes de la UC, de mapus, está saliendo a la luz.
Mientras el motivo literario del patrón de fundo se mantuvo en la literatura, como la clásica novela de Eduardo Barrios (Nascimento, 1948), o en los tribunales, alcanzando a un senador de la República no conservador, los señores o ex señores de la tierra permanecieron en silencio. Pero, cuando la descripción, en una obra de ficción, de uno de ellos llegó al dormitorio de viejos camastros de bronce y elegantes plasmas televisivos, ardió Troya.
Se denuncian oscuras maniobras para desprestigiar a la antigua oligarquía agraria, contaminando de paso a familias ascendentes por alcande de apellidos (¿sería más verosímil si el protagonista se llamara González?).
Por la otra trinchera surgen notables intelectuales y artistas luciendo orgullosos su condición de hijos de peones agrícolas y ratificando los malos tratos que cualquier estudiante mediocre de literatura escolar bebió desde los primeros años de formación.
Es verdad, en Chile existieron dueños de fundo y peones, como en todas partes. Hoy en día la industrialización del agro y la vocación declarada de convertirnos en potencia alimenticia los ha dejado anclados en la historia, una historia que, como canta Serrat,lo que no tiene es remedio.
Leyendo a los (ex) señores que reclaman por los alcances supuestamente ofensivos no he podido dejar de recordar a uno de mis profesores de tercer año básico, el sacerdote Gregorio Sánchez Ugarte, que rellenaba magistralmente las clases en las que otro profesor faltaba contándonos unas historias que llamaba "Lecciones de cosas". En ellas, el protagonista recorría el mundo realizando hazañas que nos maravillaban. Lo llamó Ugarte, como su apellido materno.
Creanme que todos -infantes de un dígito de edad- entendimos que Ugarte no existía y que sus historias no pretendían beneficiar ni perjudicar al padre Gregorio. Sólo, tal vez, homenajear castamente a su madre.
23 junio 2008
ALLENDE Y LOS PRISIONEROS
El ex músico de Los Prisioneros, Jorge González, en entrevista reciente en revista Qué Pasa, justifica su personalidad diciendo que fue un chico que se formó leyendo libros de Quimantú y no viendo series de TV como Miami Vice. La metáfora del rockero es reveladora de cuánto calaron las obras culturales del Presidente Allende. Cuando se celebra un centenario de su nacimiento, el 26 de junio, es ocasión propicia para reflexionar sobre la política hacia el arte de su gobierno.
Antes, debo confesar que inicié mi vida laboral en 1971, desde entonces permanentemente vinculada a la cultura, casi junto con la asunción de Allende a la Presidencia de la República. Debo reconocer que entonces adhería más al proceso revolucionario que él encabezaba que al mundo del arte y la cultura que hoy me identifica. Debo agregar que no dejé de sentirme incómodo por provenir más de la sociología (era estudiante universitario) que de alguna de las disciplinas artísticas. Recuerdo que existía una extraña mezcla entre los creadores de belleza y los creadores de riqueza, los obreros. Sin pertenecer a ninguno de ambos grupos, admiraba a ambos. Se vivía un tiempo en que muchos de los miembros de estos sectores deseaban sinceramente que las fábricas fueran creadoras de arte y los artistas, fabricantes de productos materiales.
Aunque discutimos hasta el agotamiento quién tenía la razón y dejamos nuestras mejores fuerzas en los trabajos voluntarios y las empresas del área social, no llegamos a alcanzar ese ideal. Los artistas no superaron a los obreros en fuerza física, ni lo obreros lograron capacidades creadoras significativas. Pero, lo intentamos. Lo predicamos y por sobre todo, lo creímos posible.Todo ello, mirando poco para el lado, despreciando a quienes no disponían de alguna de estas vertientes privilegiadas: ser obrero o ser artista. Los primeros tenían prioridad para administrar industrias, dirigir partidos políticos y hasta ser partes del gabinete, tambien para recibir a través de sus sindicatos y federaciones las mejores y más económicas creaciones culturales (algo así como lo que ocurre hoy con la condición de empresario).
Entre los artistas, Neruda escribía inspirado en la clase obrera; Quilapayún y Víctor Jara cantaban en sedes sindicales, creadores de todas las edades desfilaban orgullosos luciendo las camisas de las juventudes comunista o socialista. Los artistas visuales disponían de espacios en los muros emergentes del Edificio de la UNCTAD, los escritores tenían excelente acogida en las prensas de Quimantú, los cantantes llegaban a DICAP como a su casa y los cineastas gobernaban Chilefilms sin contrapeso.
Los lectores no supieron que lo eran hasta que llegaron a sus quioscos favoritos o sindicato correspondiente las ediciones masivas y muy baratas de las series Minilibros, Nosotros los Chilenos o Quimantú para todos. Los niños se sintieron privilegiados no sólo por el medio litro de leche, tambien por la colección de libros infantiles Cuncuna.
Es que en el gobierno de Allende se dignificó hasta el paroxismo el trabajo manual y el trabajo creativo. Sólo que muchos entendieron tarde lo relevante que ello era para ser mejores como personas y mejores como país.
Quizás porque no supimos expresarlo bien, quizás porque algunos no supieron entenderlo bien y creyeron que se trataba de eliminar al otro y no ser mejores junto al otro.
El hecho es que muchos lo sufrimos. Especialmente cuando quienes no creían en el trabajo manual ni el trabajo creativo como motores de una sociedad, dieron muestras de entender cabalmente a quienes había que reprimir: quemaron libros, asesinaron cantantes, encarcelaron actores, destruyeron cuadros, demolieron universidades y exiliaron artistas.
No obstante, la figura de Allende sigue presente, especialmente en aquellos que lo entregaron todo siguiendo a este líder de los anteojos de marcos robustos y que lleva el apellido quizás más homenajeado por los creadores, de Chile y el mundo; a pesar de que su política hacia el arte y la cultura marcó más bien el final de una etapa de nuestra historia. Aquella en la que el Estado era el protagonista del desarrollo de las artes. A través de él se financiaban los creadores, las universidades, los canales de televisión y las industrias culturales. Quimantú fue una empresa gigantesca, con más de dos mil trabajadores, que tenía en su interior varias sub empresas: de publicidad, de distribución, de impresión y de edición de libros y de revistas. Lo que hoy se llamaría un holding, muchas veces beneficiado con precios subvencionados del dólar para adquirir papel, compras formidables del gobierno y ventas masivas hacia socios político-comerciales como Cuba, país al cuál se le imprimían millones de textos escolares.
No obstante eso, Quimantú es recordada, con justicia, como símbolo de una política de difusión de la cultura a través de sus libros, que lograron una efectiva democratización del acceso a la lectura.
Adicionalmente, Allende quiso dejar vinculada las artes a su principal obra arquitectónica, el edificio de la UNCTAD al que llamó Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, logrando en su interior un encuentro y diálogo del gran público con las artes visuales.
La pregunta es si esta intensidad artística del período la de Unidad Popular habría podido sustentarse en el tiempo, especialmente cuando se enfrentara a la actual situación mundial en la que el mercado gana terreno y los aportes gubernamentales retroceden aún en la antes irreductible Francia de Malraux.
Sin embargo, hay situaciones que ni Allende ni los “nuevos tiempos” han cambiado del todo: “El Estado –escribió el crítico cultural allendista Hans Ehrmann en diciembre de 1970-, en forma directa e indirecta, subvenciona dos orquestas sinfónicas, tres ballet y una serie de otras actividades artísticas. Su apoyo surge de través de las universidades, la Municipalidad de Santiago, el Ministerio de Educación. Cada una de esas instituciones mantiene su pequeño feudo cultural, sin que hasta la fecha se haya hecho un intento por racionalizar la inversión estatal en el arte”.
Curiosamente, sobre las cenizas del sueño de Allende, en el futuro Centro Cultural Gabriela Mistral, se están sentando las bases para un gran espacio de difusión masiva de las artes escénicas y musicales.
Allí, los futuros Jorge González podrán disfrutar de obras de danza, teatro y música que hasta ahora les eran vedadas, como si estuvieran prisioneros…
17 junio 2008
EL MINISTRO (A) SOÑADO
Una activa red virtual de agentes culturales iberoamericanos, nacida al alero de un reciente encuentro en Santa Cruz de la Sierra, ha planteado a sus integrantes el desafío de construir el perfil ideal de Ministro de Cultura.
Junto con afirmar que ese personaje utópico no existe, no deja de ser estimulante reflexionar sobre la pregunta que agita a un conjunto de relevantes gestores del continente americano.
En primer lugar, existen ciertos requisitos para definir aquel perfil: es indispensable conocer el presupuesto del que va a disponer. Sin un monto de dinero adecuado y no comprometido con anterioridad, no hay Ministro que valga.
En segundo lugar, debemos preguntarnos por el nivel de permanencia o estabilidad que tendrán las políticas culturales que el elegido tendrá que aplicar. Si debe partir de cero (o cree que debe hacerlo todo desde el inicio), tampoco tendremos un Ministro eficaz dado que los períodos de gobierno en nuestros países no suelen ser prolongados. Es decir, no hay tiempo para políticas fundacionales.
En consecuencia, un buen ministro deberá moverse en la conocida fórmula de continuidad y cambio. Asumir aquellos aspectos de las políticas que vale la pena continuar y profundizar por su calidad y su éxito comprobado y agregar algunos aspectos de novedad que surgen de su período y le darán la impronta que él busca.
De lo dicho se desprende que los países deben tender a tener políticas culturales de Estado más que de gobiernos y éstas deben formularse con una participación abrumadora del mundo de la cultura y las artes.
Existen entonces ministros o ministras que convocan a la formulación de políticas de Estado, en cuyo proceso se llevarán todo o casi todo su mandato, las que probablemente deben ir acompañadas de una institucionalidad que refleje esa condición de política de Estado y que asegure que cuando se vaya, tales políticas no cambiarán.
Por deducción, existirán ministras o ministros que asuman tales políticas de Estado y destinen su mandato a aplicarlas y fortalecer la institucionalidad que las generó, junto con introducir calmadamente los ajustes que la realidad –y los actores relevantes del mundo de la cultura- aconsejen.
Habrá entonces, ministros formuladores y ministros aplicadores de políticas que a su vez generan las condiciones para ir ajustando tales políticas.
Para cumplir ambas características se requieren capacidades de trabajo en equipo y dotes de liderazgo.
Para ambas se requiere una doble capacidad de reflexión sobre la acción y de acción a partir de la reflexión.
Pero, sobretodo, no confundir los tiempos políticos con los tiempos culturales. Preferir el qué por sobre el cuándo. Considerar que más vale que sea otro u otra quién corte la cinta inicial, pero que aquello que se va a inaugurar cumpla con los requisitos que imponen las políticas culturales del país y los intereses de las audiencias que lo van a disfrutar.
Pensar tanto en la platea como en el escenario. Ambos deben estar ocupados, el escenario por los mejores, la platea por todos; pero un(a) ministro(a) se debe principalmente a los públicos. Finalmente, cada artista es tambien audiencia de alguna disciplina diferente a la que ocupa su creatividad.
Quienes profesionalmente suelen ser capaces de combinar el rol creativo con la formación de públicos son los gestores culturales.
Sin desconocer que muchos buenos gestores han surgido desde el mundo de los artistas, la experiencia enseña que ambos roles son imposibles de cumplir a la vez.
¿Por qué entonces no buscar a un Ministro de Cultura entre los profesionales de la materia? ¿Why not the best?
12 junio 2008
LA GESTIÓN COMO EXCUSA
En el Museo Guggenheim de Bilbao llama la atención la exhibición de un documental del recientemente fallecido Sydney Pollack en el que Frank Gehry, arquitecto del recinto, narra el proceso del proyecto. En él, con una modestia que lo exime de la cuestionada categoría de “starquitect”, señala que no existen arquitectos geniales, sino clientes geniales. Esto es, que la claridad debe estar en quién hace el encargo, más que en quién lo recibe. Éste último sólo debe aplicar su talento a satisfacer al mandante, por cierto aplicando la dosis de creatividad que implica su profesión.
Algo similar ocurre con la gestión cultural, y se ha puesto en el tapete a propósito de argumentar “problemas de gestión” tanto en recientes decisiones relativas a la Trienal de Artes Visuales como en otras circunstancias de nuestro desarrollo cultural de los últimos años.
Para analizar si efectivamente existen problemas de gestión, debemos ver primero si el “mandante” ha realmente efectuado el encargo, segundo si lo ha realizado con la “genialidad” o claridad correspondiente y luego, si lo ha hecho a la persona o entidad adecuada.
En el caso que nos ocupa, el concepto aparece en el documento de Definiciones de Política Cultural 2005 - 2010 CHILE QUIERE MÁS CULTURA como un ejemplo del propósito de “Inscripción del país en los circuitos artísticos internacionales, desarrollando iniciativas tales como una Bienal (sic) Internacional de las Artes Visuales”. Se reitera en el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet: “Se propiciará la inserción de la creación y la producción nacional en los CIRCUITOS ARTÍSTICOS INTERNACIONALES, con el establecimiento –entre otras medidas– de una Bienal (sic) de Artes Visuales”.
El encargo está realizado por parte de la política cultural del estado de Chile y reiterado por el gobierno en funciones. Las dudas surgen en si fue hecho a las personas que corresponde -o si éstas se arrogaron el encargo - y con la claridad adecuada respecto de sus atribuciones y limitaciones. Aparentemente, esto no fue así dado que la Fundación creada para el efecto ha debido tomar medidas correctivas luego de que se frustraran determinaciones tomadas por los encargados como, ni más ni menos, la renuncia de la Curadora Internacional y su Asistente Nacional.
Es de esperar que la reformulación de esta Trienal permita cumplir el fondo de la Medida número 6 de la política cultural: “Inscribir a Chile en los circuitos artísticos internacionales y convertirse en un hito que afirme la identidad y proyección internacional del arte chileno”.
Casualmente –o no- esta inscripción y proyección de Chile tan necesarias como urgentes coinciden con los esfuerzos de generar una Imagen país que han motivado una nueva inversión gubernamental al respecto. Seria interesante que los responsables de tal Imagen consideren a las artes visuales en su empeño y, de hacerlo, cumplan con las consideraciones de una buena gestión: encargo claro, y a los gestores adecuados.
De no ser así, podríamos caer en el desaguisado de una propuesta ya publicada: que la imagen de Chile sea la de un científico aficionado… a los cambios de apellido.
Algo similar ocurre con la gestión cultural, y se ha puesto en el tapete a propósito de argumentar “problemas de gestión” tanto en recientes decisiones relativas a la Trienal de Artes Visuales como en otras circunstancias de nuestro desarrollo cultural de los últimos años.
Para analizar si efectivamente existen problemas de gestión, debemos ver primero si el “mandante” ha realmente efectuado el encargo, segundo si lo ha realizado con la “genialidad” o claridad correspondiente y luego, si lo ha hecho a la persona o entidad adecuada.
En el caso que nos ocupa, el concepto aparece en el documento de Definiciones de Política Cultural 2005 - 2010 CHILE QUIERE MÁS CULTURA como un ejemplo del propósito de “Inscripción del país en los circuitos artísticos internacionales, desarrollando iniciativas tales como una Bienal (sic) Internacional de las Artes Visuales”. Se reitera en el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet: “Se propiciará la inserción de la creación y la producción nacional en los CIRCUITOS ARTÍSTICOS INTERNACIONALES, con el establecimiento –entre otras medidas– de una Bienal (sic) de Artes Visuales”.
El encargo está realizado por parte de la política cultural del estado de Chile y reiterado por el gobierno en funciones. Las dudas surgen en si fue hecho a las personas que corresponde -o si éstas se arrogaron el encargo - y con la claridad adecuada respecto de sus atribuciones y limitaciones. Aparentemente, esto no fue así dado que la Fundación creada para el efecto ha debido tomar medidas correctivas luego de que se frustraran determinaciones tomadas por los encargados como, ni más ni menos, la renuncia de la Curadora Internacional y su Asistente Nacional.
Es de esperar que la reformulación de esta Trienal permita cumplir el fondo de la Medida número 6 de la política cultural: “Inscribir a Chile en los circuitos artísticos internacionales y convertirse en un hito que afirme la identidad y proyección internacional del arte chileno”.
Casualmente –o no- esta inscripción y proyección de Chile tan necesarias como urgentes coinciden con los esfuerzos de generar una Imagen país que han motivado una nueva inversión gubernamental al respecto. Seria interesante que los responsables de tal Imagen consideren a las artes visuales en su empeño y, de hacerlo, cumplan con las consideraciones de una buena gestión: encargo claro, y a los gestores adecuados.
De no ser así, podríamos caer en el desaguisado de una propuesta ya publicada: que la imagen de Chile sea la de un científico aficionado… a los cambios de apellido.
02 junio 2008
LOS 3 EN EL TEATRO MUNICIPAL
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Es lo que ocurre con la estética. Que se filtra por cualquier rendija, ropa, cortina en ventana a la calle o pintada mural. Esta vez, la estética de Los 3 llegó al teatro Municipal por el lado menos pensado: son músicos y podrían haber accedido vía Concierto y hasta Ópera… Sin embargo llegaron a través del Ballet de Santiago. ¡Y cómo!
Hubo quienes comparan “30&Tr3s Horas Bar” de Eduardo Yedro y Los Tres, con la Pérgola de la Flores y La negra Ester. Tal vez más en el sentido de la fuerza con que se apodera de la escena y lo entrañable de sus personajes. Pero la verdad es que lo que proponen es una estética que por decir lo menos está presente en gran parte de la vida cotidiana de los chilenos y, por tanto, nos identifica.Es la estética, en la literatura, de Bolaño más que Isabel Allende; de Bruna Truffa y Soledad Espinosa, en la plástica, más que Bravo; más de amanecerse que de “after Office”.
Es la estética desde los cerros más que de los subterráneos. En TV, más de Chile Íntimo que de Enigma… Más “bombardero de La Reina” que “Chino” Ríos. Más Kramer que Ché Copete, más Buenos Aires que Miami. En definitiva, una identidad que se ha ido apoderando de nuestras miradas a partir de ese arco iris que amaneció un 5 de octubre y que ha debido imponerse pausadamente, generación tras generación, con avances y retrocesos pero que tiene una solidez tal que, cuando se presenta en el Teatro Municipal cambia todo. Si hasta las frágiles piernas de las bailarinas del Ballet de Santiago parecen asemejarse a las sólidas y breves extremidades de las bataclanas de un fallecido American Bar.
Es la estética que explica porqué tenemos un Consejo de la Cultura establecido en Valparaíso y porqué los partidos de fútbol comienzan a verse en grupos de amigos y amigas en el Liguria.
Es lo que cambió radicalmente al público que asistió a las reiteradas funciones del Municipal, como dijo alguien, “me parece estar en otra parte”.
Eso es lo que aportan Los Tres, desde la Jane Fonda hasta 30&Tr3s Horas Bar. Es cuestión de talento, de ritmo, de fuerza y de identidad. Que ha venido para quedarse.
Como la democracia.
26 mayo 2008
¿MAGRA POLÍTICA CULTURAL?
Las políticas culturales no son como las carnes, que pueden ser magras o grasas, pero, dado que una editorial de El Mercurio del domingo 25 de mayo utiliza esa metáfora para analizar el estado del arte (literalmente) luego del Mensaje Presidencial del 21 de mayo, sigamos el juego.
La afirmación inicial es que la Presidenta se refirió en forma “breve” y “hacia el final” de su mensaje al tema cultural. Es evidente que el lugar que se ocupa en un texto ni la cantidad de minutos empleados son datos relevantes. Efectivamente, pudo demorarse más y lo habría hecho si el segmento hubiese estado en el cuerpo del mensaje, sólo que estaba atrasada y debió leer más rápido los párrafos finales. El cambio de ubicación en nada se hubiese afectado el interesante contenido del discurso.
La segunda afirmación es que tales referencias a la cultura “pueden estimarse como de mera continuidad y limitada relevancia”. ¡Obvio! Es sabido por los chilenos que la Política Cultural es una Política de Estado, que se ha fijado con un horizonte 2005-2010 y que por tanto, un gobierno NO puede modificarla, sólo el Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene tales atribuciones. Es conocido también que la cultura es cuestión de costumbres y por lo tanto, de continuidades, de reiteraciones. Complejo hubiera sido que la Presidenta modificara la política vigente conforme a la Ley o no abundara en áreas que por definición requieren de varios años para concretarse, como son los proyectos de infraestructura o de formación de hábitos de consumo culturales. Respecto de la relevancia, más allá de reiteraciones, no puede dejar de reconocerse la enorme significación que tiene para la historia del desarrollo cultural chileno la modificación de la Ley de la DIBAM, que data de 1929, para dejar paso al Instituto del Patrimonio. Tampoco es menor la construcción, finalmente, de un teatro para las artes escénicas y musicales con capacidad para 2 mil personas. Lo más cercano, el Teatro Municipal de Santiago, ya celebró 150 años de vida…
Preocupa al editorialista que el Mensaje no mencione “la calidad ni las excelencias”. Éstas forman parte de la Política 2005-2010, sólo que en el Mensaje se da un ejemplo, como es el número de producciones cinematográficas, metáfora de fácil comprensión para el público. Neruda, al ser consultado sobre cuándo habría buen cine chileno, respondió: “Cuando exista mal cine chileno”. Esto es, cuando haya mucho cine chileno. A buen entendedor…
Tampoco puede considerarse ajeno a la calidad y la excelencia el aumento en un 30% de los recursos de los fondos concursables. En la actualidad, el Fondart nacional cubre más de un tercio de la demanda de proyectos de calidad en las áreas de creación; más de la mitad de la demanda de calidad de becas y pasantías, y bastante más de la mitad de la demanda de proyectos regionales de calidad. Es decir, porque ha existido desde hace 8 años una política permanente de incremento de los fondos, que crece ahora en 30%, se está satisfaciendo en un nivel más que aceptable la demanda de excelencia de los creadores. ¿Magro resultado?
El editorialista se contradice afirmando que se omite la política de fomento al libro y la lectura, mientras en otro párrafo señala que se propone un programa especial de mini bibliotecas para jardines infantiles y se reitera la construcción de bibliotecas en todas las comunas. Si esas mini bibliotecas y esas macro bibliotecas no son para fomentar el libro y la lectura… ¿para qué se están haciendo?
Luego, una cuestión de fondo, se pregunta por “la influencia efectiva del Consejo Nacional de la Cultura y su actual presidencia”. Aquí nos topamos con el mito de la mujer de César: el Consejo y su Directorio no sólo deben fijar las políticas sino también debe notarse que lo hacen. En ello, acierta el editorial. Los miembros del Directorio Nacional en su conjunto o cada uno de ellos en particular, deben tener una mayor presencia en el debate público de los temas que les competen.
Dos ejemplos que claman orientación:
¿No debiera pronunciarse el Directorio sobre el caso de la cineasta encausada luego de haber obtenido un proyecto del Fondo Audiovisual? Más allá del resultado del proceso judicial ¿no debe el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes proteger cualquier obra de creación, con más fuerza aquellas que ha financiado? ¿No debiera impedirse que materiales usados para una creación artística sean usados eventualmente para otros juicios que nada tienen que ver con la encausada? Así han actuado, en situaciones similares, órganos de prensa que poseían materiales derivados de la investigación periodística y que la policía requería, entregando sólo aquello publicado. Lo demás, es protegido por el secreto profesional.
¿No se hace necesario que el Directorio aborde un caso tan emblemático de la ciudad que lo aloja como es el proyecto Niemeyer en Valparaíso? Llama poderosamente la atención que sea cuestionado casi unánimemente por connotados arquitectos en Artes y Letras del mismo domingo 25. ¿Es coherente con la política cultural que exige planes de gestión antes de asignar recursos públicos a infraestructuras culturales, que se apruebe antes la carreta (proyecto arquitectónico) que los bueyes (contenido y plan de gestión)?
Finaliza la editorial con una afirmación tan arriesgada como injustificada: “parece desprenderse que es en otros ministerios y centros de poder dónde se estarían adoptando las decisiones que marcan y marcarán en el futuro el perfil cultural de nuestra nación”. Sería recomendable que se aclare a qué centros de poder se refiere, asumiendo que cuando se menciona ministerios, es casi un lugar común pensar en Hacienda. Si así lo cree el editorialista, se explica su temor de que el resultado sea magro.
Respecto de los “centros de poder”, además de insinuar una ilegalidad -las atribuciones de fijar políticas las tiene, por Ley, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes- la forma cómo Chile se ha dado sus políticas culturales es generosa en participación, enjundiosa en diversidad y contundente en autonomía de los agentes culturales. Por ello, la criatura llamada Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que tiene –no olvidemos- menos de cinco años de vida crece, siguiendo la metáfora, con buenos músculos, grasa conforme a la edad y mucha vitalidad creativa.
La afirmación inicial es que la Presidenta se refirió en forma “breve” y “hacia el final” de su mensaje al tema cultural. Es evidente que el lugar que se ocupa en un texto ni la cantidad de minutos empleados son datos relevantes. Efectivamente, pudo demorarse más y lo habría hecho si el segmento hubiese estado en el cuerpo del mensaje, sólo que estaba atrasada y debió leer más rápido los párrafos finales. El cambio de ubicación en nada se hubiese afectado el interesante contenido del discurso.
La segunda afirmación es que tales referencias a la cultura “pueden estimarse como de mera continuidad y limitada relevancia”. ¡Obvio! Es sabido por los chilenos que la Política Cultural es una Política de Estado, que se ha fijado con un horizonte 2005-2010 y que por tanto, un gobierno NO puede modificarla, sólo el Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes tiene tales atribuciones. Es conocido también que la cultura es cuestión de costumbres y por lo tanto, de continuidades, de reiteraciones. Complejo hubiera sido que la Presidenta modificara la política vigente conforme a la Ley o no abundara en áreas que por definición requieren de varios años para concretarse, como son los proyectos de infraestructura o de formación de hábitos de consumo culturales. Respecto de la relevancia, más allá de reiteraciones, no puede dejar de reconocerse la enorme significación que tiene para la historia del desarrollo cultural chileno la modificación de la Ley de la DIBAM, que data de 1929, para dejar paso al Instituto del Patrimonio. Tampoco es menor la construcción, finalmente, de un teatro para las artes escénicas y musicales con capacidad para 2 mil personas. Lo más cercano, el Teatro Municipal de Santiago, ya celebró 150 años de vida…
Preocupa al editorialista que el Mensaje no mencione “la calidad ni las excelencias”. Éstas forman parte de la Política 2005-2010, sólo que en el Mensaje se da un ejemplo, como es el número de producciones cinematográficas, metáfora de fácil comprensión para el público. Neruda, al ser consultado sobre cuándo habría buen cine chileno, respondió: “Cuando exista mal cine chileno”. Esto es, cuando haya mucho cine chileno. A buen entendedor…
Tampoco puede considerarse ajeno a la calidad y la excelencia el aumento en un 30% de los recursos de los fondos concursables. En la actualidad, el Fondart nacional cubre más de un tercio de la demanda de proyectos de calidad en las áreas de creación; más de la mitad de la demanda de calidad de becas y pasantías, y bastante más de la mitad de la demanda de proyectos regionales de calidad. Es decir, porque ha existido desde hace 8 años una política permanente de incremento de los fondos, que crece ahora en 30%, se está satisfaciendo en un nivel más que aceptable la demanda de excelencia de los creadores. ¿Magro resultado?
El editorialista se contradice afirmando que se omite la política de fomento al libro y la lectura, mientras en otro párrafo señala que se propone un programa especial de mini bibliotecas para jardines infantiles y se reitera la construcción de bibliotecas en todas las comunas. Si esas mini bibliotecas y esas macro bibliotecas no son para fomentar el libro y la lectura… ¿para qué se están haciendo?
Luego, una cuestión de fondo, se pregunta por “la influencia efectiva del Consejo Nacional de la Cultura y su actual presidencia”. Aquí nos topamos con el mito de la mujer de César: el Consejo y su Directorio no sólo deben fijar las políticas sino también debe notarse que lo hacen. En ello, acierta el editorial. Los miembros del Directorio Nacional en su conjunto o cada uno de ellos en particular, deben tener una mayor presencia en el debate público de los temas que les competen.
Dos ejemplos que claman orientación:
¿No debiera pronunciarse el Directorio sobre el caso de la cineasta encausada luego de haber obtenido un proyecto del Fondo Audiovisual? Más allá del resultado del proceso judicial ¿no debe el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes proteger cualquier obra de creación, con más fuerza aquellas que ha financiado? ¿No debiera impedirse que materiales usados para una creación artística sean usados eventualmente para otros juicios que nada tienen que ver con la encausada? Así han actuado, en situaciones similares, órganos de prensa que poseían materiales derivados de la investigación periodística y que la policía requería, entregando sólo aquello publicado. Lo demás, es protegido por el secreto profesional.
¿No se hace necesario que el Directorio aborde un caso tan emblemático de la ciudad que lo aloja como es el proyecto Niemeyer en Valparaíso? Llama poderosamente la atención que sea cuestionado casi unánimemente por connotados arquitectos en Artes y Letras del mismo domingo 25. ¿Es coherente con la política cultural que exige planes de gestión antes de asignar recursos públicos a infraestructuras culturales, que se apruebe antes la carreta (proyecto arquitectónico) que los bueyes (contenido y plan de gestión)?
Finaliza la editorial con una afirmación tan arriesgada como injustificada: “parece desprenderse que es en otros ministerios y centros de poder dónde se estarían adoptando las decisiones que marcan y marcarán en el futuro el perfil cultural de nuestra nación”. Sería recomendable que se aclare a qué centros de poder se refiere, asumiendo que cuando se menciona ministerios, es casi un lugar común pensar en Hacienda. Si así lo cree el editorialista, se explica su temor de que el resultado sea magro.
Respecto de los “centros de poder”, además de insinuar una ilegalidad -las atribuciones de fijar políticas las tiene, por Ley, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes- la forma cómo Chile se ha dado sus políticas culturales es generosa en participación, enjundiosa en diversidad y contundente en autonomía de los agentes culturales. Por ello, la criatura llamada Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que tiene –no olvidemos- menos de cinco años de vida crece, siguiendo la metáfora, con buenos músculos, grasa conforme a la edad y mucha vitalidad creativa.
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