25 junio 2012

MUSEO DE LA MEMORIA: OJALÁ NO HUBIESE SIDO NECESARIO



Mientras el Museo se construía, bajo la atenta vigilancia de la Presidenta Michelle Bachelet, muchos comenzamos a preparar lo que habríamos de contribuir como parte de sus contenidos. Así como los chilenos contribuyeron con generosas donaciones para crear, en las cercanías del Centenario, lo que vendría a constituir el Museo Histórico Nacional, deberíamos ser quienes padecimos los años de dictadura quienes alimentáramos este indispensable tributo a las víctimas de crímenes que nunca más deberán acontecer en Chile, ni en parte alguna. Ese es el sentido de museos como el del Apartheid en Sudáfrica,del Holocausto, en Israel; de la Tolerancia, en Los Ángeles, y Ciudad de México o el Museo Judío de Berlín.

Así como el Museo Histórico chileno se construyó en parte sobre los dolores de un siglo XIX plagado de guerras, desde la Independencia hasta la Guerra Civil de 1891, pasando por la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, la Guerra de Arauco, y la del Pacífico y los chilenos donaron principalmente atuendos y recuerdos militares, exhibidos en la Exposición Histórica del Centenario (1910), un período en el que la cultura y, con ella, muchas vidas se apagaron por acción de agentes del Estado, merecía que el país invirtiera una mínima parte de lo que se gastó para reprimir a connacionales en iniciar una cruzada que impidiera que aquellos crímenes se repitieran.

Ojalá no hubiese sido necesario. Ojalá no hubiese tenido que concurrir -como editor e importador de libros- en 1986 a la entonces Intendencia de Valparaíso a comprobar con espanto que un Almirante de apellidos Rivera Calderón, había ordenado incinerar 15 mil ejemplares de un libro de Gabriel García Márquez, tan Premio Nobel como nuestros Mistral y Neruda. Ojalá no hubiese destinado parte de mi tiempo a recopilar documentos que probaban fehacientemente la realidad de ese acto que horrorizó a lectores de todo el mundo. Ojalá los diarios de  idiomas ignotos no hubiesen publicado esas imágenes de piras de libros para ilustrar, una vez más, una información fechada en Chile, como aconteció en 1973.

Pero fue así y el mejor destino de aquellos luctuosos papeles es el Museo de la Memoria. Tal como los testimonios de tantos familiares de compatriotas que padecieron acciones deplorables de parte de agentes pagados con sus propios impuestos.

No sólo existe la obligación de un país de reparar en parte el daño causado sino también el derecho de las víctimas a exhibir ante las nuevas generaciones y ante los visitantes de todo el mundo los pacíficos documentos que demuestran que no se responderá incineraciones de libros con nuevas incineraciones, ni torturas con nuevas torturas, ni aniquilamientos con nuevos aniquilamientos. Sólo se demanda el derecho a relatar, sin odio, fundadamente, en un entorno que llame a la reflexión aquello que ojalá no hubiese acontecido. 

Sorprende por tanto que profesionales que han dedicado a la historia su pasión, cuestionen este espacio de acumulación de testimonios y otros insumos básicos para construir o seguir construyendo nuestra historia, tal como lo hacen los archivos nacionales, las bibliotecas y los museos que el país se ha dado en diversas circunstancias y que desde 1929 dependen de la DIBAM, un servicio público creado para tal efecto.

Preocupa que profesionales que tienen o tuvieron responsabilidades en ese servicio no entiendan el sentido profundo de un Museo como el de la Memoria y los Derechos Humanos.

La democracia que afortunadamente vivimos nos enseña que tienen todo el derecho a tomar otras iniciativas que perfeccionen la memoria nacional. Y que respecto de instituciones que existen, reconozcan su aporte o guarden un respetuoso silencio.

Es demasiado grave lo que acoje ese museo como para festinarlo en una polémica más.

No en este caso.


08 junio 2012

PARRA DEBE SER PREMIO, NO SÓLO PREMIADO

Gabriela Mistral llega a la Estación Mapocho, después del Nobel 
Querellarse en contra de quienes le inflingieron el Premio Pablo Neruda es poco castigo de parte de Nicanor Parra, sólo que adolece de poca originalidad. No hay político y ciudadano común que se sienta tocado injustamente a través de la prensa que no profiera la misma -ya inocua- amenaza. Siendo comprensivo con el Jurado ofensor, cabe atenuar su actitud con la existencia de un escenario imposible: hay un poeta mayor que no ha recibido el premio identificado con otro poeta mayor del mismo país que lo otorga, en vísperas de que el impremiado posiblemente reciba el Premio Nobel que otra poeta mayor recibió antes que el Premio Nacional del país -"de poetas"- que tuvo a bien engendrar estos tres colosos. Es decir, el reciente, es un premio más diplomático que literario, más culposo que espontáneo.

Pero, como en toda circunstancia, poética o no, es posible "convertir el revés en victoria".
Lo ocurrido deja en evidencia que a pesar de llevar 70 años dando premios nacionales y completando este 2012 los trescientos galardonados, Chile no se ha dotado de una política de premios, aunque sí de estímulos tributarios. Signo de los tiempos.

El Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda es uno de los galardones más recientes y quizás de los mejor concebidos, dado que es decidido por poetas y la autoridad política sólo actúa como vocero del mismo. Rol que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, su creador, ha pedido insistentemente que se traslade a los premios nacionales en los cuales el Ministro de Educación tiene voto en todas sus disímiles categorías, al igual que el Rector de la Universidad de Chile, estableciéndose de entrada un dúo -de cinco- que bien podría cambiarse por un conjunto de expertos en cada una de sus áreas, que le darían más aire al galardón.

Adicionalmente, el CNCA ha solicitado estar representado en aquellos premios nacionales vinculados a las artes, reforma de toda lógica que debiera considerar una próxima administración, junto al hecho de que la autoridad ministerial que presida el jurado sólo actúe como vocero y dirimidor de eventuales empates.

También sería aconsejable que esta política de premios considere la creación de algunos nuevos galardones, como los de arquitectura o medicina que intentan posesionar las respectivas agrupaciones gremiales, y retorne al premio de literatura a la anualidad original, tan merecida por la generosa producción de poetas y narradores, que debiéramos seguir estimulando.

En esa misma línea, cabe reforzar los galardones a figuras nacionales y extranjeras que contemplan las dos órdenes al mérito del sector educativo y cultural: la tradicional Orden Gabriela Mistral y la más reciente Orden Pablo Neruda, instituida por el Consejo Nacional de la Cultura, a poco de su creación.
Si queremos roncar en grande en el terreno internacional e incursionar en serio (o casi) en la diplomacia cultural deberíamos crear el Premio Internacional Nicanor Parra a la Anti-Poesía, reconociendo a notables seguidores de nuestro vate en esa especialidad original, que se asocia necesariamente a Chile. Para el Jurado, disponemos de literatos nacionales en muchísimas universidades del mundo y para estimular a los postulantes, debiéramos contar con nuestras representaciones diplomáticas y la creciente presencia nacional en ferias de arte y literatura del mundo.

Así como nuestra original figura de Consejo de la Cultura ha permitido descollar en el continente, incluso sosteniendo a nivel local la popularidad de un Ministro que, por la vía de políticas de continuidad y no enfrentamiento de las políticas de sus antecesores, aparece con una popularidad tal que lo catapulta como candidato en posibles lides parlamentarias.

Especulaciones. Tal como aquella que sostiene que Parra ganaría el Nobel. A pesar de algunos sacristanes que piensan que el máximo galardón de la literatura universal se obtiene sumando tardíamente presidentes, rectores y seminarios.

Lo que allí se valora prioritariamente es la calidad creativa. Más que las horas/discurso.
Como aquello no depende de nosotros, avancemos en lo que podemos: la creación del premio de Anti Poesía.

Antes de se que sepa lo del Nobel. 
Para no llegar atrasados, una vez más.
Para que no aparezca como revancha del picado, premio de consuelo o dieciocho chico.
De esa manera, sí o sí, Nicanor será premio.
Y muy merecido.

05 junio 2012

DE MUNICIPAL A REGIONAL ¿EL DESTINO DE LOS TEATROS?

Teatro Regional del Maule
Desde aquella tensa reunión en el gobierno regional del Maule, a comienzos del siglo XXI, en que la Directora Nacional de Arquitectura -Ivannia Goles- planteó que la solución al abandono del proyecto soñado por los talquinos por más de 40 años era un simple cambio de palabras: de municipal a regional, se han anunciado muchos teatros y, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes mediante, esta idea inicial se ha convertido en política. Tanto, que el Ministro Cruz Coke aventura que con la continuidad de esa iniciativa de dos gobiernos atrás, se están construyendo "teatros regionales para cien años".
En efecto, esta medida de innegable avance, tiene su origen el 5 de abril de 2000, en el Palacio de La Moneda cuando Ricardo Lagos creó la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural y la mandató con una frase esencial: "no pondremos un peso allí donde no exista un plan de gestión".
Aplicándola, se constató que las iniciativas del municipio talquino, entre otros gobiernos locales, eran insuficientes para sostener en el tiempo los espacios culturales que se construyeran a través de la mencionado comisión. Desde entonces, el Teatro Regional del Maule, conducido por el fagotista y gestor Pedro Sierra, se ha convertido en modelo para el resto de las regiones del país. Ello porque los recursos necesarios para su gestión no descansan sólo en los aportes privados -que los hay- ni en la taquilla -que existen- sino también en compromisos estables del Gobierno Regional, que dispone de un 2% de ingresos públicos que debe destinar a cultura. Y qué mejor destino que una sólida infraestructura sobre la que se sustente el desarrollo artístico que, por ejemplo, la región del Bío Bío anhela pero no tiene, a juzgar por reciente encuesta del Diario de Concepción del domingo 3 de junio, respecto de la cuál editorializa señalando la posible ausencia de la tríada virtuosa de la gestión cultural: infraestructura, gestión y audiencias.
Precisamente esa carencia es la que debiera comenzar a solucionarse con la incorporación de la capital penquista al programa de Teatros Regionales, junto con proyectos antiguos como los teatros patrimoniales de Iquique o Magallanes y los nuevos diseños arquitectónicos de Coquimbo y O'Higgins.
En efecto, prácticamente oculto en la parafernalia de un discutiblemente apetitoso choripan con leche y plátano que ganó una votación virtual, quedó el hecho de que el Teatro José Bohr de Punta Arenas pasó a compartir padres entre el municipio y el gobierno regional, bajo la mirada complaciente del gobierno central que aplica una política de Estado en lo que a infraestructura se refiere.
Pocos días antes se había anunciado en Iquique un proceso similar que espera finalmente recuperar un hermoso teatro municipal, todo fabricado en pino oregón, que diferentes gobiernos locales habían ignorado.
Sacando cuentas, ya tienen su teatro las regiones del Maule y la Araucanía -el de Temuco funciona bastante bien- vendrán pronto Magallanes, Iquique, Bío Bío, Coquimbo y O'Higgins. Siete otra regiones - la mitad de ellas- quedan esperando. Un bocado ineludible para próximos candidatos a presidente y senadores.
Y una enseñanza para nuestra clase política: no siempre los períodos que desean partir de cero y hacerlo todo de nuevo, tienen buenos resultados. A la inversa, de pronto indagando en políticas establecidas por predecesores es posible encontrar caminos win win, en los que todos ganan: el público, las autoridades y la cultura.
Es lo que se ha hecho con la política de infraestructura cultural que, nacida bajo Lagos, profundizada por Bachelet y continuada por Piñera parece haber llegado para quedarse. 
Por ello, es incomprensible lo que acontece con la segunda etapa del GAM, un proyecto nacional.
¿O habrá que recurrir al gobierno regional metropolitano para terminarlo?