09 agosto 2009

ALFONSO CALDERÓN, MAESTRO TODO TERRENO


















Existen maestros puertas adentro y puertas afuera. Los primeros, se limitan a derivarnos su saber entre las paredes de las salas de clases. Los segundos, enseñan además en los encuentros casuales, en la calle, en un café y en la vida. Alfonso Calderón fue de los segundos.

No recuerdo exactamente cuando comenzó a enseñarme o cuando se convirtió en maestro querido y respetado. Sólo sé que ese proceso me acompañó hasta ayer, cuando en una edición de domingo, los diarios de los que tanto nos hizo aprender, anunciaron su partida.

Tal vez las primeras enseñanzas fueron sus clases de redacción en la Escuela de Periodismo de la UC, en calle San Isidro, en los años sesenta, desde las que nos catapultaba a la Biblioteca Nacional, ubicada a sólo una cuadras, a investigar lo acontecido en algún momento histórico determinado, visto desde los archivos de prensa, sus avisos, sus titulares, las obras de teatro y películas en cartelera y hasta los remates. Entonces nos enseñaba a valorar al diario como testimonio y base de futuros reportajes y, porqué no, materia prima de la historia que estaba por escribirse.

Cercanamente, en el tiempo y la geografía urbana, ya en los setenta, seguí aprendiendo de él en las oficinas y pasillos de la editorial Quimantú, donde oficiaba de asesor literario y nos acribillaba con centenares de propuestas de títulos de libros para ser publicados en las diferentes colecciones. Todos ellos, debidamente leídos y prestos para ser prologados por el propio Alfonso con la extensión y plazo que determináramos. No escatimaba sus lecciones ni siquiera los días feriados en que emprendíamos jornadas de trabajos voluntarios. Amanecía de los primeros en la editorial con una pequeña radio portátil pegada a la oreja en la que escuchaba su programa de tangos favorito en radio Magallanes. Más tarde, acallado ya Gardel, nos hacía descubrir a un grupo de amantes del trabajo intelectual más que del físico cuales eran exactamente las diferencias de edad de cada uno y la cantidad de décadas que nos separaban, modo inequívoco de recordar las edades de cada uno. En mi caso, como me lo recordaba periódicamente, eran justo dos.

Poco después, golpe militar mediante, y hasta los ochentas, seguí aprendiendo al editar, en revista APSI, sus ajustados comentarios de libros: entregados en la extensión justa, sin faltas de ortografía y de contenido perfecto. El ideal de un editor que podía despachar casi sin leer el encargo. ¿Cuánto espacio tienes? Y llegaba en la fecha señalada con la cantidad de golpes de máquina precisos. Tal vez para aprovechar el tiempo no desperdiciado en el trabajo de cortes y corrección, nos enfrascábamos en una sabrosa conversación en la que revisábamos rigurosamente la situación de aquellos amigos de Quimantú para seguir con la ritual y jocosa pregunta: ¿Y como está tu lista de enemigos? Dando cuenta primero de los suyos, convenientemente actualizada, con alguna nueva anécdota. Porque Alfonso es de lo que pensaba que más vale tener enemigos que pasar por la vida inadvertido.

En los noventa, volvimos a encontrarnos en la UC, cuando nos invitaron a ambos desde la Facultad de Letras a exponer sobre Quimantú y nos esperaban con una sorprendente muestra de libros sobrevivientes de dicha editorial, jornada a la que pertenece la fotografía que ilustra esta nota.

Alfonso fue un amigo entrañable y querido, padre y abuelo de poetas, generoso ante cualquier llamado de sus discípulos, como hace 4 años, ya en el siglo XXI cuando lo llamé para proponerle que escribiera el “Memorial de la Estación Mapocho”, tarea que emprendió sin vacilaciones y con entusiasmo pletórico de anécdotas, con la colaboración armónica de Lila hija y Lila nieta.

La última vez que nos encontramos, merodeando ambos la Biblioteca Nacional, hablamos de la Tere, su hija, y por supuesto hicimos planes. Del último de ellos no alcanzó a enterarse: con Ofelia, la viuda de Mariano Aguirre, otro de los memoriosos de la literatura chilena, conversamos hace pocos días sobre la petición que le haría a Alfonso de escribir sobre Mariano en una recopilación que ella prepara. Ambos dimos por indudable que lo haría.

Será probablemente la primera publicación que nos recuerde el enorme vacío que deja Alfonso en las letras chilenas.

2 comentarios:

  1. MARIA ELENA HURTADO ESCRIBIÓ: Maravilloso lo que escribiste sobre Alfonso. Mis últimos recuerdos de él son entrevistándolo para el libro de Cotapos en la Biblioteca Nacional - por supuesto lo conoció y me contó anécdotas sabrosísimas. Terminamos tomándonos un café en el Haití.
    Estaba tan bien, tan entretenido, tan dinámico, tan lleno de proyectos como siempre por lo que ver en El Mercurio que se había muerto fue un tremendo shock. Desgraciadamente, estaba sin auto (vivo en Chicureo) y me fue imposible ir a la UDP al acto de recuerdo de este interantísimo hombre de letras.

    Le iba a pedir que me escribiera el libro sobre Cotapos pero por esas cosas imprevesibles del destino, se murió antes de poder hacerlo.
    Un abrazo, María Elena Hurtado

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  2. DANIEL CALABRASE ESCRIBIÓ: Gracias por compartir lo que has escrito sobre Alfonso Calderón.
    14 años de amistad, y nada menos que 28 libros publicados, dejan en RIL editores un enorme vacío, colmado de literatura por uno de los grandes de Chile.
    Un abrazo en nombre de todos quienes integramos el equipo editorial.
    Daniel Calabrese / Eleonora Finkelstein

    • Libros de Alfonso Calderón en RIL editores



    Poesía

    Una bujía a pleno sol (1997)

    Testigos de nada (1997)
    Árbol de gestos (1998)
    Toca madera (1998)
    Poemas griegos (1999)
    Santa María de los Ángeles (2000)
    Cuaderno de Chiloé (2001)
    Cuaderno de La Serena (2001)
    Regreso a Santa María de los Ángeles (2001)
    Cuaderno de Punta Arenas (2001)
    La mirada del espejo (2001)


    Ensayos, compilaciones y crónicas
    Alone: el vicio impune (1997)
    Martín Cerda: palabras sobre palabras (1997)
    Ángeles de una sola línea (1998) Ver
    Benjamin Subercaseaux: noticias del ser chileno (1998)
    Diccionario de voces desautorizadas (1999)
    Memorial de Valparaíso (2001) Ver, traducido como A memorial to Valparaíso(2005) Ver
    Memorial de Santiago (2004) Ver
    Memorial de la Estación Mapocho (2005) Ver



    Diarios
    La valija de Rimbaud (1995)
    El vuelo de la mariposa saturnina (1995)
    Cayó una estrella (1996)
    El olivo viejo que lloraba (1999)
    Traje de Arlequín. Diarios 1993-1995 (2002)
    Diario de Bélgica. 1983-1987 (2003)
    Palimpsesto. Retorno a Sicilia (2005) Ver
    El misionero involuntario (2007) Ver

    El mirlo burlón (2009, en prensa)

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