08 noviembre 2020

NISSIM Y LAS PASTAS



Carta a Paula Sharim. 

 Querida Paula: 

No se cuándo leerás esto, quizás ni lo leas en medio de tanto ajetreo.  

Pero yo si sé que necesito escribirlo. Imperiosamente. 

 Desde que esta mañana supe que se fue Nissim, no he podido hacer nada bien más que recordarlo. 

 Puchas que lo quiero (iba a poner quise), puchas que lo extraño. Puchas que buen tipo es tu padre. 

 Nos reíamos de buena gana cada vez que nos encontramos. Bueno después de unos años de convivencia Ictus/Vicaría donde se forjó la amistad. 

Iba, con el rebaño de la vicaría a ver antes de su estreno, cada obra. 

Eramos conejillos de indias que nos divertíamos de lo lindo y... hasta opinábamos. 

Incluso hay recuerdos que nos hacían caso, en ocasiones. 

 Un día quedé tan motivado que, a la salida, invité a comer a mi casa a la compañía, pensando que era un atrevimiento. 

 No lo fue y aceptaron. 

 Fueron los tallarines más nerviosos que jamás cocine (soy bueno para hacer pasta) pero, cocinar para el Ictus... 

 Desde entonces somos amigos y me acuerdo de los amigos, no de las pastas que comieron. 

 Luego vinieron muchas risas, muchísimas carcajadas, mejores recuerdos y hasta una maravillosa hija, quien me permite dejar este testimonio porque el funeral que merece Nissim (en la estación Mapocho, obvio) queda pendiente. 


 Un cariñoso abrazo, Paula querida.

24 octubre 2020

UN CONSEJO DE LA CULTURA AUTÓNOMO

Aplaudo el debate sobre Constitución y Cultura, inaugurado recientemente en las páginas de La Tercera y me parece que éste aborda tres temas diferentes: los recortes presupuestarios 2021; la inminente desaparición de organizaciones culturales -en curso- debido a la falta de ingresos provocado por la pandemia, y el debate sobre la cultura en la nueva Constitución. El primero, se da en el debate del presupuesto 2021, con dos posturas: subir el actual 0.3% a un 1% y la de Hacienda: un mejor gasto para un presupuesto reactivador. El segundo aspecto -particularmente dramático- afecta a museos, teatros, centros culturales y artistas que no reciben aportes públicos, cuya situación solo es posible resolver con programas de emergencia. Y el tercero, es cómo debe aparecer la cultura en la nueva carta fundamental, en particular los verbos clave: protegerla, promoverla y garantizarla. Hay una fórmula capaz de resolver el aspecto Constitucional e incidir en los dos anteriores: Un Consejo de la Cultura, autónomo, como lo que hoy tiene el Banco Central, compuesto por personalidades destacadas (rectores, premios nacionales, artistas de experiencia, gestores culturales), representativos de los pueblos indígenas, empresarios y ciudadanos. Dicho consejo asignaría los recursos que la Ley determine, conforme a prioridades acordadas transversalmente en su seno. Así mismo, por su diversidad, tendría la sensibilidad para enfrentar emergencias como la que hoy nos asola y sería un asignador de fondos públicos aceptado. La idea no es original: surgió en el largo debate en el que participaron más de 600 personas, en 1996, en el Congreso Nacional, para crear el CNCA.

01 agosto 2020

EL SILENCIO DE LA CUENTA EN CULTURA

Foto Presidencia


Lamentablemente, la mascarilla que embozaba a los asistentes a la Cuenta Pública Presidencial de 2020 no fue solo, en el caso de la cultura, una precaución sanitaria. Fue además símbolo del silencio que -de manera inédita- evitó cualquier referencia en ella a las artes, la cultura o el patrimonio.


Como es habitual, el país se preparaba para escuchar algunos anuncios relevantes, sobre todo en un sector fuertemente afectado por la pandemia, en el que pocos reciben muchos recursos públicos y muchos carecen completamente de ellos.


Como en la música, los silencios son reveladores. 

Dicen: sigan arreglándose como puedan; gasten el 10% de sus ahorros en las AFP (los que tienen); no hay palabras de aliento para quienes se esfuerzan por mantener vivas las artes, y sigan con sus campañas de "no más recortes en cultura".

Para un mundo compuesto por personas particularmente sensibles es, quizás, la ignorancia lo que más duele.

Era esperable, al menos, unas palabras de aliento; día a día vemos como nacen nuevas formas artísticas vía zoom u otras aplicaciones, para mantener vivas las experiencias artísticas -en muchos casos- gratuitas- en una población asolada por enfermedades físicas y mentales.

Se esperaba que viniera un apoyo desde el Estado, en un especial momento republicano. Sin embargo, es preocupante y descorazonador que las autoridades culturales ni siquiera hayan lograda incorporar en la cuenta presidencial algunas palabras de estímulo a los enormes esfuerzos que se hacen, en el mundo de la cultura, por mantener viva el alma de Chile en esta pandemia.

Si ello no logró penetrar la sensibilidad oficial, mucho menos podía esperarse algún anuncio económico. El mensaje es nítido. Arréglenselas como puedan: endéudense, concursen, gasten sus ahorros, inicien "emprendimientos" como aquel actor que fundó la pyme "actor de reparto" para distribuir productos esenciales.

Cuesta entender lo ocurrido. La OPC preparó minuciosamente y distribuyó por sus redes sociales una pregunta sobre lo que se esperaba. También imaginó -y tuiteó luego- la respuesta: NADA.

En una doble lectura, la cultura nada en medio de un feroz naufragio para poder sobrevivir, en medio de la indolencia oficial.


Por si esto fuera poco, se han deslizado previamente anuncios de que se harán nuevos recortes al presupuesto 2020, que afectarán, en 2021, a las instituciones públicas que reciben -por glosa- aportes del sector público. 

Ante la amenaza, con justicia, surgen las voces de una nueva campaña para evitar tales recortes, lo que sin duda distrae a parte del mundo cultural -que tiene ingresos asegurados y no requieren ocupar su tiempo en "emprender"- convirtiéndose así una demanda mayoritaria de quienes nada tienen en el problema de algunos ya receptores de recursos públicos solo que disminuidos.


Poco antes de conocerse la silenciosa cuenta, una cincuentena de organizaciones que participaban de mesas de trabajo con el ministerio respectivo, anunciaron su retiro de las mismas, declarando que: “El débil liderazgo del Ministerio de las Culturas frente a la crisis, la falta de voluntad de hacer un trabajo participativo, la poca convicción en la defensa presupuestaria, junto a la invisibilidad en la que nos mantiene la política social, nos instala como un sector completamente abandonado.”

Y concluyen: “En este contexto, las organizaciones decidimos dejar de participar de la mesa interministerial y las sub-mesas, ya que no constituyen un espacio participativo, proactivo ni menos resolutivo.”


En definitiva, nos encaminamos al peor de los mundos, un gobierno ciego, sordo y mudo; mesas de conversación rotas, y un sector golpeado, dolido y creando afanosamente formas de mantener viva la llama cultural.

¿Hasta cuando? 

¿Y si la llama se apaga por unas horas para escuchar también el silencio de la cultura?


Algunos piensan que nuevamente, en este caso, será la voz de los chilenos -a través del parlamento- la que pondrá las cosas en su lugar.

Parece no quedar otro camino. 

21 julio 2020

TEMPORADA DE PREMIOS


A pesar de la pandemia que nos asola, en los últimos días se ha puesto en el tapete una práctica poco usual en Chile: premiar o, más bien, premiarnos. Tarea que tan bien hace en general y mejor aún, en esta crisis sanitaria, social y cultural. Sin embargo, tanto del estado como de la sociedad civil, no va acompañada del impacto que debiera tener el galardón a alguien a quién imitar, divulgar y reconocer.


Muchas veces, en las discusiones de las políticas culturales que (aún) nos rigen, se planteó la necesidad de tener una política de premios y galardones. No prosperó. 

En la mente de quienes lo promovíamos, estaba la gran celebración que prosigue a la sobria entrega de los Premios Nobel -en un escenario repleto de flores históricamente donadas por el municipio de San Remo- entrega el rey de Suecia y el homenajeado agradece con una leve inclinación de cabeza. Luego viene la cena de mil invitados de gala, en el ayuntamiento de Estocolmo, donde los premiados pueden agradecer y, mientras avanzan hacia el podio, las banderas de las facultades universitarias se inclinan en señal de admiración y respeto. Luego viene la cena en que quinientos mozos, al unísono, depositan los platos con los manjares, los brindis y ... el baile.

Pero, nada de eso ocurre acá. Es casi un trámite: se publican las bases, se constituye un Jurado -semi opaco en sus integrantes- y se anuncia el galardón: llamada telefónica ministerial, palabras de rigor, fotografías, abrazos y discretos titulares al día siguiente.

De fiesta, nada. Reflejo del taciturno carácter nacional.

Sin embargo, en este invernal conjunto de galardones, se advierte algunos cambios. 


Los Premios Pulsar -a la música- en un nuevo envase virtual fueron interpretados por El Mercurio como una suerte de reconocimiento a las lenguas indígenas, y los ganadores tenían  un componente de "pueblos ancestrales".

El indiscutido premio nacional de Derechos Humanos al abogado Roberto Garretón, parece marcar también una señal de reconocimiento -y así él lo reconoce- a un colectivo: los funcionarios y funcionarias del comité de Cooperación para la Paz y la Vicaría de la Solidaridad, que habían sido, hasta ahora, tan injustamente postergados.

Presencia indígena y aplausos a los funcionarios de derechos humanos son dos señales no menores en un desierto de reconocimientos en esa línea.


Algo parecido puede estar gestándose en los premios nacionales, por resolverse pronto.

Desde luego, debutan en el caso de Literatura y Música, dos jurados adicionales, nombrados, según Ley, por el Consejo Nacional del ministerio de las Culturas. Este último es una instancia participativa y transversal que trae aire fresco a un jurado de cinco miembros que aún se mantiene en los premios no artísticos.

Justamente en Literatura se ha iniciado -mucho más abierto que en otros años- una conversación sobre la necesidad de premiar a una mujer y quizás algún(a) indígena. Justamente en ese jurado se designó a una poeta mapuche.

También es novedoso el que la solicitud de considerar poetas mujeres -solo Gabriela Mistral lo obtuvo antes- sea una petición de colectivos femeninos que no se abanderizan con una candidata en particular, solo refuerzan la importancia del género.


En el caso de la música, una publicación de prensa mostrando solo postulantes hombres, agudizó tales demandas de, tener postulantes mujeres, que no se han visto hasta ahora concretadas en nombres específicos.

Lo que subyace es la distinción entre música docta y música popular y aquella de premiar o no a músicos que han hecho gran parte de su carrera fuera de Chile, como ha acontecido recientemente.

Sin dudas, la ampliación del jurado, va a agregar complejidad al debate y podemos tener sorpresas respecto de la ampliación de las fronteras auto impuestas por jurados anteriores.


En el caso del premio de Historia, que conserva el jurado de una quina de integrantes, se ha hecho público el apoyo a la profesora Ana María Stuven -al parecer única candidata mujer-, de 24 mujeres destacadas que, en carta al director, llaman la atención sobre que “El país está en deuda con el reconocimiento hacia la participación femenina en la historia”. Deuda que comenzó a atenuar la anterior ganadora, Sol Serrano.


Es posible pues que en los próximos premios nacionales comiencen, paulatinamente, a reflejarse algunos  cambios culturales que ha experimentado nuestra sociedad.

Tal vez entonces, podamos comenzar a pensar en una política que amplíe y celebre los reconocimientos.

Quizás sea una de las lecciones que nos deje la pandemia.







24 mayo 2020

NAUFRAGIO, PLACEBOS Y UNA PROPUESTA



En un sugerente 20 de mayo del 2020, dos fundaciones de estudios -Friedrich Ebert y Por la Democracia- tuvieron la iniciativa de convocar a cinco integrantes del mundo de la cultura a reflexionar sobre la pregunta ¿Quién salva a la cultura en la pandemia? Participaron las actrices Carolina Arredondo y Aline Kuppenheim, el escritor Ernesto Garrat y el moderador fue Waldo Carrasco. El resultado puede apreciarse en el vínculo a Youtube copiado al final de este comentario.


Inicié mi intervención con la imagen de que vivíamos un naufragio -ni el primero ni quizás el último- y que debíamos enfrentarlo como tal: con la prioridad de salvar a los sobrevivientes con los mecanismos que la sociedad pone a disposición y con la claridad que hay algunos integrantes de nuestro mundo que están en mejores condiciones -con salarios asegurados y sin necesidad de ir a trabajar presencialmente- mientras otros, los más, que viven de su producción artística, padecen una condición muy precaria. 

El cierre de actividades alcanza a salas de teatro con todos sus componentes: bajo, delante, sobre y detrás del escenario; a centros culturales y museos privados sin fines de lucro, con imposibilidad de acoger visitantes, actividades artísticas o arrendar sus salas; a librerías, que deben recurrir a la venta por internet; a galerías de arte; a conjuntos musicales y artistas que, directamente, carecen de todo ingreso.

Ante este panorama, han surgido iniciativas de regalar producciones artísticas, a través de las pantallas domésticas, que obviamente no fueron creadas para tales formatos y que aparecen como un placebo para muchos que, además, arriesga promover el individualismo frente a un arte consumido en gratuidad y soledad. Adicionalmente, ponen en riesgo el cumplimiento del pago de los derechos de autores e intérpretes, así reproducidos.


Con todo, ha quedado en evidencia que, con la mejor voluntad, el ministerio respectivo no es capaz de satisfacer el volumen del problema, que no es solo cultural, sino sanitario. Es decir, la pandemia ha provocado que el daño sea de tal magnitud que no se resuelve solo con fondos concursables, reasignación de recursos, préstamos bancarios o leyes de apoyo a la cesantía.

Hay consenso entre quienes integramos este mundo -incluidos parlamentarios de la comisión respectiva- funcionarios públicos y privados, creadores, gremios, directivos de espacios culturales, libreros, actores, artistas en general, patrimonialistas... que se avecina una crisis mayor, con perspectivas de cierre de muchos espacios que, con tanta dificultad, han permanecido ofreciendo al público sus colecciones, montajes y exposiciones.



Para Mikel Etxebarria, de Fundación Interats de Barcelona, en la editorial del Boletín Cyberkaris de mayo, titulado "El futuro de la cultura tras la pandemia" esta coyuntura nos va a dar una imagen real de cómo nos ve la sociedad. 

Y profundiza: "Cómo valora la sociedad al mundo cultural, a sus creadores, a su oferta y al papel de la cultura en nuestras vidas. Hay un adagio latino que se va a poner de actualidad en este momento “primum vivere deinde philosophari” y vamos a ver si la cultura esté en “vivere” o en “philosophari”. Vamos a ver en qué posición no sitúan las autoridades al analizar las medidas que tomen para hacer frente a los efectos de la pandemia en el sector cultural. Vamos a ver si se nos consideran un sector estratégico, necesitado de inversión en medidas específicas para su mantenimiento y relanzamiento, o si básicamente se nos va a dirigir a las medidas generalistas. Vamos a ver en qué posición nos sitúa la clase política analizando sus planteamientos desde la oposición en relación con las medidas a tomar para reactivar la actividad cultural y en su posición ante las medidas gubernamentales; en qué posición nos sitúan los medios de comunicación, que durante la pandemia han sido bastante cercanos a la creación y a las expresiones culturales, analizando qué nivel de visibilidad van a conceder a la actividad cultural y qué tratamiento van a otorgar a las reivindicaciones del sector cultural; cómo nos sitúa la sociedad en general, si va a preocuparse por el sector cultural, si va a reclamar apoyos específicos y cómo valora nuestras reivindicaciones. Y, sobre todo, vamos a ver cómo nos valoran nuestros públicos. Si se mantienen fieles, si aumentan o nos abandonan. Si ese agradecimiento al sector cultural que ha ayudado a sobrellevar el confinamiento, cuando hay más opciones se mantiene, aumenta o se difumina".


Es decir, una prueba de fuego para la relación de la cultura con la sociedad. Lo que es también una oportunidad.

Demás está decir que hasta ahora tenemos las de perder. Un comunicado reciente del SII a los contribuyentes chilenos, detalla en qué se invierten nuestros impuestos: el 0.007% de lo que pago va a Actividades recreativas y cultura. Gasto escaso, solo superado en su miseria por Protección del medio ambiente.

Por tanto, deberemos recurrir -si queremos retornar a la posición que la cultura tuvo con antelación, como a inicios de los 70 o de la década del 2000- a lo mejor de nosotros que, abogue por el sector, al más alto nivel. 

Confío en que, afortunadamente, quienes cumplen esa condición, están dispuestos. Me refiero a nuestros premios nacionales; rectores de universidades; autoridades y académicos del Instituto de Chile; ex ministras o ministros de educación y cultura; ex directores de corporaciones e infraestructuras de alcance nacional... personalidades capaces de reponer, primero, el diálogo con las autoridades y luego acoger y representar las inquietudes del mundo cultural post naufragio.

Así lo hicieron las comisiones Rettig -con los derechos humanos- y Engel -con la transparencia- por citar solo dos casos. 

Es urgente para el sector cultura, consensuar y convocar a una Comisión del mas alto nivel, representativa y transversal, que tenga la calidad y capacidad de recuperar para el sector el lugar que nunca debió perder.

Así lo imaginó el asesor cultural del presidente Ricardo Lagos, Agustín Squella, cuando se legisló, en 2003 -sin oposición parlamentaria alguna-, para tener un Directorio Nacional de la cultura y las artes con figuras de la envergadura del filósofo Humberto Giannini; los premios nacionales José Balmes, Gustavo Meza o Lautaro Nuñez; los artistas Paulina Urrutia o Hugo Pirovich; los gestores Carlos Aldunate, Drina Rendic, Santiago Schuster o Cecilia García Huidobro; los rectores Álvaro Rojas, Oscar Galindo o Jaime Espinoza, entre otras y otros representativos de diferentes instancias de la sociedad civil, que se sumaban a tres representantes del gobierno, uno -su presidente- con rango ministerial, dos representando a los ministros de Educación y Relaciones Exteriores.

Así como el Consejo nacional de la cultura y las artes fue la respuesta institucional de la post dictadura, y se asemeja a los arts council de Gran Bretaña, nacidos luego de la tragedia de la Segunda guerra mundial; la tragedia de la pandemia que nos asola, justifica plenamente un esfuerzo des esta naturaleza.

Un inicio a observar es el reciente Comité de Renovación Cultural del Reino Unido (Cultural Renewal Taskforce https://www.gov.uk/government/news/culture-secretary-announces-cultural-renewal-taskforceque tiene por misión "fijar recomendaciones de seguridad frente al virus, explorar soluciones creativas que estimulen el regreso a la vida de los diversos sectores de la industria cultural y mantener abierta línea de intercambio de información con el Gobierno", que desde el 22 de mayo se reunirá semanalmente.

Sería aconsejable que, en Chile y una vez superada la emergencia, el mismo comité de alto nivel, inicie el camino de forjar una institucionalidad que recoja y supere la desgraciada experiencia que vivimos, en el marco de la discusión constitucional que se avecina.


 https://m.youtube.com/watch?v=xQepNfx-JWI&feature=youtu.be&fbclid=IwAR0BtCKu1gU0xPivW4DGdpeppx6RU30oLGR4Bu0pZfzMs6osVrwYE4re3ss 


07 mayo 2020

CULTURA: ¡AL RESCATE, MUCHACHOS!

“Digan que voy sin novedad” Thomas Somerscales. Museo Baburizza


Después del golpe inicial que significó la pandemia del COVID 19 en el mundo en general y la cultura en particular, recién, un par de meses después, están apareciendo las primeras reacciones desde las autoridades, las instituciones  y los ciudadanos respecto de cómo afectará el "bicho" al desarrollo cultural.

Pero, para que exista desarrollo cultural, debe sobrevivir aquello a desarrollar, por tanto, la primera tarea es la supervivencia. Literalmente. Y la primera sobrevida son las personas y luego las instituciones. 

La situación de las personas vinculadas a la cultura. 

Como le he escuchado al abogado Gabriel Zaliasnick, "las sociedades, cuando no entienden lo que pasa, se miden". Es exactamente lo que hizo el Ministerio de Culturas, con una improvisada encuesta que intenta medir el tamaña del estropicio. El resultado es que se inscribieron, como afectados, quince mil personas e instituciones, para un presupuesto de primeras re asignaciones de quince mil millones de pesos. Un millón para cada uno. 

Pero, en el mundo en que vivimos, la asignación de recursos públicos tiene estrictas reglas. Y en cultura la regla madre es la concursabilidad. Por tanto, se debe realizar concursos -urgentes pero no inmediatos- por la obvia necesidad de establecer las reglas del juego.

El subsecretario Juan Carlos Silva fue claro en una sesión de la comisión de cultura de la Cámara de diputados y diputadas, desafío a los gremios de la cultura allí presentes a darle a conocer algún mecanismo "no discrecional" para distribuir recursos en esta coyuntura.

En la misma sesión, el diputado Marcelo Diaz fue más preciso ante la demanda de los gremios por mayores recursos a asignar:  "el problema de fondo es estructural, la escasa presencia de la cultura en el presupuesto nacional. Si hubiese una mayor participación habría mayor reasignación". 

Lo que significa que solo se puede re asignar de lo que hay y si lo que existe es poco, el necesario rescate urgente no pasa por el ministerio específico sino por la reglas generales con que el gobierno está favoreciendo a la ciudadanía. 

Esto es el auxilio a las pequeñas y medianas empresas, la ley FOGAPE, por una parte. Y que, en simple, es un créditos bancario con garantía estatal seis meses de gracia y 48 cuotas, prácticamente sin intereses, para unidades económicas consistentes en el equivalente a tres meses de facturación, en régimen normal (se mide como año normal los doce meses previos a octubre de 2019). 

Por otra parte, están los apoyos a quienes viven de sus boletas de honorarios y por otra a quienes no perciben ingresos formales.

La situación se complejiza cuando hay un cuarto sector del mundo cultural que pone sobre el tapete, su situación, privilegiada respecto de aquellos ya mencionados: quienes tienen ingresos asegurados debido a su condición de empleados públicos o de instituciones que reciben transferencias al sector privado, aseguradas por glosas legales. 

Con acierto, perciben que tales ingresos pueden verse mermados en el presupuesto del 2021 debido a que obviamente, las re asignaciones y medidas de emergencia alguien las tiene que pagar en el futuro cercano. Por tanto, ya están reclamando contra eventuales e inevitables recortes.

Protesta que, debido a su estabilidad laboral y la consiguiente mayor capacidad de organización gremial, tiende a amplificarse y -lo que es complicado- confundirse con los reclamos de quienes carecen de tal estabilidad y poseen organización gremial más débil y una urgencia inminente.

No hay que confundirse entonces: la mayor preocupación debe estar en la mayor urgencia,  quienes, en ese orden, no tiene ingresos fijos, quienes los adquieren vía honorarios variables y quienes se sostienen como pequeñas empresas que dependen del flujo de personas que acceden -o no- a sus creaciones y servicios. 

Es el caso de las salas de artes escénicas que dependen de su taquilla; de las industrias editorial, audiovisual  o musical que viven de sus ventas de libros, fonogramas, conciertos o producciones, o de los museos y centros culturales que dependen de las muestras que exhiben y/o espacios que arriendan. Caso especial son quienes, como la Fundación Neruda o el museo Pre colombino, son turismo extranjero dependientes en gran parte.

Hay que agregar que las industrias culturales tienen un mecanismo ya existente de asignación de recursos concursables, que puede ajustar, con participación de la sociedad civil, a la situación. Es el caso de los tres consejos sectoriales -libro, música y audiovisual. 

Por su parte, las salas y espacios culturales son lugares naturales para otorgar fuentes laborales a miles de artistas e interpretes.

Por ello parece acertado que una de las líneas de reasignación de recursos  del ministerio de culturas (tal vez la mayor, de casi 8 mil millones de los quince), vaya en esa dirección.

Sin duda, lo dicho no será suficiente para enfrentar la severa crisis, pero al menos intenta ordenar la manera de hacerlo.

Por el contrario, no ayuda el clamor de -en estas penosas circunstancias- cambiar de raíz el modelo cultural que nos rige, por cierto, sin claridad alguna del por qué otro modelo reemplazarlo.


Ya vendrá la posibilidad de hacerlo, cuando, como lo anticipó Somerscales, podamos decir "vamos sin novedad" y con aguas mansas, en el programado debate constitucional. No es saludable, en medio de la tormenta y mares procelosos, discutir sobre las ruta de navegación.

Pensar como Guillermo Calderón, en La Tercera del 5 de mayo: “que entonces el país se comprometa en el largo plazo y con grandes inversiones en la cultura y no con métodos paliativos. Siempre es aterrador para los trabajadores de la cultura escuchar la frase "fondo concursable". Sin embargo, no tenemos alternativa".


19 abril 2020

ALERTA, CONFINADOS LECTORES

Foto Centro Cultural de España 



Hay frases de escritores que requieren muchos avatares, y hasta pandemias, para ser comprendidas en toda su magnitud. Es lo que me ocurrió con un texto, muy breve, de Pepe Donoso, pronunciado mientras caminábamos desaprensivamente por la gran nave del Centro Cultural Estación Mapocho, rumbo a una cena ritual: "Las personas que no son escritores, son muy raras, Arturo".


Resulta que el confinamiento obligatorio a resultas del corona virus, ha caído distinto, muy distinto, entre los escritores y los "mortales". Leyendo la prensa, se deduce que el confinarse es casi una condición laboral para escribir y su necesario preámbulo: leer.

Muchos no se extrañan. Rosa Montero: "Precisamente, uno de los pequeños paraísos terrenales que me permito es el de reunir unas cuantas semanas libres de compromisos y encerrarme en un refugio secreto en donde no hago nada más que pasear a mis perras, gimnasia, escribir y leer, sin ver a nadie todo ese tiempo". 

O "las personas que escribimos y leemos tenemos una mayor tolerancia a la soledad o a adaptarnos a formas de confinamiento", Diamela Eltit.

Oscar Hahn "A mí los encierros no me afectan mucho, a pesar de que vivo solo. Siempre he sido una persona de interiores. Paso mucho más tiempo adentro de mi casa que afuera."

Cuando me sentí en condiciones de escribir un ensayo sobre el tema de mi trabajo -financiamiento cultural- no tuve dudas en solicitar una beca que permitiera recluirme en un campus -Harvard- con una bien provista biblioteca -Widener- para lograr el empeño de escribir "lo importante", siempre postergado por "lo urgente".

La "rareza" detectada por Donoso y que he demorado en comprender a cabalidad
(sin estar completamente seguro de haberlo hecho), es que se puede vivir feliz leyendo y escribiendo. Por el contrario, quienes no pueden hacerlo, son "muy raros", para Pepe.

Solo que ahora recién he podido dar con el nombre de esa panacea donosiana: confinarse, es decir, "encerrarse voluntariamente en un lugar, generalmente apartado de la gente, para llevar a cabo una tarea que requiere una especial concentración, silencio o tranquilidad".

Agregaría que el propio término con-fin(ar) revela que lectura y escritura tienen un fin, un sentido.


Al aproximarse el día del libro, algo así como el cumpleaños de los "no raros", vuelven los propósitos antes de apagar las velas, entre ellos, leer, escribir, luego del deseo de buena salud para los nuestros.

Y respecto de ella- que obviamente no nos acompañará para siempre-, termina como el Quijote, con don Alonso tendido (aunque no rendido): "En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño", pero sabiendo que se ha producido la maravillosa transferencia a otro que seguirá sus andanzas y lecturas. La quijotización de Sancho, la sanchificación del Quijote.

Cuántos hoy siguen sus desventuras en todo el universo...

Esa necesidad de alertar a los demás, de animar los sueños y esperanzas, me trajo a la memoria maratónicas jornadas -los 23 de abril de cada año- en las que el centro Cultural de España convocaba a leer, ininterrumpidamente, trozos de la obra cervantina. 

"Como la fecha se acerca, es factible imaginar una lectura, igualmente masiva, desde nuestras casas", sugerí en http://arturo-navarro.blogspot.com/2020/04/por-que-leer-el-quijote-en-cuarentena.html

El Centro Cultural de España en Chile y el Taller de Verso Clásico, tomaron el guante, que no la lanza y el adarga, y convocan a un Recital en su casa animado por las palabras de Cervantes en La gitanilla:

"Tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades".


Motivan así: "Si Cervantes abría su inmortal novela dirigiéndose al “desocupado lector”, hoy convertimos a estos lectores y lectoras en “oidores” en confinamiento. Y si el Quijote consiguió abrirse paso en la aspereza de una cárcel, “donde todo triste ruido hace su habitación”, confiamos plenamente en la capacidad de la poesía para estimular nuestra imaginación y los sentidos, desdibujar los muros de este tiempo, transformar este triste ruido en música callada y soledad sonora y conectarnos —en el amplio sentido del término— con nosotros mismos y con los otros".


Todo está dicho, confinado lector.

Solo faltas tú.

16 abril 2020

UN GANCHO DE IZQUIERDA AL MENTÓN

Cámara Chilena del Libro


Este artículo fue publicado en La tercera, en noviembre de 1996


Luis Sepúlveda viene a reivindicar un espécimen que extrañábamos en este Chile de levedades y consensos, tan apartado de los tipos duros que transitaban victoriosos por los westerns de nuestra infancia. Es el eslabón perdido con esa estirpe de escritores recios, criados en el rigor del clima, las soledades, la persecución o la militancia como Manuel Rojas, Francisco Coloane, Baldomero Lillo o Nicomedes Guzmán. Se inscribió, en la generación del 'prohibido prohibir', confesó su admiración por Manuel Rodríguez, un ser fascinante, por ser aun gran marginal, con un desapego absoluto al poder, un gran seductor.


Viene a reivindicar un espécimen que extrañábamos en este Chile de levedades y consensos, tan apartado de los tipos duros que transitaban victoriosos por los westerns de nuestra infancia.

No es casualidad que, además de presentar su obra en la Feria del Libro, se haya esmerado en dar a conocer con entusiasmo el Himno del Ángel parado en una pata, novela de Hernán Rivera Letelier, pampino inequívoco cuya juventud transcurrió como obrero salitrero.

En esa presentación dio a conocer la que califica como su única lección para futuros escritores: una novela que no tenga un gancho de izquierda al mentón de los lectores en las primeras cinco frases, no vale la pena.


Para Sepúlveda, un gancho de izquierda al mentón (¿porque los de derecha van más bien a la altura del bolsillo?) es, por ejemplo, la tercera frase de la novela de Rivera: “con la vista baja, contemplando el cuero sin brillo de sus zapatos de muerto...”

En un ambiente literario con prolífica presencia de escritoras salidas de madre y con escritores esmerándose en temáticas de sectores sociales hoy con problemas de abastecimiento de agua, es saludable también encontrarse con ese prototipo del aventurero, tan rudo como saludable, que conoce más puertos que bibliotecas y que tiene sus cartucheras listas para desenfundar - literariamente hablando - sus balas cargadas de imprudencias, desvirtudes y talento.

Completa, en el concierto literario chileno una trilogía - Sepúlveda, Rivera y Roberto Ampuero - que nos acerca a una realidad, cada vez menos real y más ficticia, en la que sin presencia femenina los hombres, desafiaban el desierto, resistían enmarañadas selvas y resolvían complejos casos policiales.

No es bueno que se crea que la situación en que mujeres encabezan cifras de escritoras, Índices de lectura y ventas de ejemplares vaya a ser eterna.

Aspiramos, a los menos, a la igualdad.

12 abril 2020

POR QUÉ LEER EL QUIJOTE EN CUARENTENA





Mi abuelo me heredó una edición de Aguilar, en papel biblia, mil 856 páginas, que cabía en la palma de una mano, complementadas por respetuosas notas suyas en lápiz grafito y un mapa desplegable que me enseñó de España mucho antes que las guías Michelin. Se titula "Carta geográfica de los viages de don Quixote y sitios de sus aventuras". Mucho antes de atreverme a acometer tales relatos, visitaba el mapa y me imaginaba recorriéndolo, con la ayuda, más tarde, de Azorín y su obra "La ruta de don Quijote", en una edición firmada por don Arturo -mi abuelo- en 1936, impresa por Litografía Universo, en Valparaíso.


Aún sin acceder al bíblico ejemplar, mi primera aproximación al caballero de la triste figura me la permitió el escritor brasileño, José Bento Monteiro Lobato (1882-1948), en el tomo 13 de su vasta colección dedicada a los niños, que mucho tiempo creí era el verdadero Tesoro de la Juventud. Fue tal mi fascinación con "El quijote de los niños", de Monteiro Lobato, con ilustraciones de Gustavo Doré, publicada en 1953 por Losada, Buenos Aires, que no bien terminé los 23 tomos con las aventuras de Perucho, Naricita, el Vizconde de la mazorca, la tía Anastasia, doña Benita y la muñeca Emilia, -habiendo recibido como obsequio una pequeña fábrica de sellos- mi primera obra fue un timbre que hasta hoy exhiben los atribulados libros de Losada: Biblioteca ANC.

Quería con ello, tal vez, asegurarme que no olvidaría a estos entrañables personajes del campo brasileño, que convivían con una vasta biblioteca desde la cual, cierto día y accidente del Vizconde mediante, doña Benita comenzó a leerles el Quijote.

Luego llegó el gran año de 1967 -qué de cosas pasaron ese año- en que el programa escolar señalaba que los alumnos del entonces sexto año de humanidades debíamos leer el Quijote. Habiéndome adscrito -con más temor al sexto científico que pasión literaria- al sexto de letras, recibimos en una despoblada sala con asientos en u -éramos poco más de una decena-, al maestro encargado de cumplir y hacer cumplir el programa ministerial: el joven, aún estudiante de Letras de la UCV, Randolph Pope Costa.

Resultó un entusiasta mayor de la obra de Cervantes y Saavedra. Me atrevería a decir que los entonces emergentes autores del boom latinoamericano -que también leímos- le atraían menos que introducirse en los entreveros del Quijote. Se entusiasmaba escuchando nuestras exposiciones en clase y subía, en medio de ellos, la calificación: un siete (la máxima)... luego dos siete. Llegué a acumular hasta tres 7 en una memorable disertación.

Coincidió que en esos tiempo, editorial Codex, comenzó a distribuir, por quioscos, unos fascículos -por modestos 3 escudos- que entregaban semanalmente fragmentos bellamente ilustrados a colores y en papel couché, de la gesta de Quijano.

Por cierto los coleccioné y aún guardo el secreto culpable de haber tijereteado algunos para ilustrar trabajos escolares y universitarios... Si, porque en 1968 me incorporé a la escuela de Sociología de la UC y también (quizás debí invertir el orden) a la Sexta Experiencia, un colectivo (así se llamaría hoy) creativo de novatos (en otras universidades los llaman mechones) de sociología, sicología y algunas disciplinas cercanas, inspirados por Sergio Marras, que aún recorre el mundo -literalmente- con ese mismo espíritu.

Adivinen: mi primera presentación pública en las performances de la Sexta fue una pieza teatral, más bien un diálogo, entre el Quijote y Hamlet, que había publicado en la revista Escolar el año anterior. Por cierto, escrito y actuado por mí y por Juan Carlos González, quién a pesar de medir una cabeza más que yo, debió conformarse con el rol de Hamlet.

Las andadas, llegado ya el año 1970, me llevaron a la editora nacional Quimantú donde, con la inspiradora mezcla de Monteiro Lobato y Miguel de Cervantes, desarrollé, seleccioné y edité, libros para niños bajo el sello Cuncuna.

La feroz dictadura de Pinochet no era para quijotadas; sin embargo, hice lo que pude bajo las solidarias banderas de la vicaría del Cardenal Silva Henríquez y luego, creando, dirigiendo y publicando revista APSI durante 105 ediciones bimensuales. A poco andar, eso sí, convoqué a Sergio Marras, entonces en Madrid, para que se hiciera cargo de sus páginas de Cultura.


Con el avenimiento de la Democracia (con mayúsculas, como la escribe Gabriela Mistral), fui designado por el gobierno, en el Consejo de la Editorial Jurídica/Andrés Bello, en representación del ministerio de Educación. En aquella solemne instancia, rompimos lanzas con el Contralor de la República, don Arturo Aylwin, para impedir que en sus colecciones se contemplara una "edición resumida" de la obra cervantina. El Quijote no se puede resumir, fue nuestra bandera, que recordamos y celebramos cada vez que nos encontramos.

En 1974, el Teatro Municipal de Santiago había acogido un montaje del musical El hombre de La Mancha, protagonizado por José María Langlais como Cervantes/Quijote; la inolvidable Alicia Quiroga como Aldonza/Dulcinea y Fernando Gallardo, como Sancho Panza, el popular personaje Cachencho de la TV.

El 10 de abril de 2020, en tiempos de cuarentena, el coro del Teatro hizo una original versión de la canción mas recordada: "Un sueño imposible", cada uno desde sus casa. 

Tal selección para animar los sueños y esperanzas trajo a la memoria las maratónicas jornadas -los 23 de abril de cada año- en las que el centro Cultural de España convocaba a muchos y muchas a leer, ininterrumpidamente, trozos de la obra. Cómo la fecha se acerca, es factible imaginar una lectura, igualmente masiva, desde nuestras casas.

Total, son ellas donde guardamos nuestros recuerdos. Escribo sobre un escritorio de cortina que sostiene en la parte superior, dos pequeñas imágenes metálicas del Quijote, una clásica, de escudo en mano; otra, más pequeña, hecha de desechos, en la que una bisagra hace las veces de un libro, una tuerca su cintura y un tornillo, su barba. Llevan allí muchos años, al igual que las seis o siete de ediciones del libro, que atesoro en diferentes formatos, aún el biblia de mi abuelo.

Justamente, por estar cautivos en este territorio hogareño, no es una mala idea sumarse a la próxima lectura colectiva; comenzar a releer la obra de Cervantes; o leerla por vez primera, si fuese el caso... aventuras no le faltarán.

Recuerde que el mundo le fue siempre hostil a don Alonso Quijano, sin embargo no tuvo remilgos para enfrentar gigantes y otros malhechores, conservando su sueño de libertad y deseos de construir un mundo mejor.

Para acometerlo es muy probable que tenga a mano la masiva y económica edición del IV Centenario, publicada por Alfaguara, en 2004, "con viñetas, grabados de las cabeceras y otros motivos y ornamentos procedentes" de la edición de 1780, publicada a iniciativa y expensas de la Real Academia Española, que ilustra esta crónica.

09 abril 2020

¿QUÉ HICIMOS MAL EN CULTURA?



Sorprende, entre tantas sorpresas de estos tiempos, cómo el mundo de la cultura ha reaccionado de diversas maneras ante la epidemia: desde quienes abarrotan con generosidad las posibilidades de visita virtual a sus depósitos de obras; a quienes ofrecemos nuestros espacios para acoger contagiados, a quienes buscan apoyos para protestar por la escasez de los eventuales recursos públicos para el sector.

La costumbre señala que este mundo ha tenido espléndidos resultados cuando actúa de consuno. Ejemplos sobran, baste solo recordar la exitosa demostración para el plebiscito del 5 de octubre de 1988 y aquella que terminó, en muy pocas horas, con un ominoso ministro de culturas "de cuyo nombre no quiero acordarme".


En el caso de quienes ofrecen, casi sin discriminación, presentaciones virtuales, surgen al menos tres observaciones. 

La primera es, sin dudas la calidad de obras que en su totalidad -o casi- fueron preparadas para otro formato y que por tanto pierden mucho de su mensaje artístico al ser exhibidas en pantallas preparadas para informaciones, entretención banal y hasta juegos simples. Se responde que con esto se escabullen barreras de acceso a las artes. Si esto fuera tan simple, tales barreras ya se habrían derribado hace mucho.

La segunda es borrar con el codo todo lo que escribimos con la mano, respecto de la gratuidad de la cultura. Acostumbrar al público de que la cultura es gratis, sin barreras de ingreso es dispararnos en el pié. Cuando todo se normalice (o la normalidad que pudiera suceder a la pandemia, o sea meses), será muy difícil volver a cobrar por presentaciones que fueron gratuitas al solo golpe de tecla. Sencillamente eso no es verdad. Todo lo que hoy está al alcance de la tecla tuvo costos de creación, de producción, de montaje, etc etc. Aunque con dificultades y tiempo, se había avanzado en convencer a la ciudadanía que nada en arte es gratis y que cuando lo es, sospecha, pues alguien está pagando por ti y quizás con qué propósito. Hoy, podría decirse que el loable propósito es combatir el tedio de la cuarentena, sin embargo, la prisa con que esto se realizó no permite que las autoridades piensen que debieran poner en prioridad el financiamiento de aquellas instituciones que generosamente abrieron sus archivos. Total, si lo hacen gratis...hay otras prioridades.

La tercera es escabullir otro trabajo de décadas: el respeto por los derechos de autor, que instituciones como la SCD y varias sociedades similares, en áreas más allá de la música, han construido lentamente. Conozco, por mi afiliación a ella, el silente trabajo de SADEL -de los autores de libros- que ha sufrido horrores para que respetables universidades públicas y privadas, paguen por los derechos de los infinitos autores que piratean en fotocopias, en sus propios recintos.


Desde el año 2000, el estado ha realizado un gigantesco esfuerzo por dotar al país de espacios culturales, meta que, incluso, se puso el Presidente Ricardo Lagos, en su visión del Bicentenario, el 2010. Me pregunto, ¿cuántos de estos espacios a niveles local, regional o nacional están hoy a disposición de las autoridades sanitarias para contribuir en la epidemia que nos asuela? Al menos no ha sido destacado por la prensa -en papel o pantalla- ni tampoco por los propios agentes culturales que han desperdiciado una oportunidad para demostrar -en gestos concretos- la relevancia de la flota de espacios culturales chilenos, que no es menor.


La tercera sorpresa, quizás la mayor, es la inquietud de algunas organizaciones -no todas, es verdad- por exigir no solo más recursos públicos sino también intervención en su asignación. En el momento más complejo para ello. 

Desde la creación, en 2003 del Consejo Nacional de la Cultura -e incluso desde antes-, se han realizado ímprobos esfuerzos para que las organizaciones de la cultura se incorporen a las múltiples instancias de participación que dicho consejo proponía. Pues nada. Los consejos consultivos, uno de ellos, murieron de inanición por falta de interés de los gremios involucrados. Directorios de corporaciones culturales que acogen gremios han visto que éstos se restan de designar a sus representantes; consejos regionales claman por postulantes de la sociedad civil; jurados de fondos concursables tienen vacantes entre los evaluadores... "porque si evalúo, no puedo participar". No es muy complicado turnar artistas para que quien postule hoy pueda servir mañana en otras tareas. 


Algo hicimos mal para que tengamos este escenario. 

Es evidente que la respuesta a en qué hemos errado, no la tendremos en plazos breves. A  pesar que también se han desgajado voces -pocas- planteando que éste es EL momento para estableces nuevas políticas culturales, en cuarentena y con la gente luchando por sobrevivir. Afortunadamente, la vecindad de un plebiscito constituyente atenúa tales (des) propósitos.


A mayor abundancia, gremios, creadores, gestores, vieron con indiferencia cómo esa institucionalidad participativa derivaba en un ministerio con lindo y largo nombre, pero con mucho menor participación transversal y sin capacidad vinculante en las políticas que fijaba.

Parece curioso que toda la participación desechada, sea exigida, justo hoy, cuando estamos en emergencia, con muchos colegas cesantes, con instituciones con riesgo de desaparecer y con cuarentena generalizada.


Sin embargo, quisiera acotar algunas señales interesantes. 

Las comunicaciones de cuarentena, (redes sociales, periódicos) han sido generosas en días recientes, en acoger y manifestar: me gustan, favoritos y comentarios positivos, respecto de, por ejemplo, el cumpleaños de Gabriela Mistral y la reivindicación de su obra; el aniversario del estreno de la Pérgola de la flores, o la reaparición de Radio Beethoven en el dial FM.

Los tres, son clásicos de nuestra cultura. Como si la ciudadanía -en situaciones complejas- quisiera aferrarse a grandes iconos de las artes, a cuestiones probadas. No explorar manifestaciones derivadas de conceptos como innovación y experimentación. 

Como señala Pedro Lastra, querido poeta retenido en NY por el virus "aquí estoy, releyendo El Quijote, hasta aprenderlo de memoria".