03 julio 2008

GRAN SEÑOR Y RAJADIABLOS

Las cosas de la vida. O más bien, las cosas de la Tele... Al parecer una inocente teleserie nocturna en horario prime, que reúne a un fogueado elenco y fogosas escenas de sexo de una diversidad social y sexual sobre el promedio, está causando un ajuste de cuentas de los chilenos con uno de los aspectos más traumáticos de la historia reciente: la reforma agraria.


Una discusión no hecha, aplacada en su momento porque quienes encabezaron la revuelta fueron los propios hijos de los latifundistas, camuflados bajo banderas vaticanas, de demócratas cristianos, de estudiantes de la UC, de mapus, está saliendo a la luz.

Mientras el motivo literario del patrón de fundo se mantuvo en la literatura, como la clásica novela de Eduardo Barrios (Nascimento, 1948), o en los tribunales, alcanzando a un senador de la República no conservador, los señores o ex señores de la tierra permanecieron en silencio. Pero, cuando la descripción, en una obra de ficción, de uno de ellos llegó al dormitorio de viejos camastros de bronce y elegantes plasmas televisivos, ardió Troya.

Se denuncian oscuras maniobras para desprestigiar a la antigua oligarquía agraria, contaminando de paso a familias ascendentes por alcande de apellidos (¿sería más verosímil si el protagonista se llamara González?).

Por la otra trinchera surgen notables intelectuales y artistas luciendo orgullosos su condición de hijos de peones agrícolas y ratificando los malos tratos que cualquier estudiante mediocre de literatura escolar bebió desde los primeros años de formación.

Es verdad, en Chile existieron dueños de fundo y peones, como en todas partes. Hoy en día la industrialización del agro y la vocación declarada de convertirnos en potencia alimenticia los ha dejado anclados en la historia, una historia que, como canta Serrat,lo que no tiene es remedio.

Leyendo a los (ex) señores que reclaman por los alcances supuestamente ofensivos no he podido dejar de recordar a uno de mis profesores de tercer año básico, el sacerdote Gregorio Sánchez Ugarte, que rellenaba magistralmente las clases en las que otro profesor faltaba contándonos unas historias que llamaba "Lecciones de cosas". En ellas, el protagonista recorría el mundo realizando hazañas que nos maravillaban. Lo llamó Ugarte, como su apellido materno.

Creanme que todos -infantes de un dígito de edad- entendimos que Ugarte no existía y que sus historias no pretendían beneficiar ni perjudicar al padre Gregorio. Sólo, tal vez, homenajear castamente a su madre.

1 comentario:

  1. Claaaro, y entre medio el actor que personifica al malvado latifundista agrega: "no se na yo, hago mi pega no más"

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