07 abril 2008

El libro en Chile: DIVISIÓN NO ES DIVERSIDAD

Dos crónicas de domingo –en Artes y Letras y Reportajes de La Tercera - ponen el acento en la falta de información para formular políticas del libro y la posible llegada de una cadena de librerías argentina a nuestro país. Amerita reflexionar sobre el tema.


Una estudiante de doctorado francesa que hace su tesis sobre las políticas de fomento del libro y la lectura en Chile me preguntaba, en mi condición de responsable de la tramitación de la Ley del Libro de 1993, las razones de que en nuestro país la aplicación de las políticas al respecto estuvieran separadas en dos instituciones públicas vinculadas al gobierno central: el Consejo Nacional del Libro y la Lectura y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. Para ella, con racionalidad gala, es incomprensible. Menos aún, existiendo desde 2003 una autoridad cultural de rango ministerial como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que surgió usando como modelo la Ley del Libro. Intenté explicarle que era un problema temporal y que pronto sería resuelto, como esa misma racionalidad lo indica, estableciendo una dependencia de la DIBAM del mencionado Consejo Nacional. No me lo creyó, justamente porque había entrevistado a otras personas del mundo del libro que eran más bien escépticas al dictado de la razón.

Es que en el libro y su mundo nacional parecen primar más bien las pasiones. Y de las pasiones nacen las divisiones. Las que afectan no sólo a los entes públicos que determinan políticas. Veamos.

Los editores. Están perfectamente divididos entre una Cámara tradicional con más de 50 años de vida y una asociación de editores independientes que acusan a la primera de entregarse a las grandes empresas extranjeras. Incluso se permitieron protestar cuando la Presidenta de la República designó como miembro del Directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a un integrante de la primera. Sus discrepancias se lucen públicamente con ocasión de la Feria Internacional del Libro mediante escarapelas que representan una vistosa D (¿de disidentes?), y una verdadera guerrilla de desgaste (D) por cualquier acción que la Cámara emprenda en ese privilegiado escenario. Bien correspondido por su contraparte que tiende más bien a ignorarlos.

Los escritores. Tienen históricas desavenencias entre la SECH y la mayoría de los autores nacionales que no se afilian a su asociación gremial y no le asignan la más mínima significación. Los gremialistas hacen poco por acercarse a sus pares dando periódicamente espectáculos públicos en los que se enrostran opacidad en los gastos y exhiben escandalosas boletas por compras de mercaderías al por menor. Baste recordar cualquier entrega de Premio Nacional de Literatura para comprobar que no se trata del gremio más solidario entre sus pares.

Las bibliotecas. Habiendo una sólida organización dependiente de la Sub Dirección de Bibliotecas Públicas de la DIBAM, que ha llevado Internet a localidades apartadas y toda su red, existe una no menos sólida red de Bibliotecas Vivas afiliadas a la Fundación La Fuente, cuya directora no desaprovecha ocasión para disparar contra las bibliotecas públicas, desde la cómoda posición del éxito de sus emprendimientos en varios de los más visitados centros comerciales del país. Una división de dos proyectos exitosos, más propia de una competencia entre cadenas de farmacias que entre entidades que supuestamente tienen una misión común, que es el fomento de la lectura.

El IVA. En algún momento, a comienzos de los 90’s, fue la principal bandera de lucha del mundo editorial. Su intento de remoción es uno de los fracasos más grandes de este mundo junto, tal vez, con la lucha contra la piratería. Tanto que ahora ya es casi un lugar común –ratificado en los reportajes mencionados- que el alto precio de los libros tiene mucho más que ver con los editores españoles, los importadores y libreros locales que juegan a los precios grandes para defenderse de un mercado pequeño, que el aludido impuesto. Mientras tanto, los editores locales demuestran, cifras en mano, que los precios de la producción chilena no superan, en promedio, los siete mil pesos de precio de venta de los libros nacionales.

La piratería. Aunque las campañas de creación de conciencia de que constituye un delito son cada vez más frecuentes (¿porqué no aliarse con las potentes imágenes anti-piratería de la industria del cine?), la opinión pública sigue pensando mayoritariamente que ante los altos precios de los libros, es sólo un pecado venial apoyar esta infracción por vía de la compra. La Cámara del Libro sigue acompañando y aplaudiendo a los policías que decomisan las especies que generan una nueva discrepancia: los libros incautados ¿deben destruirse o entregarse a las bibliotecas? Es evidente que el fruto de un delito no debe ser entregado a nuestros niños ni aún si fueran ediciones de cuidada calidad, condición que distan mucho de lograr los libros piratas, cuyos títulos suelen dar la razón a quienes acusan a las grandes editoriales de tener precios elevados. Son inexistentes los piratas que desearían reproducir un libro que cueste en el mercado menos de siete mil pesos.

Lo que nos lleva a observar el tipo de marketing que invade al mercado editorial. En los últimos años parece haberse inclinado la balanza por una ecuación muy simple: pocos títulos/grandes tiradas. Prefiero –dice el gran editor trasnacional- gastar dinero en promover un solo autor y editar muchas copias de él, con un marketing que hace creer que estamos en presencia de un éxito. Las librerías se cubren entonces de afiches, pendones, pancartas con el rostro de un autor que muchas veces no comprende –racionalidad francesa, tal vez- cómo la crítica y los lectores no comparten el entusiasmo por su obra que asegura la publicidad. ¿Merecen estímulos de la legislación sobre el libro y la lectura quienes los han convertido en un producto que se vende igual que un celular? Mejor dicho, ¿no merecerán más estímulos quienes apuestan a la ecuación muchos títulos/bajas tiradas? Porque finalmente la lectura es diversidad y buscar la creación hábitos. Por el camino de la uniformidad pareciera que no se cumplen las políticas públicas al respecto. ¿Qué habito de lectura se crea comprando libros impelidos por marketing sin contenido? ¿Se leerá cuando ese estímulo desaparezca? O aún peor: ¿cuando se oriente hacia otro tipo de productos?

Esta realidad es un desafío a las pequeñas editoriales que apuestan a la diversidad de títulos el que no es diferente al que tienen todas las industrias culturales y la gestión cultural: desarrollar audiencias fieles. En términos de libro, lo llamaría el “combate cuerpo a cuerpo” para diferenciarlo de los “bombardeos masivos” del marketing.

Recuerdo una máxima que dice que no existe persona que no tenga al menos un 5% de buena. Pues bien, no existe libro que no tenga al menos un mínimo porcentaje de lectores potenciales. La tarea es descubrirlos y llegar a ellos. Y esto se hace llevando los ejemplares hasta donde está el público potencial. Es decir, oferta directa y personalizada.

Otra máxima que merece ser respetada en este contexto es la unidad de quienes tienen una misión común. No es edificante el debate que hemos presenciado, por ejemplo, sobre el Maletín literario en el que autoridades que debieran tener algo que decir al respecto (Consejo del Libro) no tengan pito que tocar, o lo ocurrido con el legado de Gabriela Mistral que es disputado, medalla a medalla y poema a poema, por altas autoridades públicas, en público.

Las divisiones no son diversidad. Mientras esta última es recomendable y necesaria, las primeras sólo contribuyen a crear confusión, desconfianza e ineficiencia en las políticas públicas y… desconcierto en la estudiante francesa.

Casi tan grande como el que le provoca el Presidente Sarkozy.

Cosas de los libros.

26 marzo 2008

"LA MISIÓN" QUE NOS DEJA MORRICONE

Silenciados los tiros, los puñados de dólares, los avemarías en la selva paraguaya y el paraíso en cinemascope, el maestro Ennio Morricone ha partido y lo que queda es el público. El gran protagonista de este fenómeno no fueron los misioneros jesuítas ni los malos, buenos y feos del oeste con sabor italiano, fue el público chileno.


Efectivamente, como lo comentamos en este mismo blog hace unos días, a propósito de Viento Blanco en el Teatro Municipal, las audiencias chilenas se hacen notar cada vez más. La metáfora es muy clara, mientras nuestra TV presentaba en sus noticiarios, en audio, la música incidental de Morricone, las imágenes mostraban grupos de personas felices por haber obtenido su entrada gratuíta vía Internet o en el Centro Cultural Estación Mapocho -unas 15 mil personas así lo hicieron- u otros grupos, más pequeños, frustrados por no haber podido acceder a invitaciones.

Los días del concierto, nuevamente las imagenes que acompañaban a la música de tantos filmes inolvidables (¿los filmes o la música?) eran del público que entraba acelerado o que no podía ingresar con la facilidad que hubiese esperado.

La pregunta es ¿cómo se podía prever el interés que despertó la presencia en concierto del músico italiano? ¿Cuál es su público objetivo? ¿Los cien mil contactos que reconoció la intenet de CELFIN Capitales? ¿Los diez mil que fueron a la Estación Mapocho? ¿La suma de ambos? Imposible de prever si los conciertos son gratuítos, porque no podemos distinguir aquellos que intentan asistir por su aprecio al artista de aquellos que desean aprovechar una gratuidad, cualquiera esta sea.

Pero, existe un mecanismo que es capaz de regular esa demanda de las audiencias. Se llama mercado y no podemos asumir que los ajecutivos de CELFIN lo desconocen. ¿Por qué entonces se arriesgan a esta incertidumbre? Sencillamente porque la Ley de Donaciones Culturales se lo exige. Es decir, cuando una empresa desea financiar -para celebrar su vigésimo cumpleaños en este caso- un espectáculo o proyecto cultural, descontando algo más del 50% de sus impuestos, las entradas a tal espectáculo, deben ser gratuítas.

Visto de otra manera, todos los chilenos, incluídos los más pobres, dejan de beneficiarse con los impuestos que la empresa deja de pagar porque hace un espectáculo acogido a la llamada ley de donaciones. Por otro lado, muchos chilenos que estaban dispuestos a pagar una suma de dinero por escuchar en vivo y directo a Morricone, su orquesta y el coro de la U de Chile, no pueden hacerlo. Es decir, gente que puede y QUIERE pagar por un espectáculo no puede hacerlo. En cambio, todos los chilenos estamos pagando -por la vía de no recibir los beneficios que llegarín por los impuestos que el fisco recauda- las entradas de personas que podrían pagar su entrada.

Esta importante ocasión artística que trajo a Morricone nos ha dejado además la lección de que la Ley de Donaciones ha quedado obsoleta. Fue aprobada en junio de 1990 cuando los privados ni soñaban con hacer este tipo de aportes a la cultura y cuando los espectáculos masivios -gratuítos o no- eran escasos.

Hoy, afortunadamente, y merced al éxito de las políticas culturales aplicadas por los sucesivos gobiernos de la Concertación, los espectáculos masivos son frecuentes, los espacios culturales se han multiplicados y los aportes de grandes empresas a la cultura son considerables (pensemos sólo en los más recientes Morricone y CELFIN; Alegría del Cirque du Soleil y el Banco de Chile; BHP Billiton y FITAM).

Fruto de ello es que se han creado audiencias para las artes del espectáculo, conocedoras, con capacidad de pago y ... exigentes. Por tanto, ha llegado el momento de que se aplique también a la Ley de Donaciones el principio del financiamiento cultural mixto. Es decir, fruto de la combinación de aportes públicos, de empresas y del público.

La Ley, a contar de esta experiencia reciente, debiera reconocer la posibilidad de que parte de la invitaciones a eventos que ella aprueba sean financiados por el propio público, conservando desde luego otra parte que sea gratuíta orientada justamente a aquellos que no puedan pagar y que están dispuestos a hacer un gesto como ir a retirar las invitaciones a un espacio cultural reconocido. De este modo, los estímulos tributarios a las empresas, irán a formar nuevas audiencias que más tarde seguirán ocupando pantallas y fotografías de diarios porque la noticia será que nuevos públicos se agregan al disfrute cultural de un país que ha demostrado que se merece tener altos índices de consumo no sólo en los super mercados.

Cualquiera sea la música que esté sonando.

06 marzo 2008

PROFESSOR MARK J. SCHUSTER, UN HOMBRE SABIO Y GENEROSO


He descubierto que los libros tienen padre.
Me lo enseño un gran maestro que conocí en Cambridge, Massachussets, en el primer semestre de 2006.
Revisando material para mi proyecto de publicación en las diferentes bibliotecas de Harvard, en varias de ellas me apareció un autor que desconocía pero que me motivó "a primera vista": Mark J. Schuster, Professor of Urban Cultural Policy en el MIT. En la Widener, biblioteca central, pero tambien en la de Arquitectura y Diseño; en la de Gobierno y por cierto en la de Artes... hasta en la de Negocios estaban diversos textos suyos.
Es que se trataba de un hombre sabio, capaz de sistematizar tanto las 5 herramientas para la intervención del Estado en Patrimonio como los estudios comparativos de los diferentes Modelos de Desarrollo Cultural en el mundo.
Cuando, fascinado por la lectura de sus textos, decidí investigar más sobre él, descubrí que trabajaba en el MIT y vivia en Cambridge.
Sin muchas espectativas le envié un correo electrónico presentándome y manifestando mi admiración por su pensamiento.
Me respondió muy pronto, agregando la dirección de su oficina y de su domicilio, junto con una propuesta de fecha para reunirnos.
Bastante incrédulo, partí a la cita, confundiendo ambas direcciones, llegando a su casa mientras él me esperaba en su oficina. No fue obstáculo para que -a pesar de mi torpeza- me cambiara la cita y ésta fuese directamente en su casa, que me quedaba a pocas cuadras. Más exactamente, nos reunimos en el bar donde solía beber exquisitos cafés y dónde se manifestó como gran conocedor de la cultura cafetera y las especialidades catalanas. Obviamente había trabajado en Barcelona, en proyectos de urbanismo en el Corredor del Llobregat.
Conversamos ese día como si fuese el último de la vida para ambos. De inmediato surgieron los temas en común y mi curiosidad por el financimiento cultural. Me contó de las loterías, de los sistemas de "partnership", de las donaciones privadas... en medio de ese entusiasmo me habló de su cáncer.
La segunda reunión, ya con menor ansiedad y mayor amistad, tenía preparados varios de sus libros para regalarme. Uno de ellos, la compilación editada por él "Who's to pay for the arts" que me había costado conseguir en la Biblioteca de la Escuela Kennedy de Gobierno, por ser muy solicitado. En la dedicatoria había escrito: "To Arturo, a fellow harvester in the vineyard of cultural policy" Mark J. Schuster, 1° june 2006.
Le comenté que ese libro me inspiraba el título de mi propio libro, en pleno proceso de redacción. Se alegró mucho con la noticia, me estimuló a terminarlo pronto y, por cierto, hacerselo llegar. Cuando lo hice, respondió apenas lo recibió:
Arturo,
I have just received my copy of your new book. Thank you very much, especially for the reference to my work in your choice of title. This is the ultimate compliment for an academic.
My warmest regards,
Mark

Antes, me había enviado sus apuntes de clases. Era como si quisiera traspasar el máximo posible de conocimientos en un plazo breve. Su generosidad intelectual no tenía limites.
En la segunda conversación le sugerí que me encantaría invitarlo a Chile, a dictar un Seminario. Me respondió que no creía que su enfermedad se lo permitiera; en todo caso, para que no fuera a pensar que se negaba, me indicó los meses en los que sus terapias contra el cáncer le permitían viajar.
No alcancé a cumplir con la propuesta. La enfermedad sí lo hizo y el 25 de febrero de 2008, lo derrotó el cáncer. Tenía mi misma edad, muchísimos más conocimientos, pero sobre todo una enorme disposición a compartirlos.
Es el auténtico padre de mi libro "Cultura ¿quién paga?"
Muchas gracias, Professor Schuster.

VIENTO BLANCO, AIRE FRESCO

Hace muy bien la periodista Maureen Lenon en El Mercurio del 6 de marzo en ilustrar su Crónica sobre el estreno de la Ópera VIENTO BLANCO en el Teatro Municipal con una foto de la platea. Es adecuado ilustrar este esfuerzo del Teatro con lo que allí ocurre con la audiencia.
Porque hemos podido apreciar público nuevo en la ópera y eso sí que es noticia y grande.
Más allá de la propia obra de Sebastián Errázuriz que va "de menos a más" y que sin duda requiere de ajustes, se estrenó con Viento Blanco una audiencia que debe seguirse trabajando.
Neruda respondió a un diplomático extranjero que le preguntaba sobre cuándo tendríamos buen cine chileno: "Tendremos buen cine chileno cuando tengamos mal cine chileno". Es decir, cuando haya mucho cine chileno.
Es lo mismo que debiera acontecer con la ópera. Tendremos buena ópera chilena cuando tengamos tambien regular ópera, o mala ópera, pero sin duda, mucha ópera.
Y eso se logra cuando se actúa sobre todos los factores que influyen en el desarrollo cultural: los creadores, los gestores y las audiencias.
Es lo ocurre con la obra en comento: el sector privado apoyó a los creadores; el Fondo de la Música aportó al guión; cabezas de entes públicos como el Consejo de la Cultura, el Teatro Municipal y el Municipio de Santiago se confundían en la platea expresando su respaldo a la iniciativa y muchos, muchos jóvenes repletaban, fotografiaban incluso algo desenfadadamente a los cantantes y aplaudieron con expresiones dignas de su generación.
Además, el escenario fundía a cantantes de gran trayectoria como Carmen Luisa Letelier con principiantes de un entusiasmo digno de reclutas voluntarios.
Esta vez hubo de todo: sólidos coros y orquesta; vacilantes diálogos; sorpresivos garabatos en el texto; cariño desbordante del público.
Lo mejor fue que se respiraba un aire fresco de inició de temporada y no sólo porque estabamos en marzo, sino porque se intuía que de esta tragedia que aún está palpitando en la memoria nacional se ha construído arte y con este arte se está construyendo caminos nuevos para la formación de públicos, intérpretes y autores para la ópera nacional.
Si le agregamos que hay en avance la implementación de nuevas salas bien equipadas para esta disciplina, como por ejemplo la del Centro Cultural Gabriela Mistral, podemos estar optimistas, aunque no satisfechos.
La tarea recién comienza, sólo pensemos cuantos años tomó al teatro poder tener en las calles de Santiago a espectáculos masivos como la Muñeca Gigante.

04 marzo 2008

FINANCIAMIENTO CULTURAL, MÁS QUE UN SIMPLE CHEQUE

Cecilia García-Huidobro publicó en REVISTA UNIVERSITARIA 97 de Diciembre 2007- Febrero 2008 la siguiente reseña sobre el libro de Arturo Navarro Ceardi "Cultura: ¿quién paga? Gestión, infraestructura y audiencias en el modelo chileno de desarrollo cultural" Santiago, RIL Editores, 2006:

Arturo Navarro es, sin dudas, una de las voces más autorizadas para internarse en los recovecos de la gestión cultural en Chile. En su larga trayectoria se ha encontrado en una variedad de frentes, que han ido desde la Editorial Quimantú, la fundación de la Revista Apsi, la redacción de la Ley del Libro, la dirección del Centro Cultural Mapocho y el directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, hasta la dirección de la Comisión de Infraestructura Cultural, durante el gobierno de Ricardo Lagos y la docencia universitaria. Hace tiempo que tanta experiencia acumulada estaba en deuda con una publicación que diera cuenta de los procesos que subyacen bajo las acciones culturales. Una beca en la Universidad de Harvard le permitió el ocio creativo para investigar y procesar las fuentes investigativas necesarias para preguntarse por uno de los aspectos más eludidos en los estudios culturales: el financiamiento.

Para contestar ¿Quién debe pagar por la cultura; quién debe decidir a quién pagar y qué diferencias surgen al hacerlo?, Navarro analiza, desde su propia experiencia, el desmoronamiento de las políticas culturales basadas en el exclusivo financiamiento por parte del Estado, hasta llegar a complejos sistemas de redes tanto nacionales como internacionales que se entrecruzan con industrias culturales, audiencias y lógicas privadas.

Es su hoja de vida cultural la que le da el mayor valor al libro, ya que todas las reflexiones y análisis que Arturo Navarro lleva a cabo están basados en su valiosa, y a estas alturas podemos decir privilegiada, experiencia personal. Este es un libro tremendamente íntimo, a pesar de la objetividad ensayística que lo envuelve, y en eso radica su riqueza. Sin embargo, hay una clara contención por parte del autor al no emitir juicios categóricos, desplegando una nutrida información sin conclusiones contundentes. Uno de los momentos más entrañables está en la corta historia de la Editorial Quimantú, donde Arturo Navarro inició su carrera como gestor cultural. En ella relata la energía puesta en lograr la instalación del libro en sectores históricamente olvidados, alcanzando el millón de impresiones, con una mística de trabajo difícil de encontrar hoy.

El rol del Estado es cuidadosamente estudiado, a través de los países más emblemáticos en la conformación de políticas de desarrollo cultural. No se eluden temas como la Universidad de Chile y es interesante constatar, ante el rigor de las cifras, el detrimento presupuestario sistemático del que ha sido objeto, llegando a percibir, en las partidas presupuestarias 2006, menos que el Museo Interactivo Mirador y lo mismo que el Teatro Municipal de Santiago, a pesar de mantener también cuerpos estables y una amplia extensión cultural.

Otro de los aportes del libro, entonces, es la certeza de que detrás de la asignación de recursos hay claras líneas editoriales, que fijan prioridades y desplazan los centros gravitacionales, de acuerdo a los criterios de quienes tienen que llevar a cabo las políticas culturales. La introducción de las audiencias y del sector privado como actores preponderantes marca un nuevo escenario, en permanente evolución.

Con la crisis vivida en el Teatro Municipal de Valparaíso, queda de manifiesto el largo camino de conquistas que el mundo cultural ha conseguido, sin obviar las carencias que aún prevalecen: « ...había un teatro llamado municipal, de propiedad privada, bajo la responsabilidad de un municipio, que no tenía capacidad de pagar la renta, que era sede de grandes reuniones para demandar la creación de una ley, que no existía y que creaba en Valparaíso una institucionalidad cultural, entre otras cosas porque iba a ser reconocida por Unesco Patrimonio de la Humanidad, algo que tampoco había acontecido » . La conformación del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes es el final de un recorrido, pero también un punto de partida.

El acopio de experiencias, vivencias, reflexiones de Arturo Navarro son un aporte excepcional a la crítica de las políticas culturales en Chile. Abre una ventana a la necesidad continua de evaluación e incentiva la discusión para quienes genuinamente se interesan por el desarrollo cultural de Chile.

Cecilia García-Huidobro FzK
Pedagoga y licenciada en Filosofía, de la Universidad de Chile.
Master of Arts, Rice University.

25 febrero 2008

ANITA, LOS HÁBITOS Y LOS CLÁSICOS

Ha llamado poderosamente la atención de quienes estamos vinculados al arte y la cultura, el escaso impacto que ha tenido en los medios y en la población en general, el fallecimiento de la Premio Nacional Ana González. No se condice con la indiscutible condición de Anita de ser "la" mejor actriz chilena de nuestros casi 200 años de historia. De hecho, los funerales de otros artistas de menor calado, han sido más masivos y participados.

Se culpa a febrero, al festival de Viña y a la "farandulización" del país.
Efectivamente este trilogía maligna puede influir, pero no es todo.
Analizando a quienes participaron del funeral y del velorio, destaca inmediatamente la avanzada edad de los asistentes así como su baja condición social.
Lo mismo ocurría, por ejemplo, cuando Anita paseaba por las calles o celebró su cumpleaños en el Centro Cultural Estación Mapocho. Sólo que en esas oportunidades la masividad era diferente. Centenares o miles de personas se acercaban a la actriz y dialogaban con ella, o más bien, eran escuchados por ella. Lacónica en palabras, Ana González daba sus mensajes de profundo contenido a través de sus actuaciones, de sus personajes. Así se convirtió en símbolo de sectores sociales tan significativos como las empleadas domésticas o las floristas. Las identificaba pero además, REITERABA ese mensaje. La Desideria fue la Desideria por muchos años y por diferentes medios: la radio, el teatro, la televisión... Es decir, se fue creando el hábito de ver o escuchar a Ana González como la empleada doméstica irreverente y defensora de sus derechos laborales y sociales, siempre con respeto y buen humor.
Ana González fue por decenas de versiones de la Pérgola de las Flores, doña Rosaura San Martín, llegando a convertirse, con Silvia Piñeiro, en actrices símbolo o requisito para que la Pérgola... fuera la Pérgola... Incluso hay declaraciones de Isidora Aguirre, su autora, que construyó el personaje de la tía de la Carmela, inspirándose en Anita.
Es decir, estamos en presencia nuevamente de la REITERACIÓN de un mensaje cultural, en vistas de la formación de hábitos o creación de audiencias.
Esa presencia reiterada de la Desideria o doña Rosaura no eran ajenas a la devoción y popularidad que Anita tuvo. Ésto porque la cultura está asociada inevitablemente a la formación de hábitos y los hábitos provienen de alguna manera de la reiteración.
Es lo que ocurre con los clásicos, que se leen una y otra vez,sin llegar a cansarnos. Es lo que no ocurre con las banalidades que a diario vemos en televisión que nadie imagina siquiera repetir. Mueren en el mismo momento en que se emiten.
Desafortunadamente, Anita padeció una larga enfermedad que impidió su presencia pública durante más de diez años y por tanto, a su muerte, quienes se inclinan ante su talento son mayoritariamente aquellos que vivieron intensamente esa reiteración de su trabajo actoral. Por ello son personas mayores y personas muy humildes que vieron en ella en forma habitual a una defensora de sus derechos sociales.
Fue curioso observar que, aunque pocos, el fervor y el cariño expresado estaba como en sus mejores tiempos, quizás simbolizado en esa señora que se paró el viernes 22 alrededor de las 4 de la tarde ante el feretro y, solitaria y respetuosa, prorrumpió en un breve aplauso que alteró por breves instantes el silencio de La Merced.
Si Anita hubiese conservado su salud para estar vigente hasta sus 92 años, la multitud que la habría acompañado hacia su morada final sería histórica.
Resta preguntarse qué es preferible, si retirarse a tiempo como ella lo hizo, con gran dignidad, en 1995, ante los primeros síntomas de su mal, o seguir haciendo esfuerzos denodados por aparecer ante al público (hoy las cámaras de TV) aún a costa de aportar nada y mostrarlo todo (especialmente las debilidades).
Me quedo con el ejemplo de Anita que entregó repetidamente su creación hasta hacerse inolvidable y se retiró cuando no fue posible mantener la calidad de su arte.
El costo de que nuevas generaciones no hayan alcanzado a disfrutarla no es más que desafío y deber para las organizaciones del arte, el patrimonio, las universidades y los medios de comunicación que deberán ser capaces de formar los nuevos públicos de Anita.
Como los clásicos.

01 diciembre 2007

JARDÍN INGLÉS (y políticas culturales)

Esta Columna de Oscar Landerretche, publicada en el Diario Financiero el 30/11/2007 perfectamente puede ser aplicada a las política culturales. Se las recomiendo. La envió Patricio Navia vía El Referente, con la siguiente observación: "Yo no se que tan buen jardinero sera el economista socialista (Ph.D., MIT) Oscar Landerretche, pero con la pluma de escritor hace maravillas. Esta metáfora es de antología  Como columna es perfecta: tiene un punto central, una gran metáfora y un uso fascinante de adjetivos. Ademas, es profundamente convincente. Un placer para leer. Y a ver quien no se convence".


El jardín salvaje californiano se alimenta con inmigraciones de plantas y animales. El jardín inglés requiere de política pública. es decir, política de jardinero, cuidadosa, equilibrada y precisa.

Todo jardinero amateur tiene una decisión doctrinaria que hacer. Es una migrante decisión doctrinaria que nos visita cada primavera con los nuevos aires y los zorzales. Una decisión doctrinaria fundamental que afectará el carácter futuro de nuestro jardín, pero que, adicionalmente se convertirá en un reflejo de nuestra forma de ser. Un reflejo de nuestra personalidad política. nada menos.

La decisión es simple: ¿qué prefiere usted para su jardín? ¿el elaborado orden de un jardín barroco francés? ¿ese imperio de la geometría y la planificación centralizada? ¿con jardineras llenas de patrones cromáticos y formas geométricas que proclaman nuestro control sobre la naturaleza? ¿es un jardinero francófilo, obsesionado con las masónicas herramientas del orden: la escuadra y el compás?

Si éste es su gusto recomiendo los notables jardines de la Viña Santa Rita en Alto Jahuel. No es casualidad que la antigua casa patronal (que hoy opera de hotel) haya sido el hogar del caudillo conservador Domingo Fernández Concha. ¿Qué otro personaje de nuestra historia podría estar más obsesionado con el orden?¿O prefiere la desatada anarquía natural de un jardín salvaje californiano? ¿Ese oasis de intensidad darwineana donde sobreviven los fuertes y se siente el zumbido intenso de la vida en las calurosas tardes? ¿es de su gusto ese tributo a la selección natural? ¿a la intensidad de la vida desatada con gatos, pájaros y mariposas que se persiguen y alimentan mutuamente?

Ese tipo de jardín expresa, para mi gusto los aspectos centrales de la cultura yanqui: esa furiosa libertad, sin protecciones, sin orden, que se sustenta sobre la base del predominio de los más fuertes. Un jardín salvaje bien logrado puede ser muy hermoso también.

Hay muchos otros estilos también: la religiosa luz del jardín persa, la contenida intimidad del zaguán español, la eficiencia minimalista del jardín holandés, el detallismo orgánico del jardín japonés, la artificialidad plástica del jardín suburbano gringo, el seco y equilibrado orden del jardín zen, o incluso, la eficiente monotonía y simpleza maoísta del campo de arroz.

En fin, cada tipo de jardín parece reflejar claramente obsesiones nacionales, políticas y religiosas. Cada uno hermoso a su manera. Yo prefiero el jardín inglés. O para ser más preciso el English Cottage Garden y que uno podría traducir literalmente como Jardín de Casa de Campo Inglesa.

La característica central del Jardín Inglés es que combina diversidad y orden, utilidad y belleza. Sus orígenes son medievales. En una época en que escaseaba la tierra, se optaba por cultivar pequeñas cantidades de las plantas que se requerían para la vida diaria, tanto para el alimento del estómago, de la salud y del alma. Por ende, la característica central de ese jardín es que todas las plantas se cultivaban entremezcladas. Se mezclan hierbas medicinales, flores y vegetales, las que se sostienen en una hermosa y aparente anarquía. Digo aparente porque todos sabemos que en un ambiente así tiende, en el tiempo, a operar la selección natural. Es decir, tienden a predominar aquellos que han heredado fuerza de sus antepasados. La diversidad y utilidad del cottage garden , desafortunadamente, no son sustentables.

Por ende, el jardinero inglés tiene que intervenir fuertemente para mantener el equilibrio. Un equilibrio que mantiene un jardín diverso pero ordenado, hermoso pero productivo. Su intervención es decidida y está cargada de propósito. pero también de respeto por las plantas. Su intervención es precisa y eficiente. no puede ser de otro modo en un jardín pequeño y frágil. Su intervención es calculada y científica. Es muy difícil lograr un buen cottage garden, ya que requiere un nivel de preocupación muy alto. El jardín barroco francés se ordena rápidamente con tijerones de podar. El jardín salvaje californiano se alimenta con inmigraciones de plantas y animales que luchan por sobrevivir. El jardín inglés requiere de política pública. es decir, política de jardinero, cuidadosa, equilibrada y precisa.

Hay un paralelo divertido con la discusión chilena sobre el modelo. Una forma de verlo es pensar en que los "modelos" que están en debate son opciones doctrinarias de política pública, emparentadas con las opciones doctrinarias de los jardineros amateur como yo: las geométricas obsesiones de la planificación centralizada o la violencia darwineana del culto al mercado libre. Y la preferencia de algunos de nosotros: el equilibrado y orgánico enfoque progresista del jardinero inglés.

19 noviembre 2007

QUIMANTÚ O LA PROPAGACIÓN DE LOS NIÑOS LECTORES

La historia comenzó un día de verano de 1971, cuando en el patio del Instituto de Sociología de esta universidad, entonces ubicado en Apoquindo 7228, llegó a mis manos un ejemplar de El Mercurio que publicaba un texto del escritor Luis Merino Reyes sobre la Política Cultural del Gobierno del Presidente Allende. En él anunciaba que se crearía, en los próximos meses, una Editorial del Estado. “Quiero trabajar allí” me escucharon mis acompañantes y con seguridad no volvieron a pensar en el asunto. Yo, en cambio, decidí poner en marcha el plan: le pedí a mi compañera María de la Luz Hurtado que me consiguiera una entrevista con su hermana María Elena, periodista, que trabajaba en la todavía por poco tiempo más Editorial Zig-Zag. Lo hizo con tan poca fe como demora.


A los pocos días, con mis veinte años y media carrera de sociología como toda formación profesional, estaba conversando con María Elena en la cocina que constituía su oficina.
Efectivamente, en su condición de directora de la revista “Saber comer y vivir mejor” trabajaba en una simulación de cocina, entre escenografía y realidad, en la que se preparaban, retrataban y engullían los platos que la publicación recomendaba, ubicada en la trastienda de la editorial, casi a una cuadra de la gran puerta de Avenida Santa María 076 y a pocos pasos de la calle Bellavista.
Para llegar hasta allí había que hacer un fascinante recorrido por un pasillo vidriado que cruzaba los formidables talleres de una de las entonces dos casas editoras más grandes de América Latina. La otra, pertenecía al grupo Carvajal, en Bogotá.
La recepción de María Elena fue entusiasta: le habían anunciado que sería una de las profesionales que pasarían a formar parte de la nueva editorial del Estado y que tendría a su cargo un departamento de revistas especiales, o sea, aquellas publicaciones que siendo de propiedad de Zig-Zag, permanecerían en la nueva entidad debido a su baja circulación y el consiguiente escaso interés que sus dueños tenían en ellas.
En este “paquete” se encontraban ediciones tan disímiles como la propia “Saber comer...”; “Ecran”, tradicional revista de cine creada por María Romero, ya inundada por la TV y denominada “Tele Ecran”; “Confidencias”, una revista de historias de amor recortadas y traducidas sin demasiadas contemplaciones con los derechos de autor ni con el idioma y que carecía completamente de fotografías; “Hechos Mundiales”, una revista histórica de gran formato y vocación de coleccionarse, que realizaba extensos reportajes monográficos sobre temas de interés internacional, primero bajo la dirección de Edwin Harrington y luego de Guillermo Gálvez, más tarde Presidente del Sindicato, hoy detenido desaparecido, y la revista deportiva por excelencia “Estadio” que seguía contando entre sus plumas a Julio Martínez (Jumar), Isidro Corbinos, ilustrados por los ingenuos dibujos de NATO (Renato Andrade), el padre de Cachupín.
Mi papel, aceptado de inmediato por mi barbilampiño entusiasmo, era estudiar tales publicaciones y proponer innovaciones en cada una de ellas con la improbable misión de modificarlas para demostrar la presencia de la nueva administración y a la vez, salvarlas de sus bajas ventas.
La orfandad de las revistas, negadas por sus padres y relegadas a un segundo plano por los nuevos propietarios de la empresa, era un buen campo de práctica para un aprendiz de sociólogo con vocación de periodista. Por cierto, todas tuvieron corta vida y los intentos de transformación pasaron por la incorporación de fotonovelas locales, creadas, producidas y actuadas por mis compañeros de universidad, incorporación de un enfoque más democrático al deporte (¿para qué publicar a los famosos?, ¡Vamos al deporte de los barrios!), la muerte inmediata en el caso de Tele Ecran y una prudente distancia del equipo de “Hechos Mundiales” que mantuvo el tradicional nivel de la revista, felizmente alejada de estos nuevos e inexpertos asesores.
Pero lo que realmente salvó a las publicaciones que no alcanzaron a pasar el escrutinio del asesor externo fue la oferta, en la misma empresa, de un contrato, esta vez en el Departamento de Estudios e Investigación que dirigiría al prestigioso sociólogo belga Armand Mattelart, escoltado por su esposa Michelle y la argentina Mabel Piccini. El sueño dorado de todo científico social apasionado de las comunicaciones.
Mientras se establecía este original departamento, Luciano Rodrigo un colega de mi ciudad natal, Valparaíso, casado y con dos hijos, me hizo una singular propuesta, que acepté de inmediato: “Yo voy a trabajar como asistente del Departamento de Libros y voy a ganar menos que tú que era soltero. ¿Por qué no cambiamos?”
De esta comprensiva forma terminé contratado como Asistente de mi profesor en la Escuela de Sociología, Tomás Moulián, en el departamento encargado de los libros de literatura -ficción se diría hoy- en la Empresa Editora Nacional Quimantú.
Con un excepcional asesor literario –Alfonso Calderón-, Moulián necesitaba poco un colaborador en esas materias. “¿Por qué no te encargas de un área que pertenece a este departamento que yo no puedo tomar: la literatura infantil y los textos escolares?”.
Así, con mi entusiasmo intacto, había terminado en pocas horas mi tránsito por diversas reparticiones de la nueva empresa editorial y me establecí en la que sería mi principal ocupación laboral en los años del gobierno del Presidente Allende: la Colección Cuncuna.
Bromeaba que me habían encargado de los libros para niños porque era lo más parecido a un niño que había en la empresa. No obstante, tuve la prudencia de escuchar muy buenos consejos que me permitieron cumplir con éxito la misión: Alfonso Calderón recomendaba títulos y autores, los diagramadores NATO y María Angélica Pizarro, me enseñaron de formatos, diseños y colores; Joaquín Gutiérrez, Jefe de División y mi maestro como editor, me dio confianza para tomar decisiones, y algunas oportunas sugerencias de “compañeros del taller”, fueron determinantes para crear, desarrollar y publicar veinte títulos en poco más de un año, con tiradas iniciales de veinte mil ejemplares, a todo color y con cuentos apropiados para lograr la democratización de la lectura en Chile.
Cuncuna, la primera colección chilena de cuentos infantiles, fue difundida masivamente con la feliz frase del poeta Manuel Silva Acevedo, entonces publicista de Quimantú: “Carita de pena no queda ninguna, lágrimas en risa convierte Cuncuna”.

Éste fue mi primer trabajo como gestor cultural. Duró algo menos de dos años y medio, hasta junio de 1973, cuando lo abandoné por incompatibilidad con mis estudios de periodismo en esta universidad. De él son rescatables varias lecciones.

La primera de ellas fue la humildad para enfrentar una responsabilidad laboral, la primera de mi vida útil, a los veinte años, consciente de que mi entusiasmo era comparable sólo con mi ignorancia en el tema. Escuché. Pregunté y escuché mucho, no sólo a profesionales del tema como las profesoras de Educación Parvularia de la Universidad de Chile María Angélica Rodríguez y Linda Volosky. También a editores, diseñadores y asesores literarios y escuché a los obreros de la corrección de pruebas, de la separación de colores, de las prensas, de la encuadernación, a los vendedores de los libros y a los encargados de la distribución y la publicidad.
Normalmente recibía de ellos consejos prácticos que se traducían en dar un buen uso a trozos sobrantes de papel que se detectaban antes de “entrar en prensa” los que convertíamos en señalizadores, marcadores de libros u otros impresos con la imagen de la ya querida Cuncuna.

No fue menor que se tratara de un “producto” dirigido a los niños y que era conocido por los hijos de los trabajadores de la empresa – más de 800, en tres turnos diferentes - y que ya sufrían llevando a sus casas ejemplares en las que los tradicionales personajes eran alterados por nuestro Departamento de Evaluación e Investigaciones. “Estos son los que vistieron a Mizomba” escuché un día en el taller a un obrero que indicaba a los “sociólogos”. Se refería al personaje de una historieta, un Tarzán con nombre local que había pasado desde las lianas y la semi desnudez a convertirse por obra y gracia de un guión “ideologizado” en un agitador de las masas africanas, convenientemente vestido y trasladándose por sus calzados pies olvidando su vida entre árboles y simios.
El caso más dramático lo constituyó una nueva revista: Cabrochico, que publicaba cuentos clásicos, levemente alterados. Allí veíamos a Caperucita cantando el “Venceremos” del recientemente fallecido Sergio Ortega o al Gato con Botas perdonando a sus ofensores y abrazando la causa de los pobres del campo.

De esta sorprendente tergiversación me surgió una segunda lección: en una sociedad como la chilena, el sólo echo de difundir la cultura es -usando términos de la época- “revolucionario”. No es necesario tergiversar contenidos. Si hay algún texto que no comparte la línea de la colección, sencillamente no se publica, pero jamás alterar un texto que además era vastamente conocido por las generaciones precedentes.
La democratización de la lectura ya era un gran avance: publicaban tiradas iniciales de 20 o 30 mil ejemplares, de cuatro títulos diferentes juntos (por razones de aprovechamiento del papel y las prensas planas) y se vendían muy bien. Esto es, el producto editorial bien seleccionado, editado y distribuido tenía un interesante mercado. Treinta mil ejemplares de libros chilenos para niños, no tenía precedentes en el pasado ni menos hasta la fecha.
Lo interesante fue que gente que nunca antes había tenido la oportunidad de leer, ahora la tenía... y la aprovechaban. Hay un caso de una persona que llamó a Quimantú para pedir que por favor distribuyéramos también anaqueles porque no tenía donde poner los libros que estaba adquiriendo, nunca había poseído libros, ni menos un estante para coleccionarlos.
Es decir, debemos respetar al destinatario del producto cultural, tanto en entregarle un bien tal como fue creado como en proporcionarle productos complementarios que le ayuden a disfrutar mejor de la cultura.

Pero, la tercera y principal lección de esta experiencia que me atrevo a calificar de exitosa, con veinte títulos en menos de dos años más una serie de libros para colorear, Cuncuna Pintamonos, fue el trabajo científico que la acompañó. En efecto, paralelamente con el trabajo editorial yo estaba, egresado de Sociología, en condiciones de hacer la Memoria de Título. Resolví, con la complicidad de mi profesor guía, don Hernán Godoy Urzúa, hacerla sobre: “Los valores en los cuentos infantiles chilenos”. De modo que científicamente y con supervisión académica, destinaba parte de mi tiempo de leer cuentos infantiles, buscar textos que me permitieran construir un marco teórico para estudiarlos y por cierto, analizarlos según los estructuralistas rusos, que fue finalmente la metodología escogida.
En definitiva, la dedicación al tema cultural, tanto desde el punto de vista de la creación del producto (diseño de la colección, con formato, papel, fuentes tipográficas, logotipo; selección de ilustradores; supervisión de la producción incluyendo diagramación, despacho, impresión, encuadernación, y seguimiento cercano de la publicidad y distribución) como de sus contenidos.
En esta experiencia identifico los primeros esbozos de la aplicación de la sociología a la gestión cultural, que dice relación con análisis de contenidos, muy fuertes en esa época, y posteriormente con los estudios de audiencias y el trabajo de los Observatorios del público.

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A poco andar, Quimantú celebró con regocijo la impresión de su producto número un millón, cifra que por cierto se alcanzó durante la tirada de uno de los títulos de Cuncuna. Por ahí guardo con cariño el diploma que me entregó Joaquín Gutiérrez dejando constancia de esta Cuncuna millonaria.
Luego de ese imponente registro y un homenaje que rendimos hace casi un año a los 30 años de Cuncuna, la jornada de hoy –en que la Cuncuna regresa a la UC- es lo más gratificante que me han regalado los adultos gracias a Cuncuna. Porque los niños, mis hijos y los hijos de millones de chilenos me obsequian permanentemente diplomas a través de rayar los libros, pintarlos, preguntarme por el Negrito Zambo o tocarse la cabeza recordando Los monos hacen lo que ven.
Sin embargo hoy, esta Facultad ha querido conmemorar el inicio de este viaje formidable a la fantasía el que ha contado con la entusiasta acogida de todos ustedes. Sin duda, más que al trabajo de autores, ilustradores, obreros y editor eso se debe a que cada uno de los presentes mantiene vivo a ese niño dispuesto una y otra vez a contar y creerse el cuento.

Conferencia dictada el 24 de septiembre de 2003 en la Facultad de Letras de la Universidad Católica. Publicada  en homenaje a la "reimpresión virtual" del NEGRITO ZAMBO en www.memoriachilena.cl 

14 noviembre 2007

GESTIÓN DE CENTROS CULTURALES: OPORTUNIDADES Y RIESGOS

El tema es pertinente en el Chile de hoy. La opinión pública y sus voceros lo han abordado recientemente con algunas piezas de antología como: OVNIS EN VALPARAÍSO, de Pablo Allard, referido al proyecto-regalo de Niemeyer para el Centro Cultural de la ex Cárcel de ese puerto. Y otras de menor creatividad como el calificativo de “elefante blanco” que se han ganado (con más o menos méritos y en orden de aparición) el Teatro Pencopolitano de Concepción; el Centro Cultural de la sede del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Valparaíso, y el Centro Cultural Palacio de La Moneda.


En lista de espera y con mote anunciado está el Centro Cultural Gabriela Mistral a lo que la autoridad ha contribuido, convocando a un concurso de arquitectura y declarándolo luego desierto, por estar en elaboración un Plan de Gestión para el mismo.

Mirándolo en positivo, esta exposición pública connotada críticamente denota aunque por ausencia o, como en el cacho, pidiendo “por abajo”, la existencia de otros grandes centros culturales que realizan su trabajo silenciosamente (desde el punto de vista de la crítica) y con resultados que pueden ser calificados de eficientes. Me refiero a Matucana 100; Balmaceda 1215; Biblioteca de Santiago; Teatro del Lago de Frutillar; Teatro Regional de Talca; Bodegón Cultural de Los Vilos; Aldea Intercultural Trawü Peyum de Curarrehue; Centro Cultural Estación Mapocho y algunos otros, de regiones, que se me escapan.

Qué tienen en común estos últimos que podría servir para que otros no comentan los mismos errores:

1. Lo primero es haber dispuesto ANTES de trazar siquiera una línea de su arquitectura, de un Plan de Gestión de lo que allí ocurrirá: Cuál es su misión; qué ocurrirá; cómo se financiará; cómo se mantendrá en el tiempo; cuales son sus públicos o audiencias a los que servirá y cuales son los intereses de dichas audiencias;
2. Lo segundo es resolver cómo se coordina con otros espacios existentes o proyectados; cómo se inserta en la Política Cultural del Estado de Chile. Cuál será la RED de apoyos en que se sustentará.
3. Lo tercero es prever su institucionalidad. De quienes dependerá, cómo se asegura la presencia en esa institucionalidad de sus audiencias, de sus financistas, de los creadores, de las agrupaciones culturales vecinas. En rigor, cómo se asegura institucionalmente una entidad permanente que pueda trabajar en el tiempo y proyectarse más allá de las autoridades que lo generaron o construyeron.

¿Cuáles son las Oportunidades?
- Una creciente conciencia nacional respecto de la importancia de la infraestructura cultural.
- Un Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que puede apoyar proyectos de esta naturaleza a través de sus órganos directivos participativos y de sus funcionarios.
- Una Política Cultural y Programas de la misma orientados a la creación de centros culturales.
- La existencia de grandes audiencias o públicos huérfanos de espacios culturales para convertirse en audiencias permanentes de un espacio nuevo.
- La fuerza de autoridades locales conscientes que son la base desde la cuál se generarán este tipo de proyectos.
- La necesidad de tratar éste como un proyecto de desarrollo urbano, que abarca más que un centro cultural, sino constituye un impacto urbano en un sector abandonado y que lo convertirá en un polo de atracción y desarrollo.
- La oportunidad del Bicentenario.

¿Cuáles son los Riesgos?
- Los “starchitect” o arquitectos estrella no siempre son una idea brillante. Se les debe invitar cuando tengamos todo claro. “No hay arquitectos geniales, sin clientes geniales” (Frank Gerhy, autor del Guggenheim de Bilbao)
- La megalomanía. El proyecto no puede ser la pirámide de un faraón, por meritorio que éste sea en otras áreas.
- El multipropósito. El proyecto no puede satisfacer TODAS las necesidades. Hay que priorizar en base a los intereses del público y de las redes existentes.

12 noviembre 2007

CARTA ABIERTA AL MINISTRO DE CULTURA DE ESPAÑA

A PROPÓSITO DE SU ENTREVISTA CON ARTES Y LETRAS, EL MERCURIO 11-11-2007

Estimado Señor César Antonio Molina,

Lamento profundamente no encontrarme entre los afortunados que lo conocen y ante los cuales usted no necesita presentación, según afirma en reciente entrevista en Artes y Letras de El Mercurio.

Lamento aún más enviarle esta carta en momentos en que la abrumadora mayoría de los chilenos, y yo entre ellos, solidarizamos al igual que nuestro gobierno, con la ira del Rey Juan Carlos y los buenos oficios del Presidente Rodríguez Zapatero en la Cumbre Iberoamericana.

Pero no puedo dejar pasar algunas afirmaciones que me preocupan.

La primera de ellas dice relación con su concepto sobre los Institutos Cervantes, que están muy bien, pero que, a mi juicio, representan sólo la política cultural de España y no de toda Iberoamérica. El hecho de que “la mitad de la mano de obra que allí labora” es de origen latinoamericano o que tengan “bibliotecarios argentinos y un director que es colombiano” no hacen que un instituto tenga una “vocación hispanoamericana”. Yo trabajo muy a gusto con un camarógrafo originario de Cuba, pero no puedo decir que estoy haciendo cine cubano.

Chile tiene una política cultural aprobada participativamente hace dos años, que se proyecta al 2010, y le aseguro que quienes la fijamos en una Convención y creemos que así se establecen las políticas culturales, no hemos sido consultados ni considerados para fijar la política del tal instituto que, además, no opera en Latinoamérica porque lo más importante, le cito, “es extenderse por todo el mundo de habla no española”. Bendito intercambio cultural.

Bueno, pero en su concepto, no es necesario el intercambio con nuestros países, total “Nosotros en el Ministerio de Cultura, vamos a hacer un Congreso Iberoamericano de Cultura. El próximo será en México y estará dedicado al cine…” muy bien, ¿ya están tambien decididas las conclusiones de dicho encuentro? Tal vez, porque usted adelanta una observación sagaz: “Es curioso que estemos invadidos por el cine norteamericano.” Claro, ellos se interesan por nosotros, ¿será porque no hablamos inglés?

Luego, usted regala primogenituras: “México es el hermano mayor de todo el mundo de habla española…” ¿Será por sus premios Nobel, por sus cineastas, por sus pintores, por sus músicos? ¿O sólo por la cantidad de su población?

Finalmente, hermanos menores al fin, nos castiga: no tendremos derecho a las itinerancias del Museo del Prado y el Museo Reina Sofía porque no tenemos cuadros que prestar, como L’Hermitage o el Louvre. O sea, coherente con lo anterior, sigamos mandando la cultura española allí donde ya hay museos y no hablan español. Total, nosotros estamos condenados a ser hispanohablantes e incultos.

Termino, señor Ministro, llamando su atención sobre el hecho que este lejano y pequeño país conquistado por el reino de España pero independizado hace cerca de 200 años, se ha dado un modelo de institucionalidad cultural participativo, cuyo máximo órgano es un Directorio Nacional colegiado, que usted debió visitar, o mejor me corrijo, que habría estado muy dispuesto a recibirlo en un pié de igualdad y tal vez informarle de nuestro modelo que algunos lugares de España, como Cataluña, recién comienzan a adoptar.

Tal vez le hubiese servido.

Una lástima.

Atentamente,