11 octubre 2019

VEINTICINCO AÑOS "CON PAPELES" Y 4 DE CONVIVENCIA


Un trece de octubre, hace veinticinco años, la ministra de Bienes Nacionales, Adriana del Piano, nos entregó, en la sala Joaquín Edwards Bello del Centro Cultural Estación Mapocho, "los papeles" que reconocían oficialmente que la propiedad llamada estación mapocho, propiedad del fisco de Chile, era traspasada por convenio, a la Corporación Cultural del mismo nombre. Por cinco años.


El tiempo ha pasado, varias prórrogas de cinco años cada vez, hasta que el 8 de febrero del 2010 se otorgó un reconocimiento a su labor, con una prórroga por 20 años más, hasta la misma fecha de 2030.

No es que necesitáramos eso para respirar tranquilos, pero no deja de constituir una tranquilidad el dejar de ser okupas de una propiedad que fue de Ferrocarriles del Estado, luego de Corfo y después de Bienes Nacionales.

Durante ese período, 1990/94, se desarrollaron las obras de remodelación, con lo que hoy sería un presupuesto "reguleque" de diez millones de dólares, propuesto por el gobierno de Patricio Aylwin y aprobado por el parlamento, senadores designados incluídos.

La tarea la encabezaba el Alcalde Jaime Ravinet, quien convocó a un concurso de arquitectura y luego a la licitación correspondiente para la remodelación. Era secundado por Moisés Barros, de la corporación para el Desarrollo de Santiago, y Pablo Trivelli, encargado de los proyectos del "pequeño" paño que consideraba la estación y el futuro Parque de los Reyes, incluyendo la casa Amarilla, donde funcionaba una escuela taller para formar a los jardineros y orfebres del parque, y el edificio de ingenieros de ferrocarriles, del arquitecto Ventura Galván de los años 40, donde hoy padece recortes presupuestarios, la corporación cultural Balmaceda arte joven.  

En la obra misma, reinaba el primer director ejecutivo de la corporación, Hernán Rodríguez Villegas, que compartía su jornada con el cargo de director del Museo Histórico Nacional. 

Cada viernes, a las tres de la tarde, un fotógrafo en blanco y negro, ponía su trípode en el mismo lugar y retrataba los avances de la obra. Los incesantes trabajos de la Constructora Internacional, revisados por la ITO -Cade IDP-, llevaron a socalzar (llegar a terreno rocoso) los fundamentos de la nave y comenzar la curiosa tarea de demoler los interiores de los edificios laterales para reconstruirlos, conservando intacta las fachadas, con los emblemáticos nombres de las estaciones que cubrió el ferrocarril que entraba y salía de Mapocho.

Fueron cinco etapas, que culminaron en 1994 con la instalación del gran portón en el poniente, que se abre cuando los montajes de actividades lo hacen necesario. Un novedoso -entonces- producto, mucho más liviano que el vidrio, llamado policarbonato, hacía más liviana la tarea.

Durante los años de "marcha  blanca" se hicieron todos los intentos posibles para verificar, con el método del ensayo y error, qué tipo de actividades tendrían éxito en el flamante centro cultural, considerando sus dos misiones: proteger el edificio patrimonial y difundir la cultura, más la letra chica: autofinanciando su operación.

Entre quienes no pasaron el examen, estuvo el circo; a pesar de los esfuerzos de su sindicato, de su capellán -el sacerdote Gregorio Sánchez- y el propietario de Las águilas humanas, Hugo Venturino.

Las consistentes y malolientes heces de un desaprensivo elefante y la mala idea del domador de leones, de capar cinco cachorros a campo abierto, en la nave del centro cultural, sorprendidos por el ministro de Educación y presidente de la corporación, Ricardo Lagos, terminaron por desaconsejar los circos de fieras, cuando aún los fieras free no tenían un desarrollo interesante.

Quienes aprobaron el exámen fueron los libros (a pesar de dos ferias con paño en mano desempolvando del polvo de construcción a los ejemplares); los muebles, los autos y un conjunto de ferias de la entonces trashumante FISA que había cerrado su gigantesco recinto en Cerrillos y buscaba su destino con ferias monográficas.


Para hacer más científica la programación, nos asociamos, en 1995, con Adimark para realizar la primera encuesta metropolitana de intereses culturales, dejándonos muy conformes como uno de los tres espacios culturales más valorados y que más interés tiene el santiaguino en visitar, junto al teatro Municipal y al museo de Bellas Artes.

La encuesta tuvo el objeto de “determinar los hábitos y actitudes con respecto a música, cine, teatro, museos, danza, libros y exposiciones y descubrir el nivel de conocimiento de los lugares donde se ofrece actividad cultural y predisposición a acudir”. Fue replicada en 2005, agregándose el objetivo de “determinar los cambios en los hábitos e intereses culturales de la población de Santiago, en los últimos 10 años y conocer el rol actual del Centro Cultural Estación Mapocho en la actividad cultural de la ciudad”.

Ambas encuestas fueron administradas con similar metodología: un estudio cuantitativo, con entrevistas individuales y personales en el hogar de los entrevistados. La muestra en ambos casos alcanzó a alrededor de 630 personas, hombres y mujeres, de 15 a 74 años, de todos los niveles socio económicos a excepción del grupo E.

Los resultados comparativos arrojaron que "los lugares culturales con alto nivel de conocimiento y asistencia son sólo cuatro en la ciudad: Museo de Bellas Artes, Biblioteca Nacional, Centro Cultural Estación Mapocho y Teatro Municipal. Con respecto a 1995 sólo aumenta el público del Bellas Artes – levemente- y más significativamente el del Centro Cultural Estación Mapocho. Los otros dos permanecen iguales. Entre los espacios con bajo nivel de asistencia pero buen nivel de referencias de terceros, destaca Matucana 100".
Desde entonces, el Observatorio del público del Centro Cultural Estación Mapocho nos va entregando diez resultados al año de encuestas en otras tantas actividades que perfilan nuestro público, tanto en cuanto a su satisfacción con el espacio y sus servicios, como del medio de locomoción que usaron para llegar, el medio de comunicación mediante el cual se enteraron y la comuna desde dónde provienen.

Ya no es sorpresa, tenemos un público muy variado, mayoritariamente mujeres jóvenes de sectores medios, de casi todas las comunas de la región, con preponderancia de Santiago, Ñuñoa, Maipú, Puente Alto, Providencia y la Florida; la mayoría usuarios del metro, que se enteraron por la publicidad de nuestro frontis de las actividades que acogemos.

Sin duda, el centro cultural se ha convertido en un espacio ciudadano que recibe a un millón de personas al año, sin contabilizar los turistas, que continúa siendo un referente, un punto de encuentro y un vivo recuerdo en la población.

Un buen amigo, hace pocos días, encontró en un anticuario viñamarino,el candado que perteneció, en 1920, a esta estación, que ilustra este comentario. Lo hizo limpiar y lo trajo  de regalo, quizás como feliz homenaje a este cumpleaños número 25.


07 octubre 2019

DIPLOMACIA CULTURAL Y DEMOCRACIA EN CHILE



Mucha veces tiene que venir una mirada externa para darnos cuenta de lo realizado en determinados campos. Es lo ocurrido con el rol que jugó la cultura como complemento del proceso de reincorporación de nuestro país en el concierto internacional, una vez terminada la dictadura. Una doctoranda colombiana, que estudia este proceso en tres países, nos obligó a plantearnos cómo la acción cultural contribuyó, de hecho, a contar del año 1990, a proyectar la imagen de Chile en el mundo. Y no es poco.


No olvidemos que veníamos de una ruptura, si no enfrentamiento con el mundo y las Naciones Unidas, con una consulta nacional en la fuimos obligados a votar por Chile (nuestra bandera) o la ONU (un rectángulo negro); un bochorno del dictador cuando fue invitado a abandonar España luego de asistir al funeral de su admirado Francisco Franco, debido a la protesta de los países europeos de no asistir a la entronización del Rey Juan Carlos, si estaba presente Pinochet, muy bien documentado por el reciente libro de Mario Amorós que lleva el nombre del dictador.

Lo que fue incrementado con el frustrado viaje a Filipinas que llegó solo a Islas Fiji debido a que el Ferdinand Marcos retiró la invitación inicial cuando la nutrida comitiva ya estaba en vuelo entre Isla de Pascua y Fiji.

El corolario final fue cuando, en noviembre de 1986, se quemaron en Valparaíso por orden del Jefe de Zona en estado de sitio, Almirante Hernán Rivera Calderón, quince mil ejemplares de una obra del Premio Nobel Gabriel García Márquez.


Se comprenderá que los bonos de Chile en el exterior no estaban en su mejor momento. 

Por tanto, el primer gobierno democrático, del presidente Patricio Aylwin debió iniciar un proceso lento y, en la medida de lo posible, de retomar las relaciones internacionales. 

En cultura, a través de la Oficina respectiva del Ministerio de Educación, se iniciaron acercamientos a la UNESCO y a organismos regionales, como el CERLALC (Centro para el fomento del libro en AL y el Caribe), que cumplió un relevante rol de asesoría en la elaboración del proyecto de ley del libro, que sería la primera legislación cultural de la democracia, en 1993, gracias a un proyecto tipo elaborado por el experto de UNESCO, Álvaro Garzón.

Desde el mismo ministerio, que dirigía Ricardo Lagos, se iniciaron contactos con la democracia venezolana, en especial con el ministro de cultura, José Antonio Abreu, en relación al sistema de orquestas juveniles, que encarnó desde Chile el maestro Fernando Rosas. Además con intercambio de experiencias -que Venezuela tenía, así como chilenos exiliados en dicho país- en gestión cultural y manejo de polìticas del libro como Monte Ávila, el Banco del Libro y su filial Ekaré. 


Con el advenimiento del gobierno del presidente Frei Ruiz Tagle, la Cancillería de José Miguel Insulza y Mariano Fernández emprendió tareas de relevancia en diplomacia cultural. 

Destaca la Expocumbre de las américas, que acompañó a la Cumbre de abril de 1998 y que contó con la asistencia de casi todos los presidentes americanos, cada uno de los cuales fue acompañado por una muestra cultural relevante de su país, así como el recién descubierto Señor de Sipán, desde Perú; los voladores da Papantla, desde México o Herbie Hancock desde Estados Unidos.

Chile entregó a diversas instituciones -de gobierno y la sociedad civil-, la organización de su muestra, cómo la Biblioteca nacional; pro Chile; la Sociedad de defensa de los derechos de autor, y el Centro Cultural de la Estación mapocho, donde se llevó a cabo la exitosa exposición.

El mandato de Frei culminó, a fines de 1999, con una desbordante presencia en la prestigiosa FIL de Guadalajara, México, como país invitado de honor, hasta donde llegaron los escritores: Gonzalo Rojas, Volodia Teitelboim, Poli Délano, Antonio Skármeta, Raúl Zurita, Efraín Barquero, Roberto Bolaño, Carlos Cerda, Jaime Collyer, Gonzalo Contreras, Alejandra Costamagna , Elicura Chihuailaf, Marco Antonio de la Parra, Ana María del Río, Guido Eytel, Soledad Fariña, Carlos Franz, Alberto Fuguet, Benjamín Galemiri, Alejandro Jodorowsky, Ramón Griffero, Floridor Pérez, Jaime Quezada, Hernán Rivera Letelier, Fernando Sáenz García, Luis Sepúlveda, Marcela Serrano, Elizabeth Subercaseaux y Luis Alberto Vargas Saavedra.

Los músicos, Los jaivas; Los Tres; IIIapu; el Cuarteto de guitarras de Santiago; Sol y lluvia;Inti Illimani, y Douglas. Las m
uestras plásticas: El lugar sin límite, de plástica chilena contemporánea; Siqueiros ilustra el Canto General de Pablo Neruda; Si vas por Chile, plástica chilena de radicados en México, como Francisco Altamira, Carlos Arias, Osvaldo Barra, Francisco Casas, Beatriz Aurora Castedo, Víctor Hugo Núñez y Nathalie Regar, y Perfiles chilenos desde la conquista, litografías. 

Las compañías de Teatro de Julio Jung y la Troppa. Y el cine: Historias de fútbol, del director Andrés Wood; La Dama de las Camelias, de José Bohr; Gringuito, de Sergio Castilla; El Chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin; Cielo ciego de Nicolás Acuña; Julio comienza en Julio,  de  Silvio Caiozzi, y El entusiasmo y La frontera, de Ricardo Larraín.


Paralelamente a este despliegue artístico, tanto de americanos en Chile como de chilenos en México, se realizaba en el Congreso Nacional en Valparaíso, un multitudinario encuentro de Políticas públicas y legislación cultural, con participación de más de 600 personas de la cultura y que culminó con un listado de las 120 demandas de la cultura, encabezada por la necesidad de crear un Consejo nacional de la cultura.

Tarea que inició y concretó el siguiente presidente, Ricardo Lagos, en 2003. Y que fue ejemplar para otros paìses del continente.

Pero, esa, ya es otra historia.

23 septiembre 2019

CULTURA Y DICTADURA ¿TERMINOS EXCLUYENTES?



Parece arriesgado incursionar en la relación entre cultura y dictadura. Una manera de hacerlo es circunscribir la relación de dichos términos a un tiempo determinado, donde, al menos uno de ellos, es certero: 1973-1989 en Chile. Es indiscutible que fueron años de férrea dictadura, lo incierto es si se puede hablar de cultura en aquellos años. Es lo que intenta, con vacíos y aciertos, el libro de Karen Donoso, titulado precisamente, Cultura y dictadura, censuras, proyectos e institucionalidad cultural en Chile 1973-1978, editado por la Universidad Alberto Hurtado, a inicios de 2019.



En la introducción, la autora declara compartir "la evaluación que la dictadura civil-militar no desarrolló una política cultural unificada con una planificación que tuviera objetivos a corto y largo plazo y que implicara la creación de una nueva institucionalidad". Sostiene que aquello se produjo por varios factores: 
"El primero, la influencia del neoliberalismo en los planos económico-social, lo que tensionó las propuestas nacionalistas y corporativistas de configurar un Estado presente en el desarrollo cultural e incorporó el financiamiento privado. El segundo la “guerra sicológica” emprendida contra el marxismo y las políticas de represión y censura, las que fueron consideradas como materias más urgentes en el diseño de política y reforma cultural. Y la configuración de una nueva concepción de la “cultura nacional” que, arraigada en una definición de la tradición cómo una esencia dada sin posibilidad de cambios, no promovió instancias de incentivo a la creación". 


En los tres factores enunciados, se ignoran dos aspectos muy relevantes para las políticas culturales: la resistencia que ofrece naturalmente una sociedad a una cultura impuesta y, su consecuencia, la ausencia de participación ciudadana en la formulación de las supuestas políticas.


De hecho, todas las iniciativas de politicas culturales obedecen, para la autora, a personas designadas en cargos de responsabilidad cultural en el gobierno dictatorial. Podría llegar a pensarse que la ausencia de destrezas políticas y de gestión de Enrique Campos Menéndez o Germán Domínguez es lo que explica que el largo gobierno cívico militar no tuviese una herencia en este terreno.


Se extraña, en la primera parte del texto, testimonios de quienes vivieron los intentos de políticas y de quienes los sufrieron directamente, por ejemplo en la censura o las acciones directas en contra de obras de teatro o muestras de artes plásticas. El libro se basa en fuentes documentales que, a su vez, también fueron víctimas de la horrorosa "censura previa", por lo que el relato pierde cercanía y detalles que un libro de estas aspiraciones debiera considerar.


Habría sido de interés, por ejemplo, hacer seguimiento a las acciones de los primeros civiles que ocuparon el cargo de director en Dinacos: Luciano Vásquez, entre el 15 de febrero y el 10 de noviembre de 1979, y Jorge Fernández Parra, entre esa fecha y el 8 de junio de 1982, años de alta actividad de censura en diarios, revistas y libros. Ambos tuvieron carreras políticas posteriores, Vásquez en el Partido Nacional y Fernández, en la UDI.



No puede descartarse que entrevistas con personas e instituciones que sufrieron la censura previa, la aberración de esperar una autorización de impresión y luego otra de impresión, que campeaban en 1976, hubiesen podido dar mayor riqueza al estudio.


Tampoco reseña una cantidad relevante de iniciativas culturales y artísticas que, a pesar de todo, existieron bajo dictadura, como, por ejemplo, aquellas nacidas alrededor de los comedores populares como los talleres de arpilleras que incluso eran exportadas a través de un departamento de la Vicaría de la Solidaridad.


Se ignora aquellas actividades que, en gran número, ocurrieron bajo la protección de Embajadas o los centros culturales de las mismas, entre las que destacaban Francia, Alemania o Gran Bretaña.


Hubo también publicaciones de resistencia que enriquecían el debate intelectual y vulneraban la censura, como es el caso de revista UMBRAL, que tenía ediciones de política, comunicaciones y cultura y otra serie de economía.


En definitiva, en el estudio, las únicas fuentes son las oficiales o las toleradas por el gobierno, desperdiciándose la riqueza de la actividad cultural incesante tanto en Chile como en el exilio, que llegaba a Chile en las más diversas formas.



De solo esta información oficial, se torna inexplicable que, al convocarse el plebiscito de 1988, surgieran de inmediato en el país buenos actores, excelentes músicos, extraordinarios artistas visuales y  notables escritores que se agruparon alrededor del Comando del NO, dando a conocer sus talentos que -obviamente- no estaban apagados sino sencillamente desarrollándose fuera de los círculos de la dictadura y de las publicaciones autorizadas por ésta. 



Precisamente de esa efervescencia, que convirtió a la del NO en una campaña cultural más que política, es la que a muy corto andar se expresó en los gobiernos de la Concertación y culminó con un Consejo nacional de la cultura y las artes, participativo y original, ampliamente debatido y consensuado en el mundo de la cultura.



Allí radica la gran diferencia con lo acontecido durante la dictadura, que la autora recoge en su segundo capítulo, al abordar "las definiciones de cultura que circulaban al interior del gobierno, considerando el nacionalismo, el corporativismo, el neoliberalismo y el discurso de las Fuerzas Armadas". Son concepciones que, de haber existido, no involucraron a los integrantes del mundo cultural sino fueron derivaciones de situaciones políticas contingentes que llevaron a puntos de consenso dentro de este bloque, como el nacionalismo, el anti-marxismo y el Estado subsidiario, sin que llegaran a ser parte de las políticas culturales.


En el capítulo tercero, la autora expone proyectos de reforma cultural en los planos legales e institucionales, presentados por funcionarios del régimen sin mayores respaldos de incumbentes, y descartados por el gobierno. Donoso analiza "el imaginario de los proyectos así como la recepción que tuvieron dentro del régimen y se plantea una explicación de por qué no llegaron a puerto, a pesar de haber sido anunciados públicamente por la prensa", lo que obviamente no basta en una dictadura con prensa controlada.



En el último capítulo, indaga en las actividades desplegadas por tres oficinas dedicadas a materias culturales: la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio de Educación y la Secretaría de Relaciones Culturales, llegando la autora a la conclusión que eran tres entes autónomos sin coordinacion entre ellas.



Contando inicialmente con los mismos instrumentos, los gobiernos de la concertación lograron, desde sus inicios, coordinar estos organismos para avanzar en crear una institucionalidad cultural. 



Juan Pablo González, doctor en musicología, que presentó el libro, destaca que su valor "radica en inferir hechos y consecuencias, con la poca documentación visible con los que se cuenta, muchas veces mediada además por la prensa oficial. Sin embargo, el libro logra un tejido consistente y claro de un álgido período de la historia cultural chilena, llena de suposiciones, cruzamiento de memorias y con vastas zonas ocultas a los propios protagonistas de la época. Devela el engranaje de ese nuevo sentido común que se intentó instaurar en Chile y que fue el mecanismo más efectivo de censura y permutación social".




Lo que hace Donoso es abrir muchas interrogantes y senderos de investigación futura, entre los que no debe descartarse la experiencia testimonial de quienes sobrevivieron esta oscura etapa de la cultura nacional. 

Aspecto que adquiere, naturalmente, una urgencia creciente.


28 agosto 2019

LEY DEL PATRIMONIO Y LA PARTICIPACIÓN



Luego de aceleraciones y retardos, el proyecto de Ley de Patrimonio que se encuentra en la Cámara de Diputados, en su primer trámite constitucional, parece estar tomando un curso normal, con verdaderas discusiones en base al articulado y no sobre láminas de power point, como muchos se quejaron. También, la Ministra Consuelo Valdés se involucra en el proceso de discusión que, hasta ahora, recaía en los hombros del subsecretario Emilio de la Cerda.


Sin urgencias en lontananza y con mesas de discusión amplias, se está dando el necesario juego de la participación que había sido esquivo y que muchos confundieron con enviar sendas cartas a los diarios.


De la Cerda está en todas, responde las cartas, cita mesas, se reúne con trabajadores y asiste a la Comisión de Cultura, evadiendo censuras que afectan a la generalidad de los subsecretarios.


Pero las leyes no las hace una sola persona, por capaz que sea.

El subsecretario está consciente que es el momento de acumular fuerzas en la sociedad civil y el Parlamento, pero no puede olvidar que éstas tambien deben venir del Ministerio que acoge a la nueva institucionalidad patrimonial.

Mientras de la Cerda es categórico en afirmar que, en la ley, viene una "presencia regional resolutiva" y un "equilibrio entre la representación del estado y la sociedad civil junto a la academia", el ministerio no ha sido precisamente claro en esos temas. 

Tanto, que ha sufrido variados conflictos con las y los seremis, dónde los trabajadores han acusado de acoso laboral al menos a dos autoridades regionales, una ya destituida, la otra, en proceso.

Tampoco ha mostrado interés público en situaciones que complican el mundo cultural, como son las que afectan al Teatro Municipal de Santiago -que Yasna Provoste denunció en la Sala del Senado- o las que afectan al teatro regional del Bío Bío, que parece sufrir el regreso de los "viudos del Pencopolitano". Esa misma instancia ha provocado la salida a las  calles de artistas de la zona que protestan por la incorporación de un diputado -Luciano Cruz Coke- a su directorio, cuestión que no parece estar legislada, pero que no da la impresión de ser muy estética. Tampoco ha sido muy categórica la posición del ministerio respecto del sitio de memoria de Neltume, que le ha costado una fuerte ofensiva de la UDI.

Es curioso que cuando se debate una ley que tiene, entre sus propósitos más queridos, la incorporación de los factores participación y descentralización -"No podemos seguir funcionando con un órgano como el CMN que por casi 100 años ha tomado todas las decisiones del patrimonio de Chile desde Santiago" ha dicho de la Cerda en sus redes sociales- se eclipsan las instancias participativas que tuvo el antiguo CNCA y que no han sido, hasta ahora, bien resueltas en el nuevo ministerio.

Se da la paradoja que, vecina en el tiempo, de la ley que creó el ministerio, esta ley patrimonial se asemeja mucho más a la ley del CNCA, que data de 2003.

Es decir, es entre otras cosas, una  ley de participación de la sociedad civil en el patrimonio, aunque su articulado no da debida cuenta de ello. 

El espíritu es claro: consejos regionales y un consejo nacional, que llevan, en la letra, una enorme participación de funcionarios públicos en desmedro de instituciones, profesionales capacitados y agrupaciones gremiales indispensables. 

De hecho se ignoran en los artículos aspectos básicos en la gestión del patrimonio como las corporaciones culturales que administran, con éxito, edificios patrimoniales. Sin ir más lejos, el Precolombino, la estación Mapocho, Matucana 100 y tantos otros, en regiones y la capital.  Tales corporaciones culturales sin fines de lucro, están de sobra capacitadas para administrar edificios patrimoniales, en ocasiones, más que algunas municipalidades que sí aparecen en el articulado como responsables de administración de inmuebles.

También están ausentes los académicos, que se reemplazan por expertos. En ese sentido, la Universidad de Chile hizo ver que muchas veces un equipo de investigadores y docentes  de larga experiencia y profundos estudios pueden ser mucho más útiles que la figura, que recoge la ley, de un experto. 

Desconoce la ley también, para integrar sus consejos, la destreza profesional de los gestores culturales, a quienes la ley del CNCA daba mucha relevancia, tanto como integrantes del Directorio nacional como en la representación de universidades que los acogieron como docentes en el tema.

Se extraña además, la ausencia como posibles consejeros de un colectivo que ha dado excelentes resultados: los premios nacionales. Demás está recordar el aporte en el CNCA de Humberto Giannini; José Balmes; Lautaro Nuñez, y ahora, Manuel Antonio Garretón.


Todos estos posibles integrantes de los consejos le darían a estos un nivel y una permanencia más sólida que la de un eventual representante de un ministerio que puede ser removido en cualquier momento..

Además, es poco revelador de su autonomía, la designación de consejeros de la sociedad civil, por parte del Presidente de la República, por más que no pudieran ser removidos por éste.  

Los consejeros deben renovarse por partes y un número relevante de ellos designados por colegios electorales constituidos para tal efecto o por asociaciones gremiales pertinentes, como acontece en las leyes sectoriales del libro y lectura, la música y el audiovisual.

Es decir, si revisamos la legislación cultural existente, de 1993 en adelante, podemos mejorar sustancialmente el proyecto.

22 agosto 2019

QUIMANTÚ, LA UNCTAD III Y "EL GABRIELA"



La Editora Nacional Quimantú y UNCTAD III fueron hazañas hermanadas, en el tiempo y en la  mística que encerraron: mientras la torre que ocuparían los delegados de los 141 países miembros era destacada por sus trabajadores con un enorme número que identificaba el piso construido, asomando a la Alameda, la editorial imprimía los prodigiosos once millones, o más, de libros que irían a alimentar la avidez lectora de los chilenos, en pleno proceso de cambios.


Tal es así que la empresa, bajo el sello Documentos Especiales, publicó al precio de Eº 15  (con Eº 0.5 de recargo aéreo) un verdadero almanaque con información detallada de cada uno de los países participantes, llamado Los países en la UNCTAD III. Allí aparecen todos los de América del sur, América central, África y Asia, los entonces llamados sub desarrollados. Era una tirada de 30.000 ejemplares de 146 páginas y una contraportada a todo color, con las banderas de países asistentes.

El único aviso, en la tercera tapa de la publicación, es de la misma empresa. Promociona las Historietas Q: Delito y Dimensión 0, que aparecían alternadamente los martes; Guerrillero y Jungla, que aparecían alternadamente los miércoles; El Manque y Guerra, que se alternaban los jueves.

En el detalle de cada una, llama la atención que Guerrillero, publica "la patriótica lucha de Manuel Rodríguez y de Mizomba, el héroe africano". Mientras El Manque trata de "un afuerino rebelde recorriendo la Patria y luchando por la justicia".


Pasada la reunión internacional, Quimantú editó -también en 30 mil ejemplares- con tapa más dura y al precio de Eº 45, otro Documento Especial titulado, sobre fondo naranja: Los resultados de la UNCTAD III. Esperanza o frustración para el desarrollo.

El  texto comienza, luego de una Introducción sin firma, con el discurso inaugural del presidente Salvador Allende, seguido por los discursos de las delegaciones, agrupados en bloques: Bloque socialista (China URSS, Rumania); Bloque capitalista (EEUU, Japón, Francia, Mercado común europeo) y luego, los países del Tercer mundo.

Termina con un ilustrativo glosario estadístico de los 141 estados miembros y otros participantes: 7 organismos de la ONU; 13 organismos especializados; 37 organizaciones intergubernamentales, y 30 ONGs.

De este modo, los chilenos se enteraron del destino que había tenido este edificio que acogió "seis semanas de debates y enfrentamientos entre países pobres y países ricos, en el elegante edificio en el centro de Santiago, construido por obreros chilenos en plazo record para la conferencia".


Como lo había planeado Allende, el edificio fue traspasado al Ministerio de Educación, para instalar allí el Centro cultural metropolitano Gabriela Mistral.

En ese período, se instaló un gigantesco comedor que atendía, con el novedoso sistema de autoservicio, a los transeúntes del sector: profesores y estudiantes universitarios, habitantes de las torres San Borja y ... trabajadores de Quimantú que cruzaban el río y caminaban unas cuadras del parque Forestal, para disfrutar de los amenos almuerzos y, más entretenidas aún, las colas previas a alcanzar la ritual bandeja que permitía comer abundante a bajo precio.

Tan animadas eran las esperas que varias ferias de libros se instalaban en el área. Incluso aparecieron en esa locación representantes del Instituto cubano del libro, que venían a vender su producción. 

En una oportunidad, pude ver un descarado robo de un libro cubano. Se lo advertí cuidadosamente al encargado. 

-No se preocupe compañero, los libros son para leerlos, respondió. 

Tan fuerte era el recuerdo de ese comedor que, años después, cuando la presidenta Michelle Bachelet me encomendó coordinar al comité interministerial que se haría cargo del proyecto de centro cultural que seguiría al incendio de 2006, me introdujo al tema simplemente haciendo el gesto de quién lleva en sus dos manos la bandeja de un autoservicio de comidas. Respondí con el mismo gesto y ahorramos muchas palabras.

Otro gesto de los inicios de esa misión, no fue con las manos sino con la mirada hacia las alturas, protagonizada por el arquitecto Miguel Lawner, a quien encontré a la salida de una estación de metro y le conté la reciente designación. Elevó sus ojos al cielo y exclamó: ¡San Chicho! Tampoco fueron necesarias más palabras. Solo un abrazo y un "buena suerte".

La historia posterior recoge varios cambios de uso y de nombre del edificio.

En el proyecto encomendado, había una condición indispensable: que contuviera una biblioteca especializada -que no la había en el país- en artes musicales y de la representación, pues sería este el espacio nacional para acoger esas áreas artísticas.


No deja de ser emblemático que sea esta biblioteca -hecha una pujante realidad- la que acoja la presentación del libro Quimantú: prácticas, política y memoria, de Marisol Facuse, Isabel Yañez e Isabel Molina que inicia la necesaria investigación sociológica en esta casi inagotable cantera de información que constituye Quimantú. 

El problema, como casi siempre, es por donde comenzar esta minería de datos. 

Está la formidable producción editorial: once millones setecientos noventa y cinco mil ejemplares impresos, distribuidos en 317 títulos, según cifras recopiladas por el economista Sergio Maurín, gerente general de la empresa.

Está el novedoso y eficiente sistema de gestión, administrado por sus trabajadores. Quienes tenían cinco representantes, elegidos por los comités de producción que operaban  en cada sección, en el comité ejecutivo de Quimantú, que se completaba con cinco representantes designados por el gobierno (uno por partido más un independiente) y el gerente general, que lo presidía.

Está el rol que Quimantú jugó en la incesante lucha ideológica que se desarrolló en Chile, a comienzos de los setenta, y que -aunque parezca increíble- tenía a ambos contendores -derecha e izquierda- en igualdad de condiciones. Igualdad que debió romperse por las armas.

Está el debate que, al interior de la empresa y de la UP, se daba entre las dos almas de dicha coalición política, entre quienes creían en la vía democrática para acceder al poder y quienes la despreciaban como un mecanismo burgués. 

Está, finalmente, la dura realidad del tiempo, que enseña que hay poco escrito sobre estos temas y, sobre todo, los testigos directos van envejeciendo, lo que pone en peligro la recopilación de antecedentes a través de sus protagonistas.

Quizás por ello, con buen criterio, las autoras recurren mucho a la técnica de las entrevistas. Y a la palabra directa del prologuista, Tomás Moulian.

Es un placer leerlo, porque recorre, con amplitud diferente, todos los aspectos enumerados y deja con gusto a poco.

Debemos esperar nuevas incursiones académicas en este episodio irrepetible de nuestra historia patria.

15 agosto 2019

¿ES POSIBLE VOTAR EL ARTE?



Cuesta entender que una autoridad llame a la ciudadanía a votar respecto de la permanencia de una escultura en un determinado lugar. Lamentablemente, el reciente derrumbe en el pasaje Pasteur de Valparaíso nos ha enseñado que ni siquiera la naturaleza con su inusual violencia, es capaz de exterminar una obra de arte como es el Museo a cielo abierto de Valparaíso, aunque dañó un par de murales.


En el caso de Puerto Montt estamos en presencia de arte sobre el arte. Cuenta la leyenda que el escultor de esta pareja de enamorados sentados frente al mar, se inspiró en la popular canción del grupo sesentero uruguayo, Los Iracundos, llamada precisamente Puerto Montt. 

El hecho es que la obra -que puede gustar o no- lleva un tiempo en el lugar, lo ha connotado de determinada manera y -con seguridad- ha atraído a un numeroso grupo de enamorados que se han confesado sus buenos sentimientos mutuos, frente al mar.

O sea, el arte ya es mucho más que la presencia física de dicha escultura, por mas que un Seremi crea que es llegar y ganar una votación para remover la obra.  Además, un colega de otro ministerio se apresuró a ofrecer un nuevo espacio -de todos los chilenos- para el traslado. Con la lógica imperante, también debiera llamarse a otra votación para aceptar o no ese emplazamiento.

Cabe recordar que otra colega del escrutador Seremi, ni más ni menos que la de Culturas... debió abandonar recientemente su cargo por malos tratos a los funcionarios de su repartición.

Algo huele mal entre los seremis de Los Lagos y su relación con la realidad, las obras de arte y las personas.

Afortunadamente, en el alcalde Gervoy Paredes, elegido con amplia mayoría en su momento, primó la cordura y llamó a evitar el desaguisado que tendrá resultado en 27 de agosto.

Más allá de cual sea la voluntad popular -una mixtura entre votos presenciales de puertomontinos y virtuales de personas de todo el país- correspondería a las autoridades de las culturas emitir un juicio sobre la permanencia o no de obras de arte. De otro modo a cualquier funcionario de pocas luces se le podría ocurrir someter a votación la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia en plaza de Armas de Santiago o el homenaje a los Héroes de Iquique en la plaza Sotomayor de Valparaíso.

Y ¿porqué no?, votemos para que La República, recién recuperada para su locación en Playa Ancha permanezca en los agradables y privados jardines de don Raúl Schuler, para evitar el riesgo de rayados y maltrato de grafiteros.

Y que el director del Bellas Artes plebiscite la permanencia de la escultura de Rebeca Matte en el frontis de su museo, para no tener que gastar en onerosas restauraciones .

Con las votaciones y con el arte, no se juega.

19 julio 2019

ES EL FINANCIAMIENTO, NECIOS

Se podría decir que la historia del actual gobierno en cultura es la historia del financiamiento (o no financiamiento) de la cultura. Cuesta encontrar otras aristas que destacar en este sector. Los grandes proyectos, museo histórico y teatro del GAM, están entregados a esa variable. El primer año presupuestal se caracterizó por el intento de reducción de un 30% del  aporte público a seis instituciones; el segundo año va por las mismas: el recorte del Banco Estado a su apoyo al cine; los despidos en el teatro Municipal, con la reflexión del rector Carlos Peña sobre su economía; la solicitud de modificar las leyes de donaciones para crear un fondo común. Escribo mientras el único aporte público estable y creciente, los fondos concursables, una vez más ha visto caída su página de postulaciones virtuales el día de cierre de las mismas.


El  revelador mensaje elegido para ilustrar este comentario, tiene un doble destinatario: el estado y los empresarios. Son ellos quienes deben "soltar las lucas" pues son quienes las tienen.

Veamos cómo podrían "soltarlas" para enfrentar la difícil situación de la cultura.

La realidad cercana enseña que, ante un proyecto de nuevo edificio, aprobado en primera instancia, para ampliar el museo histórico, se opta por una solución económica: crecer hacia el vecino edificio del correo, derribando murallas del segundo piso y agregar al museo algunas salas de exhibición.  El edificio de "tripas", es decir bodegas, talleres, laboratorios queda para más adelante.

En el caso del teatro que contempla la segunda del GAM, parece estarse optando por una habilitación de la antigua tercera etapa, esto es, la ahora llamada torre Villavicencio, en un ambicioso proyecto de la Universidad de Chile que se haría cargo del edificio de 23 pisos, varios subterráneos y amplios patios. Nuevamente, una solución con vista de la opinión pública, que circula por la Alameda en el que la universidad aportaría recursos no difíciles de obtener para un proyecto con semejante ubicación, semejante público y el respaldo de facultades de Artes, Arquitectura -ubicada enfrente-, y solo a pasos del centro de extensión de la U. que está construyendo su propio teatro de conciertos que tendrá orquesta propia, que en sus orígenes formaba parte del proyecto centro cultural Gabriela Mistral: la Sinfónica de Chile.


Ambos casos enseñan que el Estado prefiere soluciones más económicas y de alto impacto en la ciudadanía: una sala de exhibiciones más que un edificio de bodegas; un proyecto atractivo en plena Alameda que un teatro de incierto nivel de autofinanciamiento, por su magnitud.


En esta misma línea podría inscribirse la resolución del Banco Estado, banco público, arguyendo que su aporte no se traduce en buenas películas y que éstas deben financiarse solas. Precisamente, como sabiamente respondió Neruda a un diplomático ruso que le consultaba cuando habrá buen cine en Chile. 

- Cuando haya mal cine, Boris. 

Es decir cuando haya muchas películas chilenas, buenas y malas... esa es la tarea de un banco y otras instituciones del estado. Que existan muchas películas, para todos los gustos.

Por el otro lado, los privados escabullen cada vez más la necesaria filantropía. Es notorio en el teatro Municipal donde sus propios ejecutivos reconocen que en en cuatro años se redujeron, a razón de mil millones por año, los aportes privados. Tema digno de analizarse y multivariable pues sugiere razones políticas (por el cambio de dirección hecho por una alcaldesa socialista); razones urbanas (la dificultad de trasladarse desde los sectores altos de la ciudad al céntrico teatro); razones de la aparición de nuevas salas con  programación similar, en Las Condes, y razones de gasto excesivo en remuneraciones e indemnizaciones. Finalmente, quienes terminan pagando todo ello, son los trabajadores que sufren los despidos masivos recientes.

A eso se agrega la reflexión del consultor del directorio del teatro, Carlos Peña, quien señala que “las artes escénicas demandan financiamiento no porque se trate de bienes puramente meritorios (lo que aconsejaría proveerlos al margen de las preferencias de mercado), sino porque proveen externalidades positivas, que difuminan beneficios hacia el conjunto de la sociedad”.

Lo que deja en evidencia la contradicción entre cultura y mercado. Tema que debiera llevar a un debate profundo sobre el financiamiento público de las artes y su forma particular de incrementarse, dado que mientras más progresa la sociedad, más se encarecen los costos de las artes escénicas.


A lo anterior, debemos agregar la decisión del gobierno anterior, de dar gratuidad de acceso a los museos públicos, que se tradujo en disminución de ingresos en dinero y no logró aumentar los visitantes, como lo acusan estudios recientes. El contraejemplo, el museo Precolombino, que aumentó el precio de la entradas a los extranjeros, rebajó a los nacionales, logró incremento de público y de ingresos. Obviamente con imaginativas muestras mejor difundidas y en horarios novedosos, como apertura durante la noche.


Con esta realidad vuelve a ponerse en el tapete los diferentes modelos de financiamiento, íntimamente ligados a la gestión de los espacios culturales. Ambos términos -infraestructura y gestión- están irremisiblemente unidos.

La experiencia del siglo XXI enseña que no existe un mejor modelo que el financiamiento mixto.   El gobierno no debe ponerlo todo, tampoco los privados.

Aún en modelos de autofinanciamiento total como es el CCEM, existe un aporte público valioso: la estación de ferrocarriles al que se suman los aportes que surgen del arriendo de sus monumentales espacios.

En el otro extremo, del financiamiento estatal absoluto,  como los museos públicos, se están discutiendo legislaciones, como la Ley del Patrimonio, que les permite aportes privados a través de corporaciones o asociaciones de amigos.

En el intermedio están todos los otros espacios que deben compartir ingresos públicos, privados y de sus visitantes. El caso del teatro Municipal es uno de ellos y se debe explicitar cuáles serán los aportes de cada sector con su correspondiente participación en el gobierno corporativo. Cabe recordar que cuando se creó el CNCA, el Ministro Weinstein intentó, sin éxito, incorporar representación gubernamental en el directorio, conforme a la magnitud de los aportes.

Lo mismo debe ocurrir con el GAM, cuyos estatutos contemplan un porcentaje de autofinanciamiento, a través de unidades de negocios como los estacionamiento, locales comerciales y las salas de espectáculos. Otro aporte debe venir de las audiencias y el saldo desde el estado.

Para qué seguir con las corporaciones del grupo de los 6 del fallido recorte del 30%, que deberán demostrar lo que requieren del estado, luego de extremar sus planes para obtener recursos de sus audiencias y auspiciadores.

Una cuota, por pequeña que sea, ayuda. ¿cual es la cifra?

Hasta que duela, diría un seguidor del padre Hurtado.

En todo caso, nada será suficiente si el gobierno y los empresarios no invierten seriamente en cultura. Al menos al nivel de los países OCDE que pretendemos ser.

09 julio 2019

EL CURIOSO ROL DEL PARLAMENTO EN CULTURA



La primera vez que escuché el aserto, fue a propósito de la esperada participación en la discusión de la Ley del Patrimonio. Organizaciones de trabajadores y otras de la sociedad civil se quejaban de que no habían tenido oportunidad siquiera de conocer el articulado de la iniciativa. Bueno, pensé, se deberá a la relevancia de la ley en cuestión y -como se dijo- a que el ministerio responsable de las relaciones con el Congreso, así lo exigía.


Pero no fue así. Siguiendo en la transmisión televisiva de la comisión respectiva de la Cámara de diputados del lunes 8 de julio, comprobé que el parlamento era el sitio para debatir todos los problemas de la cultura. Desde la restricción territorial de una declaratoria de un humedal por parte del Consejo de Monumentos Nacionales, a la solicitud de los gremios involucrados, de despedir a una Seremi acusada de acoso laboral.

Por cierto, tambien una propuesta de citación al Alcalde de Santiago por la situación laboral que afecta a los trabajadores del Teatro Municipal. Y la  crisis del cine, aguijoneada por el recorte que le hizo el Banco Estado.

Ah, y, además, se destinaron unos minutos al propósito de la sesión que "recibir a la Ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, señora Consuelo Valdés Chadwick, y al Subsecretario del Patrimonio Cultural, señor Emilio de la Cerda, para tratar temas propios de su competencia. Iniciar el estudio en general del mensaje, que establece una nueva institucionalidad y perfecciona los mecanismos de protección del patrimonio cultural, correspondiente al boletín N°12.712-24".

Es decir, se estaba, por fin, iniciando el esperado estudio del proyecto que el Presidente de la República anunció durante la celebración del Día del Patrimonio Cultural 2019. Entonces, Piñera y un conjunto de ministros firmaron un proyecto de ley que promueve el reconocimiento y cuidado del patrimonio cultural de Chile, desde edificios y monumentos hasta sus tradiciones y rituales. “Lo que se busca -señaló- es centrar la protección a nuestra historia y a nuestra cultura, no solamente en los monumentos, sino que en todo lo que es patrimonio”.

En su Cuenta Pública a la Nación 2019, unos dias después, el presidente reiteró la relevancia: "por sobre todo, quisiera destacar el Proyecto de Ley de Patrimonio Cultural que protege tanto el patrimonio tangible como el intangible de nuestro país, como nuestro folklore, nuestras expresiones artísticas y rituales y nuestros maravillosos paisajes”.

Se suponía que el proyecto estaría en tabla, luego de haberse despejado la agenda de julio de diputados y diputadas, recargada con temas como libertades de opinión e información y ejercicio del periodismo; recursos y programas relativos a los fondos audiovisuales del Consejo Nacional de Televisión; 50 años de la Agrupación Folclórica Huentelauquén, y recibir a la Fundación que administra al Sitio de Memoria José Domingo Cañas 1367.

No obstante, la esperada sesión del 8 de julio dejó gusto a poco debido a los temas ajenos que se trataron en la enumeración anterior. Muchos de ellos que podrían haberse solucionado administrativamente, como la remoción de una funcionaria; en alguna sesión del Consejo Nacional de las Culturas como el conflicto laboral del Teatro Municipal; con una aclaratoria del Secretario Técnico del Consejo de Monumentos, en el caso del humedal, o con simples disposiciones de alguno de los subsecretarios o la ministra allí presentes, en esta especial asamblea de conflictos vigentes de la cultura.

En otro sitio de debate cultural -las redes sociales- en tanto, estallaba la grave supresión de los fondos que el Banco Estado propinó al cine chileno, que ha llevado a los cineastas más laureados incluso a arremeter contra la Ley de Donaciones.

No son ese tipo de asambleísmos, lo que demanda el mundo de la cultura como participación; como ocurrió hasta hace no mucho tiempo, en los consejos nacional y regionales. No se puede trasladar a una comisión parlamentaria o al tuiter, el día  a día cultural, que deben manejar con prudencia y justicia, las autoridades respectivas.

Es de esperar que el proyecto pueda seguir su curso y sea la Comisión de Cultura quién resuelva sus invitados relativos al tema. Que hay muchos esperando. Para la próxima sesión, el miércoles 10 de julio, se encuentran invitadas Rocío Barrientos, Presidenta de la Asociación Gremial del Consejo de Monumentos Nacionales y Tania González, Presidenta Nacional de la Asociación Nacional de Trabajadores del Patrimonio (ANATRAP), junto a Patricio Díaz, representante del Departamento de Patrimonio Cultural Inmaterial, de la misma asociación.

Es decir, se escuchara a los trabajadores involucrados, o una parte de ellos, pues se cuentan hasta cuatro asociaciones diferentes.

Ojalá que los funcionarios responsables de remover seremis; declarar patrimonios naturales; pagar los salarios de los músicos del Teatro Municipal, y hacer ver al Banco Estado su  lamentable determinación, cumplan su cometido administrativo y que, en el Parlamento, continúe la discusión legal citando a tantos incumbentes que esperan entregar sus aportes ante quienes hacen las leyes.

02 julio 2019

HILDA LÓPEZ Y LOS MILLONARIOS DE QUIMANTÚ






Uno de los buenos recuerdos que tengo de mi pasada por Quimantú -casi todo el tiempo de su feliz existencia, entre 1970 y 1973- es el lenguaje y el sentido que tenían las palabras. Una de ellas era la expresión "millonario". No se refería solo a dinero. Éramos millonarios en imprimir libros: celebramos el primer millón impreso con un diploma que se entregó a cada trabajador. Éramos millonarios en lectores. Éramos millonarios en ventas. La primera que accedió a esta categoría fue la entrañable Hilda López.



Hilda era una madrina millonaria. Madrina de Hervi, los hermanos Vivanco y de todo lo que se relacionaba con la revista La Firme, ex La Chiva.

Un día llegó la buena nueva de que Hilda había vendido más de un millón de ejemplares de La Firme a Codelco, en varias ediciones para los trabajadores del cobre, los productores de "el sueldo de Chile" al decir del compañero Presidente.

Desde entonces, desarrollé una admiración por Hilda. Que muy pronto se transformó en cariño.

Fue la primera persona en la que pensé cuando me correspondió participar -con muchos otros periodistas- en la fundación de revista APSI, en 1976.

Buscaba a la Hilda millonaria en ventas, obviamente. Y me encontré con la Hila madrina.

Nos acogió de inmediato y, por cierto, las primeras reuniones fundacionales se desarrollaron en su casa del barrio Bellavista, con unos ricos tecitos y mucho cariño de la dueña de casa.

Después se instaló con la revista en un pequeño departamento de Matías Cousiño y construyó nuestro modesto departamento de venta de suscripciones.

Pasados los tiempo de APSI, seguimos en contacto, para coordinar visitas de ilustres quimantusinos que venían desde el exterior, como Joaquín Gutiérrez, que nunca dejó de visitarme cuando regresaba a su segunda patria desde su natal Costa Rica.

Me llamaba cada tanto para comentar proyectos relacionados, siempre, con nuestra común Quimantú, hasta que nos sorprendió con un libro "Un sueño llamado Quimantú".

Así lo presenta su editorial, Ceibo:

"Quien soñó y logró que existiera una editorial del Estado al servicio de la cultura fue Salvador Allende; una empresa editorial del Estado que contribuyera a ampliar los horizontes intelectuales y culturales de la nación, facilitara el acceso a las grandes fuentes del pensamiento nacional y universal y abaratara los costos de los libros, en beneficio de las capas modestas de la población".


Y señala, respecto de su autora: 

"Hilda López nace en los comienzos del siglo veinte. Sus primeras colaboraciones en medios escritos son para Rincón Juvenil de la Editorial Zigzag. Posteriormente trabaja en la revista Ritmo, de la Editorial Lord Cochrane, donde conoce y trabaja con muchos de los más importantes dibujantes de nuestro país.

Al llegar al gobierno Salvador Allende, el director de Ritmo, Alberto Vivanco la invita a trabajar a la recién creada Editorial Quimantú, donde estuvo desde sus inicios hasta su final el 11 de Septiembre de 1973. En este libro Hilda da cuenta de su paso por este «sueño interrumpido». No nos da cifras, nos da cuenta de sus compañeros de trabajo, de sus amigos, de anécdotas de la época".

Es decir, un libro dictado por el cariño. 

Porque los proyectos exitosos no solo requieren de buenas cifras, tambien del amor  de sus participes. 

Y de buen uso de las palabras.


24 junio 2019

ESPAÑA EN EL CORAZÓN DEL CENTRO CULTURAL

Foto Héctor Aravena. Archivo Fortín Mapocho

Desde la mesa del Embajador a nuestra mesa de Directorio, muchas aguas comunes han pasado en el tiempo que la cultura nos ha reunido. El primer símbolo, cuando solo éramos proyecto, fue la presencia del Embajador Pedro Bermejo en nuestro Directorio fundador.


Muy cerca de ello, la visita de los Reyes, Sofía y Juan Carlos, y el real encargo de cuidar las dos palmeras que plantaron junto a una placa que recuerda -entre frondosos árboles- esa ocasión.

En las  cercanías de esas palmeras, floreció la Escuela Taller dónde se formaron canteros, forjadores y jardineros del que sería el Parque de los Reyes. Esa casa, que perteneció al Jefe de estación de Mapocho, es hoy sede de la FOJI.

Pero el debut más pleno ocurrió con las Letras de España, en 1993. Miles de libros, decenas de escritores y visitas ilustres como Jordi Solé Tura, el Ministro y Cristina Hoyos, la bailaora, marcaron esa fiesta de la lectura con que España demócrata celebraba la entronización de la democracia en Chile.

Por si eso fuera poco, el 2009 recibimos el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural, de manos de la propia Reina.

Luego, han ocurrido tantas visitas al Centro Cultural de España, tantas lecturas de El Quijote para el día del libro, tantas policiales y escritores misteriosos que intercambiamos para el festival de novela negra.

Directores y directoras del CCE que llegaban a Chile con nuestra tarjeta en sus primeras agendas. Los recibimos, los quisimos y desarrollamos muchas ideas que surgían  del empeño que ambos teníamos en cruzar nuestras culturas.

Y ahora, también en conjunto y con muchas otras instituciones nos preparamos para desembarcar una vez más a los pasajeros del Winnipeg que, de alguna manera, fueron la primera embajada cultural de España en nuestras tierras.