24 mayo 2020

NAUFRAGIO, PLACEBOS Y UNA PROPUESTA



En un sugerente 20 de mayo del 2020, dos fundaciones de estudios -Friedrich Ebert y Por la Democracia- tuvieron la iniciativa de convocar a cinco integrantes del mundo de la cultura a reflexionar sobre la pregunta ¿Quién salva a la cultura en la pandemia? Participaron las actrices Carolina Arredondo y Aline Kuppenheim, el escritor Ernesto Garrat y el moderador fue Waldo Carrasco. El resultado puede apreciarse en el vínculo a Youtube copiado al final de este comentario.


Inicié mi intervención con la imagen de que vivíamos un naufragio -ni el primero ni quizás el último- y que debíamos enfrentarlo como tal: con la prioridad de salvar a los sobrevivientes con los mecanismos que la sociedad pone a disposición y con la claridad que hay algunos integrantes de nuestro mundo que están en mejores condiciones -con salarios asegurados y sin necesidad de ir a trabajar presencialmente- mientras otros, los más, que viven de su producción artística, padecen una condición muy precaria. 

El cierre de actividades alcanza a salas de teatro con todos sus componentes: bajo, delante, sobre y detrás del escenario; a centros culturales y museos privados sin fines de lucro, con imposibilidad de acoger visitantes, actividades artísticas o arrendar sus salas; a librerías, que deben recurrir a la venta por internet; a galerías de arte; a conjuntos musicales y artistas que, directamente, carecen de todo ingreso.

Ante este panorama, han surgido iniciativas de regalar producciones artísticas, a través de las pantallas domésticas, que obviamente no fueron creadas para tales formatos y que aparecen como un placebo para muchos que, además, arriesga promover el individualismo frente a un arte consumido en gratuidad y soledad. Adicionalmente, ponen en riesgo el cumplimiento del pago de los derechos de autores e intérpretes, así reproducidos.


Con todo, ha quedado en evidencia que, con la mejor voluntad, el ministerio respectivo no es capaz de satisfacer el volumen del problema, que no es solo cultural, sino sanitario. Es decir, la pandemia ha provocado que el daño sea de tal magnitud que no se resuelve solo con fondos concursables, reasignación de recursos, préstamos bancarios o leyes de apoyo a la cesantía.

Hay consenso entre quienes integramos este mundo -incluidos parlamentarios de la comisión respectiva- funcionarios públicos y privados, creadores, gremios, directivos de espacios culturales, libreros, actores, artistas en general, patrimonialistas... que se avecina una crisis mayor, con perspectivas de cierre de muchos espacios que, con tanta dificultad, han permanecido ofreciendo al público sus colecciones, montajes y exposiciones.



Para Mikel Etxebarria, de Fundación Interats de Barcelona, en la editorial del Boletín Cyberkaris de mayo, titulado "El futuro de la cultura tras la pandemia" esta coyuntura nos va a dar una imagen real de cómo nos ve la sociedad. 

Y profundiza: "Cómo valora la sociedad al mundo cultural, a sus creadores, a su oferta y al papel de la cultura en nuestras vidas. Hay un adagio latino que se va a poner de actualidad en este momento “primum vivere deinde philosophari” y vamos a ver si la cultura esté en “vivere” o en “philosophari”. Vamos a ver en qué posición no sitúan las autoridades al analizar las medidas que tomen para hacer frente a los efectos de la pandemia en el sector cultural. Vamos a ver si se nos consideran un sector estratégico, necesitado de inversión en medidas específicas para su mantenimiento y relanzamiento, o si básicamente se nos va a dirigir a las medidas generalistas. Vamos a ver en qué posición nos sitúa la clase política analizando sus planteamientos desde la oposición en relación con las medidas a tomar para reactivar la actividad cultural y en su posición ante las medidas gubernamentales; en qué posición nos sitúan los medios de comunicación, que durante la pandemia han sido bastante cercanos a la creación y a las expresiones culturales, analizando qué nivel de visibilidad van a conceder a la actividad cultural y qué tratamiento van a otorgar a las reivindicaciones del sector cultural; cómo nos sitúa la sociedad en general, si va a preocuparse por el sector cultural, si va a reclamar apoyos específicos y cómo valora nuestras reivindicaciones. Y, sobre todo, vamos a ver cómo nos valoran nuestros públicos. Si se mantienen fieles, si aumentan o nos abandonan. Si ese agradecimiento al sector cultural que ha ayudado a sobrellevar el confinamiento, cuando hay más opciones se mantiene, aumenta o se difumina".


Es decir, una prueba de fuego para la relación de la cultura con la sociedad. Lo que es también una oportunidad.

Demás está decir que hasta ahora tenemos las de perder. Un comunicado reciente del SII a los contribuyentes chilenos, detalla en qué se invierten nuestros impuestos: el 0.007% de lo que pago va a Actividades recreativas y cultura. Gasto escaso, solo superado en su miseria por Protección del medio ambiente.

Por tanto, deberemos recurrir -si queremos retornar a la posición que la cultura tuvo con antelación, como a inicios de los 70 o de la década del 2000- a lo mejor de nosotros que, abogue por el sector, al más alto nivel. 

Confío en que, afortunadamente, quienes cumplen esa condición, están dispuestos. Me refiero a nuestros premios nacionales; rectores de universidades; autoridades y académicos del Instituto de Chile; ex ministras o ministros de educación y cultura; ex directores de corporaciones e infraestructuras de alcance nacional... personalidades capaces de reponer, primero, el diálogo con las autoridades y luego acoger y representar las inquietudes del mundo cultural post naufragio.

Así lo hicieron las comisiones Rettig -con los derechos humanos- y Engel -con la transparencia- por citar solo dos casos. 

Es urgente para el sector cultura, consensuar y convocar a una Comisión del mas alto nivel, representativa y transversal, que tenga la calidad y capacidad de recuperar para el sector el lugar que nunca debió perder.

Así lo imaginó el asesor cultural del presidente Ricardo Lagos, Agustín Squella, cuando se legisló, en 2003 -sin oposición parlamentaria alguna-, para tener un Directorio Nacional de la cultura y las artes con figuras de la envergadura del filósofo Humberto Giannini; los premios nacionales José Balmes, Gustavo Meza o Lautaro Nuñez; los artistas Paulina Urrutia o Hugo Pirovich; los gestores Carlos Aldunate, Drina Rendic, Santiago Schuster o Cecilia García Huidobro; los rectores Álvaro Rojas, Oscar Galindo o Jaime Espinoza, entre otras y otros representativos de diferentes instancias de la sociedad civil, que se sumaban a tres representantes del gobierno, uno -su presidente- con rango ministerial, dos representando a los ministros de Educación y Relaciones Exteriores.

Así como el Consejo nacional de la cultura y las artes fue la respuesta institucional de la post dictadura, y se asemeja a los arts council de Gran Bretaña, nacidos luego de la tragedia de la Segunda guerra mundial; la tragedia de la pandemia que nos asola, justifica plenamente un esfuerzo des esta naturaleza.

Un inicio a observar es el reciente Comité de Renovación Cultural del Reino Unido (Cultural Renewal Taskforce https://www.gov.uk/government/news/culture-secretary-announces-cultural-renewal-taskforceque tiene por misión "fijar recomendaciones de seguridad frente al virus, explorar soluciones creativas que estimulen el regreso a la vida de los diversos sectores de la industria cultural y mantener abierta línea de intercambio de información con el Gobierno", que desde el 22 de mayo se reunirá semanalmente.

Sería aconsejable que, en Chile y una vez superada la emergencia, el mismo comité de alto nivel, inicie el camino de forjar una institucionalidad que recoja y supere la desgraciada experiencia que vivimos, en el marco de la discusión constitucional que se avecina.


 https://m.youtube.com/watch?v=xQepNfx-JWI&feature=youtu.be&fbclid=IwAR0BtCKu1gU0xPivW4DGdpeppx6RU30oLGR4Bu0pZfzMs6osVrwYE4re3ss 


07 mayo 2020

CULTURA: ¡AL RESCATE, MUCHACHOS!

“Digan que voy sin novedad” Thomas Somerscales. Museo Baburizza


Después del golpe inicial que significó la pandemia del COVID 19 en el mundo en general y la cultura en particular, recién, un par de meses después, están apareciendo las primeras reacciones desde las autoridades, las instituciones  y los ciudadanos respecto de cómo afectará el "bicho" al desarrollo cultural.

Pero, para que exista desarrollo cultural, debe sobrevivir aquello a desarrollar, por tanto, la primera tarea es la supervivencia. Literalmente. Y la primera sobrevida son las personas y luego las instituciones. 

La situación de las personas vinculadas a la cultura. 

Como le he escuchado al abogado Gabriel Zaliasnick, "las sociedades, cuando no entienden lo que pasa, se miden". Es exactamente lo que hizo el Ministerio de Culturas, con una improvisada encuesta que intenta medir el tamaña del estropicio. El resultado es que se inscribieron, como afectados, quince mil personas e instituciones, para un presupuesto de primeras re asignaciones de quince mil millones de pesos. Un millón para cada uno. 

Pero, en el mundo en que vivimos, la asignación de recursos públicos tiene estrictas reglas. Y en cultura la regla madre es la concursabilidad. Por tanto, se debe realizar concursos -urgentes pero no inmediatos- por la obvia necesidad de establecer las reglas del juego.

El subsecretario Juan Carlos Silva fue claro en una sesión de la comisión de cultura de la Cámara de diputados y diputadas, desafío a los gremios de la cultura allí presentes a darle a conocer algún mecanismo "no discrecional" para distribuir recursos en esta coyuntura.

En la misma sesión, el diputado Marcelo Diaz fue más preciso ante la demanda de los gremios por mayores recursos a asignar:  "el problema de fondo es estructural, la escasa presencia de la cultura en el presupuesto nacional. Si hubiese una mayor participación habría mayor reasignación". 

Lo que significa que solo se puede re asignar de lo que hay y si lo que existe es poco, el necesario rescate urgente no pasa por el ministerio específico sino por la reglas generales con que el gobierno está favoreciendo a la ciudadanía. 

Esto es el auxilio a las pequeñas y medianas empresas, la ley FOGAPE, por una parte. Y que, en simple, es un créditos bancario con garantía estatal seis meses de gracia y 48 cuotas, prácticamente sin intereses, para unidades económicas consistentes en el equivalente a tres meses de facturación, en régimen normal (se mide como año normal los doce meses previos a octubre de 2019). 

Por otra parte, están los apoyos a quienes viven de sus boletas de honorarios y por otra a quienes no perciben ingresos formales.

La situación se complejiza cuando hay un cuarto sector del mundo cultural que pone sobre el tapete, su situación, privilegiada respecto de aquellos ya mencionados: quienes tienen ingresos asegurados debido a su condición de empleados públicos o de instituciones que reciben transferencias al sector privado, aseguradas por glosas legales. 

Con acierto, perciben que tales ingresos pueden verse mermados en el presupuesto del 2021 debido a que obviamente, las re asignaciones y medidas de emergencia alguien las tiene que pagar en el futuro cercano. Por tanto, ya están reclamando contra eventuales e inevitables recortes.

Protesta que, debido a su estabilidad laboral y la consiguiente mayor capacidad de organización gremial, tiende a amplificarse y -lo que es complicado- confundirse con los reclamos de quienes carecen de tal estabilidad y poseen organización gremial más débil y una urgencia inminente.

No hay que confundirse entonces: la mayor preocupación debe estar en la mayor urgencia,  quienes, en ese orden, no tiene ingresos fijos, quienes los adquieren vía honorarios variables y quienes se sostienen como pequeñas empresas que dependen del flujo de personas que acceden -o no- a sus creaciones y servicios. 

Es el caso de las salas de artes escénicas que dependen de su taquilla; de las industrias editorial, audiovisual  o musical que viven de sus ventas de libros, fonogramas, conciertos o producciones, o de los museos y centros culturales que dependen de las muestras que exhiben y/o espacios que arriendan. Caso especial son quienes, como la Fundación Neruda o el museo Pre colombino, son turismo extranjero dependientes en gran parte.

Hay que agregar que las industrias culturales tienen un mecanismo ya existente de asignación de recursos concursables, que puede ajustar, con participación de la sociedad civil, a la situación. Es el caso de los tres consejos sectoriales -libro, música y audiovisual. 

Por su parte, las salas y espacios culturales son lugares naturales para otorgar fuentes laborales a miles de artistas e interpretes.

Por ello parece acertado que una de las líneas de reasignación de recursos  del ministerio de culturas (tal vez la mayor, de casi 8 mil millones de los quince), vaya en esa dirección.

Sin duda, lo dicho no será suficiente para enfrentar la severa crisis, pero al menos intenta ordenar la manera de hacerlo.

Por el contrario, no ayuda el clamor de -en estas penosas circunstancias- cambiar de raíz el modelo cultural que nos rige, por cierto, sin claridad alguna del por qué otro modelo reemplazarlo.


Ya vendrá la posibilidad de hacerlo, cuando, como lo anticipó Somerscales, podamos decir "vamos sin novedad" y con aguas mansas, en el programado debate constitucional. No es saludable, en medio de la tormenta y mares procelosos, discutir sobre las ruta de navegación.

Pensar como Guillermo Calderón, en La Tercera del 5 de mayo: “que entonces el país se comprometa en el largo plazo y con grandes inversiones en la cultura y no con métodos paliativos. Siempre es aterrador para los trabajadores de la cultura escuchar la frase "fondo concursable". Sin embargo, no tenemos alternativa".


19 abril 2020

ALERTA, CONFINADOS LECTORES

Foto Centro Cultural de España 



Hay frases de escritores que requieren muchos avatares, y hasta pandemias, para ser comprendidas en toda su magnitud. Es lo que me ocurrió con un texto, muy breve, de Pepe Donoso, pronunciado mientras caminábamos desaprensivamente por la gran nave del Centro Cultural Estación Mapocho, rumbo a una cena ritual: "Las personas que no son escritores, son muy raras, Arturo".


Resulta que el confinamiento obligatorio a resultas del corona virus, ha caído distinto, muy distinto, entre los escritores y los "mortales". Leyendo la prensa, se deduce que el confinarse es casi una condición laboral para escribir y su necesario preámbulo: leer.

Muchos no se extrañan. Rosa Montero: "Precisamente, uno de los pequeños paraísos terrenales que me permito es el de reunir unas cuantas semanas libres de compromisos y encerrarme en un refugio secreto en donde no hago nada más que pasear a mis perras, gimnasia, escribir y leer, sin ver a nadie todo ese tiempo". 

O "las personas que escribimos y leemos tenemos una mayor tolerancia a la soledad o a adaptarnos a formas de confinamiento", Diamela Eltit.

Oscar Hahn "A mí los encierros no me afectan mucho, a pesar de que vivo solo. Siempre he sido una persona de interiores. Paso mucho más tiempo adentro de mi casa que afuera."

Cuando me sentí en condiciones de escribir un ensayo sobre el tema de mi trabajo -financiamiento cultural- no tuve dudas en solicitar una beca que permitiera recluirme en un campus -Harvard- con una bien provista biblioteca -Widener- para lograr el empeño de escribir "lo importante", siempre postergado por "lo urgente".

La "rareza" detectada por Donoso y que he demorado en comprender a cabalidad
(sin estar completamente seguro de haberlo hecho), es que se puede vivir feliz leyendo y escribiendo. Por el contrario, quienes no pueden hacerlo, son "muy raros", para Pepe.

Solo que ahora recién he podido dar con el nombre de esa panacea donosiana: confinarse, es decir, "encerrarse voluntariamente en un lugar, generalmente apartado de la gente, para llevar a cabo una tarea que requiere una especial concentración, silencio o tranquilidad".

Agregaría que el propio término con-fin(ar) revela que lectura y escritura tienen un fin, un sentido.


Al aproximarse el día del libro, algo así como el cumpleaños de los "no raros", vuelven los propósitos antes de apagar las velas, entre ellos, leer, escribir, luego del deseo de buena salud para los nuestros.

Y respecto de ella- que obviamente no nos acompañará para siempre-, termina como el Quijote, con don Alonso tendido (aunque no rendido): "En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño", pero sabiendo que se ha producido la maravillosa transferencia a otro que seguirá sus andanzas y lecturas. La quijotización de Sancho, la sanchificación del Quijote.

Cuántos hoy siguen sus desventuras en todo el universo...

Esa necesidad de alertar a los demás, de animar los sueños y esperanzas, me trajo a la memoria maratónicas jornadas -los 23 de abril de cada año- en las que el centro Cultural de España convocaba a leer, ininterrumpidamente, trozos de la obra cervantina. 

"Como la fecha se acerca, es factible imaginar una lectura, igualmente masiva, desde nuestras casas", sugerí en http://arturo-navarro.blogspot.com/2020/04/por-que-leer-el-quijote-en-cuarentena.html

El Centro Cultural de España en Chile y el Taller de Verso Clásico, tomaron el guante, que no la lanza y el adarga, y convocan a un Recital en su casa animado por las palabras de Cervantes en La gitanilla:

"Tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades".


Motivan así: "Si Cervantes abría su inmortal novela dirigiéndose al “desocupado lector”, hoy convertimos a estos lectores y lectoras en “oidores” en confinamiento. Y si el Quijote consiguió abrirse paso en la aspereza de una cárcel, “donde todo triste ruido hace su habitación”, confiamos plenamente en la capacidad de la poesía para estimular nuestra imaginación y los sentidos, desdibujar los muros de este tiempo, transformar este triste ruido en música callada y soledad sonora y conectarnos —en el amplio sentido del término— con nosotros mismos y con los otros".


Todo está dicho, confinado lector.

Solo faltas tú.

16 abril 2020

UN GANCHO DE IZQUIERDA AL MENTÓN

Cámara Chilena del Libro


Este artículo fue publicado en La tercera, en noviembre de 1996


Luis Sepúlveda viene a reivindicar un espécimen que extrañábamos en este Chile de levedades y consensos, tan apartado de los tipos duros que transitaban victoriosos por los westerns de nuestra infancia. Es el eslabón perdido con esa estirpe de escritores recios, criados en el rigor del clima, las soledades, la persecución o la militancia como Manuel Rojas, Francisco Coloane, Baldomero Lillo o Nicomedes Guzmán. Se inscribió, en la generación del 'prohibido prohibir', confesó su admiración por Manuel Rodríguez, un ser fascinante, por ser aun gran marginal, con un desapego absoluto al poder, un gran seductor.


Viene a reivindicar un espécimen que extrañábamos en este Chile de levedades y consensos, tan apartado de los tipos duros que transitaban victoriosos por los westerns de nuestra infancia.

No es casualidad que, además de presentar su obra en la Feria del Libro, se haya esmerado en dar a conocer con entusiasmo el Himno del Ángel parado en una pata, novela de Hernán Rivera Letelier, pampino inequívoco cuya juventud transcurrió como obrero salitrero.

En esa presentación dio a conocer la que califica como su única lección para futuros escritores: una novela que no tenga un gancho de izquierda al mentón de los lectores en las primeras cinco frases, no vale la pena.


Para Sepúlveda, un gancho de izquierda al mentón (¿porque los de derecha van más bien a la altura del bolsillo?) es, por ejemplo, la tercera frase de la novela de Rivera: “con la vista baja, contemplando el cuero sin brillo de sus zapatos de muerto...”

En un ambiente literario con prolífica presencia de escritoras salidas de madre y con escritores esmerándose en temáticas de sectores sociales hoy con problemas de abastecimiento de agua, es saludable también encontrarse con ese prototipo del aventurero, tan rudo como saludable, que conoce más puertos que bibliotecas y que tiene sus cartucheras listas para desenfundar - literariamente hablando - sus balas cargadas de imprudencias, desvirtudes y talento.

Completa, en el concierto literario chileno una trilogía - Sepúlveda, Rivera y Roberto Ampuero - que nos acerca a una realidad, cada vez menos real y más ficticia, en la que sin presencia femenina los hombres, desafiaban el desierto, resistían enmarañadas selvas y resolvían complejos casos policiales.

No es bueno que se crea que la situación en que mujeres encabezan cifras de escritoras, Índices de lectura y ventas de ejemplares vaya a ser eterna.

Aspiramos, a los menos, a la igualdad.

12 abril 2020

POR QUÉ LEER EL QUIJOTE EN CUARENTENA





Mi abuelo me heredó una edición de Aguilar, en papel biblia, mil 856 páginas, que cabía en la palma de una mano, complementadas por respetuosas notas suyas en lápiz grafito y un mapa desplegable que me enseñó de España mucho antes que las guías Michelin. Se titula "Carta geográfica de los viages de don Quixote y sitios de sus aventuras". Mucho antes de atreverme a acometer tales relatos, visitaba el mapa y me imaginaba recorriéndolo, con la ayuda, más tarde, de Azorín y su obra "La ruta de don Quijote", en una edición firmada por don Arturo -mi abuelo- en 1936, impresa por Litografía Universo, en Valparaíso.


Aún sin acceder al bíblico ejemplar, mi primera aproximación al caballero de la triste figura me la permitió el escritor brasileño, José Bento Monteiro Lobato (1882-1948), en el tomo 13 de su vasta colección dedicada a los niños, que mucho tiempo creí era el verdadero Tesoro de la Juventud. Fue tal mi fascinación con "El quijote de los niños", de Monteiro Lobato, con ilustraciones de Gustavo Doré, publicada en 1953 por Losada, Buenos Aires, que no bien terminé los 23 tomos con las aventuras de Perucho, Naricita, el Vizconde de la mazorca, la tía Anastasia, doña Benita y la muñeca Emilia, -habiendo recibido como obsequio una pequeña fábrica de sellos- mi primera obra fue un timbre que hasta hoy exhiben los atribulados libros de Losada: Biblioteca ANC.

Quería con ello, tal vez, asegurarme que no olvidaría a estos entrañables personajes del campo brasileño, que convivían con una vasta biblioteca desde la cual, cierto día y accidente del Vizconde mediante, doña Benita comenzó a leerles el Quijote.

Luego llegó el gran año de 1967 -qué de cosas pasaron ese año- en que el programa escolar señalaba que los alumnos del entonces sexto año de humanidades debíamos leer el Quijote. Habiéndome adscrito -con más temor al sexto científico que pasión literaria- al sexto de letras, recibimos en una despoblada sala con asientos en u -éramos poco más de una decena-, al maestro encargado de cumplir y hacer cumplir el programa ministerial: el joven, aún estudiante de Letras de la UCV, Randolph Pope Costa.

Resultó un entusiasta mayor de la obra de Cervantes y Saavedra. Me atrevería a decir que los entonces emergentes autores del boom latinoamericano -que también leímos- le atraían menos que introducirse en los entreveros del Quijote. Se entusiasmaba escuchando nuestras exposiciones en clase y subía, en medio de ellos, la calificación: un siete (la máxima)... luego dos siete. Llegué a acumular hasta tres 7 en una memorable disertación.

Coincidió que en esos tiempo, editorial Codex, comenzó a distribuir, por quioscos, unos fascículos -por modestos 3 escudos- que entregaban semanalmente fragmentos bellamente ilustrados a colores y en papel couché, de la gesta de Quijano.

Por cierto los coleccioné y aún guardo el secreto culpable de haber tijereteado algunos para ilustrar trabajos escolares y universitarios... Si, porque en 1968 me incorporé a la escuela de Sociología de la UC y también (quizás debí invertir el orden) a la Sexta Experiencia, un colectivo (así se llamaría hoy) creativo de novatos (en otras universidades los llaman mechones) de sociología, sicología y algunas disciplinas cercanas, inspirados por Sergio Marras, que aún recorre el mundo -literalmente- con ese mismo espíritu.

Adivinen: mi primera presentación pública en las performances de la Sexta fue una pieza teatral, más bien un diálogo, entre el Quijote y Hamlet, que había publicado en la revista Escolar el año anterior. Por cierto, escrito y actuado por mí y por Juan Carlos González, quién a pesar de medir una cabeza más que yo, debió conformarse con el rol de Hamlet.

Las andadas, llegado ya el año 1970, me llevaron a la editora nacional Quimantú donde, con la inspiradora mezcla de Monteiro Lobato y Miguel de Cervantes, desarrollé, seleccioné y edité, libros para niños bajo el sello Cuncuna.

La feroz dictadura de Pinochet no era para quijotadas; sin embargo, hice lo que pude bajo las solidarias banderas de la vicaría del Cardenal Silva Henríquez y luego, creando, dirigiendo y publicando revista APSI durante 105 ediciones bimensuales. A poco andar, eso sí, convoqué a Sergio Marras, entonces en Madrid, para que se hiciera cargo de sus páginas de Cultura.


Con el avenimiento de la Democracia (con mayúsculas, como la escribe Gabriela Mistral), fui designado por el gobierno, en el Consejo de la Editorial Jurídica/Andrés Bello, en representación del ministerio de Educación. En aquella solemne instancia, rompimos lanzas con el Contralor de la República, don Arturo Aylwin, para impedir que en sus colecciones se contemplara una "edición resumida" de la obra cervantina. El Quijote no se puede resumir, fue nuestra bandera, que recordamos y celebramos cada vez que nos encontramos.

En 1974, el Teatro Municipal de Santiago había acogido un montaje del musical El hombre de La Mancha, protagonizado por José María Langlais como Cervantes/Quijote; la inolvidable Alicia Quiroga como Aldonza/Dulcinea y Fernando Gallardo, como Sancho Panza, el popular personaje Cachencho de la TV.

El 10 de abril de 2020, en tiempos de cuarentena, el coro del Teatro hizo una original versión de la canción mas recordada: "Un sueño imposible", cada uno desde sus casa. 

Tal selección para animar los sueños y esperanzas trajo a la memoria las maratónicas jornadas -los 23 de abril de cada año- en las que el centro Cultural de España convocaba a muchos y muchas a leer, ininterrumpidamente, trozos de la obra. Cómo la fecha se acerca, es factible imaginar una lectura, igualmente masiva, desde nuestras casas.

Total, son ellas donde guardamos nuestros recuerdos. Escribo sobre un escritorio de cortina que sostiene en la parte superior, dos pequeñas imágenes metálicas del Quijote, una clásica, de escudo en mano; otra, más pequeña, hecha de desechos, en la que una bisagra hace las veces de un libro, una tuerca su cintura y un tornillo, su barba. Llevan allí muchos años, al igual que las seis o siete de ediciones del libro, que atesoro en diferentes formatos, aún el biblia de mi abuelo.

Justamente, por estar cautivos en este territorio hogareño, no es una mala idea sumarse a la próxima lectura colectiva; comenzar a releer la obra de Cervantes; o leerla por vez primera, si fuese el caso... aventuras no le faltarán.

Recuerde que el mundo le fue siempre hostil a don Alonso Quijano, sin embargo no tuvo remilgos para enfrentar gigantes y otros malhechores, conservando su sueño de libertad y deseos de construir un mundo mejor.

Para acometerlo es muy probable que tenga a mano la masiva y económica edición del IV Centenario, publicada por Alfaguara, en 2004, "con viñetas, grabados de las cabeceras y otros motivos y ornamentos procedentes" de la edición de 1780, publicada a iniciativa y expensas de la Real Academia Española, que ilustra esta crónica.

09 abril 2020

¿QUÉ HICIMOS MAL EN CULTURA?



Sorprende, entre tantas sorpresas de estos tiempos, cómo el mundo de la cultura ha reaccionado de diversas maneras ante la epidemia: desde quienes abarrotan con generosidad las posibilidades de visita virtual a sus depósitos de obras; a quienes ofrecemos nuestros espacios para acoger contagiados, a quienes buscan apoyos para protestar por la escasez de los eventuales recursos públicos para el sector.

La costumbre señala que este mundo ha tenido espléndidos resultados cuando actúa de consuno. Ejemplos sobran, baste solo recordar la exitosa demostración para el plebiscito del 5 de octubre de 1988 y aquella que terminó, en muy pocas horas, con un ominoso ministro de culturas "de cuyo nombre no quiero acordarme".


En el caso de quienes ofrecen, casi sin discriminación, presentaciones virtuales, surgen al menos tres observaciones. 

La primera es, sin dudas la calidad de obras que en su totalidad -o casi- fueron preparadas para otro formato y que por tanto pierden mucho de su mensaje artístico al ser exhibidas en pantallas preparadas para informaciones, entretención banal y hasta juegos simples. Se responde que con esto se escabullen barreras de acceso a las artes. Si esto fuera tan simple, tales barreras ya se habrían derribado hace mucho.

La segunda es borrar con el codo todo lo que escribimos con la mano, respecto de la gratuidad de la cultura. Acostumbrar al público de que la cultura es gratis, sin barreras de ingreso es dispararnos en el pié. Cuando todo se normalice (o la normalidad que pudiera suceder a la pandemia, o sea meses), será muy difícil volver a cobrar por presentaciones que fueron gratuitas al solo golpe de tecla. Sencillamente eso no es verdad. Todo lo que hoy está al alcance de la tecla tuvo costos de creación, de producción, de montaje, etc etc. Aunque con dificultades y tiempo, se había avanzado en convencer a la ciudadanía que nada en arte es gratis y que cuando lo es, sospecha, pues alguien está pagando por ti y quizás con qué propósito. Hoy, podría decirse que el loable propósito es combatir el tedio de la cuarentena, sin embargo, la prisa con que esto se realizó no permite que las autoridades piensen que debieran poner en prioridad el financiamiento de aquellas instituciones que generosamente abrieron sus archivos. Total, si lo hacen gratis...hay otras prioridades.

La tercera es escabullir otro trabajo de décadas: el respeto por los derechos de autor, que instituciones como la SCD y varias sociedades similares, en áreas más allá de la música, han construido lentamente. Conozco, por mi afiliación a ella, el silente trabajo de SADEL -de los autores de libros- que ha sufrido horrores para que respetables universidades públicas y privadas, paguen por los derechos de los infinitos autores que piratean en fotocopias, en sus propios recintos.


Desde el año 2000, el estado ha realizado un gigantesco esfuerzo por dotar al país de espacios culturales, meta que, incluso, se puso el Presidente Ricardo Lagos, en su visión del Bicentenario, el 2010. Me pregunto, ¿cuántos de estos espacios a niveles local, regional o nacional están hoy a disposición de las autoridades sanitarias para contribuir en la epidemia que nos asuela? Al menos no ha sido destacado por la prensa -en papel o pantalla- ni tampoco por los propios agentes culturales que han desperdiciado una oportunidad para demostrar -en gestos concretos- la relevancia de la flota de espacios culturales chilenos, que no es menor.


La tercera sorpresa, quizás la mayor, es la inquietud de algunas organizaciones -no todas, es verdad- por exigir no solo más recursos públicos sino también intervención en su asignación. En el momento más complejo para ello. 

Desde la creación, en 2003 del Consejo Nacional de la Cultura -e incluso desde antes-, se han realizado ímprobos esfuerzos para que las organizaciones de la cultura se incorporen a las múltiples instancias de participación que dicho consejo proponía. Pues nada. Los consejos consultivos, uno de ellos, murieron de inanición por falta de interés de los gremios involucrados. Directorios de corporaciones culturales que acogen gremios han visto que éstos se restan de designar a sus representantes; consejos regionales claman por postulantes de la sociedad civil; jurados de fondos concursables tienen vacantes entre los evaluadores... "porque si evalúo, no puedo participar". No es muy complicado turnar artistas para que quien postule hoy pueda servir mañana en otras tareas. 


Algo hicimos mal para que tengamos este escenario. 

Es evidente que la respuesta a en qué hemos errado, no la tendremos en plazos breves. A  pesar que también se han desgajado voces -pocas- planteando que éste es EL momento para estableces nuevas políticas culturales, en cuarentena y con la gente luchando por sobrevivir. Afortunadamente, la vecindad de un plebiscito constituyente atenúa tales (des) propósitos.


A mayor abundancia, gremios, creadores, gestores, vieron con indiferencia cómo esa institucionalidad participativa derivaba en un ministerio con lindo y largo nombre, pero con mucho menor participación transversal y sin capacidad vinculante en las políticas que fijaba.

Parece curioso que toda la participación desechada, sea exigida, justo hoy, cuando estamos en emergencia, con muchos colegas cesantes, con instituciones con riesgo de desaparecer y con cuarentena generalizada.


Sin embargo, quisiera acotar algunas señales interesantes. 

Las comunicaciones de cuarentena, (redes sociales, periódicos) han sido generosas en días recientes, en acoger y manifestar: me gustan, favoritos y comentarios positivos, respecto de, por ejemplo, el cumpleaños de Gabriela Mistral y la reivindicación de su obra; el aniversario del estreno de la Pérgola de la flores, o la reaparición de Radio Beethoven en el dial FM.

Los tres, son clásicos de nuestra cultura. Como si la ciudadanía -en situaciones complejas- quisiera aferrarse a grandes iconos de las artes, a cuestiones probadas. No explorar manifestaciones derivadas de conceptos como innovación y experimentación. 

Como señala Pedro Lastra, querido poeta retenido en NY por el virus "aquí estoy, releyendo El Quijote, hasta aprenderlo de memoria".


05 marzo 2020

GABRIELA Y VIOLETA



No debe haber, en Chile, dos nombres femeninos más significativos que, de solo pronunciarlos, los habitantes de este país nos inflamos de orgullo, poemas y música. Mal o bien, el país ha intentado reconocerles su talento y demostrar su admiración por ellas. Una vez más, en el mes de marzo, lleno de mujer, es recomendable revisar su agitado presente.


Gabriela, continúa mostrando en ese "bolsillo" entre los cerros Mamalluca y Peralillo, como ella denominaba su natal valle del Elqui, su modestia y grandeza en un museo, sito en Vicuña, que ofrece -como consta en la imagen del catálogo- desde sus modestas habitaciones al identificador de su maleta diplomática que la sitúa como Cónsul en NY, hasta fotos de su vida viajera como aquella de 1938, tomada -oh sorpresa- en la estación Mapocho. Recibió, según la prensa local, más de 73 mil visitantes este verano.


Hace pocos dias, la Biblioteca Regional de Coquimbo, que lleva su nombre, celebró dos años de vida; situada en el sector Paseo de los Poetas de La Serena junto a la Casa de Las Palmeras de Gabriela, declarada monumento histórico. Tiene una superficie de 5.592 metros cuadrados, distribuidos en cinco plantas e incluye espacios inclusivos y sistemas amigables con el medio ambiente.


En enero apareció el primero de los ocho tomos de su "Obra reunida" en Ediciones Biblioteca Nacional. Los restantes siete —de unas 500 páginas cada uno— irán apareciendo a lo largo de 2020, con una tirada de 1.000 ejemplares por volumen. Buena parte de ellos está destinado al sistema nacional de bibliotecas públicas y los restantes quedarán a la venta en la librería de la Biblioteca Nacional, “por un precio simbólico".

Es primera vez que esa editorial enfrenta un proyecto de este alcance, con un costo total de $74.881.329, asignados por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

“Yo soy bien mistraliana —dice la ministra Consuelo Valdés—. Siempre he tenido una enorme admiración por su obra, pero tenía títulos dispersos en mi casa o me encontraba donde iba con los trabajos que todos conocemos. Sin embargo, veía obras completas de otros grandes, como Neruda o Huidobro, y me preguntaba por qué no las de la Mistral. Advertí que había una deuda del Estado para publicar todas sus obras o al menos las que se han reunido”. 
Habló de este vacío con otros mistralianos, en especial con Jaime Quezada. Conversaron la idea con Pedro Pablo Zegers, director de la Biblioteca Nacional, y luego ambos especialistas le presentaron un proyecto de edición que no tuvo problema en aprobar, porque le pareció “muy atractivo”.



Violeta, en cambio, ha tenido un inicio de año menos glorioso. El museo que lleva su nombre, ya acribillado dos años consecutivos con intentos -afortunadamente frustrados- de reducción importante de su presupuesto público, ha quedado inmerso en la llamada zona cero del estallido social iniciado el 18 de octubre de 2019 y ha sido incendiado en tres oportunidades.

La obra allí exhibida está a salvo, pero el edificio no tiene asegurado su destino pues han surgido voces que reclaman algo más acorde -dicen- con Violeta. Algo menos estructurado,

El músico Horacio Salinas ha señalado, en el diario de la Universidad de Chile, a pesar que reconoce que 
fue solo una vez al Museo: "Amigos han salido perplejos. Un espacio armado acomodando el diseño al terreno que se ofreció y, no como debiéramos suponer; un espacio que acoge un proyecto libre e inteligentemente diseñado. El resultado arquitectónico fue polémico. Las arpilleras y telas expuestas incómodamente. La música de Violeta, su principal creación, a merced de una acústica mezquina. En fin, como muchas cosas que se hacen en este país, resultado de presiones de una parte y de concesiones de otra que no dan el ancho del asunto a resolver con grandeza. Por que si hablamos de Violeta Parra seriamente, bueno, ella debiera tener, al igual que Gabriela Mistral, una generosa, luminosa y moderna estructura con un entorno amigable que pudiéramos visitar para muy diversas actividades".

Se refiere, Salinas, presumo, no a Vicuña, sino al Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, situado en el edificio UNCTAD, como lo bautizó el Presidente Allende en 1972, y que, con el tiempo ha ido mutando su rol y nombre pasando por Edificio Diego Portales, Centro Cultural Gabriela Mistral, apocopado más tarde en la sigla GAM. Y que no es un espacio cultural dedicado a Gabriela.


Convengamos que un país con severas dificultades económicas, que no ha sido capaz de culminar esa obra con la gran sala de teatro que le da sentido a su misión -fijada participativa y transversalmente en una Convención del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en 2004- de ser el centro nacional de las artes escénicas y musicales, difícilmente va a emprender pronto una empresa que merezca la nominación de Violeta Parra.

Ojalá, algún día, sea posible -tambien participativa y transversalmente decidida- crear alguna infraestructura capaz de asilar la carpa de La Reina; la peña de Carmen 340; las arpilleras exhibidas en el Louvre, y toda la riqueza de la creación parriana, que Salinas sueña como un espacio "que rinda verdaderamente honor a lo grandioso y sutil de su obra. No un Museo ni grande, ni pequeño, ni serio. Quizá un Centro, un Espacio como un Oasis, algo que nos lleve en un Viaje, un Patio, una Quinta de Recreo de esas con corredores adornados por la Flor de la pluma, una Nube...".

Mientras ese momento llega, bueno sería que nos aboquemos a recuperar lo que se tiene -un museo en pleno centro de la capital- que merece toda nuestra preocupación y solidaridad.

Como señala su directora, Cecilia García Huidobro, (La Tercera del 5 de marzo): "El directorio que preside Carmen Luisa Letelier y lo integran Isabel Parra, Javiera Parra, Guillermo Miranda, Felipe Alessandri, Carlos Maillet y Juan Pablo González, tomará decisiones clave. Por ejemplo, cuán oportuno es discutir hoy la reconstrucción del museo, y la pertinencia de exhibir temporalmente en otro espacio las obras de Violeta. Las alternativas son muchas, al directorio le corresponderá resolver en sus méritos. Lo que puedo asegurar es que todos y todas tienen como prerrogativa la conservación y difusión del legado de Violeta Parra”.


En consecuencia, equivocado  sería aprovecharse de la tragedia que lo asola para desecharlo, dando así la razón a quienes - por oscuras razones que no alcanzo a divisar- lo han vandalizado y "profanado su memoria" como dice el arquitecto Cristián Undurraga, autor del proyecto.

24 enero 2020

CO GOBERNAR EN CULTURA

Cristóbal Colón, lunes 14 de octubre del 2019, en Providence, Rhode Island, 
(AP Foto/Michelle R. Smith)


Los apremiantes sucesos que siguieron al 18/O, han llevado a muy diversas derivaciones. Hay dos de ellas que llaman especialmente la atención. La primera, la sensación de que estamos en un co gobierno de hecho, a causa de una autoridad que ha perdido legitimidad y que requiere de otros más allá de la coalición que lo eligió, para dirigir el país. La segunda es el reconocimiento de The Economist de que después del 18/O tenemos una mejor democracia. La pregunta es cómo se revela o debiera revelar aquellos dos aspectos en la cultura.


Lo más evidente es que nos pilló a contramano. 

Mientras la gran demanda es la dignidad y por tanto la participación, la cultura en Chile intenta instalar un ministerio, en reemplazo de un consejo nacional que habría dialogado bastante mejor con la situación. 

Para completar el cuadro, está en tramitación una postergada ley del patrimonio que, obviamente, no considera aspectos que se han visibilizado merced el llamado estallido social.

A pesar de los esfuerzos del subsecretario Emilio de la Cerda por escuchar el movimiento social e incorporar sus expresiones en la nueva ley, esa tarea se hace imposible pues aún no terminan de expresarse esas demandas ni termina de entenderse el sentido de muchas de ellas. Es obvio que se debe estar aguas más quietas para legislar con futuro. Más aún si tenemos un proceso constituyente en perspectiva cercana.

El ministerio se ha convertido en una especie de notario que registra los bienes dañados sin poder avanzar en las formas de su eventual restauración.

El diario El País de España señaló:

Al menos 329 monumentos públicos han sido dañados por los manifestantes  los tres meses del estallido social en Chile, que ha puesto contra las cuerdas la institucionalidad del país para exigir reformas a fondo. Sobre todo en ciudades como Santiago y Valparaíso, las esculturas de calles, avenidas y plazas se han transformado en un gran pizarrón de proclamas y las más disímiles demandas sociales. 

... Las obras casi desaparecen detrás de decenas de rayados, pintadas de aerosol o elementos adheridos. Algunas han sido deformadas y agrietadas. 

... Según el catastro del Consejo de Monumentos Nacionales, 24 se han perdido por completo y han sido retiradas o reemplazadas. Así ocurrió en la ciudad de La Serena, a unos 450 kilómetros al norte de la capital, donde los manifestantes retiraron un monumento en honor al conquistador español Francisco de Aguirre y en su lugar instalaron la escultura Milanka, en homenaje a la mujer de la cultura indígena diaguita.

Observadores creen ver en ello una arremetida "
anti institucional, antimilitar y anticolonial" una mezcla demasiado compleja y extendida en nuestra historia como para tratarla simultáneamente. 

Es verdad que hay quejas contra el colonizador español, en ocasiones, justificadas, pero habrá que dar tiempo y espacio a reivindicar muchos aportes que Neruda ejemplifica muy bien: 

Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Es verdad que hay reclamos contra la dictadura militar, que nos dejó el sistema extremamente neo liberal que comienza a resquebrajarse, pero tambien una historia parcial y manipulada que mantiene abiertos debates sobre el Museo de la memoria y los derechos humanos y el propio Museo de historia nacional, que deberían estar zanjados hace mucho.

Pero el reclamo que más requiere de co gobierno es el institucional. Es claro que la institucionalidad que no termina de cuajar, no va a resolver las demandas en este sentido, incluso un deseable retorno al Directorio Nacional del CNCA quedaría trunco pues dicha instancia, que fuera vinculante, debería acometer nuevas atribuciones como por ejemplo, la participación ciudadana en los procesos de creación de monumentos y de restauración o reemplazo de los dañados.

Mientras tanto, debemos contar con lo que contamos, empoderar a un Consejo nacional tan invisible como existente, seguir dando espacio a los consejos sectoriales que han tenido lo suyo, por ejemplo en la ley de teloneros que logró, entre otros, el Consejo de la música.

Pero, sobre todo, encontrar una forma creativa y extendida de que el mundo de la cultura participe, masiva y activamente, tanto en la incorporación de los derechos culturales en la futura constitución, como en la resolución de los desafíos que nos deja el despertar de Chile.

Bonita tarea.

13 enero 2020

DE BATUTAS, MONUMENTOS Y BIOGRAFÍAS

Foto Lautaro Carmona, diario El Día


El escritor Guillermo Blanco, en sus amenas clases de redacción periodística, contaba que un biógrafo de José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco -también conocido como el doctor Francia-, que llevó adelante la independencia del Paraguay encontró tan interesante la vida de su biografiado que le puso por título sencillamente: "Vida del doctor Francia". Acto seguido, Blanco profesaba una de sus estentóreas carcajadas que no disimulaba que era un pésimo titular. Es que así son las buenas biografías, una vida. Y en toda una vida pasan muchas cosas, más de alguna de las cuales amerita motivar el título de la obra. "Batuta rebelde", de Patricia Politzer, es un buen ejemplo de ello.


Sin dudas, el título recoge, en dos palabras, la ocupación del maestro y su consistente rebeldía respecto de lo que ocurría en la música, en la formación de los niños y la situación social del país.


Junto con ello, el volumen, recientemente aparecido, hace reflexionar sobre la ausencia de biografías potentes en nuestra literatura nacional. Quizás las más próximas son de un español: Mario Amorós y se refieren a dos personajes contradictorios: "Allende" y "Pinochet". 

Entre los chilenos, "Después de vivir un siglo" de Víctor Herrero, sobre Violeta Parra; "Todo debe ser demasiado", sobre Delia del Carril, de Fernando Sáez y "Bernardo", de Alfredo Sepúlveda.

Esta desidia de nuestros  autores -reconociendo que emprender una biografía es quizás de las tareas más complejas en la literatura- podría compararse con aquella que la ciudadanía en general tiene de sus monumentos dedicados a personajes.

Dificulto que alguien pueda mencionar a todos los próceres que ocupan el bandejón central de nuestra Alameda de las Delicias.

Una de las mayores vergüenzas de mis recorridos por el mundo de los centros culturales fue cuando el entonces director de la Canning House de Londres -organización dedicada a promover el entendimiento e intercambio entre Gran Bretaña y el mundo hispánico y luso brasileño- me llamó discretamente aparte.

Era para señalarme que el monumento a George Canning en Santiago -ex secretario de asuntos exteriores británico en el siglo XIX- estaba erróneamente identificado como Ricardo Cumming, comerciante de Valparaíso que fuera fusilado, por participar en un fallido ataque a las fuerzas navales del gobierno del presidente Balmaceda, durante de guerra civil de 1891.  

A mi regreso a Chile, informé de ello a la autoridad del Consejo de Monumentos Nacionales de la época, quién corrigió, discretamente, el increíble error.

Esta ignorancia está siendo puesta en evidencia con los daños sufridos, según el mismo Consejo, en semanas recientes, por cerca de 230 monumentos nacionales, de los cuales 155 corresponden a estatuas, placas y bustos. 


Es evidente el irrespeto por nuestra estatuaria, algunas son impunemente robadas - recuérdese el caso de Raúl Schüler- o intencionalmente dañadas como el sable de Baquedano. 

Sea esta explosión social en curso, un buen momento para revisar la totalidad de los monumentos dañados y comprobar su nivel de aprecio por la ciudadanía a las que muchas veces se le han impuesto.

Por otra parte, la biografía de Politzer, que parece llegar en inmejorable momento, sea un incentivo para que otros autores emprendan la necesaria tarea de narrar la biografía de tantos chilenos que permanecen en un inmerecido anonimato.

31 diciembre 2019

2019: HACIENDO HISTORIA... HACIENDO MUSEO




El fin del 2019 amerita reflexionar sobre lo ocurrido en la historia reciente. Lo primero es que no hay certezas y que el tiempo de cambios no ha acabado. Solo sabemos que, el 25 de octubre, más de un millón de chilenos y chilenas manifestamos pacíficamente que, en adelante, todo será distinto. Es preciso aclarar que nada, nada, justifica las flagrantes violaciones a los derechos humanos acontecidas en los últimos dos meses. Solo rescato, y aquí entramos en el área de la cultura, que Chile tiene en muchos de sus ciudadanos e instituciones una sólida convicción del necesario respeto a los derechos fundamentales. 


En esa creciente convicción, los artistas, gestores, corporaciones y autoridades de las culturas, hemos jugado un papel.


¿Cuántas obras de teatro, novelas, instalaciones, murales, muestras de artes visuales, composiciones musicales... han contribuido a forjar -paso a paso- dicha convicción que parece solidificarse inevitablemente en Chile? 

¿Cuánto han contribuido la existencia de un Museo de la memoria -y el duro castigo ciudadano a sus negadores-, las redes sociales, el INDH, los memoriales y lugares de memoria a aquello?


En ese marco, podemos revisar lo acontecido en el largo e intenso tiempo reciente en este ámbito.


En lo favorable, la rápida recuperación de los recursos -30%- que se pretendió recortar a cinco corporaciones, con la diligente presencia del parlamento y de un flamante ministro de Hacienda, que simplemente escuchó. Hay que decir también que el recorte contaba con muy poco entusiasmo por parte de las autoridades culturales.


Otro aspecto positivo es la clausura del impresentable proyecto de museo, luego sala, mas tarde galería de la democracia, que era ampliamente pedida por el mundo de la cultura. 


Queda la tarea de enfrentar -participativamente- qué espera la sociedad chilena de su principal Museo Histórico Nacional. Por la prensa se advierte confusión en sus autoridades y un esfuerzo por reemplazar con sus febles recursos, el debate necesario en este contexto histórico.


Aunque no es novedad, queda y se refuerza, la pasión del mundo de la cultura por proteger espacios emblemáticos que, por vecindad a la llamada zona 0, han sufrido los embates de las batallas campales que enfrentan a Carabineros y manifestantes. Mención especial y toda nuestra solidaridad, merecen el Cine arte Alameda, el CEAC y el GAM.


Lo novedoso está en las protestas ciudadanas hacia las estatuas y sus hasta ahora inmóviles protagonistas. Muchas cabezas cortadas hablan del eventual derecho de pueblos a rechazar el símbolo de sus conquistadores. ¿Hasta qué punto es legítimo que ciudadanos mapuche rechacen figuras como Pedro de Valdivia o Cornelio Saavedra?

Es evidente que se instala una discusión sobre si es necesaria reparación o simplemente su modificación. El subsecretario del Patrimonio, Emilio de la Cerda, ha declarado: "creemos que los monumentos que están sometidos a ese nivel de conflicto tan alto, requieren una mirada más pausada y dialogante, porque los monumentos no pueden ser imposición de una visión hegemónica".



Agregando que "es una discusión que el mismo Consejo de Monumentos está sosteniendo, pero eso no es suficiente, o sea, esta discusión desbordó a monumentos nacionales como institución y hay que sumar a otros actores de la sociedad. Frente al estallido social y al fenómeno en curso, debemos tener esa voluntad de diálogo, que es lo que importa en este caso".


Oportuno cuando se discute una posible nueva ley del Patrimonio.


Dado que es una legislación que ha logrado avances -aún a nivel parlamentario-, quizás convenga consolidar éstos en una ley corta y convocar a una convención ampliada sobre el patrimonio de la que surjan las líneas centrales, tal como las convenciones y varios encuentros masivos de los incumbentes que ampararon la creación, en 2003, del Consejo Nacional de la Cultura y las  Artes.


Una de las figuras legales mas añorada en tiempos recientes que nos sorprenden con un ministerio en proceso de instalación y débil impacto tanto en el gobierno como en la opinión pública.


Cuánto más podría haberse ganado si en lugar de una autoridad unipersonal, con un consejo asesor, estuviéramos en presencia de un Consejo con un Directorio participativo y  acuerdos vinculantes, con atribuciones, por ejemplo, en la distribución de los recursos de los fondos concursables, como lo fue hasta el 28 de febrero de 2017.


Al menos se podría haber realizado la tan imprescindible Convención nacional y no se habría dejado al arbitrio de autoridades dependientes del ejecutivo la resolución de temas como la crisis que afecta al museo Histórico y que pasara el bochornoso incidente de su cierre con traslado de loco móvil incluido.


Por ello, en momentos en que la ciudadanía está haciendo historia, es imperioso que podamos tener una conversación amplia sobre el museo de nuestra historia que queremos.
Qué papel jugarán en él las mujeres, los pueblos originarios, los derechos humanos y aquellos monumentos que perdieron la cabeza.