18 marzo 2019

El ESTADO, EL MERCADO Y LOS PÚBLICOS


En columna de opinión publicada el 17 de marzo, en El Mercurio, el economista Sergio Urzúa cita "El tercer pilar", el más reciente libro de Raghuram Rajan, profesor de Chicago y ex gobernador del Banco Central de la India, que, en esencia, plantea que "los problemas actuales de las democracias liberales nacen del desbalance de los tres pilares que las sustentan: mercado, Estado y comunidad. Mientras los dos primeros ampliaron sus ámbitos de acción, reduciendo la pobreza, generando empleos, promoviendo movilidad social, el tercero, ese grupo social que reside físicamente en un sitio específico, que comparte una cultura y define nuestra identidad, la comunidad, se quedó atrás".


Las consecuencias del desacople -para Rajan- son múltiples. Por de pronto, la evidencia indica que la felicidad depende de cuán sólido sea nuestro círculo más cercano. Las redes sociales nos conectan, pero no generan humanidad ni amistad. Así, el paradójico malestar frente al progreso podría anclarse en la disfuncionalidad de nuestro entorno.

La situación, agrega Rajan, es caldo de cultivo para el populismo, que brota con fuerza tanto en la izquierda como en la derecha radicales. La primera culpa al mercado y propone erradicarlo. La segunda, al Estado e impulsa el nacionalismo. Ambos extremos se equivocan. Las personas desean mercados que operen con reglas claras y competencia justa, que activen la economía local. Demandan, además, un Estado moderno y responsable, que cubra riesgos y extienda nuevos puentes para progresar.


Si aplicamos este concepto a la cultura -que tambien debe temer de los populismos y autoritarismos de uno u otro sector- podríamos encontrar que ésta ha quedado recientemente, en nuestro país, a merced del Estado y, en menor grado, del mercado. La creación de un Ministerio -deseado por muchos como respuesta a los problemas de financiamiento- hasta ahora, no ha resultado tal. Por el contrario, desde el poder central han aparecido preocupantes señales que intentan reducir los aportes públicos a instituciones colaboradoras, evitados en un primer momento pero no aplacados del todo. De hecho, al eliminar el recorte de un 30% del aporte fiscal, se ha conservado la obligación de que algunas de esas entidades contribuyan a su financiamiento al menos con un 10% de su presupuesto; junto a un peligroso retraso en la firma de los respectivos convenios anuales que obliga a adquirir préstamos para cubrir los inevitables gastos del primer trimestre del año.

En la práctica se está modificando, por secretaría, mecanismos habituales de financiamiento de instituciones. Abriendo una puerta para que -eso dice la señal- el mercado haga su parte.

Se desatiende así el concepto de comunidad, que en estos términos, podría asimilarse al de públicos o audiencias.

Es decir, se está desaprovechando la oportunidad histórica, que la existencia del Ministerio obliga, de dar un vuelco al sistema de financiamiento público de la cultura. 

Recordemos que éste se construyó paso a paso y según las condiciones históricas. Primero - en 1929- se decidió que el Estado y solo el estado financia la custodia y defensa del patrimonio, con resultados lamentables que -dictadura y pobreza mediantes-  tienen a ese sector muy desmejorado.

Las artes se financiaban a través de la Universidad de Chile, tambien con dinero público, hasta que en los 90 se establecieron financiamientos mixtos, vía fondos concursables y ley de donaciones.

Como es obvio que las instituciones no pueden ser financiadas por concursos anuales, se fueron creando diferentes glosas presupuestarias para organizaciones culturales, en la medida de lo posible. Así se creó primero el CCEM completamente autofinanciado, a inicios de la democracia recuperada; luego, cada mandatario fue incorporando a glosas sus respectivas creaciones como el MIM, en el caso de Frei Ruiz Tagle; la FOJI, Artesanías de Chile, CCPLM, BAJ, Matucana 100, en el caso de Lagos; GAM, Museo Violeta Parra, en el caso de Bachelet.

A estos se agregaron algunas instituciones, según su capacidad de influencia, tan disímiles como el Museo Pre Colombino o Teatro a mil. Que se sumaron a financiamientos históricos como el Teatro Municipal de Santiago, la SECH y la APECH.

Como resultado de esto, y de cara a la creación del Ministerio, tenemos la oportunidad -y la obligación- de ordenar los diferentes tipos de financiamiento público, preservando espacios para las fuentes mixtas, indispensables para no tener una cultura vulnerable Estado-dependiente.

Desde luego, deben ser  muy diferentes los financiamientos públicos a las personas -creadores, gestores, artesanos, becas- que a las instituciones sin fines de lucro.

Para las personas, el mejor sistema ha sido y seguirá siendo, con perfeccionamientos menores, los fondos concursables anuales.

Para las instituciones, debe crearse un fondo plurianual, que financie a los museos, los centros culturales, los espacios culturales en general, sometidos a una evaluación basada en la calidad de su gestión y su capacidad de obtener recursos complementarios, vinculada a las condiciones objetivas de su misión. Y con la posibilidad que las personas hagan aportes directos a la institución de sus amores.

El financiamiento destinados a elencos estables debe tener tambien sus propias reglas, considerando la estabilidad laboral que merecen sus integrantes. Ello implica que, en el caso de instituciones que administren espacios y elencos, a la vez, debe crearse un sistema de evaluación particular que evite que se obtenga recursos para un aspecto y no el otro. En todo caso, la tendencia debe ser a que todo elenco debiera tener itinerancias en infraestructuras que reciben financiamiento público.

El único elemento que no se puede desatender es que en todo financiamiento público -salvo justificadas excepciones- debe dejarse espacios para la intervención de financiamientos privados y de lo que Rajan llama la comunidad.

Solo este tipo de aportes mixtos de Estado, mercado y audiencias, asegura lo más relevante para la cultura: la libertad para crear y divulgar las artes, sin tener una dependencia exclusiva de un sector.

La forma de asegurarlo es la existencia de instancias colectivas, de participación ciudadana, tanto en más alto nivel del Ministerio como en cada una de las instituciones sin fines de lucro que recibirán los aportes.

Es el momento de avanzar hacia ello. 

04 marzo 2019

EL LARGO PROCESO DE INSTALACIÓN DEL MINISTERIO



El primero de marzo de 2019 se cumplió un año desde la creación legal del Ministerio de las Culturas. Parece no existir dos opiniones respecto de que su instalación ha sido larga y no se ha completado y que, en adelante, le corresponde recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales y desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. El diario El Mercurio se ocupó de recordar la fecha y consultar opiniones al respecto. A continuación, sus preguntas y mis respuestas, publicadas ese mismo 1 de marzo.


¿Cómo cree usted que ha sido el proceso de instalación del Ministerio?

Como resultado de un proceso de largos años y varios mandatos, la instalación ha sido compleja. Primero, porque coincidió con un cambio de gobierno; segundo porque no fueron previstos todos los detalles, y tercero porque, entre los aspectos hasta ahora no considerados, está mantener la participación de la sociedad civil. Elemento clave en el futuro pues fue la gran fortaleza y rasgo diferenciador del CNCA. 
 

¿Como evalúa este primer año de Ministerio?

Fue un primer año tormentoso, con tres ministros y la necesidad de instalar, con gran rapidez, nuevas instituciones que sucedieran a las que, hace exactamente un año, dejaron de existir. Ello implicó creación de nuevos cargos, los concursos correspondientes y el cumplimiento de normas administrativas que no siempre pudieron aplicarse a cabalidad. En ese sentido, hay que reconocer un gran trabajo de las subsecretarías y el logro de algunas metas como la nueva forma de asignar los premios nacionales o la normativa para eliminación del IVA a espectáculos, que pasó de Educación a Culturas. 

No fue positiva la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertirla.

Como es predecible, los programas ofrecidos son básicamente los mismos, y se fueron profundizando a partir de la asunción de la ministra Consuelo Valdés, que ha despertado mucha confianza en el mundo cultural. 


¿Cuál debe ser el foco del Ministerio este 2019? ¿En qué cosas se debe poner énfasis?

El foco debe estar puesto en dos temas: primero, recuperar la participación de la sociedad civil en la gestación, aplicación y evaluación de las políticas culturales. Y segundo, desarrollar un debate a fondo sobre el financiamiento público a la cultura. Hay una gran oportunidad para dejar establecidos -con participación de todos los involucrados- mecanismos permanentes, plurianuales y generosos en materia de financiamiento, junto con definiciones respecto de los necesarios aportes de la sociedad civil en este campo y el acotamiento del peligroso concepto de la gratuidad.

Los énfasis, están dados, ya que provienen de administraciones anteriores: la terminación de la gran sala del centro cultural Gabriela Mistral y el nuevo guión del Museo Histórico Nacional, que deberá ocupar a plenitud su nuevo espacio, resolviendo el riesgoso tema de un museo de la democracia.

11 enero 2019

DUDAS Y OPTIMISMOS PARA UN NUEVO AÑO




Adriana Valdés asume Presidencia del Instituto de Chile


Concierto por la Hermandad reunió a más de 5 mil personas


Es compartido que el año 2018 no fue bueno para la cultura. Sin embargo, hay indicios de que el 2019 podría ser mejor. Lo acontecido al despuntar el nuevo año en el CCEM y en el Instituto de Chile, son síntomas de aquello. Veamos.


El año pasado, el mundo de la cultura sufrió tres impactos negativos fuertes.


El primero fue la amenaza –afortunadamente superada- de reducir presupuestos en un 30% a un conjunto de instituciones sin fines de lucro, que debieron destinar gran parte de sus energías en revertir tal amenaza. Desde luego, ellas contaron con la solidaridad activa, del resto de las instituciones que tienen, en sus directorios, presencia de la sociedad civil.


El segundo fue la rotativa ministerial, que impidió apreciar con claridad avances en el sector, más si uno de ellos significó una amenaza cierta a la cultura del país, debido a declaraciones negacionistas de aspectos tan cruciales como las violaciones a los derechos humanos.


El tercero es la tardanza en la instalación del nuevo ministerio y sus entidades participativas. Ello ha llevado a advertir un retroceso en la participación que ya era una conquista del sector y denuncias públicas de decisiones arbitrarias, especialmente en el sector patrimonial. Sin descartar la inexistencia del Consejo Nacional que dejó sin instancias de reclamación superior a los fondos concursables y sin poder designar jurados en los Premios Nacionales.


Estas tres situaciones demostraron, felizmente, la musculatura que ostenta el mundo cultural, gracias a la participación y el lugar que ha adquirido en forma sostenida desde el regreso a la democracia y que hoy está al tanto a lo que sucede en su sector y reacciona con unidad, prontitud y con una opinión clara y fundada.


En el Centro Cultural Estación Mapocho, su comienzo de año no pudo ser más auspicioso. Una convocatoria inicial de Alejandra Urrutia, la primera mujer chilena directora de orquesta, fue sumando apoyos desde la sociedad civil para desarrollar un gran concierto por la Hermandad, centrado en la participación -en escena y en el público- de centenares de inmigrantes. Más de cinco mil asistentes, ciento veinte músicos, cuatro solistas, un coro de 203 voces provenientes de Alemania, Argentina, Colombia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Escocia, España y Venezuela, dieron fe de la relevancia de ese tema. La Novena Sinfonía de Beethoven, en ese contexto, se escuchó particularmente bien.


Al día siguiente, en "una pequeña calle del centro de Santiago" en "estos tiempos de asombro", como se señaló en los sólidos discursos de la ocasión, por primera vez en 133 años de existencia una académica mujer asumió la dirección de la Academia Chilena de la Lengua. Coincidentemente, a Adriana Valdés le correspondió iniciar un trienio de presidencia del Instituto de Chile, que es encabezada rotatoriamente por cada una de las seis academias, tres de las cuales son actualmente dirigidas por mujeres, entre ellas, la de Bellas Artes, que encabeza Silvia Westermann.


Detalle no menor si se considera que el Instituto tiene un puesto fijo en cada uno de los jurados de los Premios Nacionales, que debieran fallarse el próximo mes de agosto, es de esperar con la dotación completa de sus jurados en las disciplinas artísticas, lo que lamentablemente en 2018 no aconteció, a pesar que la ley del nuevo ministerio así lo señala.


Estimula el optimismo ante el próximo año, la creciente confianza del mundo cultural en la actual ministra, Consuelo Valdés, y una tendencia a ir superando los atrasos en la conformación de la institucionalidad, en especial con la lenta constitución de los Consejos regionales que la misma ley considera.


Debiera esperarse que, el 2019, se realice un amplio debate sobre las formas y compromisos de financiamiento cultural por parte del sector público, que quedó pendiente el año que termina y que reviste la mayor importancia pues quedaron en el aire ciertos conceptos del sector hacienda, más que discutibles.

Así también deberíamos esperar la profundización de la participación en la institucionalidad en todo el país, junto con ejemplarizadoras sanciones a los traficantes de bienes patrimoniales que en 2018 comenzaron a ser denunciados y juzgados.

Y la extensión del "tupido velo" que parece estar descendiendo sobre la poco feliz iniciativa de un museo de la democracia.