16 abril 2019

CHINA O EE.UU. ¿ÚNICAS OPCIONES EN CULTURA?





Con Notre Dame de París, se quemó algo de nuestra cultura. Sobretodo ese Chile del centenario, muy afrancesado, que construía un museo de bellas artes y una estación de ferrocarril, inspirados en la arquitectura francesa. Pero, la verdad, es que ese tipo de desarrollo cultural, basado en el casi exclusivo financiamiento estatal de las artes -a través de la Universidad de Chile- y del patrimonio, a través de la DIBAM, había caducado junto con el bombardeo al Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973.


Con la dictadura, que pisoteó la manguera del financiamiento cultural a las dos entidades mencionadas, más las universidades y, subsecuentemente, a los canales de TV gestionados por éstas, que comenzaron tambien un lento proceso de privatización, hoy ya semi culminado.

Sin embargo, la cultura de un pueblo no se acaba, aunque lo pretenda el que interrumpe maliciosamente su financiamiento público. El mundo de la cultura reaccionó ante las pretensiones de la dictadura y logró no solo influir determinantemente en la campaña del NO, que prometía algo tan intangible como la alegría. También se empoderó y obtuvo, en los primeros gobiernos de la Concertación de partidos por la Democracia, la constitución de un Consejo nacional de la cultura y las artes, que intentaba escapar de las visiones extremadamente privadas de financiamiento, como el modelo de los Estados Unidos, o fuertemente estatistas, como había sido hasta 1973.

La razón era simple: no se quería depender totalmente de un improbable financiamiento empresarial, ni arriesgar, con un fuerte financiamiento gubernamental, otro traspié como el de 1973.

Se logró así un modelo mixto que sumó recursos desde el Estado -especialmente a través de fondos concursables- y desde las empresas, a través de mecanismos de estímulos tributarios. Además, los gobiernos siguieron invirtiendo en infraestructura cultural, como una manera de actualizar al país que poco o nada había invertido en ese campo, desde el Centenario.

Sin embargo, algunas críticas al modelo de concursabilidad sumadas a la incomprensible independencia de la institucionalidad patrimonial respecto de la de las artes y la cultura, llevó a que gobiernos de diferente signo terminaran consensuando un ministerio, que no termina de cuajar, en especial en sus instancias participativas, que se comprometió conservar.

En el nuevo escenario internacional, en el que paulatinamente se refleja la sombra de la guerra fría, esta institucionalidad deberá tomar opciones.

Las recientes admoniciones del Secretario de Estado Mike Pompeo, dictadas en Chile, respecto de cómo debemos comportarnos los latinoamericanos en la economía y la política internacional, deja abierta la reflexión sobre qué debe ocurrir en el campo de la cultura.

Luego de la segunda guerra mundial, el Reino Unido, encasillado entre el modelo soviético de Estado Ingeniero y del de Estado Facilitador, que promovía Estados Unidos, optó por un camino intermedio, el estado Patrocinador, basado en participativos Consejos de las Artes, situados a "distancia de brazo" de los gobiernos, que muy pronto impregnaron a todos los países de la comunidad británica, pasando a ser el modelo más seguido en Asia, África, Oceanía y Canadá.

América Latina continuó en la tradicional disyuntiva, con modelos estatistas -Cuba, Venezuela chavista- o de  fuertes compromisos privados -Brasil, hasta la llegada de Bolsonaro- siendo Chile la excepción que, desde inicios de la década de los 90, comenzó a transitar por la senda de los consejos británicos.

Desafortunadamente, el ministerio de las culturas constituye un retroceso en esa línea, que nos deja desprotegidos antes la muy probable radicalización entre el modelo chino, que tiene, en cultura, muchas características del soviético (si no piense en Ai Weiwei que el 3 de abril de 2011 fue detenido en el aeropuerto internacional de Pekín y estuvo bajo arresto durante 81 días sin cargos oficiales, y funcionarios aludieron todo a "delitos económicos") y el modelo estadounidense, que depende mucho de los privados y se basa en un espíritu filantrópico del que estamos demasiado lejos.

Sin lugar a dudas, estaríamos muchos más preparados para  enfrentar esta disyuntiva, si contáramos con un consejo participativo que reúna a todas las fuerzas que integran los mundos de la cultura y el patrimonio, junto a las culturas indígenas que debieran integrarse, al menos por lo que reza el nombre del nuevo ministerio.

Para que -como lo hizo UK- nuestra cultura no sucumba a las ya fuerte penetración del mundo estadounidense y a la esperable creciente presencia china, es preciso reforzar nuestra institucionalidad con instancias participativas del más alto nivel, que incluso debieran superar el débil Consejo nacional de las artes que contempla la nueva ley y que, hasta ahora no se designa.

06 abril 2019

EL EMBAJADOR, LETRAS DE ESPAÑA Y LA REINA




Las primeras reuniones de directorio de la flamante Corporación Cultural de la Estación Mapocho, a inicios de los años 90, tenían, además del impulso de autoridades nacionales y municipales, un empuje de fuerte acento extremeño. Se trataba del Embajador de España, Pedro Bermejo, que ocupaba allí un curul, debido a que inicialmente el proyecto de remodelación implicaba un aporte español. Luego de aclarar -siempre- que no sabía porqué permanecía allí si ese aporte no fue posible, se integraba a los debates y las iniciativas que llegarían al naciente Centro Cultural Estación Mapocho. La mas relevante de ellas, en la que tuvo una decisiva participación, fue Letras de España.


Se trató de una muestra literaria de 15 años de producción editorial en la España que salía del régimen franquista -entre 1978 y 1993- y deseaba, homenajear a Chile, que emprendía el mismo camino de dejar atrás la dictadura. 

El único problema fue que el espacio más indicado para acoger la muestra, estaba en remodelación. Para Pedro y los demás integrantes del directorio, no lo fue. En coordinación con el director del Libro del Ministerio de Cultura de España, Federico Ibáñez, se resolvió utilizar aquello que ya estaba restaurado, es decir, el hall y la plaza anterior de la vieja estación. En el primero, se instalaron cinco generosas mesas redondas circundadas por estantes pletóricos de libros, de modo que cada una de ellas coincidiera con los vitrales el techo y, el sexto, fuera un mullido espacio acojinado, para los lectores infantiles.

En la plaza de la Cultura, se construyó un espacio de apariencia sólida, basado en andamios forrados de madera, que contuvo dos salas, una de cine, otra de conferencias; una tasca en el nivel superior y espacios para exposiciones de artes visuales.

Para acompañar la obra, vinieron grandes figuras como el Ministro Jordi Solé Tura; la bailarina Cristina Hoyos, que dió una inolvidable función en el Teatro Municipal, y dos decenas de escritores que además de sus charlas in situ, recorrieron universidades de regiones. Junto a muestras de artes visuales, cine y libros.

Demás está decir que los volúmenes luego de su exhibición masiva, fueron donados a una biblioteca juvenil chilena y aún ilustran a nuestra ciudadanía. Sin ir más lejos, hace unos meses exhibimos, en coordinación con Balmaceda Arte joven, una muestra de dibujos de Picasso preparatoria del Guernica.

Fue precisamente esa muestra que motivó, junto con el Embajador Enrique Ojeda, este recuerdo a Pedro Bermejo pues es un buen ejemplo de la permanencia de su obra en beneficio de este centro cultural y - a través de él- de la cultura en Chile.

Por ello, quisimos, al conmemorarse el primer año de su fallecimiento, develar una placa que lo recuerde, en este mismo salón que fuera testigo de sus enseñanzas y aportes.

Sin embargo, hay otro aspecto de su respaldo, que no puedo dejar de mencionar. El escenario era completamente diferente: el Palacio de Viana, de Madrid y la fecha, más cercana: el 24 de abril de 2009.

Entonces, me correspondió recibir de manos de su majestad la Reina Sofía, el premio internacional de conservación y restauración del patrimonio cultural que lleva su nombre. 

Ante tan ilustre concurrencia, que incluía además de dos ministras españolas, a la ministra chilena Paulina Urrutia, debí pronunciar un discurso de agradecimiento. Quienes han estado en situaciones similares saben que una de las tareas más complejas es fijar la vista en algún punto que dé seguridad. En mi caso, aquel elemento salvador fue, advertir en la sala, la presencia de Pedro y su esposa.

Esa gentileza de Pedro y Jennifer me quedó grabada. Y, para que el tiempo no la borre, la declaro como una de las poderosas razones para celebrar hoy su memoria en tan honrosa compañía.