27 septiembre 2013

EL MEJOR ALCALDE, EL REY (O LA REINA)

Presidenta Bachelet firma decreto que recupera el nombre Gabriela Mistral al edificio UNCTAD

Como en el clásico español es el monarca que, interpretando a su pueblo, define lo que acontecerá en su reino, en Chile es interesante escudriñar en los sueños culturales de diversos mandatarios para entender del desarrollo cultural del país. Por sus frutos los conoceréis y por sus obras culturales los recordaréis. A continuación una revisión de las aspiraciones de Presidentes inquietos por la cultura.

Pedro Aguirre Cerda soñó que los analfabetos aprendieran a leer y los alfabetos pudieran acceder a la cultura. El 16 de septiembre de 1939, su Ministro de Salubridad, Salvador Allende, presentó en la Cámara de Diputados un proyecto de ley de alfabetización obrera y campesina, aclarando que no se contentaba con liberar de la ignorancia a los 850.000 chilenos mayores de 9 años que no sabían leer ni escribir: “Defendemos el derecho a la cultura –y no solo a instrumentos de cultura- de toda la masa trabajadora; de todos los que siendo alfabetos no logran concebir y practicar nuevas formas de vida individual y colectiva; de todos los que habiendo concurrido dos, tres y cuatro años a la escuela primaria apenas conservan un residuo precario y vago de su aprendizaje. Defendemos el derecho a disponer de todos los recursos de promoción cultural para el pueblo considerado como entidad orgánica".

Pasaron los años y otros mandatarios intentaron hacer realidad sueños culturales. Jorge Alessandri vivió el establecimiento de la TV en Chile, Eduardo Frei Montalva extendió los bienes culturales al mundo rural y poblacional, a través de la Reforma Agraria y la Promoción Popular. El mismo Allende, en 1970, planteó la democratización de la cultura a través de una editorial estatal y de un centro cultural metropolitano, construido en la sede de la Conferencia de la UNCTAD.

Vino la noche de la dictadura y esos sueños devinieron en el deseo ferviente de que retornara la alegría.  
Después, el Presidente Aylwin soñó que una vieja estación abandonada se convirtiera en Centro Cultural. Le siguió Eduardo Frei Ruiz Tagle, soñando que los niños tuvieran un museo interactivo para desarrollar sus aficiones científicas. Ricardo Lagos soñó con regar de infraestructuras culturales el país, junto con darle una institucionalidad que los alimentara de arte y creación. Michelle Bachelet soñó con un Museo de la Memoria y con recuperar el sueño inconcluso de Allende y su nombre de mujer: Gabriela Mistral.
Llegó la derecha, pero no tenía sueños culturales, apenas pesadillas. Intentó cambiar la institucionalidad de Lagos, boicotear el GAM de Allende/Bachelet y extender a los propios los beneficios de los recursos públicos destinados a infraestructura cultural. Su resultado no pasará a la historia pero sí debiera permitir valorar la importancia del renacimiento de los sueños. Porque cuando no existen, es cuándo más necesario se hacen. Así aconteció bajo dictadura, cuando salimos de ella con la fuerza acumulada para crear infraestructuras, audiencias, gestores culturales, institucionalidad… en muy poco tiempo y simultáneamente.

Pero ya se hizo. La conmemoración de los 40 años del Golpe Militar y la incontenible presencia de nuestros artistas mártires de 1973 -Víctor Jara, Pablo Neruda, Jorge Peña Hen- ha cumplido con la profecía de recordarnos que ellos vivieron y murieron por sueños y que es hora de retomarlos. Lo primero que ha quedado en evidencia es que para soñar de verdad, hace falta más democracia.

El 9 de septiembre de 2013, la candidata Michelle Bachelet sostuvo que “O la democracia se asume en permanente proceso de expansión, o sencillamente los hechos la irán superando”. Es hora de confiar más en la gente, “debemos tener una democracia CADA VEZ MÁS REPRESENTATIVA, PERO TAMBIÉN MÁS PARTICIPATIVA. El quiebre democrático fue también el quiebre de un proceso que no supo adaptarse a las demandas de participación de todo un pueblo".

Una segunda derivación cultural del sueño de Bachelet es la necesidad de garantizar y acrecentar el respeto y la promoción de los derechos humanos: “Una sociedad que fue obligada a vivir bajo un modelo de convivencia en el que la diferencia era castigada, tiene la responsabilidad de celebrar su diversidad. De promoverla y protegerla. Y de superar todas las formas de discriminación y desigualdad en el acceso y ejercicio de nuestros derechos. Es necesario emprender las reivindicaciones de género, de culturas, de diversidad”.

La pregunta es cómo accedemos a una cultura más democrática, más participativa, más respetuosa y diversa. Desafortunadamente, no vivimos en una sociedad suficientemente sensible a esos temas. Así como en los años treinta se quería una sociedad alfabetizada, hoy requerimos de un sociedad alfabetizada no sólo en lo digital –que se logra por defecto en las nuevas generaciones- sino una sociedad alfabetizada en democracia y derechos humanos. 
Si en los sesenta y comienzos de los setenta se quería democratizar la cultura hoy debemos culturizar la democracia. Profundizarla, enseñarla, practicarla, vivirla, soñarla.
El sueño cultural está indisolublemente ligado a la educación, formal e informal, a la escuela y los medios. Debemos impregnar de cultura a las aulas y los canales, los laboratorios y los diarios, las redes sociales y las bibliotecas.

Así como se hizo el Museo de la Memoria o el Museo Interactivo, debemos pensar en el museo de nuestra historia diversa y multicultural; así como hemos invertido muchos recursos en centros culturales en todo el país, debemos promover programas de acercamiento de los chilenos al respeto de sus derechos, tal como felizmente ocurrió este septiembre que termina.

Y nuestros artistas, sensibles a su pueblo como Jara, Neruda y Peña Hen, acompañarán con sus cantos,  poemas y música esa misión fundamental sobre la que se construirá el sueño y luego, la realidad.

Al revés, al menos en cultura, no da resultados.

26 septiembre 2013

EDIMBURGO Y CULTURA: MAS FESTIVAL, MENOS FERIA



Estamos en tiempos de conocer lo que acontecerá en cultura en los próximos años, según los programas de gobierno de los diversos candidatos presidenciales. Aterrizo en este escenario luego de la vivencia de los Festivales de agosto en Edimburgo, invitado por el British Council.

Lo primero que salta a la vista y nos diferencia, es que en el Chile cultural se vive el reino de los "falta", el "gobierno debe", "obligar a", "subir impuestos acá, bajarlos allá", "modificar tal institucionalidad", es decir, mucho estado y poca sociedad civil. 

Por el contrario, el gran festival de la sociedad civil, de los doce que inundan la capital de Escocia, el Fringe, tiene por principio que todo quién tenga algo qué decir y logra un espacio para hacerlo, puede presentarse. Es decir, basta tener un sueño para que sea posible.

Para tener una idea de magnitud de lo que ocurre en agosto en Edimburgo, imagine que todas las muestras que ocurren en el Centro Cultural Estación Mapocho a lo largo de un año -FILSA, Pulsar, Ch.ACO, Festigames, Diseño, FICIL, Arquitectura, Cielos del Infinito- transcurren simultáneamente; imagine que Teatro a mil y los demás festivales de teatro de Chile ocurren a ese mismo tiempo, en una misma ciudad mediana; imagine que esa ciudad es a la vez caminable y patrimonial, como Valparaíso o San Pedro de Atacama. Imagine que las calles, hoteles, restaurantes están llenos. Imagine todo eso simultáneamente y todavía no podrá reproducir exactamente lo que acontece cada año en Edimburgo y sus festivales.

Todo comenzó en 1947 cuando se creó el Festival Internacional de Edimburgo, fuertemente apoyado por los gobiernos local y nacional, que se presenta sólo en ocho salas clásicas de la ciudad y pretende que los escoceses tengan acceso a lo mejor de las artes escénicas universales. Allí, por ejemplo, se presentó el mes pasado, Histoire d' amour, la ultima obra de nuestro Teatro Cinema.
La persistente inversión pública en cultura, buscando la excelencia, generó una reacción de una sociedad culta que percibe que existen muchísimos otros creadores que tienen derecho a expresarse, aunque su obra no quepa en el Festival Internacional.

Entonces cierran vías, construyen escenarios por doquier y ofrecen sus espacios -iglesias, restaurantes, colegios, hospitales, facultades, pubs, casas- para acoger a compañías de la más diversa procedencia que asumen directamente -debidamente caracterizados- la publicidad de sus presentaciones  los riesgos del emprendimiento y se organizan para administrar a través de un Consejo participativo, su principal fuente de ingresos: la oficina de tickets, la que se financia con un 3% de las ventas, presenciales o virtuales. El resto del dinero va directamente a las compañías y sus espacios.

El sector público no aporta más del 5% del costo total. Un auspiciador -Virgin- pone los recursos para difusión y plataformas callejeras.
Con ello, la ciudad triplica sus habitantes, la hostelería, la gastronomía y las salas de teatro, improvisadas o habituales, desbordan. Casi todo espectáculo es pagado, a un valor entre 10 y 20 Libras (8 y 16 mil pesos).

Uno de los más notables es el Book Festival, que celebra a los autores y sus libros. Se monta en un parque público con carpas, grandes para vender libros (firmados y no firmados por los escritores), otras para conferencias con capacidad para 300 y 600 personas. Otras tiendas, más pequeñas y acogedoras son sólo para escritores, con trato de estrellas rock, sin acceso del público, alfombradas, calefaccionadas y surtidas de bebidas y comida. Los pasillos son presididos por grandes fotos de autores sobre fondo blanco en alguna pose característica. Muchas áreas verdes con asientos cómodos para leer, jugar, asolearse y no necesariamente consumir. Hay exhibidores especiales para los libros presentados los días recientes.
El festival del libro se financia en 80% con tickets, auspicios y cafeterías. A los autores se les paga por sus charlas, a las que se cobra entrada (£10) y exhiben considerables filas de lectores interesados en asistir. Es realmente un parque público al que se accede gratuitamente y posee espectáculos permanentes para niños, y variados concursos de portadas infantiles. Se advierte en todo, una curadoría central y un sólido auspicio de The Guardian.

Se podría decir que se privilegia a los autores y en segundo término a los lectores. Las marcas editoriales casi desaparecen dentro de estantes clasificados por temas o fechas de aparición más que por sellos. Es un festival, no una feria.

Es que los festivales de Edimburgo, con 66 años de experiencia acumulada, pueden fundarse en audiencias   cultas que siguen habitualmente a sus creadores favoritos y no esperan que ello sea gratis. Sólo que sea  de calidad, a la que están acostumbrados por un modelo de desarrollo cultural basado en Consejos de las Artes (Arts Councils) que tienen como meta la cultura de excelencia.

A nosotros nos falta para ello, mejorar el apoyo a los artistas trayendo, con apoyo público y privado, manifestaciones de excelencia de todo el mundo, de modo que se estimule así la creación local y constituir audiencias sólidas que asisten a creaciones relevantes a las que se han acostumbrado desde su primera formación.

En este proceso debe contribuir la educación en un maridaje armónico con centros culturales y espacios destinados permanentemente a las artes. Hemos avanzado en este último aspecto, con sendos programas de infraestructura de casi tres lustros, ahora debemos imaginar, en los Programas de gobierno respectivo, en cómo llenar con calidad y habitualidad tales espacios.

Mientras en las escuelas se forman las nuevas audiencias.


24 septiembre 2013

ÁLVARO MUTIS, NERUDA Y LA AMISTAD


Quizás una de las frases más repetidas sobre Mutis es aquella que lo identifica como "el amigo" de Gabriel García Márquez. Efectivamente fue primer lector de sus manuscritos, componedor de relatos que -a juicio del propio Gabo- contados por Mutis eran mucho mejores y generoso obsequiador de temas para sus novelas. Sin embargo, Mutis se inició en literatura en la soledad de la cárcel y su personaje emblemático, Maqroll, pasa gran parte de su vida en la soledad de las gavias, lugar más recóndito y de mejor vista de los navíos.

Si de amistades largas se trata, debemos observar también la del reciente fallecido y Pablo Neruda. Duró 90 años. Los biógrafos de Mutis señalan en su cronología que nació en 1923, el año de publicación de Crepusculario y que cumplió su primer año de vida cuando se editaron los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En 1952 -dos años después de conocer a García Márquez, el año del Canto General- Losada publica el primer libro de Mutis: Los elementos del desastre, mismo año de El viejo y el mar (Hemingway) y Memorias de Adriano (Yourcenar). De allí ha de seguir una prolífica vida literaria, salpicada por sus imitaciones a escritores "sobretodo de Neruda" como afirma Elena Poniastowska.

El año de la muerte de Neruda, el fatídico 23 de septiembre de 1973, es prolífico para Mutis, publica La mansión de Araucaíma (Sudamericana) y La suma de Maqroll el gaviero (Seix Barral), mientras postumamente Losada presentaba en Buenos Aires el Confieso que he vivido nerudiano.

En las antípodas ideológicas ("El progreso es el azote que nos escogió Dios", declaraba Mutis) según el mexicano Juan Villoro “Neruda y Borges encontraron en los versos de Álvaro una conversación perfecta”. El diálogo de esa amistad profunda que se puede dar entre poetas que han escogido, como Neruda y Mutis, privilegiar los viajes iniciáticos al interior del ser humano, contemplado desde la más lejana de las gavias o el solitario escritorio de Isla negra.

Precisamente, en esa casa de Isla Negra, rememorando los 40 años del fallecimiento de Neruda, recibí la noticia de la muerte en México de Mutis. No pude dejar de asociarlos. Los poemas de ambos forman parte de esos infaltables en la "mesita de luz" (nunca tan acertado el metaforón) a los cuales recurro entre un libro y otro, para degustar, como un sorbete entre platos, una delicada pausa para emprender la nueva e incierta lectura. Por cierto, no todas llegan al nivel del sorbo maravilloso, pero por Dios que ayuda ese trago a pasar el mal rato de una lectura imperfecta.

Con la ayuda de sus sólidos personajes he podido suavizar transiciones literarias "improbables" (palabra que copié a Mutis y no me abandona) y disfrutar de las alusiones locales que Ilona Grabowska y Maqroll, marinero al fin, hacen en Ilona llega con la lluvia cuando se encuentran en Valparaíso, como "un huevón bien usado" o la inolvidable "viuda húngara enamorada sin norte de un pianista chileno" que comparte páginas con "una bailarina, falsa chilena".

Cada novela, cada poema -¿hay diferencia?- de Mutis tienen el mérito de la inmortalidad, de no decaer con el tiempo y de enseñar cada vez nuevos mundos como la derivación de la palabra Almirante del árabe Al emir bahr, usada en los títulos de sus novelas entrañables La nieve del Almirante o Amirbar, que huelen a mar y cordillera a la vez, a esas naranjas de la finca de su abuelo que junto al ruido de dos ríos que cruzaban la hacienda, Mutis esperaba encontrar en el Paraíso, para no sentirse estafado.

Seguro los está escuchando y oliendo.
Mientras nosotros disfrutamos su literatura. Una de las formas de no sentirse estafado por la vida en esta tierra.
Y lo digo en serio.

08 septiembre 2013

ESE GRITO ATRAVESADO -HACE 40 AÑOS- EN LA GARGANTA

Sigo, como es natural y comprensible, los dichos sobre cultura en la prensa nacional e internacional. En días recientes, lideres de opinión en este ámbito, han hecho eco de una afirmación que me dolió. Que el Presidente Allende murió solo "empuñando un arma en la que no creía". Lo segundo es verdad, lo primero, una falacia que pretende -una vez más- llevar agua a un molino legítimo, pero que no es el de Allende. Tales juicios coincidieron con dos hechos relacionados: un diálogo en televisión abierta entre el Director de Investigaciones de Allende y el líder de su más radical opositor: Patria y Libertad y una marcha por los Derechos Humanos en las calles de Santiago.

Sostengo que Allende no estaba sólo, porque una semana antes del 11 de septiembre de 1973 habíamos marchado miles y miles de chilenos, frente a la Biblioteca Nacional, brindándole nuestro apoyo incondicional y porque en las elecciones parlamentarias más cercanas, las de marzo de 1973, los partidos de la UP habían superado el 44% del electorado. 
Acompañamos al Presidente esa mañana fatídica, en mi lugar de reunión en caso de golpe, cantando la Internacional en voz baja y quemando nuestros carnés de militantes mientras los aviones de la Fach bombardeaban La Moneda. Cómo hubiésemos querido salir a las calles y manifestar nuestro apoyo al gobierno, como ese cercano 29 de junio, cuando militares leales sofocaron a los protogolpistas. 
Desde el momento del bombardeo, el grito de "Allende, Allende, Allende y sólo Allende", se refugió en mi garganta con un gigantesco MUTE.
Recordé esta auto afasia cuando presencié en el programa Estado Nacional del 8 de septiembre el siguiente diálogo:
Alfredo Joignant (Director de Investigaciones del Gobierno UP): 
- Al llegar al canal, Roberto Thieme (dirigente, al momento del golpe, de Patria y Libertad, presente en el programa) le dijo a mi hija que no eramos enemigos sino adversarios políticos. Siendo Director de Investigaciones había ordenado detenerlo y cuando lo trajeron a mi presencia dije: "Sáquenle la venda".
- Y vístanlo, agregó Thieme.
Joignant asintió, reconociendo sus palabras de entonces.
Luego se hicieron diversas alusiones a la condición de humanistas de la gran mayoría de los participantes del programa.

Allí estaba la diferencia, aún el más enconado de los opositores merecía un trato digno, sin vendas y con ropas. ¿Es necesario agregar que no ocurrió aquello desde el primer momento de la dictadura?

Tanto fue así que, en ese mismo momento, mis hijas y nieta participaban de una romería al cementerio general esgrimiendo retratos de detenidos desaparecidos y clamando, en democracia plena, por justicia y, sobre todo, porque Nunca Más ocurra algo semejante. Dos generaciones después, aún buscan una respuesta al porqué perdimos, como país, esa humanidad.
Quizás porque se perdió al mismo tiempo que la vida de Salvador Allende es que seguimos identificándola con el rostro y las tranquilas palabras de ese estadista.
Por ello hay que dar las gracias a Allende, que estaban en ese grito acallado por la desproporción de bombarderos, tanques y ametralladoras, que hoy me permito expresar: 
-Gracias, Presidente, por permitirle soñar al pueblo de Chile; gracias por estimularnos a tratarnos de compañeras y compañeros, porque de verdad lo fuimos; gracias por privilegiar a los niños con ese medio litro de leche; gracias por ese maravilloso sueño hecho realidad que fue la editorial Quimantú.
Pero, sobre todo gracias por creer en esa humanidad, que nos mantiene vivos y luchando, generación tras generación, por recuperarla.

02 septiembre 2013

DIANA, EL "CALUGA", EL "CURA" OMAR Y MIS OTROS


Muchas imágenes, relatos, recuerdos, confesiones o solicitudes de perdón me han  remecido esta conmemoración de los 40 años del golpe militar de 1973. Ninguna como  la entrega de títulos profesionales que la Universidad Católica hará a 28 de los suyos que desaparecieron o fueron ejecutados durante la infausta dictadura que comenzó hace 4 décadas. No sólo porque esa, mi universidad, fue la cuna desde la que se formaron los padres del modelo económico que nos agobia -los Chicago boys- y los autores del modelo político que nos amarra, el Movimiento Gremial. 

Tuve el privilegio de integrar movimientos que se opusieron a ambos, tanto a nivel de Facultad  -compartíamos, los sociólogos, la de Ciencias Sociales y Economía con los aprendices de Chicago- como a nivel de Federación de Estudiantes, la FEUC, donde participábamos cada año en elecciones con los frentes más amplios imaginables para intentar derrotar a la maquinaria gremialista. Siempre, respetando las reglas de la democracia universitaria y siempre, sobre todo eso, con generosos, valiosos y valientes compañeras y compañeros que, como todo alumno, aspirábamos, además, a alcanzar un título profesional. 
El gesto que comento trae a la pertinaz memoria, no sólo el hecho de que una treintena de contemporáneos perdieron la vida en los albores de la dictadura, sino que también les fue arrebatado el justo derecho a tener un título.
Diana Aron, no llegó a recibir el de periodista, no obstante pude conocer su entusiasta desempeño en la revista ONDA, de Quimantú.
Juan Carlos Rodríguez, el "Caluga" no recibió el de ingeniero, al igual que Eugenio Ruiz Tagle. Supe de los tenaces y poco fructíferos desvelos del primero por constituir el MIR en esa Universidad. Y recibí la hospitalidad del segundo en su hermoso departamento del edificio curvo de Antofagasta, hasta dónde había llegado a vivir, por "tareas partidarias" del MAPU.
Pato Biedma, verdadero galán porteño, no llegó a tener en sus manos el título de sociólogo que tampoco logró en su natal Argentina, la que debió abandonar por persecución política junto a un selecto y nutrido grupo de estudiantes que vinieron a remecer el ambiente de los proyectos de sociólogos chilenos.
Omar "el cura" Venturelli estudiaba en la sede Temuco y lo conocí yendo a enseñar (y aprender, sobre todo) en la escuela de verano que esa sede organizaba para dirigentes de la CUT local. Había sido sacerdote, estaba casado, lucía una incipiente calvicie y sus ojos claros habían penetrado profundamente en el liderazgo de los movimientos indígenas y estudiantiles, entonces bastante más fusionados.
A Eduardo Jara, tampoco recibido de periodista, no lo conocí pero seguí muy de cerca su secuestro, desde su escritorio en la Radio Chilena, en una de estas tantas vigilias solidarias en las que nos acompañábamos para intentar soportar la incertidumbre y el miedo. Cuando sonó el teléfono de la radio, sentí la voz de Guillermo Hormazábal, otro de los secuestrados, recién liberado que como primer gesto en libertad, llamó a su lugar de trabajo, seguro de que allí estábamos, en vilo, esperando un milagro. Eduardo no formó parte del milagro, fue ejecutado.

Se podría recordar y así se hará el 5 de septiembre en el campus San Joaquín -creación arquitectónica y académica de Fernando Castillo Velasco- a cada uno de los futuros titulados.
No se les devolverá la vida ni -en algunos casos- sus restos. Pero su familia podrá exhibir en una pared destacada el testimonio de que fueron jóvenes, que lucharon por sus ideales y que nosotros, sus compañeros, los consideramos a todos ellos, un orgullo de esa generación que se tomó la universidad para reformarla, que presenció con dolor cómo un 24 de septiembre de 1973 fue pisoteada por la designación de un rector delegado y que cuarenta años después logra reparar en parte el mal causado.
No son ajenos a ello, los actuales dirigentes estudiantiles ni el movimiento que encabezan, que escarbando con pasión en lo mejor del pasado y lo soñado del futuro, han provocado este acto de justicia.
Es el homenaje de un movimiento estudiantil plenamente vigente a quienes sólo partieron un poco antes.
Es cómo si aquella Casa Central, ubicada en el 340 de la Alameda, formara finalmente parte de la apertura de las grandes Alamedas que predijera el Presidente Allende.

09 agosto 2013

EL MUSEO HISTÓRICO NACIONAL Y LOS GUIONES


La determinación del Director del Museo Histórico Nacional, elegido por concurso de Alta Dirección Pública, de llamar a la participación ciudadana -tan de acuerdo con la historia que vivimos hoy como sociedad- para elaborar un nuevo guion para el museo ha despertado aplausos, curiosidad y fuertes reacciones en contra. Se ha llegado a plantear que el relato en proceso, atentaría contra la presencia en nuestra historia de la "monarquía hispánica", en beneficio de los pueblos originarios.


De ser así, no se cumpliría más que con un acto de justicia: cuando los conquistadores llegaron a este territorio que se llamaría Chile, ellos ya estaban. Cuando sus tercios fueron expulsados, con la heroica colaboración del general José de San Martín, los indígenas permanecieron. Por simple magnitud temporal, los pueblos pre hispánicos merecen más espacio en nuestra historia, en especial aquellos que sobreviven y buscan integrarse al Chile del siglo XXI, esta vez con creciente simpatía ciudadana.

Tampoco es novedosa la forma de elaborar el guión. Hace pocos años, el Museo de Historia Natural de Concepción, sometió al escrutinio popular tres opciones diferentes de museología, que habían sido elaboradas por especialistas con el apoyo de la recordada Fundación Andes. El Estado de Chile, a través de la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural, no hizo más que apoyar con recursos la instalación de la museología preferida por los futuros usuarios del museo.

El propio Museo Histórico Nacional nació de las donaciones que la población hizo, en 1910, ante la convocatoria oficial de la comisión que celebraba los primeros cien años de la Independencia de la República, para la Exposición Histórica del Centenario. Es decir, su guión estuvo fuertemente influenciado por lo que los habitantes estimaron digno de ser exhibido. Sin duda, muchas de las piezas donadas -armas, condecoraciones, estandartes, insignias- provenían de familias de soldados chilenos que combatieron a esa misma monarquía hoy supuestamente amenazada.

Por tanto, no cabe llamar a rebato por este gesto modernizador del Museo, que debiera ponerlo a la altura de otros como el Nacional de Historia Natural, recientemente reinaugurado luego de sufrir los avatares del sismo del 27/F, o del Museo Pre Colombino, que renueva y amplia afanosamente su local. Dimensionando voces como la del historiador Sergio Villalobos que cree "de temer que se exagere la importancia de las culturas autóctonas, cuya presencia ha sido muy débil en el trayecto del país, en que la cultura dominante ha conformado de manera unitaria el ser nacional".

Peligrosa afirmación que da por sentado que aquello que hemos conocido como cultura dominante, lo es por aceptación de la ciudadanía y no por imposición de las élites; situación que es afortunadamente desmentida por muchos, entre otros, el reciente debate en la Cámara de Diputados, a propósito del eventual Ministerio de la Cultura, en el que crece la convicción de que deberíamos avanzar a reconocernos como una sociedad multicultural y por ende, con un Estado que trate con los diferentes pueblos que nos conforman -por origen, inmigración o conquista- con una institucionalidad de las Culturas.

Lo lógico sería que nuestro Museo Nacional llegue a ser un reflejo de lo mismo, sobre todo si se ha planteado incorporar a la DIBAM, actual responsable de dicho Museo, a ese Ministerio.

El debate recién comienza y el guión redacta su primer borrador.

02 agosto 2013

MINISTERIO DE CULTURA: EL PROYECTO EN SU LABERINTO

El lunes 29 de julio de 2013, la historia del posible Ministerio de Cultura de Chile pudo haber sufrido un vuelco, que lo catapulte a concretarse durante la próxima administración o que lo descarte por muchos años. Ocurrió en la  sala de sesiones de la antigua Cámara de Diputados y fueron protagonistas media docena de diputados, un nuevo Presidente del CNCA y un centenar de personas representativas del complejo mundo de la cultura, incluyendo a creadores, funcionarios, gestores y patrimonialistas, muchos de ellos venidos desde regiones. El tono lo puso un entorno tan solemne como incitante al diálogo.

El Ministro Roberto Ampuero, dio el vamos señalando "concibo mi gestión escuchando, en diálogo permanente con órganos colegiados y los diputados de la comisión de cultura". El desafío, agregó, es dar un segundo salto institucional, garantizando el libre desarrollo de todas las disciplinas artísticas, aceptando la multiculturalidad que nos une transversalmente. Valoró que el CNCA sea capaz de fijar políticas públicas con horizonte de cinco años, pero que, sin embargo, tiene carencias estructurales que se trata de perfeccionar pues sus políticas no son vinculantes para la DIBAM ni CMN. Señaló que el objetivo del Proyecto es construir una institucionalidad más sólida con participación de la sociedad civil en la formulación de políticas culturales. Comprometió que se les dará garantía a los trabajadores: "No podrá haber supresión de cargos, ni cese de servicios ni perdida de empleo ni pérdida derechos profesionales, ni cambiará lugar de residencia". Anunció que en todas la direcciones regionales se realizarán reuniones participativas, "hoy es el momento de la participación".

Raúl Allard, cabeza de la comisión que elaboró el Proyecto de Instituto del Patrimonio en el gobierno Bachelet, se manifestó de acuerdo con la idea central de la creación del Ministerio de Cultura, señalando sus complejidades: "Esta es un área que en su dimensión de creatividad y de las artes y del folclore y múltiples manifestaciones florece y se desarrolla por sí misma, es un área que requiere de fuerte apoyo y no de dirigismos, este es un valor que hay que preservar, al tiempo que hay que ampliar y profundizar la atención pública a la cultura. Paralelamente, en su dimensión del patrimonio cultural, material e inmaterial, la situación es diferente y sí requiere de una fuerte presencia e intencionalidad del Estado, junto a comunidades, regiones, sociedad civil para realizar acciones efectivas de intervención y protección, conservación y difusión". Premonitoriamente, agregó: "hay un patrimonio que está en peligro y periódicamente se producen destrucciones que lamentar. El Proyecto dispone que el Director del Patrimonio Cultural deberá “denunciar el daño, destrucción y tráfico ilícito de los bienes de valor cultural protegido”. Está muy bien pero no es suficiente. Para esta situación debería haber recursos no concursables, alrededor del 15 al 20% de los recursos en el Fondo del Patrimonio Cultural que puedan destinarse en caso de urgencias comprobadas". El nuevo incendio de la Iglesia de San Francisco, en Valparaíso, refuerza su siguiente propuesta: "incluir dentro del marco de las responsabilidades de la institucionalidad patrimonial una preocupación especial por los sitios declarados como Patrimonios de la Humanidad como es el caso de Valparaíso que por su topografía y escasez de recursos no tiene, por ejemplo, el tipo de atención que reciben la Habana Vieja y la ciudad amurallada de Cartagena de Indias".

El ex Senador José Antonio Viera Gallo -"me alegra la creación de un ministerio"- planteó que se debe mejorar el proyecto, definir mejor ámbito de influencia, formuló dudas de su constitucionalidad y pidió explicitar más claramente la independencia con que hoy son administrados los fondos. Aclaró que en la legislación chilena, el concepto de sistema no existe, hay servicios, no sistemas. También falta, a su juicio, afinar el "pasarán a depender" y ajustar el ministerio a la ley de bases del estado.

Nivia Palma, ex Directora de la DIBAM, apuntó que "además de ser un ministerio pequeñito y sin capacidad y facultades para "ejecutar políticas y programas", el órgano colegiado de participación ciudadana denominado CONSEJO NACIONAL DE LA CULTURA Y EL PATRIMONIO es un espacio peligrosamente restrictivo y no participativo. En efecto, de 11 miembros solo 4 son personas destacadas "de las áreas de la cultura y del patrimonio", debiendo una de ellas estar vinculada al patrimonio cultural y otra a las artes e industrias culturales, nombrados por el (la) Presidente(a) de la República, CON ACUERDO DE LOS 3/5 del SENADO. Obviamente un Senado elegido en un sistema electoral binominal – el cual genera distorsiones tan graves en la efectiva representación de la ciudadanía- y un quorum tal alto como éste obligará a "consensuar" estos 4 nombres asegurando presencia de Gobierno y Oposición en igualdad de proporción, sin considerar la votación mayoritaria del país y llevará al examen de qué personas "son aceptadas" por el Senado para poder nombrarla. De ahí a la obsecuencia de creadores, cultores y especialistas con el poder hay un paso".

Óscar Acuña, ex Secretario Ejecutivo del CMN, agregó que cuando se fusiona DIBAM y CMN se comete una aberración jurídica de fundir un ejecutor con un contralor y advirtió "una asimetría en salarios entre quienes trabajan en DIBAM y CNCA".

José Cortés, de Anfudibam, pidió una larga discusión, sin urgencia, del proyecto denunciando un perfil privatizador en artículo 46 y se pregunta ¿quien fija la política cultural, el donante privado? planteando su rechazo del proyecto por insuficiente. Manon Herrera, de Anfucultura, resumió la postura de los trabajadores con un "sí al ministerio, no al proyecto actual" que no contó con participación activa, sólo informativa. Planteó la necesidad de un Ministerio de las Culturas. No hay efectiva participación ciudadana, ni de pueblos originarios, ni de las regiones. Ve indispensable un proceso de diálogo nacional, propiciado por la comisión, en las 15 regiones del país. Mientras Raúl de la Puente, Presidente de la ANEF, declaró importante tener un ministerio, pero ¿como lo construimos? Con trabajo decente, con remuneración digna y protección social. Mantener los derechos actuales es mantener precariedad. La mayoría son empleos a honorarios, sin derecho a la salud ni la previsión. "¿Porque no lo hacemos bien?".

Claudio Lillo, de Vilcún advierte que la matriz ideológica del proyecto se basa en la industria cultural y consagra una ideología de consumo, pide respetar al país multicultural. Bárbara Negrón, del Observatorio de Políticas Culturales, planteó la necesidad de debatir con calma recordando que existe una deuda con las artes visuales y escénicas.

Ignacio Aliaga, Director de la Cineteca Nacional, habló de un segundo salto en la cultura, preguntándose cómo damos bien ese salto. Sugiere que el par de vectores centrales son el reconocimiento del multiculturalismo y la diversidad cultural desde las regiones. Ve necesario proteger las lenguas originarias del país. Como se relacionan cultura con educación y el rol del arte en la educación. También que el CNTV sea parte de esta estructura, lo que fue reiterado por el productor audiovisual Fernando Acuña y la periodista cultural Vivían Lavín, quién agregó que los derechos de los canales son bienes de toda la sociedad chilena sin embargo, hay carencias importantes en la difusión de la cultura chilena, que debe llegar a todos los ciudadanos.

El abogado Fernando Silva ve un avance en la misión de preservar los derechos de autor pero advierte que el Proyecto no crea un órgano dedicado a ello. Sugiere que el departamento de Derechos Intelectuales del Mineduc se convierta en ese órgano.

Rosario Carvajal, dirigente del Barrio Yungay, manifestó preocupación por la ausencia de participación vinculante y la existencia de una deuda de apoyo a quienes habitan zonas patrimoniales. Mientras Marianela Riquelme, ex dirigente de Anfucultura, reforzó que Valparaíso debe seguir siendo sede de la nueva institución. El actor Jaime Mondría, destacó la necesidad de incentivar la actividad artística en regiones y recordó la falencia existente en la acreditación de carreras artísticas.

El diputado Marcelo Schilling, reconoció que no fue suficiente esta convocatoria, aclarando que muchas de las observaciones deben transformarse en sugerencias escritas, en formato indicación. Su colega Ramón Farías, señaló que es posible darse tiempo e ir a algunas regiones. "No podemos olvidar lo que se ha hecho antes, la historia".

Roberto Ampuero -"he escuchado también como escritor"- manifestó al cierre su satisfacción por todo lo ganado en ideas e inquietudes, "soy de regiones, el primer ministro que ejerce desde Valparaíso, pertenezco a a diáspora de Chile". Me alegra que hemos coincidido en la necesidad del Ministerio, un anhelo que ha venido desde distintas autoridades y diferentes orientaciones políticas. Se debe nutrir de la con una participación importante que garantiza la pluralidad. Los consejos deben ser enriquecidos por la presencia de la sociedad civil. Este es un país multicultural, con fuerte presencia de pueblos originarios y de la presencia de afro-descendientes, somos un país marcado por inmigraciones y porque siguen llegando comunidades de inmigrantes. "Me voy revitalizado con alegría y vitalidad, me llevo sobretodo lo que nos une".

El Presidente de la Comisión, diputado Víctor Torres, destacó el respeto y la tolerancia para cohabitar "quienes construimos esta nueva institucionalidad cultural, señal de perderle el miedo a la democracia".

La pregunta que nos llevamos de esta sesión es cómo se continúa. 

Lo que queda es que nadie -ni siquiera el nuevo Ministro- defendió el Proyecto tal cómo fue presentado, la gran mayoría de asistentes y diputados planteó un tiempo amplio para discutir y grandes acuerdos sobre la necesidad de profundizar la participación e incorporar miradas ausentes como la de las regiones, los pueblos originarios, los inmigrantes y los funcionarios, además de los sectores permanentes del mundo de la cultura como son los creadores, gestores y patrimonialistas, que promovieron la institucionalidad actual de un Consejo Nacional. Éstos, estarán disponibles para avanzar hacia un Ministerio en la medida que se entienda como una entidad superior, que refuerza la presencia del estado en cultura para preocuparse de las más débiles, defender el patrimonio y asegurar los derechos culturales a toda la ciudadanía, pero a la vez garantiza plenamente la libertad de creación, sin dirigismos de naturaleza alguna, reuniendo en instancias participativas y vinculantes a todos los protagonistas de la cultura. 

Existe un compromiso de la comisión parlamentaria de votar el proyecto, en general, el 4 de septiembre. Ello permitiría que se apruebe la idea de legislar. Y quede, para la próxima administración, la presentación de una nuevo proyecto, sustitutivo que refleje lo que se escuchó, por fin, el 29 de julio. Que, después de todo, no fue un mal día.

27 julio 2013

UN MINISTERIO PARTICIPATIVO EN GESTACIÓN Y GESTIÓN

San Jorge y el dragón, Jacopo Tintoretto

Para quienes conocimos, en la década de los noventa, la historia fidedigna de la gestación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, no debiera extrañar que hoy, en la antesala de su revisión, sea el Parlamento quién salga a rescatar, cuál Jorge de Capadocia a la Princesa de la Cultura amenazada por el dragón, de un proyecto de ley apresurado, poco acucioso y sobretodo, ignorante de la realidad del sector que se pretende normar. En definitiva, un texto al que le faltó justamente aquello que los diputados hicieron en 1996 y que comenzarán a ejercitar en 2013: ESCUCHAR.

No es menor el que la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados haya convocado a una sesión ampliada o audiencia pública el 29 de julio y emitido una cantidad de invitaciones a actores relevantes del sector. Fue como el despertador. Equivale a la citación que ocho diputados de todos los partidos con representación parlamentaria hicieron a inicio de 1996 -José Antonio Viera Gallo, Isabel Allende, Maria Antonieta Saa, Mariana Aylwin, Ignacio Walker, Andrés Chadwick, Luis Valentín Ferrada y Alberto Cardemil- a sesiones abiertas, en la sala María Luisa Bombal del Centro Cultural Estación Mapocho, los martes de dicho año, a las ocho y media de la mañana. Pasaron por esa gigantesca mesa redonda decenas de gestores culturales, artistas, invitados extranjeros, más de una sesión por vídeo conferencia, hasta llegar a formular -parlamentarios y "civiles"- una incierta convocatoria para el 16 de noviembre de ese año, a un Encuentro de Políticas Públicas y Legislación Cultural. Llegaron más de 600 delegados, en su mayoría espontáneos, de todo el país que se inscribieron en un puñado de comisiones para expresar sus demandas. Lo interesante fue que los legisladores las escucharon y ese clamor llegó hasta La Moneda, desde dónde el Presidente Frei Ruiz Tagle envió a su  Ministro de Educación, José Pablo Arellano, para comprometer una Comisión Presidencial que recogiera y estudiara las 120 prioridades nacidas en ese particular entorno.

Esa Comisión sesionó durante todo el año 1997, en las oficinas de la División de Cultura, teniendo como anfitrión a Claudio Di Girólamo. Su trabajo -que incorporó además de parlamentarios -Gabriel Valdés, Luis Valentín Ferrada, María Antonieta Saa- a empresarios -David Gallagher, Roberto de Andraca y Mauricio Larraín- y por cierto a gestores y artistas hasta completar 17 personas. El resultado fue un articulado de ley para crear el CNCA y otro para modificar la Ley de Donaciones. Sólo con eso avanzado, el gobierno siguiente, de Ricardo Lagos, se atrevió a mandar un proyecto de ley de institucionalidad cultural al parlamento. El terreno estaba abonado.

Qué diferente a la iniciativa reciente en la que el Gobierno Piñera confundió eficiencia con cumplimiento de plazos y presentación del proyecto con meta. Priorizó la formalidad de su presentación por sobre confeccionar un proyecto adecuado a los tiempos y al desarrollo del sector desde 1990 a la fecha, no entendió ni profundizó el proceso creciente y simultáneo de participación e institucionalización que encabezaron coherente y sucesivamente DiGirolamo, Agustín Squella, José Weinstein y Paulina Urrutia.

Pero el error no está sólo en no advertir la línea de desarrollo en el mundo público, tampoco consideró los consistentes avances del mundo cultural en el ámbito privado: interrumpió la expansión y consolidación de corporaciones culturales privadas sin fines de lucro como el Gam, Balmaceda y Matucana. Curiosamente para un gobierno de derecha, tuvo miedo de la gestión autónoma de esta instituciones e intentó controlarlas desde el gobierno por la vía presupuestaria y restringiendo la diversidad y cantidad de sus directores, lo contrario de lo acontecido recientemente en el Teatro Municipal de Santiago, que amplió el espectro de su máximo órgano directivo, con interesantes resultado ya a la vista.

Cabe entonces, dos cosas: una felicitación a la Comisión de Cultura por iniciar el proceso de participación que no se hizo antes de presentar el proyecto, e iniciar la propuesta de temas que deberían estar presentes en el camino que comienza, para retomar la senda bruscamente interrumpida el 2010. 

Desde luego, mejorar las condiciones de participación de la ciudadanía en el eventual Ministerio, tanto desde las regiones y de los creadores como de los pueblos originarios y las audiencias.

Desarrollar un estatuto funcionario que dignifique a quienes trabajan tanto en la DIBAM como en el CNCA.

Considerar estructuralmente la multiculturalidad de Chile en la nueva entidad.

Avanzar decididamente en la descentralización del desarrollo cultural, tanto en términos de presupuesto como de participación de personalidades regionales en las decisiones de alcance nacional.

Y, para estar a tono con lo que la sociedad está demandando, lo primero será algo tan simple como escaso hasta ahora: un par de buenos oídos para escuchar.

Así se construyó el Consejo Nacional de la Cultura y sólo así se edificará la institución que lo supere y fortalezca en sus rasgos principales, que se resumen en la ya tradicional frase: la cultura es tarea de todos, que debiera derivar en que el  acceso a ella sea un derecho de todos.

Cuando ocurra, el episodio del dragón, será solo un mal recuerdo.

18 julio 2013

CASTILLO, EL RECTOR DE LAS COMUNIDADES

Mis hijos solían decir que, cuando crecieran, iban a vivir también en casas de ladrillo. Se referían a aquel conjunto habitacional donde, desde 1981, vivimos y crecieron compartiendo con decenas de otros niños de su edad, en un amigable entorno que casi hacía olvidar el siniestro panorama que campeaba en el país, azotado por una inclemente dictadura. Digo casi, porque ese ambiente exterior se filtraba cada noche de protesta cuando los residentes y muchos vecinos -"queremos pasar la protesta con ustedes"- nos esmerábamos en abollar cuanta olla estaba a nuestro alcance y hasta retratarnos bajo un simbólico cartel que rezaba el más profundo de nuestros sentimientos: "NO PASARAN".


Quién nos permitió tales dignidades se llama Fernando Castillo, es arquitecto, fue Rector de mi universidad y me honró con su amistad.

Ésta nació al calor de la post reforma universitaria, en 1968. Yo era un aguerrido dirigente estudiantil, desconfiado de quienes, con banderas reformistas y no suficientemente revolucionarias, se establecían en la casa central de la universidad a intentar gobernar la nueva etapa. Hasta que una noche dominical, viendo el obligatorio  "A esta hora se improvisa" en Canal 13, lo escuché hablando de que nuestra casa de estudios era doblemente universal, por lo universitario y por lo católico... Me cautivó su planteamiento, le escribí una carta contándoselo y lo olvidé. Hasta que recibí, un pendejo de primer año de sociología, un llamado del secretario general de la Universidad, Ricardo Jordán, señalándome que había leído la carta, que le había gustado mucho a ambos y que el rector me recibiría en una fecha cercana, en cuando regresara de un viaje a Cuba.

Asistí curioso y conversamos como viejos amigos, don Fernando me contó de sus impresiones de La Habana y yo, simplemente, no recuerdo qué le hablé, pero transcurrieron muchos minutos y salí, considerando a la oficina de la Rectoría y esa escalera redonda que lleva a ella como familiares.

Estudié sociología y periodismo en esa universidad reformada, seguí el sistema de carreras paralelas, tomé cursos facultativos en Filosofía -Pensamiento Político de Fidel Castro y el Ché Guevara-; Estética -Marxista-, y Literatura: Cortazar. Disfruté profundamente esa etapa universitaria hasta su agonía: el 24 de septiembre de 1973, cuando -invitado subrepticiamente por un amigo entrañable- asistí atónito a la última sesión del Consejo Superior presidida por Castillo, antes de ser "honrosamente" sustituido por un Almirante delegado por el debutante gobierno militar. Don Fernando obvió esa dudosa ceremonia sucesoria, enviando al vice Rector Alfredo Etcheverry a reemplazarlo.

Luego, partió al exilio. Argelia, dónde experimentó con las casas de techo plano que innovó en las futuras comunidades, sólo que en clima lluvioso. Esa pugna entre el arquitecto que ama su obra y el usuario que pretende evitar que sus paredes y techos exuden humedad nos unió aún más. Me llevó a su casa, me mostró los tarritos que colgaban de sus techos para recoger las aguas lluvias y me ofreció llevarme su estufa a leña para paliar mis reclamos. Con amor e hidalguía asumí como muchos, por no decir todos los comuneros, que nuestra casas tenían muchas ventajas como para estar reparando en simples goteras, tan poéticas ellas.

Finalmente, los techos se arreglaron, las paredes se impermeabilizaron y hace unos meses celebramos con un baile los 30 años de vida en comunidad. Bailamos con don Fernando y Mónica y nos abrazamos con hijos y hasta nietos amantes de las casas de ladrillo.

Pero, no sólo fue maestro de viviendas, también de periodismo. Celebrábamos -en julio de 1978- los dos años de vida de la revista APSI y por cierto, todos querían ir a la comida conmemorativa, pero nadie hacer uso de la palabra. Excepto Fernando que venía llegando desde Inglaterra y nos deleitó con una lección sobre la libertad, estimulandonos a seguir con la improbable empresa de editar una revista independiente en plena dictadura. Los comedores repletos de la Unión Española en calle Carmen, fueron testigos de una de las primeras cenas masivas de la resistencia, en la que recibimos a decenas de delegaciones de partidos políticos completamente inexistentes y clandestinamente operativos.

Veinticuatro horas antes de fallecer Fernando Castillo Velasco, el poeta Pedro Lastra formalizaba ante el actual Rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, una extraordinaria donación de dos mil quinientos libros, muchos autografiados por notables autores contemporáneos de Lastra, que irían a enriquecer la biblioteca de la facultad de Letras de la UC. La íntima celebración se realizó en los salones de la rectoría. Cuando Pedro me contó, le solicité que se fijara en cada detalle porque quería comparar ese entorno con aquel de la charla con don Fernando cuándo yo no regalé nada, pero recibí uno de los presentes que más he apreciado en la vida: conocer a Fernando Castillo.

Estoy cierto que no lo olvidaré.


08 julio 2013

HABÍA UNA VEZ, HACE 40 AÑOS, UNA CUNCUNA...


Lo mejor de los buenos recuerdos es que no se van fácilmente. Mucho mejor es cuándo otros ayudan a conservarlos. Es lo que acaba de acontecer con una inesperada solicitud de entrevista venido desde la Fundación La Fuente, aquella de las "bibliotecas vivas"... Cumpliendo con su lema, me consultaron sobre la Colección Cuncuna, que formó parte de esa formidable empresa editora que en menos de tres años inundó el país de libros relevantes y económicos, llamada Quimantú o "sol del saber". A continuación, transcribo la conversación que me hizo regresar cuarenta años atrás y homenajear lo mucho que perderíamos, unos meses más tarde.


- ¿Puede describirnos cómo era el ambiente de la editorial Quimantú cuando llegó a trabajar allí? ¿Fue cambiando durante el tiempo que estuvo ahí?

-              Era un ambiente de gran optimismo y alegría, de que “todo era posible”. Para mí fue la principal manera de integrarme a un  proceso revolucionario que encabezaba el compañero Presidente, Salvador Allende. Era llegar a una empresa del área social de la economía, administrada por sus trabajadores, en la cual se combinaban el trabajo profesional con el compromiso político y la participación en la gestión de la empresa. Almorzábamos en el casino, que estaba junto al taller, compartíamos con los obreros tanto al mediodía como en las tardes, en reuniones de sindicato, de comité de producción o de partido. No había día de la semana en que no participara de reuniones de diferentes órganos de participación popular y muchas veces, el fin de semana realizábamos trabajos voluntarios para elevar la producción o simplemente ayudar a descargar alimentos de algún tren que llegaba desde los puertos.
                Dicho ambiente fue cambiando en la misma medida en que fue cambiando el panorama político nacional. La convivencia –fuera de la empresa- se fue crispando y esa realidad de lucha social comenzó a reflejarse en las publicaciones, hasta que llegó el momento en que me di cuenta de que, habiendo dejado suficientes ediciones de Cuncuna listas para su impresión, había poca cabida en las prensas para ellas. Renuncié en junio de 1973. Fueron los años más plenos de mi vida profesional y política. Pude combinar la lectura de cientos de cuentos infantiles, con su análisis valórico, que me sirvió para desarrollar mi memoria de grado como Sociólogo, con una intensa vida vinculada a las políticas culturales y la participación social en un proceso inédito de cambios.

 Cuando asumió como director de Cuncuna, ¿cuál era el propósito o misión que le transmitieron? (y quién se lo transmitió).  

-              Mi trabajo fue definido, primero, por mi Jefe, Tomás Moulian, como Encargado de Libros Infantiles  y Textos de Estudio. Implicaba crear, desde cero, una colección de cuentos para niños dentro de la misión de la División Editorial de Quimantú, que era “democratizar la cultura”, al igual que las colecciones Quimantú para todos, Nosotros los chilenos o Minilibros.

- ¿Cómo logró internarse en la literatura infantil, viniendo de la sociología?
-              Ya venía “internado” pues había resuelto hacer mi Memoria para obtener el grado de Sociólogo en la Universidad Católica de Chile, sobre “Los valores en los cuentos infantiles chilenos”. Llegué premunido de una Antología de cuentos infantiles que me había regalado mi abuelo, en la que leí cientos de textos. Además, conté con la valiosísima asesoría de profesoras de la Escuela de Educación Parvularia de la Universidad de Chile, en especial su Directora, Linda Volosky y María Angélica Rodríguez. Durante tres años, leí mucho, muchos cuentos, poesías y otras creaciones para niños o aparentemente para ellos. Me di cuenta que prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos. Era el reino del pardiez, el melocotón y otras expresiones tan castizas como desconocidas. Decidí, con la aprobación de mi Jefe de División, Joaquín Gutiérrez, crear la “Primera colección chilena de cuentos infantiles”. Esto significaba que habría autores internacionales y nacionales, pero todos publicados en lenguaje chileno, con ilustradores chilenos e impreso por trabajadores chilenos.
                Tuve la generosa y cariñosa ayuda  de mis compañeros trabajadores de Quimantú, que me asesoraron en la elección del nombre –Cuncuna-, del logotipo de la colección, del papel, del tipo de letra, del formato y del tipo de prensas y aplicaciones de color que emplearíamos. Para los compañeros del taller, yo era “Cuncunita” (tenía poco más de 20 años) y ellos quienes me llamaban para ofrecerme espacio sobrante en los pliegos de otras colecciones para incorporar marcadores, afiches, tarjetones u otros impresos espontáneos para apoyar a Cuncuna, sin mayor costo para nuestra empresa.

- ¿Cómo llegaban a sus manos los proyectos y cómo seleccionaba cuáles se publicaban?


-              Ya he dicho cómo, a través de mis lecturas y la asesoría de Alfonso Calderón y María Angélica Rodríguez, pude acceder a cuentos de la literatura universal que estimulaban los valores que queríamos fomentar, como la solidaridad (El rabanito que volvió), la belleza (El negrito zambo), el trabajo (La flor del cobre) y en general, la buena literatura, que no tiene edad (El gigante egoísta, El príncipe feliz). Lo más dificultoso fue encontrar autores chilenos contemporáneos. Convocamos a los más promisorios autores del momento (Skármeta, Dorfman, Luis Domínguez…) y todos honestamente lo intentaron pero descubrieron que era mucho más difícil escribir para niños…

                Lo más dificultoso era seleccionar a los ilustradores. Llegaban muchos a ofrecer su trabajo y había que hacerlos calzar con alguno de los textos escogidos. Así  aparecieron el trazo delicado de Marta Carrasco, el clásico de NATO o Guidú, el rupturista de Guillermo Tejeda (ilustrando un cuento de su padre, Juan, El huevo vanidoso), los grabados de Irene Domínguez (El medio pollo), hasta las historietas de HERVI (La desaparición del carpincho).

                La responsabilidad de selección de cuentos  e ilustradores era mía, bajo la atenta mirada de Joaquín Gutiérrez.


- ¿Hay algún libro que recuerde con especial cariño?

-              Como el hijo mayor, amo El negrito zambo. Sus ilustraciones nos sirvieron para difundir la colección y uno de mis slogans favoritos del gobierno de la UP: “Los únicos privilegiados serán los niños”. Hicimos, gracias a los compañeros del taller, un tarjetón con el negrito de ombligo parado, recostado en una palmera, luego de devorar cientos de panqueques hechos con la grasa de los tigres que lo acosaron, con la leyenda: “Perdón, pero somos privilegiados”. Más tarde la vi en jardines infantiles, dormitorios de niños y no pocas oficinas o prensas del taller.

- ¿Qué aprendió de ese tiempo en Cuncuna? Trabajando cerca de Tomas Moulián, Alfonso Calderón, Joaquín Gutiérrez...

-              Aprendí de todos ellos, cosas diferentes. De Tomás, su calidad intelectual y la confianza ciega que tuvo en un muchacho veinteañero al que le entregó una enorme responsabilidad sin recelar ni desconfiar un minuto. Mucho menos, pedirme cuentas. Nos distribuimos la pega y cada uno hizo lo suyo.
De Alfonso, su inconmensurable capacidad de haber leído absolutamente todo lo publicado, recordarlo, ser capaz de hacerle un prólogo, sugerir una ilustración de portada y saber exactamente cuantas páginas impresas significaba la obra. Con él hicimos, una tarde, el listado completo de lo que sería la colección, antes de presentarlo a Joaquín Gutiérrez. Además, su picardía: “incluye en la lista Cocorí”, obra de Joaquín, me aconsejó. Sabía que los derechos no estaban disponibles, pero me labró una entrañable amistad con mi jefe.
De Joaquín, el oficio de editor. La preocupación por cada detalle de cada libro, tipo de letra, papel, colores de la portada, distribución, publicidad. Fue mi universidad editorial. Además, recibí y agradezco, su cariño más que paternal, como de abuelo. Tuve el privilegio que me llamara a su oficina para leerme párrafos de sus nuevas obras, recién creados y escuchar mis comentarios. Un maestro.

- Usted recuerda en una columna que los libros de Cuncuna, y la revista Cabrochico, “eran alterados por nuestro Departamento de Evaluación e Investigaciones” (vistiendo a Mizomba o haciendo cantar a Caperucita la canción “Venceremos”) ¿Cómo era su relación con este departamento y cómo reaccionaba en esos tiempos a esas medidas que se tomaban?

-              De amor y de sombras. Allí trabajaba mi polola. Pero las sombras surgían cuando alteraban contenidos de obras clásicas para introducir el mensaje ideológico, burdamente. Mi reacción era muy tranquila, reforzaba mi convicción de que Cuncuna sólo publicaría cuentos tal cual fueron creados por su autor, o sencillamente no los publicaría, pero jamás los alteraría. La segunda reacción era discutir el tema en Comités de Producción o círculos de trabajadores de la empresa. Siempre tuve la satisfacción de que los compañeros obreros compartían mi visión. Lo que en esa época no era menor.

- ¿Podrían la mayoría de los libros que publicó Cuncuna ser reeditados hoy o responden, más bien, a un contexto histórico determinado?

-              Creo, con orgullo, que todos podrían ser reeditados, tal como lo han sido algunos (La doña Piñones, en Ekaré), se trata de clásicos que viven en la memoria de los niños de entonces que hoy, cincuentones o cuarentones, recuerdan con cariño.

- ¿Sería posible hoy un proyecto como lo fue Quimantú? / ¿Cree que sería beneficiosa hoy una editorial estatal?
 -             En términos absolutos, ya no existen empresas editoriales de esa envergadura, es decir que contengan en su seno  talleres de impresión con tres o cuatro tecnologías diferentes, empresas de distribución (Quimantú tenía tres), agencias de publicidad, bodegas, equipos de dibujantes letristas y coloristas para historietas, equipos de creación de contenidos, revistas periodísticas, centro de documentación… 
                El concepto de Quimantú, para recrearse, requiere de un proceso político como el que la creó. Más que una editorial, fue un gigante no egoísta que difundió literatura, de la buena, entre quienes entonces no tenían acceso a la cultura.

                Ese propósito es el que puede y debe recuperarse.