16 abril 2019

CHINA O EE.UU. ¿ÚNICAS OPCIONES EN CULTURA?





Con Notre Dame de París, se quemó algo de nuestra cultura. Sobretodo ese Chile del centenario, muy afrancesado, que construía un museo de bellas artes y una estación de ferrocarril, inspirados en la arquitectura francesa. Pero, la verdad, es que ese tipo de desarrollo cultural, basado en el casi exclusivo financiamiento estatal de las artes -a través de la Universidad de Chile- y del patrimonio, a través de la DIBAM, había caducado junto con el bombardeo al Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973.


Con la dictadura, que pisoteó la manguera del financiamiento cultural a las dos entidades mencionadas, más las universidades y, subsecuentemente, a los canales de TV gestionados por éstas, que comenzaron tambien un lento proceso de privatización, hoy ya semi culminado.

Sin embargo, la cultura de un pueblo no se acaba, aunque lo pretenda el que interrumpe maliciosamente su financiamiento público. El mundo de la cultura reaccionó ante las pretensiones de la dictadura y logró no solo influir determinantemente en la campaña del NO, que prometía algo tan intangible como la alegría. También se empoderó y obtuvo, en los primeros gobiernos de la Concertación de partidos por la Democracia, la constitución de un Consejo nacional de la cultura y las artes, que intentaba escapar de las visiones extremadamente privadas de financiamiento, como el modelo de los Estados Unidos, o fuertemente estatistas, como había sido hasta 1973.

La razón era simple: no se quería depender totalmente de un improbable financiamiento empresarial, ni arriesgar, con un fuerte financiamiento gubernamental, otro traspié como el de 1973.

Se logró así un modelo mixto que sumó recursos desde el Estado -especialmente a través de fondos concursables- y desde las empresas, a través de mecanismos de estímulos tributarios. Además, los gobiernos siguieron invirtiendo en infraestructura cultural, como una manera de actualizar al país que poco o nada había invertido en ese campo, desde el Centenario.

Sin embargo, algunas críticas al modelo de concursabilidad sumadas a la incomprensible independencia de la institucionalidad patrimonial respecto de la de las artes y la cultura, llevó a que gobiernos de diferente signo terminaran consensuando un ministerio, que no termina de cuajar, en especial en sus instancias participativas, que se comprometió conservar.

En el nuevo escenario internacional, en el que paulatinamente se refleja la sombra de la guerra fría, esta institucionalidad deberá tomar opciones.

Las recientes admoniciones del Secretario de Estado Mike Pompeo, dictadas en Chile, respecto de cómo debemos comportarnos los latinoamericanos en la economía y la política internacional, deja abierta la reflexión sobre qué debe ocurrir en el campo de la cultura.

Luego de la segunda guerra mundial, el Reino Unido, encasillado entre el modelo soviético de Estado Ingeniero y del de Estado Facilitador, que promovía Estados Unidos, optó por un camino intermedio, el estado Patrocinador, basado en participativos Consejos de las Artes, situados a "distancia de brazo" de los gobiernos, que muy pronto impregnaron a todos los países de la comunidad británica, pasando a ser el modelo más seguido en Asia, África, Oceanía y Canadá.

América Latina continuó en la tradicional disyuntiva, con modelos estatistas -Cuba, Venezuela chavista- o de  fuertes compromisos privados -Brasil, hasta la llegada de Bolsonaro- siendo Chile la excepción que, desde inicios de la década de los 90, comenzó a transitar por la senda de los consejos británicos.

Desafortunadamente, el ministerio de las culturas constituye un retroceso en esa línea, que nos deja desprotegidos antes la muy probable radicalización entre el modelo chino, que tiene, en cultura, muchas características del soviético (si no piense en Ai Weiwei que el 3 de abril de 2011 fue detenido en el aeropuerto internacional de Pekín y estuvo bajo arresto durante 81 días sin cargos oficiales, y funcionarios aludieron todo a "delitos económicos") y el modelo estadounidense, que depende mucho de los privados y se basa en un espíritu filantrópico del que estamos demasiado lejos.

Sin lugar a dudas, estaríamos muchos más preparados para  enfrentar esta disyuntiva, si contáramos con un consejo participativo que reúna a todas las fuerzas que integran los mundos de la cultura y el patrimonio, junto a las culturas indígenas que debieran integrarse, al menos por lo que reza el nombre del nuevo ministerio.

Para que -como lo hizo UK- nuestra cultura no sucumba a las ya fuerte penetración del mundo estadounidense y a la esperable creciente presencia china, es preciso reforzar nuestra institucionalidad con instancias participativas del más alto nivel, que incluso debieran superar el débil Consejo nacional de las artes que contempla la nueva ley y que, hasta ahora no se designa.

06 abril 2019

EL EMBAJADOR, LETRAS DE ESPAÑA Y LA REINA




Las primeras reuniones de directorio de la flamante Corporación Cultural de la Estación Mapocho, a inicios de los años 90, tenían, además del impulso de autoridades nacionales y municipales, un empuje de fuerte acento extremeño. Se trataba del Embajador de España, Pedro Bermejo, que ocupaba allí un curul, debido a que inicialmente el proyecto de remodelación implicaba un aporte español. Luego de aclarar -siempre- que no sabía porqué permanecía allí si ese aporte no fue posible, se integraba a los debates y las iniciativas que llegarían al naciente Centro Cultural Estación Mapocho. La mas relevante de ellas, en la que tuvo una decisiva participación, fue Letras de España.


Se trató de una muestra literaria de 15 años de producción editorial en la España que salía del régimen franquista -entre 1978 y 1993- y deseaba, homenajear a Chile, que emprendía el mismo camino de dejar atrás la dictadura. 

El único problema fue que el espacio más indicado para acoger la muestra, estaba en remodelación. Para Pedro y los demás integrantes del directorio, no lo fue. En coordinación con el director del Libro del Ministerio de Cultura de España, Federico Ibáñez, se resolvió utilizar aquello que ya estaba restaurado, es decir, el hall y la plaza anterior de la vieja estación. En el primero, se instalaron cinco generosas mesas redondas circundadas por estantes pletóricos de libros, de modo que cada una de ellas coincidiera con los vitrales el techo y, el sexto, fuera un mullido espacio acojinado, para los lectores infantiles.

En la plaza de la Cultura, se construyó un espacio de apariencia sólida, basado en andamios forrados de madera, que contuvo dos salas, una de cine, otra de conferencias; una tasca en el nivel superior y espacios para exposiciones de artes visuales.

Para acompañar la obra, vinieron grandes figuras como el Ministro Jordi Solé Tura; la bailarina Cristina Hoyos, que dió una inolvidable función en el Teatro Municipal, y dos decenas de escritores que además de sus charlas in situ, recorrieron universidades de regiones. Junto a muestras de artes visuales, cine y libros.

Demás está decir que los volúmenes luego de su exhibición masiva, fueron donados a una biblioteca juvenil chilena y aún ilustran a nuestra ciudadanía. Sin ir más lejos, hace unos meses exhibimos, en coordinación con Balmaceda Arte joven, una muestra de dibujos de Picasso preparatoria del Guernica.

Fue precisamente esa muestra que motivó, junto con el Embajador Enrique Ojeda, este recuerdo a Pedro Bermejo pues es un buen ejemplo de la permanencia de su obra en beneficio de este centro cultural y - a través de él- de la cultura en Chile.

Por ello, quisimos, al conmemorarse el primer año de su fallecimiento, develar una placa que lo recuerde, en este mismo salón que fuera testigo de sus enseñanzas y aportes.

Sin embargo, hay otro aspecto de su respaldo, que no puedo dejar de mencionar. El escenario era completamente diferente: el Palacio de Viana, de Madrid y la fecha, más cercana: el 24 de abril de 2009.

Entonces, me correspondió recibir de manos de su majestad la Reina Sofía, el premio internacional de conservación y restauración del patrimonio cultural que lleva su nombre. 

Ante tan ilustre concurrencia, que incluía además de dos ministras españolas, a la ministra chilena Paulina Urrutia, debí pronunciar un discurso de agradecimiento. Quienes han estado en situaciones similares saben que una de las tareas más complejas es fijar la vista en algún punto que dé seguridad. En mi caso, aquel elemento salvador fue, advertir en la sala, la presencia de Pedro y su esposa.

Esa gentileza de Pedro y Jennifer me quedó grabada. Y, para que el tiempo no la borre, la declaro como una de las poderosas razones para celebrar hoy su memoria en tan honrosa compañía.

18 marzo 2019

El ESTADO, EL MERCADO Y LOS PÚBLICOS


En columna de opinión publicada el 17 de marzo, en El Mercurio, el economista Sergio Urzúa cita "El tercer pilar", el más reciente libro de Raghuram Rajan, profesor de Chicago y ex gobernador del Banco Central de la India, que, en esencia, plantea que "los problemas actuales de las democracias liberales nacen del desbalance de los tres pilares que las sustentan: mercado, Estado y comunidad. Mientras los dos primeros ampliaron sus ámbitos de acción, reduciendo la pobreza, generando empleos, promoviendo movilidad social, el tercero, ese grupo social que reside físicamente en un sitio específico, que comparte una cultura y define nuestra identidad, la comunidad, se quedó atrás".


Las consecuencias del desacople -para Rajan- son múltiples. Por de pronto, la evidencia indica que la felicidad depende de cuán sólido sea nuestro círculo más cercano. Las redes sociales nos conectan, pero no generan humanidad ni amistad. Así, el paradójico malestar frente al progreso podría anclarse en la disfuncionalidad de nuestro entorno.

La situación, agrega Rajan, es caldo de cultivo para el populismo, que brota con fuerza tanto en la izquierda como en la derecha radicales. La primera culpa al mercado y propone erradicarlo. La segunda, al Estado e impulsa el nacionalismo. Ambos extremos se equivocan. Las personas desean mercados que operen con reglas claras y competencia justa, que activen la economía local. Demandan, además, un Estado moderno y responsable, que cubra riesgos y extienda nuevos puentes para progresar.


Si aplicamos este concepto a la cultura -que tambien debe temer de los populismos y autoritarismos de uno u otro sector- podríamos encontrar que ésta ha quedado recientemente, en nuestro país, a merced del Estado y, en menor grado, del mercado. La creación de un Ministerio -deseado por muchos como respuesta a los problemas de financiamiento- hasta ahora, no ha resultado tal. Por el contrario, desde el poder central han aparecido preocupantes señales que intentan reducir los aportes públicos a instituciones colaboradoras, evitados en un primer momento pero no aplacados del todo. De hecho, al eliminar el recorte de un 30% del aporte fiscal, se ha conservado la obligación de que algunas de esas entidades contribuyan a su financiamiento al menos con un 10% de su presupuesto; junto a un peligroso retraso en la firma de los respectivos convenios anuales que obliga a adquirir préstamos para cubrir los inevitables gastos del primer trimestre del año.

En la práctica se está modificando, por secretaría, mecanismos habituales de financiamiento de instituciones. Abriendo una puerta para que -eso dice la señal- el mercado haga su parte.

Se desatiende así el concepto de comunidad, que en estos términos, podría asimilarse al de públicos o audiencias.

Es decir, se está desaprovechando la oportunidad histórica, que la existencia del Ministerio obliga, de dar un vuelco al sistema de financiamiento público de la cultura. 

Recordemos que éste se construyó paso a paso y según las condiciones históricas. Primero - en 1929- se decidió que el Estado y solo el estado financia la custodia y defensa del patrimonio, con resultados lamentables que -dictadura y pobreza mediantes-  tienen a ese sector muy desmejorado.

Las artes se financiaban a través de la Universidad de Chile, tambien con dinero público, hasta que en los 90 se establecieron financiamientos mixtos, vía fondos concursables y ley de donaciones.

Como es obvio que las instituciones no pueden ser financiadas por concursos anuales, se fueron creando diferentes glosas presupuestarias para organizaciones culturales, en la medida de lo posible. Así se creó primero el CCEM completamente autofinanciado, a inicios de la democracia recuperada; luego, cada mandatario fue incorporando a glosas sus respectivas creaciones como el MIM, en el caso de Frei Ruiz Tagle; la FOJI, Artesanías de Chile, CCPLM, BAJ, Matucana 100, en el caso de Lagos; GAM, Museo Violeta Parra, en el caso de Bachelet.

A estos se agregaron algunas instituciones, según su capacidad de influencia, tan disímiles como el Museo Pre Colombino o Teatro a mil. Que se sumaron a financiamientos históricos como el Teatro Municipal de Santiago, la SECH y la APECH.

Como resultado de esto, y de cara a la creación del Ministerio, tenemos la oportunidad -y la obligación- de ordenar los diferentes tipos de financiamiento público, preservando espacios para las fuentes mixtas, indispensables para no tener una cultura vulnerable Estado-dependiente.

Desde luego, deben ser  muy diferentes los financiamientos públicos a las personas -creadores, gestores, artesanos, becas- que a las instituciones sin fines de lucro.

Para las personas, el mejor sistema ha sido y seguirá siendo, con perfeccionamientos menores, los fondos concursables anuales.

Para las instituciones, debe crearse un fondo plurianual, que financie a los museos, los centros culturales, los espacios culturales en general, sometidos a una evaluación basada en la calidad de su gestión y su capacidad de obtener recursos complementarios, vinculada a las condiciones objetivas de su misión. Y con la posibilidad que las personas hagan aportes directos a la institución de sus amores.

El financiamiento destinados a elencos estables debe tener tambien sus propias reglas, considerando la estabilidad laboral que merecen sus integrantes. Ello implica que, en el caso de instituciones que administren espacios y elencos, a la vez, debe crearse un sistema de evaluación particular que evite que se obtenga recursos para un aspecto y no el otro. En todo caso, la tendencia debe ser a que todo elenco debiera tener itinerancias en infraestructuras que reciben financiamiento público.

El único elemento que no se puede desatender es que en todo financiamiento público -salvo justificadas excepciones- debe dejarse espacios para la intervención de financiamientos privados y de lo que Rajan llama la comunidad.

Solo este tipo de aportes mixtos de Estado, mercado y audiencias, asegura lo más relevante para la cultura: la libertad para crear y divulgar las artes, sin tener una dependencia exclusiva de un sector.

La forma de asegurarlo es la existencia de instancias colectivas, de participación ciudadana, tanto en más alto nivel del Ministerio como en cada una de las instituciones sin fines de lucro que recibirán los aportes.

Es el momento de avanzar hacia ello. 

04 marzo 2019

EL LARGO PROCESO DE INSTALACIÓN DEL MINISTERIO



El primero de marzo de 2019 se cumplió un año desde la creación legal del Ministerio de las Culturas. Parece no existir dos opiniones respecto de que su instalación ha sido larga y no se ha completado y que, en adelante, le corresponde recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales y desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. El diario El Mercurio se ocupó de recordar la fecha y consultar opiniones al respecto. A continuación, sus preguntas y mis respuestas, publicadas ese mismo 1 de marzo.


¿Cómo cree usted que ha sido el proceso de instalación del Ministerio?

Como resultado de un proceso de largos años y varios mandatos, la instalación ha sido compleja. Primero, porque coincidió con un cambio de gobierno; segundo porque no fueron previstos todos los detalles, y tercero porque, entre los aspectos hasta ahora no considerados, está mantener la participación de la sociedad civil. Elemento clave en el futuro pues fue la gran fortaleza y rasgo diferenciador del CNCA. 
 

¿Como evalúa este primer año de Ministerio?

Fue un primer año tormentoso, con tres ministros y la necesidad de instalar, con gran rapidez, nuevas instituciones que sucedieran a las que, hace exactamente un año, dejaron de existir. Ello implicó creación de nuevos cargos, los concursos correspondientes y el cumplimiento de normas administrativas que no siempre pudieron aplicarse a cabalidad. En ese sentido, hay que reconocer un gran trabajo de las subsecretarías y el logro de algunas metas como la nueva forma de asignar los premios nacionales o la normativa para eliminación del IVA a espectáculos, que pasó de Educación a Culturas. 

No fue positiva la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertirla.

Como es predecible, los programas ofrecidos son básicamente los mismos, y se fueron profundizando a partir de la asunción de la ministra Consuelo Valdés, que ha despertado mucha confianza en el mundo cultural. 


¿Cuál debe ser el foco del Ministerio este 2019? ¿En qué cosas se debe poner énfasis?

El foco debe estar puesto en dos temas: primero, recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales. Y segundo, desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. Hay una gran oportunidad para dejar establecidos -con participación de todos los involucrados- mecanismos permanentes, plurianuales y generosos en materia de financiamiento, junto con definiciones respecto de los necesarios aportes de la sociedad civil en este campo y el acotamiento del peligroso concepto de la gratuidad.

Los énfasis, están dados, ya que provienen de administraciones anteriores: la terminación de la gran sala del centro cultural Gabriela Mistral y el nuevo guión del Museo Histórico Nacional, que deberá ocupar a plenitud su nuevo espacio, resolviendo el riesgoso tema de un museo de la democracia.

11 enero 2019

DUDAS Y OPTIMISMOS PARA UN NUEVO AÑO




Adriana Valdés asume Presidencia del Instituto de Chile


Concierto por la Hermandad reunió a más de 5 mil personas


Es compartido que el año 2018 no fue bueno para la cultura. Sin embargo, hay indicios de que el 2019 podría ser mejor. Lo acontecido al despuntar el nuevo año en el CCEM y en el Instituto de Chile, son síntomas de aquello. Veamos.


El año pasado, el mundo de la cultura sufrió tres impactos negativos fuertes.


El primero fue la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertir tal amenaza. Desde luego, ellas contaron con la solidaridad activa, del resto de las instituciones que tienen, en sus directorios, presencia de la sociedad civil.


El segundo fue la rotativa ministerial, que impidió apreciar con claridad avances en el sector, más si uno de ellos significó una amenaza cierta a la cultura del país, debido a declaraciones negacionistas de aspectos tan cruciales como las violaciones a los derechos humanos.


El tercero es la tardanza en la instalación del nuevo ministerio y sus entidades participativas. Ello ha llevado a advertir un retroceso en la participación que ya era una conquista del sector y denuncias públicas de decisiones arbitrarias, especialmente en el sector patrimonial. Sin descartar la inexistencia del Consejo Nacional que dejó sin instancias de reclamación superior a los fondos concursables y sin poder designar jurados en los Premios Nacionales.


Estas tres situaciones demostraron, felizmente, la musculatura que ostenta el mundo cultural, gracias a la participación y el lugar que ha adquirido en forma sostenida desde el regreso a la democracia y que hoy está al tanto a lo que sucede en su sector y reacciona con unidad, prontitud y con una opinión clara y fundada.


En el Centro Cultural Estación Mapocho, su comienzo de año no pudo ser más auspicioso. Una convocatoria inicial de Alejandra Urrutia, la primera mujer chilena directora de orquesta, fue sumando apoyos desde la sociedad civil para desarrollar un gran concierto por la Hermandad, centrado en la participación -en escena y en el público- de centenares de inmigrantes. Más de cinco mil asistentes, ciento veinte músicos, cuatro solistas, un coro de 203 voces provenientes de Alemania, Argentina, Colombia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Escocia, España y Venezuela, dieron fe de la relevancia de ese tema. La Novena Sinfonía de Beethoven, en ese contexto, se escuchó particularmente bien.


Al día siguiente, en "una pequeña calle del centro de Santiago" en "estos tiempos de asombro", como se señaló en los sólidos discursos de la ocasión, por primera vez en 133 años de existencia una académica mujer asumió la dirección de la Academia Chilena de la Lengua. Coincidentemente, a Adriana Valdés le correspondió iniciar un trienio de presidencia del Instituto de Chile, que es encabezada rotatoriamente por cada una de las seis academias, tres de las cuales son actualmente dirigidas por mujeres, entre ellas, la de Bellas Artes, que encabeza Silvia Westermann.


Detalle no menor si se considera que el Instituto tiene un puesto fijo en cada uno de los jurados de los Premios Nacionales, que debieran fallarse el próximo mes de agosto, es de esperar con la dotación completa de sus jurados en las disciplinas artísticas, lo que lamentablemente en 2018 no aconteció, a pesar que la ley del nuevo ministerio así lo señala.


Estimula el optimismo ante el próximo año, la creciente confianza del mundo cultural en la actual ministra, Consuelo Valdés, y una tendencia a ir superando los atrasos en la conformación de la institucionalidad, en especial con la lenta constitución de los Consejos regionales que la misma ley considera.


Debiera esperarse que, el 2019, se realice un amplio debate sobre las formas y compromisos de financiamiento cultural por parte del sector público, que quedó pendiente el año que termina y que reviste la mayor importancia pues quedaron en el aire ciertos conceptos del sector hacienda, más que discutibles.

Así también deberíamos esperar la profundización de la participación en la institucionalidad en todo el país, junto con ejemplarizadoras sanciones a los traficantes de bienes patrimoniales que en 2018 comenzaron a ser denunciados y juzgados.

Y la extensión del "tupido velo" que parece estar descendiendo sobre la poco feliz iniciativa de un museo de la democracia.

11 diciembre 2018

BALANCE CULTURAL 2018 Y LA DEMOCRACIA

Sin dudas, el balance del año que termina, en cultura, apunta hacia Brasil. No solo por el feroz incendio de su Museo Nacional ubicado en Río de Janeiro. sino por la preocupante noticia que el ministerio de Cultura pasará a formar parte del nuevo ministerio de Ciudadanía, que integrará las actuales carteras de Desarrollo Social, Deporte, Cultura y parte de la de Trabajo. Mas allá de esta readecuación, la elección de Jair Bolsonaro resucita el fantasma del autoritarismo sobre la nación más grande de nuestro subcontinente.


En una reciente reunión, en la que analizamos un texto para homenajear al embajador español ante el primer gobierno post dictadura en Chile, el poeta Jaime Quezada recordó que Gabriela Mistral escribía Democracia con mayúscula, como una forma de resaltar la relevancia del concepto. Oportuno recordatorio pues lo que se reconocía en el embajador Pedro Bermejo, era su rol en la llegada a nuestro país una muestra de homenaje de la Democracia española -de pujantes 25 años- a la Democracia chilena, recién conquistada. La muestra contenía la totalidad de las publicaciones hechas en España entre la caída de la dictadura y 1993. Titulada Letras de España, se llevó a cabo en el -entonces en remodelación- Centro Cultural Estación Mapocho,  símbolo de la conquista democrática chilena.


Han pasado otros 25 años y la Democracia parece haberse convertido en rutina en nuestro país. En cultura, se la había incorporado institucionalmente hasta el mayor nivel de participación, creándose un Consejo nacional con un directorio variopinto y no modificable por la autoridad. Salvo que ésta, por la vía legal, creara una instancia superior, que lo incorporara. Ocurrió, con la creación del ministerio de las Culturas, las artes y el patrimonio, que comenzó a existir el 1 de marzo de 2018, misma fecha en que se disolvió tal directorio, sin que hasta ahora se haya instalado su continuidad, el Consejo nacional de las culturas... más amplio y variopinto aún, pero aún inexistente. De modo que, por primera vez desde 2003, hemos tenido un año cultural con autoridad unipersonal, sin instancia participativa que lo acompañe. Quizás esa situación -no deseada pero tampoco prevista por el legislador- no haya estado ausente en el hecho que en 2018 hayamos tenido cuatro ministras y ministros diferentes, en todo el espectro de la palabra diferentes.

La salida del primero, Ernesto Ottone, que gobernó 12 días, era inevitable, por el cambio de gobierno. La segunda, Alejandra Pérez, duró cinco meses y tal vez su estancia se hubiese prolongado, de contar con la asesoría (eso es el nuevo Consejo, asesor) de un consejo capaz de representar la complejidad y diversidad del sector. El tercero, Mauricio Rojas, duró cuatro días y permitió comprobar que uno de los aspectos de la Democracia, la participación, estaba intacto en el mundo de la cultura, pues se produjo una gigantesca manifestación de rechazo, ante declaraciones negacionistas de las violaciones de los derechos humanos, efectuadas por el designado con anterioridad. 

La cuarta ministra, Consuelo Valdés, conocedora de las instancias participativas de la cultura, se ha preocupado de hacer llegar a La Moneda, los nombres que las diversas organizaciones le han presentado como posibles integrantes del Consejo. Sin embargo, ha debido enfrentar, en el intertanto,  flagrantes muestras de irrespeto a la Democracia. 

Qué son sino eso las esculturas y otras valiosas piezas artísticas "privatizadas" en una propiedad de Raúl Schüler, que debieran estar en lugares públicos, para el disfrute de todos. 

Qué es sino eso el intento -felizmente frustrado, a causa de una fuerte participación ciudadana y parlamentaria-  de recortar un 30% de su presupuesto a instituciones de diversos objetivos, pero con un denominador común: ser fundaciones o corporaciones sin fines de lucro, con misión pública y directorios diversos y representativos del mundo cultural al que sirven. Un atentado desde la autoridad de hacienda, sin evaluación ni consulta que considerara la valoración que dichos directorios hacen de las instituciones amenazadas.

No habría sido necesario un esfuerzo tan amplio si estuviese activo el Consejo nacional mencionado, que debiera ser garante de que en los años que vienen no se repetirá un desatino como el mencionado recorte.

Infelizmente, nada asegura que, desde la lógica de ciertos economistas, el criterio de recortar a privados (omitiendo que son  corporaciones de servicio público, sin fines de lucro y creados por el Estado) vuelva a renacer en la próxima discusión presupuestaria, Evitarlo, será una de las misiones de la Ministra Valdés, junto con aumentar recursos a los servicios patrimoniales.


Por su parte, los museos públicos padecen demora en designaciones en su dirección máxima de los museos Histórico -anunciada recién el 11 de diciembre- y de Bellas Artes, donde la tardanza ha permitido aflorar propuestas de creación, en ellos, de instancias participativas, que consideren a beneficiarios, trabajadores y pares.

Tales instancias forman parte de las promesas deslizadas durante el debate legislativo del actual ministerio y se han reiterado por parte del subsecretario del Patrimonio, Emilio De la Cerda, enfrascado en la preparación de la nueva ley de Patrimonio, que debiera ser enviada pronto al Parlamento.


No sería justo terminar este balance sin enumerar los logros de estos diez meses en la subsecretaría de Arte y cultura, que dirige Juan Carlos Silva: instalación en cultura de los Premios nacionales destinados a las artes; traslado de la eliminación del IVA a espectáculos desde Educación a Culturas;  inicio del pago de dietas a los consejeros sectoriales, que contempla la Ley; aumento en porcentaje de las postulaciones a los Fondos concursables; instalación del ministerio en la nueva región de Ñuble y ocupar el primer lugar en información publicada, entre los servicios públicos del país.


Debiera entonces esperarse que el año que viene será el del término de la implementación del ministerio con las instancias de participación respectivas, para que la Democracia pueda volver a escribirse con mayúscula mistraliana. 

19 noviembre 2018

INAUGURANDO PICASSO, HOMENAJE A PEDRO BERMEJO


La celebración de Museos de Medianoche, el 16 de noviembre de 2018, tuvo un especial realce. No solo por su masividad, sino por que la ocasión fue aprovechada para presentar nuevas iniciativas en muchos espacios culturales de todo el país. El Centro Cultural Estación Mapocho inauguró tres exhibiciones simultáneas de artes plásticas, enmarcadas en otras actividades de habitual ocurrencia como una Expo yoga y una obra de teatro. A continuación, las palabras en la ceremonia inaugural, que contó con la presencia del Embajador de España, Enrique Ojeda Vila y su esposa.


Señor Embajador, señora directora de Balmaceda Artejoven,

Nos reúne hoy un enjambre de motivos.

Por una parte, una vez más, nos integramos –cada vez con mayor entusiasmo- a Museos de medianoche.

Por otra, inauguramos dos exposiciones del aquellas seleccionados año a año para ocupar las salas de artes visuales del Centro Cultural Estación Mapocho como son Anonimata, de Paula García, en la sala Lily Garafulic, y Prótesis, de Erick Faúndez y Javier Pino, en la Galería Bicentenario. Ambos proyectos fotográficos, escogidos de entre la gran convocatoria a artistas emergentes con proyectos autorales, que realizamos los meses de agosto de cada año.

También, celebramos una muestra de excepción, que hemos organizado con nuestros vecinos de Balmaceda Artejoven: Los 42 dibujos preparatorios de Pablo Picasso para Guernica. Que son, sin duda y sin exagerar, un hallazgo. Me explico.

Hace 25 años, El País de España, en su edición del 18 de marzo de 1993, bajo la rúbrica de su corresponsal Manuel Délano, decía así:

El ministro de Cultura inaugura en Chile la exposición de libros "Letras de España"

"Los ministros de Cultura de España y de Educación de Chile, Jordi Solé Tura y Jorge Arrate, respectivamente, y el alcalde de Santiago, Jaime Ravinet, inauguraron ayer la exposición Letras de España, con cerca de 9.000 títulos representativos de la literatura española de los últimos 15 años. La muestra constituye la mayor embajada cultural enviada por algún país a Chile desde el comienzo de la democracia, en 1990.Destacó Solé Tura en su intervención inaugural, que los libros de Letras de España reflejan la creación de 15 años de democracia. "Son el resultado de la libertad conquistada" y afirmó que reúnen todas las tendencias y estilos. El ministro Arrate definió la muestra como "el encuentro de dos libertades: aquí hoy [ayer] se encuentra la libertad de España y la libertad de Chile".

La exposición, ubicada en la Estación Mapocho, el principal centro cultural de Santiago, dio inicio a una intensa actividad en la capital y en provincias, que se prolongará hasta el 31 de marzo. Veintidós escritores españoles comenzaron ayer ciclos de charlas, mesas redondas y encuentros con el público chileno, mientras un cine exhibe un ciclo de siete filmes españoles y en el Teatro Municipal de Santiago se presenta la bailarina Cristina Hoyos, y se efectúa un taller de teatro.

Con financiación española, el Centro Cultural Estación Mapocho fue ampliado y remodelado por dos arquitectos españoles para dar cabida a la exposición. El Gobierno español ha donado los 8 000 títulos al Ministerio de Educación chileno".


Tengo en mi mano el contundente catálogo de dicha muestra y leo en la página 344:

Guernica de Picasso M179

La letra M, hace alusión a los libros de Arte.

Junto a las casi nueve mil obras que componían la muestra gráfica, esta carpeta con su valioso contenido, fue a parar al edificio lateral, de calle Balmaceda 1215, formando parte de la biblioteca que recibió el Ministerio de Educación chileno y luego dio en comodato al Municipio de Santiago, que tenía una sede juvenil en dicho edifico donde a poco andar llegaría el centro cultural Balmaceda 1215, hoy Balmaceda Artejoven.

La diligencia de sus trabajadores implicó que se descubriera la potencialidad de la obra y se la pusiera en valor, e iniciara un periplo por diversas partes, para culminar hoy, 25 años después, el regreso a la casa que lo vio arribar a Chile.

Embajador Pedro Bermejo Marín (1930-2018)
Junto con reiterar nuestra gratitud a España, ya expresada en su momento, quiero homenajear a un español que fue determinante en que Letras de España llegara a esta lejana capitanía y también a que exista este centro cultural que entonces y ahora, la acoge.

Me refiero al Embajador Pedro Bermejo Marín, (extremeño) que permaneció en nuestro país entre 1990 y 1994. Lamentablemente fallecido hace pocos meses, en marzo, a la edad de 88 años.

Pedro fue integrante del primer Directorio de la Corporación cultural de la estación Mapocho, junto a los ministros Ricardo Lagos y Luis Alvarado, el alcalde Jaime Ravinet y el jefe de gabinete del presidente Aylwin, Carlos Bascuñán. Su entusiasmo desbordante por el proyecto, lo llevó a permanecer en el grupo aún más allá de lo que el mismo consideraba aconsejable y a acompañarnos en Madrid, junto a su esposa Jennifer, en 2009, cuando la reina Sofía nos hizo entrega del premio de patrimonio cultural que lleva su nombre.

Por cierto, fue quién primero nos trajo de buena nueva de Letras de España y nos orientó y por el amplio despliegue español que movió las cuerdas de esta memorable exposición.

Señor Embajador, por ello quiero anunciar que pronto destinaremos una placa en memoria de Pedro, en la misma sala donde aún se reúne nuestro directorio, por cierto alrededor de una gigantesca mesa redonda que formó parte de los lugares de lectura de esas Letras que no cesan de acompañarnos.

31 octubre 2018

¿NUEVO PARADIGMA DE FINANCIAMIENTO CULTURAL?



El recorte del Presupuesto 2019 a centros culturales y museos, que tienen en común el ser privados sin fines de lucro, ha inaugurado un provechoso debate sobre los equilibrios dentro del sector, partiendo del supuesto que debieran emparejarse los recursos públicos destinados al patrimonio, con aquellos destinados quienes hasta ahora los recibían por la vía del CNCA. Equivocado supuesto pues, entre los afectados, también hay museos que prestan un destacado servicio público. Por tanto, lo que está realmente en juego es cómo aumentar los recursos a aquellos organismos que anteriormente dependían de la DIBAM y del CMN.


Durante la existencia del CNCA, se constató que tales entidades tenían severos reparos a incorporarse a la nueva institucionalidad, a desarrollar una gestión eficiente -hubo notorios robos de especies patrimoniales- y a recibir aportes privados, vía fundaciones de amigos. De hecho, algunos intentos al respecto de la ex directora de DIBAM, Clara Budnik, fueron más tarde desechados. El subsecretario del Patrimonio, Emilio de la Cerda, reconoce, en El Mercurio del 29 de octubre, que tales entidades están precarizadas. Es cierto, pero ello no se debe a la institucionalidad cultural, sino al ministerio de Educación, de quién dependían.



La creación del ministerio de las Culturas debería tender a equilibrar ambos sectores, pero ello no puede aplicarse de manera automática pues se llega al sinsentido de querer financiar museos nacionales a costa de otros museos, como es el caso del Precolombino o el Violeta Parra. Así se pone por delante la condición jurídica de su gestión -corporaciones privadas sin fines de lucro- por sobre su misión principal: ser museos.



¿Será que los museos nacionales tienen carencias de gestión debido a la existencia de centros culturales, como Matucana 100, o debido a su propia actividad?



¿Será que los museos regionales han visto opacada su labor por la existencia de sedes locales de Balmaceda arte joven, del teatro regional del Biobío, o de las giras de compañías organizadas por Teatro a mil?



Sería absurdo pensarlo, por tanto, no se trata sólo de otorgar más -necesarios- recursos sino de evaluar aquellos a quienes se incrementan recursos de todos los chilenos, como también a quienes se les restaría.



Eso es una política cultural coherente con lo legislado hasta ahora.



Como ocurrió con momentos de participación acontecidos hasta la fecha, convocados por el parlamento; el gobierno, o auto citados por el propio mundo cultural, ha llegado el tiempo de una gran conversación que, junto con celebrar el esperado matrimonio entre artes y patrimonio, se fijen las reglas de convivencia futura y se exponga, conjuntamente, al gobierno cuántos y cuáles serán las prioridades del imprescindible financiamiento público a la cultura y el patrimonio.



Sin dejar de lado el principio base unánimemente aceptado, en varias legislaciones, que un país como Chile -con tantas prioridades y necesidades- ha optado, en cultura, por un financiamiento mixto que considera aportes públicos y privados; de empresas e individuos que contribuyen, con el pago de su entrada, a los espacios culturales existentes: teatros, museos, centros culturales.



El teórico brasileño Teixeira Coelho señala que "estamos es una época donde la política cultural se hace con la sociedad civil o no se hace. La gente está harta de la intervención del Estado, del dirigismo y las decisiones que se toman en forma vertical. ¿Y cuál es la responsabilidad del Estado en materia cultural? Tiene que preparar la situación para que la cultura se haga, pero no tiene la obligación de decir qué es lo que se va a hacer. Es decir, no puede intervenir en los contenidos culturales. Ya se acabó el tiempo en que el Estado decía ‘hay que hacer cultura popular o nacional’. Ahora tiene que preocuparse de la infraestructura para que la cultura se desarrolle”.



Infraestructura, gestión, fondos públicos concursables y audiencias culturales son claves que sustentan el camino que Chile ha escogido para su desarrollo cultural. Se trata de un modelo con una especificidad y énfasis propios de una sociedad pequeña que ha mostrado una dignidad política que ha traído confianza y transparencia a sus instituciones.



La realidad económica nos ha impedido abrazar un modelo de fuerte participación pública en el financiamiento cultural. Y nos ha llevado a mirar con interés hacia un modelo como el australiano -que ha citado el diputado Luciano Cruz Coke en columna reciente en El Mercurio-, que ha adaptado el modelo de estado Patrocinador a la realidad del sur del mundo, con fondos concursables asignados por pares y también con aportes, con años de permanencia, a instituciones calificadas y evaluadas después de un número de años.



Mientras llegamos a ello, en Chile hemos alcanzado un equilibrio que por una parte ha desplegado una importante capacidad de gestión cultural tanto en el sector público como en el privado y hemos podido construir una institucionalidad acompañada por sólidas corporaciones y fundaciones que complementan la acción estatal en arte, cultura y patrimonio.



Falta incorporar a las instancias del patrimonio hasta ahora no consideradas, preservando para todos los chilenos, la propiedad de los bienes patrimoniales, sin posibilidad de modificarla. De allí la creación de un ministerio.



¿Se trata de tener museos gratuitos o de tener buenos museos? Se trata de museos con apoyos permanentes que desarrollen políticas de gestión tales que les permitan discriminar entre quienes pueden pagar por su uso y quienes necesariamente deberán disfrutarlos sin costo.



Estamos en un mundo global y debemos aprovecharlo. No hay recetas estáticas. Una de las ventajas de trabajar en cultura es la capacidad de creación. No la perdamos nunca en vistas a nuestro desarrollo cultural. Pero tampoco lo lograremos con pura creatividad; son necesarios reflexión, estudios, investigación, debates.



Y también más recursos públicos. Obtenidos y distribuidos racionalmente, sin desmerecer a unos para beneficiar a otros. Solo siguiendo el modelo de financiamiento mixto que, hasta ahora, ha tenido buenos resultados.

20 octubre 2018

PRESUPUESTO CULTURAL: LA HORA DEL PARLAMENTO



La historia de la institucionalidad cultural que nos rige, desde el modesto departamento de Extensión Cultural en el Ministerio de Educación, en 1990, hasta el actual ministerio -pasando por la División de Cultura, en el mismo Mineduc y el Consejo Nacional de las Culturas y las Artes-, tiene momentos de gran relevancia del parlamento, y otros en que éste ha sido más bien prescindente o sosegado ante el Ejecutivo. Estamos llegando a un punto que esa actitud será puesta a prueba: la discusión del presupuesto 2019, que contempla una rebaja sustancial a instituciones hasta que hasta ahora forman parte de las políticas culturales vigentes y que, por cierto, encontraron, en su minuto, la bendición del congreso. Veremos si este poder del Estado, responde a la altura de las circunstancias.


Cuando asumieron el presidente Aylwin y el ministro Lagos, en Educación, como principal autoridad cultural del gobierno, el panorama con que se encontró la primera directora de Extensión cultural de la democracia, la escritora Ágata Gligo, era desolador. Un conjunto de funcionarios dejados por la dictadura, en un nivel de cuarta o quinta relevancia de un ministerio, cuya principal ocupación era muy otra, y tres elencos estables: la orquesta de cámara, el teatro itinerante y el ballet folklórico nacional, que hacía poco había sufrido una escisión que dio nacimiento al BAFOCHI.

Lo primero para Ágata, fue recibir a centenares de creadores que deseaban, con toda justicia, retomar el papel que tenían antes de la dictadura. Una esclarecida carta de Luis Maira en El Mercurio, ayudaba a explicar que si bien el estado manejaba algo así como un 75% de la economía durante Allende, la realidad de ese momento era que, en 1990, esa influencia no supera el 25% de la economía. Por tanto, la torta, era más pequeña y con más comensales, y debería distribuirse por un procedimiento más justo: los fondos concursables. En ese contexto, vino una mano indispensable desde el Parlamento: la Ley de donaciones culturales, que permitiría incorporar fondos privados al desarrollo cultural, por la vía de aplicar un descuento tributario del 50% a quienes donaran a la cultura. La iniciativa fue del senador Gabriel Valdés y en un artículo de la ley de presupuestos de 1991, quedó establecida la norma.

Paralelamente, el gobierno solicitaba y obtenía, la aprobación de la Ley de fomento del libro y la lectura, que, vía Consejo nacional del libro, pondría en el circuito cultural la totalidad del dinero que el fisco obtenía por el impuesto al valor agregado al libro. Iniciativa que permitió descubrir que el principal comprador de libros del país era... el ministerio de Educación. Otro apoyo parlamentario, senadores designados incluidos, fue la aprobación, vía Tesoro público, del equivalente a diez millones de dólares para financiar la remodelación de la estación Mapocho y su reconversión en centro cultural.

En ese mismo gobierno, se "subió de pelo" al departamento existente y se lo convirtió en División de Cultura, lo que permitió escalar a un tercer nivel de relevancia en el ministerio e incrementar sus recursos, en especial para los fondos concursables, que iniciaron entonces una carrera de crecimiento anual, que hasta hora no se detiene.

Con el cambio de gobierno a Frei Ruiz Tagle, la cultura tuvo tres hitos: la creación del MIM, un  museo interactivo que ha abierto a millones de jóvenes y niños el conocimiento de la ciencia y la tecnología, financiado vía ministerio de Educación, contra cantidades de escolares visitantes y dependiente del escritorio de la Primera dama. 

El segundo hito fue la Expo cumbre de las Américas, en la flamante Estación Mapocho, que reunió manifestaciones artísticas, patrimoniales y gastronómicas de todos los países de las Américas que celebraban su segunda cumbre, la primera fuera de Estados Unidos. Voladores de Papantla, en plena plaza Venezuela, frente al Mercado central; el señor de Sipán o el pianista de jazz Herbie Hancock, dejaron huella de la riqueza cultural de las naciones del continente entre los centenares de miles de personas que la visitaron en horarios franjeados y que se cruzaban habitualmente con los presidentes que asistían, cuando las sesiones de la cumbre se los permitía, para constatar la muestra que ellos mismos habían seleccionado.

El tercero, fue un glorioso fin de fiesta: la abrumadora presencia chilena en la FIL de Guadalajara de 1999, que ocupó, además de un enorme stand atendido por Pro Chile con toda la producción editorial chilena junto a la gran mayoría sus escritores, la totalidad de los escenarios, foros y museos de la ciudad poniendo al alcance del visitante presentaciones de Los tres; Inti Illimani; Los jaivas; IIIapu; el Cuarteto de guitarras de Santiago; Sol y lluvia; el solista romántico Douglas, y el teatro La troppa.

Mientras, el parlamento, a través de un grupo de ocho diputados, organizaba en su propia sede de Valparaíso un Encuentro de políticas públicas y legislación cultural, que reunió varios centenares de gestores, artistas y patrimonialistas de todo el territorio, que escogieron que la institucionalidad que se requería para el futuro era un consejo de la cultura, dejando atrás propuestas de subsecretaría o ministerio. Tal fue la fuerza de ese encuentro que el gobierno de Frei creó una Comisión asesora presidencial en cultura que estudiara y presentara tanto un proyecto de Consejo como una reforma a la Ley de donaciones. A ese empeño fueron convocados el senador Gabriel Valdés, los diputados José Antonio Viera Gallo, Luis Valentín Ferrada, Ignacio Walker y María Antonieta Saa,  junto a tres empresarios, cinco artistas y dos gestores culturales. Su informe final, Chile está en deuda con la cultura, redactado por el escritor Carlos Cerda, fue la base para el proyecto de ley que, en el siguiente gobierno, redactaría Agustín Squella, asesor presidencial del presidente Lagos.

El parlamento recibió con interés esta iniciativa, de la que varios de sus integrantes habían formado parte. Incluso, se hizo habitual que, cuando su tramitación sufría inconvenientes, los artistas, encabezados por Paulina Urrutia, convocaban a sendas manifestaciones en el ex teatro Velarde de Valparaíso que, no casualmente, mira atentamente al edificio del congreso. Incluso, varios entusiastas del proyecto, fueron testigos, desde las tribunas -ocupadas por artistas, alcaldes, poetas y obispos-  del encendido debate entre dos ciudades que disputaban la corona de ser sede del nuevo Consejo y por tanto, capital cultural de Chile: Valparaíso y Chillán.

De ese modo, se llegó a enero 2004, fecha en que se constituyó el Consejo nacional aprobado, con un par de miembros que debían tener la venia del Senado, al que se le sumaron, también con acuerdo parlamentario, los consejos sectoriales de la música y del audiovisual.

Lo que siguió -desde el punto de vista del financiamiento- fueron presupuestos en los que se incrementaron los fondos concursables, se desarrollaron, con recursos centrales y regionales, proyectos de infraestructura que sembraron el país de centros culturales. A excepción de un episodio que debió marcar una alerta, al inicio del primer gobierno de Sebastián Piñera, en el que se la redujo en 50% los fondos a Balmaceda arte joven y Matucana 100. 

El siguiente llamado gubernamental al parlamento, fue al inicio de la discusión del ministerio, a finales del mismo gobierno. Entonces, los presidentes del CNCA, Luciano Cruz Coke y luego Roberto Ampuero, asistieron a sendas sesiones participativas organizadas por los diputados a escuchar al mundo de la cultura. El debate cruzó hacia el siguiente mandato -Michelle Bachelet 2- y devino en la búsqueda de cómo cerrar el círculo de poner a dos servicios públicos de similar rango -el CNCA y la DIBAM- bajo un mismo paraguas, a lo que directivos y funcionarios patrimoniales de habían opuesto enfáticamente desde aquella comisión de Frei Ruiz Tagle.

La solución no fue la mejor, sino la posible, y se establecieron, en un nuevo ministerio,  dos subsecretarías con niveles de desarrollo y participación muy disímiles. Una, que acogía a las artes y que tenía su estructura participativa y concursable en funcionamiento, otra que debía constituir todo ese andamiaje  a nivel nacional, desde cero. Es verdad que para eso, se requiere de muchos recursos. Que la ley debe haber considerado.

Pareciera que en este caso, el parlamento no fue lo suficientemente acucioso y nos encontramos con una Ley, auspiciada por un gobierno, que debe ser aplicada por otro, prácticamente sin plazos sensatos: las entidades antiguas dejaron de existir un 28 de febrero de 2018 y el nuevo ministerio debía comenzar a funcionar al día siguiente, el primero de marzo. Esa fue, qué duda cabe, la noche más larga de las nuevas autoridades y los pacientes funcionarios.

Aún padecemos la ausencia de los órganos participativos que establece la Ley, como el Consejo nacional de las culturas, que está en deuda con los jurado de los Premios nacionales 2018; la demora en la selección de las autoridades patrimoniales e iniciativas no pensadas participativamente, como el presupuesto que nos ocupa.

Estaríamos en presencia de un grave retroceso, que delega un aspecto de las politicas culturales en el ministerio de Hacienda, porque debido a la desgraciada circunstancia de haber tenido tres ministras o ministro de culturas en tan pocos meses, tampoco parece verosímil que la actual autoridad, Consuelo Valdés, haya podido, en su breve tiempo en el cargo, ponderar las consecuencias del cuestionado 30% de rebaja a ciertos espacios culturales y patrimoniales.

Por ello, corresponde -nuevamente- apelar al parlamento. Será misión de él reponer en el espíritu de  lo legislado a la fecha -desde el final de la dictadura, hasta 2018- las profundas definiciones que el país -gobierno, parlamentarios y sociedad civil- se ha dado para su desarrollo cultural.

Y en él, organismos culturales privados sin fines de lucro como las corporaciones Balmaceda arte joven; Matucana 100; Regional del Bío Bío; Museo Violeta Parra, o Museo Pre colombino son parte esencial y contribuyente de ese desarrollo.

Por tanto, cualquier eventual recorte debe estar asociado, previamente, a una adecuada evaluación y una complementaria formación de un conjunto de gestores culturales de alta dirección, capaces de asumir tareas en entidades de gobierno y privadas sin fines de lucro.

Es deseable también que este debate que cruza redes sociales y organizaciones gremiales del sector, sea canalizado oportunamente, sin esperar a que eventuales nuevos recortes financieros sean la voz de alarma para retomar la defensa de un  modelo de desarrollo cultural ampliamente aceptado.

En el debate presupuestario, es la hora del parlamento.

04 septiembre 2018

LO QUE EL INCENDIO DE RIO DE JANEIRO NOS DEJÓ

Foto Agence France Press

De las llamas de Valparaíso surgió un alcalde ciudadano, que superó a todas las candidaturas de partidos políticos sumadas. ¿Saldrá de las llamas del Museo de Río de Janeiro la conciencia de que el patrimonio debemos cuidarlo todos?  Debo reconocer que escribo desde la indignación no solo por las pérdidas -que son invaluables e irrecuperables- sino con todos aquellos y aquellas que se conduelen y vuelven -una vez más- a culpar a gobiernos, legisladores y burócratas por no entregar presupuestos suficientes para evitar las tragedias.


Pero si es sabido que los presupuestos culturales -como los rangos de sus institucionalidades- son tan variables como las mareas o el clima. En España, los gobiernos socialistas incluyen Ministerio, los populares, lo rebajan a secretaría. El presidente Macri, en Argentina, está reduciendo el Estado y Cultura está entre los primeros ministerios eliminados...

Chile, acaba de aumentar el rango de un eficaz CNCA a un todavía dudoso Ministerio aún no establecido del todo. ¿Por cuanto tiempo?

Somos un país que presenció, en su principal museo de Bellas Artes, el robo de una escultura de Rodin, sin tomar sanciones ejemplarizadoras. Una desidia contagiosa: el director de un centro cultural de un país de la Comunidad Europea, que había aparecido post terremoto 27/F declarando la destrucción de su infraestructura, al recibir un llamado solidario para ofrecer espacios a sus actividades, respondió que no me preocupara, que solo exageraba para que desde su país le dieran recursos para reparación...

Es que en cultura, artes y patrimonio debemos construir sobre roca, esto es sobre financiamientos mixtos o compartidos por el inexcusable Estado -conforme a los vaivenes políticos nacionales e internacionales-; los aportes filantrópicos privados; las personas, que contribuyen con la compra de entradas, de bienes artísticos como libros, cuadros y fonogramas, y de espacios culturales gestionados por entidades sin fines de lucro que reinvierten sus excedentes en la divulgación cultural.

Así, cuando decrece uno, se enfatiza el otro. No es posible quedarse esperando que la economía permita aumentar presupuestos que, además, deben ser visados por funcionarios y parlamentarios que poco conocen o se interesan en esta área. 

¿O deberemos esperar a que se cumplan míticas metas de gasto en cultura del 1o el 2% del PIB? Cifras fijadas desde organismos internacionales que, a decir de Nestor García Canclini en reciente entrevista con La Nación de Buenos Aires: "o están controladas por élites que no consultan o responden a intereses de sectores económicos y financieros, o existe una gran mediocridad".

Ojalá que -de una vez por todas- nos hagamos cargo de que el Estado no es el único que debe financiar el patrimonio y la cultura. Las necesidades de la sociedad son tan crecientes como el desconocimiento de este sector por parte de autoridades y legisladores.

Debemos desterrar la costumbre de esperar el deterioro ostensible para iniciar reparaciones en nuestros museos, bibliotecas y centros culturales. Mantención debe ser tarea cotidiana, considerada en sus presupuestos y exigible a los gestores de los espacios.

Nunca debemos olvidar que la respuesta a la pregunta ¿Quién paga por la cultura? es determinante para definir qué tipo de desarrollo cultural tenemos.

Si queremos una cultura democrática, todos debemos pagar por ella.