28 agosto 2019

LEY DEL PATRIMONIO Y LA PARTICIPACIÓN



Luego de aceleraciones y retardos, el proyecto de Ley de Patrimonio que se encuentra en la Cámara de Diputados, en su primer trámite constitucional, parece estar tomando un curso normal, con verdaderas discusiones en base al articulado y no sobre láminas de power point, como muchos se quejaron. También, la Ministra Consuelo Valdés se involucra en el proceso de discusión que, hasta ahora, recaía en los hombros del subsecretario Emilio de la Cerda.


Sin urgencias en lontananza y con mesas de discusión amplias, se está dando el necesario juego de la participación que había sido esquivo y que muchos confundieron con enviar sendas cartas a los diarios.


De la Cerda está en todas, responde las cartas, cita mesas, se reúne con trabajadores y asiste a la Comisión de Cultura, evadiendo censuras que afectan a la generalidad de los subsecretarios.


Pero las leyes no las hace una sola persona, por capaz que sea.

El subsecretario está consciente que es el momento de acumular fuerzas en la sociedad civil y el Parlamento, pero no puede olvidar que éstas tambien deben venir del Ministerio que acoge a la nueva institucionalidad patrimonial.

Mientras de la Cerda es categórico en afirmar que, en la ley, viene una "presencia regional resolutiva" y un "equilibrio entre la representación del estado y la sociedad civil junto a la academia", el ministerio no ha sido precisamente claro en esos temas. 

Tanto, que ha sufrido variados conflictos con las y los seremis, dónde los trabajadores han acusado de acoso laboral al menos a dos autoridades regionales, una ya destituida, la otra, en proceso.

Tampoco ha mostrado interés público en situaciones que complican el mundo cultural, como son las que afectan al Teatro Municipal de Santiago -que Yasna Provoste denunció en la Sala del Senado- o las que afectan al teatro regional del Bío Bío, que parece sufrir el regreso de los "viudos del Pencopolitano". Esa misma instancia ha provocado la salida a las  calles de artistas de la zona que protestan por la incorporación de un diputado -Luciano Cruz Coke- a su directorio, cuestión que no parece estar legislada, pero que no da la impresión de ser muy estética. Tampoco ha sido muy categórica la posición del ministerio respecto del sitio de memoria de Neltume, que le ha costado una fuerte ofensiva de la UDI.

Es curioso que cuando se debate una ley que tiene, entre sus propósitos más queridos, la incorporación de los factores participación y descentralización -"No podemos seguir funcionando con un órgano como el CMN que por casi 100 años ha tomado todas las decisiones del patrimonio de Chile desde Santiago" ha dicho de la Cerda en sus redes sociales- se eclipsan las instancias participativas que tuvo el antiguo CNCA y que no han sido, hasta ahora, bien resueltas en el nuevo ministerio.

Se da la paradoja que, vecina en el tiempo, de la ley que creó el ministerio, esta ley patrimonial se asemeja mucho más a la ley del CNCA, que data de 2003.

Es decir, es entre otras cosas, una  ley de participación de la sociedad civil en el patrimonio, aunque su articulado no da debida cuenta de ello. 

El espíritu es claro: consejos regionales y un consejo nacional, que llevan, en la letra, una enorme participación de funcionarios públicos en desmedro de instituciones, profesionales capacitados y agrupaciones gremiales indispensables. 

De hecho se ignoran en los artículos aspectos básicos en la gestión del patrimonio como las corporaciones culturales que administran, con éxito, edificios patrimoniales. Sin ir más lejos, el Precolombino, la estación Mapocho, Matucana 100 y tantos otros, en regiones y la capital.  Tales corporaciones culturales sin fines de lucro, están de sobra capacitadas para administrar edificios patrimoniales, en ocasiones, más que algunas municipalidades que sí aparecen en el articulado como responsables de administración de inmuebles.

También están ausentes los académicos, que se reemplazan por expertos. En ese sentido, la Universidad de Chile hizo ver que muchas veces un equipo de investigadores y docentes  de larga experiencia y profundos estudios pueden ser mucho más útiles que la figura, que recoge la ley, de un experto. 

Desconoce la ley también, para integrar sus consejos, la destreza profesional de los gestores culturales, a quienes la ley del CNCA daba mucha relevancia, tanto como integrantes del Directorio nacional como en la representación de universidades que los acogieron como docentes en el tema.

Se extraña además, la ausencia como posibles consejeros de un colectivo que ha dado excelentes resultados: los premios nacionales. Demás está recordar el aporte en el CNCA de Humberto Giannini; José Balmes; Lautaro Nuñez, y ahora, Manuel Antonio Garretón.


Todos estos posibles integrantes de los consejos le darían a estos un nivel y una permanencia más sólida que la de un eventual representante de un ministerio que puede ser removido en cualquier momento..

Además, es poco revelador de su autonomía, la designación de consejeros de la sociedad civil, por parte del Presidente de la República, por más que no pudieran ser removidos por éste.  

Los consejeros deben renovarse por partes y un número relevante de ellos designados por colegios electorales constituidos para tal efecto o por asociaciones gremiales pertinentes, como acontece en las leyes sectoriales del libro y lectura, la música y el audiovisual.

Es decir, si revisamos la legislación cultural existente, de 1993 en adelante, podemos mejorar sustancialmente el proyecto.

22 agosto 2019

QUIMANTÚ, LA UNCTAD III Y "EL GABRIELA"



La Editora Nacional Quimantú y UNCTAD III fueron hazañas hermanadas, en el tiempo y en la  mística que encerraron: mientras la torre que ocuparían los delegados de los 141 países miembros era destacada por sus trabajadores con un enorme número que identificaba el piso construido, asomando a la Alameda, la editorial imprimía los prodigiosos once millones, o más, de libros que irían a alimentar la avidez lectora de los chilenos, en pleno proceso de cambios.


Tal es así que la empresa, bajo el sello Documentos Especiales, publicó al precio de Eº 15  (con Eº 0.5 de recargo aéreo) un verdadero almanaque con información detallada de cada uno de los países participantes, llamado Los países en la UNCTAD III. Allí aparecen todos los de América del sur, América central, África y Asia, los entonces llamados sub desarrollados. Era una tirada de 30.000 ejemplares de 146 páginas y una contraportada a todo color, con las banderas de países asistentes.

El único aviso, en la tercera tapa de la publicación, es de la misma empresa. Promociona las Historietas Q: Delito y Dimensión 0, que aparecían alternadamente los martes; Guerrillero y Jungla, que aparecían alternadamente los miércoles; El Manque y Guerra, que se alternaban los jueves.

En el detalle de cada una, llama la atención que Guerrillero, publica "la patriótica lucha de Manuel Rodríguez y de Mizomba, el héroe africano". Mientras El Manque trata de "un afuerino rebelde recorriendo la Patria y luchando por la justicia".


Pasada la reunión internacional, Quimantú editó -también en 30 mil ejemplares- con tapa más dura y al precio de Eº 45, otro Documento Especial titulado, sobre fondo naranja: Los resultados de la UNCTAD III. Esperanza o frustración para el desarrollo.

El  texto comienza, luego de una Introducción sin firma, con el discurso inaugural del presidente Salvador Allende, seguido por los discursos de las delegaciones, agrupados en bloques: Bloque socialista (China URSS, Rumania); Bloque capitalista (EEUU, Japón, Francia, Mercado común europeo) y luego, los países del Tercer mundo.

Termina con un ilustrativo glosario estadístico de los 141 estados miembros y otros participantes: 7 organismos de la ONU; 13 organismos especializados; 37 organizaciones intergubernamentales, y 30 ONGs.

De este modo, los chilenos se enteraron del destino que había tenido este edificio que acogió "seis semanas de debates y enfrentamientos entre países pobres y países ricos, en el elegante edificio en el centro de Santiago, construido por obreros chilenos en plazo record para la conferencia".


Como lo había planeado Allende, el edificio fue traspasado al Ministerio de Educación, para instalar allí el Centro cultural metropolitano Gabriela Mistral.

En ese período, se instaló un gigantesco comedor que atendía, con el novedoso sistema de autoservicio, a los transeúntes del sector: profesores y estudiantes universitarios, habitantes de las torres San Borja y ... trabajadores de Quimantú que cruzaban el río y caminaban unas cuadras del parque Forestal, para disfrutar de los amenos almuerzos y, más entretenidas aún, las colas previas a alcanzar la ritual bandeja que permitía comer abundante a bajo precio.

Tan animadas eran las esperas que varias ferias de libros se instalaban en el área. Incluso aparecieron en esa locación representantes del Instituto cubano del libro, que venían a vender su producción. 

En una oportunidad, pude ver un descarado robo de un libro cubano. Se lo advertí cuidadosamente al encargado. 

-No se preocupe compañero, los libros son para leerlos, respondió. 

Tan fuerte era el recuerdo de ese comedor que, años después, cuando la presidenta Michelle Bachelet me encomendó coordinar al comité interministerial que se haría cargo del proyecto de centro cultural que seguiría al incendio de 2006, me introdujo al tema simplemente haciendo el gesto de quién lleva en sus dos manos la bandeja de un autoservicio de comidas. Respondí con el mismo gesto y ahorramos muchas palabras.

Otro gesto de los inicios de esa misión, no fue con las manos sino con la mirada hacia las alturas, protagonizada por el arquitecto Miguel Lawner, a quien encontré a la salida de una estación de metro y le conté la reciente designación. Elevó sus ojos al cielo y exclamó: ¡San Chicho! Tampoco fueron necesarias más palabras. Solo un abrazo y un "buena suerte".

La historia posterior recoge varios cambios de uso y de nombre del edificio.

En el proyecto encomendado, había una condición indispensable: que contuviera una biblioteca especializada -que no la había en el país- en artes musicales y de la representación, pues sería este el espacio nacional para acoger esas áreas artísticas.


No deja de ser emblemático que sea esta biblioteca -hecha una pujante realidad- la que acoja la presentación del libro Quimantú: prácticas, política y memoria, de Marisol Facuse, Isabel Yañez e Isabel Molina que inicia la necesaria investigación sociológica en esta casi inagotable cantera de información que constituye Quimantú. 

El problema, como casi siempre, es por donde comenzar esta minería de datos. 

Está la formidable producción editorial: once millones setecientos noventa y cinco mil ejemplares impresos, distribuidos en 317 títulos, según cifras recopiladas por el economista Sergio Maurín, gerente general de la empresa.

Está el novedoso y eficiente sistema de gestión, administrado por sus trabajadores. Quienes tenían cinco representantes, elegidos por los comités de producción que operaban  en cada sección, en el comité ejecutivo de Quimantú, que se completaba con cinco representantes designados por el gobierno (uno por partido más un independiente) y el gerente general, que lo presidía.

Está el rol que Quimantú jugó en la incesante lucha ideológica que se desarrolló en Chile, a comienzos de los setenta, y que -aunque parezca increíble- tenía a ambos contendores -derecha e izquierda- en igualdad de condiciones. Igualdad que debió romperse por las armas.

Está el debate que, al interior de la empresa y de la UP, se daba entre las dos almas de dicha coalición política, entre quienes creían en la vía democrática para acceder al poder y quienes la despreciaban como un mecanismo burgués. 

Está, finalmente, la dura realidad del tiempo, que enseña que hay poco escrito sobre estos temas y, sobre todo, los testigos directos van envejeciendo, lo que pone en peligro la recopilación de antecedentes a través de sus protagonistas.

Quizás por ello, con buen criterio, las autoras recurren mucho a la técnica de las entrevistas. Y a la palabra directa del prologuista, Tomás Moulian.

Es un placer leerlo, porque recorre, con amplitud diferente, todos los aspectos enumerados y deja con gusto a poco.

Debemos esperar nuevas incursiones académicas en este episodio irrepetible de nuestra historia patria.

15 agosto 2019

¿ES POSIBLE VOTAR EL ARTE?



Cuesta entender que una autoridad llame a la ciudadanía a votar respecto de la permanencia de una escultura en un determinado lugar. Lamentablemente, el reciente derrumbe en el pasaje Pasteur de Valparaíso nos ha enseñado que ni siquiera la naturaleza con su inusual violencia, es capaz de exterminar una obra de arte como es el Museo a cielo abierto de Valparaíso, aunque dañó un par de murales.


En el caso de Puerto Montt estamos en presencia de arte sobre el arte. Cuenta la leyenda que el escultor de esta pareja de enamorados sentados frente al mar, se inspiró en la popular canción del grupo sesentero uruguayo, Los Iracundos, llamada precisamente Puerto Montt. 

El hecho es que la obra -que puede gustar o no- lleva un tiempo en el lugar, lo ha connotado de determinada manera y -con seguridad- ha atraído a un numeroso grupo de enamorados que se han confesado sus buenos sentimientos mutuos, frente al mar.

O sea, el arte ya es mucho más que la presencia física de dicha escultura, por mas que un Seremi crea que es llegar y ganar una votación para remover la obra.  Además, un colega de otro ministerio se apresuró a ofrecer un nuevo espacio -de todos los chilenos- para el traslado. Con la lógica imperante, también debiera llamarse a otra votación para aceptar o no ese emplazamiento.

Cabe recordar que otra colega del escrutador Seremi, ni más ni menos que la de Culturas... debió abandonar recientemente su cargo por malos tratos a los funcionarios de su repartición.

Algo huele mal entre los seremis de Los Lagos y su relación con la realidad, las obras de arte y las personas.

Afortunadamente, en el alcalde Gervoy Paredes, elegido con amplia mayoría en su momento, primó la cordura y llamó a evitar el desaguisado que tendrá resultado en 27 de agosto.

Más allá de cual sea la voluntad popular -una mixtura entre votos presenciales de puertomontinos y virtuales de personas de todo el país- correspondería a las autoridades de las culturas emitir un juicio sobre la permanencia o no de obras de arte. De otro modo a cualquier funcionario de pocas luces se le podría ocurrir someter a votación la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia en plaza de Armas de Santiago o el homenaje a los Héroes de Iquique en la plaza Sotomayor de Valparaíso.

Y ¿porqué no?, votemos para que La República, recién recuperada para su locación en Playa Ancha permanezca en los agradables y privados jardines de don Raúl Schuler, para evitar el riesgo de rayados y maltrato de grafiteros.

Y que el director del Bellas Artes plebiscite la permanencia de la escultura de Rebeca Matte en el frontis de su museo, para no tener que gastar en onerosas restauraciones .

Con las votaciones y con el arte, no se juega.

19 julio 2019

ES EL FINANCIAMIENTO, NECIOS

Se podría decir que la historia del actual gobierno en cultura es la historia del financiamiento (o no financiamiento) de la cultura. Cuesta encontrar otras aristas que destacar en este sector. Los grandes proyectos, museo histórico y teatro del GAM, están entregados a esa variable. El primer año presupuestal se caracterizó por el intento de reducción de un 30% del  aporte público a seis instituciones; el segundo año va por las mismas: el recorte del Banco Estado a su apoyo al cine; los despidos en el teatro Municipal, con la reflexión del rector Carlos Peña sobre su economía; la solicitud de modificar las leyes de donaciones para crear un fondo común. Escribo mientras el único aporte público estable y creciente, los fondos concursables, una vez más ha visto caída su página de postulaciones virtuales el día de cierre de las mismas.


El  revelador mensaje elegido para ilustrar este comentario, tiene un doble destinatario: el estado y los empresarios. Son ellos quienes deben "soltar las lucas" pues son quienes las tienen.

Veamos cómo podrían "soltarlas" para enfrentar la difícil situación de la cultura.

La realidad cercana enseña que, ante un proyecto de nuevo edificio, aprobado en primera instancia, para ampliar el museo histórico, se opta por una solución económica: crecer hacia el vecino edificio del correo, derribando murallas del segundo piso y agregar al museo algunas salas de exhibición.  El edificio de "tripas", es decir bodegas, talleres, laboratorios queda para más adelante.

En el caso del teatro que contempla la segunda del GAM, parece estarse optando por una habilitación de la antigua tercera etapa, esto es, la ahora llamada torre Villavicencio, en un ambicioso proyecto de la Universidad de Chile que se haría cargo del edificio de 23 pisos, varios subterráneos y amplios patios. Nuevamente, una solución con vista de la opinión pública, que circula por la Alameda en el que la universidad aportaría recursos no difíciles de obtener para un proyecto con semejante ubicación, semejante público y el respaldo de facultades de Artes, Arquitectura -ubicada enfrente-, y solo a pasos del centro de extensión de la U. que está construyendo su propio teatro de conciertos que tendrá orquesta propia, que en sus orígenes formaba parte del proyecto centro cultural Gabriela Mistral: la Sinfónica de Chile.


Ambos casos enseñan que el Estado prefiere soluciones más económicas y de alto impacto en la ciudadanía: una sala de exhibiciones más que un edificio de bodegas; un proyecto atractivo en plena Alameda que un teatro de incierto nivel de autofinanciamiento, por su magnitud.


En esta misma línea podría inscribirse la resolución del Banco Estado, banco público, arguyendo que su aporte no se traduce en buenas películas y que éstas deben financiarse solas. Precisamente, como sabiamente respondió Neruda a un diplomático ruso que le consultaba cuando habrá buen cine en Chile. 

- Cuando haya mal cine, Boris. 

Es decir cuando haya muchas películas chilenas, buenas y malas... esa es la tarea de un banco y otras instituciones del estado. Que existan muchas películas, para todos los gustos.

Por el otro lado, los privados escabullen cada vez más la necesaria filantropía. Es notorio en el teatro Municipal donde sus propios ejecutivos reconocen que en en cuatro años se redujeron, a razón de mil millones por año, los aportes privados. Tema digno de analizarse y multivariable pues sugiere razones políticas (por el cambio de dirección hecho por una alcaldesa socialista); razones urbanas (la dificultad de trasladarse desde los sectores altos de la ciudad al céntrico teatro); razones de la aparición de nuevas salas con  programación similar, en Las Condes, y razones de gasto excesivo en remuneraciones e indemnizaciones. Finalmente, quienes terminan pagando todo ello, son los trabajadores que sufren los despidos masivos recientes.

A eso se agrega la reflexión del consultor del directorio del teatro, Carlos Peña, quien señala que “las artes escénicas demandan financiamiento no porque se trate de bienes puramente meritorios (lo que aconsejaría proveerlos al margen de las preferencias de mercado), sino porque proveen externalidades positivas, que difuminan beneficios hacia el conjunto de la sociedad”.

Lo que deja en evidencia la contradicción entre cultura y mercado. Tema que debiera llevar a un debate profundo sobre el financiamiento público de las artes y su forma particular de incrementarse, dado que mientras más progresa la sociedad, más se encarecen los costos de las artes escénicas.


A lo anterior, debemos agregar la decisión del gobierno anterior, de dar gratuidad de acceso a los museos públicos, que se tradujo en disminución de ingresos en dinero y no logró aumentar los visitantes, como lo acusan estudios recientes. El contraejemplo, el museo Precolombino, que aumentó el precio de la entradas a los extranjeros, rebajó a los nacionales, logró incremento de público y de ingresos. Obviamente con imaginativas muestras mejor difundidas y en horarios novedosos, como apertura durante la noche.


Con esta realidad vuelve a ponerse en el tapete los diferentes modelos de financiamiento, íntimamente ligados a la gestión de los espacios culturales. Ambos términos -infraestructura y gestión- están irremisiblemente unidos.

La experiencia del siglo XXI enseña que no existe un mejor modelo que el financiamiento mixto.   El gobierno no debe ponerlo todo, tampoco los privados.

Aún en modelos de autofinanciamiento total como es el CCEM, existe un aporte público valioso: la estación de ferrocarriles al que se suman los aportes que surgen del arriendo de sus monumentales espacios.

En el otro extremo, del financiamiento estatal absoluto,  como los museos públicos, se están discutiendo legislaciones, como la Ley del Patrimonio, que les permite aportes privados a través de corporaciones o asociaciones de amigos.

En el intermedio están todos los otros espacios que deben compartir ingresos públicos, privados y de sus visitantes. El caso del teatro Municipal es uno de ellos y se debe explicitar cuáles serán los aportes de cada sector con su correspondiente participación en el gobierno corporativo. Cabe recordar que cuando se creó el CNCA, el Ministro Weinstein intentó, sin éxito, incorporar representación gubernamental en el directorio, conforme a la magnitud de los aportes.

Lo mismo debe ocurrir con el GAM, cuyos estatutos contemplan un porcentaje de autofinanciamiento, a través de unidades de negocios como los estacionamiento, locales comerciales y las salas de espectáculos. Otro aporte debe venir de las audiencias y el saldo desde el estado.

Para qué seguir con las corporaciones del grupo de los 6 del fallido recorte del 30%, que deberán demostrar lo que requieren del estado, luego de extremar sus planes para obtener recursos de sus audiencias y auspiciadores.

Una cuota, por pequeña que sea, ayuda. ¿cual es la cifra?

Hasta que duela, diría un seguidor del padre Hurtado.

En todo caso, nada será suficiente si el gobierno y los empresarios no invierten seriamente en cultura. Al menos al nivel de los países OCDE que pretendemos ser.

09 julio 2019

EL CURIOSO ROL DEL PARLAMENTO EN CULTURA



La primera vez que escuché el aserto, fue a propósito de la esperada participación en la discusión de la Ley del Patrimonio. Organizaciones de trabajadores y otras de la sociedad civil se quejaban de que no habían tenido oportunidad siquiera de conocer el articulado de la iniciativa. Bueno, pensé, se deberá a la relevancia de la ley en cuestión y -como se dijo- a que el ministerio responsable de las relaciones con el Congreso, así lo exigía.


Pero no fue así. Siguiendo en la transmisión televisiva de la comisión respectiva de la Cámara de diputados del lunes 8 de julio, comprobé que el parlamento era el sitio para debatir todos los problemas de la cultura. Desde la restricción territorial de una declaratoria de un humedal por parte del Consejo de Monumentos Nacionales, a la solicitud de los gremios involucrados, de despedir a una Seremi acusada de acoso laboral.

Por cierto, tambien una propuesta de citación al Alcalde de Santiago por la situación laboral que afecta a los trabajadores del Teatro Municipal. Y la  crisis del cine, aguijoneada por el recorte que le hizo el Banco Estado.

Ah, y, además, se destinaron unos minutos al propósito de la sesión que "recibir a la Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, señora Consuelo Valdés Chadwick, y al Subsecretario del Patrimonio Cultural, señor Emilio de la Cerda, para tratar temas propios de su competencia. Iniciar el estudio en general del mensaje, que establece una nueva institucionalidad y perfecciona los mecanismos de protección del patrimonio cultural, correspondiente al boletín N°12.712-24".

Es decir, se estaba, por fin, iniciando el esperado estudio del proyecto que el Presidente de la República anunció durante la celebración del Día del Patrimonio Cultural 2019. Entonces, Piñera y un conjunto de ministros firmaron un proyecto de ley que promueve el reconocimiento y cuidado del patrimonio cultural de Chile, desde edificios y monumentos hasta sus tradiciones y rituales. “Lo que se busca -señaló- es centrar la protección a nuestra historia y a nuestra cultura, no solamente en los monumentos, sino que en todo lo que es patrimonio”.

En su Cuenta Pública a la Nación 2019, unos dias después, el presidente reiteró la relevancia: "por sobre todo, quisiera destacar el Proyecto de Ley de Patrimonio Cultural que protege tanto el patrimonio tangible como el intangible de nuestro país, como nuestro folklore, nuestras expresiones artísticas y rituales y nuestros maravillosos paisajes”.

Se suponía que el proyecto estaría en tabla, luego de haberse despejado la agenda de julio de diputados y diputadas, recargada con temas como libertades de opinión e información y ejercicio del periodismo; recursos y programas relativos a los fondos audiovisuales del Consejo Nacional de Televisión; 50 años de la Agrupación Folclórica Huentelauquén, y recibir a la Fundación que administra al Sitio de Memoria José Domingo Cañas 1367.

No obstante, la esperada sesión del 8 de julio dejó gusto a poco debido a los temas ajenos que se trataron en la enumeración anterior. Muchos de ellos que podrían haberse solucionado administrativamente, como la remoción de una funcionaria; en alguna sesión del Consejo Nacional de las Culturas como el conflicto laboral del Teatro Municipal; con una aclaratoria del Secretario Técnico del Consejo de Monumentos, en el caso del humedal, o con simples disposiciones de alguno de los subsecretarios o la ministra allí presentes, en esta especial asamblea de conflictos vigentes de la cultura.

En otro sitio de debate cultural -las redes sociales- en tanto, estallaba la grave supresión de los fondos que el Banco Estado propinó al cine chileno, que ha llevado a los cineastas más laureados incluso a arremeter contra la Ley de Donaciones.

No son ese tipo de asambleísmos, lo que demanda el mundo de la cultura como participación; como ocurrió hasta hace no mucho tiempo, en los consejos nacional y regionales. No se puede trasladar a una comisión parlamentaria o al tuiter, el día  a día cultural, que deben manejar con prudencia y justicia, las autoridades respectivas.

Es de esperar que el proyecto pueda seguir su curso y sea la Comisión de Cultura quién resuelva sus invitados relativos al tema. Que hay muchos esperando. Para la próxima sesión, el miércoles 10 de julio, se encuentran invitadas Rocío Barrientos, Presidenta de la Asociación Gremial del Consejo de Monumentos Nacionales y Tania González, Presidenta Nacional de la Asociación Nacional de Trabajadores del Patrimonio (ANATRAP), junto a Patricio Díaz, representante del Departamento de Patrimonio Cultural Inmaterial, de la misma asociación.

Es decir, se escuchara a los trabajadores involucrados, o una parte de ellos, pues se cuentan hasta cuatro asociaciones diferentes.

Ojalá que los funcionarios responsables de remover seremis; declarar patrimonios naturales; pagar los salarios de los músicos del Teatro Municipal, y hacer ver al Banco Estado su  lamentable determinación, cumplan su cometido administrativo y que, en el Parlamento, continúe la discusión legal citando a tantos incumbentes que esperan entregar sus aportes ante quienes hacen las leyes.

02 julio 2019

HILDA LÓPEZ Y LOS MILLONARIOS DE QUIMANTÚ






Uno de los buenos recuerdos que tengo de mi pasada por Quimantú -casi todo el tiempo de su feliz existencia, entre 1970 y 1973- es el lenguaje y el sentido que tenían las palabras. Una de ellas era la expresión "millonario". No se refería solo a dinero. Éramos millonarios en imprimir libros: celebramos el primer millón impreso con un diploma que se entregó a cada trabajador. Éramos millonarios en lectores. Éramos millonarios en ventas. La primera que accedió a esta categoría fue la entrañable Hilda López.



Hilda era una madrina millonaria. Madrina de Hervi, los hermanos Vivanco y de todo lo que se relacionaba con la revista La Firme, ex La Chiva.

Un día llegó la buena nueva de que Hilda había vendido más de un millón de ejemplares de La Firme a Codelco, en varias ediciones para los trabajadores del cobre, los productores de "el sueldo de Chile" al decir del compañero Presidente.

Desde entonces, desarrollé una admiración por Hilda. Que muy pronto se transformó en cariño.

Fue la primera persona en la que pensé cuando me correspondió participar -con muchos otros periodistas- en la fundación de revista APSI, en 1976.

Buscaba a la Hilda millonaria en ventas, obviamente. Y me encontré con la Hila madrina.

Nos acogió de inmediato y, por cierto, las primeras reuniones fundacionales se desarrollaron en su casa del barrio Bellavista, con unos ricos tecitos y mucho cariño de la dueña de casa.

Después se instaló con la revista en un pequeño departamento de Matías Cousiño y construyó nuestro modesto departamento de venta de suscripciones.

Pasados los tiempo de APSI, seguimos en contacto, para coordinar visitas de ilustres quimantusinos que venían desde el exterior, como Joaquín Gutiérrez, que nunca dejó de visitarme cuando regresaba a su segunda patria desde su natal Costa Rica.

Me llamaba cada tanto para comentar proyectos relacionados, siempre, con nuestra común Quimantú, hasta que nos sorprendió con un libro "Un sueño llamado Quimantú".

Así lo presenta su editorial, Ceibo:

"Quien soñó y logró que existiera una editorial del Estado al servicio de la cultura fue Salvador Allende; una empresa editorial del Estado que contribuyera a ampliar los horizontes intelectuales y culturales de la nación, facilitara el acceso a las grandes fuentes del pensamiento nacional y universal y abaratara los costos de los libros, en beneficio de las capas modestas de la población".


Y señala, respecto de su autora: 

"Hilda López nace en los comienzos del siglo veinte. Sus primeras colaboraciones en medios escritos son para Rincón Juvenil de la Editorial Zigzag. Posteriormente trabaja en la revista Ritmo, de la Editorial Lord Cochrane, donde conoce y trabaja con muchos de los más importantes dibujantes de nuestro país.

Al llegar al gobierno Salvador Allende, el director de Ritmo, Alberto Vivanco la invita a trabajar a la recién creada Editorial Quimantú, donde estuvo desde sus inicios hasta su final el 11 de Septiembre de 1973. En este libro Hilda da cuenta de su paso por este «sueño interrumpido». No nos da cifras, nos da cuenta de sus compañeros de trabajo, de sus amigos, de anécdotas de la época".

Es decir, un libro dictado por el cariño. 

Porque los proyectos exitosos no solo requieren de buenas cifras, tambien del amor  de sus participes. 

Y de buen uso de las palabras.


24 junio 2019

ESPAÑA EN EL CORAZÓN DEL CENTRO CULTURAL

Foto Héctor Aravena. Archivo Fortín Mapocho

Desde la mesa del Embajador a nuestra mesa de Directorio, muchas aguas comunes han pasado en el tiempo que la cultura nos ha reunido. El primer símbolo, cuando solo éramos proyecto, fue la presencia del Embajador Pedro Bermejo en nuestro Directorio fundador.


Muy cerca de ello, la visita de los Reyes, Sofía y Juan Carlos, y el real encargo de cuidar las dos palmeras que plantaron junto a una placa que recuerda -entre frondosos árboles- esa ocasión.

En las  cercanías de esas palmeras, floreció la Escuela Taller dónde se formaron canteros, forjadores y jardineros del que sería el Parque de los Reyes. Esa casa, que perteneció al Jefe de estación de Mapocho, es hoy sede de la FOJI.

Pero el debut más pleno ocurrió con las Letras de España, en 1993. Miles de libros, decenas de escritores y visitas ilustres como Jordi Solé Tura, el Ministro y Cristina Hoyos, la bailaora, marcaron esa fiesta de la lectura con que España demócrata celebraba la entronización de la democracia en Chile.

Por si eso fuera poco, el 2009 recibimos el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural, de manos de la propia Reina.

Luego, han ocurrido tantas visitas al Centro Cultural de España, tantas lecturas de El Quijote para el día del libro, tantas policiales y escritores misteriosos que intercambiamos para el festival de novela negra.

Directores y directoras del CCE que llegaban a Chile con nuestra tarjeta en sus primeras agendas. Los recibimos, los quisimos y desarrollamos muchas ideas que surgían  del empeño que ambos teníamos en cruzar nuestras culturas.

Y ahora, también en conjunto y con muchas otras instituciones nos preparamos para desembarcar una vez más a los pasajeros del Winnipeg que, de alguna manera, fueron la primera embajada cultural de España en nuestras tierras.


17 junio 2019

PEDRO LASTRA, ENTRENADOR LITERARIO




Testimonio entregado en las Jornadas en homenaje a Pedro Lastra, en el Salón de Honor, Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el 17 de junio de 2019. 

Hasta que la vida nos llevó, en plural de pareja y frisando los 60 años, a aceptar la imperiosa necesidad de tener un entrenador personal de gimnasia, no había reparado en que, desde los años 60, había tenido la fortuna de contar un entrenador literario. Ese gozoso papel lo desempeñaron en mi vida, en orden de aparición, Lucho Domínguez, Alfonso Calderón y Mariano Aguirre, todos profesores de esta universidad, tristemente fallecidos. Sin embargo, en los tiempos que corren han sido felizmente reemplazados por el ilustre quillotano Pedro Lastra.


Con Lucho, profesor de redacción en la escuela de periodismo, protagonizábamos dilatadas conversaciones que comenzaban no bien terminadas sus matutinas clases, continuaban por la calle San Isidro, Alameda, plaza Italia y seguían en una oficina de Quimantú –con la breve interrupción del almuerzo- para culminar por la tarde, en que cada uno regresaba a sus labores.

Con Alfonso Calderón, esa mezcla de sabiduría práctica y depósito lecturas infinitas, revisábamos en primer lugar, nuestras respectivas “lista de enemigos” para terminar concluyendo que si no los tienes, no eres nadie. Luego repasábamos el estado de la memoria, recordando los años de nacimiento de cercanos para establecer líneas de tiempo de diversos acontecimientos públicos y privados y repitiendo frases célebres de los recordados.

Finalmente, iniciábamos temas de trabajo como el placer de establecer listado de títulos a publicar en Quimantú o descubrir el siguiente proyecto que nos ocuparía conteniendo, obviamente, la pluma veloz de Alfonso.

Con Mariano, lo primero era refunfuñar y escuchar todo aquello que lo fastidiaba de la vida, las parejas, la comida que compartíamos o los proyectos literarios que pretendían ser informados en su rol de asesor literario.

Luego, las conversaciones más delicadas, plagadas de anécdotas y de tácticas de acercamiento a las mejores plumas de la lengua para invitarlos a colaborar en nuestro común empeño de editar, semanalmente, un suplemento como Literatura y libros del diario La Época, con limitadísimos recursos y enormes ambiciones al ser el primero de Chile en su género.

Entre aquellos notables de la literatura, escuché por primera vez el nombre de Pedro Lastra.



Era uno de los literatos chilenos que los vientos de dictadura habían llevado a beneficiar a los estudiantes estadounidenses. Me gustaron mucho sus sabias colaboraciones que casi no tenían desperdicio ni mayores necesidades de editar. Escribía en limpio, como Alfonso.

De pronto, se encarnó en mi vida, con un comentario imbatible para mí: la calidad literaria del libro de mi esposa, Patricia Politzer, que más valoro entre sus siete obras: La ira de Pedro y los otros. Una notable incursión en las diferentes tribus de jóvenes violentos que emergían junto a las protestas contra el régimen militar. Mirados ahora, eran  (literalmente) niños de pecho.

Pedro me señaló que, además de su profundidad periodística, había allí una estructura literaria notable, que no se cansaba de hacer notar a sus estudiantes.

Simpático el hombre, me dije.

Muy pronto, la simpatía tornó en cariño entrañable cuando nos juntábamos, siempre él, provisto de alguna de las últimas ediciones de su inconmensurable obra o de la edición de Anales de la literatura chilena. Esta última, en generosos dos ejemplares. “Uno para ti y Patricia, otro para el centro cultural”.

No solo lo caracterizaba su regalo, también la compañía de esa sonrisa encarnada en mujer que fue Irene Mardones.

Almorzábamos los tres, en el Centro Cultural Estación Mapocho, ellos premunidos de agua tónica, yo con una sed enorme de escuchar los maravillosos conocimientos y recuerdos de Pedro, complementados por Irene. Habitualmente terminábamos charlando sobre algún escritor del que, por cierto Pedro disponía no solo de ejemplares autografiados sino sendas cartas personales en las que le confesaban sus más íntimos secretos y pasiones.

Ese mismo conjunto de libros que el ilustre quillotano-chillanejo ha donado a esta casa de estudios, quizás la más importante razón para querer volver a estas aulas donde me correspondió vivir, a contar de 1968, uno de los más hermosos procesos de reforma universitaria que recuerde la historia de Chile.

Esta proverbial generosidad de Pedro incluía también a sus amigos. Recuerdo que en una ocasión me abordó para analizar cómo la República podría, merecidamente, reconocer las innegables virtudes del profesor Miguel Castillo Didier, el irreemplazable helenista nacional. Ideamos una fórmula –como la Coca Cola- secreta hasta ahora, que culminó con un hermoso homenaje y la medalla Pablo Neruda en el pecho de Castillo impuesta por un ministro de apellido Cruz Coke.

Tal ceremonia que será recordada por el primer apagón de la sala América de la Biblioteca Nacional en muchos años, que implicó terminar el discurso del homenajeado, iluminado –en todo el sentido de la palabra- por la linterna de un celular.


Beneficio colateral de ella fue la presencia –para pronunciar el discurso de honor- en Chile de Rigas Kappatos, un griego de la isla de Cefalonia, amante de los gatos y poeta no menor. Para conmemorar tal visita no nos fijamos en detalles y resolvimos una novedosa trenza más difícil de explicar que de hacer.

Consistía en que poetas chilenos –Jaime Quezada, Pedro Lastra- leían, en castellano, poemas de Kappatos y este leía, en griego las creaciones de los chilenos.

Pero, no solo eso: este intercambio se haría en Santiago -en el Centro Cultural Estación Mapocho- y en Valparaíso, donde un querido amigo vice presidía la colectividad griega, que fue convocada al encuentro en la Librería Casa E del cerro Alegre.

Por cierto, la lectura fue coronada con un almuerzo –con moussaka y pastel de jaiba- en el restaurante La Rotonda, de Daniel Yianatos, el antipróedros (vicepresidente) de los griegos porteños.

No podía ser de otra forma, Kappatos y Yianatos, resultaron provenir de la misma isla de Cefalonia y de ese encuentro y posterior conversación surgió un libro que relató lo acontecido en esa aventura greco chilena, que Rigas publicó prontamente… en castellano.

Así como, conversando con Pedro sobre Castillo Didier nació lo anteriormente relatado, en otra oportunidad surgió el descubrimiento respecto de la escuadra libertadora del Perú –amado país para Pedro, que lo ha reconocido más que nosotros.

Se trata de lo que hoy es una obviedad. Que la escuadra enviada por Bernardo O’Higgins y liderada por Lord Cochrane, llevaba una gran cantidad de panfletos para sublevar a los peruanos, en... quechua.

De allí, nos encaminamos a descubrir al traductor y al autor de la arenga, que presumimos era el propio O’Higgins…

Podría seguir enumerando andanzas con Pedro, hasta la última, que nos llevó a compartir la mesa con el actual Embajador Griego Ioannis Tzovas Mourouzis cuando analizamos la propiedad china del puerto del Pireo y sus extensiones hasta centro Europa vía ferrocarril a Budapest…

Como ven, Pedro es un gran entrenador que nos permite permanecer en forma, en literatura y actualidad.

Quedan pocos como él. 

Tal vez debiera contratarlo la roja.

13 junio 2019

SI ME ENCUENTRO CON MI TORTURADOR ¿QUÉ HAGO?




Es la pregunta que sugiere la novela Voces en altamar, de Thamar Álvarez Vega. Un par de mujeres que habían pasado por la dura experiencia de Villa Grimaldi, se encuentran en altamar, en un crucero, cuarenta años después, con una voz, que inevitablemente, pertenece al hombre que torturó a ambas, sin que ellas se hubiesen conocido antes de este casual encuentro. 


El título es provocativo. Sugiere misterio (voces en alta mar) provoca la idea de cierta soledad como El viejo y el mar. Pero no. La realidad es una vocinglería propia de un crucero turístico.

Lo que genera la trama, es una sola voz. Que es simultáneamente reconocida por dos pasajeras desconocidas entre sí y que, curiosamente, terminan identificándose y casi mimetizando. Dupla a la que se agrega un tercero, pareja de una de ellas, que solo se diferencia por una cierta capacidad premonitoria.

Tal es la fuerza de aquella voz, o del daño provocado por su poseedor, que pasadas décadas, en un contexto completamente diferente, es fácilmente reconocida, sin requerir siquiera mayores chequeos.

La voz –ni siquiera el contenido de sus palabras- o sea más bien el tono de voz escuchado (da lo mismo el lugar donde se produce y el mar pasa a ser completamente irrelevante) se convierte en el protagonista de la novela y el trío, formado casualmente, en su antagonista.

Una vez constituido el antagonismo central de la trama, se procede a describir la vida de las dos mujeres del trío. Una, valdiviana, de familia de origen alemán y gran inquietud por la música (de allí la certeza para descubrir la voz), otra, porteña descendiente de prestigiosos abogados de la zona que comete matrimonio con un joven comunista, compañero de universidad, romance gestado en esa gran casamentera que son las semanas universitarias.

Sus vidas son plácidas y comprometidas con el proceso político, que aparece fuertemente en el relato por ambas partes, hasta que emerge el golpe militar que cambiará su destino. (¿Porqué en la obra de escribe con mayúscula? Lo mismo ocurre con otras palabras esotéricas).

Desde entonces se produce una mezcla entre la fuerza vital realista y cotidiana, con acontecimientos descritos como casi mágicos o providenciales.

En ellos, son siempre mujeres las protagonistas y los hombres reducen su participación a comparsas de sus parejas, no siempre acordes con su actuar; a simplemente malvados sin salvación, o amables servidores de anís (¿Del Mono?) y riojas –para mí- de dudosa calidad.

Son mujeres quienes logran salvar a las protagonistas de las mazmorras, costándole a una de ellas –Isabel- la vida por su propia mano. Los hombres parecen operadores de sus planes muy bien elaborados o una presencia fantasmal, como Hernán. Son las mujeres –la madre abogada, la tía alemana- las verdaderas heroínas que salvan a las prisioneras, colgándose de acciones ejecutadas por hombres –embajador sueco, pescador/secuestrador- pero tramadas en delicados cocteles o precarios encuentros femeninos.

Cabe preguntarse si no hay aquí una –otra- premonición de lo que sería –es- el rol femenino en el siguiente siglo.

En la obra hay intento de reconstrucción de lugares –La Reina, Valparaíso, Menorca- y situaciones ya muy descritas de la UP y la dictadura. Sin embargo, aparece con mucho más detalle y cariño la isla balear, como si fuese –el exilio allí- un buen láudano para las penurias chilenas y casi por arte de magia –otra vez- un lugar donde el trío antagonista de la voz se hace uno, actúa prácticamente sin diferencias de opinión, toma decisiones casi por simples miradas.


Se extraña, al llegar al desenlace, quizás un debate interior del trío que refleje las diferentes opciones respecto al ¿Qué hacer? frente a la presencia de la voz, encarnada en un anciano.

De este modo, la solución al conflicto inicial parece en tono menor, respecto de los brutales hechos que lo desencadenan. Coincidentemente, la visita que hace el trio al lugar de las torturas es también un cierre tenue:

“Ninguna de las dos volvería a poner sus pies allí. El necesario ritual de reencuentro con el pasado se había llevado a cabo con la dignidad y el compromiso que la ocasión ameritaba”.

Queda la inquietud sobre qué pensarían de este cierre las madres y otras familiares y amigas que enfrentaron directamente el proceso de liberación de las detenidas. Ellas, a su modo, fueron víctimas de la misma represión, se jugaron literalmente la vida bajo dictadura. Y, probablemente, seguirán visitando el lugar pensando que las víctimas eran otras.