20 abril 2017

SOLIDARIDAD Y LOS LIMITES DE LA DIVERSIDAD


"El hecho de que unos crean en que hay que recibir a los inmigrantes mientras que otros piensan que hay que intentar hundir sus botes con un par de cañonazos, no es un ejemplo estimulante de la diversidad humana". La cita pertenece al libro CULTURA del inglés Terry Eagleton, publicado por Taurus en enero de este año y entusiastamente recomendado por el crítico Juan Manuel Vial, en La Tercera, y algunos libreros locales. En el contexto actual de renovación de políticas culturales es particularmente interesante su mirada sobre la diversidad a la que acusa de no ser un valor en si misma.


Tampoco condena la exclusión: "Por principio, la exclusión no tiene nada de malo. Prohibir a las mujeres que conduzcan automóviles es deplorable, pero excluir a los neonazis de cuerpo de profesores, no". Lo que extiende a la uniformidad: "No toda uniformidad es perniciosa... Es cierto que en el mundo tiene que haber muchas clases de personas, pero sería de gran ayuda si todas ellas exigieran la abolición de la prostitución infantil o consideraran que decapitar civiles inocentes en el nombre de Alá no es la mejor forma de hacer realidad una utopía". 

Así mismo, no cree que hay que entusiasmarse con todas las minorías: "La clase dominante es una de esas minorías". 

Afirma que, siendo la diversidad un valor desde el punto de vista étnico, no debemos soslayar su papel en la ideología consumista: "Nada es más generosamente inclusivo que la mercancía, que, con desdén por las distinciones de rango, clase, raza y género, no desprecia a nadie, siempre que tenga con qué comprarla". 

Su receta parece ir por otro lado: "Hay veces en que lo que hace falta no es diversidad, sino solidaridad (no es la diversidad la que puso contra las cuerdas al apartheid y a los regímenes neo estalinistas de Europa)".

La verdad es que el aire provocador de las afirmaciones de Eagleton no sólo justifica la lectura de la obra, sino que llega oportunamente a refrescar la discusión sobre las políticas culturales que definitivamente han cumplido una etapa. 

En este plano, el concepto de solidaridad parece ir un paso adelante de la diversidad (Cualidad de diverso o variado) y de la diversidad cultural que aparece asociada a la identidad y la multiculturalidad. La defensa de la diversidad cultural se basa en el sano equilibrio que debe de lograrse con la ayuda de los diferentes grupos culturales que existen en el mundo, pero sin afectar a terceros o exceptuar alguna cultura. 

La Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de la UNESCO es un acuerdo internacional jurídicamente vinculante que garantiza a los artistas, profesionales de la cultura, profesionales y ciudadanos en todo el mundo, crear, producir, difundir y disfrutar de una amplia gama de bienes culturales, servicios y actividades, incluidas las propias. Su principal objetivo es reafirmar el derecho de los Estados a adoptar políticas culturales, reconociendo que la diversidad de las expresiones culturales es una gran riqueza para las personas y las sociedades; la promoción, protección y mantenimiento de la diversidad cultural son una condición esencial para el desarrollo sostenible en beneficio de las generaciones presentes y futuras.


En nuestro país, luego de la Consulta Indígena, la incorporación de representantes de pueblos originarios, inmigrantes y ciudadanos de organizaciones patrimonialistas al Directorio Nacional del nuevo Ministerio de las Culturas, que contempla además un Consejo de Pueblos Indígenas, parece haberse cumplido un ciclo de visibilización que actualiza a estos sectores "diversos" con el previo debate académico y ciudadano.

Cabe preguntarse cómo profundizar estos logros y es allí donde la perspectiva de la solidaridad es atractiva. No basta con reconocer la cantidad de migrantes que Chile está recibiendo, es preciso ser solidarios con ellos y acogerlos en nuestra sociedad. ¿Qué es la cultura sino un mecanismo privilegiado para hacerlo? 

En consecuencia, las políticas culturales 2017-2022, en discusión, podrían considerar este concepto, que dialoga muy bien con aquellos escuchados con insistencia en la Convención Nacional de Chillán del CNCA, como Ciudadanía y Territorio -entendido en sus componentes de localidad y virtualidad- ambos en perspectiva de lograr el Desarrollo Humano.

Es de esperar que el diálogo en torno a términos inclusivos de toda la población -la ciudadanía- no sólo creadores y sus públicos, y sus variadas dimensiones territoriales, colabore en otro propósito que no puede esperar: que la cultura vuelva a ponerse en el centro del desarrollo.

Y se supere el déficit comunicacional que esta área ha tenido desde la creación del CNCA, a inicios del siglo XXI.

Una política cultural ciudadana sería el gran camino para poner a la cultura en el centro de las preocupaciones nacionales, retomando la idea que "la cultura es tarea de todos".

Como los censos.

07 abril 2017

REFLEXIONES SOBRE UN PROGRAMA CULTURAL


Los tiempos electorales incitan a reflexionar sobre los principales aspectos a considerar en un posible programa de los aspirantes al voto popular en el campo de la cultura o las culturas. Lo primero, es considerar que el CNCA está trabajando en la actualización de las políticas vigentes, dentro de los mecanismos que su ley le otorga. Más allá de la natural contribución en ello, hay algunas inquietudes transversales respecto del "estado del arte" -literalmente- relacionadas con cuatro aspectos que podrían contribuir a un debate más amplio: gratuidad, lenguaje, individualismo y filantropía.


Comenzando por un diagnóstico de lo existente, se ha llegado a un punto de inflexión o cercano a él. Existirá pronto un Ministerio; se completarán -pronto- las infraestructuras necesarias para acoger la vida cultural; existen, bien o mal, mecanismos públicos y privados -menos- para financiar esta actividad; existen o están en vías de renovarse, políticas sectoriales elaboradas con amplia participación; hay conciencia de que se requiere una cultura inclusiva de pueblos indígenas, minorías sexuales, grupos de patrimonialistas, migrantes... además de los ya incluidos en ellas. Puede decirse que estamos cerrando un ciclo... y abriendo otro.

El ciclo que se cierra no ha logrado instalar "la cultura en el centro del desarrollo", como se aspiraba a comienzos del siglo XX y se logró, simbólicamente, con la instalación de sendos centros culturales en espacios históricos: el Palacio de La Moneda, emblema del poder político; el GAM, en el edificio que reúne el sueño de Allende con la posterior usurpación dictatorial, y la Estación Mapocho, creada para el Centenario y puerta de entrada a la capital de Chile en tiempos del ferrocarril.

Sin embargo, no bastaron para que la cultura dispute, a la fecha, espacios simbólicos -comunicacionales, institucionales, sociales- con la economía, la salud, la educación, la previsión social, las relaciones internacionales o la política. Se ganó la batalla por la infraestructura, agregando centros culturales regionales; otros en ciudades mayores a los 50 mil habitantes y, más recientemente, en localidades más pequeñas, pero se perdió la batalla por la superestructura.

La cultura no está presente en el imaginario -como las AFP, la educación superior, algunas enfermedades complejas- ni en los sueños cotidianos. Sus figuras emblemáticas no se mencionan en los listados de los eventuales candidatos, que si llevan humoristas, gente de la farándula, deportistas o comunicadores. La entrega de Premios Nacionales no es motivo de algarabía popular y los creadores destacados universalmente deben esperar centenarios u otras fechas notables para ser redescubiertos.

El Metro de Santiago está haciendo un esfuerzo por instalar en sus estaciones lugares de privilegio para músicos seleccionados, que debieran ser bienvenido por los atribulados pasajeros.

El esperado debate sobre un canal de TV cultural, terminó absorbido por la necesidad -comprensible, pero muy diferente- de capitalizar Televisión Nacional en un mundo en que grandes consorcios han comprado los canales de TV abierta, originalmente universitarios.

Las figuras culturales y sus autoridades ni siquiera son "carne de encuestas", sólo de puzzles.

¡A qué seguir!

En definitiva, el alma de una nación, como ha sido definida la cultura, no está completamente presente en el cotidiano, metáfora de una sociedad cada vez más individualista, codiciosa y despreocupada de los demás.

La sola afirmación "recuperar el alma de una nación" debiera ser suficiente para que todos valoráramos las artes, el patrimonio y la cultura. No ha sido así.

¿Cómo lograrlo?

En primer lugar, volver a valorarlos, recuperar la idea de que la cultura es valiosa y cuesta. La gratuidad ha situado a las artes y el patrimonio en el terreno de lo fácil, lo barato, lo banal. Las cifras demuestran que el no pago de los museos anunciado en el presente gobierno no ha aumentado sustancialmente las visitas a estos ni menos la calidad de los mismos. La cultura debe ser buena, no gratis. De hecho, la ciudadanía está dispuesta a pagar grandes sumas por espectáculos de calidad, como lo demuestran recitales de música rock y notables obras escénicas, cada verano. Tradicionalmente se ha pagado por libros, cine y fonogramas y sus compradores valoran lo recibido, sin pensar que debieran ser regalados. ¿Trabajaría usted gratis? suele preguntar un conocido autor al profesional que le pide, como obsequio, sus obras.


Una segunda constatación es la derrota en el lenguaje, reflejada en haber despejado el camino al concepto de innovación por sobre el más apropiado término creatividad. Aquella, además de ser una moda, tiende (según la moda) a asociarse con lo joven y descarta el aporte de otras generaciones. Sugiere, además, que todo debe ser sujeto de innovación, algo así como "la revolución permanente" de Mao. El cambio por el cambio. La creación es un proceso más complejo, que considera que no todo debe recrearse siempre. Un creador es capaz de reconocer lo clásico, que es permanente, inspirador y no debiera ser innovado. En la capacidad de distinción entre ambos hay implícito un acto de creatividad. Innovación suele ser la aplicación que hacen los emprendedores de lo que otros crean. Por tanto es un proceso diferente a la creatividad. Sin creadores, no hay innovadores, pero sin innovadores, si hay creadores. La cultura se caracteriza y se nutre de estos últimos.


Un tercer aspecto es la sobrevaloración, en las políticas públicas y en especial los fondos concursables, de la individualidad del artista y su proyecto. Lo que no es erróneo, pero insuficiente; debe ir acompañado del estímulo al trabajo grupal, de equipo, de alianzas mixtas creadores/gestores/espacios. Es preciso profundizar el otorgamiento de fondos públicos a elencos profesionales, como ocurre desde hace poco con las orquestas regionales y a las otras instituciones colaboradoras, agregando un fondo de confianza en las entidades tradicionales que han sido capaces de administrar grandes espacios y serán por tanto capaces de asignarlos a compañías artísticas sin la intervención directa del Estado. En esta línea se inscribe la idea de crear un Consejo Nacional de la Infraestructura y la Gestión.


El cuarto punto es estimular la filantropía. No calza el alto porcentaje de fortunas y de millonarios que detenta nuestro país con la baja valoración que tiene el que éstos hagan donación de ellas para devolver en parte lo que la sociedad les ha permitido. Es evidente que esta situación sólo la pueden revertir los propios detentores de la riqueza. El Estado se preocupa de que no se utilice este mecanismo para evadir impuestos y no de estimular donaciones generosas. La ciudadanía debe estar alerta para reconocer adecuadamente cuando ello ocurra. Ello debiera incrementar fuertemente  los recursos económicos para las artes.



Ahora, si preguntamos por ejemplos de centralidad que debiera tener la cultura, podemos fijarnos en el ingenioso festival de teatro en miniatura -Lambe Lambe- desarrollado en oficinas municipales y del Registro Civil, o en la propuesta ciudadana, en Valparaíso, de cambiar el nombre de la arteria principal -donde se ubica el Congreso- por el de una figura de la cultura.

No se entienda como una medida electoral ni inmediata, sino como un prolongado debate ciudadano que haga pensar sobre el lugar que debe ocupar la cultura en nuestras ciudades, quizás su mejor resultado no sea una alteración urbana, sino una reflexión colectiva de porqué nuestras grandes figuras del arte están ausentes de los espacios donde transitan, viven -hasta legislan- las personas que son, finalmente, los destinatarios de la obra creativa.

Eso, ya sería un avance. Un debate a partir de estos cuatro puntos, sería otro.

04 abril 2017

LA RELEVANTE HISTORIA NO CONTADA DE LA CULTURA


"Me pregunto si no hemos fallado en contar la historia más importante de todas: la de la relevancia de las artes en – y para – nuestra sociedad" señala en su blog la actriz y magister en gestión cultural Pamela López, a propósito de la "equivocada cuestión de pensar que lo que hacemos es relevante para todos". Pone el dedo en la llaga respecto de la suerte de desidia que afecta al debate sobre políticas culturales para las artes escénicas, un problema común en la cruzada por el desarrollo de las artes: "Pese a que logramos unir niveles discursivos comunes entre agentes artísticos y de gestión, no hemos aún permeado la acción de defensa y promoción ni hacia los públicos, ni tampoco hacia otras capas del nivel político y social". 


Me recordó una frase del entonces senador Carlos Ominami cuando fuimos, durante el gobierno del Presidente Frei Ruiz Tagle, con la Directora de la División de Cultura del Ministerio de Educación, antecesora del CNCA -Marcia Scantlebury- a casi exigirle que el Parlamento aprobara una institucionalidad superior para la cultura. La respuesta fue sucinta: ¿Quién lo pide?

Salimos cabizbajos, dandole toda la razón, convencidos de que debíamos iniciar un proceso de socialización de esta idea-necesidad que sólo advertíamos un puñado de artistas y gestores.

Vinieron entonces decenas de reuniones con grupos de diputados y expertos nacionales y extranjeros; una convención nacional casi milenaria en el propio Congreso; presencias masivas en las gradas del Senado cuando se votaba la iniciativa; algunas con participación de obispos, alcaldes, dirigentes capaces de llenar el Municipal de Valparaíso con sólo un llamado y, por cierto, grupos de creadores y gestores movilizados por sendas agrupaciones gremiales.

Aquella gesta culminó con un Consejo Nacional participativo inspirado, como recuerda Pamela: "en el paradigma patrocinador planteado por Harry Hillman Chartrand & Claire McCaughey como modelo de política púbica". El mismo que la misma autora y luego de más de una década de funcionamiento, "debe decantar en una reinvención hacia el sistema actual". Ello, porque "el gran ícono de la filantropía norteamericana nos hace creer en un régimen que convive con la acción artística, pero la verdad es que los hechos muestran que las donaciones en USA son mayoritariamente una sumatoria de donantes individuales y que nuestra realidad local –a través del incentivo tributario- no ha logrado consolidarse como alternativa a FONDART sino sólo para aquellos grandes festivales ya consolidados por su trayectoria".

En efecto, en una sociedad permeada profundamente por la competencia y la acumulación económica de grandes fortunas en pocas manos, hemos fracasado en establecer la cultura filantrópica pues nuestros millonarios se resisten a hacer grandes donaciones, no contemplan el tema de la filantropía cuando se trata abandonar los negocios y dedicarse a gobernar y nuestras autoridades endurecen cada vez más las medidas fiscalizadoras de la remendada Ley de estímulos tributarios o Ley Valdés, haciéndola ya casi un buen recuerdo.

Recientemente, Andrónico Luksic donó, vía tuiter, dos mil ejemplares del libro Un veterano de tres guerras, logrando un impacto comunicacional muy superior a los 30 millones que habría gastado si los adquiere en una librería. 

López sugiere que, fracasada la filantropía, la situación implica "una alternativa a la concursabilidad – y digo alternativa pues no vayamos a ser tan disidentes como para eliminar un sistema privilegiado en dotación de recursos a artistas individuales-. La dependencia del sistema de fondos públicos llega a su crisis solamente en cuanto las políticas culturales no han logrado aún consolidar una herramienta distinta a ésta para la alta demanda sectorial. En otras palabras y en concreto: si hay un problema, se crea una nueva línea de fondos".

Quizás lo mismo pudiera decirse respecto de la legislación. Hay un problema de coordinación entre el CNCA y la DIBAM y se crea un Ministerio; existen dificultades de financiamiento de las artes escénicas y se propone una ley.

Es válida entonces la cuestión inicial: ¿resuelven las leyes la ausencia del relato sobre la relevancia de las artes en una sociedad? ¿Lo resuelve un discurso garantista de los "derechos culturales"?

Hasta ahora nos escudamos en la ausencia o la baja -bajísima- calidad de las secciones de cultura de los medios de comunicación y -más recientemente- la necesidad de crear -o sea que el Estado cree- un canal cultural de TV. También exigiendo que la ley... hasta la Constitución, garanticen "derechos culturales", que no son más que el viejo derecho a participar de la vida cultural de una comunidad, consagrado en la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Es decir, poniendo la responsabilidad en los demás. Que otros difundan, que otros nos aseguren derechos, como si la cultura no fuese suficientemente importante para persuadir al mundo de su propia feliz condición. 


Parece llegado el momento que -una vez más- el sector cultural tome sobre sus hombros la responsabilidad de relatar a la sociedad la relevancia que tiene la cultura para ella misma. 

Retomar aquella energía que nos llevó en los últimos 27 años a construir infraestructuras; crear fondos concursables; instalar la gestión cultural como un oficio indispensable; pelear por leyes y ministerio y convertirla en comunicación cultural.

La comunicación de la historia más importante de todas: la de la relevancia de las artes en – y para – nuestra sociedad.

24 marzo 2017

EL JUEZ BALTASAR GARZÓN, SIN CORBATA



El 25 de marzo de 2003 amanecí en Austin, nervioso. Me había invitado la Universidad de Texas a exponer sobre "Cultura, TV y violencia en América Latina, el caso chileno", en un seminario internacional organizado por uno de los mayores centros de estudios latinoamericanos de Estados Unidos, el Teresa Lozano Long. Me había preparado bien, con la ilustrada ayuda del Barómetro de Violencia del CNTV, pero no era el tema que me acomodaba mejor. La primera etapa de esa mañana ocurrió tranquila en la sala llamada Corte Eldman, una réplica de las cortes tan recurrentes en series de TV y películas estadounidenses, en las que se entrenaban los futuros abogados de la U. de Texas. Cuando se levantó la sesión y salimos al café, noté un pequeño barullo alrededor de una persona. Curioso, me acerqué. 

- Buenos días, una mano muy decidida y musculosa estrechó la mía. Soy Baltasar Garzón y he venido a escucharlo, me interesa todo lo de Chile.

Sabía que el Juez tan popular en mi país estaba programado como Expositor principal del encuentro a las 3 de la tarde para disertar sobre "Libertad y violencia terrorista". Pero no había imaginado que se incorporaría a media mañana para oir mi charla. De modo que a la novedad curiosa de exponer en un estrado judicial se agregaba el hecho de tener, en primera fila -la de los acusados y defensores en las películas- a uno de los personajes más admirados luego de su trabajo para detener al dictador Pinochet en Londres.

De lo acontecido académicamente tengo poco recuerdo pero la Universidad de Texas se ha ocupado de conservar el texto en su web http://bit.ly/2nf6psw, donde revisé que concluía: "Cuando una sociedad es contaminada por la violencia sucumben también a ella sus representaciones o símbolos culturales que pueden tanto ser agentes del mundo artístico como medios de transmisión de contenidos culturales. La experiencia chilena demuestra que es una buena política el desarrollar una operación inversa, esto es, recuperar espacios violentizados, por uso (ex cárceles) o abandono (ex estaciones), para transformarlos en espacios públicos culturales y también actuar desde el mundo público para lograr espacios de interés cultural en medios de socialización relevantes, como la TV que acoge una fuerte carga de violencia en sus contenidos".

Más vívido tengo el recuerdo -quizás debido a recientes maniobras para impedir un viaje a Garzón a Chile- de lo que ocurrió esa noche, cuando los organizadores invitaron a los ponentes a una comida en un lugar texano típico. Fueron de la partida, entre otros, Rossana Regullo, de México; Ana María Ochoa, de Colombia; George Yúdice, de NYU, y el anfitrión, Nicolás Shumway.

También Garzón, que llegó, entusiasta, sin corbata, preparado para viajar en la consabida van hacia el lugar de la comida, donde, por tratarse de un condado muy religioso, estaba prohibido vender alcohol.

- No se preocupen, aclaró Nicolás, una cosa es que no se pueda vender y otra, muy distinta que no se pueda beber, señalando sendos enfriadores que, como vimos después, rebosaban de cervezas y otros bebestibles convenientemente refrigerados.

Una estratégica locación en la van, que soportó una estremecedora tormenta eléctrica durante parte del trayecto, me permitió conocer al Baltasar que, antes de dedicarse al mundo del Derecho, fue un prometedor arquero. Jugó en juveniles y estuvo a punto de decantarse por un futuro más deportivo, si su padre no le hubiera presionado para que tuviera una carrera y ha continuado cultivando su afición por el fútbol a través de su equipo favorito, el Barça.

Cuando llegó el momento de narrar algo desde mi asiento, le describí que en Chile existía, luego de su gestión londinense, una revista llamada The Clinic que, en sus comienzos, fuera considerada una humorada gráfica más de mi creativo amigo Guillermo Tejeda. No tenía idea y rió de buena gana. Al regresar informé del hecho a los responsables de la publicación para que enviaran a Garzón algunos ejemplares a la dirección que aparecía en la tarjeta que me entregó. Nunca supe si así había ocurrido.

Lo que más celebró fue la información que un conjunto musical vinculado entonces a la escuela de sicología de la Universidad Central, donde estudiaba una de mis hijas, languidecía sin mayor trascendencia bajo el nombre "políticamente correcto" de Los Mambises -los guerrilleros independentistas cubanos y filipinos del siglo XIX- en su honor había cambiado de nombre por Los Baltasar Garzón, alcanzando un éxito insospechado.

Al llegar, nos acomodamos en mesas tan rústicas como acogedoras. Luego de dar cuenta de diversas formas de chili con carne, otros platos locales y parte del contenido de los enfriadores -acabar con ellos era misión imposible por su magnitud- vino el conjunto musical texano y ... el baile.

Muy pronto me vi en la pista mientras en las cercanías, Garzón hacia, como yo, ímprobos esfuerzos por dominar esos saltitos como de película muda que caracterizan a la danza tex-mex.

Así, Texas dejó de ser solo el estado de la bandera parecida a la chilena, donde una torre petrolera es monumento público, escoltado por una voz misteriosa, grabada, que se activa cuando algún solitario turista se aproxima y le relata la historia del petróleo en esas tierras.

Austin fue el lugar donde Baltasar y yo demostramos, que, cada uno en lo suyo, es mucho mejor que bailarín.

20 marzo 2017

AQUELLA ÉPOCA DEL DIARIO LA ÉPOCA


Director y Editores fundadores. Foto Cambio21.

Los ciclos, inevitablemente se cumplen y los 30 años se parecen mucho a una generación. Si 20 "no son nada", como dice el tango, 30 ya permiten ser o hacer algo: "En la vida sólo se puede hacer una Época", confesó el segundo de sus directores, Ascanio Cavallo, en la cena bailable con que los trabajadores del periódico celebraron las tres décadas desde su primera edición, el 18 de marzo de 1987.


El tercero de sus directores, el actual Ministro del Interior, Mario Fernández, recordó en la ocasión el inevitable conflicto entre la política y el periodismo, planteado en la determinación que debió tomar cierto día, en que competían por la portada dos fotografías: una del Presidente Frei Ruiz Tagle firmando un importante acuerdo de libre comercio con los Presidentes de la la Unión Europea, otra -exclusiva del diario- de un Carabinero de civil infiltrado en una manifestación, esgrimiendo su revolver, con el Palacio de La Moneda de fondo. La lección, según Fernández le ha sido de gran utilidad en su posterior vida política. Por cierto, los editores optaron por el golpe periodístico. 

Probablemente, considerando el compromiso inicial planteado por el primer Director, Emilio Filippi, "a hacer un periodismo independiente, profesional y objetivo. Hacer un periodismo que quiere decir toda la verdad. Un periodismo serio y abierto para todos. Nuestro compromiso es defender su derecho a la noticia".

La cita presidió la celebración del 18 de marzo de 2017 en el Club Deportivo Juan Ramsay, ubicado en el 340 de la calle San Camilo (30 años antes), la hoy simbólica calle fray Camilo Henríquez, el cura periodista, fundador de La Aurora de Chile.

La última edición se publicó el día 24.7.1998. Fernando Molina, socio y Presidente del Directorio de la empresa editora por varios años, recordó que "fueron 11 años de lucha. La colección completa fue posible adquirirla cuando ocurrió el remate de los bienes de La Época por quiebra y se donó a la Biblioteca Nacional donde esta conservado físicamente y también en microfichas".

El diario cubrió con gran profesionalismo los años postreros de la dictadura y los primeros años de la democracia. Sin embargo, desde sus inicios adoleció de dificultades financieras, tanto por la imposibilidad de allegar la totalidad de los recursos que el proyecto requería, como por el verdadero boicot publicitario que sufrió por parte de los grandes avisadores.

Sin embargo, el trabajo de periodistas, fotógrafos, diseñadores y otros técnicos y profesionales fue muchas veces heroico y pudo esgrimir logros notables -recordó Cavallo- como la mejor sección internacional de que tenga recuerdo -editada por Leonardo Cáceres-; un equipo de fotógrafos de primer nivel -llegaron a pasar cerca de un centenar de ellos por La Época, bajo la dirección de Miguel Ángel Larrea-; ediciones especiales de gran calidad y envergadura como aquella del plebiscito del 5 de octubre -la portada del día 6 fue un símbolo esgrimido por las calles por los danzarines transeúntes-; un suplemento de Literatura y Libros, el primero en su género, adelantándose a Libros de El Mercurio -del que recordó especialmente a los fallecidos Mariano Aguirre, Alfonso Calderón y Carlos Olivaréz.

La Época publicaba un suplemento dominical de imperdible actualidad política y entrevistas exclusivas. Material que sin duda tributaba al silencioso trabajo de tres de sus editores: Oscar Sepúlveda, Manuel Salazar y el propio Cavallo que restaban horas al descanso para escribir el libro "La historia oculta del régimen militar", 900 páginas de consulta ineludible sobre el período, que fuera continuado por el propio Cavallo en "La historia oculta de la transición".

La celebración, con baile, tazones y posavasos conmemorativos y mucha energía, fue organizada por Julio Palacios -que recordó las dificultades tecnológicas y humanas de la producción del periódico- la periodista Mirna Concha y el reportero gráfico y profesor Miguel Ángel Larrea y no estuvo exenta de recuerdos amargos como cuando la sección deportes dio por perdedora a la UC en un partido que había ganado merecidamente o cuando -sistemáticamente- la sección de servicios erraba el dígito de la patente que debía restringirse y que solía reunir decenas de acalorados conductores en la sala de redacción, esgrimiendo sendos partes por violación de la restricción automotriz.

Avatares de dulce y agráz de un diario que, a no dudarlo, cumplió una formidable misión en la recuperación democrática y que muchos extrañan, siendo, probablemente, el último medio en el que rompieron lanzas quienes creían que los medios deben ser vinculados a un partido político -como antaño lo aseguraba nuestra Constitución- o debían ser completamente independiente de aquellos. 

Un debate que parece no haberse cerrado.

13 marzo 2017

REVISANDO LA HISTORIA Y MIRANDO LOS PARES


Entre una sesión y otra de estudio en particular, en el Senado, de la Ley que crea el Ministerio de las Culturas, el CNCA se dio tiempo para poner la iniciativa legal en contexto. Diacrónico y sincrónico. En lo primero, se recurrió a los tres hitos de la breve historia de la institucionalidad cultural que siguieron a la dictadura militar: los cabildos culturales, la creación del Consejo y la propuesta de Ministerio. Actuaron como ponentes, respectivamente Claudio Di Girolamo, Agustín Squella y Ernesto Ottone. En lo simultáneo, se recurrió a expositores de América Latina -Brasil, Argentina, México, Colombia, Paraguay y Uruguay- mientras de Europa se miró solo hacia Francia y Alemania. 


En lo local, se dio cabida además a experiencias puntuales como la Conchalí Big Band, la Consulta Indígena, la gestión patrimonial de DIBAM, el Museo de la Solidaridad, la experiencia vivida por la anterior administración comunal de Providencia y las migraciones.

Fue un esfuerzo ordenador del Departamento de Estudios del CNCA que cumplió el objetivo de reunir expresiones, muchas sabidas, que de alguna manera tributan -o debieran hacerlo- al proyecto que ocupa a la Comisión de Educacion y Cultura del Senado chileno.

Di Girolamo, con su habitual encanto, medio expuso y medio presentó audiovisuales relacionados al trabajo participativo de los llamados cabildos culturales que, hasta 2003 y por casi 7 siete años, animaron al mundo de la cultura y sembraron fundaciones para una institucionalidad participativa como el CNCA. Habría sido incomprensible que luego de tales manifestaciones se encapsulara a las artes en un ministerio.

Agustín Squella, con su habitual talante de profesor y filósofo, mostró, una vez más, las bases conceptuales que dieron solidez al Consejo establecido desde 2004. Luego, el  Ministro Ottone, en un tono coloquial detalló lo difícil que resulta instalar un Ministerio, no sólo por el proceloso escenario político, sino por lo complejo que es conservar las condiciones vinculantes de las políticas que determina el actual Directorio del CNCA. Confesó que nada habría sido posible sin los procesos encabezados por sus antecesores en el uso de la palabra y tantos otros que, desde 1990, bregan por una institucionalidad cultural en Chile. Incluso, fue más allá y recordó la tradicional frase de José Balmes que, durante el segundo gobierno del general Carlos Ibañez, estaba seguro que entonces era el momento para dicho organismo.

Optimista, Ottone confidenció que, gracias a la triunfal experiencia del CNCA, se instalarán instancias participativas en todos los ministerios, aunque "todavía no vinculantes". Esta sola cuestión mas que justificaría la existencia del Consejo y los esfuerzos por conservar tal condición en la nueva estructura.


El conferencias alemán, Christian Esch recordó  que "en Alemania no existe sistema nacional de Cultura, sino que cada estado federal tiene su sistema" mientras el francés Bertrand Legendre reiteró que en su país "el gobierno central legisla en cultura y los gobiernos locales ejecutan". Dos aspectos a considerar.


En lo nacional, José Ancán, del departamento de Pueblos Indígenas del CNCA, puso en la mesa la antigua desconfianza de los pueblos originarios en las legislaciones pues han visto tanto avances como retrocesos legislativos en muchos años. Sin embargo, reconoció la relevancia que tuvo la Consulta Indígena reciente, en la que se volcó "el CNCA completo, con todos sus funcionarios" y que acaba de verse publicada, en un texto consolidado de todos sus alcances, en un libro.


El ponente del Uruguay, Sergio Mautone, informó que desde 1876, su país tiene una educación "gratuita, laica y obligatoria", causando una enorme envidia entre los participantes. No obstante, su descripción de la situación actual provocó algunas dudas respecto de la baja incorporación del patrimonio y los pueblos originarios en el trabajo habitual.


También recurrió a la historial el solvente expositor mexicano, Eduardo Nivón, que mostró cómo el despliegue de los ejércitos populares de la revolución Mexicana desde el norte al sur, permitió a millares de campesinos que los integraban, conocer las diferentes culturas del país, en lo que se basa probablemente el fuerte respeto que los mexicanos de diversos lugares tienen por sus manifestaciones culturales.

Germán Rey, de Colombia, junto con deslizar una serie de buenos consejos realizó un verdadero panegírico de las políticas culturales y su relevancia, señalando que más que de gobiernos o de Estado, son capital simbólico de una nación.


Con ese reforzamiento de la relevancia que tienen instancias de debate como ésta, los asistentes no lograron dimensionar en toda su magnitud el lamentable final que tuvo el trabajo patrimonial barrial de la Municipalidad de Providencia durante la alcaldía de Josefa Errázuriz, que alcanzó niveles notables según expuso Marisol Saborido, una de sus responsables. 

Con ello, quedó en evidencia lo inconveniente que es aplicar políticas culturales -por buenas que estas sean- sujetas a los vaivenes electorales y por ende a los cambios de la autoridad política.

Nos fuimos del seminario con la convicción de que, en el exterior o en Chile, en la actualidad o en el pasado, una política cultural debe ser estable y para que ello ocurra, las instancias participativas bien consolidadas en corporaciones o fundaciones, son indispensables.

No es un mal resultado.

03 febrero 2017

POR UN CONSEJO NACIONAL REPRESENTATIVO



Esta presentación ante la Comisión de Educación y Cultura del Senado, el 14 de noviembre de 2016, por invitación de su Presidente, senador Ignacio Walker, recoge básicamente la inquietud por la composición y características que tendría el Consejo Nacional de la Cultura en el proyecto de ley que crea el Ministerio de Cultura. Es interesante atenderla luego de que se presentaran, por parte de la Presidenta de la República y Senadores, el 25 de enero de 2017, las indicaciones al proyecto, varias de las cuales recogen estas observaciones.


Señor Presidente,

En primer término, agradezco la invitación a esta instancia.

Quisiera detenerme en dos aspectos del proyecto en debate. El primero es la composición del Consejo Nacional, Artículo 16.

Este, respecto de lo existente, crece en número pero disminuye en dignidad. Se elimina la designación de las personas representativas de las artes, el patrimonio y la gestión, por parte del Presidente de la República. Y se elimina, como consecuencia, que es más grave, su condición de inamovibles. Estimo necesario reponer ambos aspectos, junto con mantener la designación por el Senado de dos de estas personas representativas e inamovibles.

Se elimina también, en el caso de los académicos, la posibilidad de que provengan del ámbito de la gestión cultural, debe reponerse en el número 8.

Las personas que se agregan lo hacen con carácter de representantes (de pueblos indígenas, inmigrantes y organizaciones ciudadanas) lo que contraviene el espíritu de ser representativos de ellas, como los miembros actuales, con el fin de evitar la presencia de intereses corporativos. Se propone modificar la palabra representantes por representativos.

Se agrega además una persona con destacada experiencia en gestión cultural, nombrado por el Ministro a propuesta de las organizaciones de funcionarios. Por su carácter de dependencia y de representar intereses gremiales y corporativos que contradicen el espíritu del Consejo, debería tener solo derecho a voz y no a voto en el Consejo.

Respecto del número, que parece excesivo, éste se puede reducir, volviendo la cantidad de representativos de las artes y el patrimonio de siete a los cinco actuales, dejando en uno los representativos de indígenas y de organizaciones ciudadanas, de este modo los integrantes de la sociedad civil con derecho a voto serían once más los funcionarios representantes de los ministros (2 si se elimina el de Economía) y el Ministro presidente, 14. El representante de los funcionarios sería el número 15, pero solo con derecho a voz. Un número bastante más eficiente y parecido al actual.


El segundo aspecto son las atribuciones de dicho consejo.

El proyecto elimina la capacidad del Consejo Nacional de la Cultura actual de definir los componentes y las líneas de acción y designar los jurados en los fondos de las artes y el patrimonio. Se debe reponer esa atribución. Es absurdo que un órgano capaz de designar jurados para los premios nacionales, no tenga la capacidad de designar los jurados del Fondart y el Fondo del Patrimonio. Debe agregarse además la designación de los galardonados con la orden al mérito cultural Pablo Neruda.

En consecuencia, propongo, señor Presidente la redacción siguiente:

ARTÍCULO 16

4. Cuatro personas representativas de las artes que tengan una reconocida vinculación y una destacada trayectoria en distintas actividades vinculadas al quehacer de la creación artística, industrias culturales, educación artística, artes visuales, artes escénicas, literatura, música, artes audiovisuales, diseño, arquitectura y gestión cultural, designadas por el Presidente de la Republica ​a propuesta de las organizaciones que agrupan a artistas, cultores y gestores, que posean personalidad jurídica vigente. Una de ellas con aprobación del Senado. ​Al menos dos de estos integrantes deberán provenir de una región distinta a la región Metropolitana.

5. Tres personas representativas de las culturas tradicionales y el patrimonio cultural que tengan una reconocida vinculación y una destacada trayectoria en estos ámbitos, como cultores, investigadores, especialistas y gestores culturales, designadas por el P​residente de la Republica ​a propuesta de las organizaciones patrimoniales del país, que posean personalidad jurídica vigente. ​Una de ellas con aprobación del Senado. A​ l menos dos de estos integrantes deberán provenir de una región distinta a la Metropolitana.

7. Dos ​personas representativas​ de los pueblos indígenas, con destacada trayectoria en los ámbitos de las artes, las culturas o del patrimonio, designados por el Ministro a propuesta de asociaciones y comunidades indígenas constituidas según la legislación vigente.

8. Dos académicos vinculados a los ámbitos de las artes, el patrimonio, y​ la gestión cultural respectivamente, designados por las instituciones de educación superior reconocidas por el Estado y acreditadas por un período de a lo menos cuatro años. Al menos uno de ellos deberá ser de una región distinta de la Metropolitana.

9. Una persona representativa ​de las comunidades de inmigrantes residentes en el país con destacada trayectoria en los ámbitos de las artes, las culturas o el patrimonio, designado por el Ministro a propuesta de las entidades que los agrupen, que posean personalidad jurídica vigente.

10. Un galardonado con el Premio Nacional d​el área de las artes y la literatura, elegido por quienes hayan recibido esa distinción.

11. Dos ​personas representativas ​de organizaciones ciudadanas cuyos objetos sociales estén relacionados directamente con el ámbito de la cultura o el patrimonio cultural, y que tengan personalidad jurídica vigente, elegidos por dichas organizaciones. Uno de estos integrantes deberá provenir de una región distinta de la Metropolitana.

12. Una persona con destacada experiencia en gestión cultural pública designada por el Ministro, a propuesta, de común acuerdo, por la o las asociaciones nacionales de funcionarios del Ministerio y la o las asociaciones nacionales de funcionarios del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, constituidas de conformidad a la ley No 19.296, que Establece Normas Sobre Asociaciones, e​sta persona solo tendrá derecho a voz en las sesiones.


ARTÍCULO 17

5. Definir ​los componentes o líneas de acción anual del Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes creado en la ley N° 19.891, y del Fondo del Patrimonio Cultural creado en esta ley.

6. Entregar su opinión al Ministro para la definición de las manifestaciones culturales patrimoniales que el Estado de Chile postulará para ser incorporadas a la Lista Representativa de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO; y sobre las declaratorias de reconocimiento oficial a expresiones y manifestaciones representativas del patrimonio inmaterial del país, y a las personas y comunidades que son Tesoros Humanos Vivos, de conformidad a lo dispuesto en el numeral 26) del artículo 3° de esta ley.
7. ​Designar (y comunicar a​l Subsecretario) a las personas que deban intervenir en la selección y adjudicación de recursos a proyectos que concursen al Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, en los concursos de carácter nacional, quienes deberán contar con una destacada trayectoria en la contribución a la cultura nacional.

8. ​Designar (y comunicar a​l Director del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural) a las personas que deban intervenir en la selección y adjudicación de recursos a proyectos que concursen al Fondo del Patrimonio Cultural de que trata la presente ley, en los concursos de carácter nacional, quienes deberán contar con una destacada trayectoria en la contribución al patrimonio nacional.

9. Designar a los jurados que deberán intervenir en el otorgamiento de los Premios Nacionales de Artes Plásticas, de Literatura, de Artes Musicales, y de Artes de la Representación y Audiovisuales de conformidad a la ley N°19.169, sobre Premios Nacionales.

10. Designar a quienes deban recibir la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda.

11​. Proponer fundadamente al Ministro la adquisición para el Fisco de bienes de interés cultural y patrimonial, escuchando previamente al respectivo Consejo Regional de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

12. Desempeñar las demás funciones y atribuciones que le encomiende la ley. 

Muchas gracias, señor Presidente.

COLECCIÓN CUNCUNA, METÁFORA DE QUIMANTÚ


Recibí, a comienzos del año 1971, el encargo de Tomás Moulián, director del departamento de libros de ficción en Quimantú, de crear una colección chilena de libros infantiles por primera vez en nuestra historia; nunca había existido una colección para niños hecha absolutamente en Chile en términos de su concepción, su diseño y de gran parte de sus autores.


Era un encargo maravilloso a un joven de veinte años que carecía en lo absoluto de experiencia al respecto; embebido del espíritu de la empresa Quimantú, integrada al área social de la economía creada por el Presidente Allende, era el espíritu de la participación. Por tanto salí a preguntar, primero al asesor literario, Alfonso Calderón; juntos llegamos a cierto listado de títulos a publicar con un concepto muy simple pero muy claro: se trataba de editar aquello que nos parecía publicable tal y como era, no estábamos por modificar obras, porque había en la empresa también una tendencia, que se reflejó en la revista Cabrochico, en la cual había cuentos que se intervenían, y teníamos cosas como la Caperucita Roja cantando el Venceremos o el Gato con Botas convertido en agitador del campo.

Queríamos publicar libros por su valor en sí, por los valores que estos libros enseñaban a los lectores con un propósito muy simple pero revelador del gobierno del presidente Salvador Allende, democratizar la cultura. Ese fue el concepto madre, pero había que concretarlo; entonces fui a hablar con las distintas personas de la empresa que podían enseñarme.

La primera conversación fue con los dos diseñadores del departamento de libros, María Angélica Pizarro y Renato Andrade (Nato), que era un famoso ilustrador y creador de un personaje entrañable de la revista Estadio, que se llama Cachupín.

Conversando con ellos, de pronto María Angélica se pone a jugar con un pliego de Letraset, una especie de papel mantequilla que tenía unas letras grabadas. Jugando con estas letras que se raspaban, de pronto junta una cantidad de seis o siete letras “O” y las últimas como que se levantan un poquitito semejando una cabeza y yo le dije “ahí está”, “esa es”, es la cuncuna. De esta manipulación virtuosa de María Angélica de las Letraset, surge el logo de la colección por lo tanto el nombre y esta cuncuna se empieza a convertir en un personaje en la empresa y el editor de la colección fue conocido como Cuncunita.

Teniendo esta primera solución gráfica, tenemos que aplicar este logo, este nombre en algún producto editorial, con un papel determinado con un tipo de letra determinado, con un tipo de color determinado y había que ir a hablar con los compañeros del taller. Conversé con compañeros de prensas quienes recomendaron el formato de la colección, el más simple, el formato 16 -de un pliego salen 16 páginas-, que era el formato de las “revistas de patos”, como eran conocidas en el taller, Disneylandia o Tribilín, que se imprimían en la empresa; para distinguirlos de las revistas, en vez de ser parado era acostado, se llama formato apaisado; entonces es un formato 16 apaisado.

Conversando con los trabajadores me recomiendan un papel, que fuera blanco. En general para los libros de ficción de literatura se trabajaba con papeles mas amarillentos, con papeles de diario, como el papel Bio Bio, porque la empresa adhería profundamente a la palabra del presidente Allende, “en mi gobierno los únicos privilegiados serán los niños”. Toda esta mística lleva a elegir un tipo de papel blanco semisatinado, no el más fino ni el más caro, no era un papel couché, probablemente debe haber sido un papel importado de Finlandia o Noruega. Entonces teníamos ese papel, lo cual nos condicionaba a que los libros deberían tener 16 paginas o 32 o 64, pero ese era el formato. El papel estaba determinando el formato y la cantidad de páginas.

Luego vino la elección del tipo de letras; recordé algunos estudios de mi formación como periodista, que nos había enseñado el profesor de diseño respecto a la legibilidad de las letras limpias, las letras sin-serif -sin patita-, lo más redondita posible. Entonces escogimos un tipo de letras llamado redonda, elegimos un tamaño porque tampoco podía ser pequeño; “los niños merecían un tamaño 18”. Después venía el tema más complicado, el de los colores porque éste era un libro que por sus características nos condicionaba también el tipo de prensas que teníamos que usar y esta era plana, no una rotativa, ya que el papel que habíamos elegido venía en pliegos, no en rollos, opción que quedaba muy bien porque por el tipo de trabajo que estábamos haciendo se usaban mucho más las prensas de offset y las prensas de rotograbado que las planas que tenían menos carga de trabajo.

Así, los compañeros de prensas planas se convirtieron en grandes colaboradores de Cuncuna. De repente sonaba el citófono y me decían:

-Oye, Cuncunita, estoy imprimiendo la portada de tal libro, pero me queda un espacio de 5 cm por 25 cm. ¿Por qué no nos envías un tema para poner de marcador de libro?

Entonces yo les mandaba alguna de las ilustraciones que teníamos a mano y así también la Cuncuna se fue llenando de papelería adicional, marcadores de libros, pequeños afiches…

Hicimos, en una oportunidad, con la imagen del negrito Zambo, un cartelito “Perdón, pero somos privilegiados” y salía el negrito Zambo con toda la guata parada después de haberse comido 200 panqueques y así… Otro de una cuncuna con gorro de noche y una vela que decía “Silencio, niños durmiendo”.

Resuelto el formato, la impresión a color conlleva a imprimir a cuatro colores; eso significa no hacer cuatricromía. La diferencia técnica estriba en que al imprimir a cuatro colores, se imprime primero el azul, luego el amarillo, después el rojo, después el negro, esa es la impresión a cuatro colores, porque cuatricromía significa imprimir fotos que era muchísimo más caro; porque había que hacer unas separaciones de colores que, técnicamente, era muchísimo más caro; se ocupaba muchísima más tinta. Todas las ilustraciones que nosotros teníamos eran “con camisa” -significa que el color está en un papel mantequilla aparte-. Aparecieron otros compañeros que decían:

-Oiga, pero imprimir a cuatro colores por los dos lados es más caro, ¿por qué no imprimimos a cuatro colores por un lado y a dos por el otro?.

Esto reduciría el 50% del costo de la impresión y de la tinta del reverso; en el anverso -incluida la portada- era a cuatro colores. Entonces había, de las 16 paginas, 8 a 4 colores y las otras 8 a 2 colores. Teníamos además un libro muy bonito porque se dio a partir de una situación no esperada; los niños una vez que recibían el libro, coloreaban las paginas a dos colores, porque había como una incitación, debido a que era el mismo personaje que en la página anterior estaba a todo color y después parecía con dos colores; entonces lo completaban.

Definidos estos aspectos básicos, la Cuncuna se fue haciendo “regalona” de la empresa, tal que cuando llegamos al libro un millón impreso por Quimantú, el director de editorial, Joaquín Gutiérrez, decidió que el libro al millón de ejemplares era un Cuncuna, entonces se empezó a hablar de la “Cuncuna millonaria”.

Hubo que hacer la presentación de la colección y para ello estaba el departamento de publicidad. Quimantú era una empresa que tenía 800 trabajadores -en turnos de día, de enlace y de noche-. Dentro de eso había una agencia publicitaria. Entonces voy a hablar con un joven redactor publicitario -hoy Premio Nacional de Literatura 2016- Manuel Silva Acevedo y le digo:

- Mira, compañero tenemos que difundir esto.

- No te preocupes -me dice- vamos a crear una campaña para Cuncuna.

Pasan un par de días y aparece el compañero Manuel Silva y me dice:

- Mira, este es el lema de la colección ¿qué te parece? “Carita de pena no queda ninguna, lágrimas en risa convierte cuncuna”.

- ¡Maravilloso! ¡Maravilloso!¡Aprobado!

Se convirtió en el lema, apruébese y pásese al departamento de producción.

Se hizo un spot porque teníamos la posibilidad de pasarlo por Televisión Nacional, nuestra aliada en la difusión, y dijimos: “Bueno, esto hay que presentarlo en alguna parte. ¿Dónde vamos a presentar una colección de niños? Obvio, en un jardín infantil”.

Como tenía algunos conocidos en la población Los Nogales, que está en Estación Central, nos fuimos a su jardín infantil.

Imprimimos una invitación preciosa que decía: “Invitación a mi fiesta”, con la Cuncuna en la portada; en el interior salía la dirección, el texto de la invitación y una torta. Con eso debuta la colección con los primeros títulos: El negrito Zambo, El gigante egoísta, El rabanito que volvió y La flor del cobre.

La empresa publicaba 50.000 mil ejemplares semanales de los Minilibros y 30.000 ejemplares de Quimantú para todos. Nosotros editábamos la modesta cantidad de 20.000 ejemplares de cada uno; entonces , para el buen uso de las máquinas, se imprimían de cuatro cuncunitas a la vez.

Cuncuna fue extraordinariamente bien recibida, por cierto, por los trabajadores de la empresa, porque se regalaba a todos los compañeros de la empresa y tuvo muy buena recepción en su distribución. Teníamos dos canales, el más grande era el institucional que se vendía a sindicatos, juntas de vecinos, organizaciones sociales, empresas del área social y librerías. En todas ellas resulto extraordinariamente bien; al final salieron 21 títulos.

Además, creamos Cuncuna Pintamonos, libros de pintar a partir de esta experiencia en la cual los niños coloreaban las páginas a dos colores; eran mucho más simples, no necesitábamos imprimir a color, fue como una pequeña ramita de complemento de la colección.

Cuncuna ha tenido una larga vida, todavía es posible encontrar algunos libros en librerías de viejos. Se han reeditado algunos ejemplares con la editorial Amanuta, que imprimieron exactamente igual, con tapa dura, a la altura de los libros importados y paulatinamente la Biblioteca Nacional a través de su página Memoria Chilena ha puesto cinco ejemplares que se pueden descargar, y poco a poco se irán agregando los demás. Cuncuna está bastante viva, mucha veces me encuentro con personas, no tanto menores que yo, que fueron lectores y que disfrutaron de Cuncuna como los primeros libros de su vida. Eso es muy gratificante.


Este texto forma parte del proyecto Pro-videncias del artista Miquel García, recogido y transcrito por David Almidón, Leonora Díaz Mas y Natasha Pons a partir de una conversación con el autor.

31 enero 2017

LA CIFRA CERO



Aunque parezca inverosímil, solo después de casi 20 años de contribuir sistemáticamente a redactar y publicar las Diez Cifras de cada año de trabajo del Centro Cultural Estación Mapocho, sus editores me han pedido redactar una inédita "Cifra Cero". Es decir, la introducción a aquellos números implacables que van dictando cuántos visitantes tuvimos; cuánto dinero aportamos a actividades artísticas; cuánto en mantener el edificio; que número de funciones de artes escénicas acogimos; cuántas exposiciones de artes visuales; cómo aumenta sólidamente el número de vecinos de las comunas del entorno que asisten a las actividades; o cuál es el grado de fidelidad que tiene nuestro público, así como su perfil etario, de género, los medios de comunicación usados para conocer de la programación o qué tipo de locomoción usan para llegar, entre los que el metro y las bicicletas suben con persistencia.


Es que la “Cifra Cero” se hace necesaria para introducir un informe anual que tiene mucho de conservación de la labor misional -mantención del edificio patrimonial y difusión de la cultura- junto a las indispensables innovaciones que hacen que este centro cultural vaya manteniendo su condición de plaza pública y ciudadana que Chile le ha entregado.

En 2016 se estrenó, contiguo al río, una ciclo vía que permitió el paso de peatones y ciclistas entre el agitado sector oriente de nuestra fachada y el más familiar Parque de los Reyes; marcando el corolario de un largo empeño de gobiernos nacional, regional y local - de diferentes signos - por conectar la capital a través de 42 kilómetros.

También se reforzaron las alianzas con los vecinos de la FOJI y Balmaceda Arte Joven; las funciones de teatro en la Plaza de la Cultura; las muestras de artes visuales en las tres salas destinadas a tal efecto; los talleres de arte mapuche y las compañías teatrales en residencia. Corretearon por la nave central variados equipos de grupos de teatro musical que ensayaron y se retrataron en nuestras instalaciones; hasta el Inti Illimani escogió la Sala de las Artes para preparar el concierto de celebración de sus cincuenta años. Aunque, es necesario aclarar, la presencia de su música es cotidiana pues resilientes músicos callejeros la interpretan a diario en la salida del metro Cal y Canto, que desemboca en el CCEM.

El 2016 continuamos la difusión de nuestro trabajo, no sólo con la edición de "Cultura, Patrimonio y Autofinanciamiento" en conjunto con RIL editores, sino también con estudiantes y colegas del exterior: presencialmente en Sao Paulo, reflexionando con gestores brasileños sobre nuestra labor; virtual y presencialmente en Americanosfera, exponiendo sobre los 103 años de vida de la magnífica estación, y recibiendo, como ya es habitual, a estudiantes de Harvard y Brown, pasantes en Chile.

También aportando importantes recursos para actividades de Gran Público como FILSA; Paris de Nuit, y Pasamos Agosto, fiesta de la Municipalidad de Santiago, comuna que ya supera el 11% de nuestros visitantes.

Es posible adelantar que la cantidad de público superó los 950 mil visitantes, con un índice de fidelidad de un 84% y se identificó una amplia variedad de comunas de procedencia de nuestro público: 116 lugares diferentes.

Queremos que el 2017, esta fuerza no cese y se refleje en aumentar los proyectos culturales de gran impacto en nuestra programación; mejorar infraestructura y servicios al usuario, especialmente en accesibilidad; desarrollar un nuevo sitio institucional, acorde a las necesidades del Centro Cultural y seguir avanzando en acuerdos de asociatividad entre centros culturales, corporaciones y fundaciones sin fines de lucro.

Todo, en un año que se augura complejo, tanto por las consecuencias de los devastadores incendios en gran parte del territorio, como en la realización de primarias, campañas y elecciones parlamentaria y presidencial y la alta posibilidad de que tengamos un Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

La Memoria completa con las diez cifras del 2016 del CCEM, puede consultarse en http://bit.ly/2jQaIdD

24 enero 2017

EL ESTADO Y SU ROL EN CIENCIA Y CULTURA


Con este título, el diario La Tercera editorializa, el 23 de enero 2017, aclarando que "tanto la cultura como la ciencia son ámbitos fundamentales para el desarrollo y bienestar de las sociedades, y al Estado le cabe un rol relevante en promoverlas, pero para ello existen instrumentos más eficientes que un ministerio, como por ejemplo agencias especializadas de alto perfil técnico que asignen fondos concursables. Tanto las ciencias como la creación cultural son procesos que se nutren de la innovación y la creatividad, por lo que un órgano de carácter vertical y dirigente, como sería un ministerio, parece contraproducente". Al dia siguiente, el Ministro Ernesto Ottone reaccionó en el mismo diario: "Frente a ciertos cuestionamientos infundados en torno al Proyecto de Ley que crea el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, nos parece pertinente entregar algunos antecedentes para despejar dudas acerca de su contenido y de cómo fue concebido".


El editorial fue una estocada, tardía pero fuerte, contra dos proyectos del Ejecutivo que están en discusión, con distinto grado de avance. Ignorando, eso sí, que la sociedad y la ciudadanía comparten el criterio de que el ministerio sería un mal menor respecto de la desatención del estado hacia estos sectores y que tanto el uno -cultura- como el otro -ciencia- han comenzado por un proceso participativo de los mundos respectivos y que difícilmente artistas, gestores, patrimonialistas y científicos se dejarán, a estas alturas, manejar por un órgano vertical y dirigente.

Responde Ottone: "la iniciativa, que hoy se encuentra en segundo trámite legislativo en el Senado, ha recorrido un largo camino. Son años de debates, comisiones, seminarios y encuentros en que todas las instituciones, creadores, cultores y ciudadanía, incluyendo las asociaciones de funcionarios del CNCA, Dibam y CMN, han trabajado incansablemente para materializar este proyecto".

El argumento del editorial es que ciencia y cultura "generan bienes que tienen un valor comercial. Por ejemplo, innovación en procesos productivos o material para audiencias masivas (cine, música, literatura, arte, etc.) donde el rol del Estado no genera ningún valor y, en cambio, puede ser fuente de ineficiente asignación de recursos y espacio para la captura de estas instituciones por parte de grupos de interés". Es decir, los sectores en cuestión tienen una alta posibilidad de generar su propios recursos y por tanto, contribuir a financiarlos. En este caso, los aportes del estado serían complementarios y orientados hacia aquellos rubros imposibles de auto financiar, como la infraestructura, en cultura.

Estamos, en consecuencia, en presencia de sectores en los que se puede aplicar el concepto de financiamiento mixto o compartido, lo que se debe reflejar en institucionalidades en las que participen ambos sectores de generación de recursos. Más "el tercer sector", que en cultura, está constituido por las audiencias, el crowdfunding o el fundraising. Es decir, todo aquello que surge como contribución -vastamente demostrada en Chile a contar de 1990- de los gestores que administran espacios culturales y logran financiarlos parcial -como el Teatro Municipal- o totalmente, como el Centro Cultural Estación Mapocho.

No obstante, editorial y Ministro coinciden en que la actual situación institucional merece ser revisada. La multiplicidad de organismos que hoy inciden diluyen esfuerzos, además de perder coordinación.

Desafortunadamente, por deficiencias de nuestro aparato público anticuado, en ocasiones es dificultoso coordinar la multiplicidad de organismos, creados con distintas leyes y diferentes propósitos y tiempos, sin recurrir a la adusta figura del ministerio. Es lo que acontece con la necesidad de reunir bajo una misma mano al Consejo de la Cultura y la DIBAM, que se han resistido, en especial esta última, a coordinarse como ordena la Ley que creó el CNCA. 

"La pregunta -agrega La Tercera- es si la creación de nuevos ministerios será la solución a estos problemas o, por el contrario, significará una innecesaria injerencia estatal y más burocracia. En efecto, en régimen, el Ministerio de la Cultura se estima que costará más de $ 17 mil millones anualmente".

No es buen argumento el económico pues siempre serán pobres las cifras de la cultura en relación a otros sectores. Tampoco es razonable el argumento que "una alternativa es que el Estado tenga un rol menos activo en cuanto a dirigir las políticas, generando condiciones para que la industria cultural y científica puedan desarrollarse y, paralelamente, entregar recursos de manera competitiva cuando sean necesarios", pues es sabido que las diferentes políticas para las artes y la cultura han sido y están siendo elaboradas participativamente. Dice Ottone: "durante los últimos años -a través de un proceso de participación de la comunidad artística y ciudadana- nuestra institución ha articulado y actualizado las políticas del Libro, la Música y el Audiovisual. Este año contaremos con políticas para Artes Escénicas, Artesanía y Artes Visuales, junto con iniciar el trabajo de elaboración de las políticas de Arquitectura y Diseño. Documentos que no solo proyectan estrategias de acción a mediano plazo, sino que además, lo hacen tejiendo relaciones interministeriales".

Atribuye el editorial al "modelo que ha seguido EE.UU., donde el grueso de la inversión proviene del sector privado -que accede a significativas deducciones tributarias por donaciones para estos fines- financian con recursos públicos investigación y creación de manera muy selectiva, aunque abierta a todo tipo de instituciones". Desafortunadamente, la Ley de estímulos tributarios chilena tiene escuálidos resultados y sus procedimientos se han vuelto progresivamente más engorrosos, junto con demostrar que la mentalidad filantrópica de los Estados Unidos dista mucho de la nacional, refractaria a donar más allá de las organizaciones de caridad y religiosas.

Tampoco es verdad que los fondos concursables hayan seguido "el modelo del National Endowment for the Arts" que expone el editorialista, sino éstos han aplicado el modelo que la literatura especializada conoce como Estado Patrocinador, nacido en el Reino Unido de las post guerra como una manera de poner una distancia de brazos entre el gobierno que pone recursos y el consejo que los asigna. Consejos nacional, sectoriales y regionales, que persisten en el tiempo sin poder ser modificados por el gobierno de turno, y que tienen atribuciones no sólo en la asignación de fondos, sino también y principalmente, en la determinación de las políticas culturales.

La Tercera termina sugiriendo que "los fondos concursables y las leyes de donaciones culturales parecen ser más adecuados para equilibrar incentivos, evitar discrecionalidad por parte del Estado y cuidar la eficiencia en el gasto". En ese sentido, "sería preferible aprovechar mejor la institucionalidad ya existente, como el Consejo de la Cultura y de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica".

Hoy, los recursos dirigidos a los Fondos de Cultura -responde el Ministro- alcanzan solo el 19% del presupuesto total del CNCA. Opuesto a lo que sucedía en sus inicios, donde llegaba a un 70%. "Actualmente, el 80% de los recursos que gestiona nuestra institución, están destinados al desarrollo e implementación de políticas culturales nacionales, sectoriales y regionales, como también a programas que benefician a los creadores y a la ciudadanía en su conjunto".

Por su parte, el sector patrimonio requiere urgentemente no sólo vincularse a las artes sino también una modernización de sus estructuras con una fuerte inyección de gestión en ellas

Por ese lado van los proyectos comentados, una actualización de la estructura pública, con sendos consejos que posean el máximo de atribuciones posibles, que junto con actuar comiencen a explorar nuevas formas orgánicas, más definitivas y, quizás, conjunta de varias áreas, hasta hoy dispersas.

No hay que ignorar que existen ministerios de Cultura y Comunicaciones; Cultura y ciencias; Cultura y turismo; Cultura, deportes, comunicaciones y turismo... Y también que cada tanto, cambian de nombre y jerarquía.

Las estructuras del Estado son para servir eficazmente al ciudadano y no a la inversa. Y está en manos de los incumbentes irlas adecuando a los tiempos, que parecen ir más rápido que las legislaciones. Es lo que se está haciendo con instituciones, según Ottone, como la Dibam, que data desde 1929; el CMN de 1925, o el CNCA del 2003, siendo heredero del Departamento de Extensión Cultural del Mineduc.

"Por eso invito a cambiar las interpretaciones alarmistas y desinformadas que hemos leído y escuchado, ya que reflejan desconocimiento de las dinámicas del Estado y poca generosidad con un proceso tan anhelado por el sector cultural y la ciudadanía. El Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio se torna fundamental para tener una institucionalidad más eficiente y coordinada".

Veremos pronto cómo los Senadores toman este llamado.