28 julio 2014

CONTRIBUCIONES DE UN POETA DE UTILIDAD PÚBLICA


Foto El Mercurio de Valparaíso

Pablo Neruda se declaró poeta de utilidad pública en el salón de Honor de la Municipalidad de Valparaíso, cuando era declarado su Hijo Ilustre, el 31 de octubre de 1970. Desde entonces, su ejemplo y afán ha sido seguido por otros grandes de nuestra poesía. Por ejemplo, Gonzalo Rojas manifestó que bajo ninguna circunstancia quería que su casa se transformara en un museo; fue él mismo quien planteó la idea de un centro cultural “vivo, abierto al diálogo y al encuentro multidisciplinario”. Un concepto de trascendencia de su obra y residencia, de gran utilidad pública.

Asistimos a una época en la que los museos son cada vez más envasados. Es posible una visita guiada a través de internet o aún en el mismo sitio dónde se emplaza el museo, conducido por una audio guía que se hace cargo de toda nuestra capacidad auditiva y limita la visual a lo que ella determine. De interactividad, poco, a menos que se trate de museos científicos o tecnológicos orientados a niños que se fascinan con principios elementales de la física.

Ampliando la mirada a las industrias culturales, la música, el cine, las ediciones llegan cada vez más vía pantallas y nubes todo contenido. Dentro de muy poco, con una módica suma mensual podremos tener al alcance de nuestra capacidad de wifi la casi totalidad de las creaciones de la humanidad en formato libro, filmes o fonogramas. Quizás por ello, las grandes batallas de los creadores se darán crecientemente en el campo de una improbable defensa de sus derechos de autor, cada vez más vulnerables.

Por ello, lo que va quedando protegible o de beneficio al creador, son sus comparecencias en vivo y directo. Así acontece con la música donde el mercado del cassette, el disco o el CD fue absolutamente reemplazado por el concierto. Sólo allí es posible cobrar por el ingreso y por otro bien escaso: la cercanía con el artista de sus sueños.

Este fenómeno se acerca cada vez más al mundo literario. Ya no se aspira a ferias en las que el protagonista es el libro, sino a verdaderos festivales dónde el rol estelar lo tiene el autor, son la única oportunidad de permanecer cara a cara con el escritor de los sueños más acariciados. Se nos aproxima una mayor valoración del autor carismático versus aquel encerrado en su torre con poco contacto humano.

¿Y dónde pueden acontecer estos encuentros cercanos entre lector y autor, entre cantante y audiencia? Pues precisamente en centros culturales como los que dibujó Gonzalo Rojas. No museos ni ferias donde los objetos inanimados pueden ser admirados o incluso adquiridos pero no compartidos en ese momento mágicos en que se encuentran respirando el mismo aire -e incluso conversando- el creador de una obra de arte y el público que la disfruta.

Centros vivos, que hoy reciben a artistas plásticos, mañana a audivisualistas y pasado a una mezcla de ambos con literatos y músicos. Todo bajo la presencia activa y dialogante de las audiencias. Ello inspiró -premonitoriamente- a las autoridades que a los albores de la democracia de 1990, que soñaron con el Centro Cultural Estación Mapocho. Lo mismo inspiró, diez años después, a la Comisión Presidencial de Ricardo Lagos, institucionalizada luego en el Consejo Nacional de la Cultura, que comenzó a esparcir incesantemente, hasta la fecha, centros culturales por el territorio nacional.

Allí está el futuro de la cultura y quizás de muchas otras actividades que asisten implacables a la realidad de que es posible desarrollarse a distancia, desde cada casa de los involucrados, sin la riqueza y creatividad del intercambio presencial.

Las ciudades crecen en interconectividad y en dificultades para movilizarse, por tanto la tendencia a no moverse del entorno inmediato debiera reforzar la existencia de centros culturales en cada comuna y en cada barrio, por que allí y sólo allí se dará el intercambio que anunció un poeta de utilidad pública.

Por que no sólo de poesía vive el ser humano, también de las certeras inspiraciones de los poetas, que deben contar con la complicidad de autoridades como Sergio Zarzar Andonie, Alcalde de Chillán y Presidente de la Corporación Cultural Casa Gonzalo Rojas, quién reiteró la intención de respetar la voluntad del poeta.

Así sea.

22 julio 2014

VALPARAÍSO Y SUS CIEN EMBAJADORES


Fotos www.nuestro.cl
Discurso con motivo de la Investidura de cien Embajadores de Valparaíso en Chile, en el Teatro Municipal, el 2 de julio de 2005. La ceremonia culminó con un animado pié de cueca de Cecilia García Huidobro y el entonces Juez Sergio Muñoz, hoy Presidente de la Corte Suprema.





Señor Alcalde de la ciudad, Aldo Cornejo

Señoras y señores Concejales,

Autoridades civiles, militares y eclesiásticas,

Colegas Embajadores y Embajadoras,

Ciudadanas y ciudadanos de Valparaíso, Patrimonio Cultural de la Humanidad:



Hace ya unos años, en 1998, probablemente cuando el Intendente de la región que luce el nombre de esta notable ciudad, me espetó sin mayor preámbulo que los porteños requerían urgentemente reafirmar su auto estima, sentí algo así como un llamado telúrico, que coincidió cabalmente con un sentimiento que alojaba antaño en mí, que había sido impulsado y cultivado, en estricto orden cronológico: por mis abuelos –uno ingeniero municipal que dejó sus huellas en el camino de Cintura, otro habitante permanente de uno de los mausoleos más distinguidos del cementerio número 2- ; por mi nana que dejaba sus cansados pies entre la parroquia y su honorable casa erigida alrededor de un sólido níspero y un bullicioso y generoso gallinero del cerro Los Placeres; por mis maestros de humanidades y universidad, dos de los cuales tengo el privilegio de acompañar en esta improbable condición diplomática que celebramos hoy, y por mis propios efluvios que aún hoy emergen incontenibles al divisar el originario hospital Alemán o la ventana de guillotina sobre la plaza Aníbal Pinto desde la que presencié sistemáticamente los desfiles de cada 21 de mayo infantil, minutos antes de embarcarme en la mejor lancha para iniciar la más maravillosa vuelta por la bahía que solía culminar ascendiendo trémulo en plañideros ascensores que conducían sólo hacia una posterior bajada devorando un pan batido que acogía las más deliciosas tajadas de jamón con poca miga y ausente de mantequilla.




Fue entonces, y gracias al Intendente Gabriel Aldoney, que asumí de hecho la condición que este 2 de julio de 2005 nos inviste oficialmente el Alcalde Cornejo.




Descubrir que ese sentimiento ya lo había descrito magistralmente Joaquín Edwards Bello aspirando al modesto título de Cónsul, fue tan posterior como significativo. Encontrarme en este mismo puerto con las palabras de Neruda en Estocolmo que estampillan que todo poeta tiene dos deberes en la vida: partir ... y regresar, fue el envión final: iniciaría el camino predestinado a todo cautivado por Valparaíso: ser –quiéralo o no- su emisario.




Heme aquí entonces intentando la inalcanzable misión de explicar qué se requiere para ser un buen porteño.




Un antiguo Senador de la República señalaba que para ello era necesario:




1. no haber nacido en Valparaíso;

2. haber vivido en Valparaíso, y

3. no estar viviendo en Valparaíso.




Probablemente hacía alusión a la imperiosa necesidad, aún vigente, de enseñar, de impulsar a quienes hoy viven en Valparaíso a mirarlo, a degustarlo. ¿Cuánto porteños conocen el muelle Barón? ¿Cuántos han padecido a lo menos cinco ascensores? ¿Cuántos pueden ser guías de caminantes por sus cerros? Porque para querer a Valparaíso no es necesario ser poeta, ni pintor, ni arquitecto, ni fotógrafo. Prueba de ello son los presentes, atraídos simplemente por un acto de amor. Un amor que surge de los entresijos de un bibliotecario, un estratega, un locutor, un maestro, un ingeniero, un periodista, un guachaca, un juez o un futbolista.




Me congratulo que este acto de amor se consagre en un gran momento de Valparaíso, en el que todo se está dando como en la tejedura de un gran manto de progreso. En el momento en que se busca y comienza a encontrarse una nueva identidad. En el tiempo de la transfiguración de la ciudad en un centro vital de servicios: servicios portuarios; servicios de educación superior; servicios de innovación tecnológica, servicios para el turista: hoteles, restaurantes, diversión; servicios culturales...

Pocas veces, la historia de nuestro Valparaíso ha presenciado tantas obras en marcha:




· El acceso sur al puerto y su complementación en el paseo Altamirano;

· La construcción del Metro regional, que hace pocas horas despidió al último tren tradicional;

· El aprovechamiento del borde costero con el renovado muelle Barón y el impactante terminal de cruceros;

· El centro comercial, hotelero y de negocios de la Estación Puerto;

· El paseo del mar;

· El despegue de las construcciones habitacionales y comerciales;

· La ciudad se ve limpia, menos perros muertos permaneciendo algunos gatos tuertos;

· La reparación y pintura de fachadas;

· La rehabilitación de ascensores;

· Los nuevos edificios educacionales como el DUOC, INACAP o la UCV;

· Los cerros se pueblan de apetitosos restaurantes y sugerentes hoteles de gran diseño;

· El asentamiento de la ciudad como el centro cultural de Chile...




De este nuevo y del viejo Valparaíso somos dignatarios. Asumimos con entusiasmo las responsabilidades que a ello corresponden.




Nos comprometemos a un cariño pro activo por la ciudad y ello significa visitarla regularmente varias veces en al año (tres nos dice la norma, que esperamos superar con creces);




Nos comprometemos a anotarnos en el registro correspondiente cada vez que ello ocurra.




Nos comprometemos a brindar ostensiblemente por Valparaíso cada vez que sea dable, en diligencias públicas o privadas, de preferencia con los mostos del valle de Casablanca y en caso de emergencia con agua Porvenir del mismo cañón.

Nos comprometemos a establecer conversación sobre Valparaíso y sus virtudes en toda situación de diálogo con ciudadanos de los más diversos orígenes.




Nos comprometemos a visitar a lo menos los titulares de El Mercurio de Valparaíso, periódica y virtualmente enviados a nuestros correos electrónicos.




Nos comprometemos a hacer llegar banderas, banderines u otros emblemas del Santiago Wanderers a las instituciones gastronómicas, deportivas, culturales o de otra índole que exhiban públicamente enseñas de otras instituciones sin duda de menor trascendencia histórica y futbolística.




Nos comprometemos a complementar esta inicial lista con acciones que irán surgiendo naturalmente del desempeño de nuestro honroso quehacer, consagrado en este instante.




Será responsabilidad nuestra el que nadie a nuestro alcance –cabal o virtual- pueda ignorar lo que es Valparaíso y lo que significa.




Finalmente y como primeros encargos, propongo que despleguemos nuestras velas y pongamos nuestras lanzas en ristre para lograr el justo subsidio de rehabilitación patrimonial para los habitantes de Valparaíso; para terminar con la insensatez de que nuestra ciudad carezca de un teatro municipal propio, edificación de la que dispone hasta la más modesta de las ciudades chilenas; para conseguir que el Estado ante el cuál representamos a Valparaíso considere definitivamente el carácter excepcional de nuestra ciudad y lo refleje en sus políticas.




Sepa usted, señor Alcalde, que no seríamos dignos del alto honor que hoy nos infiere si no fuésemos capaces de poner todas nuestras energías para que los porteños puedan contar con recursos para rehabilitar sus hogares; para que esta sala que hoy nos cobija sea más temprano que tarde un teatro que sea municipal y que sea de Valparaíso; para que Chile reconozca que tiene en esta ciudad una riqueza que es símbolo mundial.




Muchas gracias por esta misión que hoy la ciudad nos encomienda al momento de tañer de las campanas y que aceptamos gustosos porque Valparaíso merece lo mejor de nuestros esfuerzos.

15 julio 2014

CUANDO NADINE GORDIMER ESTUVO ENTRE NOSOTROS


    
No sólo es la única Premio Nobel que ha pisado nuestra Feria del Libro en sus treinta y tres años de vida. Nadine Gordimer aceptó gustosa venir a Chile y al Centro Cultural Estación Mapocho en noviembre de 1998, junto a escritoras y escritores de Australia y Sudáfrica, para participar en un coloquio que dejó huella y una publicación, que ella misma sugirió: "Hay tantas conferencias -le dijo al Embajador Jorge Heine cuando la invitaba- y de tan pocas queda un legado permanente. Tratemos de hacer algo distinto esta vez. Y que no sea algo que se publique después, sino que antes del encuentro, a objeto que el público tenga algo en la mano mientras asiste a las deliberaciones". 

La idea original de Escribiendo el sur profundo surgió durante una visita de Ariel Dorfman a Sudáfrica en junio de 1997, donde lo comentó con Heine. En Chile, Nadine Gordimer participó -en medio de la Feria del Libro- en un encuentro de dos días en el Centro Cultural Estación Mapocho, donde, además, firmó el libro de oro de la corporación y departió con invitados, como doña Hortensia Bussi de Allende, Isabel Margarita Morel o el Alcalde Jaime Ravinet, y luego se trasladó a sendos diálogos organizados en las universidades Católica de Valparaíso y Austral de Valdivia.

El tema convocante de todos ellos fue el surgimiento de un nuevo sur, muy distinto del antiguo, mendicante, viejo sur/tercer mundo, que constituyó un proceso fascinante de los años noventa. Una parte significativa de este nuevo ámbito es el sur profundo, integrado por los países ubicados bajo el trópico de Capricornio. Y dentro de esta configuración, Chile, Australia y Sudáfrica comparten no sólo una determinada ubicación geográfica, sino que también características históricas y socioeconómicas, incluyendo un pasado colonial y un presente con economías abiertas, agro-exportadoras y mineras. Hasta entonces había existido muy poca conciencia de estos elementos comunes, tanto debido a la fijación tradicional con el norte, como por las diferencias de lengua.

Los países del sur profundo también comparten una sensibilidad artística como quedó en evidencia en el coloquio que reunió a más de una decena de escritores: Peter Carey, Helen Garner y Roberta Sykes de Australia; André Brink, Nadine Gordimer, Zakes Mda y Mongane Wally Serote de Sudáfrica, y Dorfman, Antonio Skármeta, Ana María del Río, Andrea Maturana, Jaime Collyer y Arturo Fontaine, de Chile.
Una antología, editada en cinco mil ejemplares de distribución gratuita, permitió al público chileno conocer cuentos y fragmentos de novelas de todos los invitados, los extranjeros casi todos por vez primera traducidos al castellano. De Gordimer, se publicó el cuento Lo último en safaris, de la colección Jump and Other Stories, 1991, con traducción de Javier Escobar.
Cathy Maree, académica de la Universidad de Sudáfrica y prologadora del libro, señala que el relato de Gordimer fue escrito durante el período de transición del régimen de apartheid a la democracia no racial de Sudáfrica y en el mismo año en que ganó el Premio Nobel de Literatura. En Lo último en safaris, los aspectos positivos y prometedores de ese momento histórico contrastan con los recuerdos de los tiempos que fueron. Localizado en el Parque Kruger - la famosa reserva de animales sudafricana - y en un campamento de refugiados situado cerca de la frontera del Parque, la historia es contada por una joven de once años cuya voz narrativa descubre a la mujer adulta del futuro. El título es irónico: lejos de ser una excursión turística, el viaje de la joven es uno de escape de Mozambique, su país natal que está destruido por una incesante guerra civil. También fue el ‘último’ viaje para la mitad de su familia y casi lo fue para ella también. Otra ironía implícita en el viaje de escape radica en que el gobierno sudafricano había perpetuado la guerra en Mozambique, lo que resultó en la llegada en Sudáfrica de miles de refugiados desesperados. Los temas del exilio y del retorno, de la pérdida y de la recuperación y las transformaciones infelices que producen en sus víctimas aparecen inscritos en las modalidades narrativas del cuento, en sus cambiantes voces, espacios y tiempos. De allí, el siguiente fragmento:

¿Tiene esperanzas de regresar a Mozambique, a su propio país?

No regresaré.

Pero cuando termine la guerra y no le permitan quedarse aquí, ¿no quiere volver a casa?

No creí que la abuela quisiera seguir hablando. No creí que fuera a responderle a la blanca, que volvió entonces la cabeza hacia un lado y se sonrió con nosotros.

La abuela apartó de ella la mirada y habló: No hay nada. No hay casa.

¿Por qué dice eso la abuela? ¿Por qué? Yo sí voy a volver. Voy a volver, atravesando el Parque Kruger. Después de la guerra, si ya no hay más bandidos, tal vez nuestra madre nos esté esperando. Y tal vez el abuelo, cuando lo abandonamos, sólo se quedó atrás de algún modo encontró el camino, lentamente, a través del Parque Kruger, y esté allí. Estarán en casa y yo los recordaré aún. 



La feliz coincidencia de Escribiendo el sur profundo con la Feria del Libro permitió que la principal fiesta literaria acogiera los escritores sureños y los lectores chilenos no sólo pudieran participar de los diálogos, sino llevarse un ejemplar antológico con sus creaciones, que hoy es una rareza bibliográfica.

Memoria de cuando Nadine Gordimer estuvo entre nosotros.


11 julio 2014

CASAS Y COSAS DE COOPERATIVA

APSI, 10 de abril de 1984
- Comunistas tales por cuales, ¿por qué atacan tanto a mi general..?
- No se altere, señora, le va a hacer mal, escuche la Agricultura mejor.
- Es que también quiero saber lo que pasa...

Este diálogo telefónico con una airada auditora del Diario de Cooperativa, una madrugada de 1978, refleja bien el rol que jugó ese programa y esa radio en los albores de la dictadura. Un reciente cambio de casa es motivo suficiente para recordar aquello y otros aspectos de un trabajo señero de un puñado de periodistas, locutores, controladores y ejecutivos.

La tarea comenzaba con un solitario taxi que se desplazaba de un extremo a otro de la ciudad de Santiago, a contar de las cuatro de la mañana, recogiendo al control (el entrañable "hombre de las perillas") a los dos locutores y al conductor del programa para llevarlos hasta los estudios de un séptimo piso en calle Bandera bastante antes de las seis y media, hora de comienzo de las transmisiones, lapso en que debían abrir la radio, encender los equipos e iniciar los treinta minutos de música ecléctica que antecedía a los acordes del Diario.

En ese lapso, los locutores revisaban sus libretos redactados en sonoras máquinas de escribir Underwood sobre papel amarillo, tamaño oficio, que solía presentar resistencia a los gastados calcos que se insertaban en número de cuatro para generar las cinco copias de cada hoja: una para el conductor -el impecable original- dos para locutores, la cuarta para el control y la improbable quinta para un menos probable archivo. El conductor revisaba los diarios y marcaba con lápiz azul las informaciones a destacar durante la "revisión de prensa" que salía al aire poco antes de las ocho de la mañana, después de las notas libreteadas y antes de la conversación en vivo con los comentaristas de cine, Mariano Silva, lunes y viernes, o libros, José Luis Rosasco, los martes.

Todo ello ocurría bajo la suprema orientación de Delia Vergara, quien armaba este programa la tarde anterior en base a las informaciones que traían sus reporteras y reporteros de las áreas sensibles: nacional, Manola Robles; relaciones exteriores, Carmen Castro; trabajo, Marianela Ventura; economía, Patricia Politzer, más Patricio Vargas, Armando Castro y Guillermo Muñoz, gobierno (política no existía) ...

Lo de Delia no tomaba más de diez minutos al aire, pero apuntaba a lo esencial del día informativo. El resto de la hora y media incorporaba deportes, internacionales, comentarios -Alejandro Magnet, Raúl Hasbún- policiales, poco, y cultura de la mano de las conversaciones del conductor con los señalados comentaristas más algunas entrevistas a gente de teatro, los jueves.

Más entusiasmo que remuneraciones importantes motivaban a todo el equipo. Los salarios eran leves, normalmente acompañados de promesas -"ya va a llegar la plata"- y una dosis de humor. Llegará el día de san Blando, se rumoreaba. ¿En la mañana o en la tarde? preguntó una acuciosa reportera. Lo cierto es que de reajustes nada y parte de los sueldos comenzó a pagarse en canjes. Tostadoras, radios a pila, jugueras y otros electro domésticos comenzaron a poblar primero las casas de los trabajadores de la radio y luego de sus relaciones más cercanas, víctimas de originales regalos de Navidad.

Decidí matar dos pájaros de un tiro y regalar una radio de velador a mi querida Nana, quién se jactaba de escuchar cotidianamente el Diario. Le advertí que existían encuestas en que preguntaban sobre qué emisora escuchaba para que estuviera atenta y colaborara así a morigerar la baja sintonía que nos entregaban esas mediciones. Me llamó un día muy exitada: vinieron de la encuesta, me dijo. Qué bien y qué radio dijo que escuchaba. "La Portales". ¿Por qué? Es que pensé que me iban a hacer un regalo...

Efectivamente, algunas radios imitaban las visitas de los encuestadores y habían generosos presentes a quienes respondían que escuchaban sus emisiones. De este modo, tampoco era posible demostrar, en especial a los publicistas, que Cooperativa tenía una buena audiencia. Otros estudios demostraron que el temor jugaba también su papel en que la gente no se atreviera a confesar que escuchaba Cooperativa.

Sin el estímulo de los avisos era más difícil aún pensar en mejorar remuneraciones ni la situación general de la empresa que perdía filiales en la misma medida en que se cumplían plazos de concesiones que el gobierno no renovaba. Así, la antes cadena de cobertura nacional se redujo a Santiago y Valparaíso.

Y los amplios estudios, archivos de miles de vinilos y cintas magnéticas más un considerable auditorio de calle Bandera se redujeron a una casa en Providencia: Antonio Bellet 223.

Los intrincados pasajes del centro, los cercanos cafés tan apropiados para la cita con el entrevistado, los abogados abiertos a entregar el dato judicial preciso para develar los misterios que el gobierno quería ocultar fueron reemplazados por sustanciosos desayunos en las cocinerias del mercado de Providencia.

Muchas pailas de huevos fritos acompañaron largas disquisiciones literarias con Rosasco que se trasladaban desde los micrófonos hasta los manteles de hule, sin transición. Más de una vez debimos confesarnos que tan madrugadores desayunos nos sorprendían con precarias ropas sobre el pijama.

No obstante, esa casa fue testigo de los mejores momentos -de los buenos y los otros- del Diario. Allí se verificaba con el I Ching si la directora Delia Vergara debía o no asistir a la citación del Ministro del Interior, Sergio Fernández, motivada por algunas de las frases emitidas en programas recientes como por ejemplo aquella de un comentario de Politzer tan simple como "los muertos se entierran en el cementerio", a poco de que se descubrieran restos de detenidos desaparecidos en insólitos lugares.

Allí se consolido la carrera de un joven profesor de voz característica que amenazaba con destacar más allá de las aulas: Sergio Campos y se hicieron conocidos los tambores con que se acompañaba la frase de alerta durante la dictadura: "el diario de Cooperativa esta llamando".

Allí comenzaron los primeros éxitos económicos, con la certera conducción comercial de Gabriela Riutort y se rompió el cerco tendido por las agencias publicitarias a un medio opositor.

Al inicio de los ochenta, Guillermo Muñoz reemplazó a Delia Vergara y la radio se preparó, morigerando su tono, para enfrentar el largo desierto de la década que aún faltaba para superar la dictadura. Lo logró y sus índices de sintonía, publicidad, recordación, prestigio, así lo reconocen.

Ya no es sólo el Diario, están el Primer café y la Mañana de Cecilia Rovaretti; Lo que queda del día de Paula Molina y un sólido (como diría Pedro Carcuro) equipo de deportes.

Signo de los tiempos, quizás, Cooperativa se trasladó al barrio Yungay, un sector de museos y parques. Es vecina del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos con quién tiene en común no sólo sus archivos.

Es que radio Cooperativa forma parte de nuestro patrimonio nacional.

07 julio 2014

POLÍTICAS CULTURALES, TIEMPO DE REFLEXIÓN


Foto Daniel Alvarez

Hay tiempos de búsqueda y otros de encuentro. Pareciera que las políticas culturales en Chile han ingresado a una etapa de las primeras. Afortunadamente. Una activa Ministra, con equipo renovado, se pregunta cómo poner el sector a tono con tiempos de igualdad, participación y reforma educativa; una entusiasta comisión de diputados se encuentra con agenda leve ante la postergación con tiempos inciertos de una nueva ley de institucionalidad, debido a la irrupción de los pueblos originarios en el horizonte legislativo; la inminencia de la TV digital renueva esperanzas de presencia cultural en su programación; gestores preguntan colectivamente sobre la "empleabilidad" del sector; diversos ámbitos de las industrias creativas -la música, el libro y el audiovisual- están dando luchas sectoriales por banderas que ignoran el componente integrador que inspiró la creación del CNCA. Por decir lo menos, hay dispersión si no desconcierto. 

Terreno más que favorable para detenerse, reagruparse y pensar lo que viene. Como ocurrió en los noventa, con buenos resultados.

La diferencia con tiempos de búsqueda anteriores -los cabildos, el encuentro legislativo de 1996, la Comisión Garretón en 1990, la Ivelic en 1997- es que la institucionalidad vigente contempla estos momentos y considera en su interior -los diferentes Consejos y la Convención Nacional- a destacados pensadores y variados ejecutores de las políticas culturales, hoy en ebullición.

Un notable ejemplo lo dio el Director Nacional Carlos Aldunate en sendos escritos -una columna en El Mercurio y una entrevista en Qué Pasa- respecto de la responsabilidad del Estado chileno en el conflicto mapuche; un tema cultural de la mayor relevancia abordado con altura y profundidad por uno de los nuestros. Otro caso reciente es el aporte de Agustín Squella -ex Director Nacional e inspirador de la actual institucionalidad- en una columna de opinión respecto del daño, finalmente cultural, que está generando la obesidad en nuestra sociedad. Algunos meses atrás, el Director Nacional Lautaro Nuñez difundió una sustanciosa carta respecto de los severos daños patrimoniales de la competición motorizada conocida como Dakar, en el desierto de Atacama.
Lo primero que sugiere esta capacidad de aportar al país es fortalecer las instancias de participación del CNCA, partiendo por su Directorio Nacional, en tres sentidos: primero completar la totalidad de sus integrantes -Juan Gabriel Valdés fue designado Embajador en Estados Unidos, renunciaron Pablo Dittborn y el representante de las universidades privadas- con personalidades de la envergadura de los mencionados y en la capacidad de proyección nacional de su pensamiento, con el apoyo del servicio público Consejo Nacional de la Cultura.
El tercer aspecto es que el Directorio Nacional retome su capacidad de encabezar, formular y coordinar las políticas nacionales y también las sectoriales. Este rol se extraña cuando vemos en el debate público que la SCD y sociedades similares de derechos de los autores comparecen huérfanas en una larga travesía parlamentaria que oscila entre un logro impactante -el 20% de música nacional en las radios- y la formulación de políticas interesantes que surgen de senadores -Alejandro Guillier, Jaime Quintana- sin presencia activa de quienes son también responsables, por ley, de formularlas. 
Parece contradictorio que la autoridad estimula, en el cine, iniciativas de co regulación, a diferencia de cuotas de pantalla, o porcentaje de producción nacional, que se piden en la música. Mientras el público -un 85% según datos recientes- opta por un cine de entretención producido mayoritariamente en Estados Unidos, consolidando la brecha que lo separa del cine nacional.
En el sector del libro tampoco reina la calma, subsisten duplicidades entre DIBAM y el CNCA; en la industria han existido conflictos al interior de la Cámara del Libro y entre ésta y editores independientes, mientras el mundo presencia niveles preocupantes de concentración de la propiedad en la industria editorial, incluyendo a los agentes literarios, lo que podría detonar propuestas de cuotas, regulación o mayores estímulos a la producción nacional.
Cómo hacerlo, ojalá de manera coherente con otros sectores, es algo que debe reflexionarse con calma y sabiduría, como aconteció en los noventa.
Una de las lecciones de esa década tan provechosa estuvo en lo colectivo del debate, lo generoso de las propuestas, la distancia de intereses corporativos y la activa presencia de un grupo transversal de diputados.
Todos esos factores contribuyeron a alcanzar esa fase de encuentro nacional alrededor de políticas tan elocuentes como fue la creación del CNCA, período que parece estar buscando una natural revisión.
No nos equivoquemos, la autoridad cultural unipersonal tiene demasiadas obligaciones programáticas y del día a día como para además encabezar un proceso de esta riqueza. Es entonces el Directorio Nacional, del cual la Ministra forma parte, el llamado a liderarlo.
Mientras otros servicios públicos y la sociedad civil incumbente -universidades, artistas, gestores, centros culturales, corporaciones, fundaciones, patrimonialistas- en todo el país, debemos poner al servicio de este momento reflexivo lo que de pensamiento e infraestructura sea posible, en beneficio, una vez más, de esta noble causa de alcanzar para Chile las políticas culturales que el país requiere.