15 mayo 2019

LOS INCENDIOS Y (LO QUE REVELAN DE) LA CULTURA

El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994. 

Aunque parezca paradójico, la destrucción provocada por un incendio en un espacio cultural, puede hablarnos de los diferentes modos de desarrollo cultural de la sociedad afectada, en los tiempos en que el siniestro ocurre. El edificio del Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, a inicios de 2006 en Santiago; el Museo Nacional de Brasil, en septiembre de 2018, y el reciente de la catedral de Notre Dame, en París, pueden servir para ilustrar cómo cada sociedad enfrenta la tragedia y sus derivaciones para su modelo de desarrollo cultural.


Desde la Biblioteca de Alejandría, quemada por las tropas de Julio César, donde había 40.000 libros; pasando por el Incendio de Roma, el 64 a.C. que ardió durante seis días; el incendio de la catedral de San Pablo de Londres, en 1666; el Liceo de Barcelona, en 1994, hasta la Fenice de Venecia, en 1996, grandes siniestros han acongojado al mundo.

Los más recientes, el Museo Nacional de Brasil, en septiembre de 2018 -incendio cuya causa todavía se está investigando- redujo a cenizas el edificio de 200 años de antigüedad del principal museo de la  potencia latinoamericana. Albergaba, entre sus más de 20 millones de piezas, a Luisa, el esqueleto más antiguo de América, con una edad aproximada de doce mil años. Y el incendio puede haber callado para siempre palabras y cantos indígenas ancestrales. Todavía, en mayo de 2019, no hay claridad sobre cómo se financiará su reconstrucción. Al parecer se están responsabilizando mutuamente el Ministerio de Educación -que asumió las tareas del de Cultura luego del triunfo de Jair Bolsonaro- y la UFRI, Universidad Federal de Río de Janeiro, cuyo rector acudió a pedir auxilio al mismo ministerio, a fines de abril.

Por su parte, el gobierno de Francia, ante la gran cantidad de ofrecimientos de donaciones de empresas privadas para reconstruir la catedral de Notre Dame, ha establecido una consulta popular respecto de cuál será el diseño económico de la reconstrucción. Lo cierto es que esta sorpresiva actitud filantrópica complica de alguna manera la tradición francesa en la que el solo estado se hace responsable de las infraestructuras culturales.

Lo mismo aconteció en Chile, cuando el incendio del edificio de la ex UNCTAD. Fue el estado, a través de la Presidenta Michelle Bachelet, quién asumió la responsabilidad de su reconstrucción y conversión en el Centro Cultural Gabriela Mistral, con recursos públicos y encabezada por un comité interministerial que involucró a las carteras de Cultura, Bienes Nacionales, Vivienda y Urbanismo y Defensa (que ocupaba las dependencias). No se pensó en la posibilidad de aportes privados en la etapa constructiva, aunque sí en su posterior gestión. De hecho, su primer plan negocios contemplaba un fuerte nivel de autofinanciamiento a través de unidades tales como estacionamientos, publicidad estática, locales comerciales, gran sala y rentas de los 23 pisos de la torre que forma parte del conjunto arquitectónico.

Paralelamente, se le asignó una misión de alcance nacional, que había sido aprobada como política pública en la Convención Nacional de la Cultura: constituirse en Centro nacional de artes escénicas y musicales; creándose, para administrarlo, una corporación plural compuesta abrumadoramente por fundaciones y otras corporaciones privadas sin fines de lucro, representativas de la sociedad civil en ambos campos.



Como se ve, lo de Brasil ha dejado en evidencia la equivocación de un estado que se niega a invertir en cultura y elimina el correspondiente ministerio; en Francia se trasluce cómo hace agua el antiguo modelo que llevó a los franceses a autocalificarse "la excepción cultural", ante, por una parte, las limitaciones de los fondos públicos que hoy caracterizan a los llamados estados de bienestar, y, por otra, lucha por no sucumbir ante los cantos de sirena de las grandes compañías privadas que sueñan con asociar sus marcas a la grandiosidad de Notre Dame. El presidente Macron ha reaccionado anunciando una consulta popular para, en definitiva, poder compartir con los franceses la responsabilidad de modificar su tradicional modelo de desarrollo cultural en el que solo el estado era arquitecto de sus infraestructuras.


En Chile, aún esperamos fondos públicos para avanzar a la segunda etapa del Centro Cultural Gabriela Mistral -la primera fue inaugurada en 2010-, que fue afectada por el descalabro de la empresa constructora que ganó la licitación- y tampoco ha logrado los niveles de aportes privados para su gestión, que en un inicio se esperaban.

Por ahora, seguirá primando el modelo francés de solo aportes públicos para construir un espacio cultural, lo que inevitablemente lo someten a plazos políticos que surgen de los inicios y finales de gobiernos.

¿No habrá llegado la hora de que se pueda edificar infraestructura cultural con aportes privados? Francia ya inició el camino.

En Chile, al menos ya se ha hecho en casos como los estacionamientos del Centro Cultural de La Moneda, la sala Corpartes y el Teatro de Frutillar.

Como para pensarlo.


02 mayo 2019

MUSEO HISTÓRICO: ¿REGRESA EL LOCOMÓVIL?




El anunciado y hasta ahora no concretado cierre, por algunos años, del Museo Histórico Nacional, para su remodelación y cambio de guión, es propicio para recordar otro momento relevante: su creación el 2 de mayo de 1911. Se trataba de instalar un museo que si bien tenía muchas piezas valiosas, venidas en su mayoría del Museo Histórico Militar, carecía de un edificio donde establecerse. Entonces el flamante Museo de Bellas Artes, dio facilidades para que el Museo Histórico Nacional instalara sus colecciones y oficinas en el primer piso al costado derecho del edificio principal y vista al frente norte del Bellas Artes.


En dicha instalación participó mi bisabuelo, don Leandro Navarro Rojas. Intentando recopilar su vida, pude reconstruir también, en parte, los inicios del Museo Histórico Nacional.

La relación de don Leandro con el sector del patrimonio venía desde la década de 1890, cuando, impulsado por Jorge Huneeus, se creó en el edificio de los Arsenales de Guerra en Av. Blanco, el Museo Militar. Se ubicó en el primer piso del “castillo” de los arsenales y se le hizo entrada individual, en la torre esquinera del extremo izquierdo u oriente de la fachada principal. Sobre la puerta en curva se colocó un letrero que decía Museo Militar. Adentro se juntaron todo tipo de cosas que surgieron de las propias bodegas de los arsenales y otras que se pidieron al Museo Nacional de la Quinta Normal, que a su vez habían sido herencia o saldo del antiguo Museo Histórico Indígena que creó Vicuña Mackenna en el Castillo de Hidalgo, en el cerro Santa Lucía.

Sin embargo, ese museo perdió la novedad, el entusiasmo o el presupuesto al cabo de unos años, porque, hacia 1909 comenzó a rondar  en la élite la idea de crear un Museo Histórico y se reunieron varias voluntades tras ese ideal, que no era satisfecho por el museo militar existente.

El hermano del presidente Pedro Montt, Luis, era el más entusiasta. A él se unió el grupo que había colaborado para la Exposición Histórica del Centenario que se presentó en el Palacio Urmeneta en la calle Monjitas, entre San Antonio y Mac Iver, que perseguía crear un nuevo museo, para lo cual impulsó una campaña de prensa para crear conciencia de esta necesidad y estimular donaciones de objetos para ello, por parte de la población. La iniciativa resultó, porque al concluirse el Palacio de Bellas Artes y terminar con éxito la gran exposición del centenario, el gobierno le cedió las mencionadas salas de primer piso del palacio al nuevo museo.

Hernán Rodríguez, ex Director del Museo Histórico Nacional, en los años 90, señaló que las colecciones que ocuparon el palacio de Bellas Artes, fueron en parte de las donaciones reunidas para la exposición del palacio Urmeneta y en parte los objetos que tenía el museo militar, posiblemente cerrado a esa fecha. Junto con las piezas del museo militar llegó don Leandro, a secundar al director del museo, Fernando, hermano del Presidente Emiliano Figueroa.

Según el libro Manejo integral de colecciones, Museo Histórico Nacional, 2005 “la abundancia del tema militar en las colecciones con armas, uniformes, banderas y otros objetos, se debe a la incorporación del Museo Militar y de su director, el Coronel Leandro Navarro, quien quedó a cargo de la Sección Militar del Museo. Las otras dos secciones corresponden a la Prehistórica e Histórica”.

La Circular de la Exposición Histórica del Centenario a sus Delegados, Imprenta Camilo Henríquez, 1910, señala que Navarro también formó parte de la sección militar de dicha Exposición, en su décima sección, que consideraba armas e insignias militares, presidida por Domingo Toro Herrera.

Según el libro Museo Histórico Nacional, de Enrique Campos y Hernán Rodríguez el director del Museo, don Joaquín Figueroa Larraín -hermano del Presidente Emiliano Figueroa- “fue secundado por el Coronel Navarro hasta su fallecimiento en 1918”. Su muerte, a los 68 años, fue recogida por El Diario Ilustrado del 25 de abril, reseñando su historia militar como coronel balmacedista, posteriormente reincorporado al ejército, destacando que los honores militares del sepelio incluyeron retreta en su casa de calle Carmen.



Un día cualquiera, llevado por la curiosidad de conocer más de este militar que había terminado su vida como directivo de un museo, me acerqué al Museo Histórico, donde encontré su fotografía y copias de recibos que, con su firma, afirmaba haber recibido piezas donadas para la exposición que luego irían al museo, las que de seguro reposan en alguna de las cajas en las que se ha empacado el contenido del museo a la espera de la remodelación de su clásico edificio.

Un par de meses atrás, el 5 de marzo, me acerqué nuevamente al museo, por la curiosidad del anuncio de una inédita ceremonia: su cierre temporal. A pesar del motivo, había cierto ambiente festivo que me costó compartir. Mucho menos entendí cuando un conjunto de altos funcionarios comenzaron a empujar, no sin dificultad, un antiguo locomóvil -motor para maquinaria agrícola del 1900-, sito en el patio del museo, hacia la Plaza de Armas, dejando en descampado una maquinaria que se había llegado a convertirse en su símbolo. No dejé de pensar que esa máquina era una buena metáfora de lo que estaba ocurriendo con el museo y sus contenidos.

Sin embargo, el tres de abril -un mes después del supuesto cierre- asistí al mismo museo, a la presentación del libro del Fondo de Cultura Económica, Homo Dolens, cuyos editores, un par de historiadores de la PUC, fueron acompañados por decenas de colegas y el propio rector, Ignacio Sánchez. Nada hacía presagiar que el museo estaba cerrado, ni que lo sería pronto. De hecho, su patio, sin el locomóvil, sirvió de escenario para un vino de honor.

El domingo 28 de abril, El Mercurio agregó que el 2 de mayo, día en que celebra sus 109 años, el museo y su directora recibirán al Presidente de la República, quien resolverá "las directrices de cómo se va a desarrollar el proyecto a futuro". Proyecto que debería considerar la inclusión de la ahora llamada Galería de la Democracia y que antes fuera Museo y luego Sala de la misma.

Según esa resolución, sabremos si la antigua maquinaria agrícola, arrastrada por funcionarios un cinco de marzo, regresará o no a su ubicación tradicional.