23 junio 2008

ALLENDE Y LOS PRISIONEROS

El ex músico de Los Prisioneros, Jorge González, en entrevista reciente en revista Qué Pasa, justifica su personalidad diciendo que fue un chico que se formó leyendo libros de Quimantú y no viendo series de TV como Miami Vice. La metáfora del rockero es reveladora de cuánto calaron las obras culturales del Presidente Allende. Cuando se celebra un centenario de su nacimiento, el 26 de junio, es ocasión propicia para reflexionar sobre la política hacia el arte de su gobierno.

Antes, debo confesar que inicié mi vida laboral en 1971, desde entonces permanentemente vinculada a la cultura, casi junto con la asunción de Allende a la Presidencia de la República. Debo reconocer que entonces adhería más al proceso revolucionario que él encabezaba que al mundo del arte y la cultura que hoy me identifica. Debo agregar que no dejé de sentirme incómodo por provenir más de la sociología (era estudiante universitario) que de alguna de las disciplinas artísticas. Recuerdo que existía una extraña mezcla entre los creadores de belleza y los creadores de riqueza, los obreros. Sin pertenecer a ninguno de ambos grupos, admiraba a ambos. Se vivía un tiempo en que muchos de los miembros de estos sectores deseaban sinceramente que las fábricas fueran creadoras de arte y los artistas, fabricantes de productos materiales.

Aunque discutimos hasta el agotamiento quién tenía la razón y dejamos nuestras mejores fuerzas en los trabajos voluntarios y las empresas del área social, no llegamos a alcanzar ese ideal. Los artistas no superaron a los obreros en fuerza física, ni lo obreros lograron capacidades creadoras significativas. Pero, lo intentamos. Lo predicamos y por sobre todo, lo creímos posible.

Todo ello, mirando poco para el lado, despreciando a quienes no disponían de alguna de estas vertientes privilegiadas: ser obrero o ser artista. Los primeros tenían prioridad para administrar industrias, dirigir partidos políticos y hasta ser partes del gabinete, tambien para recibir a través de sus sindicatos y federaciones las mejores y más económicas creaciones culturales (algo así como lo que ocurre hoy con la condición de empresario).

Entre los artistas, Neruda escribía inspirado en la clase obrera; Quilapayún y Víctor Jara cantaban en sedes sindicales, creadores de todas las edades desfilaban orgullosos luciendo las camisas de las juventudes comunista o socialista. Los artistas visuales disponían de espacios en los muros emergentes del Edificio de la UNCTAD, los escritores tenían excelente acogida en las prensas de Quimantú, los cantantes llegaban a DICAP como a su casa y los cineastas gobernaban Chilefilms sin contrapeso.

Los lectores no supieron que lo eran hasta que llegaron a sus quioscos favoritos o sindicato correspondiente las ediciones masivas y muy baratas de las series Minilibros, Nosotros los Chilenos o Quimantú para todos. Los niños se sintieron privilegiados no sólo por el medio litro de leche, tambien por la colección de libros infantiles Cuncuna.

Es que en el gobierno de Allende se dignificó hasta el paroxismo el trabajo manual y el trabajo creativo. Sólo que muchos entendieron tarde lo relevante que ello era para ser mejores como personas y mejores como país.

Quizás porque no supimos expresarlo bien, quizás porque algunos no supieron entenderlo bien y creyeron que se trataba de eliminar al otro y no ser mejores junto al otro.

El hecho es que muchos lo sufrimos. Especialmente cuando quienes no creían en el trabajo manual ni el trabajo creativo como motores de una sociedad, dieron muestras de entender cabalmente a quienes había que reprimir: quemaron libros, asesinaron cantantes, encarcelaron actores, destruyeron cuadros, demolieron universidades y exiliaron artistas.

No obstante, la figura de Allende sigue presente, especialmente en aquellos que lo entregaron todo siguiendo a este líder de los anteojos de marcos robustos y que lleva el apellido quizás más homenajeado por los creadores, de Chile y el mundo; a pesar de que su política hacia el arte y la cultura marcó más bien el final de una etapa de nuestra historia. Aquella en la que el Estado era el protagonista del desarrollo de las artes. A través de él se financiaban los creadores, las universidades, los canales de televisión y las industrias culturales. Quimantú fue una empresa gigantesca, con más de dos mil trabajadores, que tenía en su interior varias sub empresas: de publicidad, de distribución, de impresión y de edición de libros y de revistas. Lo que hoy se llamaría un holding, muchas veces beneficiado con precios subvencionados del dólar para adquirir papel, compras formidables del gobierno y ventas masivas hacia socios político-comerciales como Cuba, país al cuál se le imprimían millones de textos escolares.

No obstante eso, Quimantú es recordada, con justicia, como símbolo de una política de difusión de la cultura a través de sus libros, que lograron una efectiva democratización del acceso a la lectura.

Adicionalmente, Allende quiso dejar vinculada las artes a su principal obra arquitectónica, el edificio de la UNCTAD al que llamó Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, logrando en su interior un encuentro y diálogo del gran público con las artes visuales.

La pregunta es si esta intensidad artística del período la de Unidad Popular habría podido sustentarse en el tiempo, especialmente cuando se enfrentara a la actual situación mundial en la que el mercado gana terreno y los aportes gubernamentales retroceden aún en la antes irreductible Francia de Malraux.

Sin embargo, hay situaciones que ni Allende ni los “nuevos tiempos” han cambiado del todo: “El Estado –escribió el crítico cultural allendista Hans Ehrmann en diciembre de 1970-, en forma directa e indirecta, subvenciona dos orquestas sinfónicas, tres ballet y una serie de otras actividades artísticas. Su apoyo surge de través de las universidades, la Municipalidad de Santiago, el Ministerio de Educación. Cada una de esas instituciones mantiene su pequeño feudo cultural, sin que hasta la fecha se haya hecho un intento por racionalizar la inversión estatal en el arte”.

Curiosamente, sobre las cenizas del sueño de Allende, en el futuro Centro Cultural Gabriela Mistral, se están sentando las bases para un gran espacio de difusión masiva de las artes escénicas y musicales.

Allí, los futuros Jorge González podrán disfrutar de obras de danza, teatro y música que hasta ahora les eran vedadas, como si estuvieran prisioneros…

17 junio 2008

EL MINISTRO (A) SOÑADO

Una activa red virtual de agentes culturales iberoamericanos, nacida al alero de un reciente encuentro en Santa Cruz de la Sierra, ha planteado a sus integrantes el desafío de construir el perfil ideal de Ministro de Cultura.
Junto con afirmar que ese personaje utópico no existe, no deja de ser estimulante reflexionar sobre la pregunta que agita a un conjunto de relevantes gestores del continente americano.


En primer lugar, existen ciertos requisitos para definir aquel perfil: es indispensable conocer el presupuesto del que va a disponer. Sin un monto de dinero adecuado y no comprometido con anterioridad, no hay Ministro que valga.

En segundo lugar, debemos preguntarnos por el nivel de permanencia o estabilidad que tendrán las políticas culturales que el elegido tendrá que aplicar. Si debe partir de cero (o cree que debe hacerlo todo desde el inicio), tampoco tendremos un Ministro eficaz dado que los períodos de gobierno en nuestros países no suelen ser prolongados. Es decir, no hay tiempo para políticas fundacionales.

En consecuencia, un buen ministro deberá moverse en la conocida fórmula de continuidad y cambio. Asumir aquellos aspectos de las políticas que vale la pena continuar y profundizar por su calidad y su éxito comprobado y agregar algunos aspectos de novedad que surgen de su período y le darán la impronta que él busca.

De lo dicho se desprende que los países deben tender a tener políticas culturales de Estado más que de gobiernos y éstas deben formularse con una participación abrumadora del mundo de la cultura y las artes.

Existen entonces ministros o ministras que convocan a la formulación de políticas de Estado, en cuyo proceso se llevarán todo o casi todo su mandato, las que probablemente deben ir acompañadas de una institucionalidad que refleje esa condición de política de Estado y que asegure que cuando se vaya, tales políticas no cambiarán.

Por deducción, existirán ministras o ministros que asuman tales políticas de Estado y destinen su mandato a aplicarlas y fortalecer la institucionalidad que las generó, junto con introducir calmadamente los ajustes que la realidad –y los actores relevantes del mundo de la cultura- aconsejen.

Habrá entonces, ministros formuladores y ministros aplicadores de políticas que a su vez generan las condiciones para ir ajustando tales políticas.

Para cumplir ambas características se requieren capacidades de trabajo en equipo y dotes de liderazgo.

Para ambas se requiere una doble capacidad de reflexión sobre la acción y de acción a partir de la reflexión.

Pero, sobretodo, no confundir los tiempos políticos con los tiempos culturales. Preferir el qué por sobre el cuándo. Considerar que más vale que sea otro u otra quién corte la cinta inicial, pero que aquello que se va a inaugurar cumpla con los requisitos que imponen las políticas culturales del país y los intereses de las audiencias que lo van a disfrutar.

Pensar tanto en la platea como en el escenario. Ambos deben estar ocupados, el escenario por los mejores, la platea por todos; pero un(a) ministro(a) se debe principalmente a los públicos. Finalmente, cada artista es tambien audiencia de alguna disciplina diferente a la que ocupa su creatividad.

Quienes profesionalmente suelen ser capaces de combinar el rol creativo con la formación de públicos son los gestores culturales.
Sin desconocer que muchos buenos gestores han surgido desde el mundo de los artistas, la experiencia enseña que ambos roles son imposibles de cumplir a la vez.

¿Por qué entonces no buscar a un Ministro de Cultura entre los profesionales de la materia? ¿Why not the best?

12 junio 2008

LA GESTIÓN COMO EXCUSA

En el Museo Guggenheim de Bilbao llama la atención la exhibición de un documental del recientemente fallecido Sydney Pollack en el que Frank Gehry, arquitecto del recinto, narra el proceso del proyecto. En él, con una modestia que lo exime de la cuestionada categoría de “starquitect”, señala que no existen arquitectos geniales, sino clientes geniales. Esto es, que la claridad debe estar en quién hace el encargo, más que en quién lo recibe. Éste último sólo debe aplicar su talento a satisfacer al mandante, por cierto aplicando la dosis de creatividad que implica su profesión.

Algo similar ocurre con la gestión cultural, y se ha puesto en el tapete a propósito de argumentar “problemas de gestión” tanto en recientes decisiones relativas a la Trienal de Artes Visuales como en otras circunstancias de nuestro desarrollo cultural de los últimos años.

Para analizar si efectivamente existen problemas de gestión, debemos ver primero si el “mandante” ha realmente efectuado el encargo, segundo si lo ha realizado con la “genialidad” o claridad correspondiente y luego, si lo ha hecho a la persona o entidad adecuada.

En el caso que nos ocupa, el concepto aparece en el documento de Definiciones de Política Cultural 2005 - 2010 CHILE QUIERE MÁS CULTURA como un ejemplo del propósito de “Inscripción del país en los circuitos artísticos internacionales, desarrollando iniciativas tales como una Bienal (sic) Internacional de las Artes Visuales”. Se reitera en el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet: “Se propiciará la inserción de la creación y la producción nacional en los CIRCUITOS ARTÍSTICOS INTERNACIONALES, con el establecimiento –entre otras medidas– de una Bienal (sic) de Artes Visuales”.

El encargo está realizado por parte de la política cultural del estado de Chile y reiterado por el gobierno en funciones. Las dudas surgen en si fue hecho a las personas que corresponde -o si éstas se arrogaron el encargo - y con la claridad adecuada respecto de sus atribuciones y limitaciones. Aparentemente, esto no fue así dado que la Fundación creada para el efecto ha debido tomar medidas correctivas luego de que se frustraran determinaciones tomadas por los encargados como, ni más ni menos, la renuncia de la Curadora Internacional y su Asistente Nacional.

Es de esperar que la reformulación de esta Trienal permita cumplir el fondo de la Medida número 6 de la política cultural: “Inscribir a Chile en los circuitos artísticos internacionales y convertirse en un hito que afirme la identidad y proyección internacional del arte chileno”.

Casualmente –o no- esta inscripción y proyección de Chile tan necesarias como urgentes coinciden con los esfuerzos de generar una Imagen país que han motivado una nueva inversión gubernamental al respecto. Seria interesante que los responsables de tal Imagen consideren a las artes visuales en su empeño y, de hacerlo, cumplan con las consideraciones de una buena gestión: encargo claro, y a los gestores adecuados.

De no ser así, podríamos caer en el desaguisado de una propuesta ya publicada: que la imagen de Chile sea la de un científico aficionado… a los cambios de apellido.

02 junio 2008

LOS 3 EN EL TEATRO MUNICIPAL










Es lo que ocurre con la estética. Que se filtra por cualquier rendija, ropa, cortina en ventana a la calle o pintada mural. Esta vez, la estética de Los 3 llegó al teatro Municipal por el lado menos pensado: son músicos y podrían haber accedido vía Concierto y hasta Ópera… Sin embargo llegaron a través del Ballet de Santiago. ¡Y cómo!

Hubo quienes comparan “30&Tr3s Horas Bar” de Eduardo Yedro y Los Tres, con la Pérgola de la Flores y La negra Ester. Tal vez más en el sentido de la fuerza con que se apodera de la escena y lo entrañable de sus personajes. Pero la verdad es que lo que proponen es una estética que por decir lo menos está presente en gran parte de la vida cotidiana de los chilenos y, por tanto, nos identifica.

Es la estética, en la literatura, de Bolaño más que Isabel Allende; de Bruna Truffa y Soledad Espinosa, en la plástica, más que Bravo; más de amanecerse que de “after Office”.

Es la estética desde los cerros más que de los subterráneos. En TV, más de Chile Íntimo que de Enigma… Más “bombardero de La Reina” que “Chino” Ríos. Más Kramer que Ché Copete, más Buenos Aires que Miami. En definitiva, una identidad que se ha ido apoderando de nuestras miradas a partir de ese arco iris que amaneció un 5 de octubre y que ha debido imponerse pausadamente, generación tras generación, con avances y retrocesos pero que tiene una solidez tal que, cuando se presenta en el Teatro Municipal cambia todo. Si hasta las frágiles piernas de las bailarinas del Ballet de Santiago parecen asemejarse a las sólidas y breves extremidades de las bataclanas de un fallecido American Bar.

Es la estética que explica porqué tenemos un Consejo de la Cultura establecido en Valparaíso y porqué los partidos de fútbol comienzan a verse en grupos de amigos y amigas en el Liguria.

Es lo que cambió radicalmente al público que asistió a las reiteradas funciones del Municipal, como dijo alguien, “me parece estar en otra parte”.

Eso es lo que aportan Los Tres, desde la Jane Fonda hasta 30&Tr3s Horas Bar. Es cuestión de talento, de ritmo, de fuerza y de identidad. Que ha venido para quedarse.

Como la democracia.