25 noviembre 2010

¿ES LA GESTIÓN CULTURAL UNA PROFESIÓN?

Desde el 7 de julio de 2003, cuando intenté responder esta interrogante a través del siguiente texto, ha pasado mucha gestión bajo los puentes. Y junto al río. Muchos colegas y estudiantes han consultado el texto, que más de algo, estiman generosamente, contribuyó a sus quehaceres. Dado que no es posible encontrarlo en su versión original, en el Portal Iberoamericano de Gestión Cultural, se reproduce a continuación tal como fue expuesto en un Seminario académico:

El filósofo Jorge Millas tenía razón cuando afirmaba que los hombres de pensamiento deben pensar como hombres de acción y que los hombres de acción deben comportarse como hombres de pensamiento. Quizás si los administradores culturales constituyan uno de los mejores ejemplos de que esa síntesis propuesta por Millas entre pensamiento y acción es realmente posible. Agustín Squella, Asesor Presidencial de Cultura.
Motivante pregunta la que nos reúne.
La primera reflexión que me surge es que la gestión cultural es un TRABAJO, en vías de ser una profesión.
Me inspiro para ella en  las reflexiones del Profesor y colega Cristián Antoine, con quién he  compartido  buenos momentos de pensar sobre nuestra actividad. "Profesión", dice Antoine,  es   la actividad o trabajo aprendido, mediante el cual el individuo trata de solucionar sus necesidades materiales y los de las personas a su cargo, servir a la sociedad y perfeccionarse como ser moral. La profesión es el fruto de la más genuina expresión humana: "la vocación".

Para él, los deberes específicos del profesional son diez:
1. La lealtad a la profesión elegida.
2. La preparación adecuada. 
3. El ejercicio competente y honesto de la profesión.
4. La entrega al trabajo profesional como corresponde a una verdadera vocación.
5. La realización de las prestaciones resultantes de este trabajo a favor del bien común y al servicio de la sociedad.
6. El constante perfeccionamiento del propio saber profesional.
7. La exigencia justa de obtener no sólo el prestigio profesional, sino también los medios para una vida digna.
8. La lealtad al dictamen verdadero, razonado y reflexivo de su  propia conveniencia, a pesar de las posibles circunstancias contrarias  o contradictorias.
9. El derecho moral de permanecer en la profesión elegida.
10. El esfuerzo constante por servir a los demás, conservando plenamente al mismo tiempo, su libertad personal.
Teniendo en cuenta estos elementos, Antoine afirma que la profesión consiste en la actividad personal  puesta de una manera estable y honrada al servicio de los demás y en beneficio propio, a impulsos de la propia vocación y con la dignidad que corresponde a una persona humana.
 La gestión y administración de la cultura es trabajo, pero ¿es una profesión?

Considero que estamos embarcados en un proceso de convertirla en ello. Somos, como agrupación gremial, un elemento esencial  junto con las universidades, que deben perfeccionar más y más sus planes estudios y formación y las corporaciones y fundaciones, constituyen las fuentes más plenas de trabajo para un gestor.

Estos elementos, en juego y complementación con la labor del Estado que  por una parte genera los marcos reguladores y por otra estimula la creación artística, fuente natural de nuestro trabajo.

La segunda afirmación, es que la gestión cultural es un ejercicio de la libertad y la diversidad.

Demostrándolo por absurdo. Sin libertad no hay necesidad de gestión cultural. Es decir, en un sistema teórico en que todo en cultura es financiado y organizado por un solo ente, por ejemplo el Estado, no se requiere gestión, sólo producción y el financiamiento está asegurado.

En otro sistema teórico en el que la creación no es libre, es decir, se crea sólo “a pedido” tampoco se requiere gestión cultural. Se creará sólo aquello que  está “vendido” a priori.

Por tanto, la gestión cultural es una derivación de la existencia de la libertad de creación y de la diversidad de financiamientos de la actividad artística y cultural.

Es decir, en un sistema en el que el financiamiento es escaso y compartido por diversos sectores,  la gestión cultural es indispensable.

Podemos afirmar entonces que la gestión cultural nace desde el momento en que hay creaciones múltiples y variadas, esperando por ser conectadas con un público también diverso y variado.

Es decir, parte de la afirmación de que por reducida  que sea una creación, siempre habrá una audiencia – pequeña o mayor según el contenido -  dispuesta a recibirla y valorarla como una manifestación artística o cultural. En los tiempos que corren, no estamos en presencia del artista que crea sólo para satisfacción personal o de un solo individuo (mecenas). La creatividad es un bien social y la forma de hacerlo explícito y concreto es a través de la gestión cultural.

Así como tenemos una diversidad de creadores y de audiencias, también debemos tener una diversidad de gestores. Es decir, gestores dispuestos a emprender acciones de la más diversa índole. No debiera ser concebible una creación cultural o artística que no pudiera lograr un administrador cultural que la gestione.

La gestión cultural es entonces, por definición diversa y debe abarcar diferentes aspectos de la vida en sociedad.

Una tercera reflexión en que  el intento de organizar una agrupación de gestores culturales se enfrenta entonces a DESAFÍOS crecientes.

Lo público versus lo privado. Existen gestores culturales tanto en la administración pública central y municipal como en empresas y en corporaciones y fundaciones sin fines de lucro. A todos ellos debemos dar cabida.

Lo universitario versus lo no universitario. Hay administradores que han egresado de los postítulos existentes en Santiago (U. de Chile y otras) y regiones (Concepción) y hay otros, seguramente la mayoría de los que están en ejercicio, que tienen una formación en otras disciplinas y han sacado su bagaje de la experiencia. Cómo integrar esa ecuación de experiencia con formación profesional académica, sin descuidar las naturales exigencias de calidad y ética que requiere toda entidad profesional.

Lo “francófilo” versus lo “estadounidense”. Existe, un sesgo hacia las experiencias culturales desarrolladas en Estados Unidos o en sociedades de capitalismo liberal de larga data. Por otra parte, hay un buen sector de gestores con formación en Francia y con un sesgo hacia experiencias de mayor intervención del Estado en el desarrollo de la cultura. Cómo logramos un equilibrio entre ambas posturas, que sea a la vez compatible con un mundo globalizado y con las características de nuestro país.

La experiencia versus la inexperiencia.  Existen sectores con  muchos años de trabajo en administración cultural, pero en un ambiente diferente al actual, esto es, menos propicio al desarrollo cultural y centrado más bien en los lugares y espacios ubicados en sectores de altos ingresos. Existen otros administradores con experiencia en labores más locales y de difusión cultural. Existen finalmente aquellos con estudios o gran interés en trabajar en el sector, pero sin gran experiencia.

Los docentes versus los “alumnos”. Existe un grupo creciente de profesores de gestión cultural tanto en el ámbito universitario como de institutos tecnológicos y de formación profesional, mientras otros grupos requieren de formación sistemática en el área. Cómo enfrentamos entonces el tema de la capacitación permanente de los gestores.

Centralismo versus regiones. Hay gran desconfianza en gestores de ciudades como Valparaíso o Concepción respecto de las iniciativas de la capital. Debemos asumir el desafío de incorporar a todos los gestores del país, a partir de sus propias problemáticas e inquietudes.

Los conceptos: gestor versus administrador. De hecho, dos universidades  tienen designaciones diferentes para sus postítulos o diplomados. Debemos aclarar los conceptos con que trabajamos. Por ejemplo, se usa mucho la palabra auspicio para referirse a los “patrocinios”, donaciones para un simple intercambio. Debemos hacer un esfuerzo por uniformar lenguaje, conceptos y metodologías.

Las corrientes históricas: las universidades católicas versus las laicas; las corporaciones culturales versus las municipalidades... Hay egresados de diferentes universidades que tienen muchas veces visiones distintas y formaciones diferentes. Hay tradiciones de trabajo en departamentos de municipios y otras, de trabajo en corporaciones dependientes de otros municipios. Debemos integrar a todos y reflexionar en conjunto sobre los planes y programas de formación universitaria.

Las organizaciones sin fines de lucro versus las empresas con fines de lucro. Legítimamente hay quienes sostienen que sólo las organizaciones sin fines de lucro son las propiamente culturales. Hay otros que piensan que la persecución del lucro también cabe en esta área. ¿Qué papel cumplen las galerías de arte? ¿Caben en una organización como ésta, sus propietarios? Es un debate a enfrentar.

Los administradores versus los productores; los comunicadores versus los manipuladores de medios... Muchos piensan que los productores son un estamento diferente y que de hecho, tienen sus propias organizaciones y redes. ¿Caben en nuestra asociación quienes producen eventos, más allá de su carácter cultural o no? 

Pero, el asumir esta diversidad no implica necesariamente una profesionalización.
Y de hecho ha sido así. Se dice que detrás de los grandes creadores hay grandes mujeres. Y ¿qué son sino gestoras las esposas del pintor Roberto Matta, el escultor Sergio Castillo, el novelista Pepe Donoso, el poeta Raúl Zurita y tantos otros? Otra cosa es que tengan la formación necesaria para ese trabajo y la capacidad de hacerlo profesionalmente. Pero igual la función social se cumple.

Desde el momento en que un creador  dice a su esposa (o viceversa) que no quiere atender el teléfono a un editor y que hable ella (o él) se está cumpliendo la primera función del gestor cultural: la intermediación. Poner algo (o alguien) entre el creador y el financista de la creación o su multiplicación.

La afirmación que subyace es: “yo estoy en este mundo para escribir, no para conseguir tal o cuál cosa de mi editor y mientras más tiempo dedico a crear, mejor producto tendrán los lectores y por tanto, ese editor”. Por ende, el gestor o intermediario beneficia tanto al creador como a su público o a quién  financia la divulgación de su obra.

Es entonces ¿una profesión? No necesariamente. Porque tal función la pueden cumplir y de hecho la cumplen muchas personas que no son “profesionales” del tema. Siguen siendo dueñas de casa, comerciantes o cualquier otro oficio.

Lo novedoso de los últimos tiempos es que esa función se ha ido haciendo cada vez más compleja (las audiencias son cada vez más complejas no necesariamente porque hayan variado, sino  porque son cada vez más conocidas en sus diversidades y estimuladas sus posibilidades).

Ya no basta una esposa o esposo para negociar con una editorial. Se requiere saber de tiradas, de derechos de autor, de contratos, de tipos de papel, de índices de lectura en varios países, de áreas lingüísticas, de adaptaciones para cine, etc., etc.

Lo mismo con cualquier otro rubro artístico. No basta con la pareja del vocalista para organizar las giras de una banda Rock, o la esposa de un empresario para organizar el concierto de Navidad de una industria. Cada vez más el tema es de profesionales.

El debate entre el creador y quién de una u otra manera lo financia es PROFESIONAL, por ambos lados.

Frente a un creador o intérprete existe normalmente una empresa que busca asociarse con su obra para obtener beneficios, sean estas deducciones de impuestos, imagen corporativa o bienestar de su personal. Estos beneficios son evaluados por gerencias de marketing, departamentos de contabilidad y altos ejecutivos, quienes a su vez suelen reportar a directorios que representan a sus accionistas. Es decir, es también un proceso complejo de toma de decisiones que requiere de información adecuada.

Esta información (encuestas, estudios de audiencia, beneficios tributarios, efectos en la imagen corporativa) es imposible que sea entregada por los propios creadores. Sea por falta de tiempo o por ausencia de conocimientos especializados. Se requiere entonces de profesionales que lo busquen, la ordenen y la presenten a quienes corresponda.

Este es un trabajo profesional. Semejante al que una agencia publicitaria hace con su cliente para persuadirlo que debe (o no) invertir en tal o cual medio de comunicación.

Por tanto, vamos al menos desarrollando el perfil del profesional posible a  quién llamamos el gestor cultural.

El primer rasgo, no necesariamente el más importante pero quizás el que nos ha abierto mayores espacios, es la capacidad de comunicación. Un colega  afirmó que “en los medios masivos de comunicación no hay una mirada al proceso que hay detrás de un espectáculo. La gestión cultural NO está en la agenda de los MCM”
La difusión de la acción  cultural  en los Medios Masivos de Comunicación es INDISPENSABLE  para obtener su financiamiento. En este terreno, la comunicación es necesaria para convocar a las audiencias a las manifestaciones culturales; para difundir las marcas que desean verse asociadas a la manifestación cultural, y para crear una imagen positiva que sensibilice a los responsables de asignar fondos públicos a la cultura.

Otro elemento del perfil del gestor cultural tiene que ver con su capacidad de conocer las audiencias o públicos. Es su capacidad “sociológica”.  El Gestor debe ser capaz de crear producciones para diferentes audiencias. Considerar su capacidad de difusión (convocatoria). Con objetivos diferentes. Ej. Día del Patrimonio para un impacto masivo. Ej. Feria de Joyas para obtener recursos para otras producciones.

Un tercer elemento es su capacidad de obtener financiamientos para los productos culturales.  Existen variados tipos de financiamiento cultural. El Público: busca el desarrollo cultural de la nación, Ej. Fondos concursables. El de  empresas o personas: buscan publicidad, aprovechan estímulos tributarios, Ej. Ley Donaciones, y el financiamiento por la vía de las  audiencias: buscan una prestación artística, Ej. Las industrias culturales y la  taquilla. En este sentido, el FINANCIAMIENTO es un trabajo ESTRATÉGICO. Debe ubicarse al más alto nivel de una organización cultural. Con capacidad de Formular Políticas de Imagen y Difusión y Proponer producciones de apoyo y usos de espacios y recursos.  

17 noviembre 2010

LOS GORDOS, POMPEYA Y LA CULTURA


“Por primera vez, el mundo acoge a un número de obesos superior al de quienes padecen de hambre”. La frase es impactante. Y nuestro país contribuye con entusiasmo a esta nueva calamidad. Una simple mirada a los pequeños comercios que pueblan nuestras calles permite apreciar que la gran mayoría son expendios de golosinas, refrescos, dulces, quequitos, superochos, sopaipillas y toda una vasta gama de productos que se consumen masivamente en el metro, los cines, las veredas, reemplazando desayunos domésticos, colaciones escolares y comidas elaboradas en casa. Una segunda colección de comercios –en cantidad- son las farmacias, que sin ignorar algunas chatarras como las mencionadas, proveen a los eventuales intoxicados de paliativos ad hoc para seguir comiendo. Y mucho. Pareciera que engordar al prójimo es más rentable que hacerlo fumar, sin restricciones ni envases amenazantes.

Desafortunadamente los excesos tragones no son los únicos que asolan nuestra sociedad. Hay desmesura en las manifestaciones post deportivas, se gane o se pierda; en las gruesas paredes milhojas de carteles pegados uno sobre otro que no sobreviven más de una noche anunciando    conciertos rock & pop; hay excesos de publicidad en diarios gordos de insertos y flacos de contenidos; hay excesos de goles internacionales mientras estamos vedados a los goles locales que se pueden ver sólo en canales de pago que –hemos sabido- pertenecen a los mismos que fomentan las barras bravas que desaconsejan ir a los estadios. Para qué si se pueden ver en la tele, cómodamente sentados y… comiendo. Un implacable círculo grasoso que lleva a que hoy más chilenos pueden morir de gordura que de hambruna.

¿Pueden estos excesos llegar a afectar a la cultura? ¿Llegaremos a la oferta de espectáculos masivos supuestamente culturales que engordan pero no alimentan? ¿Existe el riesgo de este efecto en los conciertos de "música de películas” que no es la música ni pasan la película pero son formidables en “agregados” publicitarios?

Evidentemente no ocurre así, pero debemos tomar precauciones. Bien, muy bien por las empresas que brindan espectáculos culturales gratuitos o de “farándula de altura” como graficó Cristián Warnken en un almuerzo en una de ellas, pero que están conscientes de que éstos entretenimientos forman parte de programas de responsabilidad social hacia la comunidad que los acoge y que deben dar preferencia a las ciudades cercanas a sus explotaciones –como Antofagasta, en el caso de BHP- luego favorecer a quienes habitualmente no acceden a tales manifestaciones –por ello el Estado exige gratuidad y se hace parte en un 50% a través de excepciones tributarias -, finalmente solicitar a las audiencias que hagan un gesto de interés por lo ofrecido: retirar Invitaciones con antelación y en número limitado, como ocurrió con Celfín en el Centro Cultural Palacio de La Moneda, ante el concierto de Itzhak Perlman.

Con estas reservas podremos recibir espectáculos tan potentes como los  de los últimos días, pero no debemos bajar la guardia. Verificar que estas reuniones multitudinarias no deriven en actos vandálicos, que no se permita la reventa de entradas, que estén vinculados a espacios culturales con experiencia, como el Teatro Regional del Maule, en el caso de la Ópera de San Carlo de Nápoles.

Pero, sobre todo, que no se pierda la motivación maravillosa de los actores principales: los músicos que, como reveló Salvatore Caputo, el director del coro del teatro napolitano nació mucho más de la presencia de una bandera italiana esgrimida por un puñado de integrantes de la colonia porteña que de cualquier otro estímulo y que ocasionó un inédito “O sole mío” cantado a todas las voces a pesar del contundente frío de la noche de Valparaíso.

Lo que complementa ese singular entusiasmo –agregó Caputo- fue otra bandera, la chilena, que ondeó en la noche de Italia el 30 y 31 de julio cuando Inti Illimani histórico, Beto Cuevas, Jorge González, Francisca Valenzuela, Isabel Parra, Claudia Acuña y Denisse Malebrán, en conjunto con la orquesta y coro del Teatro San Carlo, de Nápoles, se presentaron en el Teatro de Pompeya homenajeando a Víctor Jara y Violeta Parra.

De seguir en esta línea, no habrá morbidez que valga y la cultura de allá y de acá se nutrirá sólo de contenidos inspiradores. Sin grasa.

Así sea.

06 noviembre 2010

SETENTONIO



El domingo 7 de noviembre de 2010, Antonio Skármeta, mi "socio" y amigo cumple SETENTA años de vida. Es impreciso decir cómo comenzó lo segundo y muy exacto cuando nos iniciamos como socios: fue gracias al llamado del flamante director de programación de TVN/1990, Eduardo Tironi: tenemos espacio en pantalla y tú tienes buenas ideas respecto de los libros. Queremos un programa literario. De inmediato pasó por mi mente una escena, en el cerro San Cristóbal, a fines del año 1989, cuando la misma TVN hacía un programa-repaso cultural del año. Allí estaba Fernando Rosas compilando el año musical y Antonio, haciendo lo propio con los libros.


No me cupo duda, ni a Eduardo tampoco, que Skármeta era "el hombre". Procedí entonces a llamarlo, concertar una templada cita -entre el calor del verano y la frescura de su piscina- y poner a correr la imaginación. La clave: los pares de elementos. Literatura y ... El complemento perfecto: Mariano Aguirre, conocedor de cuanta obra publicada circulaba por el mundo hispano. El nombre de la creatura lo puso mi socio: tiene que ser un show, es decir, hablar de literatura pero en lenguaje de la televisión. Lo demás es conocido: los improbables éxitos de rating, el reconocimiento de la UNESCO, los intentos de Carmen Balcells por  adaptar el programa a España (fallidos por la imposibilidad de encontrar un Skármeta peninsular) y el reconocimiento público concretado (valga la metáfora) por el piropo de un obrero de la construcción, un día cualquiera, desde su andamio proverbial: "güena pelao".


Desde entonces, nuestros nombres y firmas aparecieron juntos en sendos contratos con canales y productoras. No por muchos años, desde luego muchos menos que la amistad que comenzó en los interconectados pasillos de Quimantú, la casa de Ariel Dorfman, algúna sede del MAPU y, más tarde, las solemnes reuniones del Directorio del Centro Cultural Estación Mapocho.


Como las buenas amistades -y esta es una de ellas- se extendieron a los cercanos. En especial a Don Antonio, su padre, que se distinguia del vástago sólo por un apellido croata tan complicado como el de su hijo, pero claramente diferente. Con el Don nos juntábamos a recordar -él a recortar- las andanzas de Antonio por los senderos del exilio. Incluso lo suplantó cuando con la modesta editorial Melquíades presentamos en la Feria del Libro la primera reedición de "Desnudo en el tejado" en tiempos de dictadura. Libro calificado entonces como "caballo", aludiendo a su tenaz afición por la hípica.


Incluso, Don Antonio, (un supuesto cura que aparece en el spot del NO agradeciendo la victoria que vendrá) me hizo heredero de un completo estudio y materiales valiosísimos que había coleccionado por años para crear una revista para adultos mayores. Le agradecí y concerté cita con la editorial más adecuada para el proyecto. Lo tomaron con tanto interés que encargaron un estudio de mercado, el que lamentablemente arrojó que - por esos años 80s- nadie se acercaría a un kiosco a adquirir una revista para la Tercera Edad, delatando su ancianidad. ¿Habrán cambiado las condiciones? Al menos -y Antonio hijo lo demuestra- hoy el tiempo de vida útil se ha extendido.


Mi socio ha tenido la delicadeza de hacerme compartir  los textos de despedidas dolorosas de sus dos padres. Verdaderas piezas de oratoria. La más reciente fue la de "mamita" que partió este año, arrullada por canciones de su croacia natal y con el homenaje de su hijo que le agradeció su inspiración por ese poema que es el cuento "El ciclista del San Cristóbal".


En su vida vinieron otros empeños. Novelas, premios, viajes, óperas, incluso una Embajada en Alemania hasta dónde retornó a agradecer esa potencia de la naturaleza que es Nora, su esposa germana. También allí celebrará este cumpleaños, antes de cantar con sus amigos que haremos lo propio cuando regresen a Chile. Tal vez por primera vez, este 7 de noviembre no sentiré la incomodidad de no poder acompañarlo, junto a muchos, a entonar el himno del "primer foco de luz de la nación".  El insuperable mayor defecto que Antonio me reprocha es no ser exalumno del Instituto Nacional.


Reconozco tal limitación y le respondo majaderamente invitándolo a la feria del Libro de Santiago, la que siente -lamentablemente, como muchos-  lejana por reconocer escasamente los méritos de escritores nacionales de tonelaje internacional.


Tal vez por ello prefirió "pasar" este año de visitarla y celebrar su aniversario en Berlín.  Hasta dónde llegará este saludo con enorme gratitud por su amistad y el cariño de su "socio" y amigo. 


Como si lo llevara el Cartero de Neruda.

02 noviembre 2010

MORIR EN VALPARAÍSO




Texto de presentación del DICCIONARIO DE LA MUERTE de César Parra, RIL editores. Leído el 31 de octubre de 2010 en la Feria Internacional del Libro de Santiago.

Como en todo aquello vinculado a la dictadura de la muerte (valga la redundancia), me sometí a la solicitud de César Parra de presentar su Diccionario de la muerte. Sólo después de un adecuado “velorio o velatorio” (página 294) caí en cuenta que había aceptado introducir una paradoja. En efecto, un diccionario es, en palabras actuales, un “motor de búsqueda” y la muerte es su antónimo, es decir la única certeza de que disponemos desde nuestro nacimiento. Lo único que no requiere de búsqueda alguna. La negación de la wikipedia y de google al mismo tiempo. Por más que busquemos, sabemos el resultado.

Me consuelo (término ausente del Diccionario) pensando que estamos en una época de búsquedas. Los buscadores son “signos de los tiempos”, diría revista Mensaje, y, reconociendo que provengo de tiempos de certezas (el tiempo de las ideologías, término que no encuentro en el Diccionario de la muerte, a pesar de tanto agorero) me resigno a peregrinar por las páginas de la obra en comento, a pesar de saber que no será una tarea fácil para quién, en su tiempo, buscaba poco y encontraba mucho (compañeros, camaradas, líderes, enemigos del pueblo, gorilas, fachos). Ingreso al motor de búsqueda con mis propias asociaciones con el tema. 

Busco: Valparaíso (una ciudad que está muriendo desde mucho antes que allí yo naciera allí, cuando emergió el Canal de Panamá, autor de un crimen no prescrito). Aparece sólo una mención: bajo el descriptor “Tumbas Malditas”, la cuarta acepción, referida al sarcófago de Martín Busca, en el cementerio de Playa Ancha, que como un modo de escabullir su pacto con Satán, no toca el suelo sino  reposa sobre una salvadoras patas de león. ¡Gran metáfora! Valparaíso se ha ido salvando de la muerte –aunque no necesariamente del infierno- con improbables patas de león provistas por conmovidos gobernantes que periódicamente le otorgan: un congreso arquitectónicamente indigno aún del más modesto de sus hermosos cementerios; una declaratoria de patrimonio de la humanidad, caída desde La Moneda; un reciente Fórum -casi clandestino- de las culturas… mientras su índole urbana se empeña en impactarnos con solemnes incendios, conmovedoras explosiones de gas y electricidad simultáneas, regulares desfalcos de fondos públicos y cinematográficos encallamientos de navíos semi fantasmas. Pienso que más lo segundo que lo primero conserva esta permanente agonía que la hace, a mi juicio, una de las mejores ciudades para morir. Me explico.

Valparaíso tiene el honor de haber creado el primer cementerio de disidentes del país (si no del sub continente) evitando que ingleses, luteranos, judíos, griegos y otros especímenes de “gringos” varios se pudrieran en la vía pública mientras los católicos se pudrían en privado.
Valparaíso escenifica los mejores funerales de bomberos que conozca. Nunca tan bien empleado el término (curiosamente ausente del texto en comento) de “pompas” fúnebres que benefician tanto a los difuntos voluntarios de la Pompa Italia como a los de todas las compañías uniformadas con los más variados colores, que ascienden al anochecer por los cerros, cada bombero con una generosa antorcha hasta llegar, tras una genuina carroza, tirada por caballos y gobernada dócilmente por  pálidos cocheros, a las helénicas puertas del cementerio número dos que acoge el mausoleo institucional. “Quisiera ser bombero en Valparaíso” añora Edwards Bello.

No sólo por la pomposidad del entierro ni la generosidad de una vida de apagar siniestros generalmente estimulados por dos causas humanas y una natural: la deficiente mantención de edificios centenarios, la espeluznante afición porteña a los fuegos artificiales y –la natural- el pertinaz viento que estimula en instantes que una chispa se convierta en “infierno” (páginas 165 a 169). También es recomendable morir en Valparaíso por las probables desventuras que seguirán al reposo –a tiempo impredecible-  debido a la ubicación del acogedor conjunto integrado por los cementerios número 1, número 2 y de disidentes, localizados en las cumbres del Cerro Cárcel, antes Cementerio o Panteón, poseedores de una de las vistas más privilegiadas de nuestro primer puerto según el profesor Leopoldo Sáez Godoy. Tal es así que durante el devastador terremoto de 1906 –que desangró, entre otras, las arcas dispuestas para celebrar el Centenario de 1910- los muertos de los cerros retornaban al plan en macabro matrimonio con los fallecidos recientes, fruto de la tragedia. Fue difícil al Almirante Gómez Carreño imponer el orden, no obstante pudo lograrlo no sin incrementar por su mano los ocupantes de cementerios locales, en especial de saqueadores y todo tipo de delincuentes que pretendían profitar del desastre. Sin embargo, el Almirante (imperdonablemente ausente de este Diccionario) pudo retirarse al mausoleo familiar del cementerio número dos a yacer sin cargos de conciencia bajo su decidora lápida “fondeado sin novedad”.

Decía que incluso el Cerro Panteón ha dejado huella literaria. Sólo ficticia. Según Sáez Godoy: “puede considerarse desaparecido”.

No obstante tales desventuras sigo pensando que Valparaíso es un buen lugar para morir:
Dada su geografía anfiteatral, es posible abarcar en un solo golpe de vista el lugar de nacimiento y el cementerio de tus antepasados, facilidad que muy pocos lugares ofrecen. Misma condición geográfica que permite determinar con certeza –ya en vida- la visión de la bahía que se tendrá por la eternidad y por tanto, acepta que se comience a disfrutar en plena vida. Una verdadera sinopsis o anticipo del panorama que vendrá. 

Debido a su condición histórica de ciudad puerto y puerta de migrantes es sencillo conocer a los antepasados de un porteño incluso hasta la primera generación en Chile debido a que cada colectividad se enorgullece de su respectivo mausoleo y muestra con orgullo a los primeros padres que desembarcaron un día con la vista fija en los cerros que los acogerían. ¡Qué diferencia con los parques actuales dónde es imposible prever quienes serán tus vecinos eternos ni mucho menos sus ascendientes ni sus compatriotas!

A causa de la generosidad de SM la Reina Victoria y de algunos remotos mecenas franceses, es posible, en Valparaíso, disfrutar hoy de dos de los más notables órganos de que dispone Chile y que harán inolvidable las ceremonias de despedida así como estremecedoras las sesiones de recuerdo que podrán verificarse en la Iglesia Anglicana de Saint Paul, en el cerro Alegre (un plus) o en la Iglesia de los Padres Franceses de calle Independencia (otros plus). Nunca más familiares llevando radios portátiles a las ceremonias de despedida para mal escuchar la música favorita del fallecido.

Finalmente, la proliferación de bares, picadas, salones de té, cafés literarios, cinzanos, jotacruces, rotondas y demases hacen posible amortiguar el dolor en comidas y bebidas para todo paladar sin tener que obligarse al monopólico quitapenas (otra ausencia, aunque perdonable), que  no por tradicional deja de ser  poco variado.

Lo que sí es extraordinariamente diverso es el Diccionario de César Parra. Se trata de un conjunto multitudinario de significados que se asocian con delicadeza y certeza poco frecuente a anécdotas, plantas, vampiros de los más ignotos orígenes, tumbas de inimaginables decoraciones, ritos de religiones y usos de todo el orbe y toda la historia, esculturas funerarias de inédita variedad, cementerios de geografías diversas, relatos escalofriantes, muertes para todos los gustos y sabrosos guiños literarios que revelan la índole del autor.

Recordamos a asesinos notables como el falso anticuario Roberto Heabig, descubierto por Víctor Vaccaro, entonces reportero de “Clarín” (pag.41).

Conocemos aquí como Lincoln soñó su propia muerte un mes antes de su asesinato, de qué calibre son los entierros de los hampones y cuáles son las  inexcusables historias del Instituto Médico Legal. Porque no hay lugar que haya tenido vida, que no haya padecido muerte. Y es así como no podría terminar esta presentación doblando la cerviz ante la implacable verdad del día y el lugar que nos reúne.

No podía César Parra convocarnos sino un 31 de octubre (ver Halloween, página 160) para advertirnos que cuando salgamos de esta sala nos encontraremos con una añosa celebración del día de los muertos. Y no podría yo terminar estas palabras sin saludar a los muertos de la casa, aquellas “sombras pasajeras que, sin saberlo, cada tanto nos visitan”, como reza, parodiando a Neruda, el acceso a la sala dónde preparamos nuestros cafés que revolvemos sin dejar de saber que hemos venido a perturbar a la “vieja chica” y el “leñador” que antes, mucho antes de que éste fuera un centro cultural, se paseaban como almas en pena y que paulatinamente se han habituado a los quehaceres culturales en que nos empeñamos, llegando a acompañarnos cada vez con más frecuencia, en paz, como probablemente lo hacen esta tarde, en esta estación.