02 noviembre 2016

MIL NOVECIENTOS SESENTA Y SIETE


Hay años que marcan. El 1967 es uno de ellos. Fue el tiempo en que nuestras chilenísimas universidades católicas se adelantaron, en varios meses, al parisino y universalmente conocido "mayo del 68". Ya en junio, el día 15 para ser más preciso, amaneció tomada por sus estudiantes la UCV. Y el 11 de agosto la imitó el movimiento reformista de la UC de Santiago. El mismo conglomerado juvenil que se trenzó en conflicto con el diario El Mercurio y coronó su casa central con el histórico mensaje: “Chileno: El Mercurio miente”. Que hasta hoy perturba al periódico.



Cómo explicarse si no, el sorprendente titular de una entrevista al Ministro de Cultura en el suplemento Artes y Letras del diario, un electoral y caluroso 23 de octubre de 2016, llamando a rebato porque el ministro Presidente del Consejo Nacional de la Cultura estaría segmentando cronológicamente nuestras artes visuales, escogiendo -quién sabe con qué aviesas intenciones- el simbólico año de 1967, de tan disimiles recuerdos para reformistas y anti reformistas de entonces.

La intensa jornada, casualmente marcada por el triunfo de otro dirigente proveniente de un refrescante movimiento estudiantil, también en Valparaíso, amenazaba con el olvido a tan preciso titular.

Pero, no fue así. El vespertino del tradicional matutino, La Segunda, se encargó de agitar las aguas de varios de los líderes de opinión de las artes visuales, que a decir de un conocedor, “encienden con agua”.

Y se elaboraron rápidas teorías, vertiginosas críticas y vergonzosas explicaciones respecto de que el andamiaje de las artes visuales del país se venía abajo a causa de esta arbitraria cirugía ministerial.

No tardaron en subirse al tsunami los defensores de siempre de la DIBAM, derivando del hecho una afrenta al Museo Nacional de Bellas Artes.  Lo que, evidentemente, aconsejaba detener de inmediato la discusión parlamentaria del proyecto de ley de ministerio de las culturas en el Senado de la República.


Una serena -como ella- carta de Ana Tironi -ex directora de la Biblioteca Nacional y actual Sub directora del Consejo Nacional de la Cultura- al mismo diario puso las cosas en su lugar, puntualizando que "la premisa de trabajar a partir del año 1967 no responde sino a una hipótesis de ejercicio para el Centro y para la curatoría de la muestra inaugural, Una Imagen Llamada Palabra, y no pretende significar una fecha que delimite la historia del arte chileno contemporáneo ni el trabajo museal".

Por su parte, el proyecto -ya una realidad- de los Cerrillos, que fue bien valorado por el Alcalde y la ciudadanía local, aparece como una manera de intentar descentralizar del núcleo de Santiago los grandes edificios culturales del país.


El episodio deja lecciones. La primera, que no es fácil derivar recursos a espacios ajenos a los tradicionales sin que sus responsables pongan el grito en el cielo pidiendo “por que no me dan los recursos a mí”.

La segunda, que no todo lo que brilla es oro en cuanto al respaldo al proyecto de ley en proceso legislativo; tiene detractores, agazapados pero no rendidos, que, de cara a los recientes resultados electorales poco sonrientes para el gobierno, pueden sentirse incentivados a “dejar para mañana” lo que podemos bloquear hoy. Y reservar el honor de la signatura del nuevo ministerio a un eventual próximo gobernante. Caso ya vivido con el Gam, que transpiró el primer gobierno de Bachelet e inauguró su sucesor.

La tercera es que el Ministro debería mirar con más atención los obsequios recibidos, como el edificio de Cerrillos, que lo obligó a desplegar para él un modelo de gestión pública de gran exigencia en recursos y de impacto superior al que hubieran tenido sus acciones si dependiera de una corporación privada sin fines de lucro, como tantos otros establecimientos destinados a las artes.

Y sobre todo, la cuarta, no mencionar la soga en casa del ahorcado o 1967 en El Mercurio.

25 octubre 2016

CENTRO CULTURAL ESTACION MAPOCHO, UN CASO


Un caso, un modelo o una experiencia digna de mirarse. Aunque sólo sea para no cometer los mismos errores. Son pocas las veces en que un empeño cultural  llama la atención del mundo por lo riguroso, sistemático, sostenido y sostenible a la vez, y que puede exhibir con satisfacción sus resultados. Son 22 años de trabajo "oficial" más cuatro previos de "marcha blanca", con notables cifras de visitantes, audiencias fieles y un porcentaje máximo de autofinanciamiento. Es de lo que trata este libro, que será presentado el 3 de noviembre en Filsa 2016, del que se reproducen a continuación algunos párrafos de la introducción, escrita por Fernando Ossandón, su editor.


La gestión cultural se ha convertido en una actividad profesional, sistemática y reconocida cada vez más como indispensable para el desarrollo y el buen vivir de los pueblos y las naciones. También es una actividad de intermediación que pone en contacto a los creadores artísticos y simbólicos con quienes se espera participen y/o beneficien directamente de sus obras y servicios; las audiencias. En un mundo complejo como el de hoy, la gestión cultural es una tarea que compromete a organizaciones, instituciones y personas por igual.

El libro intenta reflejar la vida y pasión de un espacio de intermediación cultural conocido –y probablemente querido también– por la mayoría de los chilenos, en especial aquellos que habitan el Gran Santiago: el Centro Cultural Estación Mapocho.

Se trata de un relato y de una sistematización.

Relato de cómo nació este centro cultural, incluso antes de que empezara; de la evolución y desarrollo que ha tenido por más de veinticinco años; de su extensa, nutrida y variada oferta programática; del cuidado y puesta en valor del edificio patrimonial a su cargo; de la gestión de sus recursos humanos y materiales; y de la calidad de los vínculos que ha establecido con sus públicos.

Sistematización de una experiencia de gestión de oportunidades, riesgos y herramientas de trabajo a cargo del directorio de la Corporación Cultural de la Estación Mapocho, del director ejecutivo –y su equipo directivo y de gestión–, de las entidades aliadas y demás entes colaboradores, así como de los variados públicos asistentes, cuya fidelidad y confianza se ha incrementado con el tiempo. Es esta extendida labor la que dio pie al deseo de compartir el Modelo Mapocho de gestión y administración, acuñado por este centro cultural a lo largo de los años.

El propósito que anima esta publicación es difundir, de manera ordenada y analítica, el modelo de gestión que ha orientado la programación cultural, artística y corporativa de sus actividades, la preservación del edificio patrimonial puesto a su cargo y la gestión administrativa y financiera que hace posible todo lo anterior.

Lo inspira el convencimiento de que se trata de una gestión cultural compleja, atractiva y exitosa, así como la secreta esperanza de que compartirla sirva para animar a otros a emprender sus propias aventuras y aprender de sus propios aciertos y eventuales errores.

Sería motivo de gran satisfacción que este escrito capte el interés de los gestores culturales y artísticos de Chile y, ¿por qué no? del extranjero; de encargados de cultura y funcionarios de organismos públicos y de la administración local; de estudiantes de gestión cultural y humanidades; de periodistas; de artistas que se desenvuelven, además, como gestores culturales; de investigadores sociales de la gestión cultural, las políticas públicas y el arte; de encargados de bibliotecas e instituciones académicas; así como del público en general interesado en conocer más acerca de los temas de cultura y del Centro Cultural Estación Mapocho en particular.

Y si de deseos se trata, está también el sueño de que este libro sirva para alimentar la reflexión y el debate acerca de cómo seguir desarrollando este centro cultural en un contexto histórico bastante evolucionado respecto de aquel que le vio nacer. Esta es una pregunta que queda abierta: no obtiene respuestas en esta edición. Cada uno y cada una podrán sacar sus propias conclusiones.

Fue el Presidente Patricio Aylwin (1990-1994) y su equipo directivo de administración central y local –en este caso, la Municipalidad de Santiago– quien acogió el desafío de recuperar un emblemático edificio, declarado monumento nacional en 1976, pero dejado abandonado a su propia suerte en la ribera del río que lleva su nombre. La decisión fue destinarlo a la creación de un centro cultural para la ciudad y el país. Una opción significativa en una nación que recién comenzaba su camino hacia la restauración democrática y se proponía saldar las enormes «heridas» y «deudas» dejadas por la dictadura cívico-militar en materia de derechos humanos, sociales, económicos y culturales.

Junto con la recuperación del edificio patrimonial, el liderazgo político de la época decidió crear una corporación cultural de derecho privado, sin fines de lucro, para administrar el naciente centro cultural.

Encomendaron a la nueva corporación una doble misión: difundir la cultura y preservar el patrimonio histórico puesto a su disposición. Junto con ello, le asignaron una obligación práctica de gestión: el autofinanciamiento. Nada de elefantes blancos –que el Estado después no estuviera en condiciones de solventar– fue el explícito deseo del Presidente a cargo de la nación.

... 

Los contenidos de este relato se despliegan en torno a la metáfora de una estación de trenes:

El capítulo I, Todos a bordo, da cuenta de cómo un grupo de autoridades del primer gobierno democráticamente elegido y de la administración local post dictadura tuvieron la clarividencia de escuchar «el llamado de los libreros» a reacondicionar el edificio estación y convertirlo en un gran centro cultural para la ciudad de Santiago y el país.

El capítulo II, Sala de máquinas, relata la organización y funcionamiento que adquirió el proyecto de gestión cultural, sus primeros pasos y la puesta a prueba en manos de quienes lo impulsaron.

El capítulo III, Punta de rieles, refiere al esfuerzo por preservar el edificio y Monumento Nacional Histórico que fuera, efectivamente, la terminal del circuito ferroviario que operó en torno suyo durante setenta años. Mantenerlo, remozarlo, recuperarlo de los embates de la naturaleza y ponerlo en valor, es decir, fomentar su uso y adecuar sus instalaciones para que puedan acoger una variedad de actividades artísticas, culturales y de entretención sin perder su sello y personalidad.

El capítulo IV, El viaje, es un recorrido por las distintas etapas y formas que adquirió la programación a lo largo de los años y de los hitos más significativos de su desarrollo. Es un viaje a la memoria, con sus vericuetos, detenciones y vuelta a emprender la marcha hacia adelante.

El capítulo V, Los pasajeros, se detiene en la observación de las audiencias, de los múltiples diálogos y formas de escucha que se implementan con el objetivo de acercarlas a las actividades artísticas y culturales, y así motivarlas a convertir dicha participación en un hábito que perviva en el tiempo.

Finalmente, el capítulo VI, Patio de maniobras, sirve de ocasión para compartir la sistematización de las principales estrategias que caracterizan el Modelo Mapocho de gestión y administración en torno a cuatro ámbitos: audiencias, programación, económico-financiero e institucional.

A manera de epílogo, el apartado Próximo destino aspira a dibujar los bordes del escenario más cercano por los que seguramente deberá transitar la gestión del centro cultural en un futuro próximo. 

Buen viaje.

20 octubre 2016

MÉXICO LINDO Y QUERIDO... ¡BIENVENIDOS!



Luego de dos versiones -1999 y 2012- en las que Chile fue País Invitado de Honor en la FIL de Guadalajara, era hora de que nuestra principal feria del libro y el Centro Cultural Estación Mapocho recibieran nuevamente a México como estrella principal de la FILSA 2016; ya estuvo el 2004. No es que Jorge Negrete, que arribó en 1946, colapsando sus fans la estación ferroviaria sea la imagen más significativa de esta ininterrumpida relación entre la estación Mapocho y México. Sólo es la que tiene más tiempo. Podrían haber estado allí los Voladores de Papantla, que nos miraron desde las prodigiosas alturas para la Expo Cumbre de las Américas en 1998 o el festival de Música Ranchera, que terminó con varios charros entre las rejas por "porte ilegal de armas".


Una de las primera actividades musicales del centro cultural, aún en remodelación, fue un encuentro de chilenísimos mariachis que decidieron dar a conocer su próxima actividad con un cóctel típico donado por el restaurante Plaza Garibaldi. El entusiasmo fue tal que, al finalizar la cita con la prensa, las emprendieron hacia la Plaza de Armas para brindar la correspondiente mañanita al Alcalde de Santiago. No fue suficiente y resolvieron continuar hacia la Plaza Italia, donde un par de escrupulosos Carabineros los detuvo por porte ilegal de armas (parte natural de la vestimenta de un charro). La aventura terminó, a pocas horas de la inauguración de la fiesta, gracias a las gestiones de abogados municipales que lograron la libertad del infractor, que permaneció varias horas a la sombra, las que obviamente aprovechó para escribir una agradecida ranchera a sus liberadores, que estrenó en la noche inaugural.


Cuando ya se sabía que Chile sería la sede de la Segunda Cumbre de las Américas, 1997, el gobierno anfitrión, encabezado por el Presidente Frei Ruiz Tagle, recibió la propuesta de acompañarla de una muy cultural expo Cumbre, idea que transmitió a los Presidentes americanos con la invitación a que ellos mismos decidieran la manifestación que aportarían. Así, el Presidente Clinton no dudó en incorporar al afamado pianista Herbie Hancock (con la secreta esperanza de poder presentar un dúo de saxo y piano de ellos dos, que falló por segundos) y al instalador Sam Gilliam que descolgaría gigantescas esculturas de tela desde las alturas del Centro Cultural Estación Mapocho, sede de la Expo. El Presidente peruano Alberto Fujimori envió la réplica del reciente descubrimiento arqueológico de la cultura Mochica, el señor de Sipán. Ante tal despliegue, México recurrió a los míticos Voladores de Papantla, cuyos vuelo excedían las magnitudes de la muestra y debieron acomodarse en los cielos de la plaza Arturo Prat, frente al centro cultural, dejando como largo recuerdo un sólido mástil que posteriormente sostuvo, durante varios años, una enorme bandera chilena.

Terminaba el gobierno del Presidente Frei, a fines de 1999, cuando vía Aero México, despegó, una delegación de literatos integrada por Gonzalo Rojas, Volodia Teitelboim, Poli Délano, Antonio Skármeta, Raúl Zurita, Efraín Barquero, Roberto Bolaño, Carlos Cerda, Jaime Collyer, Gonzalo Contreras, Alejandra Costamagna, Elicura Chihuailaf, Marco Antonio de la Parra, Ana María del Río, Guido Eytel, Soledad Fariña, Carlos Franz, Alberto Fuguet, Benjamín Galemiri, Alejandro Jodorowsky, Ramón Griffero, Floridor Pérez, Jaime Quezada, Hernán Rivera Letelier, Fernando Sáez, Luis Sepúlveda, Marcela Serrano, Elizabeth Subercaseaux, Luis Vargas Saavedra, Pedro Lemebel... Desembarcaron en una Guadalajara que ya estaba escuchando en vivo a Los Jaivas, Los Tres, IIIapu, el Cuarteto de Guitarras de Santiago, Sol y lluvia, Inti Illimani y Douglas. 


Mientras en museos y galerías de arte se desplegaban: El lugar sin límite, muestra de plástica chilena contemporánea; Siqueiros ilustra el Canto General de Pablo Neruda; Si vas por Chile, de artistas chilenos radicados en México: Francisco Altamira, Carlos Arias, Osvaldo Barra, Francisco Casas, Beatriz Aurora Castedo, Víctor Hugo Núñez, Nathalie Regard, y las litografías Perfiles chilenos desde la Conquista.


En salas de teatro se presentaron la Compañía de Julio Jung y el Grupo la Troppa, con Gemelos. Y las de cine proyectaban: Historias de fútbol, de Andrés Wood; La Dama de las Camelias, de José Bohr; Misa de Réquiem, de Guillermo Blanco y Alberto Daiber; Gringuito, de Sergio Castilla; El Chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin; Magallanes, Magallanes, de Carlos Droguett y Marco Enríquez; Cielo ciego, de Nicolás Acuña; Julio comienza en julio, de Silvio Caiozzi, y El entusiasmo, y La frontera, de Ricardo Larraín.

Lo más valorado por el publico local fue, sin dudas, la exhibición de parte del acervo histórico de la Biblioteca Nacional de Chile: El Despertador Americano. Correo Político Económico de Guadalajara, primer periódico publicado por los insurgentes durante la guerra de la Independencia de México. Solamente se imprimieron siete números en la ciudad de Guadalajara del 20 de diciembre de 1810 al 17 de enero de 1811. Fueron tales las precauciones que exigió la salida de este patrimonio que su curador, Gonzalo Catalán, debía esposarse diariamente a la maleta que trasladaba los ejemplares desde el hotel hasta su lugar de exhibición. Durante la noche tapatía, los ejemplares insurgentes reposaban esposados a una sólida cañería de alguno de los baños del hotel que acogía a la delegación chilena.


El Chile post dictatorial recibió esta invitación -una formidable experiencia de gestión cultural- a llenar todos los espacios de la capital del estado de Jalisco y, literalmente, puso en tensión a todo el Ministerio de Relaciones Exteriores, incluyendo su Embajada en México, encabezada por Luis Maira; Pro Chile, y la Dirección de Asuntos Culturales, bajo la atenta batuta del subsecretario Mariano Fernández, quién no omitió la presencia de destacadas viñas nacionales y sus más notables mostos, relevados por César Fredes y subastados, para terminar de enterar el presupuesto que exigió esta completa caravana.

Valga esta recordación de lo que llevó Chile a México al declinar el siglo XX, para motivar y a la vez comprender la magnitud de la bienvenida que amerita esta presencia mexicana en Santiago. Que se complementa con la huella profunda que ha dejado el país hermano con sus industrias culturales -como FCE, PelMex- su música, sus actores, sus intelectuales, sus escritores, sus muralistas o el inolvidable Jorge Negrete.

Que será justamente homenajeado en FILSA 2016.


18 octubre 2016

LA CULTURA DEL VOTO, EL VOTO ES CULTURA


Entre las emociones fuertes de mi vida política recuerdo el aplauso con que recibimos, la larga fila de ciudadanos que esperábamos inscribirnos en los registros electorales poco antes del plebiscito del 5 de octubre de 1988, al primer inscrito de la comuna de La Reina. El futuro votante salió feliz y estoy seguro que se le (nos) escaparon unos lagrimones.


Vivíamos una larga dictadura que entre sus primeras “medidas” estuvo quemar esos registros que ahora comenzábamos a reconstruir, manualmente y una persona por vez. Fue una larga mañana en el mismo lugar donde los reininos se casaban, sacaban carnet de identidad y de conducir y certificados de nacimiento. A pocos metros del tradicional supermercado (que metafóricamente alguna vez fue la cooperativa Unicoop) donde repartíamos los primeros volantes llamando a elecciones libres e inscribirse en los reconstruidos registros.

Seguro que varios de los de aquella cola acumularon coraje para desafiar al poder esas mañanas de domingo en que recogían silenciosos los panfletos y felicitaban con una sonrisa a los pocos vecinos que osaban desafiar al poder omnímodo que ya dos veces había realizado novedosas consultas ciudadanas sin registros y con sendas mutilaciones a las puntas de la cédula de identidad.

Aún en aquellas consultas truchas, con ninguna posibilidad de que el dictador fuera derrotado, los partidos democráticos llamaban a votar No,  a pesar del riesgo que podía implicar. Es que votar formaba parte de la esencia nacional y era la forma en que se expresaban las voluntades. Aunque ese voto no implicara una victoria cierta ni menos una "pega" próxima.

Esta costumbre colectiva -una de las definiciones de cultura- se reforzaba por clases obligatorias en los últimos años de liceo de Educación Cívica y Economía Política. Se aprendía a votar con la misma determinación que a firmar cheques, extender letras de cambio y a conocer los conceptos de votos válidamente emitidos, objetados, nulos y blancos... Así, cada uno podía enfrentar con sabiduría si alguna vez era seleccionado como vocal de mesa, ocasión en que las familias lo o la acompañaban con excedidas bolsas de sandwichs, galletas, huevos duros y bebidas analcohólicas para compartir con otros vocales, el relevante Presidente de Mesa y los apoderados de las listas de todos los partidos.

Si algo caracterizaba esos encuentros ciudadanos, además de la impecable vestimenta "dieciochera", era el esfuerzo común por no tocar temas políticos ni que pudieran ofender a quienes con toda legitimidad y respeto, profesaban creencias diferentes.

Tampoco era un misterio que la mayoría de los candidatos a alcaldes, regidores, diputados, senadores o Presidente iniciaban una carrera que avizoraba una victoria en varias elección más. La votación formaba parte de un proceso con sosegadas estaciones, muy alejadas de la ansiedad que suele caracterizar a candidatos recientes que si no van seguros, prefieren omitir su rostro en la propaganda.

Por ello fue tan fuerte el que un Presidente democráticamente elegido fuese sacado a punta de cañonazos y bombardeo aéreo del Palacio de Gobierno. Tanto que un destacado editor que acaba de fallecer -Jorge Barros Torrealba- vistió corbata negra desde ese fatídico 11 de septiembre hasta que su cuerpo lo resistió, a pesar de que Allende muy probablemente no fue el candidato que recibió su voto.

Sorprende, entonces, la ligereza con que muchos -elegidos y electores- enfrentan las recientes vulneraciones del registro electoral, que son simplemente ofensas a un listado culturalmente respetado y uno de los sustentos de nuestra democracia.

Se ha herido un patrimonio, sin la gravedad de la barbarie de la quema de 1973, pero permanece el propósito para el que fuera creado: que los ciudadanos y ciudadanas voten expresando así su adhesión a algún postulante, su deseo de dejarlo en blanco o, sencillamente, de anularlo con el insulto o gráfica que la cámara secreta aconseje en ese momento.

Lo que no es sano para nuestra cultura es restarse de esta fiesta nacional.

11 octubre 2016

CULTURA: BAJA EL PRESUPUESTO ¿Y QUÉ PASA?

Lo que en otros sectores -y en algunos personeros del nuestro- podría llamar a rebato, en cultura debiera ser asumido con tranquilidad. Primero, porque se conservan los montos fundamentales en buen pie: fondos concursables e infraestructura, segundo porque hemos sobrevivido a tiempos mucho peores, tercero porque tenemos las instituciones adecuadas para cruzar el desierto, si este fuera el caso.



En el Centro Cultural Estación Mapocho deberíamos estar felices pues nada se recorta. Sería imposible recibir del presupuesto nacional menos que cero. Al contrario, podríamos decir que el aporte estatal -la magnífica estación remodelada, recibida en comodato por veinte años- se valora aún más en un escenario en el que otros aportes decrecen. Sin considerar que dicho aporte fiscal es cada vez más valioso como consecuencia de las mejoras que, más allá de su mantención, se le introducen año a año. Misión que está registrada en sus estatutos fundacionales y que son otra lección derivada de la experiencia mayor de dos décadas: cada espacio cultural debe considerar en sus presupuestos, el costo de invertir en mantención.

Volviendo al presupuesto nacional 2017, el Observatorio de Políticas Culturales señala "con esta baja de un 3,2% respecto del año anterior, cultura pasó a representar el 0,4% del gasto público". Sin embargo, "los fondos concursables, como el Fondart, que históricamente aumentaban cada año, hoy mantienen su presupuesto. En cambio, se incrementa en un 33,7% los recursos para el Centro Cultural Gabriela Mistral, GAM, lo que podría explicarse por la próxima inauguración de una nueva gran sala. También aumenta el monto destinado a los teatros regionales (25,3%) y el programa de financiamiento a la infraestructura cultural (11,1%)"

Si no se castiga a los proyectos en curso de infraestructura, estaremos conservando la política al respecto fija desde 2000 y aportando a la ciudadanía nuevos espacios para desarrollar la vida cultural. Si se estabilizan, quizás en un nivel menor que lo deseable, los fondos concursables, se mantiene el principal aporte fiscal a artistas, patrimonialistas y gestores, reforzando a la par el camino seguido desde 1990 que fija una política de asignación por pares de los recursos estatales. Un respaldo a la vida cultural surgida desde la ciudadanía y no desde los escritorios funcionarios, como se refleja en la disminución a los servicios públicos DIBAM (-1,3%) y CNCA (-4,1%). 

Así, con el esfuerzo incontenible de lo que se ha llamado el alma de una nación, se conservó la cultura bajo los 17 años de dictadura y así se llegó a la conclusión -en 1997- de que necesitábamos un Consejo Nacional de la Cultura y no una dirección, una subsecretaria o un ministerio. Es decir, un ente participativo que asegurara un financiamiento mixto del desarrollo cultural.

De esa manera, tenemos fondos públicos, mayoritariamente concursables y/o destinados a la infraestructura; fondos privados con asignación privada y aportes públicos equivalentes, vía estímulos tributarios, y recursos provenientes de la gestión cultural activa y efectiva que tenemos desde 1990, recaudados desde imaginativos arriendos, generosas taquillas y emergentes crowdfunding, que se suman a ingentes esfuerzos aliados de creadores y corporaciones sin fines de lucro.

Gracias a este sistema mixto, es posible sobrellevar decadencias puntuales de los recursos públicos, a la espera de tiempos económicos mejores para el país y el mundo y - esperamos- también sobrevivir crisis mayores derivadas de coyunturas políticas refractarias a la creación y las artes, como pudiera acontecer, en un mundo donde la situación electoral aparece tan líquida, como gusta afirmar a los analistas.

Y esta estructura mixta de financiamiento ha funcionado bien. Tanto que las modificaciones que se le pretende introducir vía indicación sustitutiva, en el Parlamento, solo buscan perfeccionarla e introducir más participación y más gestión en las áreas con carencias como el patrimonio y el multiculturalismo.

Este escenario de ajustes pausados debiera permitir que tal reforma disponga de los recursos públicos que requerirá en los años que vienen.

Con un sistema de financiamiento mixto eficiente y unos ajustes institucionales menores, cualquier reducción presupuestaria solo llama a esfuerzos superiores de la gestión cultural, lo que no deja de tener la ventaja de que a mayor diversidad de financiamientos mayor será la libertad de la creación y divulgación culturales.

Y la libertad está en la base de cualquier desarrollo cultural.

26 septiembre 2016

CERRILLOS Y LOS ESPACIOS NACIONALES DE CULTURA



La masiva inauguración del Centro Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos, además de entregar una nueva infraestructura para el país, dejó señales de lo que significan este tipo de lugares que, si bien están ocupados por una tarea artística específica y se ubican en un territorio determinado, forman parte de una corta lista de edificaciones que albergan instituciones de alcance nacional y pueden llevar con orgullo esa calificación en su título.


Así como los Premios Nacionales, el Congreso Nacional y un largo etcétera, la cultura también ha ido agregando, sobretodo después de 1990, edificaciones que se suman a los tradicionales museos nacionales -Bellas Artes, Histórico Nacional y de Historia Natural-, la Biblioteca Nacional y el Teatro Municipal, que acaba de estrenar condición de Ópera Nacional.

Entre ellos, el Centro Cultural Estación Mapocho; el CCPLM; el Centro Nacional de Artes Escénicas y Musicales más conocido como GAM, y ahora, el Centro Nacional de Arte Contemporáneo.

La honrosa condición se puede obtener de diferentes formas. La constante es que en algún momento determinado de la historia, el país resuelve erigir un espacio que conmemore permanentemente sucesos relevantes. Como es el caso del Centenario de la República de 1910, que se recuerda con el Museo de Bellas Artes, creado en 1880, o del retorno a la democracia de 1990, que se asocia al CCEM.

El Museo Histórico, creado en 1911, derivó de la Exposición Histórica que se realizó, a partir de donaciones ciudadanas, para las celebraciones del Centenario, la muestra fue en la casa de la familia Urmeneta de calle Monjitas, entre San Antonio y Mac Iver.

El edificio de la Biblioteca Nacional -creada en 1813- fue planeado para comienzos del siglo XX pero diversas fuerzas -naturales y humanas- fueron postergando su inauguración hasta 1925.

El Centro Cultural Estación Mapocho consagró su vocación nacional entregando la Presidencia de su Consejo Directivo "a la persona que ocupe el cargo de Ministro de Educación" y asumiendo solemnemente -a través de sus ejecutivos- el compromiso de atender prioritariamente a las manifestaciones culturales regionales, durante la votación en el Senado de la República que aprobó los diez millones de dólares del presupuesto nacional que significó su remodelación, entre 1990 y 1994.

El GAM fue primero soñado por el Presidente Salvador Allende como un centro cultural metropolitano, condición que fue modificada por CHILE quiere más cultura, definiciones de Política Cultural 2005/2012 publicadas en mayo de 2015, que plantea en su punto 8: "Creación de un Centro Nacional que contenga, de acuerdo a los estándares internacionales, espacios para la representación de las artes escénicas y de la música". Convertido así en política cultural, el centro nacional fue implementado por la Presidenta Michelle Bachelet, en su primer mandato, quien encomendó a un grupo interministerial llevarlo a cabo. Debiera ser la misma mandataria quién, en su segundo mandato, termine las obras de la gran sala que completa el Centro.

El Centro Cultural Palacio de La Moneda fue ideado por el cineasta Álvaro Covacevic como un centro internacional de exhibición de otras culturas, con colecciones permanentes, adosado al palacio de gobierno. Fue convertido por el Presidente Ricardo Lagos en un centro nacional para acoger tanto muestras exteriores como de las regiones de nuestro país, adosándole la Cinemateca Nacional y entregándole un rol decisivo a en su gestión al naciente CNCA, creador de la fundación que lo rige.


El Centro Nacional de Arte Contemporáneo es una fórmula más avanzada de presencia del Consejo: abrió concurso público para ocupar el cargo de Director Artístico del Centro y contará con un Consejo de Administración, con vecinos, el municipio y directores de museos internacionales y nacionales. Además, tendrá un comité de contenidos, integrado por artistas.

Con más de cuatro mil metros cuadrados, el edificio, remodelado por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, conserva su impronta modernista, potenciando espacios flexibles, amplios y luminosos. Contempla habilitación de salas de exhibición, biblioteca, centro de documentación, videoteca y archivo digital, laboratorios para la investigación y depósitos adecuados para la conservación de colecciones públicas y privadas. Tiene por misión "coleccionar, catalogar, conservar, investigar, exponer y educar, con fuerte énfasis en los proyectos interdisciplinarios y multiculturales".

"Este proyecto pretende apuntar a una política estatal que administre y conserve el patrimonio artístico contemporáneo en sus distintos ámbitos a nivel nacional" señala la página web del CNCA. 

Una buena noticia para avanzar en la propuesta -lamentablemente no considerada en el proyecto de indicación sustitutiva que crea el Ministerio de las Culturas- de constituir más temprano que tarde un Consejo Nacional de Infraestructura y Gestión que coordine, entre otros, a estos espacios de alcance nacional, su interrelación, mantención y financiamiento. 

En su intervención inaugural, el Ministro Ottone, recordó que en 2001 participó en la apertura de otro espacio cultural. Entonces fue Matucana 100, situado en las antiguas oficinas/estación de ferrocarriles de la Dirección de Aprovisionamiento del Estado, esta vez, el antiguo aeropuerto de Santiago. Dos lugares ampliamente conocidos como de propiedad pública que se reconvierten en culturales cuando dejan de prestar su utilidad original. 


Así, la cultura revaloriza espacios, tal como lo hizo con la estación Mapocho en desuso, o el centro de convenciones construido para la UNCTAD, en 1972.

Esta vez, se agrega una fuerte presencia vecinal: con la Municipalidad de Cerrillos, se desarrollará un plan de mediación con énfasis en la inclusión participativa de sus habitantes. 

No obstante, una  política de infraestructura -como la que tiene nuestro país desde 2000- no se basta con grandes edificios patrimoniales de alcance nacional. Se complementa con espacios a niveles local -como los centros culturales municipales-, regional -como teatros de Rancagua, Maule o Bío Bío- y aquellos distribuidos en diversas localidades del país, como Balmaceda Artejoven o la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles, que -más temprano que tarde- debería tener su sede institucional en un edificio emblemático de alcance nacional.

Sorprende, en este expansivo contexto, que aún se repare en alguna prensa que el Municipal de Santiago haya cambiado su logotipo. Lo que hay de nuevo no es la actualización de un nombre, que sólo refleja lo que existe, sino la adaptación de una sala clásica y significativa, a los tiempos culturales que corren.

Ni más, ni menos.


21 septiembre 2016

EL MUNICIPAL, DE TEATRO A CENTRO CULTURAL


El Municipal de Santiago es el centro cultural activo más antiguo e importante del país y escenario fundamental de obras de todo el mundo. Con esta sencilla frase, amanecida después de las fiestas patrias en la página de tuiter del Teatro  Municipal de Santiago, se inicia una nueva etapa de la primera sala que conoció Chile. Detrás de ella, una Alcaldesa, Carolina Tohá, que inició su mandato con modificaciones al Directorio de la corporación y un gestor cultural francés, Frédéric Chambert, seleccionado por ese colectivo y que ha iniciado un proceso de adaptación del viejo teatro a los tiempos que corren. La principal de ellas es asumir que se trata de un centro cultural y no de una sala.


Desde 1990, cuando se instaló el Centro Cultural Estación Mapocho, sueño de otro Alcalde da Santiago, Jaime Ravinet, todas las infraestructuras culturales en Chile asumían la condición de espacio multiuso, gestionado profesionalmente por corporaciones privadas sin fines de lucro, con capacidad de generar recursos más allá del presupuesto público.

La novedad de este cambio en el Municipal se debe a la conjunción de las dos autoridades que más se asocian con la cultura: el Ministro respectivo y el Alcalde. Así como la dupla Lagos/Ravinet posibilitó Mapocho, Ottone/Tohá dieron forma a una nueva etapa, que el propio Chambert, como buen francés, ha dado a conocer en tres tiempos:

Uno. Como un participante más de la Convención Nacional de la Cultura del 26 y 27 de agosto recién pasado, en Chillán, conoció a los consejeros de todo el país, avanzó relevantes contactos para su nuevo centro cultural y visitó el mercado de la ciudad y la escultura que homenajea a Ramón Vinay -incomparable Otelo operístico. Allí conoció a un vagabundo que ostentaba en un gran sobre ajado, una foto de él mismo con el notable Vinay, su amigo. Ese fortuito encuentro sirvió a Chambert para motivar lo que sería, en pocos dias, el segundo paso:

En el Club de La Unión, el 30 de agosto, ante los socios de la Corporación del Patrimonio, comenzó recordando el contacto con el amigo chillanejo de Vinay, iniciando una reflexión sobre lo popular de la ópera y la necesidad de hacerla llegar a mayores públicos. Así, metafóricamente, fue exponiendo sus planes para el teatro que comenzaba a dirigir con mano firme y sólido respaldo. En el almuerzo estaba también el Ministro Ernesto Ottone, cabeza de una de las entidades que financian el Municipal.

Sus conocimientos del bel canto más su experiencia como gestor en Francia, tanto en la Opera de Bastille como de Toulouse, dieron amplia satisfacción a la audiencia de que nuestro hoy "centro cultural activo más antiguo" estaba en buenas manos. Y con buen criterio: "Mi idea no es sistemáticamente cambiar, inventar, creo que hay que tener constancia en las cosas". 

La presentación de la Programación 2017, fue el tercer paso para consolidar las reformas: "un extenso proyecto cultural, un nuevo ciclo de guitarra clásica y la presentación de Canto para una semilla, en conmemoración de los cien años de Violeta Parra", como reza el encabezado de su remozada página web, que se une a la nueva cara de sus redes sociales y el cambio del logotipo, ahora completamente tipográfico que suprime la palabra teatro para centrarlo en dos aspectos: Municipal de Santiago, Ópera nacional de Chile. "Queremos hacer explícito que el Municipal trabaja desde Santiago para todo Chile", ratifica la Alcaldesa Tohá.

No hay ahorro. Está todo explicitado: seguirá siendo el Municipal de Santiago, porque la gente lo conoce así, aunque obviamente recibe aportes no sólo santiaguinos y consagra su condición pionera de ser la Ópera de Chile. Aclaración relevante cuando falta poco para que sed inaugure el gran Teatro del Centro Nacional de las Artes Escénicas y Musicales en el vecino GAM, que deberá buscar su destino en otras disciplinas de las amplias artes que debe cubrir.

Si agregamos a este panorama el hecho que un día después de estos anuncios, se inaugura en Los Cerrillos, el Centro Nacional de Arte Contemporáneo, podemos decir que el mundo de la cultura está tomando en sus manos, con profesionalismo y visión de futuro, el desarrollo artístico de Chile.

Bienvenidos el antiguo nuevo centro cultural de la calle Agustinas y el flamante espacio del viejo aeropuerto.

09 septiembre 2016

TRENES, CULTURA Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN PAIS


Una de las múltiples satisfacciones que brinda el trabajar en el Centro Cultural Estación Mapocho es descubrir, cada tanto, rasgos de nuestra historia que han quedado grabados -a hierro, literalmente- en sus infinitos rincones. Como esta placa que alude a un momento trascendente de nuestra vida como país: 1910, que trae a la memoria el poderoso afrancesamiento de las costumbres que acontecía para el centenario de la Independencia. Las señoras de la época hacían arrugar sus vestidos con los que asistirían a la gala del Teatro Municipal en ese septiembre, para aparentar que las telas venían, en barco, directamente desde la ciudad luz. Pero también apela a la relevancia que, en la época, tenía el ferrocarril.


El tren chileno está íntimamente vinculado a la revista En viaje (1933-1973) medio de difusión de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, de los viajes y el turismo que se vendía masivamente en estaciones, kioskos de diarios, librerías y en los mismo vagones del tren. Colapsó el mismo año que la democracia y, a diferencia de ésta, no renació. Tampoco el tren duró mucho más. Primero se acortó el trazado de Valparaíso a Santiago, culminando en Limache, luego comenzaron a declinar los ramales y hasta ahora resiste el tren al sur, cada vez más limitado.


Lo que no ha podido ser trozado son sus puentes, uno de los cuales, el del río Toltén, acaba de dar triste prueba de su fatiga al derrumbarse como castillo de naipes ante la presencia de un habitual tren de carga. Los demás, continúan prestando servicio porque sus construcciones férreas lo respaldan. Así, continúan siendo testigos de cómo se construyó el país que hoy tenemos y que originalmente sólo ocupaba un territorio entre Copiapó, por el norte, y el río Bio Bío, por el sur. Ambas zonas fronterizas fueron tempranamente pobladas de ferrocarriles, que las unían al centro del país, donde se ubicaba el principal puerto y Santiago, la capital, también enlazadas por una sólida ferro vía con la que algunos románticos aún conjugan, como Neruda en Cien sonetos de amor, el verbo "nostalgiar" y presumen que podría recuperar su servicio original. Olvidan que la tragedia de la empresa estatal de ferrocarriles la llevó a perder -pagando deudas- la mayor parte  de los terrenos que soportaban las tradicionales vías.

Fue esa formidable dotación de trenes la que permitió, por ejemplo, que el ejercito de línea chileno, constituido por unos dos mil hombres, que luchaba denodadamente en la guerra de Arauco se trasladara en tiempo record para la época, hasta Antofagasta -embarcando en vapores en Valparaíso luego del viaje en tren desde la Araucanía- y diera un primer golpe en la emergente Guerra del Pacífico, en 1879. Esa fue, según algunos autores, la principal razón que hizo a las tropas de Bolivia replegarse al altiplano seguro y dejar a las tropas del Perú, enfrentando al experimentado ejército chileno.

Trenes turísticos como el Expreso Oriente en Europa o los lujosos vagones que viajan entre Ollantaytambo y Machu Picchu, en Perú, hablan de que el ferrocarril goza, en otras latitudes, de buena salud, contribuyendo a destacar valores patrimoniales, como la rica cultura quechua en la zona del Cuzco.

Un excelente documental de la TV belga llamado Camino de hierro, camino de sueños lo refleja hermosamente y para ello recurre, justamente, a ejemplos chilenos, en los que participaron empresas y profesionales belgas, puede verse en:  http://bit.ly/2cfdTYh

El libro de Gustave Verniory, Diez Años en Araucanía (Pehuén, 2001), ingeniero belga que viajó a Chile a fines del siglo XIX para construir la vía férrea en la zona de la Araucanía, donde vivió una década, narra las experiencias y describe la vida en esa región, ya entonces multicultural. Narra que, llegando al principal hotel de Angol encontró en sus salones una verdadera torre de Babel donde se escuchaban los idiomas más diversos: ruso, francés, mapudungun, inglés, alemán, italiano... excepto castellano.

En la reciente Convención Nacional de la Cultura, realizada en Chillán, el Premio Nacional de Historia, Jorge Pinto, recordó que no sólo los mapuche han sido víctimas de abusos y atropellos en esa zona por parte del estado de Chile y algunos de los terratenientes locales -lo que sostiene con nombres y apellidos el libro de éxito lector, Un veterano de tres guerras basado en los testimonios del abogado y oficial balmacedista José Miguel Varela.

Varela, ya en retiro, fue designado por el Presidente Balmaceda como encargado de devolver tierras a comunidades mapuche, lo que le valió un conjunto de atentados a su vida por parte de los supuestos dueños de tierras indígenas.

A parte de su preocupación por hacer la justicia, aún retardada, con los mapuche, Balmaceda es recordado por la magnifica construcción de hierro del viaducto sobre el río Malleco, inaugurado el 26 de octubre de 1890, que permitió la rápida conexión ferroviaria del sur del país con el centro y su desarrollo económico y comercial, declarado Monumento Nacional, un siglo después. Su concepción y cálculos se deben al ingeniero Victorino Aurelio Lastarria y el diseño y construcción a la firma parisina Schneider et Cie. entre 1886 y 1888, que compitió con la propuestas de la empresa de Gustave Eiffel, razón del mito que se lo atribuye a Eiffel. Las gigantescas armazones de hierro, tal como aquellas de la estación Mapocho, fueron transportadas por barco y luego por ferrocarril a su destino.

De este modo, estructuras de hierro de los puentes ferroviarios, el Museo de Bellas Artes, la Catedral de San Marcos de Arica o el CCEM son a la vez testimonio y recuerdo permanente de aspectos de nuestra historia que comienza a revisitarse a través de la literatura y de sus propios rincones.


31 agosto 2016

JOSÉ BALMES, ¿PINTOR ESPAÑOL?




La desafortunada descripción del recientemente fallecido José Balmes, por parte de la prensa local, como "pintor español" coincide con la publicación por Editorial Universitaria del estudio "El ADN de los chilenos y sus orígenes genéticos", que afirma: "la sangre nativa y europea se reparte casi por igual entre los chilenos", es decir, que durante la conquista el proceso de mezcla fue entre mujeres indígenas y soldados españoles; con lo cuál Pep (en su catalán natal) puede considerarse una metáfora de nuestros orígenes y parte de aquellos europeos que a juicio del reciente Premio Nacional de Ciencias Naturales, Francisco Rothhammer, "introdujeron cambios irreversibles en nuestra geografía genética y cultural".  


Desde luego el principal aporte de Balmes es cultural, pero no fue "pintor español", sino un artista formado en nuestras universidades, que nació en Montesquiu, Cataluña, acogido por nuestro país a los 12 años, exiliado de su patria, asolada por el franquismo. Incluso, recibió la nacionalidad chilena y el Premio Nacional de Artes Plásticas 1999.

"Todos los chilenos tenemos un porcentaje alto de sangre amerindia, en algunos hay un poco menos y en otros un poco más", afirma la genetista de la U. de Chile, Soledad Berríos. La asimetría mayor se observa al comparar la herencia materna con la paterna. En la primera, la prevalencia de genes nativos americanos es cercana a 90%. En cambio cuando se observa el cromosoma Y, heredado del padre y solo a los hijos varones, la presencia europea alcanza a 90%.

Rothhammer, genetista de la U. de Tarapacá, ha estado interesado desde sus inicios científicos en la microevolución de las poblaciones originarias americanas, que evolucionaron independientemente durante 16 mil años hasta la llegada de los conquistadores europeos. Para él, los nativos chilenos mostraban una amplia heterogeneidad: "No eran todos de un grupo, sino que tal como ahora prevalecen, por un lado, los grupos de habla aimara en el norte y, en el sur, los de habla mapudungun. A esos grupos se agregan otros que llegan desde el lado argentino, por lo menos a nivel del Valle de Elqui, y especialmente en la Región de Los Ríos, donde hay bastante comunicación a través de la cordillera de Los Andes porque es muy baja". 

Un país multiétnico y multicultural en el cuál es posible y necesario reconocer matices e historias diversas.

La afirmación de que se trata de un "pintor español" oculta de Balmes el doble exilio, su catalanidad, su militancia comunista hasta la muerte y su compromiso con las causas populares. Como por ejemplo, la obra donada por él que ilustra el libro POR QUÉ NO, editado en 1988 por el Comando del NO, para recoger los testimonios de la abrumadora mayoría de escritores chilenos que fundamentaban públicamente su voto en el inminente plebiscito del 5 de octubre: una página del opositor diario La Época que informaba sobre detenidos desaparecidos sobre la que Balmes escribió a trazos gruesos y urgentes "NO +".



"Pasamos más de treinta días en el mar -narra Balmes sobre su arribo a Chile-, era de noche en Valparaíso cuando llegamos, toda la bahía estaba iluminada y casi nadie se movió de cubierta hasta el amanecer. Había sol de primavera ese 3 de septiembre. En tierra, rostros y manos nos decían su amistad, su bienvenida; después de mucho tiempo, sabíamos nuevamente el significado de un abrazo. El tren nos llevó pronto a Santiago, y al paso lento de las estaciones, gente que no conocíamos, nos entregaban rosas y claveles. Al anochecer, miles de hombres y mujeres nos esperaban en la estación Mapocho".

Es uno de los párrafos más notables que conozco de Balmes, parte del discurso con que el Consejo Nacional de la Cultura y el intendente porteño, Luis Guastavino, conmemoraron en 2004, los 65 años de la llegada del Winnipeg al muelle Prat de Valparaíso, con una placa en el lugar que los refugiados de Neruda habían pisado tierra chilena por vez primera.

Discurso y placa fueron acompañados por una intervención artística de Balmes y muchos de los presentes que, lápiz en mano, plasmaron sus sensaciones respecto del hecho conmemorado.



Otro momento digno de recordar es el relato -cuando recordaba la extensa trayectoria de las institucionalidades culturales improbables en Chile- sobre su entrada al palacio de gobierno cuando el Presidente Carlos Ibañez del Campo (1952/1958) invitó a La Moneda a un grupo de artistas para estudiar la creación de una institucionalidad cultural.

- Ahora sí que sí, pensaban.

Como es sabido, debió pasar más de medio siglo para que el país tuviera un Consejo Nacional de la Cultura, el que integró Balmes, desde el minuto uno, como representante de los Premios Nacionales, designado por sus pares, que tienen un asiento permanente en su Directorio Nacional. Fue el primer elegido de sus once integrantes. Después vendrían los representantes de la sociedad civil, de los rectores y los funcionarios públicos.

Con Balmes debutamos en la sesión constitutiva realizada en el Museo Baburizza, en enero de 2004, junto a los Ministros de Educación, Relaciones Exteriores y Presidente del CNCA, José Weinstein y los consejeros Humberto Giannini, Drina Rendic, Santiago Schuster, Agustín Squella, Enrique López y Paulina Urrutia, que luego sería Ministra.

La anécdota con Ibáñez era traída a colación por Balmes cuando padecía cada reunión del Directorio Nacional que sesionaba, provisoriamente, en los vetustos salones del Club Alemán de Valparaíso, bajo la amenazante mirada de varios kaiser y führer que colgaban de sus paredes cubiertas por blanquinegras fotografías. No era cómodo para una víctima del fascismo como Balmes, sesionar en tal entorno.

Como eficaz antídoto, Balmes se concentraba en sus apuntes, revisándolos acuciosamente y, a la vez, haciendo retratos a lápiz de los otros consejeros. Al terminar su periodo, regaló fotocopias de esos trazos.

Otra contribución de Pepe Balmes a registrar la historia de las políticas culturales en Chile que, como sabemos por él, tiene más de medio siglo. Y que deberemos empeñarnos en mantener a flote, para que las ligerezas de nuestros poderes fácticos no las depositen al fondo del olvido. Así como han pretendido ocultar nuestros genes indígenas.

NO +, dibujaría Pep.

29 agosto 2016

CHILLÁN, CIUDAD DE MOVIMIENTO (CULTURAL)



Trenes, murales mexicanos, vecinos organizados en torno a su patrimonio, gastronomía tradicional, sedes universitarias activas, diarios de buen nivel… Podría ser una descripción convencional de Chillán, ciudad que ha sabido coexistir con su pasado y planificar, sin prisa ni pausa, su futuro. Hoy, éste se aproxima a paso firme que la lleva a convertirse en capital regional de Ñuble, con un flamante centro cultural en plena Plaza de Armas. Allí se desarrolló la reciente Convención organizada por el Consejo Nacional de la Cultura.


Ello significó una caravana de casi doscientos gestores, autoridades y consejeros venidos de todo el país, la mayoría de ellos en un nostálgico tren, revestido de homenaje al poeta Gonzalo Rojas, que dejó los maltratados rieles de la Estación Central de Santiago al mediodía del jueves 25 de agosto. Al encaminarse hacia el sur, fueron abordando el convoy directivos regionales de O’Higgins, Maule, mientras los de otras regiones debieron padecer la intranquilidad del avión, doblemente contrastante esta vez, con la placidez del ferrocarril.


Todos, sin excepción, traían la demanda que con alta probabilidad ocupará la formulación de las políticas culturales para el próximo quinquenio: la descentralización. Ella, junto a la aspiración de un mejor desarrollo humano y a la ya habitual inquietud por el cuidado y divulgación del patrimonio, ocuparon la mayor parte de las temáticas expuestas por los delegados en el momento de la participación, hábito que ha llegado para quedarse en el Consejo.



No pasó inadvertida la inquietud de muchos consejeros por el derecho a la cultura, subrayado por el Ministro Ottone en su discurso de cierre de la convención, y que había sido precisado por el expositor Grinor Rojo en su ponencia: "Cultura no es algo que no tengamos, respiramos cultura; podemos aspirar al derecho a una cultura de calidad". O, como se aclaró en una de las comisiones: lo que se debe ambicionar es el derecho a participar en la vida cultural, como consagra la declaración universal de los derechos humanos de Naciones Unidas. No son comparables el derecho a la cultura, que forma parte de nosotros con el derecho a la educación o a la salud, que es un deber del Estado, aclaró el profesor Rojo.



Los aportes de los consejeros presentes tuvieron un doble envoltorio que, coherentemente, arropó la convención anual: las exposiciones de expertos y las visitas patrimoniales a la ciudad sede.



Entre las primeras, una sólida conferencia del último ministro de cultura de Dilma Roussef, Joao Silva Ferreira, quien reforzó su experiencia con el relato de aquellas iniciativas interrumpidas por la acusación que acabó con el gobierno que integraba y culminó su charla con un vídeo, siempre emotivo y reforzador, del ex presidente uruguayo José Mujica.



Destacó también el diagnóstico del sociólogo Tomás Moulian -”no hay consumismo sin culto al dinero” y “el mall es el nuevo museo o lugar de exposición de los bienes deseados y a la vez, paseo donde la familia va a entretenerse”- junto al llamado a articular “múltiples movimientos culturales con carácter ideológico, es decir que tengan un proyecto país, que aún siendo de largo plazo deben movilizarnos, sin caer en el catastrofismo, para cambiar la cultura mercantilizada”.



El premio nacional de historia 2012, Jorge Pinto, reflexionó sobre el carácter centralizado de Chile, logrando descubrir, fruto de su propia experiencia vital, cuatro identidades en diferentes espacios del territorio nacional: la pampina, forjada por la herencia indígena, los estados nacionales de la post guerra del Pacífico con incrustaciones del cristianismo de Oriente, lo que produce una identidad pluriétnica y multiracista que contribuye a generar el fuerte movimiento sindical pampino. El norte chico ha determinado la que llama identidad del desarraigo, forjada en los valles cuyos habitantes van y regresan conforme a las necesidades de la agricultura o la minería y que constituyen una cultura festiva de despedidas y bienvenidas múltiples. La tercera identidad, para Pinto, es Valparaiso, "puerto de nostalgia" al decir de Salvador Reyes, que consagró al mar como “la patria de todos los soñadores”, que en los años sesenta agregó su carácter de ciudad universitaria, que hoy lucha por evitar convertirse en una mole de cemento. La cuarta es la Araucanía, forjada por abusos y atropellos, con mucha violencia cuyas víctimas son tanto mapuches como campesinos y migrantes que, a la postre se refugian, cada uno en su propia identidad.



Con su habitual perspicacia, el sociólogo Manuel Antonio Garretón se preguntó "¿A qué desafío debe responder el nuevo Ministerio? Al qué queremos ser como sociedad", se respondió, agregando que es necesaria una nueva amalgama social luego que la anterior -la política y sus partidos- ya no cumple ese rol. Advirtiendo que ese proceso pasa por avanzar "enfrentando los poderes de una prensa no plural, la dominación económica sobre las ciudades, y fomentando el intercambio interregional e intraregional.



El entorno chillanejo, con actividades en el centro de extensión Alfonso Lagos de la Universidad de Concepción y la emblemática escuela México con el mural de David Alfaro Siqueiros “Muerte al invasor” consideró también visitas guiadas al tradicional mercado y al barrio ultraestación. Allí, sus vecinos apoyados por el programa municipal de patrimonio, han construido un formidable relato de su sector, segregado de la ciudad por la vía férrea, que se resiste a decaer y mantiene vivas algunas chicherías y vinerias que conservan en la memoria los buenos viejos tiempos en que fuera conocido como Villa Alegre, que alberga la casa donde vivieron, niños, los hermanos Parra y donde aún es posible escuchar una canción tradicional y degustar churrascas y café de trigo.



Los visitantes pudieron además disfrutar de manifestaciones escénicas “externas” como la Contadora de películas de la compañía Teatro Cinema, animada por Juan Carlos Zagal, también expositor de la rica trayectoria de su compañía, y la original cocina publica del Teatro Container que expuso un almuerzo masivo y participativo que permitió a los convencionales disfrutar de una novedosa experiencia a la que contribuyeron cocinando con sus propias manos.



El regreso, en el mismo tren engalanado con Gonzalo Rojas, fue desgajando delegados en las estaciones intermedias y dejó en los participantes el desafiante mandato de poner a la descentralización con todos sus bemoles en el centro (¿será esa la palabra?) de la construcción del desarrollo cultural en los años venideros y a la vez, insertar a la cultura en el corazón del debate nacional.



En efecto, ya no aparecieron en esta convención los temas que desvelaron sus primeras versiones: Infraestructura, Gestión, Audiencias, Financiamiento. Son tarea resuelta por un Consejo Nacional de la Cultura maduro que asoma en condiciones de introducir la Cultura en las políticas Públicas de interés general.



El Consejo Nacional de la Cultura participativo y vinculante que ha superado las etapas de crecimiento, sale fortalecido de su convención anual y se dispone a resolver los últimos nudos institucionales pendientes como son aquellos de la reformulación del sector patrimonio, por la vía de un ministerio.



En los sitios de la conversación informal de Chillán y en los vagones del tren de Rojas quedó una inquietud en más de algún consejero ¿será el ministerio, no vinculante y más rígido que un consejo, la mejor fórmula institucional para profundizar la descentralización, la participación y los demás temas acuciantes del futuro cercano que surgen como mandato de esta convención?



De pronto parece que el tren ministerial y centralizado va para otra parte.