11 marzo 2013

UNA HISTORIA COMÚN DE HACE VEINTE AÑOS


1993. Es enero y recién comienza el tercer año de vida del proyecto de crear en la estación de trenes abandonada, un centro cultural. También el tercer año del primer gobierno democrático post dictadura que decidió simbolizar esa transición con un espacio para la cultura. Ni puentes ni edificios faraónicos. Un centro cultural multiuso que viniera a recuperar para los chilenos la estación construida para el Centenario de la Independencia con francesa arquitectura y vocación de servir de puerta de entrada a un Chile en que los barcos eran la principal manera de llegar. Una estación que uniera entonces el principal puerto, Valparaíso, con la capital pueblerina y mediterránea.

La tarea era urgente, quedaba sólo un año para terminar el gobierno transitorio y su símbolo debía finalizar su restauración en marzo de 1994, fecha de traspaso del mando a otro gobierno democrático pero que debería buscar su propia impronta. Mapocho sería el legado del primer gobierno democrático y a la vez el primer centro cultural con una definición amplia de cultura y una manera muy especial de gestionarla, con la misión de conservar el patrimonial edificio y la tarea de auto financiar el empeño.

Todos los plazos eran estrechos y enero un mes de poca actividad cultural que permitiría avanzar fuertemente en las obras de remodelación que habían sido castigadas por las necesidades de acoger a la feria del libro, en noviembre, y otras actividades culturales indispensables para confrontar la marcha blanca de su destino futuro, que distraían valiosas jornadas a la restauración.

Sin embargo, cual ejército libertador, y en condiciones poco más cómodas que las de los heroicos de San Martín se descolgaron desde la cordillera de Los Andes una cincuentena de soldados del teatro, vecinos de La Boca que agrupados en Catalinas Sur, habían reconstruido la llegada de quienes Venían de muy lejos a establecerse rotundamente en las riberas del Río de la Plata, desde una Europa incierta y hablando unas lenguas que aún enriquecen el lunfardo porteño.

¡Cómo íbamos a decirles que no podíamos recibirlos si eran una metáfora de nuestra propia historia! Eran inmigrantes de principios de siglo veinte tal como nuestros abuelos que también descendieron de los barcos en el puerto Pacífico que complementaba al Atlántico Buenos Aires, Valparaíso. Venían a contarnos, con música en vivo, con murgas y carnavales, con títeres y muñecos gigantes, con militares autoritarios y prostitutas de buen ver, una historia que llevábamos en la sangre pero que no queríamos reconocer.

Catalinas Sur,  es una urbanización de 16 hectáreas donde viven cerca de 8.000 personas del popular barrio de La Boca en Buenos Aires. Desde allí llegaron más de 50 vecinos que conforman un singular grupo de Teatro que vino hasta la Estación Mapocho, en remodelación, para presentar Venimos de muy lejos, una espectacular y colorida obra sobre la inmigración de comienzos de siglo.

La presentación resultó asombrosa e inédita  para el público santiaguino. Un gozo inesperado para los cerca de tres mil espectadores que, entre el sábado 9 y domingo 10 de enero, se apretujaron en el espacioso recinto para disfrutar con el guión, los colores y el ritmo de los emocionantes habitantes que vinieron desde la Boca.

De seguro, más de alguna obra de restauración se retrasó un par de días, hasta quizás debimos asumir costos por el no trabajo de la empresa constructora, tal vez debimos trasnochar más de lo programado para llegar al 5 de marzo de 1994 con la Estación preparada para ser inauguradas por el Presidente democrático que fuera elegido un año después que el NO lo anunciara; pero de verdad no importó, a la inversa, quizás esta visita que cruzo Los Andes en condiciones aceptables solo en pleno verano, alojó en la solidaridad del Canelo de Nos y se movió por Santiago en buses municipales nos dejó varias lecciones que aprendimos para la inauguración del Centro Cultural que contempló un grupo de teatro masivo y sobre todo, nos dejó ese saborcillo dulce de la solidaridad, que se basaba, esas noche de enero, en una historia común que venía en barcos que de una y otra manera desembarcaban su pasaje en la Estación Mapocho, sea que vinieran en trenes como lo españoles del Winnipeg que apadrinó Neruda o en esos improbables transportes que salieron a inicios de 1993 de La Boca para dejarnos con nuestra propia boca abierta, de impresión y de cariño.

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